Categoría: política

  • Esto no lo van a pasar en Hechos

    Esto no lo van a pasar en Hechos

    Esto no lo van a pasar en Hechos

    Siempre he dicho yo que un empresario tiene un compromiso moral con la sociedad o las sociedades en las que está inserto, que tiene que ver con el respeto al entorno en el cual se desempeña. Es decir, un empresario debería poder hacer negocios libremente evitando que sus actividades perjudiquen su entorno y que el trato con las demás personas (empleados, clientes, proveedores y demás) sea humano.

    Dicho compromiso moral no debe necesariamente estar calificado por el Estado (aunque ciertamente varios de los reglamentos están enfocados a ello). Más bien tiene que ver con la ética y la moral, con las normas sociales y que habla de la honorabilidad del empresario, el cual puede ser juzgado por la población en caso de que las trasgreda.

    La actitud que Ricardo Salinas Pliego ha tenido en estas últimas semanas es una clara trasgresión a ese compromiso moral que deberíamos esperar de un empresario. El magnate ha decidido poner sus intereses económicos sobre el bienestar general de la población. Salinas ha preferido tener a toda la gente trabajando (y sin protección, como atestiguan algunos videos) en tiempos de pandemia, sin importar el riesgo que implica para ellos, sus familiares y toda la sociedad, que tratar de preservar su integridad.

    Hoy en día hay muchas empresas medianas y pequeñas que están haciendo muchos sacrificios económicos para que sus negocios puedan seguir existiendo y puedan seguir dando trabajo a su plantilla laboral. Algunos hasta se han esforzado para poder seguir pagando a sus empleados mientras están encerrados en sus casas. Es evidente que Salinas Pliego no corre con el riesgo de que sus negocios quiebren ni debe estar preocupado de qué dar de comer a su familia. Pero Salinas no solo ha decidido mantener a su plantilla trabajando, sino que ha exhortado a todo mundo a hacer lo mismo a través de sus medios de comunicación, contraviniendo no solo las recomendaciones de las autoridades, sino la del consenso de científicos, epidemiólogos y expertos.

    Es decir, Salinas Pliego no tiene argumentos para decir que «está pensando fuera de la caja» o está manejando la crisis desde otra perspectiva. No es siquiera quién para hacerlo porque no es epidemiólogo ni tiene los conocimientos en el tema. Para justificarse tan solo ha recurrido a unos pocos que sugieren una alternativa y tal vez sin siquiera entenderla: básicamente se trata de ese clásico sesgo de confirmación por el cual un individuo contenido que coincida con su postura.

    La «osadía» de Salinas Pliego no terminó ahí. Se le ocurrió que por alguna u otra razón que no sabemos a ciencia cierta (y sobre la cual no profundizaré porque no tenemos la información suficiente) había que desprestigiar públicamente a Hugo López-Gatell. La intencionalidad es evidente. No se trataba de una nota periodística cualquiera, sino de un mensaje que tenían necesidad de que se propagara y creara el máximo impacto posible. No es la primera vez que TV Azteca hace estas campañas de desprestigio para destruir a los obstáculos que se le ponen enfrente a los intereses de Salinas Pliego, de hecho es una práctica muy común: ahí están los Saba, la aseguradora ING a la cual logró correr del país, Cuauhtémoc Cárdenas o el diario Reforma.

    El mensaje que fue dado por Javier Alatorre, independientemente de si la acusación es verdadera o falsa, contraviene en su totalidad a la ética periodística. No solo se presentó la acusación sin darle voz al acusado, sino que no se presentaron pruebas fehacientes (un gobernador del partido en el gobierno acusando a Gatell de haber manipulado la información que se le envió no es en sí una prueba dado que dicho gobernador podría estar mintiendo). Lo peor es que no solo no se presentó evidencia suficiente, sino que se le dijo al espectador no sólo lo que debería pensar sino lo que debería hacer: ignorar a López-Gatell.

    Criticar la metodología, los errores o las omisiones de López-Gatell es libertad de expresión. Llamar a los espectadores a desobedecer a las autoridades sanitarias es una aberración de lo más baja y que puede por sí misma poner en riesgo las vidas de muchos mexicanos. Decir: «ya no hagan caso a López-Gatell» implica invitar a los televidentes a ignorar lo que las autoridades sanitarias digan desacreditando su autoridad moral.

    ¿Qué fue lo que ocurrió? Hasta hoy no lo sabemos exactamente y lo que abundan son las especulaciones. Llama la atención que López Obrador, si bien de alguna manera trató de recobrar la legitimidad de López-Gatell, se mostró complaciente con el actuar de la televisora al decir que «su amigo Javier Alatorre se equivocó y que respeta su uso de la libertad de expresión», lo cual levanta sospechas sobre la relación entre este gobierno y Ricardo Salinas Pliego, quien ha visto sus cifras crecer en este sexenio en parte por su cercanía con la 4T (Banco Azteca administra los programas sociales y básicamente tienen el control de la Secretaría de Educación por medio de Esteban Moctezuma). Hasta el Chicharito, quien solo había expresado su sentir sobre este gobierno, recibió una reprimenda más fuerte por parte de AMLO que la que recibió Javier Alatorre (ya no digamos Salinas Pliego quien ni siquiera fue mencionado).

    La actitud de Ricardo Salinas Pliego va a costar vidas que pudieron haberse salvado, incluída seguramente la de alguno o algunos de sus empleados. La ética del magnate, si ya bien antes era algo cuestionable por algunos sectores, hoy ha quedado en entredicho.

    https://www.youtube.com/watch?v=G2wR3hbJPY0
  • Gatellmanía

    Gatellmanía

    Gatellmanía

    Hugo López-Gatell se ha convertido en uno de los funcionarios públicos más mencionados y tal vez hasta reconocidos de los últimos tiempos.

    Es él el que está en el centro de atención. De ser un completo desconocido hasta hace algunas semanas hoy es visto casi como el capitán del barco ante esta crisis pandémica que estamos viviendo. Todos los días se habla de él, todas las tardes aparece frente a cámaras, e incluso la prensa recuerda que pudo ser una estrella de rock en Santa Sabina. Todos opinan sobre aquello que dijo porque es el centro de atención: es el que le sabe.

    Si bien algunos dudan de su credibilidad por el simple hecho de pertenecer a un gobierno al cual cuestionan y con razón, muchos otros lo han encumbrado como si fuera una especie de superhéroe o salvador. Me parece que ambas posturas son imprecisas cuando menos y para ello hay que explicar el contexto en el que este fenómeno se da.

    Me atrevo a decir que esta «Gatellmanía» (medio mame, medio en serio) tiene una explicación relativamente sencilla. Partamos del hecho de que López Obrador ha dejado un vacío debido a su grosera falta de liderazgo.

    López-Gatell es algo así como la antítesis de López Obrador. Es un tecnócrata, es una persona muy estudiada, es relativamente joven, se le ve vigoroso, es elocuente, pareciera ser una persona razonable, pragmática y hasta tiene cierto sex appeal dentro de algunos sectores de la sociedad. Y en una crisis donde la gente tiene incertidumbre ya que no sabe bien qué va a pasar, una persona con estas características se vuelve casi en automático una referencia porque dicha gente siente que puede confiar en ella, y esto ocurre más cuando su figura contrasta con el mismo gobierno del cual forma parte.

    En la percepción del público, frente al líder irracional (AMLO) se postra algo de seriedad (López Gatell) como para equilibrar la balanza, como una suerte de dialéctica donde la sinrazón y la ineptitud termina diluida por su antítesis. Algo relativamente parecido ocurre en Estados Unidos con Donald Trump y el doctor Fauci.

    El problema es que, más allá del impacto mediático que genera López-Gatell, el margen de maniobra que tiene no es muy amplio. Él es tan solo una de las diversas variables que van a determinar el destino de nuestro país con respecto de la crisis sanitaria. Peor aún, tiene que sufrir las restricciones naturales de formar parte de un gobierno cuyo poder se encuentra muy concentrado en el Presidente, lo cual reduce su margen de maniobra ya que hacer aquello que ponga en entredicho las ambiciones del presidente puede ser un problema. Las alabanzas norcoreanas que hizo a AMLO lo explican todo, había que quedar bien con el ejecutivo para refrendarse en el cargo y tener cierto margen de operación.

    Por más que Gatell quiera implementar una buena estrategia, muchas cosas lo rebasarán. La política económica (o más bien ausencia de) en torno al Covid-19, el lamentable rol del propio presidente, el estado actual del sistema de salud, la falta de recursos de diversa índole, el papel que tiene la ciudadanía misma en esta emergencia (que hasta hoy ha dejado algo que desear), el hecho de que muchas personas en nuestro país presentan comorbilidad (diabetes y obesidad sobre todo), el hecho de que mucha gente no puede hacer cuarentenas porque tiene que comer, la corrupción a distintos niveles, todo eso rebasa a la estrategia que plantee el epidemiólogo y tan solo puede aspirar a trabajar adaptándose a las condiciones que existen.

    Si el doctor Fauci poco pudo hacer ante las posturas irracionales de Trump que hoy tienen al país sumido en una dura crisis sanitaria, sería difícil esperar que López-Gatell logre controlar por sí solo una pandemia que tiene muchas aristas. La realidad es que los pronósticos para México, tanto sanitarios como económicos, son muy reservados. La realidad es que para el mismo Gatell la tarea que tiene es en extremo complicada por lo anteriormente mencionado y porque tendrá que «tropicalizar» lo aprendido en países desarrollados en un contexto tan diferente como lo es México.

    Peor aún, no va a ser tan fácil evaluar el trabajo desempeñado por Gatell porque basta con que algunas de las variables que él no controla (y que son la mayoría) no se desempeñen bien para que todo salga mal. Sería iluso pensar que como tenemos al frente de la estrategia sanitaria a un hombre que tiene capacidad ya nos habremos salvado o habremos sorteado la contingencia. Nada más falso. Incluso se puede dar el caso de que Gatell haga el mejor y más perfecto trabajo posible y todo termine en tragedia porque lo demás falló.

    López-Gatell tampoco es un héroe mítico como algunos quieren creer. Es un simple funcionario con preparación que está haciendo su trabajo, a mi parecer, con profesionalismo (y que no ha estado exento de errores siquiera), que tal vez resalte porque si algo le ha faltado a este gobierno es ser profesional. Eso que hace López-Gatell es eso mismo que deberíamos esperar de los funcionarios y del propio presidente (evidentemente, cada quien en su ámbito), pero de lo que lamentablemente parece que nos estamos desacostumbrando.

  • La (última) oportunidad perdida, muy perdida

    La (última) oportunidad perdida, muy perdida

    La (última) oportunidad perdida

    Habían insistido en que lo que anunciaría López Obrador este domingo marcaría un parteaguas en el futuro de eso que llaman 4T.

    Dijeron que era la última oportunidad de reinventarse, se avisoraban cambios drásticos producto de la emergencia sanitaria y que nunca llegaron. En vez de eso, AMLO decidió retar la máxima de Einstein redefiniéndola: si quieres cambios, haz las cosas igual.

    Es posible que lo que aconteció hoy domingo sea lo que marque el fracaso de un proyecto que mucha gente esperó por años: o más bien habría que referirnos a la llegada de un personaje político a la presidencia porque era la figura del líder lo que generaba expectativas más que lo que estaba dispuesto a hacer.

    Lo de hoy fue lamentable: el aferrarse a un proyecto ya viciado de origen y que se vuelve todavía menos realizable con la contingencia sanitaria.

    El inicio del informe (porque al final fue eso, un informe aburrido lleno de retórica y demagogia) fue devastador. Pronto se hizo evidente que a López Obrador le importa más su proyecto en sí que la crisis misma, que importa más Santa Lucía, Dos Bocas o el Tren Maya que la emergencia sanitaria que parece que ni fue el tema central.

    La gente que esperó un manotazo recibió palabras huecas e insulsas, recibió más de lo mismo: un informe de lo que él considera sus logros y los proyectos de este gobierno. Fue uno de los tantos informes que a AMLO le gusta dar, pero lo hizo solo, como tratando de emular al Papa Francisco en medio de la soledad y el vacío en la Plaza de San Pedro (con eso de que le encantan los símbolos religiosos), pero la soledad puesta en escena evocó más bien a su creciente impopularidad.

    La decepción incluso hizo que el peso perdiera valor el mismo día, generó incertidumbre y hasta indignación. El mensaje fue claro y es una continuación de lo que venía diciendo: AMLO ha perdido el rumbo y se ha refugiado en los lugares comunes, en el discurso demagogo, en los programas sociales. En una crisis, López Obrador no se flexibiliza; por el contrario, se vuelve más rígido y terco. Y si el trabajo de López-Gatell y su equipo puede reconocerse, no se puede hacer lo mismo con el papel de AMLO que tiene que ver con el impacto económico de la contingencia. La gente quería respuestas.

    No es casualidad ver en las redes la decepción de muchos líderes y opinadores de izquierda, de esos que son autónomos y no fungen como «influencers orgánicos de la 4T»; lo que concluyeron fue devastador. Todos aquellos círculos intelectuales que le dieron el beneficio de la duda vieron horrorizados lo que se postraba frente a sus pantallas entre las cinco y las seis de la tarde: un presidente sin liderazgo, ensimismado, aferrado.

    No hay voluntad siquiera para hacer frente a la contingencia, y lo poco que pudiera haber está muy determinado por las políticas que AMLO viene implementando desde siempre.

    La misma retórica lo terminó por enredar en un galimatías que lo hace contradecirse una y otra vez y perder el sentido de lo que hace y dice. Dice que no quiere caer en el juego de los «neoliberales conservadores» pero es reacio a endeudarse y a establecer medidas contracíclicas (keynesianas). Dice admirar a Roosevelt pero hace lo opuesto que lo que aquel mandatario habría hecho. No hay nada parecido a un New Deal, lo que tenemos es un extraño adelgazamiento del Estado bajando aún más los sueldos de funcionarios públicos a los cuales incluso les ha quitado el aguinaldo (lo que es ilegal). Hace justamente eso que le pide a las empresas que no haga.

    López Obrador dejó huérfano a México. Le importa más rescatar a ese monstruo inrescatable llamado Pemex que ayudar a sobrevivir a aquellas pequeñas y medianas empresas, así como los empleos que generan. Evidentísimo es que desea concentrar y centralizar el poder a través de la paraestatal para así financiar programas sociales que le ayuden a mantener sus redes clientelares. Incluso es cuestionable que vaya a lograr eso ya que hasta eso forma parte de su concepción utópica del servicio público.

    Los empresarios (ya no los grandes, sino los medianos y dueños de PyMES) vieron horrorizados el mensaje. Ellos no tienen la fortuna de ser un rentista como Ricardo Salinas Pliego como para esperar algún apoyo del gobierno, quien más bien les exige que acaten lo que para muchos es imposible: suspender sus actividades y seguir pagando sueldos íntegros. Tampoco hay apoyo a los trabajadores más allá de las redes clientelares que busca tejer por medio de sus programas sociales y que espera se conviertan en votos.

    Pero todos nos horrorizamos al ver al presidente hablar de moral y de su cruzada a la corrupción al tiempo que pronunciaba mentiras flagrantes como el que México era, solo por debajo de la India, el país con menos casos de Covid-19 y muertos para decir que vamos requetebien, lo cual es absolutamente falso, no solo en números absolutos, sino aún más considerando los otros factores (los pocos casos que se reportan, que estamos en una fase más temprana de contagio). Incluso se atrevió a decir que la Línea 3 del Tren Ligero en Guadalajara había sido concluida: cosa que es tan falsa que los tapatíos no vemos para cuándo se inaugure.

    Si esta cosa rara que es a la vez informe y a la vez una burda imitación del Papa Francisco en medio de la soledad es lo que marcará el resto del sexenio, entonces podemos prever un desastre, el final anticipado de un proyecto que tantas expectativas generó.

  • El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    La gente acomodada importó el Covid 19 a México por una sola razón, ellos tienen mayores facilidades para salir del país. Esto aplica para cualquier país que no haya alcanzado el suficiente desarrollo como para que la mayoría de sus habitantes puedan viajar en avión.

    Los primeros casos que aparecen entonces son personas de clase acomodada. Los primeros fallecimientos, por lo general, también.

    Pero la gente acomodada convive con personas que pertenecen a las clases populares o que son pobres: las señoras del aseo, el de las tortillas, el peón de una fábrica, el zapatero, el jardinero y demás.

    Así, llega un momento en que parece no haber distinciones sociales: todos se enferman.

    Pero luego la gente acomodada se topará con que tiene más facilidades para hacer frente a la pandemia. Una vez que el contagio comunitario ha comenzado, ellos pueden hacer algo más para evitar contagiarse: ellos se quedan en sus casas y pueden trabajar desde el hogar. Si necesitaran salir, pueden usar el carro para trasladarse, lo cual representa un riesgo menor que si tuvieran que trasladarse en camión, lo cual se vuelve un foco de infecciones.

    Entonces la distribución comenzará a cambiar paulatinamente. Si bien es cierto prácticamente todos vamos a portar el COVID19 en algún momento, es más probable que la curva «sea más plana» dentro de las clases más acomodadas, además de que tienen acceso a hospitales privados. En el caso de la gente más pobre, la curva será más pronunciada por lo anteriormente mencionado.

    A eso hay que agregarle que los servicios de salud que reciben son pésimos. Si bien la misma clase acomodada sufrirá de «saturación de hospitales», los menos privilegiados lo sufrirán aún más. Tendrán todavía más problemas en ser atendidos y, por ende, la tasa de mortalidad ahí será más alta.

    Así, una enfermedad importada por las clases medias y altas se volverá más que nada una enfermedad de los pobres, porque ahí habrá más casos, mayor tasa de mortalidad y peores condiciones para combatir el problema. Esto es recurrente en todas las pandemias a lo largo de la historia: la gente más pobre tenía más posibilidades de contraer la peste que la gente más rica e incluso Camus narraba en su novela que los acomodados trataban de evitar los barrios bajos y se prohibía el tránsito entre los distintos sectores.

    Lo mismo sucedía con la tuberculosis y ya no digamos el cólera, donde las condiciones sanitarias lúgubres están fuertemente relacionadas con la incidencia de contagio (por lo general, por heces restantes en el agua) sin olvidar a la malaria que es otro caso ejemplar.

    Nuevamente las diferencias socieconómicas incidirán sobre la forma en que la pandemia se manifiesta. El mismo fenómeno se puede percatar entre los distintos países. Primero «enfermaron» aquellos más desarrollados y que, por ende, tenían mayores conexiones aéreas. Hoy África tiene pocos casos, pero tal vez será cuestión de semanas para que el coronavirus se concentre dentro de los países más pobres del mundo y ahí residan las mayores afectaciones: la India, históricamente susceptible a las pandemias, posiblemente sufra mucho, y tal vez lo harán todavía más aquellos países cuyo sistema de salud sea muy pobre o casi inexistente.

    En aquellos países más deprimidos, el COVID19 se encontrará con aliados como la malaria o el HIV que hará el problema todavía más grave. Sobre todo en aquellas ciudades atiborradas de personas como Lagos donde pensar en una cuarentena es casi imposible. Ahí es donde se va a sufrir más, aún más que los que viven en las periferias de las ciudades de México.

    Por ello, los distintos sectores socioeconómicos viviremos el problema de forma distinta. Hasta el más rico tiene algunas posibilidades de riesgo, pero siempre serán menores a la de su contraparte de los barrios más deprimidos.

  • ¿Qué calificación se merece el gobierno de AMLO por el combate al coronavirus?

    ¿Qué calificación se merece el gobierno de AMLO por el combate al coronavirus?

    ¿Qué calificación se merece el gobierno de AMLO por el combate al coronavirus?

    A éstas alturas me es imposible calificar de forma categórica el actuar del gobierno en torno al coronavirus más allá de las actitudes irresponsables que tomó AMLO. Si bien, no podemos soslayar esa actitud irresponsable de AMLO y los efectos que puedan tener, las decisiones institucionales tienen un peso mayor en el éxito o fracaso de la estrategia.

    Dicho esto, no sé decir a ciencia cierta si lo están haciendo bien o lo están haciendo mal o a qué grado.

    Primero: porque la eficiencia de lo que se hace hoy solo se puede medir hasta semanas después (recordemos que el COVID19 tarda hasta como dos semanas en mostrar síntomas). Por ejemplo, Italia tomó medidas casi draconianas para contener la epidemia desde hace más de dos semanas y hasta ahora apenas estamos viendo que la curva ha comenzado a perder fuerza.

    Segundo: porque los datos que tenemos no son exactos. En cualquier país hay muchos más infectados que los que en realidad se reportan porque a) hay muchos asintomáticos b) hay personas que no han mostrado síntomas c) hay personas que muestran síntomas leves que pasan por una gripa y no son reportados. En algunos países se han hecho más pruebas que en otros pero, por lo general, no se hacen pruebas a todos. Los distintos países tienen distintos criterios y distinta capacidad por lo cual es difícil comparar casos de algunos países con otros de forma precisa. El número de muertes reportadas podría ser un dato un tanto más fiable.

    Es cierto que en México los casos son subreportados. No sé si ello se deba a la ineficiencia, recursos, o que, para efectos de la estrategia a seguir, hayan decidido enfocarse en tales o cuales casos. También es cierto que la curva en México es más temprana que en Estados Unidos y ya no digamos Europa, lo cual también explica en parte que se hayan hecho menos reportes.

    No me cuadra por qué el gobierno ocultaría información, no porque no dude de su ética o porque crea que no son capaces de hacerlo, sino porque sería muy contraproducente y bastarían unos pocos días para que la realidad los rebase y no se comprenda por qué los hospitales están rebasados cuando «se reportan pocos casos». Además, la presión de los organismos internacionales, comprendiendo que es una emergencia global, hace menos costeable hacerlo. Ellos mismos saben que vamos a llegar a la fase 3 y ellos mismos lo han anunciado. Es cierto que ha habido algunos reportes de «neumonía atípica» que han despertado sospechas, pero ello también pasó en países como Italia.

    Tercero: he visto opiniones encontradas en la prensa con respecto al actuar de México, desde algunos que dicen que lo está haciendo relativamente bien y se anticiparon, hasta los que dicen que nos irá peor que Italia. Luego hay especialistas que critican el actuar de México, o la OMS diciendo que están haciendo las cosas bien. Dichas opiniones encontradas tan solo muestran qué tan difícil es hacer una evaluación al respecto porque ojo, estamos ante una pandemia de la que no conocemos todas sus variables, no sabemos bien a bien el impacto que va a causar.

    Es cierto que, bien que mal, México se anticipó como no lo hicieron los casos de España e Italia. España, cuando ya tenía un número similar de contagiados reportados como los que México tiene al día que escribo este artículo (700) no tomó ninguna medida y hasta promovió la marcha del día internacional de la mujer mientras que la oposición, como Vox, llevaba a cabo mítines multitudinarios en los cuales varios de sus integrantes resultaron infectados. A estas alturas, México ya tiene más de dos semanas tomando medidas (buenas o malas) al tiempo que muchos ciudadanos se quedaron voluntariamente en sus casos, y en esta fase dos el gobierno ya ha instado a que la población tome más medidas (hasta la actitud entonces irresponsable y hasta insensible de AMLO cambió).

    Cuarto: América Latina (ya no digamos África) es un caso especial porque dada la pobreza y sistemas de salud deficientes, medidas draconianas podrían tener efectos adversos. Tenemos las ventaja de conocer las experiencias europeas y asiáticas, pero no tenemos experiencias latinoamericanas del coronavirus para aprender ¿hasta donde pueden tomar medidas sin que la gente muera de hambre o sin que se cree un ambiente de encono y crispación que pueda tener efectos nefastos? Este dilema es muy importante. Los gobiernos se debaten entre prevenir el COVID19 y que la gente tenga qué comer.

    Aquí, por ejemplo, sí se podrían criticar las decisiones económicas erradas de AMLO anteriores y durante la crisis que deja al país con menos margen de maniobra, porque con algunos recursos sería posible ayudar económicamente a los que menos tienen de tal forma que puedan estar en cuarentena por algunos días o semanas. Veremos en unas semanas después cómo es que dichas decisiones afectaron en el actuar del gobierno frente a la emergencia sanitaria.

    Entonces, para hacer un juicio categórico, tendríamos que esperar unas semanas y comparar con otros casos latinoamericanos. Mientras, es posible que estemos discutiendo sin conocer todo el contexto y las variables en juego, y por ello los sesgos ideológicos (o en resumen, el amor u odio a AMLO) y la desconfianza son los que están determinando en gran medida el juicio sobre lo que México está haciendo.

  • López Obrador: la receta perfecta para el desastre

    López Obrador: la receta perfecta para el desastre

    López Obrador: la receta perfecta para el desastre

    Nos prometieron un cambio de régimen.

    Hasta se autodenominaron, en un acto de arrogancia, «la cuarta transformación» (las minúsculas son deliberadas), pero nos están entregando un desastre. Un desastre tanto desde los ojos de la izquierda como de la derecha.

    Dijeron que el país iba a sacudirse, pero hasta para sacudir el país se necesita pericia que es lo que este gobierno, hasta la fecha el peor que jamás haya vivido (y vaya que he visto malitos como el del sexenio pasado), ha mantenido completamente ausente.

    Si bien las encuestas de popularidad no necesariamente reflejan qué tan bien está gobernando un presidente, en este caso sí se puede percibir una progresiva decepción de cada vez más decepcionados quienes, asombrados, ven cómo el presidente es capaz de tomar las posturas más irracionales y egoístas.

    Al día de hoy, según consulta Mitofsky, López Obrador solo tiene el 51% de popularidad, un número todavía muy alto y condescendiente para la calidad de su desempeño como Presidente de la República, pero que visto desde otra perspectiva, habla de una continua caída y una progresiva decepción del electorado que lo apoyó.

    El gobierno de López Obrador ha sido un desastre en gran medida porque el propio AMLO imaginó un proyecto cuasiutópico, poco fundamentado (al grado en que creyó que acabaría con la corrupción en 6 años), basado en rancios principios morales y una visión distorsionada de la realidad y la condición humana, y del cual no se ha despegado en lo más mínimo. López Obrador cree que su proyecto puede embonar con la realidad cuando la realidad misma una y otra vez le dice que está loco, pero luego pareciera que AMLO, al sentirse ofendido por la realidad misma, trata de introducirle su proyecto casi como por venganza, lastimándola.

    Basta ver las reacciones de López Obrador ante los feminicidios y ante el coronavirus: ¡Son los mismos lugares comunes! Las estampitas, la moral el pueblo bueno y demás. Su conocimiento de las problemáticas que han marcado este inicio de año son nulos y no ha tenido la más mínima intención de conocer algo de ello, por eso recurre al mismo discurso tan estrecho de miras, hasta es capaz de decirle a una reportera que perdone a su agresor quien estaba también presente en la mañanera y les pide que se arreglen entre ellos.

    López Obrador está tan desconectado de la realidad que tiene la ocurrencia de cancelar una inversión (que ya tenía todos los permisos) mediante una consulta popular: no muchos tienen la ocurrencia de generar mayor incertidumbre cuando es certidumbre la que se requiere para hacer frente a una crisis global. López Obrador genera una profunda desconfianza al punto que Nicolás Maduro, con el cual lo compararon para asustar a la gente, ha adoptado una postura más responsable. La gente cree que el gobierno le está mintiendo y hasta es incapaz de reconocer las cosas que las instituciones sí hacen bien (mérito de los funcionarios encargados de la contingencia y no de López Obrador que ha sido un estorbo para estos esfuerzos). Gran parte de la gente asume, y con razón, que AMLO no es una persona de fiar para saber qué hacer en esta crisis.

    Lo peor para López Obrador todavía no llega. Su actitud irresponsable ante la contingencia del coronavirus ha decepcionado a varios, pero más se notará en las encuestas cuando la gente se empiece a preocupar más al ver que el número de fallecidos se cuentan por decenas o centenas y le cobren la factura a él y, sobre todo, cuando la crisis económica se haga sentir en la gente (ciertamente explicada en gran parte por factores globales y de la misma pandemia pero agravada por los errores de López Obrador), porque no es lo mismo decir que las cosas van mal o ver con números que las cosas van mal que sentir en la vida cotidiana que las cosas van mal. No sobra decir que la crisis también se la van a facturar a él.

    Con el tiempo, López Obrador se ha vuelto más rígido y predecible, y conforme más se desgaste, producto de esta naturaleza necia, cometerá más errores. Toda su cosmovisión gira en base a escasos y pobres conceptos bajo los cuales cree que puede explicarse el ejercicio del gobierno. Parece que se refugia en ellos como mecanismo de defensa ante el vendaval de realidad que le cae encima, y de paso, para no dejar quebrar su ego acusa a la realidad misma de ser «una creación de los conservadores».

    López Obrador ha perdido el control de la agenda. Las feministas se la arrebataron y ahora, en la contingencia, ha dejado un profundo vacío de liderazgo. Otros políticos como Enrique Alfaro, gobernador de Jalisco, han levantado la mano para hacer lo que AMLO no está dispuesto a hacer: fungir como una suerte de liderazgo en el cual la gente confíe para hacer frente al COVID19. Incluso el día de hoy, Ricardo Anaya, un hombre gris y que despierta pocas pasiones, es capaz de mandar un mensaje que genera mucha más credibilidad que el propio presidente. Esa oposición tan chata, visceral y hasta ahora irrelevante, al menos como que ya le ha estado encontrando el modo reforzando la idea de que López Obrador no está haciendo nada, aunque el oportunismo huela a miles de kilómetros.

    Esa displicencia, esa mediocridad y ese dejar pasar ha destruido la imagen que muchos tenían de AMLO como líder moral. Se le percibe como un hombre egoísta, irresponsable, que no cree en la ciencia, que tiene un ego tan grande que cree que basta decir cualquier cosa para que los demás lo sigan. Cada vez más cercanos, como Alfredo Jalife, aquel médico conspiranoico, se le han ido a la yugular. Al final, el deseo de supervivencia siempre tendrá mayor peso que cualquier relato y entre salvarse de la amenaza y el presidente que les dice que no pase nada y que compren su boleto para ganarse el avión. Hasta el menos sensato se irá por lo primero.

    Mientras tanto, los influencers orgánicos de López Obrador han tratado de defender (algunos de una forma un tanto forzada) esa «figura moral» que se les deshace en sus manos, ese proyecto en el que tanto creyeron y que se les hace humo frente a sus narices. John Ackerman tiene el atrevimiento de decir que AMLO es un científico, para sorpresa de aquellas mismas personas que guardaban cierta simpatía con el presidente como Sabina Berman o Julio Astillero. Hasta la misma defensa deja entrever cierto titubeo entre quienes habían fungido como «parte del cambio». Algunos como que titubean con la idea de que el cambio no va a ocurrir y, de continuar las cosas igual, no mucho falta para que algunos empiecen a abandonar el barco.

    López Obrador quiso hacer historia, hasta con el término de la «cuarta transformación» quiso hacer un juicio anticipado de su gestión. Hoy está al borde del precipicio, de convertirse en una de las más grandes decepciones de la historia moderna de México.

    Tal vez este sea el principio del fin, de una 4T que no fue.

  • El morenavirus

    El morenavirus

    El morenavirus

    Nuestro país está comenzando a entrar a la etapa zona crítica del COVID-19 consistente en la etapa de infección comunitaria que se extenderá por algunas semanas. Es la etapa en la cual nos tenemos que quedar en nuestras casas y salir lo menos posible a la calle. Observando este comparativo, podemos ver que nuestro país tiene el mismo comportamiento que España hace algunos días.

    Es en esta etapa donde se le requiere a la sociedad un mayor sacrificio: cambiar el ritmo de vida, olvidarse de viajes, eventos; en algunos casos se requerirá sacrificios de índole económica (no sin olvidar la afectación que esta contingencia tendrá a la economía). Es la etapa más complicada porque no siempre es fácil persuadir a la gente de que haga sacrificios. Hay quienes están invadidos por el pánico y otros a los que no les importa en lo más mínimo el problema y quieren seguir con su vida diaria.

    En este sentido, las instituciones que comandan este país deben ser ejemplares. Éstas mismas deben de estar dispuestas a hacer sacrificios para que los ciudadanos entiendan por qué es importante que ellos los hagan. Si bien las instituciones no han manejado el asunto del todo mal y hace unos días la OMS reconoció su trabajo, es muy cierto que el Presidente de la República ha tenido una postura totalmente reprobable al respecto e incluso la misma OMS exigió un mayor compromiso de los políticos como dándose cuenta de la actitud que algunos sectores han tenido, incluyendo López Obrador.

    Hemos visto a Andrés Manuel ir de mitin a mitin, convocando a grandes aglomeraciones, abrazando gente y besando niños (a veces hasta en contra de su voluntad) en un momento en que él debería aprovechar su liderazgo para pedir a la ciudadanía que tome las medidas necesarias para sortear esta emergencia sanitaria. Peor aún, hemos visto conductas reprobables como el negarse a ponerse gel antibacterial en las manos.

    Aunque las instituciones traten de hacer su chamba, la conducta de López Obrador es un gran problema que estorbe en su afán. Si bien es cierto que su popularidad va en picada, sigue siendo lo suficientemente popular (ya no solo en lo cuantitativo sino en lo cualitativo) como para ejercer influencia sobre una considerable cantidad de gente que, al ver las reacciones de López Obrador, dirá que entonces no es necesario tomar precauciones. Ese símbolo, ese mensaje, puede convertirse en muertes que pudieron haberse evitado.

    ¿Quiénes se ven más afectados con estos mensajes? Las mismas personas que suelen ser siempre las más afectadas en las tragedias y las contingencias: los individuos que viven en situación de pobreza. Varios simpatizan con López Obrador y lo toman como una suerte de ejemplo, muchos de ellos no pueden darse el lujo que nosotros tenemos de hacer una «cuarentena VIP» con home office, redes sociales y Netflix. Ellos tienen que salir a ganarse el pan; muchos de ellos viven en la informalidad y no pueden darse «el lujo de trabajar desde casa y mucho menos de parar». Peor aún es cuando se envía el mensaje de que pueden acudir a aglomeraciones, que se relajen, que pueden abrazarse y que no pasa nada. Aquellos, que también son quienes tienen menos protección sanitaria porque no tienen ningún servicio privado y muchas veces la salud pública que tienen a la mano no es de la mejor calidad, son quienes están en mayor riesgo.

    Esta no solo me parece una postura irresponsable, sino egoísta. Un líder que siempre dijo representar al pueblo está casi hasta supeditando su integridad a sus caprichos y al poder. El egoísmo es tan marcado que el propio López Obrador supedita su propia integridad a sus intereses porque un hombre que tiene 66 años y que ha sufrido de un infarto es, en automático, una persona vulnerable. El mensaje es terrible.

    Y me preocupa que el Subsecretario de Salud Hugo López-Gatell, quien hasta hace pocos días era una figura que se percibía como un interlocutor confiable y quien podía contrastar con el arrebato populista del presidente, haya caído en esta dinámica alabando y mitificando a la figura de López Obrador (de tal forma que las analogías con la mitifación que se hace de los líderes en Corea del Norte no han faltado) para así justificar su conducta reprobable:

    La forma en que ha abordado López Obrador esta contingencia que afectará a muchas personas es completamente errónea e incluso insensible.

    Me preocupa también el ambiente de polarización que se está generando en torno a la contingencia. El Presidente no se ha cansado de politizarla y tampoco es como que los opositores estén poniendo mucho de su parte al entrar a su juego. En vez de tener un país donde haya cierta unión (como está ocurriendo con los países europeos) tenemos un país polarizado, lo cual solo va a derivar en una mayor desconfianza de los ciudadanos con sus autoridades y lo cual puede llegar a ser fatal.

    López Obrador tiene que cambiar su conducta inmediatamente porque se convierte en un gran problema a muchos niveles (aunque dudo que lo haga). Él no es ningún dios ni alguien que cargue con una «fuerza moral», es un simple mortal que no presume necesariamente de la mejor salud y que tiene el privilegio de estar al frente de un país y cuyo trabajo ha sido, cuando menos, cuestionable. Su poca apertura, su afán de centralizar todo y tener control sobre todo el quehacer político podría a traer resultados muy adversos en momentos críticos con el coronavirus donde no solo hablaremos de fallecidos, sino también de pérdidas económicas.

    Terrible y frustrante es ver este tipo de conductas en una persona de quien esperaríamos una suerte de liderazgo. No lo hay, vemos en López Obrador al mexicano irresponsable promedio, aquel que cree que la cuarentena son vacaciones y que cree que el coronavirus no le va a hacer nada.

  • George Soros ya me mandó mi cheque

    George Soros ya me mandó mi cheque

    George Soros ya me mandó mi cheque

    ¿No se le hace raro que el lopezobradorismo y los sectores reaccionarios del país digan que George Soros está detrás del paro de las mujeres? ¿Por qué coinciden en ese argumento?

    La respuesta es simple, tienen un profundo interés en desacreditar dicho paro.

    ¿Pero por qué George Soros?

    George Soros es un multimillonario que tiene fundaciones que buscan promover la corriente de pensamiento que él defiende. Soros es un personaje influido por el filósofo Karl Popper. De hecho, su organización «Open Society» toma su nombre del famoso libro de Karl Popper «The open society and its enemies«. Entendiendo a Popper, se puede entender mucho del pensamiento de George Soros.

    A través de dicha organización (Open Society), George Soros busca promover una visión del mundo de economías y fronteras abiertas, y aunque se ha manifestado en contra de lo que llama el «fundamentalismo de mercado», su visión de la economía es, en general, capitalista. Así mismo, en el terreno de lo social George Soros defiende los valores progresistas como los que tienen que ver con el feminismo, el matrimonio igualitario entre otros, además de defender todo aquello que tiene que ver con democracia y libertad de expresión (al menos es lo que aparece en su página web). Ello lo hace en parte por medio de su universidad en su tierra natal, también ofrece becas y financia algunos movimientos sociales afines a su forma de pensamiento como Black Lives Matter.

    Soros también es conocido por ser un especulador de bolsa y poner a la libra esterlina en varios aprietos hace unos años. Ello seguramente ha abonado a la creación de este «gran enemigo».

    El problema es que los sectores reaccionarios han creado de George Soros algo así como un enemigo para hacer creer a la gente que hay una gran conspiración que está manipulando y utilizando a la gente para crear un gobierno global totalitario. Ese mismo discurso, que era más propio de las posturas reaccionarias, ha sido adoptado por el lopezobradorismo.

    Una cosa es que George Soros financie algunos movimientos sociales afines a su pensamiento o que otorgue becas a algunas feministas para estudiar género, y otra es afirmar que él sea la mano oscura que está detrás de ellos manipulando a la gente con el fin de «controlar el mundo», y que todo esto que estamos viendo en nuestro país es un «montaje de George Soros» quien, según dicen los pejistas, le paga a la comentocracia mexicana y a los medios de comunicación para «imponer el neoliberalismo a través del paro».

    Es curioso, porque mientras que los pejistas dicen que George Soros busca imponer el neoliberalismo (cuando él ha criticado eso que él mismo ha acuñado «fundamentalismo de mercado»), los reaccionarios dicen que quiere imponer el comunismo a través de lo que llaman la «ideología de género» (cuando Soros es más bien anticomunista).

    Porque en sentido estricto, hay muchas organizaciones y movimientos que reciben también apoyo de empresarios y gente que tiene dinero que quiere promover su visión del mundo. ¿Les suena CitizenGo? Esa organización es completamente análoga a lo que hace Open Society pero con ideales conservadores. ¿Les suena el Frente Nacional por la Familia? ¿O creen que no hay gente que financia las venidas de Agustín Laje a México? Y que ello ocurra no es nada anormal ni implica que «la gente está siendo sujeta a una macabra manipulación». Hay muchas organizaciones de distintas posturas ideológicas que buscan influir culturalmente, como think tanks de diversos tipos y colores, e incluso gobiernos que dan becas a personas de otros países para influir sobre dichos países.

    Es evidente que George Soros busca influir políticamente en Occidente a través de sus ONG que tiene en varios países. Otra cosa son los alcances irreales que los reaccionarios le atribuyen, como si él controlara o depusiera gobiernos o como si los mandatarios de las naciones fueran sus titiriteros, como si las causas sociales fueran una creación suya para hacerse con el «poder mundial». Ello es un despropósito absurdo.

    Comprendamos lo absurdas que son estas teorías de la conspiración: los sectores más reaccionarios de México dicen que George Soros quiere abrir las fronteras de Europa para destruir al cristianismo; sin embargo, es curioso que la postura de la Iglesia Católica sea más bien pro migrante, basta ver la crítica que el Papa Francisco le hiciera a Donald Trump al respecto. No solo ello, la misma Iglesia ha hecho una ardua labor para acoger a migrantes en diversas latitudes del mundo. ¿O a poco la Iglesia Católica se está dando un disparo en el pie de una forma tan ingenua?

    La figura de George Soros se convierte así en lo que fueron los Rothschild o los Rockefeller, millonarios de los cuales se crearon diversas teorías de la conspiración. E igual que como ocurrió con los Rothschild, dichas teorías de la conspiración tienen un dejo antisemita.

    George Soros como ese ser endemoniado que busca controlar al mundo se ha convertido en una herramienta para lograr persuadir a la gente por medio del temor y la sospecha en vez de hacerlo por medio de argumentos claros y específicos sobre por qué se deberían apoyar o no ciertas posturas. La verdad es que en estos debates George Soros se vuelve irrelevante, porque entonces tendríamos que hablar de las organizaciones análogas que están en el otro lado del espectro político, y que haya gente que financie algunos movimientos no me debería privar de decir si soy provida o proaborto o feminista, tradicionalista y un largo etcétera, y ello debería ser producto de mis convicciones.

    Este tipo de artimañas paranoides lo único que hacen es enturbiar la discusión y el debate privando a la gente de adquirir la información necesaria para poder tomar posturas de una forma más sólida y responsable.

    Ah, ¡Esperen! Me acaba de llegar el depósito de George Soros a mi cuenta perfiles, de 20 euros por escribir este artículo.