Categoría: política

  • AMLO y sus oposiciones. Breve análisis de discurso

    AMLO y sus oposiciones. Breve análisis de discurso

    AMLO y sus oposiciones. Breve análisis de discurso

    En política el discurso es poder: aquello que se dice es lo que convoca y amalgama. A través de las palabras, el individuo es introducido a una opción política de tal forma que vote por ella o se alinee a ella.

    El discurso político no solo trata de intercambiar mera información o datos, más bien trata de inducir al ciudadano a tomar una acción y para ello es importante que aquello que se dice tenga algún bagaje emocional que funja como estímulo. Por ello es importante que el político conozca al electorado al que aspira llegar si es que quiere convencerlo, porque si lo conoce entonces sabrá «qué botones apretar».

    Este texto trata un poco sobre ello, sobre el contenido de los discursos tanto de López Obrador (como evidente cabeza y símbolo del régimen actual) así como de las dos oposiciones a su gobierno más relevantes que serían «Va por México» y FRENA». Para esto, decidí irme a lo más simple: ¿qué palabras suelen usarse más en los discursos de estos tres movimientos políticos? Con este fin hice un ejercicio de minería de datos (data mining) con los siguientes discursos:

    Para llevar a cabo este ejercicio primero extraje el texto de los discursos de las transcripciones de los videos en YouTube, y luego, con ayuda de R Studio, obtuve las palabras más utilizadas de cada discurso. En específico, utilicé el paquete tidyverse para muchas de las funciones básicas de manejo de datos y graficación, el paquete tidytext para la minería de datos, stopwords para eliminar pronombres y palabras que no eran útiles para el análisis (aún así se llegaron a colar algunas) y wordcloud2 para generar la nube de palabras.

    Andrés Manuel López Obrador

    Voy a empezar con el discurso de López Obrador que puedes ver aquí:

    Las palabras que utilizó en su discurso son las siguientes:

    Esta nube de palabras dice mucho sobre el lenguaje retórico que AMLO utiliza. Pueblo es una de las palabras más utilizadas, ya que este concepto retórico le permite hacer la distinción entre el «pueblo» y los «privilegiados». La palabra «vamos» es muy recurrente ya que, en ese discurso, funge como muletilla para presentar sus propuestas: «vamos a hacer esto y aquello». Podemos ver cómo es que la retórica de AMLO es propia y no es parasitaria de alguien más. Hace referencia a sus adversarios de forma indirecta con palabras como «corrupción» o «poder», pero su retórica brilla con luz propia.

    Es de notar que el discurso que López Obrador maneja es sencillo: podemos observar palabras como «trabajo», «becas», «corrupción», «caminos» e incluso «amor». Son palabras que todo el mundo entiende, prácticamente no hay tecnicismos ni términos académicos.

    Va por México

    La presentación de Va por México se puede ver aquí. Cabe señalar que dicha presentación se hizo a través de una videoconferencia y no a través de un evento multitudinario. Las palabras más utilizadas fueron las siguientes:

    La palabras «México» y «país» fueron las más utilizadas, y tiene sentido que así sea (sobre todo porque es parte de su nombre). Sin embargo, a diferencia del discurso de AMLO, aquí sí podemos percatarnos del uso de términos un poco más técnicos que, si bien no son tan sofisticados, sí son más propios para la gente con cierto nivel de educación: «electoral», «activista», «desarrollo», «coalición». También podemos encontrarnos con palabras que son parte de la retórica partidista tradicional y que AMLO ha evitado usar: palabras como «proyecto» o «desarrollo».

    Por otro lado, debo reconocer que, al menos en este evento, su discurso no fue parasitario del de López Obrador y se enfocó en evocar sentimientos de esperanza así como mirar al futuro (lo cual me parece acertado). Sin embargo, no existe una narrativa sólida y cohesionada (como sí ocurre con el discurso de AMLO) que le dé forma. Mientras que en el caso de López Obrador el conjunto de palabras parecen formar algo: una narrativa coherente que le da esencia a su movimiento, en este caso podemos observar más bien una amalgama de ideas y lugares comunes por aquí y por allá que no terminan de formar un discurso que tenga sustancia.

    FRENA

    Por ultimo tenemos el caso de FRENA que, en este caso, se compone de varios discursos y videos de Gilberto Lozano. La comparación puede parecer ociosa ya que, en este caso, no se trata de una presentación sino de un discurso confrontativo. Sin embargo, es cierto que este es por lo general el tono del discurso típico en FRENA y por ello decidí incluirlo.

    En el caso de las palabras más utilizadas, tenemos el siguiente resultado:

    Podemos ver que el discurso de FRENA trata sobre López Obrador. «López» es la palabra más mencionada en los discursos de Gilberto Lozano. También podemos percatarnos de algunas palabras que evocan miedo o encono, tales como «radical», «chavista», «apesta», «mentira».

    El discurso es parasitario del de López Obrador en el sentido de que depende completamente de él y no ofrece nada propio: ni siquiera un sentimiento de esperanza, pero, a diferencia de «Va por México» sí podemos observar un discurso más cohesionado y basta con ver las palabras que componen la nube para darnos cuenta de qué va este movimiento.


    Para concluir, algo que me interesó saber fue el uso de ciertas palabras en estos discursos tales como pueblo, democracia, corrupción o México. Obtuve los siguientes resultados:

    Algo que me parece interesante de esta gráfica es el contraste entre la palabra «pueblo» y «ciudadanía». El término pueblo concibe a la sociedad como una masa homogénea que tiene una voluntad propia. El término ciudadanía, por su parte, reconoce la heterogeneidad de la sociedad: es decir, la percibe como una entidad que está compuesta por individuos diversos que no necesariamente piensan de la misma forma ni tienen las mismas aspiraciones.

    Los movimientos de carácter populista suelen apelar al pueblo porque ellos les permite crear un discurso polarizador (el pueblo contra la élite, los privilegiados o la clase política), y en este sentido tal vez no sea coincidencia que en el discurso de López Obrador, así como en los discursos de Gilberto Lozano, se prefiera usar el término «pueblo» en vez de el de «ciudadanía».

    Me llamó la atención que López Obrador no haya utilizado una sola vez la palabra «democracia» en su discurso. Va por México, en cambio, la usó de forma recurrente en su presentación.


    Podemos ver, a través de estos (breves) análisis de discurso, que cada uno tiene una esencia distinta y apela a diferentes sentimientos. Unos son más efectivos que otros: el de AMLO es el que a mi parecer funciona mejor, el de FRENA apela al miedo pero no ofrece alguna ruta mientras que en el de Va por México, si bien acierta al apostar por el futuro y la esperanza, no termina de tener cohesión alguna y queda atrapado en el discurso político de los últimos 20 años.

  • ¿Va por México? ¿De verdad?

    ¿Va por México? ¿De verdad?

    ¿Va por México? ¿De verdad?

    Si Stalin, Churchill y Roosevelt dejaron sus evidentes diferencias (más bien los dos últimos con el primero) para vencer a Hitler, entonces el PRI, el PAN y el PRD podrían aliarse para quitarle a AMLO la mayoría en las cámaras y acotar su poder ¿no? ¿Qué podría malir sal?

    En términos cuantitativos no es una mala idea, o no lo parecería. El PAN, el PRI y el PRD (si es que queda algo de ese partido) juntarían su voto duro y sus estructuras para ganar más alcaldías, alguna gubernatura o bien, más curules en el Congreso.

    Pero los votos no son necesariamente intercambiables. Si 20 personas quieren votar por el PRI y 10 por el PAN ello no implica que 30 personas van a votar por una alianza PRI-PAN. Es posible que algunos panistas voten por el PAN porque detestan al PRI o viceversa de tal forma que si ambos fueran en alianza, el individuo se abstendría de votar por ésta, buscaría una tercera opción, o bien, se abstendría de ir a votar.

    Como alianza, seguramente lograrán juntar más votos que si fueran por su propio camino, además de que en un sistema mixto como el nuestro (sistema de mayoría combinado con algunas características del sistema de representación proporcional), la relación entre votos y curules no es lineal, sino sigmoide, con lo cual, a pesar de los votos perdidos, la alianza sigue siendo más conveniente, como afirma el académico Javier Márquez:

    En este sentido la alianza no es mala idea, pero no significa que por sí sola vaya a vencer a la 4T. Estamos hablando de tres partidos que hoy tienen más negativos y menos popularidad que MORENA y que, para ser sinceros, están muy desgastados y quemados.

    El problema no es el qué (la alianza), sino el cómo (cómo se hace, quienes la integran, qué ofrecen, qué narrativa van a construir).

    En este contexto, la elección se vuelve una suerte de plebiscito donde a la gente se le pregunta si quiere este régimen o quiere regresar al régimen pasado que fue derrotado contundentemente. No puede ser otra cosa porque la coalición PRI-PAN-PRD no hace más que representar al régimen saliente, a ese que AMLO llamó por tanto tiempo «la mafia del poder». ¿Qué ofrecen de nuevo los mismos? No solo no lo sabemos, sino que la gente verá con escepticismo cualquier novedad que se prometa.

    El problema para «Va por México» es que este plebiscito, al día de hoy, sería ganado por MORENA sin grandes contratiempos. Las elecciones legislativas suelen verse muy afectadas por las ejecutivas en las elecciones presidenciales ya que son concurrentes, y, aunque este no es el caso, López Obrador se está esforzando mucho para que el escenario sea lo similar posible y «transmita» su espíritu a los candidatos de su partido. Lo que en una elección importa no son los números, no importa si el PIB no ha crecido o si este gobierno toma decisiones erráticas, lo que importa es que poco más del 60% está contento con este gobierno.

    ¿Qué propone «Va por México»? ¿Por qué debería votar por él? El único incentivo más allá del voto tradicional que tienen los partidos que la componen es que alguien prefiera cualquier cosa que no sea AMLO. No son pocos los que estarían dispuestos a votar de esa forma, pero no son los suficientes: «Va por México» tiene que ofrecer algo más para atraer a toda esa gran masa de personas indecisas o «apáticas», esas que por lo general no votan en las intermedias. Una derrota en las intermedias no solo sería una derrota electoral sino una moral: «vencidos una vez más».

    Un grave problema es el de la narrativa. El día de hoy, AMLO tiene el control total de la narrativa sobre la oposición y la alianza en sí la fortalece (es el PRIAN en su máxima expresión). López Obrador ha logrado dividir a los dos polos entre nosotros (el pueblo bueno) y ellos (los privilegiados) donde seguramente quedará colocado «Va por México». Lo peor es que ya ha cometido errores en este sentido y que son oro puro para este discurso polarizador, o es que ¿cómo se les ocurrió usar fotografías de campesinos blancos para su propaganda?

    ¿Qué promete «Va por México»? No sé. Suena a lo mismo de siempre y hoy, y como ya dije, entre lo mismo de siempre y AMLO gana AMLO.

    El problema comienza con el nombre: «Pacto por México», «Iniciativa México», «Sí por México», «Va por México» ¿no pueden contratar a alguna persona que de verdad sepa de branding y les cree un nombre más innovador? Es que el mismo nombre, que parece slogan de campaña de Televisa o del Oxxo, hace referencia a «lo de siempre», a las mismas élites, y si algo tienen que hacer es desligarse de «lo de siempre» y ofrecer algo más (que ya de por sí es difícil dado los partidos que lo conforman).

    Considero que para que «Va por México» triunfe (además de cambiar ese terrible nombre) van a tener que ceder, y solo cediendo van a poder construir una narrativa mediamente creíble. Ceder implica que se comprometan a impulsar reformas o políticas que necesariamente van a trastocar sus intereses (tanto de los partidos como de los políticos que los conforman), implica que den algunos puestos a ciudadanos que no necesariamente forman parte de esa clase política y que inspiran cierto respeto, implica que la honestidad y la cercanía con la gente van a ser importantes en los perfiles que tendrán que elegir para contender.

    Necesariamente tendrán que salir de su lógica tradicional de hacer política, tendrán que tener una capacidad de autocrítica que hasta hoy ha estado completamente ausente y, después de eso, tendrán que saber ser más empáticos con el electorado que les dio un doloroso puntapié en el 2018 y el cual no puede terminar de entenderse con datos cuantitativos o meros grupos de enfoque. Van a necesitar hacer un gran esfuerzo. Siendo sinceros, esperar ello me parece algo bastante complicado porque hasta el día de hoy la autocrítica ha estado completamente ausente.

    Es cuestión de representatividad «Va por México» no representa a casi nadie (el voto duro de los partidos que conforman la alianza está algo moribundo) mientras que la 4T sí lo hace y sí que ha sabido construir una suerte de conexión simbiótica a través de la retórica y la construcción de una narrativa muy potente. Ahí la 4T tiene ventaja: «Va por México» podría quedar condenado a fungir como mero repositorio del voto anti AMLO, es como un «es lo que hay, pero ni modo, tenemos que votar por esto para debilitar a López Obrador» y dudo que eso sea suficiente.

    Otro problema (o más bien una continuación de los que ya mencioné) tiene que ver con lo que Anthony Downs ilustra en su teorema del votante mediano. Este suele usarse para explicar elecciones bipartidistas donde el que se ubique más cerca del votante mediano (el que se encuentra justo en el punto medio de la distribución) gana la elección. En este sentido, asumiendo que habrá una elección «bipartidista» entre MORENA y «Va por México», dejando al remanente casi irrelevante en la mayoría de las entidades (MC) excepto en estados como Jalisco y Nuevo León, y dada la composición socioeconómica del país, podemos usar de alguna forma este modelo e intuir que MORENA se encuentra más cerca del votante mediano que «Va por México». Por ello tendrán que construir una narrativa que apele a diversos sectores socioeconómicos, y no solo a la clase media, media-alta y alta. Si «va por México» no logra acercarse al votante mediano y se queda atrapado en las élites políticas, en las confederaciones patronales y en los discursos intelectualoides, sus probabilidades serán prácticamente nulas. Es decir, si hacen lo que están haciendo actualmente, poco van a lograr.

    Dicho todo esto, podemos concluir que la alianza es una condición necesaria pero no suficiente. Si no logran construir una narrativa potente, si no tienen voluntad para ceder y deshacerse de intereses en favor de la ciudadanía, difícilmente podrán cambiar algo en el 2021, y si pierden en 2021 será más difícil aún ganar en 2024.

  • EEUU: ¿Por qué la derecha no puede digerir su derrota?

    EEUU: ¿Por qué la derecha no puede digerir su derrota?

    EEUU: ¿Por qué la derecha no puede digerir su derrota?

    Hay derrotas electorales que son relativamente fáciles de digerir (en especial aquellas que son esperadas), pero hay otras que son muy difíciles:

    A los demócratas les tocó vivir eso en el 2016. No se esperaban que Donald Trump vencieran en las urnas y su comportamiento tras la sorpresiva noticia fue caprichoso cuando menos. Ciertamente no buscaron desconocer el resultado (aunque sí acusaron una supuesta intromisión del gobierno ruso), sin embargo no se explicaban qué había sucedido. Incluso algunos llegaron a pronunciar comentarios desafortunados sobre la base electoral de Trump.

    Pasaron cuatro años después y, para sorpresa de varios, Trump perdió las elecciones frente a Joe Biden y la reacción tanto de algunos republicanos pero, sobre todo, de la «derecha cultural» ha sido más penosa aún.

    Supusieron que si en 2016 las encuestas se «habían equivocado» se iban a equivocar otra vez y Trump iba a ganar. Pero fue justo ese miedo a que se volvieran a equivocar lo que promovió la acción colectiva del antitrumpismo. En 2016, al creer tener segura la victoria, muchos decidieron quedarse en casa (asumían que el beneficio personal de ver a Hillary en el poder era el mismo, en tanto que el costo personal de ir a votar aumentaba). En 2020 los otrora apáticos fueron más bien a votar en masa.

    Comenzamos por el hecho de que, al día de hoy, siguen pensando que hubo un presunto fraude cometido por el «establishment». Pasan los días y cada vez queda menos claro que existan pruebas de ello, casi todos los mandatarios (excepto Putin y… AMLO) ya han felicitado al ganador, cada vez más organismos (internos y externos) dicen no haber visto irregularidades y parece que legalmente el equipo de Trump no ha tenido mucho éxito.

    Sin embargo, la derecha cultural (sobre todo la de Estados Unidos y América Latina) y algunos agregados (como algunos afines al lopezobradorismo) se encuentra muy molesta. Hablan de conjuras, complots, creen que toda la prensa internacional está en su contra (Fox News incluidos). Básicamente, están repitiendo aquellos patrones de los cuales nos insistieron una y otra vez que eran exclusivos de la izquierda.

    Incluso algunos líderes de derecha en América Latina tratan de reinterpretar los resultados para mostrarlos como una «derrota» de la izquierda radical para sentirse consolados. Si bien, los resultados no son del todo satisfactorios para el ala más izquierdista del partido demócrata (Ocasio-Cortez y los suyos) ya que el siguiente presidente va a ser una figura centrista sin mayoría en el Congreso, es la derecha la que fue derrotada en las urnas.

    Al igual que ocurrió en 2016 con los comentarios desafortunados de los demócratas, la derecha cultural se ha enfrascado en un mar de descalificaciones hacia sus adversarios a los que acusan de vivir en una burbuja. Muchos de los influencers de derecha en América Latina (Agustín Laje, Axel Kaiser, Javier Milei) han acusado, irónicamente, a los demócratas de jugar el papel que ellos mismos juegan en sus países y que consiste en ser parte de una élite alejada de «las mayorías» y que vive en una burbuja.

    Es cierto que el trumpismo sigue vivo y la derecha también, pero negar la derrota con base en estos argumentos equivaldría a haber negado que la derrota de Hillary fuera una derrota del progresismo porque éste seguía vivo y muy ruidoso. Es cierto que el progresismo nunca se fue y trató de seguir dando la batalla «desde fuera», pero la victoria de Trump en aquellos entonces llevaba un claro mensaje a ellos y es que básicamente habían desatendido por completo a la clase media trabajadora en favor de promover la agenda progresista urbana.

    Y ya que esto es cierto, podemos dar por sentado que la derrota de Trump (con todo y que haya obtenido más votos que en 2016) es también un voto de castigo por parte del electorado estadounidense a esta derecha estridente y compulsiva que él representa. Les dolió en lo más profundo del ser porque él es un hombre que es capaz de construir narrativas sólidas (privilegio que suele ser de la izquierda) y apelar a las emociones; era su representante aunque quede en evidencia que Trump está lejos de representar realmente los valores que el conservadurismo dice defender (Trump es un hombre nihilista producto de la posmodernidad que los conservadores tanto denuncian) y aunque también represente y con más fuerza aquello de lo que acusan tanto al progresismo: el relativismo moral y el poco compromiso con la evidencia empírica.

    No solo la derecha estadounidense (con varias excepciones, claro está) sino la derecha dura de América Latina, aquella que se disfrazaba de liberal y científica y que resultó ser más «papista que el Papa» (al cual acusan hasta de comunista) es la que está molesta, muy molesta con lo ocurrido. Creyeron que iban a ganar, se sintieron confiados y no ocurrió así. La derrota fue de la derecha, y la derrota es más profunda en tanto no tengan la madurez de aceptar el resultado que fue expresado legítimamente en las urnas en el país vecino del norte.

  • ¿Por qué parte del pejismo simpatiza con Trump?

    ¿Por qué parte del pejismo simpatiza con Trump?

    ¿Por qué parte del pejismo simpatiza con Trump?

    Algunas personas están sorprendidas: ¿Cómo es que personas que dicen ser simpatizantes de izquierda simpatizan con el hombre rudo y fuerte de derecha?

    No es que todos los que simpatizan con López Obrador lo hagan con Trump pero sí son muchos, y al menos entre los activistas de redes, sí parece ser una mayoría. También es cierto que muchos que forman parte de la 4T (el propio López Obrador entre ellos) deseaban que Donald Trump ganara.

    A pesar de la sorpresa que ha dado a muchos, a mí no me parece completamente incoherente su postura. Parecería serlo si reducimos el análisis al espectro izquierda-derecha, pero la incoherencia se reduce si tomamos en cuenta «todo lo demás».

    No es que AMLO y Trump sean iguales: Uno viene desde abajo, el otro es un empresario que viene de familias acomodadas, pero representan cosas muy parecidas en sus respectivos países: ambos son mandatarios nacionalistas que representan a un sector de la población que ha quedado ignorada o relegada por el establishment en turno: los trabajadores blancos de los Apalaches son los campesinos de Tabasco.

    Ambos, tanto AMLO como Trump, son producto del debilitamiento de discurso del la democracia liberal, de ese consenso que va desde la socialdemocracia a la centro-derecha. Ni AMLO ni Trump son fenómenos aislados surgido de la nada; por el contrario, son producto de distintos fenómenos sociales que, al día de hoy, ningún científico de la política ha logrado comprender del todo.

    Es este punto clave, la confrontación contra el establishment, lo que explica que muchos pejistas estén defendiendo a Trump quién afirma que ha sido víctima de un supuesto fraude electoral. Es el individuo contra todo un sistema del que se dice perpetúa una situación de injusticia e incluso de dominación que atenta contra los intereses del pueblo. Tanto Trump como AMLO se erigen, cada uno a su modo, como líderes o representantes del pueblo profundo, aquello que a veces es pasado de largo por las élites intelectuales y económicas urbanas.

    Claro está, algo que no hace nada más que acentuar esta simpatía por parte del pejismo es la clara preferencia que tiene la hoy oposición mexicana (PRI-PAN-Felipe Calderón) por los demócratas con lo que Donald Trump ha denominado como el establishment. Esto claramente teje los puntos en común (enfatizados por López Obrador al negarse «por lo pronto» a reconocer la victoria de Biden mientras no se «resuelvan los asuntos legales») con la crisis postelectoral del 2006.

    Logran «empatizar» con Trump porque, dicen, ha sido víctima de algo que ellos mismos sufrieron.

    Es extraño, sí, ver tanto al lopezobradorismo (considerado de izquierda) como a la derecha dura (refiriéndome con ello no a la derecha partidista, sino a los sectores más conservadores o confesionales) como si fueran aliados por la misma causa. Algunos dirán que los extremos se tocan o que el gobierno de López Obrador es más bien de derecha (aunque es evidente que ideológicamente Trump y AMLO no son iguales). Los teóricos de la elección social dirían que no hay «preferencias de pico único» en una distribución que va de la izquierda a la derecha política aunque claramente se discute si el gobierno de AMLO es realmente de izquierda.

    Pero, a pesar de estas particularidades, esta simpatía por parte de un importante sector del lopezobradorismo por Donald Trump no debería siquiera ser vista con sorpresa. Los puntos en común entre el fenómeno AMLO y el de Trump posiblemente sean más abundantes que las diferencias de orden ideológico. No es fortuito que ambos mandatarios hayan logrado tejer una buena relación y que, al menos en público, ambos se transmitan una buena estima.

    Y por eso lamentan la salida de Trump, porque ya no existirá ese compañero con el cual compartan ese sentimiento de confrontación hacia el establishment. Seguramente AMLO, así como Bolsonaro y demás líderes populistas de la región, se sentirá un poco «más solo» el día de hoy.

  • Biden, la «nueva normalidad» después del populismo

    Biden, la «nueva normalidad» después del populismo

    Biden, la "nueva normalidad" después del populismo

    La victoria de Joe Biden, a pesar de las acusaciones infundadas de fraude, es inminente.

    Es cuestión de poco tiempo para que los medios reconozcan su triunfo y los presidentes de distintas naciones comiencen a felicitar a quien será el nuevo mandatario de los Estados Unidos.

    ¡Sacamos al populista de Washington! Dirán muchos, como si la «pesadilla» se hubiese terminado. El problema es que no es tan fácil.

    Pecaríamos de ingenuidad si pensamos que Donald Trump es un hecho aislado: que todo acontecía de forma normal y de pronto se apareció. Pero ni la política ni la vida funcionan así: todos los eventos tienen causas y, en este caso, son producto de diversos procesos sociales.

    Trump se va a ir, pero no se va a ir el trumpismo: la sociedad rota, polarizada y dividida va a seguir ahí. El fantasma del fraude, tal cual México 2006, va a circular por un buen rato en Estados Unidos. No importa que sea infundado, basta con que lo crean.

    Pero dicha polarización no es una creación de Donald Trump, más bien Donald Trump es, en cierta medida, producto de ella (y la supo explotar muy bien), y eso es lo que muchas personas (incluido algunos especialistas) no terminan de entender.

    Hay varios supuestos que tratan de explicar por qué Estados Unidos se ha polarizado tanto. Esta polarización se ha venido gestando poco a poco desde décadas atrás y, de forma progresiva, se ha venido acentuando. Hay quienes se han atrevido a rastrear el problema hasta el surgimiento de la televisión por cable donde las cadenas de «nicho ideológico» comenzaron a surgir y con lo cual fueron surgiendo estas famosas cámaras de eco que se han acentuado con las redes sociales.

    Seguramente no les falta algo de razón: los cambios tecnológicos introducen cambios sociales y es muy evidente que Internet y las redes sociales han venido a modificar de manera muy profunda la forma en que la gente se comunica y comparte información. Es evidente que estos cambios tecnológicos van a traer cambios en las estructuras políticas que al día de hoy no podemos dimensionar del todo.

    Pero creo que, si bien es esa una variable importante y muy relevante, no es la única. Los cambios sociales y demográficos también han colaborado mucho para ello: una clase «blanca» que se siente amenazada porque está muy cerca de dejar de ser mayoría en Estados Unidos, puestos de trabajo que se van a otros países y un largo etcétera. ¡Es un tema complejísimo!

    También es un error reducir el problema a Donald Trump o a estos sectores de derecha dura y es un error que los del «otro lado» se abstengan de hacer una profunda autocrítica como si fueran absolutamente ajenos al problema. La polarización cae en ambos lados y manifestaciones radicales también pueden ser vistas en la izquierda estadounidense con movimientos como los Antifa o fenómenos como la cultura de la cancelación. No es un problema de «alguna ideología», se trata más bien de un problema generalizado donde la polarización ha roto cualquier puente o vaso comunicante entre ambas facciones y ha sacado a relucir lo peor de ambas posturas ideológicas. Ello explica que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, republicanos y demócratas no puedan ni verse y tengan grande dificultades para llegar a consensos.

    Mientras exista esta polarización, las condiciones están dadas para que otra figura de extrema derecha o izquierda pueda aspirar llegar al poder. La «pesadilla» no ha terminado, solo ha sido interrumpida. ¡Y vaya tarea tan complicada la de reparar la fractura!

    Y el problema es que no solo es tarea de Biden o los demócratas que igual han caído en el juego polarizador. El gobierno no tiene los alcances para, por sí mismo, conciliar a toda esta sociedad tan fracturada (y no solo es tarea del gobierno). A lo más que puede aspirar el gobierno es crear un discurso conciliador y, dentro de lo que cabe, tratar de gobernar para todos y no solo para una facción.

    Por eso, lo que llega, usando la terminología de la pandemia, es una «nueva normalidad» que no es como la de antes. Es una normalidad que puede ser muy engañosa y que seguramente será muy tensa. Una normalidad donde las expresiones de extrema derecha en Occidente siguen abundando.

    Dicho todo esto, podemos concluir que Joe Biden no la tendrá fácil, menos en un contexto donde tanto los republicanos como sus aliados demócratas están más polarizados que nunca y donde las dos «facciones sociales» no están dispuestas siquiera a verse la cara.

    Veremos si Biden es hábil para sortear este conflicto social que de ninguna forma ha terminado. Veremos si es capaz de conciliar o solo de satisfacer a su electorado. En unos años podremos saber si ha cumplido con tan difícil tarea o ha fracasado.

  • ¿Por qué Trump es nocivo para la democracia estadounidense?

    ¿Por qué Trump es nocivo para la democracia estadounidense?

    ¿Por qué Trump es nocivo para la democracia estadounidense?

    Las instituciones de los países no solo funcionan gracias a su normas formales, sino también gracias a las convenciones informales, que no están escritas en ningún lado pero que siempre se respetan. Algunas de estas convenciones pueden ser nocivas (por ejemplo, el dedazo en el PRI hegemónico) y otras pueden ser muy beneficiosas.

    Una de las tradiciones informales en Estados Unidos es que siempre que los resultados no le favorezcan al candidato, reconocerá el triunfo del otro y le deseará la mejor suerte. Pareciera tan trivial y obvio, pero no lo es. Está tan arraigado en la cultura política estadounidense que, en el año 2000, frente a fuertes sospechas de fraude, Al Gore, a pesar de decir que no estaba de acuerdo con el resultado y haber buscado impugnar mediante mecanismos constitucionales, lo aceptó y dejó que George W Bush llegara al poder sin contratiempos.

    Básicamente, Trump ha roto con esa tradición que le da legitimidad al proceso electoral. Ciertamente Biden todavía no gana (aunque su victoria cada vez se ve más cercana), pero Trump ya ha asegurado que le «hicieron fraude», que hay un complot de los demócratas y básicamente «ha mandado al diablo a sus instituciones».

    A Estados Unidos no le viene nada bien que un sector de la población piense que las instituciones electorales no son legítimas. Así es como el orden institucional (que en Estados Unidos, con su sistema de pesos y contrapesos, ha sido sólido) empieza a erosionarse. Así, poco a poco.

    México es una gran muestra de ello. La legitimidad del INE sigue cargando con las acusaciones de fraude del 2006 y le da más razones al AMLO de hoy para desacreditarlo. Así, las descalificaciones de Trump al proceso podrían tener cierta afectación en años posteriores. No pocos se creerán el cuento del fraude, y pensarán (si no es que algunos ya no venían haciendo) que las instituciones electorales no son confiables y que «defienden a una élite frente a los intereses del pueblo».

  • Sí por México, La competencia de FRENA

    Sí por México, La competencia de FRENA

    Sí por México, La competencia de FRENA

    En algún momento, dentro de las manifestaciones anti-AMLO hubo una escisión entre FRENA y los demás conglomerados (chalecos amarillos, Xiudadanos y demás). De hecho, cuando comenzaron las manifestaciones allá por inicios de 2019, FRENA no existía.

    El «Frente Nacional Anti AMLO» comenzó a cobrar relevancia con las caravanas automovilísticas que se convocaron a inicios de la pandemia: mucha gente, preocupada por el gobierno de López Obrador, se empezó a sumar a esa organización. Las otras organizaciones decidieron ir por su lado, una de las razones era el rechazo a la figura de FRENA, Gilberto Lozano, por su talante autoritario y su organización vertical.

    Pero ¿qué iba a pasar con el resto de las oposiciones? ¿Qué iba a pasar con las organizaciones patronales? ¿Qué iba a pasar con Chalecos Amarillos y demás organizaciones que habían quedado relativamente desarticuladas? Desde hace tiempo se les había visto reticentes a sumarse a FRENA y no vieron con mucho gusto la idea de buscar remover a AMLO del poder (por ser imposible de hacer y, por ende, inconstitucional). Sumarse a FRENA habría implicado someterse a los designios de Gilberto Lozano.

    Entonces surgió Sí por México, una organización creada por Claudio X González, Gustavo de Hoyos y otros líderes empresariales que básicamente buscan ser una oposición sin «los defectos de FRENA» a la cual se le ve muy a la derecha del espectro político y se le acusa de tener un carácter demagógico, nacionalista y populista.

    Todos esos conglomerados (Chalecos Amarillos y demás), que se habían vistos rebasados por FRENA y habían quedado desarticulados se aliaron con Sí por México.

    Después de la creación de ésta nueva organización AMLO se apresuró a decir que Sí por México y FRENA eran lo mismo y hasta se esmeró en tejer paralelismos con la campaña de Pinochet en el referendum que el dictador chileno convocó y perdió.

    A los de FRENA, por su parte, les molestó que surgiera una oposición diferente a la que representaban ellos y que quisieran desligarse de ellos. Inmediatamente buscaron desacreditar ese movimiento tratando de promover la idea de que Sí por México fue inventado por AMLO, lo cual es a todas luces falso ya que ahí están líderes que en todo momento han sido opositores a AMLO.

    Sí por México y FRENA se parecen más bien poco. Sí por México, a diferencia de FRENA (que es un movimiento meramente reactivo y con algo contenido demagógico), pretende ser un movimiento propositivo e institucionalista, para ello han invitado a organizaciones de todas las ideologías (ahí están sumados desde el Frente Nacional por la Familia como algún colectivo LGBT) para conformar un frente amplio.

    Sí por México se presenta como una oposición ideológicamente bastante más moderada que FRENA sin caudillos ni líderes demagógicos. Gilberto Lozano no se quiso sumar porque de hacerlo, según me han comentado personas que ha tratado con él, su liderazgo se habría visto eclipsado. El líder y caudillo de FRENA es él, acá ya no habría tomado ese rol.

    Por eso la urgencia de Gilberto Lozano y los suyos de desprestigiar a este movimiento, porque la única oposición que puede existir son ellos. ¿Les suena? Suena conocido ese discurso, ¿verdad?

    Algunas organizaciones ultraconservadoras se unieron a la causa de FRENA y se dedicaron a hacer a desprestigiar a Sí por México diciendo que ahí hay masones, comunistas y «aborteros». Ello también deja patente la orientación político-ideológica de FRENA muy a la derecha (aunque Gilberto Lozano niegue que tengan alguna ideología).

    La pregunta con Sí por México es si un movimiento que no busca apelar a las vísceras y al miedo será capaz de atraer gente como para convertirse en la oposición más visible. El discurso simple, demagógico y basado en el miedo de Gilberto Lozano ha convocado a un número de personas nada despreciable. El discurso populista de Lozano ha calado en aquellos sectores preocupados por el actual gobierno. Este apelar a las emociones más profundas puede ser más atractivo que un movimiento formado por sectores empresariales e intelectuales que comentan que apostarán a la propuesta y al bien del país (evidentemente, de acuerdo a su concepción de lo que debería de ser) más que ser un movimiento meramente reactivo y catártico.

    ¿Podrá llamar la atención del electorado una organización como Sí por México vinculada a sectores de poder (en su mayoría empresariales) frente a un FRENA que, por más radical que sea, puede presentarse como una organización más orgánica? Si de algo seguramente puede adolcer Sí por México es de frescura: varios son, al final, los mismos rostros.

    Lo cierto es que Sí por México podrá servir como receptáculo para que aquellos que son opositores a AMLO pero se oponen a liderazgos como Gilberto Lozano, puedan aspirar a ser una suerte de contención a este régimen.

  • ¿Quién va a ganar las elecciones en Estados Unidos?

    ¿Quién va a ganar las elecciones en Estados Unidos?

    ¿Quién va a ganar las elecciones en Estados Unidos?

    Hace más de cincuenta años, el filósofo Isaiah Berlin escribió un ensayo llamado «El Erizo y el Zorro». En este ensayo se describe al erizo como aquel que ve el mundo a través de una gran idea o narrativa, mientras que el zorro es más minucioso y no cree que el mundo se pueda ver de tal forma.

    El Erizo sabe una «gran cosa» y el zorro sabe muchas cosas.

    Este ensayo fue retomado en el libro The Signal and The Noise por el estadístico Nate Silver (muy conocido por hacer estadísticas y predicciones tanto deportivas como estadísticas en Estados Unidos) para sugerir que a la hora de hacer predicciones políticas uno debe ser más un zorro y no un erizo. ¿Qué quiere decir esto?

    Se dice que en 2016 las casas encuestadoras, que daban como favorita a Hillary Clinton, fallaron. La respuesta del erizo es simple: si las encuestas fallaron en el 2016, no se puede confiar en ellas en 2020 y hay que ignorarlas. Muchos de quienes predicen la victoria de Trump utilizan esta gran narrativa. Pero hacerla de erizo, como bien afirma Nate Silver, no es muy distinto a dar un resultado aleatorio o arrojar una moneda. En su libro muestra cómo los politólogos que salen en la televisión y que pronostican con base en sus intuiciones y sus grandes narrativas no suelen acertar más que una moneda que es arrojada al suelo. El caso del show de McLaughlin es ejemplar. Estos son los resultados de las predicciones de sus especialistas:

    The Signal and the Noise – Nate Silver

    Pero el zorro no se conforma con grandes narrativas. El zorro se pregunta por qué fallaron, en qué fallaron y por qué margen fallaron. Cuando uno analiza los datos de 2016, se dará cuenta que en realidad las encuestas no se equivocaron tanto y no fueron mucho menos precisas que en otras ocasiones. En cambio, fueron algunos agregadores que, con base en esas encuestas, afirmaron que Hillary tenía más de 80% de posibilidades de ganar la elección.

    El erizo no entiende de encuestas

    De acuerdo a RealClearPolitics, el promedio de todas las encuestadoras le daría a Hillary Clinton el triunfo en el voto popular por 3.2%. Hillary terminó ganando el voto popular por 2.1% (solo 1.1% menos). Tomando en cuenta que las encuestadoras generalmente suelen utilizar un margen de error del +/-3, podemos darnos cuenta que estadísticamente varias de ellas hicieron bien su papel.

    Para explicarlo de una forma más sencilla. Digamos que, en un caso hipotético, AMLO gana por 12 puntos de diferencia a Anaya y Parametría muestra en sus encuestas (con margen de error de +/- 3 que AMLO ganaría por 16 puntos. En el otro, digamos que Calderón le gana a Peña Nieto por 2 puntos y Consulta Mitofsky pronostica que Peña va a ganar por un punto.

    La opinión convencional (el erizo) dirá que Parametría acertó (porque al final el ganador coincidió) y que Mitofsky se equivocó (porque daba 1% de ventaja al candidato perdedor). Estadísticamente, Mitofsky tuvo un mejor desempeño que Parametría.

    Lo que ocurre es que cuando el resultado de la elección es cerrada, existe la posibilidad de que una encuestadora haga bien su trabajo y no acierte al ganador. La elección de MORENA es ejemplar en este sentido, y también lo fue la elección del 2006, donde varias encuestadoras daban ventaja a AMLO pero dentro del margen de error existía la posibilidad de que Calderón ganara.

    Con esto no quiero decir que en 2016 las encuestas no hayan cometido errores (el margen casi siempre cayó a favor de Hillary Clinton y ello tiene muchas explicaciones), pero dichos errores fueron más pequeños en magnitud de lo que se piensa.

    El erizo, por ejemplo, va a desestimar que mientras que la diferencia que marcaban las encuestas entre Trump y Hillary eran del 3.2% el día de hoy la diferencia que Biden le lleva a Trump es del 9.8%. Como «las encuestas fallaron» todo esto le parecerá frívolo e intrascendente.

    Otro error tiene que ver con la interpretación de los datos. A Nate Silver le llovió porque su agregador (que fue el más acertado) decía que Hillary tenía 71% de posibilidades de ganar. Un erizo que no analiza bien la información habría concluido que «Hillary ya ganó» porque el 71 es un número grande, pero en realidad lo que afirma es «Hillary tiene más posibilidades de ganar, pero Trump está lejos de estar muerto y puede dar una sorpresa». Estadísticamente, es como decir: si las elecciones se llevan a cabo tres veces, Aproximadamente Hillary ganaría dos y Trump una.

    Si uno comprende todo esto, entonces se podrá dar cuenta que no hay razón para desestimar por completo las encuestas sino que se deben tomar como lo que son: herramientas que marca tendencias, las cuales tienen un margen de error y no son completamente infalibles.

    Y a pesar de su falibilidad, las encuestas suelen acertar con más precisión que las opiniones del erizo.

    El erizo no distingue entre percepciones subjetivas y hechos.

    A mí no me gustó Biden en el primer debate: lo vi soso, aburrido, sin contundencia, me pareció que desperdició muchas oportunidades. Trump tampoco me gustó en lo absoluto, fue un simple bully que se la pasaba interrumpiendo.

    Pero lo que yo percibo no es necesariamente lo que perciben todos. Mucha gente, después de ver al Biden que yo vi, afirmó de forma categórica que Donald Trump va a ganar.

    Pero para constatar eso, deberíamos tener forma de medir el impacto del debate en los electores estadounidenses. El debate prácticamente no tuvo impacto alguno en las preferencias (de hecho, últimamente los debates no lo tienen) e incluso hubo una estrecha correlación entre el candidato al que el elector daba por ganador y el elector con el que simpatiza:

    Un simpatizante de Trump dirá que su candidato dominó el escenario, que se vio más vivo y agresivo sobre un endeble Joe Biden. Un simpatizante de Biden dirá que su candidato contuvo la agresividad de Trump y se mantuvo en sus cabales.

    Al final, la idea de que «no me gustó tal candidato en el debate, por lo tanto el otro va a ganar» es, de nuevo, una actitud de erizo porque está haciendo el pronóstico con base en un evento cuando lo que define el resultado de una elección es una multiplicidad de eventos que producen un resultado, eventos que no están siendo analizados.

    ¡Entiende erizo! No es lo mismo quién crees que va a ganar a quién quieres que gane.

    En 2018 me atreví a pronosticar el triunfo de López Obrador. Muchas personas se me fueron encima por tratar de decir ello.

    No es que fuera Nostradamus, en lo absoluto. Tampoco simpatizaba con él, no voté por AMLO, pero las tendencias eran muy claras. Las encuestas hablaban de más de 20 puntos de ventaja.

    Claramente habían procesos sociales que lo podían sugerir (como el desencanto con la clase política, que AMLO era prácticamente el único opositor con una base leal de seguidores y también que AMLO se identifica mucho con la idiosincrasia del mexicano común), pero existía el riesgo de que en mi análisis omitiera otros eventos de los cuales no me había percatado.

    Por ello es que seguí al agregador de encuestas de Oráculus, plataforma que elaboraron Javier Márquez, Sebastián Garrido (que es actualmente mi profesor en el CIDE) y otros, lo consultaba todos los días.

    Los argumentos en mi contra eran: «todos dijeron lo mismo de Hillary», «las encuestas están compradas». Pero no sabían explicarme cómo y por qué. Decían que habían visto mal a AMLO en los debates y que «no era posible que alguien así ganara». Me insistieron en que había un «voto oculto» como ocurrió en 2016 en Estados Unidos (sin importar que en EEUU hablábamos de diferencias de uno o dos puntos porcentuales y en México de más de veinte puntos).

    Los argumentos estaban muy afectados por el sesgo cognitivo producto de las preferencias ideológicas. Algunos incluso se cegaban a ver la realidad. A mí no me agradaba tampoco, pero sabía que con esas tendencias las encuestas tendrían que cometer un error histórico de proporciones nunca antes vistas en el país.

    ¿Quién va a ganar? ¿Biden o Trump?

    Hice leer un choro a mis lectores antes de llegar a la pregunta planteada en el título de este texto, y hacerlo así tiene un propósito que creo ya te es muy evidente.

    Y lo peor es que mi respuesta no te va a satisfacer.

    Seguramente esperarás de mi parte que «nombre a un ganador», pero sería irresponsables hacer eso. Me explico:

    Si las elecciones fueran hoy, pronosticaría el triunfo de Joe Biden, no sólo por los casi 10 puntos que las encuestas le dan de ventaja en el voto popular, sino porque también guarda una ventaja no despreciable en la mayoría de los estados bisagra. Recordemos que, como ocurrió en 2000 y 2016, un candidato puede llegar a ganar el voto popular y perder la elección (aunque en ambos casos la diferencia no superó los dos puntos).

    Pero las elecciones no se llevan a cabo hoy. ¡Hoy ni siquiera es martes, es domingo!

    Aunque la diferencia que tiene Biden sobre Trump no es nada despreciable, no es tampoco tan grande como para dar por muerto a Donald Trump. Es decir, la victoria de Joe Biden no está asegurada del todo, aunque sí creo que es lo más probable que ocurra porque, a diferencia de 2016, las preferencias no se han movido mucho (esto podría ser explicado en parte por el hecho de que Trump ya es Presidente de EEUU y la gente, a diferencia de 2016, ya tiene una idea muy fija sobre él).

    Lo único que puedo decir es eso: Biden tiene más posibilidades de ganar la elección, pero su victoria no es segura del todo.

    Predecir es problemático para las ciencias sociales y más que predecir, las encuestas muestran tendencias, y las tendencias, valga la redundancia, pueden cambiar con el paso del tiempo.

    Si el día de la elección, con tendencias parecidas a las de hoy en las encuestas, gana Trump, sería un escándalo. Para las encuestadoras el 2016 sería una breve anécdota comparada con la gran tragedia que para ellas sería el 2020.