Categoría: política

  • ¿Tío Richie Presidente?: cómo Ricardo Salinas Pliego construye su narrativa rumbo a 2030

    ¿Tío Richie Presidente?: cómo Ricardo Salinas Pliego construye su narrativa rumbo a 2030

    En redes leo con frecuencia el “Tío Richie Presidente”. Aunque no ha dicho explícitamente que busca la grande, sus movimientos sugieren que lo considera seriamente. ¿Por qué?

    Salinas Pliego es de esos empresarios que disfrutan estar cerca del poder. Es innegable que en su trayectoria hay esfuerzo e ímpetu empresarial, pero también es evidente el impulso de sus conexiones políticas y la influencia que ejerce desde su televisora y sus nexos. Apoyó con fervor a López Obrador en 2018 —a quien llamaba amigo— y puso a su servicio lo que tenía a la mano. Incluso los programas sociales que hoy critica se apoyaron en la infraestructura de Banco Azteca.

    Algo se rompió. En la superficie se dice que fue por los impuestos que, dicen,  el magnate adeuda (yo sospecho que hubo algo más). El giro fue abrupto: si al inicio de ese sexenio Javier Alatorre visitaba Dos Bocas y decía “Me canso ganso”, y Jorge Garralda elogiaba el AIFA, después vimos reportajes durísimos contra los libros de texto y comparaciones de la 4T con los peores regímenes colectivistas. Salinas se presentó como engañado: insiste en que AMLO no era quien creía y culpa a algunos “rijosos” que lo habrían asesorado mal. Como si no supiera quién era, o como si nunca hubiese percibido la vena populista y autoritaria que muchos advertimos.

    Pocos empresarios se han atrevido a cuestionar frontalmente al régimen. Mientras algunos callan para “no tener problemas” y otros se benefician con acuerdos y licitaciones «en infínitum», Salinas lo confronta usando los mismos recursos con los que antes lo apoyó. Además, se construyó un perfil público más agresivo: usa sus redes para defender su visión y atacar a los funcionarios que lo critican. Así nació ese personaje que hoy no deja a nadie indiferente.

    A esta postura —que más de uno ve como valentía— se suma su creciente simpatía por ideas libertarias y un discurso abiertamente polarizante contra la 4T que ha calado en sectores de derecha, los mismos que lo adoptaron como “Tío Richie”.

    Salinas presume no ser parte de la hoy oposición partidista moribunda, aunque en algún momento llegó a formar lazos con ella cuando estuvo en el poder. Tomó nota del fenómeno Milei en Argentina y, poco a poco, adoptó sus símbolos y estética. Con eso ha sabido contrastar con el régimen y plantearse como alternativa sin bailar al son del oficialismo (algo que los partidos opositores no lograron). No se enreda tanto en nociones como democracia o separación de poderes —importantes pero a veces abstractas—, sino que contrapone libertad (libertad negativa en el sentido de Isaiah Berlin) vs. esclavitud (la que, según él, representa la 4T con autoritarismo y dádivas).

    En ese marco, Salinas acertó al producir un documental propagandístico para empujar su narrativa y la confrontación. Invitó a Juan Miguel Zunzunegui, un historiador medianito y menor pero con buena retórica y capacidad de divulgación para transmitir sus ideas a la gente común. A los especialistas el documental les parecerá frívolo; a los no especializados, preocupados por la 4T y ajenos a sus valores, puede hacer clic.

    Salinas Pliego es un empresario polémico. Además de mantener empresas importantes y muy conocidas como TV Azteca, Elektra o TotalPlay, también se ha envuelto en escándalos: años atrás envió un comando armado para tomar las instalaciones de CNI Canal 40 en el Cerro del Chiquihuite. También usa su televisora para golpear empresarios competidores o políticos incómodos: desde Cuauhtémoc Cárdenas (con el caso Paco Stanley) hasta Citlalli Hernández, de quien se burló por su peso incluso en pantalla. En Estados Unidos ha sido acusado de corromper jueces y violar órdenes, por lo que pagó fianza. Y en redes, sus críticas generan polémica constante.

    Ese perfil, en condiciones de normalidad, sería un lastre; en la coyuntura actual podría jugarle a favor: lo muestra envalentonado, dispuesto a hacer lo que quiere y a conseguirlo como sea; un Trump tropical —aunque ideológicamente más cercano a Milei. Ante un gobierno percibido por algunos como corrupto, asistencialista e ineficiente (y razones no les faltan), un “macho alfa” que se presente como lo diametralmente opuesto puede resultar atractivo (aunque algunos dirán que, en corrupción, Salinas tal vez no sea precisamente ejemplar).

    ¿Sus probabilidades de ser presidente en 2030 si decide lanzarse? Es temprano para un pronóstico fino, pero no la tiene fácil:

    1. Necesita plataforma: que lo cobijen partidos de oposición o, al menos, uno con aspiraciones reales de conservar el registro.

    2. Competiría en una elección organizada por un árbitro cuya confiabilidad hoy se discute más que antes, con un gobierno quizá con mayor margen de acción y sin contrapesos.

    Si sortea esos dos obstáculos, su destino estará atado a la coyuntura económica (más que a la seguridad). En Twitter la indignación contra la 4T abunda —ahí está su nicho—, pero Twitter no es México. Al día de hoy el gobierno de Claudia Sheinbaum es muy popular (sí, incluso con escándalos como el huachicol o el enriquecimiento dudoso de figuras clave). Si en 2030 el panorama luce parecido, veo difícil que Salinas sea un contendiente que inquiete demasiado al régimen. Pero si la economía se deteriora y la gente siente el golpe en el bolsillo —como en Argentina con Milei—, entonces su discurso podría embonar y crecer como espuma, atrayendo sobre todo a gente apática que de otra forma no hubiera salido a votar. En una mala economía, un empresario que hable de mercado, libertad y progreso, y que sea recordado por confrontar al régimen, puede volverse rentable.

    Puede que, aun intentándolo, no prospere. Pero no es alguien a quien el oficialismo deba subestimar ni dar por muerto, menos en estos tiempos. De hecho, la virulencia con que lo atacan podría fortalecerlo en la oposición (hoy minoritaria).

    Otra discusión es imaginar un eventual gobierno suyo: si tomaría buenas medidas económicas y sanearía lo dañado por la 4T; si usaría el poder para beneficiar a sus empresas y castigar a quien le incomode; y cómo gobernaría sin algo ni remotamente parecido a una mayoría en el Congreso. No lo sabemos. Hoy es demasiado pronto para construir escenarios de alguien que ni siquiera ha confirmado que lo vaya a intentar.

  • Una bala le dio a Charlie Kirk, la otra le dio a la democracia

    Una bala le dio a Charlie Kirk, la otra le dio a la democracia

    La peligrosa espiral de polarización

    Creo que la polarización creciente que se vive en Estados Unidos, y en buena medida en Occidente, terminará muy mal.

    Los cimientos de la democracia están tambaleando. La democracia no es solo ir a votar; es también un consenso tácito: el acuerdo de que nuestras diferencias no se resolverán mediante la violencia. Y ese consenso se está rompiendo.

    Desde 2016, con la llegada de Donald Trump al poder y la aparición de sectores fascistoides en la derecha —como la Alt-Right— junto con una izquierda iliberal, poco dispuesta a debatir y más inclinada a cancelar, algunos comenzaron a advertir sobre el peligro de la polarización. Ocho años después, no solo sigue ahí: se ha agravado, y no parece haber un freno.

    Pero esta fractura no nació con Trump, ni con la derecha iliberal, ni con lo que algunos llaman la “izquierda woke”. Todo eso son apenas síntomas de un proceso mucho más largo, una polarización que lleva gestándose décadas y que hoy amenaza con arrastrarnos a un escenario muy oscuro.

    La explicación de Ezra Klein

    En Why We’re Polarized, Ezra Klein sostiene que la polarización es el resultado acumulativo de múltiples factores. Uno de los más relevantes es la transformación ideológica de los partidos: desde los años sesenta, demócratas y republicanos comenzaron a distanciarse hasta el punto en que las familias de congresistas de diferentes partidos, que antes podían convivir sin problema, hoy casi no se relacionan.

    A eso se sumó la irrupción de la televisión por cable, que segmentó a las audiencias con noticieros diseñados para reforzar identidades políticas. Así se construyeron burbujas ideológicas en las que la gente se acostumbró a escuchar solo lo que confirmaba lo que ya pensaba.

    Las redes sociales aceleraron aún más este proceso, aunque de una forma más compleja de lo que se suponía con la idea de “cámaras de eco”. Lo cierto es que transformaron por completo la manera en que nos informamos, debatimos y compartimos. Nos arrojaron a un entorno comunicativo para el cual todavía no sabemos adaptarnos.

    El asesinato de Charlie Kirk

    El cobarde asesinato de Charlie Kirk es otro síntoma de esta dinámica: una polarización que se retroalimenta, donde los discursos de odio se intensifican, las facciones se detestan cada vez más y los puentes de comunicación están rotos.

    Personalmente, mucho de lo que decía Kirk me parecía aberrante: solía estigmatizar a migrantes y a personas con otra orientación o identidad sexual. Aun así, considero que Ezra Klein (progresista) tiene un punto en algo que escribió en The New York Times: más allá de lo que pensáramos de sus ideas, Kirk hacía política de la forma correcta en un sentido dinámico. Iba a universidades y debatía con quienes quisieran enfrentarlo, generando un intercambio de ideas. Paradójico, sí: alguien con posturas intolerantes que, al mismo tiempo, estaba dispuesto a confrontarlas en público.

    Aunque hoy no conocemos al asesino ni sus motivaciones, es altamente probable que discrepaba con las ideas de Kirk. Si él era ultraconservador, lo lógico es pensar que quien lo mató provenía de la izquierda. Y si ese fue el caso, no sería más que otro ejemplo de cómo la violencia política engendra más violencia política.

    Redes sociales y discursos de odio

    Twitter mostró enseguida el efecto. Muchos aprovecharon para declarar que “la izquierda es asesina” o que “esto es una guerra contra la izquierda”. La narrativa de “nosotros los buenos, ellos los malos”.

    Pero la realidad es que ambos extremos han contribuido a este clima. También hemos visto violencia de la derecha: el asesinato de la congresista demócrata Melissa Hortman o el intento de secuestro de Nancy Pelosi, que Trump no condenó sino que ridiculizó.

    Afirmar que “la izquierda” o “la derecha” es asesina es una generalización absurda, pero es un discurso útil para estigmatizar al adversario. Y es justo esa banalización la que acelera la polarización: que desde la izquierda se tache de “fascista” a cualquiera con ideas diferentes, o que desde la derecha se lancen eslóganes como “zurdos de mierda”, alentando incluso a romper vínculos familiares con quien piense distinto, como promueve Agustín Laje.

    El dilema moral

    Entiendo que haya personas incapaces de empatizar con Kirk (quien detestaba la idea de la empatía), sobre todo quienes se sintieron directamente afectados por sus dichos. Sin embargo, cualquiera con un mínimo de sensatez debería condenar lo ocurrido y rechazar la violencia contra cualquier persona.

    Es cierto que la mayoría de los opositores a Trump y a las ideas de Kirk condenaron el asesinato, pero también hubo quienes dijeron que “se lo merecía” o incluso lo celebraron. Ese es el nivel de degradación moral al que hemos llegado.

    ¿Se puede frenar?

    Esta violencia política, al tiempo que posiblemente desencadene en más violencia política, seguramente también ocasionará que tanto la derecha como la izquierda que quieran expresar algo (esta por medio a represalias) se terminen autocensurando cada vez más temiendo que algo similar pueda pasar. A raíz de lo que ocurrió, Comedy Central decidió remover la parodia que South Park hizo de Charlie Kirk producto de activistas de MAGA que, enojados, comenzaron a culpar a la serie de lo ocurrido y tanto los demócratas Gavin Newsom, Alexandra Ocasio-Cortez como el derechista Ben Shapiro, decidieron, por la misma razón, posponer o cancelar sus próximos eventos públicos.

    ¿Cómo detener este clima de odio? No lo sé. Como dije al principio, no soy optimista. Creo que esto terminará en un escenario doloroso y que solo cuando toquemos fondo podremos reflexionar y construir un nuevo consenso. La polarización, el desgaste de la democracia liberal y así como los cambios geopolíticos no muestran un futuro prometedor.

    Me gustaría que pudiéramos promover un espacio donde las ideas se enfrenten sin miedo, donde el debate y la confrontación civilizada sean posibles. Pero quizá ya hemos entrado en un punto de no retorno. Y si un hecho tan lamentable como este sirve de pretexto para odiar más en lugar de reflexionar, entonces el panorama es aún más sombrío de lo que imaginamos.

  • Donald Trump. El genio de la realpolitik

    Donald Trump. El genio de la realpolitik

    Algunos analistas y observadores afirman que Donald Trump es un político realista y extremadamente pragmático. Señalan que no se tienta el corazón ni permite que sentimentalismos o consideraciones ideológicas influyan en sus decisiones, concentrándose únicamente en obtener resultados prácticos. Pragmatismo y consecuencialismo puro.

    Sin embargo, el problema surge cuando se asume que esta postura es inherentemente positiva o cuando se cree que quien adopta una estrategia pragmática o realista necesariamente lo hace con astucia y precisión. La dureza y la frialdad no implican automáticamente inteligencia política, y la historia está llena de ejemplos de estrategias «realistas» ejecutadas con torpeza y descuido.

    Existen casos exitosos de realpolitik, como la alianza estratégica de Churchill y Roosevelt con Stalin para enfrentar a Hitler, o el acercamiento de Nixon y Henry Kissinger con China, cuyo objetivo era aislar aún más a la Unión Soviética.

    Pero también hay claros ejemplos de fracasos monumentales, como el caso de Neville Chamberlain, cuya estrategia de apaciguamiento permitió que Hitler avanzara en sus objetivos iniciales sin resistencia significativa; o el pacto Molotov-Ribbentrop, en el que la Unión Soviética intentó evitar un conflicto inmediato con Alemania, solo para ser traicionada por la Operación Barbarroja. Incluso Kissinger, considerado un maestro del pragmatismo, cometió graves errores en la guerra de Vietnam y en el apoyo estadounidense a Saddam Hussein durante la guerra Irán-Irak.

    Algunos interpretan la estrategia de Trump como sofisticada debido a su aparente imprevisibilidad o porque rompe con el statu quo y las normas diplomáticas tradicionales. Creen que esta imprevisibilidad implica inteligencia táctica. Sin embargo, cuando esta imprevisibilidad se repite una y otra vez, se vuelve predecible y revela un patrón contrario a la sofisticación pretendida, como sucede con su recurrente manejo errático de aranceles que son promovidos y replegados una y otra vez.

    Otros consideran que la agresividad en las negociaciones y la actitud impulsiva de «macho-alfa» de Trump constituyen atributos valiosos en sí mismos. De ahí que ciertos opinadores, especialmente aquellos que proliferan en plataformas como YouTube, infieran que detrás de sus acciones hay una estrategia meticulosamente calculada. Algunos incluso aventuran hipótesis pensando cómo ellos actuarían si estuviesen en su lugar, diseñando estrategias geopolíticas basadas en información limitada, como si se tratase de un ejercicio dejado en la escuela, sin pruebas reales de que eso corresponda con la estrategia real del gobierno estadounidense.

    Estos analistas suelen partir de una premisa que parece sensata, e incluso confirmada por el propio Trump: su intención es evitar que China crezca más como potencia hegemónica y amenace los intereses estadounidenses. Desde esta perspectiva, interpretan su acercamiento a Putin y el abandono de Ucrania como una especie de «Nixon en China» en sentido inverso. Pero precisamente aquí es donde la estrategia se complica y algunas acciones empiezan a perder coherencia.

    Las relaciones internacionales son intrínsecamente complejas, llenas de matices y variables difíciles de prever. Cada vacío que se deja en las relaciones internacionales será inevitablemente llenado por otro actor. Ignorar un pequeño detalle puede marcar la diferencia entre éxito y fracaso. Y quizás, precisamente, la estrategia de Trump esté resultando poco cuidadosa, influenciada en gran medida por impulsos populistas que, lejos de fortalecerla, terminan contaminándola.

    Un punto importante es el trato que Estados Unidos le está dando a sus aliados estratégicos. Mientras hace concesiones a Rusia, trata mal a sus principales aliados lo cual envía un terrible mensaje. Ya hemos visto su comportamiento agresivo y prepotente con Canadá y México en torno a los aranceles. Ya hemos visto el trato confrontativo que ha mantenido con la Unión Europea. En la teoría, Estados Unidos tendría que mantener a la UE de su lado para debilitar la hegemonía China, pero con esa postura corre el riesgo de que sea la propia China quien comience a acercarse a Europa hoy despreciada por el gobierno de Trump a quien se le considera cada vez más un socio poco confiable. Aunque Trump diera marcha atrás con los aranceles o su alianza con Rusia, la confianza que le tengan sus principales aliados ya está, de alguna forma, trastocada, y eso puede llegar a convertirse en un problema enorme en alguna situación crítica.

    Otro punto es uno que puede parecer una nimiedad pero que es ejemplar al sugerir torpeza en el planteamiento. China está recurriendo cada vez más al poder blando (soft power) para alimentar su hegemonía a partir de la influencia sobre otros países sobre todo de África. Trump decidió cerrar el USAID de tajo en vez de mejorarlo o depurarlo. Esta institución era, básicamente, un arma de soft power con el cual buscaba influir sobre otros países. Ese hueco que deja Estados Unidos básicamente es un regalo para China y Rusia.

    Si bien, la pretensión de Trump es de «realismo político», tal vez la sofisticación no sea tanta y la realidad sea más sencilla y hasta un tanto desordenada. Trump siempre ha dejado claro su pensamiento: quiere un Estados Unidos aislacionista y multipolar porque él (y muchos de sus fanáticos) aseguran que muchos países se están aprovechando de Estados Unidos y por lo tanto deberían enfocarse exclusivamente en sus propios intereses. Esto implica romper con la tradición que inició con Woodrow Wilson, quien convirtió al país en un actor clave en la geopolítica mundial al decidir involucrarse en la Primera Guerra Mundial.

    El problema es que este cambio nos llevaría de vuelta a un mundo multipolar y menos globalizado, lo que podría dar origen a más conflictos bélicos. Si bien hay mucho que reprocharle a Estados Unidos como potencia dominante—como a todas las que han ocupado ese rol—, su hegemonía, para bien o para mal, logró cierto grado de estabilidad y orden.

    De todas las grandes potencias de la historia, quizás haya sido la menos mala. En este contexto, resulta aún menos deseable que un país con una tradición autoritaria, como China, intente asumir ese papel.

    Y tal vez la estrategia de Trump corra el riesgo de lograr lo opuesto, que China se termine empoderando más y le termine por arrebatar el rol hegemónico a Estados Unidos.

    Imágenes generadas con Grok

  • El Juego del Calamar y la libertad de votar

    El Juego del Calamar y la libertad de votar

    En el tercer capítulo de la temporada 2 de El Juego del Calamar, después de que en el primer juego los participantes que perdieron fueran asesinados, se les da a los participantes restantes la opción de retirarse con 24 millones de wones (poco más de 300,000 pesos mexicanos).

    Para ello, la mayoría debe votar por salirse del juego, o bien, seguir jugando con el riesgo de ser aniquilados. Si se retiran, saldrán con una cantidad de dinero que tal vez no sea suficiente para arreglar las miserables vidas que tienen allá afuera. O pueden quedarse a arriesgar sus vidas con la promesa de que irán acumulando más dinero conforme se vayan eliminando.

    Aunque a la mayoría se les da la «libertad» de votar, el orden de incentivos preestablecido garantizaría que el juego llegue a su final ya que los incentivos para quedarse para una mayoría son mayores a los que tienen para irse. Los organizadores no tienen ningún incentivo para que los jugadores salgan antes ya que por más personas cuenten lo vivido en el mundo real irán levantando más sospechas en las autoridades y la población. (Como no he terminado la serie, supondré que este resultado se cumple)

    El arreglo de incentivos que han establecido los organizadores es una trampa. La decisión de quedarse para los participantes es irracional dado que están haciendo un cálculo basado en el corto plazo ignorando lo que puede ocurrir en el largo.

    Los jugadores, a diferencia de los organizadores, no tienen la capacidad de prever qué ocurrirá en ocasiones posteriores porque no tienen la experiencia al respecto que los organizadores (y el jugador 456 quien, al parecer, no tiene mucha capacidad de convocatoria) tienen. Es decir, existe una asimetría de información al respecto que los organizadores aprovechan en perjuicio de los participantes a quienes afirman una y otra vez que tienen capacidad de decidir.

    Muchos de ellos asumen que la mayoría en una siguiente ocasión decidirá retirarse, pero el orden de incentivos se mantiene dado que el monto prometido a ganar es cada vez mayor. En cada juego, la probabilidad de sobrevivir es mayor a la probabilidad de morir, no así al sumar los resultados de todos los juegos en conjunto.

    La pregunta en cuestión aquí es: ¿Podemos afirmar que una persona está votando en libertad en tanto que los organizadores ya han establecido cierto arreglo de incentivos que les garantiza que ocurra el resultado que les interesa?

    ¿Qué tan libres somos cuando vamos a votar? Por lo general, los políticos establecen un sistema de incentivos para orientar nuestro voto de tal o cual forma. ¿Cómo medimos esa libertad?

    Supondría que, por más impredecible sea el resultado para el poder político, el ciudadano votaría más libremente ¿no? Es decir, en ciudadano vota de forma libre en tanto el poder político no puede asegurar que el resultado que desea vaya a ocurrir.

    Sin embargo, también es cierto que el resultado una elección puede ser muy predecible para el poder político dado que la gente está genuinamente contenta con su forma de gobernar sin necesidad de que el gobierno en turno haga un gran esfuerzo propagandístico.

    O tal vez podríamos medir esa libertad en la capacidad de maniobra que tiene el poder político para orientar el voto de alguna u otra manera y que habría ocurrido de forma distinta si no existiese asimetría de información y los votantes no fueran sugestionados deliberadamente por el poder político. En el caso del Juego del Calamar, esa capacidad de maniobra es absoluta, saben que la receta funciona y si la repiten una y otra vez el resultado será el mismo.

    En el caso de las democracias funcionales, la capacidad de maniobra no es nunca absoluta pero existe de tal forma que el resultado podría ser diferente si los políticos pueden echar mano de la propaganda y los recursos que tienen a la mano. En las democracias disfuncionales, donde los gobiernos utilizan más recursos públicos y programas sociales, la capacidad de maniobra, sin ser absoluta, es mayor de tal grado que decimos que la elección fue, cuando menos, inequitativa. Conforme el gobierno es más autoritario, como ocurre con la Rusia de Putin, la capacidad de maniobra es casi absoluta y, aunque la gente va a votar sin que alguien le ponga una pistola en la cabeza, el poder ya sabe cuál va a ser el resultado sin que, en muchas ocasiones, haya necesidad de orquestar un fraude en las urnas.

    Dado que los políticos siempre tienen incentivos para orientar el voto a su favor, y dado que de ello resulta que harán todo lo posible por lograrlo, ¿qué tanta libertad real dejarán a los votantes con el uso de nuevas tecnologías predictivas como la Inteligencia Artificial y demás tecnologías?

    Esa es una gran cuestión, porque una democracia debería presuponer elecciones libres. En la práctica, esa libertad nunca es completamente absoluta dado que siempre habrá gente que hubiese votado de otra forma si hubiera tenido información completa para decidir o no hubiese sido sugestionada, pero sí podemos decir que en las democracias más funcionales existe una relativa libertad. Sin embargo, en tanto el poder político logra aprender a maniobrar y orientar de mejor forma la intención de voto, sin que eso signifique necesariamente el uso de coerción, podremos decir que el votante estaría perdiendo cierta libertad de elegir, aunque sienta o crea que es libre.

  • Bertha has already danced – Trump y la incertidumbre

    Bertha has already danced – Trump y la incertidumbre

    Bertha has already danced - Trump y la incertidumbre

    No es un resultado sorpresivo en lo absoluto. Lo sorpresivo es la contundencia del resultado.

    Así ocurrió hace unos meses con el triunfo de Claudia Sheinbaum. Todos sabíamos que ganaría pero no con esa contundencia. En este caso yo veía a Donald Trump con mayores posibilidades pero pensé que sería una carrera de photo finish. No lo fue así, Trump ganó con cierta contundencia y se llevó carro completo (ganó ambas cámaras).

    Sería un craso error hacer juicios de valor sobre aquellos quienes votaron por Trump, hacerlo solo nos llevaría a las conclusiones equivocadas.

    Por mi parte, yo creo que su triunfo obedece a algo muy importante que tal vez no nos hemos detenido en reparar: la incertidumbre.

    Me explico.

    El mundo es cada vez más complejo. Las instituciones, las formas de organización, los canales de comunicación, las dinámicas sociales. La complejidad es más difícil de abstraer para la mente que lo simple, y ello, por consecuencia, genera incertidumbre.

    A su vez, el mundo es cada vez más volátil e impredecible, desde la forma en que el sistema financiero funciona hasta los cambios sociales como los derechos de la mujer o la integración de personas con distintas preferencias o identidades sexuales (muchos beneficiosos, pero que, al crear un cambio en el estado de cosas, generan incertidumbre en un sector de la población) que, últimamente, ciertamente han venido acompañados de posturas ciertamente radicales e iliberales (eso que llaman woke) que pueden llegar a afirmar que las matemáticas son racistas que no han hecho más que agravar la incertidumbre.

    Mucha gente se pregunta ¿cómo funciona el mundo? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? Ante los progresos de las mujeres en la sociedad (loables y aplaudibles) algunos hombres se sienten abandonados a su suerte con sus propias problemáticas (tal vez ello explique, en cierta medida, por qué entre los jóvenes los hombres son mucho más conservadores que las mujeres). La gente de la clase trabajadora se siente abandonada ante la pérdida de trabajos para los obreros.

    En ese mar de incertidumbre, la narrativa, el relato simple y sencillo (aunque sea falaz) puede dar una sensación de certidumbre y tranquilidad porque ello les ayuda a entender mejor el mundo que se ha vuelto demasiado complejo e impredecible.

    En un entorno así, tratar de englobar un fenómeno demasiado complejo como las dinámicas de los medios de comunicación y etiquetarlos como los medios adversarios termina funcionando. Muchos de los dichos de Trump son mentiras, pero se entienden fácilmente y generan tranquilidad: ya sabemos cuál es el problema, ya sabemos quiénes son los causante de dicho problema cuando en realidad los fenómenos son causados por un sinfín de factores donde cada uno tiene distintos pesos y donde los problemas que el candidato les dibuja a veces no lo son pero empatan porque hacen sentido con la disconformidad de la gente.

    El problema es que todo apunta a que el mundo, en el futuro próximo, será todavía más incierto. Las dinámicas de las redes sociales (acompañada de la polarización generadas por los algoritmos que promueven el engagement a costa de lo que sea) ya han generado incertidumbre. Los líderes de opinión que nos ayudaban a entender al mundo ya no lo son y su voz tiene cada vez menos validez, a veces menos que la de cualquier persona que propaga teorías de la conspiración.

    Y si la vorágine de las redes sociales causa tanta incertidumbre porque aún no hemos logrado aprender a adaptarnos a estas nuevas dinámicas, estas palidecen ante la sacudida que va a traer la inteligencia artificial. ¿Cómo defender y preservar los valores democráticos en un entorno así? La respuesta no es nada fácil, porque ante la incertidumbre, que sacude la parte más baja de la pirámide de Maslow y activa los miedos más instintivos de los individuos, apelar por un «macho man» o un individuo autoritario, se puede volver muy atractivo frente a la democracia que, por su naturaleza, suele ser incierta.

    Yo creo que el sistema de pesos y contrapesos de Estados Unidos va a aguantar a Donald Trump. Más allá de mis diferencias ideológicas con el individuo naranja, no me parece lo que Jesús Silva-Herzog llamaba un «autoritario competitivo», pero sí es un claro aviso de que los propios cambios tecnológicos, sociales y culturales están creando una severa sacudida en la forma en que entendemos la organización humana y política. Trump es solo un síntoma de algo mucho más grande que no hemos terminado de comprender.

    ¿Qué va a pasar con los valores democráticos? Lo único de lo que podemos estar ciertos es que estamos en una suerte de transición. El problema es que no sabemos cuál será el destino final, y tal vez no soy positivo al respecto. En tiempos en que la sociedad se polariza más y en el que es necesario tener la capacidad de tener consensos para tomar decisiones en torno a los avances de la inteligencia artificial (que son necesarios para que esta trabaje en beneficio de la humanidad y porque una vez que adquiera cierta inteligencia, ya no habrá marcha atrás), la pérdida de la democracia y el sometimiento a una suerte de autoritarismo que tal vez hoy no podemos entender puede ser un escenario posible.

  • ¿Es este el fin de la democracia? Disfrutando lo votado

    ¿Es este el fin de la democracia? Disfrutando lo votado

    ¿Era el autoritarismo la normalidad en México y la democracia fue tan solo un fenómeno temporal?

    Los regímenes populistas autoritarios van degradando la democracia de forma muy paulatina y progresiva. Algunos no lo logran, otro sí, pero lo que es cierto es que es difícil ponerse de acuerdo, en los distintos casos, la fecha exacta en que la democracia dejó de existir.

    Si en México la democracia termina, es posible que una de las fechas más importantes establecidas para los estudiosos sea el fatídico viernes 23 de agosto.

    ¿Podría considerarse que la democracia terminó ese día? Sería muy atrevido afirmarlo, pero lo cierto es que en esa fecha ocurrieron dos cosas que comprometieron severamente el andamiaje que permitieron que la democracia, imperfecta como fuera, pudiera sostenerse: esas dos cosas fueron la eliminación de los organismos autónomos y la sobrerrepresentación, la cual seguramente será acompañada por la cooptación del Poder Judicial que se comenzará a gestar con la reforma propuesta en días posteriores.

    En este nuevo entorno o nueva normalidad, será difícil esperar que elecciones libres sigan existiendo con tamaña concentración de poder en el régimen. Ya lo único que podría mantener a la democracia con vida es, a falta de cualquier contrapeso, la propia voluntad del régimen (que ellos decidan y acepten la existencia de elecciones justas y libres), y la verdad es que tienen muy pocos incentivos para hacerlo.

    La historia muestra que las cosas irán por otro lado. Los regímenes populistas, como bien señala la politóloga Nadia Urbinati, conciben el proceso electoral no como una forma en que los ciudadanos eligen al gobierno que quieren, sino como una suerte de plebiscito donde el régimen se reafirma en el poder. A este ejercicio le suelen acompañar revocaciones de mandato y «consultas ciudadanas» que han ya sido calculadas para que beneficien al régimen ¿Suena?.

    Eso es lo que ocurre en países como Rusia (Vladimir Putin), Venezuela (Nicolás Maduro), Hungría (Viktor Orban) o Turquía (Recep Tayyip Erdoğan). Estos regímenes suelen mantener una suerte de fachada democrática para simular o disfrazar al autoritarismo y engañar a los incautos ¿verdad, Diego Ruzzarín?

    Estos procesos hacen todavía más sentido cuando son liderados por aquellos que desean crear una profunda transformación o pasar a los anales de la historia, en muchos casos con dejos de nostalgia por un pasado glorioso. El chavismo se contrasta con el pasado inmediato de Venezuela acudiendo a símbolos históricos, Putin busca recuperar la «grandeza» de Rusia y su papel en la geopolítica mundial, López Obrador propone una cuarta transformación que conceptualiza como una «ruptura con el neoliberalismo» pero que tiene una profunda nostalgia por el pasado del priísmo hegemónico.

    La ruptura no puede ser un examen del estado de cosas actual. No puede ser una revisión minuciosa de cada elemento para mantener lo que sirve y reformar lo que no. Deber ser ruptura como tal: un rompimiento con todo lo que caracterizó al régimen anterior independientemente de si los elementos que lo componían eran buenos o malos.

    Así ocurre con los organismos autónomos. No hay siquiera una crítica a su funcionamiento. No se nos dice en qué áreas el INAI era mejorable. La resolución es simple: son «neoliberales» (lo que se traduce como que pertenecen al estado de cosas anterior) y hay que desecharlos.

    Pero esa eliminación no solo es simbólica, obedece a un deseo de concentrar el poder. Los organismos autónomos limitaban el ejercicio y, sobre todo, el abuso de poder del gobierno y diversos actores políticos y económicos: lo obligaban a un mínimo de transparencia (INAI), lo sometían a elecciones justas y libres (INE), evitaban, en la medida de lo posible (aunque no de forma perfecta), las prácticas monopólicas en los diversos agentes económicos (Comisión de Competencia). Esta eliminación amenaza no solo con la concentración de poder en el ejecutivo, sino también en los agentes económicos preponderantes, sobre todo aquellos cercanos al gobierno, fomentando la consolidación de una oligarquía de empresarios que se enriquecen al amparo del poder.

    En el contexto actual, es muy plausible que la democracia liberal haya terminado en México. Muchas de las actitudes del gobierno (como su incapacidad de dialogar con la oposición e incluso su indisponibilidad de respetar su existencia) sugieren poca disposición para someterse a unas elecciones donde sean capaces de reconocer el triunfo del adversario. Claro, no es fácil predecir los cómos. No es imposible que, en cierto contexto, estén dispuestos a ceder (cuando sea insostenible aferrarse al poder o no convenga), pero la historia y la ciencia política no sugieren buenas noticias para quienes creemos en la democracia y sus valores.

  • ¿Por qué arrasó, sin piedad, Claudia Sheinbaum?

    ¿Por qué arrasó, sin piedad, Claudia Sheinbaum?

    Fue una paliza, de proporciones históricas

    A una semana de anunciado el resultado electoral, muchos en la oposición no han asimilado lo que ocurrió. Están apenas en la etapa de negación del proceso de duelo, uno que tal vez les va a ser largo.

    Las señales de la inminente derrota ahí estaban.

    Con tal de no perder la esperanza, el wishful thinking se manifestó de forma grosera en la mente de muchas personas, analistas y hasta especialistas. ¡Xóchitl puede ganar! 

    Se aferraron a encuestas cuya metodología era muy dudosa y que eran conocidas por ajustar artificialmente sus resultados para decir que acertaron. Crearon teorías un tanto extrañas sobre cómo podría configurarse todo, las explicaron en pizarrones o en videos sofisticados de redes sociales. 

    Ante esa insistencia, algunas personas, que quisimos tomar una postura más mesurada y realista, nos salpicamos un poco. No pensáramos que fuera a ganar Xóchitl pero sí llegamos a pensar que la diferencia podría ser menor a lo que decían las encuestas ¿qué tal 10 o 15 puntitos? Las propias encuestadoras hasta dudaron de sus resultados al cierre, algunas pusieron disclaimers y otras hasta recortaron la diferencia a 10 puntos. 

    Pero no, Taddei anunció el resultado preliminar. Había sido una goliza. La más grande desde que hay elecciones democráticas. Nos anunciaba la voluntad del pueblo en las urnas: queremos el segundo piso de la transformación, así tajantemente.

    La reacción en la oposición fue diversa y variopinta. Algunos fueron mesurados y autocríticos, otros comenzaron a hablar de un gran fraude, y algunos otros, ya de plano, prefirieron insultar a los electores y hacer comentarios clasistas, comentarios que fueron aprovechados por el oficialismo para generalizar las lamentables opiniones de algunos cuantos a toda la oposición.

    Pedro Ferriz y Alazraki afirmaban que si te encontrabas a un «naco» en la sección business del avión, era de MORENA, Aguilar Camín llamó a los votantes de la 4T como de baja intensidad (afortunadamente su colega Javier Tello reviró y criticó mordazmente su argumento). Alguno presumió en redes que no le dio propina al mesero por haber votado por MORENA. Que si los electores eran bien flojos e ignorantes.

    Después de los fatídicos sexenios de Echeverría y López Portillo que generaron terribles crisis económicas, México optó por una progresiva apertura económica que se consolidó con las reformas en el salinato y la firma del TLCAN. A este proceso le acompañó otro, que fue lucha tanto de izquierdas como de derechas: el de la democratización del país.

    Apertura económica, por un lado, democracia y Estado de derecho por el otro. Era la promesa del nuevo régimen que se inauguraba en los años 90 y que se consolidaba tras la alternancia en el poder en el año 2000. Esta apertura iba a traer empleos, riqueza, movilidad social, libertades para todos. Y, ciertamente trajo algunos beneficios, pero basta ver cómo durante todos estos años el crecimiento económico fue magro, casi al nivel del crecimiento poblacional. ¿Por qué?

    La apertura existió, pero esta percepción de que muchos ricos cercanos al gobierno, más oligarcas que emprendedores, se volvieran hipermillonarios, creó una sensación de algo muy injusto: unos se enriquecen de lo lindo mientras que yo no puedo superar mi condición. En realidad no hubo ese Estado mínimo que promueven los liberales, sino más bien eso que muchos llaman crony capitalism o capitalismo de cuates. AMLO supo lucrar con esta indignación (con algunas verdades, otras a medias y otras falsedades), aunque al llegar al poder terminó igualmente beneficiando a Carlos Slim o Germán Larrea. 

    A pesar de que se lograron algunos avances institucionales necesarios para ir creando un Estado de derecho, la corrupción fue la norma del día, sobre todo en el sexenio de Enrique Peña Nieto. 

    Se logró crear una democracia meramente formal, con separación de poderes, una suerte de contrapesos: ¡Ya quisiera Dinamarca tener un organismo como el INE! (aunque la verdad no es que los daneses necesiten un organismo tan sofisticado como nosotros sí necesitamos). Faltó, sin embargo, la democracia ciudadana. No se terminó de instaurar una cultura democrática en nuestro país. 

    En una sociedad donde un sector de la población vive en la pobreza, donde la desigualdad es acuciante y donde la movilidad social es casi inexistente es muy difícil mantener un régimen democrático. Las democracias consolidadas tienden a existir en países desarrollados, donde la desigualdad es menor y, si esta es más grande, es compensada con un discurso de movilidad social como ocurre en Estados Unidos. Así, era tiempo para que la democracia liberal colapsara o quedara desfigurada en nuestro país si no venía acompañada de crecimiento y cierta mejora de calidad de vida para los que menos tienen. Es el ejemplo de los países latinoamericanos donde históricamente democracias endebles han alternado con dictaduras o con regímenes populistas de izquierda y, en los últimos años, de derecha.

    El propio López Obrador dio el primer aviso en el 2006 y nadie hizo caso del mensaje que mostraba inconformidad en un sector de la población. Muchos cuestionábamos que Calderón viera la estabilidad democrática casi como condición suficiente, como si ello y una economía «medio» de mercado fueran a hacer su magia por sí solas. Nunca se preparó a la población para poderse beneficiar de esa apertura. La educación pública (y, en cierto grado, la privada) se mantuvo en niveles poco menos que lamentables. No existió una estrategia del país para entrar de forma competitiva a una economía de mercado. Uno de los errores fue ese. Si se hubiera creado capital humano, mucha gente de abajo habría tenido menos dificultades para dejar su condición y habría tenido menos incentivos para votar por MORENA.

    Llegó Peña con un paquete ambicioso de reformas que ciertamente sí aspiraban a ir un paso más allá. Una de las reformas, como la de Telecomunicaciones, sí comenzaron a generar beneficios palpables, sobre todo en el abaratamiento de los servicios de la telefonía celular.

    Revistas presentaron al oriundo de Atlacomulco como “el salvador de México”. Sin embargo, los terribles escándalos de corrupción de su gobierno dilapidaron cualquier esfuerzo: poderes fácticos «afectados» por las reformas usaron su poder para acentuar «en infinitum» el descrédito del mexiquense. La inconformidad se hizo tan fuerte que las clases medias le dieron el beneficio de la duda a López Obrador.

    Ante un régimen que no terminó de dar lo que prometió, que mantuvo la inmovilidad social y donde la gente de las bases no vieron alguna diferencia significativa en sus ingresos, la consecuencia natural era regresar a lo “bueno por conocido”, a la nostalgia de tiempos pasados.

    Nadie va a votar para que a su país vaya mal. Va y vota por lo que cree que es mejor para sus intereses, los de su comunidad y los de su nación. ¿Puede votar de forma contraria a nuestros intereses o del país? Es un riesgo en el que todos podemos caer, porque nadie, absolutamente nadie, tiene la información completa y todos ignoramos algo, pero nadie espera equivocarse. Cada quién elige lo que cree que es lo mejor con base en la información que tiene, su situación actual. Valga, votamos como “Dios nos da a entender”. 

    A una persona que no sabe cómo salir de su condición económica de pronto le anuncian que, por las reformas laborales, el salario mínimo que ganaba en la fábrica va a aumentar en términos reales. Que la variación va a ser del 110%. O sea, su ingreso básicamente se va a duplicar (claro, restándole un poco por los efectos de la inflación y demás). Duplicar el sueldo a alguien que gana el salario mínimo implica un aumento significativo en la calidad de vida, le va a llevar más comida a su familia, tal vez puedan salir de vacaciones o ello haga que el hijo no tenga que trabajar y vaya a la escuela. Es oro puro para alguien que todos estos años sintió que su ingreso estaba estancado. Es muy comprensible que vote por MORENA. 

    A otra persona, de la tercera edad, que ya tiene 70 años y no puede trabajar, le cae una ayuda de 3,000 pesos mensuales. Para alguien de clase media-alta (que también recibe el apoyo y que, aunque no simpatice con la 4T, va a cobrar con gusto) tal vez no sea una diferencia tan sustancial, pero para los abuelitos que viven en Iztapalapa, Ecatepec o, más aún, en un pueblo de Chiapas, ello marca una gran diferencia. Ese dinerito hasta les puede hacer sentir más dignos porque puede marcar la diferencia entre depender o no de su familia: ¡Ya no somos una carga y ya no tenemos que estar chingando tanto a los hijos!, les puede ayudar a comprar las medicinas que necesitan.

    A esas personas poco le importan conceptos abstractos como los contrapesos o la separación de poderes, porque antes que ello primero van las necesidades básicas. ¿Qué prefieres, una Suprema Corte independiente o poder darle una mejor calidad de vida a tu familia? La respuesta es hasta lógica. Podemos no estar de acuerdo pero la decisión se torna, si bien no acertada a nuestros ojos, si comprensible. 

    Muchos cuestionamos la sostenibilidad de todos esos programas en el largo plazo. Si bien, puede ser un acierto haber subido el salario mínimo, tampoco lo puedes subir ya más porque genera inflación y escasez de empleos. Los programas sociales requieren que haya dinero en las arcas del gobierno y, para que haya más dinero, es necesaria mayor competitividad y generación de riqueza y difícilmente la va a generar la degradación de la educación que la Nueva Escuela Mexicana va a generar en la población o si crean políticas que ahuyenten la inversión.

    Son cosas que les puede ser de “sentido común” a los economistas, a los especialistas en temas educativos o a nosotros los politólogos, pero tal vez no lo sea tanto para las personas cuya principal preocupación es tener que llevar comida a su casa, y menos si no hemos sido capaces de transmitir y promover esos valores y esos conocimientos. 

    No se van a desprender de lo concreto, lo que se palpa y se siente, en favor de aquellos valores abstractos que, valga decirlo, su presencia no necesariamente se había transformado en una mejor calidad de vida para ellos.

    A esto se le agrega un asunto identitario. López Obrador es o, al menos, se presenta como esa mayoría que ha sido ignorada. Los políticos durante la transición pensaron que podían solucionar todo viviendo en una burbuja, creando modelos econométricos en una oficina de Santa Fe, como si los ciudadanos de a pie fueron meros indicadores (que, por cierto, ni siquiera lograron aumentar considerablemente). Los siempre ninguneados, despreciados, a los que muchos políticos solo le dieron el valor de un voto, ya tenían a alguien que los entendía. 

    López Obrador tuvo el gran acierto de recorrer no una, sino dos veces todos los municipios de la República. Eso no viene en ningún manual de campañas políticas, es tal vez producto de una intuición aparentemente más básica, pero muy inteligente. A través de estos recorridos, AMLO conoció a cabalidad la idiosincrasia del mexicano. Tan exitosa fue esta decisión, que después de su derrota del 2018 Ricardo Anaya trató de emularlo en aras de contender en la siguiente elección (recibió muchas burlas por ello, pero yo sostengo que no era mala decisión en absoluto) hasta que tuvo que huir a Estados Unidos.

    ¿Resultados? López Obrador logró construir una narrativa muy sólida que la oposición nunca supo cómo atacar. La oposición pensó que bastaba con invitar a focus groups a gente que vive en la Narvarte bastaba. La oposición se volvió parasitaria y reactiva de una narrativa que nunca siquiera entendió.

    Muchos lo dijimos desde 2018. La oposición necesita entrar en un proceso de profunda autorreflexión, sino el tiempo se los va a llevar a la chingada. No lo hicieron, prefirieron simplemente ser reactivos a todo lo que hiciera o dijera López Obrador. No ofrecían nada, solo no ser López Obrador. Llegó el 2021 que se convirtió en un espejismo porque no les había “ido tan mal”, pero era un engaño que resultó fatídico. La gente, sobre todo en la Ciudad de México tras la reciente caída de la línea 12 y los efectos económicos de la pandemia, votó por ellos solo como una suerte de receptáculo para castigar a MORENA. No fue su triunfo ni una expresión de respaldo hacia ellos, fueron las circunstancias. 

    Pero hoy la línea 12 quedó atrás y la gente siente que su economía está mejor. La economía se recuperó (no de la mejor forma, pero lo hizo), ganan más, la gente mayor recibe apoyos, los jóvenes becas. ¿Cuál fue la respuesta de la oposición? Decir que López Obrador era malo. ¡Genios!

    Y bajo esa tesitura, esa visión de burbuja, es que contendieron en la campaña. Tenían algunos buenos perfiles políticos, pero no candidatos competitivos. Luego sintieron que les cayó de sorpresa Xóchitl Gálvez: esta morra es combativa, se pelea con López Obrador, y como nosotros no sabemos hacer nada más que llevarle la contra a AMLO, nos cae como anillo al dedo. ¡Genios!

    Aún así, con el repunte que ella tuvo en esos primeros meses después de su aparición en la escena pública, pensamos que podría llegar a ser una candidata relativamente competitiva, aunque yo y muchos otros sosteníamos que seguía estando en posición de desventaja y todavía faltaban muchas cosas para que realmente pudiera competir. La gente hablaba más de ella que de Claudia y las corcholatas (al menos, en redes). Me pregunté si iban a lograr sostener ese hype y la verdad es que no, con el tiempo se fue estancando y así, estancada, es que llegó a la campaña.  

    La única (y vaga) esperanza que yo tenía, es que le construyeran una excelsa campaña, pero ya había señales de que no iba a ser así. Después del hype inicial, hubo mucha improvisación, se cometieron errores, hubo muchos cambios, sacudidas, nada sustancial.

    La campaña fue asquerosamente mala. Incluso peor que la de Josefina Vázquez Mota, porque Gálvez, como sea, tenía algo de carisma y podía construirse una campaña un tanto más atractiva en torno a ella.

    Xóchitl Gálvez cometió errores, ciertamente, pero creo que, con todo, ella fue la menos responsable. La hidalguense tenía una historia de vida que podría haberle ayudado a atraer a gente de ambos lados del espectro político y no supieron siquiera tejer una narrativa en torno a ello. La campaña fue aburrida, solo logró destacar en el segundo debate (y tal vez solo porque dijo lo que quienes somos opositores queríamos escuchar) y no aprovecharon los momentos coyunturales, solo había propuestas desperdigadas que no formaban un arco narrativo y la oferta era: nosotros no somos AMLO o  “no te vamos a quitar los programas sociales”, todas ellas reflejaban parasitismo de la narrativa oficial. Pobre y lamentable. 

    Peor tantito, el Frente enfocó sus pilas en Álvarez Máynez. Que si era un esquirol, tal vez, pero todo apunta a que captó más votos que eran para Claudia que para Xóchitl. Es decir, sin él en la contienda tal vez la diferencia hubiese sido más grosera. La oposición le prestó demasiada atención a una candidatura irrelevante e incluso en sus spots se atrevió a parasitar de la narrativa de Máynez, que era, valga decirlo, bastante más sólida que la de Xóchitl.

    Los que creíamos que la ventaja de Sheinbaum iba a ser menor a la de las encuestas, no creíamos que la campaña de Xóchitl fuera buena en absoluto. Más bien pensábamos que Claudia iba a recibir una suerte de voto de castigo de un sector de la población por la corrupción, la inseguridad y la relación del gobierno con el narcotráfico. Ello no ocurrió y lo poco que perdió sospecho que se fue a la candidatura de Álvarez Máynez, y meditándolo, ello puede tener una explicación, y tiene que ver con los propios partidos que tampoco estaban en posición de ofrecer algo mejor debido a su historial reciente:

    Inseguridad: En el sexenio de Calderón, producto de la guerra contra el narco, la violencia se disparó. Al final comenzó a bajar, pero luego llegó Peña y la disparó a niveles históricos. Incluso al fin de su mandato estaba un poquito peor que ahora.

    Narco: hay percepción (y tal vez sustentada) de que los gobiernos anteriores tenían alguna alianza con el narco. AMLO supo magnificar y explotar esto con la figura de García Luna.

    Corrupción: El gobierno de Peña fue muy corrupto, y es el antecedente más próximo que había. La polarización que creó AMLO, estigmatizando a quienes lo criticaban e investigaban, hizo que esa percepción de que es un gobierno corrupto se atenuara y de que muchas de las acusaciones eran falsas porque eran «inventos de los conservadores». 

    Entonces, según este razonamiento, si las variables «inseguridad», «narco» y «corrupción» me parecen que se mantienen constantes, la oposición no puede ofrecerme nada realmente diferente, y si con este gobierno me va mejor económicamente y me entiende más, voto por este. 

    La presencia de los partidos del Frente en la campaña de Xóchitl provocó que fuera más difícil atacar a Claudia por estos flancos, por ello la campaña de Claudia acertó en señalar que Xóchitl estaba arropada por estos partidos. Tampoco es que hayan ofrecido propuestas serias y contundentes para acabar con estas problemáticas.

    A esto hay que agregar el hecho de que, a nivel global, existe un creciente descrédito de los partidos tradicionales en favor de aquellos candidatos que son o aparentan ser outsiders. Una de mis hipótesis es que Internet y la sacudida que ha generado en los vasos comunicantes está cambiando las reglas del juego de forma drástica y lo seguirá haciendo (más con la irrupción de la Inteligencia Artificial). Ahondar en este argumento requeriría un artículo aparte.

    A pesar de todo esto, muchos tenían la ilusión de que ganara Xóchitl. Las burbujas reafirmaron los sesgos de confirmación. Que si la marea rosa llenó el Zócalo, que si todas en el chat de las comadres de WhatsApp iban a votar por Xóchitl, que si había mucha gente en mi casilla y todo era una fiesta, que todos mis followers en Twitter van a votar por ella. A esos, a los que se hicieron muchas ilusiones, fue a los que golpeó más duro la realidad, y son los que, al día de hoy, menos han sabido manejarla y los que más hablan de supuestos fraudes.

    Hoy no pocas personas claman fraude electoral y creen que hay una gran conjura, igual como falsamente lo pensó López Obrador en el 2006. Muchos de sus razonamientos son fácilmente desmontables.

    En redes sociales presentaron como prueba del fraude inconsistencias entre las sábanas y el PREP. Esas inconsistencias siempre han existido y, en su gran mayoría, son descuidos o errores de dedo. Las personas que están capturando esa información generalmente están trabajando en friega y muchas veces están cansadas, como lo atestiguan personas que han participado en esos procesos.

    El PREP, a su vez, es un mecanismo meramente informativo. Sirve para que, a través de dicho mecanismo, puedas ver los resultados preliminares y cotejarlos para luego poder ser revisados en los cómputos distritales, pero el PREP no sirve para calificar la elección. Hablan de “fraudes hechos con Inteligencia Artificial orquestados por cubanos”, pero no tendría sentido fraudear un mecanismo que no va a calificar la elección y que va a ser confrontado por los cómputos distritales donde personas de todos los partidos cuentan los votos y los resultados de las casillas. 

    Argumentan que el INE ya está cooptado porque Guadalupe Taddei, presidenta del instituto, es cercana a MORENA, pero lo cierto es que el régimen no tiene mayoría en el consejo y eso evita cualquier intento de cooptación. El mecanismo de conteo de votos hace virtualmente imposible un fraude a gran escala ¡y menos uno de 30 puntos de diferencia por Dios!

    Sin embargo, a pesar de que ya se conoce el resultado de los cómputos distritales, hay gente que sigue necia con estas teorías que, paradójicamente, benefician a un régimen cuya ambición ha sido cooptar al INE. Le están dando más herramientas argumentativas para hacerlo. 

    Y más útil es para el régimen cuando el foco opositor debiera estar en el riesgo de sobrerrepresentación sobre la que alerta Ciro Murayama y que supone un serio riesgo para la democracia.

    ¿Qué va a pasar con la democracia? En resumen, estamos atestiguando un cambio de régimen que dará fin a la democracia liberal de contrapesos. 

    Lo que nuestros ojos están viendo es lo que Nadia Urbinati llama una democracia desfigurada, donde ante el descontento de la población con las élites políticas y el desgaste del sistema, un régimen populista se instaura y “parasita” de la propia democracia para crear un discurso donde el líder (o el movimiento) se erige como representante de la voluntad de las mayorías. 

    Los movimientos populistas detestan los contrapesos, la rendición de cuentas y el pluralismo político porque son diques que no permiten “hacer valer la voluntad de la mayoría” la cual es en realidad la voluntad propia del líder o movimiento. A los líderes populistas, dice Urbinati, les gusta jugar con mecanismos de democracia directa para hacer sentir a los ciudadanos que son partícipes de la política, aunque dichos mecanismos son utilizados arbitrariamente en beneficio del poder.

    Aquí lo hemos visto de forma recurrente en el régimen: la revocación de mandato, la consulta del aeropuerto, el castigo a expresidentes y ahora la “elección popular” de los jueces.

    Básicamente estamos viendo el libreto del manual del populista que han usado desde Chávez en Venezuela y Evo en Bolivia, hasta Orbán en Hungría, Erdogan en Turquía, Putin en Rusia o Trump en Estados Unidos, 

    Las elecciones no van a desaparecer como piensan algunos, pero se corre el riesgo de tener un “autoritarismo competitivo” donde las elecciones no son concebidas como un instrumento para elegir a los representantes, sino como una forma de reafirmación del poder del régimen actual. 

    A diferencia de las dictaduras comunes, los populismos, de acuerdo con Urbinati, se encuentran en un punto medio entre la democracia y el fascismo (aunque caer en una dictadura plena siempre es una posibilidad). A diferencia de una dictadura, el populismo necesita el respaldo de una porción significativa de la ciudadanía y mantener el poder implica mantener dicho respaldo que los legitime. 

    El populista necesita que exista una suerte de oposición que pueda controlar y que le sirva para, a través del contraste con ésta (nosotros, el pueblo bueno contra las élites corruptas) mantener la legitimidad ante la gente. A MORENA así le convendrá que el PAN o el PRI sigan existiendo y se “sigan presentando a elecciones” para tener un enemigo que los reafirme.

    Esta dinámica es la que hace urgente un proceso de autorreflexión dentro de la oposición tanto política como ciudadana. El mejor escenario para la 4T es que la oposición siga “haciendo lo que hace siempre”, que sea predecible, que sea meramente reactiva a lo que haga la 4T en el poder y que siga viendo la realidad del país desde una burbuja.  

    Esta descripción que hace Urbinati del populismo, junto con la idiosincrasia del PRI de partido único podría darnos un viso de lo que vamos a ver en los siguientes años o tal vez décadas del país. No es en lo absoluto, un panorama esperanzador. y si no se toman decisiones económicas acertadas, tal vez no lo sea siquiera para los que hoy han visto mejorar su calidad de vida. 

    Tal vez tomará un tiempo para comprender a cabalidad por qué ganó Claudia Sheinbaum de la forma en que lo hizo. En este artículo sugerí algunas razones, pero también habrá muchas otras que se me escapan. Por ejemplo, no pocas personas de clase media e incluso media-alta votaron por Claudia Sheinbaum.

    Muchas cosas están en riesgo con el resultado de esta elección, ciertamente. Pero para quienes fungen como oposición (partidista o ciudadana) lo que toca es hacer un profundo ejercicio de autorreflexión en vez de señalar a los votantes o estigmatizarlos o pensar que todo se trató de un gran fraude.

    El régimen de la transición hoy ha concluido, eso es prácticamente un hecho. Lo primero que debemos hacer es aceptarlo y prepararnos para lo que viene. 

    No gusta, pero fue la voluntad del pueblo, y quien es demócrata debe acatar esa voluntad aunque no se esté de acuerdo con ella. 

  • El karma es un AMLO

    El karma es un AMLO

    Uno de los aciertos de los federalistas que, a través de diversos artículos, buscaban ratificar la Constitución que ahora es la piedra angular de la política estadounidense, fue que comprendieron mucho mejor que otros la condición humana con respecto del ejercicio del poder.

    Ellos pugnaban por un gobierno fuerte y eficiente pero que, a la vez, se establecieran pesos y contrapesos para prevenir el abuso de poder porque su concentración en un individuo o en un grupo de individuos que representaran lo mismo desembocaría necesariamente en la tiranía. La idea de la democracia liberal contemporánea es, en parte, producto de este razonamiento (aunque ellos lo conceptualizaran más como una república que como una democracia, la cual relacionaban más con aquella democracia directa de la Grecia Antigua).

    La «democracia» obradorista poco tiene que ver con esta idea. Para López Obrador la democracia consiste en la voluntad del pueblo encarnada en una persona que dice representarla, o sea, él. Su visión es más parecida a la de Carl Schmitt, quien asumía que la democracia requería una identidad cultural homogénea y que hace distinción entre el amigo (nosotros, el pueblo) y el enemigo (para nuestro caso, los conservadores, el neoliberalismo o el prian). La visión obradorista es incompatible con la democracia liberal porque los contrapesos son un estorbo para que el ejecutivo concentre la mayor cantidad de poder para hacer valer la voluntad del pueblo.

    Pero, en este ejercicio, pareciera que Madison, Hamilton y Jay acertaron más al afirmar que la concentración de poder iba a derivar en el abuso de poder. López Obrador decía que no, que si el presidente era honesto, todos iban a hacer honestos. Para él era cuestión de voluntarismo, para los federalistas era cuestión de diseño.

    El voluntarismo quedó autorrefutado: no solo porque AMLO se representa más a sí mismo que al pueblo que dice encarnar, sino porque ha sido evidente que su voluntad no permeó en las estructuras políticas y, peor aún, porque el propio López Obrador se ha exhibido como un político corrupto.

    Es cierto que una parte de la población mexicana se siente representada idiosincráticamente por él, algunos otros están contentos con los apoyos que llegan, pero es cuestionable que muchas de las decisiones que el ejecutivo ha tomado realmente sean las más benéficas para el pueblo que dice encarnar: véase la estrategia contra el Covid, el estado de la seguridad social o el desabasto de medicamentos por poner unos pocos de los vastos ejemplos que existen.

    La lógica de la democracia liberal es que el ejecutivo debe someterse a los pesos y contrapesos para que el exceso de poder no termine perjudicando al pueblo mismo. La lógica para AMLO es la contraria, hay que extirparlos para que el pueblo, a través de su persona, gobierne.

    ¿Pero qué es el pueblo? O la pregunta indicada sería: ¿qué es el pueblo para AMLO? Las fronteras entre aquello que es y aquello que no es las ha establecido el propio presidente. Quienes están con él y su causa es pueblo, quienes no son una suerte de extranjeros invasores en su propia tierra a quienes se les despoja de la bandera cuando van al Zócalo a manifestarse.

    Ahí está la trampa, la definición de pueblo está acotada a las ambiciones e intereses políticos del presidente. Basta que, en cantidad, quienes componen el pueblo sigan siendo los suficientes como para que legitimen su ejercicio del poder y basta que sea la cantidad indicada.

    Así, Obrador puede disfrazar una intentona autócrata de democracia y representación popular. Es por medio de esa vía, progresiva y camuflada, y no a través de golpes de estado, por medio de la cual los gobernantes con pulsiones autoritarias como él, Maduro, Orban o Nayib Bukele aspiran a acumular poder en detrimento de la pluralidad y las libertades políticas.

    Es posible que, con el tiempo, el pueblo, o parte de este, termine por volverse consciente de los abusos por parte del régimen, como fue ocurriendo progresivamente con el régimen del partido único del PRI. Es posible que esos abusos y corruptelas que permiten al gobierno les cobre factura en el largo plazo. También por ello, ante la amenaza del «karma político», desean controlar los organismos electorales y autónomos: menos transparencia para que sus corruptelas sean menos visibles y, a su vez, que a la oposición les sea más difícil sacarlos del poder.