Categoría: películas

  • Poco Ortodoxa, una reseña social y filosófica

    Poco Ortodoxa, una reseña social y filosófica

    Poco Ortodoxa, un análisis filosófico

    Advertencia, este artículo tiene spoilers.

    A mi parecer, Netflix ha estado publicando contenido muy interesante que despiertan la reflexión y el debate sobre ciertas cuestiones sociales. Esto es algo que hay reconocer ya que estamos muy acostumbrados (y no sin razón) a señalar la tendencia a la frivolidad de la industria cinematográfica.

    Poco Ortodoxa, uno de los nuevos lanzamientos de la compañía estadounidense, es una de esas series que pueden ser útiles para tratar de entender de mejor forma al ser humano y su relación con la sociedad.

    La miniserie, que está basada en hechos reales, y más específicamente en el libro autobiográfico de Deborah Feldman, trata de una joven llamada Esther Shapiro (Esty), quien huye de la comunidad judía ortodoxa de la dinastía jasídica Satmar que habita en el sur de barrio de Williamsburg de Brooklyn en Nueva York, la cual es básicamente es un microcosmos que, a pesar de formar parte de una ciudad liberal como lo es Nueva York, está totalmente aislada de ella.

    Evidentemente, como la serie está basada en hechos reales, no es difícil concluir que el barrio existe y la comunidad también. Dicha comunidad, que se trasladó a Hungría después de la Segunda Guerra Mundial y que parte de su esencia está marcada por el trauma del Holocausto (lo que explica su cerrazón), se instaló en el sur de Williamsburg, una zona que contrasta con el norte del barrio (donde hay cafés hipsters y vida urbana) por ser un tanto pobre y desaseada, aunque a la vez es una zona segura dada la cooperación entre los integrantes de una comunidad que ha batallado para mantener su microcosmos tan alejado de la ciudad en la que está enclavada producto de la obvia tensión con las autoridades y que, a su vez, es producto de una drástica diferencia cultural. Por ejemplo, la férrea oposición de los vecinos a las ciclovías, molestias de la alcaldía por la separación de mujeres y hombres en los camiones, o carteles con restricciones sobre la vestimenta dentro de ciertos establecimientos.

    En cuentas resumidas, la película trata sobre una drástica distinción entre los valores de dicha sociedad ortodoxa judía y los de una sociedad liberal como la de Berlín a donde Esty huye.

    Individualismo y colectivismo

    Mientras que las sociedades liberales occidentales son individualistas, es decir, están orientadas hacia el individuo, muchas otras como las asiáticas en esta serie son más bien colectivistas, no necesariamente en el sentido económico como los regímenes comunistas, sino en uno más bien social donde la esencia del individuo se explica en relación con los demás y no consigo mismo. Las distintas sociedades, como es bien explicado en el libro Cultures and Organizations, suelen diferir en diversos ámbitos: unas son más individuales que otras, algunas son más adversas al riesgo o tienen una mayor distancia con la autoridad que otras. El shock cultural que uno vive cuando se va a vivir a otro país así como las formas de gobierno o incluso la cultura empresarial, argumentan los autores de dicho libro, son producto de este tipo de diferencias culturales.

    Pero las comunidades ortodoxas son colectivistas en demasía. El individuo no se puede explicar si no es en relación con la comunidad a la que pertenece. En el Williamsburg donde crece Esty las normas son muy estrictas y rígidas, el individuo básicamente no existe si no es cumpliendo con los roles que la comunidad espera de él o ella.

    Como se puede esperar de una sociedad colectivista, Esty se casa por medio de un matrimonio arreglado con Yanki Shapiro, un hombre demasiado inseguro de sí mismo que no es capaz siquiera de sostener la mirada pero que, debido a las convenciones, mantiene una posición dominante en la relación. Todo apuntaría a que sería un matrimonio feliz hasta que comienzan a surgir los primeros problemas que comprometen el rol que este matrimonio tendría que cumplir en su comunidad: Esty tiene problemas para embarazarse, lo cual lleva a Yanki a pedirle el divorcio ya que un matrimonio sin hijos es algo así como una falta grave dentro de esa comunidad y solo va en su búsqueda cuando se entera que está embarazada.

    Pero ese no es el último problema. Es evidente que Esty tiene cierta necesidad de independencia reflejada en las lecciones de piano que recibe de una mujer que está atrasada con la renta (y que la ayudará a salir del país). En realidad nunca pareció terminar de ser feliz en una comunidad donde la intimidad básicamente no existe, donde los problemas conyugales son conocidos por toda la familia que ejerce presión sobre el matrimonio para que cumpla su rol.

    Esty y la realidad

    No es lo mismo hablar de la realidad tal cual es (esa que Kant describe como el noúmeno) que de aquella realidad subjetiva que los seres humanos abstraemos de aquella y que es la que estamos limitados a conocer. Ello es notorio cuando Esty llega a Berlín e intenta socializar con un grupo de jóvenes que, a la postre, la terminan aceptando dentro de su círculo: Esty construyó su realidad a partir de un microcosmos tan restringido como lo era su comunidad que hasta sus amigos de Berlín conocían más sobre Nueva York sin necesidad siquiera de haber estado ahí que ella misma. Los individuos construyen su realidad con base en los patrones culturales y los paradigmas que dan forma al contexto en el que se encuentran insertos, y es evidente que los amigos de Esty tienen «más mundo» que ella. A Esty se le ve como ingenua o ignorante, a la cual todo le parece extraño y novedoso.

    El shock más grande es evidentemente para Esty, ya que a pesar de que la sociedad liberal de Berlín le es atractiva, no la entiende por completo ya que es algo completamente desconocido para ello. Lo único que parece saber (y le basta) es que ahí no sentirá aquella presión social sofocante de su comunidad judía y, por ende, podrá desarrollar su personalidad sin que alguien le diga cómo tiene que ser. Sus amigos también sufren una suerte de shock ya que no entienden muy bien a Esty, pero no tienen tantos problemas ya que viven en una sociedad multicultural y tienen la «ventaja de estar en casa». Incluso ellos la terminan «guiando» en su proceso de adaptación.

    Las sociedades individualistas, retomando el libro Cultures and Organizations, tienden a aceptar más a los «foráneos» dentro de su comunidad que las colectivistas. Es claro que no cualquiera puede ser parte de la comunidad dinastía jasídica Satmar e incluso los requisitos para sus integrantes pueden ser abrumadores, y por otro lado podemos ver que, a pesar del shock cultural evidente y algunas complicaciones producto de las diferencias culturales, los amigos de Berlín terminan adoptando a Esty.

    Diferencias culturales

    Una de esas complicaciones tiene que ver con la franqueza. Los integrantes de las sociedades individualistas son más francos entre sí mientras que los de las sociedades colectivistas intentan evitar tener roces con los suyos. En países como Estados Unidos o los europeos la gente no tiene problemas para decir «no» mientras que en sociedades un poco más colectivistas como México, algunos países de América Latina o Corea del Sur, ello es una tarea más complicada y la gente suele ser más redundante a la hora de expresarse.

    Después de que Esty toca el piano, una de sus amigas de Berlín le es franca y le dice que, aunque tiene un talento natural, no tiene la práctica necesaria para poder ser admitida en la orquesta. Si bien la retroalimentación de su amiga puede ser desesperanzadora para cualquier persona en la situación de Esty, ella queda profundamente devastada ya que la franqueza no forma parte de los valores que ella aprendió y ésta puede ser interpretada como una descortesía o tal vez hasta un insulto.

    Yanky, al igual que Esty, también sufre de un fuerte shock cultural al llegar a Berlín. No sabe siquiera cómo tratar con la gente, a diferencia de Moishe quien está «más vivido» y quien incluso se puede dar el lujo de trasgredir algunas de las reglas de su comunidad, algo que para Yanky es impensable. Aquella frase de «lo que pasa en Berlín se queda en Berlín» refleja mucho de la conducta de Moishe. Como nadie de su comunidad ve lo que hace, puede darse permisos que serían poco menos que alta traición dentro de la comunidad a la que pertenece.

    Dado que tiene más mundo y sabe más cómo moverse en él, Moishe tiene más malicia y es básicamente quien coordina toda la búsqueda y quien termina encontrándose con ella. La labor de Yanky, por su parte, termina siendo inútil. Moishe logra confundir a Esty (quien afortunadamente luego visita a su madre quien la desengaña) mientras que Yanky termina humillado al tratar de convencer sin éxito a Esty, ya adaptada y adoptada por Berlín, de que regrese a Williamsburgh. Quien conoce más el entorno en el que se mueve se desempeña mejor en él, y es demasiado obvio que Moishe le lleva una gran ventaja a Yanky al respecto.

    El rape como simbolismo

    La cabeza semirrapada de Esty termina convirtiéndose en el simbolismo más importante de la historia ya que se puede interpretar de forma distinta desde las dos culturas que se contraponen en la serie. En la dinastía jasídica Satmar las mujeres deben raparse y usar una peluca ya que es símbolo de modestia: el cabello es un símbolo de atracción al que ahora sólo tiene derecho el esposo. En Berlín ello puede ser visto como uno de los tantos peinados que refuerzan y dejan patente el individualismo, donde no hay una convención que diga que las mujeres deben utilizar tal o cual apariencia. Podemos ver esa transformación en el antro al que acude con sus amigos, donde la cabeza rapada se mantiene constante pero el significado termina mutando de su tesis (la modestia) a su antítesis (la reafirmación personal).

    El rape termina rebelándose a sí mismo manteniéndose igual en apariencia pero cambiando todo lo demás: los labios pintados, el look, la actitud de una Esty que deja su timidez del lado y comienza a bailar pero, sobre todo, los valores que ese corte de cabello representa. Ya no es Esty la judía ortodoxa, sino una mujer independiente, quien se ha encontrado consigo misma huyendo de aquel entorno que la había formado pero que no formaba parte de su esencia, la cual en realidad podría explicarse por lo primero y lo más natural: su madre, quien siempre formó parte de esa sociedad occidental-liberal de Berlín.

    Conclusión

    La serie no me parece en sí una crítica a la comunidad ortodoxa pero sí refrenda los valores liberales occidentales en ese huir de lo ortodoxo hacia lo liberal, de la sujeción a una comunidad a la independencia. Lo que sí me parece es que plantea una suerte de contraste, tal vez una suerte de llamamiento a comprender que la realidad y tal como la concebimos está muy influida por los valores culturales bajo los cuales crecemos y que en nuestra especie existen formas muy distintas de construir la realidad y que la nuestra no tendría por qué ser la definitiva.

  • El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    En estos tiempos pandémicos, y más con el encierro, es común que las personas consuman contenidos que les ayude de alguna u otra forma a explicar qué es lo que estamos viviendo. La Peste del existencialista Albert Camus ha sido la referencia más obvia para muchos, al grado que las búsquedas relativas al escritor francés se dispararon. Existen otros contenidos que no son tan obvios y que ni siquiera hacen referencia a una pandemia, pero que nos pueden ayudar a reflexionar sobre lo que estamos viviendo y en este sentido, la película «El Hoyo» del español Galder Gaztelu-Urrutia me ha hecho meditar mucho. Es una película cruda y que a más de una le podrá parecer chocante verla en estos tiempos, pero vale la pena.

    Esta cinta, que se encuentra en Netflix y que se ha vuelto muy popular estos días, trata sobre una suerte de prisión vertical ubicada en algún punto del futuro y que funge como una suerte de juego de supervivencia donde un banquete de comida que, en teoría, debería alcanzar para que todos se alimenten, se traslada a través del hoyo desde las celdas superiores a las inferiores; pero como los reos tratan de comer lo más posible en vez de racionar dicha comida, resulta que los de las celdas «no privilegiadas» reciben puros restos si no es que absolutamente nada.

    La analogía más común que se ha hecho con esta película es aquella que tiene que ver con el capitalismo y la desigualdad. Parecería también una suerte de crítica a eso que los economistas llaman trickle down economics (teoría del goteo), que asegura que en los países donde hay pocas regulaciones se habrá generado tal desarrollo dentro de las clases altas y medias de un país que éste «se derramaría» hasta los sectores más pobres de tal forma que éstos resultarían más beneficiados que en el caso de que el gobierno interviniera para ayudar a los que tienen menos. La teoría ha sido criticada por algunos sectores de la izquierda quienes dicen que dicha proposición no se cumple en la práctica y que los pobres apenas reciben migajas de los más ricos.

    Pero considero que la crítica puede ir más allá de meros modelos económicos porque igual podría tejerse alguna suerte de analogía con los países comunistas (nada más con «menos pisos»), donde las élites gubernamentales se quedan con casi todo el pastel y todos los demás se quedan con las migajas. Creo que «El Hoyo» tiene que ver un poco más con lo más oscuro de la condición humana en sí.

    Un ejemplo lo podemos ver con las compras de pánico que vimos hace algunos días, lo que me recuerda a las personas de los primeros niveles que tratan de comer toda la comida posible sin pensar en lo que van a comer los de los niveles de abajo. ¿Por qué las personas decidieron vaciar los estantes de los supermercados de productos que no necesitaban en cantidad o de productos que eran completamente inútiles como los rollos de papel? Los que llegaron primero acapararon todo sin importar que ellos iban a necesitar tantas cosas y que la escasez que provocaron podría poner en riesgo la vida de más de una persona.

    Esta dinámica también podría ayudarnos a entender la actitud del individuo ante la escasez y la necesidad. En la película, quienes estaban en los niveles inferiores y no recibían comida tenían que verse en la necesidad de comerse a sus compañeros de celda para sobrevivir, mientras que los de los niveles superiores podían disfrutar de su plato favorito de entre muchas opciones suculentas. Así, los que somos parte de las clases medias y altas, podemos pasar una «cuarentena VIP» trabajando desde casa, con televisión y redes sociales a la mano para comunicarse con sus seres queridos, mientras que quienes están en los sectores más populares no pueden darse el lujo de quedarse en casa porque tienen que salir si es que quieren comer.

    ¿Qué pasaría, por ejemplo, si a aquella persona necesitada de salir de su casa se le obliga a quedarse? ¿Qué va a pasar cuando se le acabe la comida? Es muy posible que se cree un ambiente muy tenso y derive en connatos de violencia y rapiña ya que tienen que hacer lo que sea para sobrevivir. Este es precisamente uno de los dilemas que tienen los países latinoamericanos, ya no digamos los africanos, ya que pueden verse en la necesidad de elegir entre contener el COVID_19 o mantener la economía relativamente estable.

    Afortunadamente, en la vida real sí podemos ver un poco de esa «solidaridad espontánea» aunque a todas luces sea insuficiente. Por un lado tenemos a actores más parecidos a los prisioneros de los pisos de arriba que con cuyas posturas procuraron su propio bienestar y la abundancia, como ocurrió con algunos empresarios, mientras que otros sí mostraron algo de solidaridad espontánea como el caso de Cinépolis o Banorte que hicieron algunos sacrificios en aras del bien común.

    También podemos ver esa diferenciación entre la actitud de la gente. Hay quienes ni siquiera se han molestado en tomar precauciones por no querer renunciar a su vida cotidiana, y otros que le dijeron a la señora del aseo que se quedara en su casa mientras le continuaban pagando como si estuviera trabajando. Así como hay algunas personas que creen que estamos en vacaciones, otras han hecho una suerte de activismo para tratar de ayudar a quienes se encuentran en los sectores más vulnerables. Por su parte, las invitaciones a «quedarse en casa» me recordaron también esa parte de la solidaridad espontánea a la que refería Imoguiri, cuando ella pedía a los reos del piso de abajo racionar la comida para que les llegara a todos.

    Al final de la película, Goreng y Baharat intentan descender al último piso racionando la comida de tal forma que lograran subir hasta al primer nivel con la panacota para mandar un mensaje a la administración. Habrá quien pueda ver ello como una suerte de imposición de un régimen socialista, pero a mí no me pareció algo así, sino más bien un acto de irrupción para modificar un sistema evidentemente vicioso y contraproducente. Goreng y Baharat con la panacota son para mí todos aquellos que están poniendo de su parte para acabar con la pandemia y que tratan de remar contracorriente, aquellos que incluso son capaces de exponer su integridad o su bienestar para ayudar a los demás: ya sean doctores, científicos, personas comunes que tratan de concientizar y toman sus precauciones etc.

    El coronavirus, como narraba Albert Camus en la peste, va a sacar lo mejor y lo peor de las personas. Algunos serán héroes, otros serán vistos como villanos aprovechados, otros, presas del pánico y por su falta de carácter, se aventarán por el hoyo.

    Lo cierto es que estamos en tiempos inéditos. Tal vez son los tiempos «más históricos» que estemos viviendo aquellos que nacimos en las últimas décadas del siglo XX o en las primeras del XXI. El coronavirus cambiará muchas cosas, cambiará estructuras, cambiará modos de vida, patrones, sistemas, formas de hacer política. La pregunta es ¿en qué va a derivar todo esto y a donde queremos llegar?

  • El bizne llamado Hollywood

    El bizne llamado Hollywood

    Las premiaciones (el Oscar en este caso) siempre serán, en teoría, una decisión subjetiva; una decisión que parte de la construcción subjetiva de la realidad por parte de los jueces. No se utilizan números o metodologías, sino apreciaciones que son inherentemente subjetivas. Así, si los Oscar premian a la mejor película a tal o cual obra, ello no debe implicar que sea la mejor para mí ni para ti, y tal vez ni para la opinión pública, sino para los Oscar (los que es lo mismo, para los jueces). Pero posiblemente no sea la única motivación.

    El cine es, casi por consecuencia, liberal. Los perfiles psicológicos de la mayoría de los actores o directores de cine: «expresivos, creativos, caóticos, abiertos al cambio» empatan más con los valores progresistas que con los conservadores. Siempre los conservadores (tipo Clint Eastwood o Mel Gibson) serán minoría.

    Ahora, eso no implica que Hollywood adopte la agenda progre de multiculturalidad y equidad de género (hay un Harvey Weinstein que todo lo ve) solo por mera convicción, sino porque también ahí hay un negocio muy rentable.

    Primero, porque es rentable a futuro apostar a la diversidad a pesar de las reacciones nacionalistas ¿por qué? Porque al vivir en un mundo culturalmente más diverso (no solo por la diversidad de las grandes ciudades, sino porque gracias al desarrollo de las tecnologías de la información tenemos cada vez más contacto con gente de otras razas y culturas) Hollywood podrá aspirar a posicionarse como pionero y no solo eso, sino que podrá a los nuevos mercados que se están creando como consecuencia de los cambios sociales.

    Es la misma razón por la cual la mayoría de las empresas adoptan en junio la bandera LGBT, porque en tanto que las personas con otra orientación o identidad sexual están siendo asimiladas y aceptadas por la sociedad, se están creando nuevos mercados y porque ello les da una imagen de frescura, sobre todo hacia los consumidores más jóvenes, que son más liberales que los grandes y, por tanto, los más rentables. (Más vale conquistar a los jóvenes que preocuparse por el shock de la señora copetuda de Providencia).

    Hollywood también aspira a volverse más global y no solo un producto meramente estadounidense. ¿Por qué antes la gran mayoría de los directores que ganaban eran estadounidenses mientras que en esta década solo ganó uno (sin demeritar el trabajo de los ganadores)? ¡Adivinaste! ¡Hollywood goes global!. ¿Por qué Parasite ganó el Oscar (con todo y que creo que sí lo merecía)? Simple, van en busca de nuevos mercados, sobre todo aquellos mercados asiáticos que, por su desarrollo económico, está creando nuevos mercados potenciales.

    Y tal vez ello explique por qué para algunas personas su agenda se note algo forzada, porque más que un mero activismo político, Hollywood es un negocio, y como es un negocio, están enfocando sus esfuerzos en ello.

    Y recuerden, siempre hay un Harvey Weinstein.

  • Parasite es muy buena ¿Pero, por qué?

    Parasite es muy buena ¿Pero, por qué?

    Parasite es muy buena ¿Pero, por qué?

    Yo ya tenía a The Joker como mi película del año, como la favorita para ganar el Óscar. Pero luego llegó Parasite…

    ¡INICIAN SPOILERS!

    Tengo que decir que Parasite es una película genial que me atrapó en todo momento. Es genial porque en muchos aspectos es innovadora; porque rompe con los cánones típicos de Hollywood y cuando parece que va a caer en el típico cliché, termina dando un giro tan abrupto e inesperado.

    Parasite aborda el tema de la desigualdad, pero no lo hace desde el lugar típico tan propio de las izquierdas occidentales donde se presenta al pobre como víctima y al rico como victimario, sino desde una postura más ambigua mostrando las imperfecciones y las carencias de ambas clases sociales.

    El título lo dice todo, Parasite trata de una familia pobre (la familia Kim) de un barrio lúgubre que logra penetrar en la mansión de una familia rica (la familia Park) para convertirse básicamente en parásitos de ella.

    La familia Kim, una familia que vive en uno de los barrios más decadentes (de Seúl aparentemente) y que juega el papel de un parásito, logra penetrar a través de Ki-woo, quien se hace pasar por estudiante universitario para dar clases de inglés a Da-hye (a quien enamora, y cuya relación le da la falsa ilusión de ser parte de una clase a la que no pertenece). Ya que ha ingresado, logra de una forma creativa que toda su familia vaya penetrando en la mansión haciéndose pasar por trabajadores calificados que no tienen relación entre sí: hacen despedir al chofer para que contraten a su papá, hacen creer a Yeon-kyo, la señora, que la ama de llaves tiene tuberculosis para que contraten a Chung-sook, la madre de la familia Kim.

    La familia Park no es retratada como aquella familia rica arrogante e insensible, sino más bien como una familia ingenua, ingenuidad que es producto, en gran parte, de una profunda desconexión con el resto de la sociedad surcoreana y que sirvió para facilitar la entrada de la familia Kim a su hogar. Ello queda patente cuando Mr Park se percata de que la familia Kim tiene un olor algo extraño sin terminar de entenderlo: «es a lo que la gente huele cuando te subes al metro» le dice a su esposa, quien responde diciendo que desde hace mucho tiempo no se ha subido a ese transporte.

    Los Kim son una familia que está casi desposeída, que tiene empleos mediocres que con dificultad alcanzan para los gastos. Sus modales son muy distintos a los de los Park, viven en medio de un fuerte desorden a diferencia del orden pulcro de los Park, conviven con los gases de la calle y lidian con personas que orinan cerca de su ventana. No tienen ningún plan de vida porque sienten que no tienen el futuro en sus manos y que por ello sus planes fallan. Todo consiste en dejarse llevar por el momento, porque como bien dice Ki-taek, si no se tiene ningún plan, entonces no se puede fallar. Y al verse imposibilitados de crear su propio proyecto de vida, deciden convertirse en parásitos de aquellos que sí pueden aspirar a ello.

    Las dos familias se explotan una a la otra. Los Park al tratar casi como sirvientes a los Kim, y los propios Kim, al ingresar a su hogar como parásitos que aprovechan su ausencia para utilizar sus tinas, sus botellas de whisky, su jardín y su sala de estar. No hay buenos y malos en esta obra, incluso definir quién es el parásito o quién lo es más es ambiguo, lo que hay es mucho cinismo.

    Parasite logra mostrar muy bien el contraste entre las distintas clases que, a pesar de habitar una misma ciudad, están profundamente desconectadas. En este sentido, los símbolos importan mucho, aquellos pequeños detalles que dicen mucho y que explican la genialidad de esta película porque a partir de algo tan simple logran construir una narrativa tan profunda: el olor, los modales, los túneles lúgubres y sombríos (que se convierten en una parodia de sus lugares de origen) etc.

    La casa toma un rol simbólico importantísimo en la trama, casi como si fuera parte del reparto. La casa habla por sí sola, el hecho de que haya sido construida por uno de esos «arquitectos estrella», la misma disposición de los elementos que condicionan la narrativa de la película: el jardín, la sala de estar y, sobre todo, el sótano, aquél sótano que tiene un túnel que la familia Park desconocía por completo para usarse en caso de un ataque nuclear de Corea del Norte. No recuerdo, de momento, una película donde el inmueble tome un rol tan activo dentro de la trama.

    ¿Cómo categorizar a Parasite? Utilizando el argot contemporáneo podría ironizar y decir que es una película de «género fluído». Y en el sentido estricto lo es porque la película por algún momento parece una comedia que de pronto se convierte en una aventura para pasar al suspenso y después a un drama para terminar convirtiéndose en no sé qué. Pero las transiciones de un género a otro son tan naturales y orgánicas que se convierten en un activo de la película. Son cambios abruptos pero no son forzados ni artificiales. De pronto te estás riendo, luego te sientes angustiado. La película lleva a tu psique por una montaña rusa de diferentes emociones sin que ello afecte la narrativa. Todo es consistente.

    Y en conjunto con estas transiciones aparece otra de las genialidades de la película. Al principio parecería que la obra no es gran cosa, e incluso puede llegar a parecer un poco plana. Pero tiene todo el sentido que sea así porque ello le da más fuerza a dramáticos giros de trama que vendrán a continuación; porque siempre que parece que está a punto de caer en el típico cliché, hace un giro (plot twist) tan inesperado que de pronto como espectador estás en una situación profundamente diferente, aunque estés dentro de la misma casa con las mismas familias. El contraste entre la escena cómica en la que la familia Kim está emborrachándose en la sala de estar y el descubrimiento de los túneles junto con el esposo de la ama de llaves que llevaba años viviendo ahí como un parásito es abrumador. De pronto, la película es otra, y a la vez sigue siendo la misma.

    Y ahí tenemos a una tercera familia: la ama de llaves y su esposo, la que está en la peor situación, a la que realmente le tocan las migajas. Mientras que los Kim pueden llegar a disfrutar la vida de los Park, la «tercera familia» no. Es obvio que el esposo está trastornado, en lamentables condiciones físicas y psicológicas. Su presencia en el túnel habla del abandono social. Tanto, que los Park no saben que la familia como tal existe.

    Y el final, donde la «tercera familia» cobra relevancia, al ser el esposo el que inicia la tragedia, tenía que ir por la misma tesitura. No iba a ser un final feliz. Es un final lleno de mucho cinismo en el que todos terminan perdiendo, donde ambas familias quedan severamente fracturadas, donde el padre de los Park es asesinado y la hija de los Kim también. El cinismo queda reflejado, sobre todo, cuando el hijo le promete a su padre, al ver que éste termina viviendo en los túneles para esconderse de la justicia, que va a trabajar duro y va a comprar la casa para que pueda vivir con él y con su mamá. Pero como espectador tú sabes que eso nunca va a ocurrir. El padre así desciende de nivel, de parásito de segunda clase, al de tercera clase. El padre así ocupa el papel que ocupaba antes el esposo de la ama de llaves.

    La crítica social en la película es evidente, aunque sale de los cánones tradicionales del cine occidental. Habla de la desigualdad, pero evita caer en romanticismos y, por el contrario, la aborda desde una perspectiva muy cínica, cruda y por momentos políticamente incorrecta. Habla de la fragilidad del tejido social, de la desconexión entre las distintas clases sociales, tan alienadas y ensimismadas entre sí. Habla de la dependencia de los humanos con las tecnologías de una forma muy sutil pero muy poderosa. Bastaron dos escenas: la primera, cuando los hijos de la familia Kim descubren que en la ventana del baño alcanza a llegar el wifi, y en aquél momento en que el botón de «enviar» se convierte en un arma con la que la ama de llaves y su esposo somete a la familia Kim.

    Por último, a pesar de que la cinta es surcoreana y que por momentos los contrastes culturales son muy evidentes, en la película se respira un aire de familiaridad tal que podría sin problemas hacerse una versión tropicalizada de la cita en México, en Estados Unidos o cualquier país latinoamericano.

    Las actuaciones son muy buenas, ni qué decir de la fotografía. Parasite es realmente una película muy buena que, a mi perecer, debería merecer el Oscar a la mejor película.

  • El Joker no nace, se hace

    El Joker no nace, se hace

    No sé si han terminado de notarlo, pero en el cine parece haber un quiebre con respecto a la forma que se trata a los héroes. En el pasado (incluido aquél relativamente reciente) era clara la dualidad entre el bien y el mal: el superhéroe era el bueno y el villano era el malo, como si la bondad de uno y la maldad de otro fueran meros fenómenos aislados: el bueno es bueno porque es el bueno, y el malo lo es porque es el villano. Aunque a veces se tratara de explicar por qué el villano se volvió tal, no se salía de esa dualidad. En el presente, esa dinámica parece haberse relegado a un segundo plano.

    Alguna vez un analista de cine de Youtube (que no recuerdo su nombre, se los debo) habló sobre esta quiebre comparando al Señor de los Anillos con Game of Thrones. En la primera, que enclava dentro de la modernidad, dejaba esta distinción clara entre el héroe bondadoso y el villano malvado. En Game of Thrones, enclavada más bien dentro de la posmodernidad, la distinción no es tan clara porque el interés principal de la serie no era establecer dicha dicotomía sino más bien humanizar a los personajes, mostrarlos como falibles, y entender a cada uno de ellos como producto no sólo de sí mismos, sino del contexto en el que se desenvolvían y de la forma en que se relacionan con los otros.

    El cine de superhéroes ya no es binario (bueno o malo) sino contextual. Lo que importa es entender la complejidad que existe detrás del desarrollo de una persona, y el Guasón tiene mucho, pero mucho de esto (tanto que esta película trata solamente del villano). Ya no son las obras fantásticas donde el héroe salva la ciudad de una forma épica lo que se proyecta en las pantallas, sino un análisis de todo lo que hay detrás de un relato heróico que ahora se pone en entredicho; se trata de entender que detrás de esa heroicidad hay también falibilidad.

    Básicamente, lo que vemos es una deconstrucción de los relatos épicos que acompañaban a las historias de superhéroes. Es paradójico que esta empresa, tan posmoderna, termine tratándose a la vez una muy realista.

    Entonces esta reseña no es una reseña tradicional que hable de las actuaciones o de la historia en sí (aunque cabe decir que la actuación de Joaquín Phoenix fue magistral y que la músicalización es de aplaudir), sino de un análisis más bien filosófico o social.

    Una crítica superficial diría que esta película aborda la lucha de clases, el pobre contra el rico: los manifestantes payasos emulando al proletariado y Thomas Wayne a la burguesía, dirán. Pero ello no es así, porque una interpretación así sigue atenida al binarismo entre buenos y malos que solo invierte. La película analiza y comprende al Joker pero tampoco es como que lo justifique. La película hace crítica social y habla de conflicto, sí, pero es mucho más complejo que hablar de meras luchas de clases y hay que notarlo.

    En este sentido, la película reconoce la complejidad de la condición humana y comprende de alguna forma la multiplicidad de factores que se esconden detrás de una historia. La obra explica cómo esta multiplicidad de variables, situaciones y hechos que interactúan entre sí derivan en la creación de un perfil que se convierte en un asesino. Son muchos factores tan distintos que se conjugaron para que esto ocurriera, aunque todos ligados a la exclusión del sistema: estos van desde el rechazo social per sé, un trastorno mental, el trato que las demás personas le dieron (incluida su madre o Thomas Wayne), la desaparición de programas sociales bajo los cuales podía seguir manteniendo una relativa estabilidad, los prejuicios, la falta de instituciones sólidas (lo cual se refleja en una ciudad caótica que no puede controlar una plaga de ratas). Todas estas variables se traducen en la exclusión sistémica que Arthur sufre, una exclusión tan agresiva que se conjuga con un severo trastorno mental que, a su vez, alimenta ese círculo vicioso de la exclusión y lo lleva a cometer horribles crímenes producto de la desesperación, el resentimiento acumulado y la severa alienación.

    La relación que juega Arthur con las instituciones (los hospitales, la policía, las dependencias gubernamentales) tiene un aroma un tanto foucaultiano, donde no se percibe que dichas instituciones auxilien a Arthur, sino que, al no poder normalizarlo, lo terminan excluyendo. En todas estas (y de hecho en todo el entorno en el que se mueve Arthur) se percibe un ambiente frío y decadente, despojado de cualquier rastro de humanismo.

    La película habla de qué es lo que ocurre cuando un sistema te excluye y te trata de ocultar bajo su alfombra. Quien queda excluido del sistema queda también excluido de los mecanismos que le proporcionan cierta estabilidad y razón del ser. El sistema (entendido como un todo, no solo como un gobierno, sino también como las empresas, las instituciones, la familia, y todo aquello que conforma la sociedad) te provee de un orden moral, ético, legal, de pertenencia, de una familia, de una educación. Quienes quedan excluidos de dicho sistema se encuentran desprovistos de cualquier estructura, y cuando han sido relegados de ella entonces lo que es bueno y lo que es malo deja incluso de tener sentido porque el sujeto, alienado y hasta desposeído de una identidad, percibe que no es parte de ello, y cuando el estado de las cosas es tan ajeno y le trata como repugnantes, entonces la reglas y las normas que emanan de ese sistema se vuelven irrelevantes.

    La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras

    Bastó que el Guasón tuviera un arma en sus manos para que se rebelara contra el sistema que lo excluía. El arma le dotó de un sentimiento de poder que anteriormente no había gozado. Con ella mató a los tres empleados de Industrias Wayne que lo molestaban en el metro, con ello mató al conductor que lo había invitado a su programa para hacer mofa de él. Con el arma, el Guasón dejó de jugar un papel pasivo a uno activo. El arma no lo transformó, simplemente a través de ella se expresó como excluido del sistema y disparó contra éste. Así se erigió con sus particulares bailes ante muchos manifestantes (payasos) quienes también se sentían excluidos e ignorados. Se convirtió en su referente, en su modelo a seguir.

    Evidentemente ello no puede implicar romantizar al Guasón, debemos tener cuidado con eso, porque un análisis simplón podría llevar a algunas personas a ello. La moraleja no es que, estando fuera del sistema, nos podamos permitir cualquier cosa o que ese tipo de actos nos parezcan aceptables solo porque tuvieron una causa, sino más bien preguntarnos si el sistema que hemos creado realmente ha incluido a todos y qué podemos hacer para que los incluya. ¿La forma en que entendemos la realidad de otros estratos sociales, cosa que Thomas Wayne parecía desconocer, es la adecuada para ese fin? ¿La forma en que comprendemos los trastornos mentales y tratamos a las personas que sufren uno es la adecuada? ¿La forma en que están diseñadas las instituciones y los órganos de justicia abonan a esta inclusión?

    Si bien el concepto del bien y el mal son lo suficientemente necesarios que se hace necesario abordarlos de una forma casi dogmática para evitar que su relativización nos lleve al caos, sí es imperativo preguntarnos por qué hay gente que obra mal (en el sentido de que sus actos son perjudiciales) en vez de ver su acto simplemente como un hecho aislado y disconexo, para así prevenir que más actos así sigan replicándose. El estado de las cosas es producto de una interrelación de causas y efectos, y si dentro del sistema hay fallas, éstas terminarán reflejándose, y a veces de formas muy dolorosas.

    Por ello el Guasón me pareció una muy buena película, porque creo que logra hacer una crítica necesaria que va más allá de cualquier postura ideológica y cuya moraleja debería ser transversal con respecto del espectro político, porque si somos honestos, ninguna postura política se salva de la crítica.

  • Chernobyl

    Chernobyl

    Chernobyl
    Imagen: HBO

    No debe de ser fácil hacer una serie de gran calidad cuando sabes que dicha serie tiene que ser rentable, más en un entorno de alta competencia con compañías que venden servicios de video streaming online como HBO, Netflix, Amazon y similares.

    Muchas de las series históricas que hemos visto en estos medios tienden a estar dramatizadas, no son documentales. Es decir, parten sobre un hecho real, pero le agregan algunos detalles que no ocurrieron y que tienen el fin de hacer que la serie sea atractiva para el público en general: series como la de Luis Miguel o películas como la de Bohemian Rhapsody se caracterizan por ello.

    Hacer eso es moverse sobre un terreno pantanoso, porque si la serie se apega fielmente a la historia, entonces los directores y escritores tienen mucho menos flexibilidad para que la serie pueda ser atractiva y, por ende, económicamente rentable. Pero si la dramatizan en exceso, entonces la serie va a recibir muchísimas críticas por no apegarse lo suficiente a la historia. Es importante llegar a un punto medio, y la serie de Chernobyl, a mi parecer, lo logró.

    Chernobyl es una joya porque logró encontrar el punto medio en distintos apartados, no solo el que tiene que ver con el realismo y el dramatismo, sino que es lo suficientemente cruda para hacer sentir al espectador que lo que está viendo es creíble (que sienta la angustia vivida, por poner un ejemplo) pero sin caer tampoco en el exceso o en el morbo. La serie es una joya porque es un trabajo muy bien equilibrado, muy bien producido, que nos recrea la tragedia que ocurrió en la URSS de 1986.

    Posiblemente la serie pueda tener algún sesgo ideológico, evidentemente está elaborado por una compañía del país otrora rival de la Unión Soviética, pero tampoco es que se note tanto. Tampoco es un filme propagandístico como la película de Rocky donde pelea contra el ruso Iván Drago. No parece ser una obra que tenga la intención de desacreditar a un régimen que ya no existe, sino de recrear lo que ocurrió ahí.

    Chernobyl es una serie que te atrapa, que está muy bien recreada (fue rodada en Lituania y Ucrania) y que te cuenta a grandes rasgos qué fue lo que sucedió ahí, en una Unión Soviética que veía sus últimos años. Chernobyl, dicho por el mismísimo Gorbachov, fue uno de los detonadores de la caída del régimen. A pesar de las intentonas del gobierno por ocultar lo que sucedía ahí, todo el mundo se enteró de lo ocurrido y eso, de alguna u otra forma, vulneró la imagen que muchos todavía tenían de la Unión Soviética como una feroz potencia.

    Los personajes (con excepción de la investigadora que no existió y que representaba a todas aquellas personas que se esmeraron en que la verdad saliera a la luz) fueron muy bien recreados. Los escenarios también. La serie acertó al enfocarse en lo humano, más que en lo ideológico o en el discurso medioambiental. Más que hablar sobre un régimen que comenzaba a colapsar (que no es que haya dejado de hacerlo) nos habla sobre el papel que tuvieron los individuos sobre los acontecimientos que derivaron en una tragedia, humanos imperfectos, héroes que son castigados (Legasov) por defender sus convicciones y que, aunque su causa terminó trascendiendo, ellos no necesariamente tuvieron un final feliz. Más que un relato político-ideológico, es un relato humano.

    Posiblemente el espectador no encuentre en Chernobyl una detallada precisión histórica, es muy probable que algunas de las cosas que se relatan en la serie no ocurrieron de la misma forma en la realidad, pero sí puede ser una muy buena pauta para que el espectador posteriormente ahonde más sobre lo acontecido. No es casualidad que, producto de esta serie, más personas hayan decidido visitar la zona de exclusión, aunque también es cierto que algún que otro influencer fue para ganar likes a como dé lugar sin tener respeto por toda la gente que pereció en esa tragedia.

    La serie no pretende ser un documento histórico, pretende que el espectador sienta y entienda lo que pasó ahí a través de una obra, sí, un tanto dramatizada, pero no tanto como para que afecte la calidad de esta obra. Por eso, a pesar de estos detalles, la serie es una joya. Muy bien recreada en un ambiente soviético tardío (sin caer en lo kitsch).

    Esta serie la recomiendo, sí, para el público en general, pero sobre todo para la quienes tengan la curiosidad de saber qué fue lo que pasó ahí, que entiendan el contexto sociopolítico y, sobre todo, las reacciones humanas ante un desastre provocado por los propios humanos.

    Debo decir que Chernobyl es un muy buen trabajo de HBO, una de las mejores series (miniserie, en este caso) que he visto en este año y la recomiendo encarecidamente.

  • 1994. Una serie que debes de ver

    1994. Una serie que debes de ver

    1994. Una serie que debes de ver
    Imagen: Netflix

    Siempre le he guardado cierto respeto al trabajo de Diego Enrique Osorno, un periodista que tal vez no sea muy famoso y no tenga los reflectores encima como algunos otros, pero que es capaz de crear contenidos e investigaciones como pocos. Basta ver el libro que escribió sobre Carlos Slim.

    Y es que esta serie que él dirigió tiene una dinámica muy parecida al del libro de Carlos Slim en el cual busca narrar una historia a través, sobre todo, de los testimonios de las personas que fueron actores de ese año tan álgido para la política mexicana y para el país en conjunto que fue 1994.

    ¿Por qué es una serie que debes de ver?

    1994 fue un año muy convulso. En ese entonces tenía 12 años, todavía era relativamente pequeño, pero parece como si no hubiese sido tanto tiempo: Chiapas, el asesinato de Colosio (me quedé toda la tarde pegado a la televisión), la crisis económica, el triunfo de Zedillo y un largo etcétera de acontecimientos que cambiaron la política para siempre. Muchos no lo vivieron y no lo recuerdan. Para ellos, sobre todo, es imperativo ver esta serie.

    Esta serie-documental de 5 capítulos nos narra lo que sucedió en ese año a través de la mayoría de sus principales actores, de documentos y de videos históricos (algunos que no había visto). Diego Enrique Osorno tuvo el cuidado de dar voz a las dos partes. Así, en esta serie vemos a Carlos Salinas y al Subcomandante Marcos (ahora Galeano), a los colosistas que insisten en que la orden del asesinato vino desde el poder y lo que dicen que fue Mario Aburto. Uno de los grandes aciertos, como ocurre también con su libro sobre Carlos Slim, es que esta obra no busca sacar conclusiones categóricas por sí misma, sino que deja preguntas abiertas para que el público las conteste. La serie no trata de tomar partido, más bien trata de recrear lo que pasó, recordar lo que se vivió en 1994, el sentir social, el papel de los actores, el México convulso.

    Si uno quiere entender la política actual no puede dejar el año 1994 del lado. Entendiendo 1994 es menos complicado entender lo que ocurre hoy porque entendiendo 1994 se entiende de mejor forma la cultura política, sus vicios, sus asegunes. Porque si bien 1994 marcó un antes y un después, no significó una fractura por completo sino una parcial.

    En ese entonces el control de los medios por parte del aparato político era mucho más asfixiante que ahora. Televisa básicamente era una máquina de fake news al servicio del PRI comandada por Jacobo Zabludovsky. Son ilustrativos los videos que se muestran en la serie donde en el programa Al Despertar (que recuerdo muy bien) donde un reportero dice que «Ernesto Zedillo dio una muestra de vitalidad y sencillez para saltar una valla y acercarse a los estudiantes» (la valla era básicamente uno de esos separadores de filas que se utilizan en los bancos).

    En ese entonces se quebró por completo la credibilidad del sistema político: magnicidios, asesinatos, traiciones. La percepción que tenía la gente sobre la política se terminó de transformar y de trastornar. El relato del PRI como partido hegemónico se venía abajo, todo comenzaba a ser cuestionado; nadie creía ya las versiones oficiales y era la gente la que daba el veredicto a través de sus sospechas y conjeturas. El Subcomandante Marcos se convirtió en el héroe de la película y el aparato propagandístico del gobierno no pudo con él: el gobierno era el malo de la obra. Zedillo terminó siendo la peor pesadilla para la familia Salinas y logró lo que Colosio siempre había querido hacer: lograr por primera vez la transición democrática y la alternancia de poderes.

    Aunque se insistió en el discurso en hacer una separación total entre el gobierno hegemónico y el llamado México democrático, podemos ver ahí a muchas caras conocidas. Ahí está Marcelo Ebrard de fondo mientras Camacho Solís habla con Carlos Salinas cuando explotó el conflicto de Chiapas. Ahí está Manlio Fabio Beltrones en las ruedas de prensa sobre el caso Colosio. Ahí está Juan Ignacio Zavala quien fue Director de Comunicación Social de la PGR de Antonio Lozano Gracia (gobierno de Zedillo). Ahí está Federico Arreola, de SDP Noticias, quien fue observador de la campaña de Colosio.

    Ciertamente, ya no existe ese régimen hegemónico del PRI, pero sí varios de sus vicios y estructuras. Seguimos teniendo una prensa a la que, en su mayoría, todavía le cuesta trabajo terminar de ser libre y se la piensa dos veces antes de criticar al régimen: Televisa ya no es un simple aparato de Estado como antes pero sigue acomodándose a los gobiernos en turno. Su papel en la campaña de Peña Nieto fue descarado y no ha rivalizado en lo absoluto con López Obrador (que tiene a TV Azteca como su mejor aliado gracias a los negocios que Salinas Pliego ha logrado tejer con la llamada Cuarta Transformación). El régimen hegemónico se ha ido, pero su cultura todavía está impregnada en el aire.

    1994 es una oportunidad para recordar nuestra historia reciente, para entendernos mejor como país. Ciertamente no es falsa aquella famosa frase que dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, y sería un error olvidarnos de 1994.

  • Dura crítica de la final de #GOT (sin fan service)

    Dura crítica de la final de #GOT (sin fan service)

    Dura crítica de la final de #GOT (sin fan service)
    Foto: HBO

    Yo era de esos que defendía la octava temporada. Si bien no era de las mejores, no me parecía tan mala y tenía momentos rescatables. Aplaudí que enloquecieran a Daenerys y dije que me parecía una consecuencia natural del desarrollo de su personaje (aunque sí me pareció que lo hicieron de una forma un tanto abrupta, lo cual se terminó de notar en el final). El capítulo pasado (a pesar de las críticas de muchos) me había gustado y solo le había puesto algunos peros a la muerte de Cersei y Jaime y algunos problemas del guión que se notaba forzado y hecho a las carreras por momentos. Pero en general había sido, a mi parecer, relativamente bueno.

    Dicho esto, pensé que iba a ver una final cuando menos rescatable. Y no ocurrió así.

    Algo de lo que sí adoleció esta temporada es de un buen guión: éste estaba algo forzado, como si quisieran encajar todo en tan poco tiempo (aún así hubo algunos momentos muy memorables), pero hoy se notó más que nunca. Quisieron terminar la serie como fuera, como si tuvieran prisas, como si quisieran desentenderse del proyecto. Se notó más que nunca que ya no había libros en los cuales basarse. Al menos esa fue la impresión que me dejo.

    El final, ese que esperaba que estuviera a la altura de la serie, me dejó con un mal sabor de boca, sobre todo para el gran pedazo de serie que es Game of Thrones. Tal vez lo único que sobresale y aplaudo es su musicalización y, sobre todo, la fotografía donde sí hicieron un muy buen trabajo.

    En cierta forma sí terminó cerrando casi como si fuera una obra de Disney. Era natural que mataran a Daenerys porque a esas alturas ya se había convertido en villana (tampoco me habría parecido mal que hubiese terminado con el trono tal cual reina despótica). No es que me haya molestado que Jon la matara, pero ocurrió tan pronto y de una forma tan predecible y tan plana que no sentí nada. Tan rápido fue todo que con Tyrion (cuyo papel en el final fue de lo más rescatable, sobre todo por sus diálogos) la defendió a capa y espada echándose sus respectivas maromas: «es que tú no entiendes», «es que quería vengarse de Cersei» poco le faltó para decir que «los Lannister robaban más» y después se va a buscarla como si siguiera firme en sus convicciones para después ir a matarla. Todo fue tan rápido, tan apresurado.

    El asesinato pudo ser algo muy memorable, pero no lo fue en gran medida porque el guión en los últimos capítulos había estado muy forzado y hasta parecía que Daenerys ya era un estorbo, como si los escritores estuvieran urgidos de deshacerse de ella para ahora sí platicar de lo bonito que va a ser todo: de las despedidas y del cierre del arco de los personajes (con resultados mixtos). No es gratuito que Emilia Clarke haya tenido problemas con su personaje: Ah sí, Jon mató a Daenerys, órale, chido. Vaya, si estas temporadas de menos hubieran tenido los 10 capítulos de antes, hubieran podido desarrollar la trama de una forma más creíble, pero todo fue tan de prisa.

    Luego Drogo se da cuenta de que su madre está muerta (aunque como es un dragón no dilucida que Jon la mató) y, acto seguido, termina quemando el trono, aunque termina siendo poco relevante ya que lo único que fue quemada fue la materia, el puesto «el que está al mando» sigue existiendo. No se puede decir que el trono quedó vacío y lo que hizo el dragón parece no haber tenido tanto significado.

    Pero eso es lo de menos, si solo hubiera sido eso hubiera sido perdonable.

    Porque luego resulta que todo Westeros se convierte en Disneylandia. Olvídense de la condición humana. Adiós a la monarquía hereditaria, adiós a las diferencias y conflictos, y bienvenida una aristocracia alejada de los linajes, bienvenidos los reyes elegidos por voto e incluso las sugerencias de voto popular (aunque dudo que un pueblo incinerado pueda salir a votar). Solo faltaba el Estado de bienestar, el derecho al voto universal y el matrimonio igualitario para redondear esa transición de Westeros a mundo idílico. Winterfell se convertía en el sueño húmedo de Cataluña al separarse de los 7 reinos que ahora están al mando de Bran (por quien nadie apostaba pero que, a la hora del nombramiento, no sentimos gran sorpresa) ¿el mérito? Tener en su cabeza la memoria de todo Westeros. La retórica y la narrativa resaltada por Tyrion, más que el mérito, le dio el derecho a la corona. Había que poner en el trono a alguien que no ambicionara mucho el poder para asegurar ese reinado de paz.

    Sansa se convirtió en reina del norte (lo cual no me parece mal en una serie donde al final a las mujeres no les dieron mucho su lugar). Arya, de quien nos chutamos temporada y media viéndola en entrenamiento (gran parte de estas escenas aburridas) para no usar sus nuevas habilidades más que una vez para vengar a su familia de la boda roja hace ya dos temporadas, la vemos de pronto irse a descubrir nuevas tierras (algo así como una suerte de Cristobal Colón). Arya fue un gran personaje que creo que desaprovecharon después de que matara al Rey de la Noche, la escena del caballo del capítulo pasado quedó ahí abandonada y no le dieron continuidad. Tyrion, quien falló una y otra vez como asesor de Daenerys (una de las tantas razones por las cuales el miedo la empezó a invadir) termina como asesor de Bran para «reparar» todas sus malas decisiones (tal vez uno de las decisiones menos cuestionables). De Yara y los demás no conocimos su destino, terminaron ahí de ornamento.

    Me frustró el destino de Jon al regresar a donde mismo con el corazón y las manos vacías producto, en gran medida, de su falta de ambición, lo cual sí me pareció un acierto y desentonó con toda esa felicidad de Disneylandia que nos quiso transmitir este final. Una de las pocas cosas que no terminaron siendo fan service en esta serie.

    Despùés, uno no puede terminarse de explicar por qué si a los unsullied le matan a la reina que los liberó y ante quien fueron religiosamente leales, de pronto dejan pasar todo como si nada y se vuelven meros espectadores de su futuro, hasta permiten que liberen a Jon. Los Dothraki simplemente desaparecieron y ni explicaron por qué.

    Una serie que parecía empoderar a la mujer la terminó relegando a un segundo plano. La única que terminó en un puesto de poder fue Sansa siendo Reina del Norte. Arya se fue al oeste, a Daenerys la mostraron casi como una loca histérica, a Yara ni le cerraron el arco. Los que estaban sentados en la reunión del nuevo reinado eran todos hombres con excepción de Brienne.

    Se salieron de su buena recreación de la condición humana que se caracterizaba la serie y que parecía que volvían a retomar después de lo fan service que se habían vuelto en los últimos tiempos. De pronto todo fue bonito otra vez, los buenos fueron premiados y los malos castigados, la monarquía se convertía en una aristocracia buenista donde el rey (elegido por votación) gobernaba ya solo como un mero servidor público.

    No fue un final contundente (ni siquiera comparado con otros finales de temporada), me dejó con un vacío, no me emocionó mucho ni me provocó angustia. Por momentos me parecía tedioso y hasta hacía bromas con los amigos con los que la estaba viendo. No hubo grandes sorpresas ni giros inesperados ¿Así tenía que terminar una serie que fue tan exitosa, que rompió esquemas? ¿Así de plana? ¿Así de optimista?

    Sería injusto juzgar a toda la serie solo por su final. Game of Thrones es una de las mejores series de todos los tiempos y no va a dejar de serlo por lo que vimos hoy.

    Pero el final no estuvo a la altura de su legado.

    Aciertos:

    • Los diálogos de Tyrion y algunos de Daenerys.
    • El destino de Jon que fue lo más parecido a algo inesperado.
    • La fotografía y la musicalización (la imagen de Daenerys con el dragón de fondo es magistral).

    Errores:

    • El guión en general (muy forzado y con prisas)
    • El asesinato de Daenerys en manos de Jon pudo ser mucho mejor.
    • Final feliz donde los buenos pierden y los malos ganan en una serie que relataba crudamente la condición humana.
    • Que Sansa haya sido la única mujer que quedara en un puesto de poder.
    • Que Drogo quemara el trono me pareció de más (porque en la práctica no quedó desierto).