Categoría: economía

  • AMLO: Tan cerca de la austeridad, tan lejos de Venezuela

    AMLO: Tan cerca de la austeridad, tan lejos de Venezuela

    Imagen: Publimetro

    Malas noticias para quienes desean con todo su corazón que México se convierta en Venezuela. Después de varios tropiezos, errores y decisiones que a mi juicio son absurdas, AMLO ha tenido una muy buena semana. 

    Y todo tiene que ver con su equipo económico, del que creo que es la parte más destacable de su gabinete. Y que tenga un buen equipo económico también son buenas noticias (con excepto, sí, de los que les urge que AMLO pacte con Maduro para que nos suma en la pobreza).

    El simple hecho de que AMLO esté escuchando a los moderados y a los sensatos, más que a los radicales, es, en materia económica, algo que debería de tranquilizarnos un poco después de todos los errores y desplantes que tanta incertidumbre han causado.

    El aumento al salario mínimo es, a mi parecer, un gran acierto. Éste aumentó de forma mesurada con lo que se asume que no causará inflación, pero es lo suficientemente grande para que cualquier mexicano que esté dentro de la formalidad se encuentre por encima de la línea de bienestar. Los más ortodoxos tal vez vean con escepticismo esta medida, pero parece que está lo suficientemente diseñada como para que los empresarios vean,  apoyen y promuevan este aumento.  Incluso Juan Pablo Castañón, director del Consejo Coordinador Empresarial, estuvo presente en la conferencia en la que se hizo el anuncio. 

    El otro acierto tiene que ver con el presupuesto del 2019. No está exento de críticas pero logra su cometido: es fiscal y macroeconómicamente responsable.  Algunas de las críticas (que dábamos por hecho porque no esperaba otra cosa) que le haría tienen que ver con algunas de las asignaciones presupuestales. Por ejemplo, el que quiera construir una refinería, que reduzca el presupuesto del Conacyt (y se otorguen menos becas para estudiantes), o que haga recortes presupuestales a las universidades públicas y a Cultura (aunque también es cierto que en estos últimos casos, muchos de los recursos se van a burocracia o a proyectos culturales inútiles). No me termina de gustar mucho de la visión de AMLO sobre la política y no está ausente de demagogia, pero al menos podemos estar tranquilos porque, al menos este primer año, vamos a tener un gobierno austero que sea respetuoso de los equilibrios macroeconómicos. 

    Que señale estos aciertos no excluye, desde luego, muchos de los errores y despropósitos que siguen ahí. Ya no solo el caso de la refinería, sino el del aeropuerto de Texcoco cuya cancelación, decisión de la que AMLO no quiere desligarse por el costo político que le podría acarrear, se vuelve cada vez más costosa. 

    Pero al menos no ocurrió algo que algunos temíamos dada la improvisación que veíamos en este gobierno: que tuviéramos un presupuesto improvisado y mal hecho que pudiera dar pie a generar distorsiones económicas. Eso no pasó: el presupuesto, con sus aristas, fue bien visto en general por el sector empresarial. 

    Algunos criticamos que AMLO sea muy reacio a los contrapesos, pero al menos se molesta a escuchar a su equipo económico y eso es muy bueno. Espero que su gobierno se trate de una izquierda que haya aprendido la lección de todos los errores que hemos visto una y otra vez en el cono sur de nuestro continente. 

  • En defensa de los Godínez

    En defensa de los Godínez

    Se ha vuelto un deporte olímpico despreciar a quienes tienen un empleo fijo de 9 a 7. A esos empleados que, dicen, le han dado su libertad a una empresa o que están sometidos a esta. 

    Al godín se le ilustra como una persona que tiene una vida monótona con horarios fijos de entrada y salida, que carga con su credencial y su tupperware como si conformara una suerte de proletariado clasemediero moderno oprimido por el jefe burgués quien le tiene restringidas las redes sociales (aunque eso, creo que ocurre cada vez menos). El godín, se dice, no es independiente, está atado al sistema y, peor aún, algunos lo conciben como un mediocre porque «no se ha atrevido a dar el salto a la independencia», al mundo del emprendimiento o, ya de pérdida, como freelance

    El término Godínez es muy ilustrativo ya que expone al estereotipo del sujeto cuya identidad no sobresale de lo común, de la idea de la alienación del empleado cuya identidad propia queda borrada para ser parte de uno de los muchos que engrosan la nómina de la empresa. ¡Venga para acá señor Godínez y tráigase su reporte!

    Muchos creen, equivocadamente, que el godinato siempre debe concebirse como un estado que puede llegar a ser necesario pero que el individuo tiene que, tarde o temprano, abandonar. Hablan sobre cómo los «grandes emprendedores» pueden ganar mucho más que un Godínez ascendido a gerente, que los primeros crean sus grandes empresas mientras que los otros trabajan para alguien más, como si eso fuera algo malo.

    Pero la realidad es que no todo el mundo quiere ser emprendedor o freelance. A mí en lo particular no me gusta la vida Godínez y disfruto más ser independiente, pero tal vez sea más bien cuestión de gustos y de mi personalidad. Pero también sé que la vida Godínez tiene ventajas sobre la vida de freelancer o de empresario y muy posiblemente los Godínez valoren más las ventajas que un empleo fijo (ingresos estables, mayor facilidad para adquirir créditos por la misma razón, prestaciones, compañeros de trabajo) les da sobre la natural inestabilidad del mundo del emprendimiento o de trabajar por cuenta propia. 

    Este desprecio por los trabajos fijos es promocionado sobre todo dentro de las empresas multinivel que pintan a los Godínez como poco menos que esclavos; son más responsables ellos que la «cultura del emprendimiento». Son ellos los que repiten una y otra vez que «ya no dependas de alguien más», «se dueño de tu tiempo», «abandona tu cubículo y ponte a leer a Kiyosaki para que te hagas millonario». Ellos han tratado de promocionar una cultura del desprecio hacia el empleado para así lograr reclutar un mayor número de gente. Pero las empresas multinivel en realidad no están ofreciendo algo muy diferente y que no necesariamente es mejor; ya que en realidad, aunque insistan en que están «formando empresarios», en realidad ofrecen empleos con horario flexible y sin prestaciones sociales.

    Hay otros que les dicen a todos que deberían ser emprendedores, pero la mayoría de los emprendedores requieren de empleados para que su negocio funcione. Estoy de acuerdo en fomentar una cultura del emprendimiento y que se crea que el empleo en una empresa no es la única opción para tener algo que comer. Me gusta la idea de que más mexicanos abran sus empresas. Pero eso no implica que ser empleado sea algo malo, en lo absoluto. Una cosa es promover alternativas y otras formas de ganarse la vida, otra cosa es estigmatizar al «empleado». 

    La realidad es que para muchos tener un trabajo fijo que les guste es casi una bendición, y ello no tiene nada de malo. Muchos disfrutan más desempeñándose dentro de un cubículo que fuera de él, muchos son muy ambiciosos y tienen metas muy claras (lo digo por esa falsa creencia de que el Godín lo es por su falta de ambición). Dentro de una empresa también hay retos profesionales, muchos siguen estudiando y actualizándose para aspirar a mejores puestos o desempeñarse de mejor forma en el suyo.  Algunos esperan subir de puesto, otros aspiran encontrar empleo en una empresa mejor. 

    ¿Y tiene de malo eso? ¿Por qué se les sataniza?

    Algunos «Godínez» impactan de forma muy positiva en la sociedad, aunque no los veas, aunque no conozcas su nombre. Hay quienes cambian el mundo desde dentro de un edificio, quienes diseñan las estrategias o tienen las ideas que terminan teniendo un impacto positivo dentro de la sociedad. 

    Estigmatizar al godín es tan solo un síntoma de la incapacidad de entender que los individuos no somo iguales entre nosotros, que no todos tenemos la misma visión del mundo, que tenemos distintas habilidades y personalidades, y que a uno se nos facilita desenvolvernos de mejor forma en un ambiente más que el otro. 

    ¿No deberíamos reconocer la diversidad en lugar de hacer desplantes de una supuesta superioridad moral que no tiene alguna razón de ser?

  • Kiyosaki rico, lector pobre

    Kiyosaki rico, lector pobre

    Kiyosaki rico, lector pobre

    Después de tanto tiempo, me molesté en leer lo que se considera la obra magistral de Robert Kiyosaki. Si bien ya conocía algo de su filosofía, quería entender bien por qué existe una suerte de culto a su figura, como si se tratara de un genio, un gran gurú, 

    Voy a empezar diciendo que la educación financiera es MUY importante. Con la crítica que voy a hacer no quiero desestimar esto. Es importante que todos aprendamos a manejar bien nuestro dinero para que rinda de la mejor forma, que contratemos un plan de ahorros para el futuro, que sepamos invertir y administrar. 

    Dicho esto, me atrevo a decir que el éxito de Robert Kiyosaki radica en que sabe vender muy bien, es un muy buen vendedor. Yo no creo que nadie llegue alto sin ningún talento, algo tuvo que hacer Kiyosaki para convertirse en una persona sumamente reconocida; la verdad es que sabe vender bien ideas e ilusiones. 

    Si una persona quiere aprender sobre educación financiera hay miles de libros que son bastante mejores que el Padre Rico, Padre Pobre; que son más útiles para comenzar a saber manejar el dinero y saber dónde invertir. Hay obras que destacan por su simpleza pero funcionan, como el Pequeño Cerdo Capitalista de Sofía Macías, y que son más prácticos para saber manejar el dinero. Lo que tiene la obra de Robert Kiyosaki es que logra conectar con las emociones transmitiendo de forma muy sutil y tácita que, si quieres ser rico, tienes que seguir sus consejos. 

    En el libro de Kiyosaki hay algunos consejos que bien pueden valer la pena, pero creo que no es nada que no se haya dicho o nada que uno no pueda encontrar en otra obra. Algo que tiene su libro y que no tienen los otros es que Kiyosaki sabe muy bien como vender una ilusión, aunque su argumento no termine de tener sustento: ¡Hazte rico! ¡Hazte rico! ¡Quiero ser rico! Padre Rico, Padre Pobre vende una sutil ilusión de que se puede hacer dinero de una manera mucho más fácil de lo que la gente imagina. Así, aquellos que tienen problemas con sus finanzas o se sienten ahorcados encuentran una escapatoria a sus problemas. 

    Pero en realidad, los «otros libros» suelen funcionar mejor porque se encargan de ayudar a los individuos a diseñar una estrategia financiera. Mientras que estos últimos se enfocan más en la parte técnica (que es la que sirve), el libro de Robert Kiyosaki aparece como un libro promedio de autoayuda del Sanborns pero enfocado a las finanzas: ¡Tú puedes ser el padre rico! ¡Sé libre! ¡Haz que el dinero trabaje para ti!  

    Robert Kiyosaki es cuidadoso con sus palabras. Nunca te dice de forma explícita que vas a ser rico, pero sí manda sugerencias sutiles al público al contar su historia de su «padre rico» y su «padre pobre». Sugiere que basta con cambiar la perspectiva que uno tiene con respecto del dinero para hacer magia: asiste a seminarios, toma riesgos y el dinero trabajará para ti. 

    Los problemas más grandes de esta obra vienen a la hora de satanizar a los empleados y a la educación. Kiyosaki asume (de forma deliberada) que todos los empleados siempre tienen que estar viviendo preocupados por el dinero y ahorcados con las cuentas, pero esto no siempre ocurre así y no necesariamente tiene que ver tanto con su condición de empleados sino con la educación financiera que tienen. Kiyosaki habla de invertir en negocios, pero paradójicamente para que un negocio funcione necesita tener empleados. Su libro plantea esta visión maniquea de que ser empleado es algo casi malo mientras que ser una persona que «invierte» es una gloria. Dicha visión maniquea se ha convertido en una joya para las empresas multinivel y piramidales al vender la ilusión a sus trabajadores de que son emprendedores. 

    Es curioso que Robert Kiyosaki pareciera tener un diagnóstico algo similar al de Karl Marx, donde muestra a una suerte de proletariado (los empleados que trabajan por el dinero) que queda sujeto a los designios de la clase dominante (los que hacen que el dinero trabaje para ellos) que les da un empleo para poder vivir a cambio de la plusvalía que generan. Pero Kiyosaki no propone ninguna dictadura del proletariado, su propuesta es más bien individualista, el de la «independencia financiera».  

    Dice que la educación también es un problema, que las maestrías y las especializaciones suelen ser más bien un estorbo. La única educación que importa para Robert Kiyosaki es la educación financiera, que sepas manejar el dinero, que compres y vendas. Pero Kiyosaki ni siquiera habla de emprendimiento en el sentido estricto de la palabra, nunca habla de crear valor creando productos o servicios, solo importa saber vender, y recomienda enrolarse en empresas multinivel para aprender a hacerlo. Luego uno entiende por qué dentro de las empresas multinivel hay un culto a la personalidad enorme hacia él. 

    Es terrible lo que dice porque una sociedad necesita médicos, científicos, abogados, artistas. Pero todas estas profesiones son ninguneadas por el «gurú». Todos ellos necesitan especializarse, estudiar maestrías, ir a diplomados. Pero no sólo lo hacen para ganar dinero sino para ser mejores profesionistas, lo cual para Kiyosaki no es importante porque «esa especialización no hace que el dinero trabaje para ellos». 

    Kiyosaki asume que todo el mundo tiene un enorme culto al dinero y que lo que no tenga que ver con eso es algo secundario. Sugiere de forma muy tácita y cuidadosa que quien no tenga cierta obsesión con el dinero es un perdedor, es el padre pobre. La visión de Kiyosaki es terriblemente individualista porque su propuesta ni siquiera agrega valor a la economía ni a la sociedad. No se trata tanto de producir, de crear productos o servicios que sirvan a la gente, sino de acaparar más y más. Para él está bien engañar a la gente y decirle que su casa vale menos que lo que en realidad vale para así hacer negocio. Sugiere «irse por la vía legal» como si la vía ilegal fuera una opción; sugiere vivir al límite, jugar con los recovecos legales, con los instrumentos. No importa lo demás, lo que importa es que «tú seas rico». 

    También sugiere no ser arrogante y abrir la mente, dice que la arrogancia es solo una forma de ignorancia (estoy seguro que si leyera este post me tildaría de ello) y para ello sugiere escuchar a las mentes como las de Donald Trump (el chiste se cuenta solo):

    Kiyosaki pertenece a la escuela de Donald Trump, donde la mejor forma para hacerse rico es a través de la especulación, el movimiento del dinero y no por medio de la creación de la riqueza o la aportación de talento. Para él se trata de un juego, de saber cuándo y dónde mover el dinero. A él y a otros les funciona, pero esta cultura especulativa difícilmente beneficia a la sociedad en su conjunto. 

    Sería muy injusto decir, como algunos de sus detractores afirman, que Robert Kiyosaki es un hombre con suerte, que escribió «cualquier libro» y se hizo rico. La verdad es que Kiyosaki es muy listo. Él entendió que las emociones pueden ser muy bien rentabilizadas si se apunta a ellas con el método correcto. No cualquier persona se hace tan rica escribiendo libros. 

    Kiyosaki supo manejar las emociones de sus lectores para crearles la ilusión de que también pueden ser ricos como él. Por eso es que se ha formado un culto a su personalidad, porque él habla de su ejemplo y sugiere a los demás que lo sigan. Por eso es tan codiciado en las empresas piramidales. Kiyosaki no apela a la razón como los demás libros de educación financiera sino a las emociones. Su libro está cuidadosamente redactado para ese fin, para sentir, para imaginar, para que cuando el lector cierre el libro diga: ¡Yo si puedo! ¡Voy a dejar mi mediocre empleo y voy a convertirme en inversionista o emprendedor (lo que sea que eso pueda significar)! Su mensaje es muy aspiracional en un mundo muy aspiracional donde la gente quiere tener más para aparentar estar más arriba de la pirámide social. 

    Así, Kiyosaki se convierte en la inspiración de muchas personas. Pero por ahí me he enterado que ha creado pocos ricos y muchos nuevos empleados para las empresas piramidales y multinivel que viven con esa ilusoria sensación de que son empresarios independientes. 

  • La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    Ante un triunfo de AMLO que pareciera percibirse cada vez más inminente, varios empresarios salieron, de alguna u otra forma, a externar su preocupación. Algunos lo han hecho usando su derecho a la libertad de expresión, otros han jugado en el límite entre ésta y la coacción del voto.

    Me parece que todos los empresarios deben tener el derecho a manifestar su postura a favor o en contra de un candidato, de decir que simpatizo con este candidato o que aquél otro no me gusta. Creo yo que eso es muy sano para nuestra incipiente democracia porque le da más información al elector, quien puede decidir libremente e interpretar, desde su criterio, lo que los empresarios dicen. En este sentido, preocupados por la figura de AMLO, han salido José Ramón Elizondo de Vasconia y José Antonio Fernández Carvajal de FEMSA con una postura respetuosa hacia el electorado. No veo mal que el INE no permita a los empresarios hacer proselitismo mediante recursos económicos ya que estarían en ventaja frente a los ciudadanos u organizaciones que no tienen recursos para hacer lo mismo y lo cual puede distorsionar el concepto democrático que todos somos iguales ante la ley, pero creo que sí deberían poder expresar su postura libremente por medio de videos o comunicados (en la actualidad el INE no les permite mostrar simpatía por algún candidato). De hecho, con esas restricciones estarían en desventaja ante el empresario Alfonso Romo quien ha estado apoyando a López Obrador entre las élites empresariales por ser uno de sus coordinadores.

    Pero si hablamos de Germán Larrea de Grupo México o, más aún, de Alberto Bailleres, la historia es diferente. Bailleres ordenó una junta obligatoria en Perisur para comunicarles a sus empleados que no voten por López Obrador y les infundió miedo (casi diciéndoles que con la llegada del tabasqueño sus empleos podrían estar en riesgo). Este tipo de medidas son las que navegan entre la libertad de expresión y la coacción del voto. Pero no solo eso, también es una falta de respeto a sus empleados:

    Al sugerirles como votar, el patrón asume de forma tácita que sus empleados no tienen capacidad de decidir por sí mismos. Aunque no se les pida, al menos por lo que sabemos, que comprueben que votaron por otro candidato, esa «libertad de expresión» se convierte en chantaje. Es válido que los empresarios expresen su sentir a sus empleados, pero no que les pidan realizar una u otra acción.

    Pero lo peor del caso para los empresarios como Bailleres y Larrea es que este tipo de medidas les terminarán siendo contraproducentes. Si AMLO algo ha sabido hacer es decidir con quién pelearse y con quién no. El tabasqueño consiente a Ricardo Salinas Pliego y a Emilio Azcárraga por el poder mediático que las televisoras tienen, pero ni Bailleres ni Larrea lo tienen, ya que no pueden usar recursos económicos, porque la mayoría de los mexicanos no los conocen, y de quienes los conocen, no todos los respetan. Ellos tan sólo pueden tratar de influir dentro de su plantilla de trabajo en un país donde las todas grandes empresas emplean a poco más del 20% de los trabajadores mexicanos y, en una elección donde la ventaja de AMLO es contundente, sus esfuerzos se tornarán insignificantes.

    Les terminan siendo contraproducentes porque estas posturas, aunadas a un López Obrador que genera incertidumbre en materia económica y que se muestra confrontativo, se han reflejado negativamente en el valor de las acciones de sus empresas. Estas posturas también podrían afectarles negativamente en materia de imagen pública y, de la misma forma, llegar peleados a un régimen donde el presidente se caracterizará por su confrontación no les dejará nada bueno, ni a ellos ni al país.

    También es cierto que la élite empresarial de nuestro país no goza de la mejor reputación ya que muchos la relacionan con bajos sueldos y un clima laboral que suele ser inferior a las empresas transnacionales que se instalan en nuestro país. A las élites y cámaras empresariales, tal vez con la excepción de la Coparmex que sí tiene un sentido más social (proponiendo un salario mínimo más alto u organizando iniciativas para fortalecer la democracia y/o combatir la corrupción), les falta una mejor comunicación y empatía con la población, con la «gente de a pie». Pareciera que son parte de una burbuja, de un «mexiquito» que se encuentra aislada del «mexicote». 

    Básicamente, así refuerzan las condiciones para que un régimen de corte populista se pueda instalar en nuestro país. 

    Otra duda razonable es qué tanto estos empresarios están preocupados realmente por el «populismo» (que seguramente existen) y qué tanto están preocupados por perder sus privilegios (que seguramente también existen). No es un secreto que algunos empresarios tienen amplios beneficios gracias al compadrazgo con los gobernantes y políticos en turno. Tan no es un secreto que The Economist señala que son más los billonarios mexicanos beneficiarios de un capitalismo de cuates (crony capitalism) que los beneficiarios de su talento y esfuerzo dentro de un régimen de libre mercado. 

    Su animadversión hacia López Obrador bien la podrían aprovechar para crear un pacto con la sociedad en vez de pedirles de forma insistente a sus empleados que voten de tal forma. ¿Cómo puedes persuadir a una sociedad con la cual no te has puesto en contacto más allá de los estudios de mercado o el departamento de recursos humanos?  ¿Por qué no deciden comprometerse a llevar, en conjunto con las cámaras empresariales, acciones para combatir la pobreza y las estructuras que crean una fuerte desigualdad que vaya más allá de la generación de empleos? ¿Por qué no se comprometen a combatir la corrupción por medio de códigos de ética dentro de las cámaras donde se sancione o señale a las empresas que se benefician de ella? ¿Por qué no pactan para darles una mejor calidad de vida a sus empleados? ¿Por qué no implementan, en la medida de lo posible y de sus capacidades, las mejores prácticas de las empresas de otras latitudes? 

    Lo que digan algunos empresarios en realidad no calará mucho en la sociedad porque, a mi parecer, varios de ellos no se han esforzado lo suficiente en llegar a ella y establecer canales de comunicación. Esta coyuntura podría aprovecharse para crear una clase empresarial más eficiente y más social. La confrontación de López Obrador es absolutamente reprobable, pero crear una batalla frontal contra su probable régimen antes de que llegue al poder podría hacer hasta riesgoso ya que, mal que bien, ellos generan una gran cantidad de empleos en México y son necesarios en la vida económica del país. 

  • Los empresarios buenos y los empresarios malos

    Los empresarios buenos y los empresarios malos

    Los empresarios buenos y los empresarios malos

    Dentro de un ambiente polarizado y lleno de emociones como el que genera esta elección que está movida mayormente por el encono y el hartazgo, y en menor proporción (pero de todos modos de un tamaño considerable) el miedo a un candidato, podemos correr el riesgo de ignorar muchas de las señales de los fenómenos que tenemos enfrente, de lo que se dice, de lo que se quiso decir. El sesgo de confirmación que a veces abunda en ambos lados de la trinchera no nos permite en muchas ocasiones hacer ese ejercicio que considero necesario para entender las causas y no sólo conocer los efectos superficiales de lo que ocurre en las campañas y con los candidatos. 

    Cuando el conflicto de López Obrador con los empresarios llegó a su punto álgido (y que ahora parece haberse tranquilizado ya que ambas partes parecen haber comprendido que sería una pérdida de tiempo y hasta nocivo tener una confrontación directa a estas alturas del juego) se tomaron dos posturas muy claras: por un lado, aquellos que defendieron a capa y espada a los empresarios, ya que dicen que ellos son los que generan empleos en tanto los políticos son poco menos que parásitos y peor aún cuando hablamos de un López Obrador a quien le gusta la confrontación. Luego están quienes (siguiendo el tono de López Obrador) perciben a algunas estas cúpulas empresariales como una especie de mafia que quiere preservar sus intereses y por lo cual buscan atacar al candidato que promete un cambio.

    El problema es mucho más complejo que eso. Estoy convencido de que López Obrador cometió un error y un acto de poca tolerancia al señalar y lanzarse contra un grupo de los empresarios que no quieren que llegue a la presidencia (deseo legítimo mientras ello se mantenga en terreno legal y no distorsione la voluntad del electorado). No todos los empresarios a los que señaló se han hecho ricos al amparo del gobierno, ese no es el caso de Alejandro Ramírez de Cinépolis cuya familia ha forjado una cadena de salas de cines que tiene presencia hasta en la India. Naturalmente estas declaraciones calaron hondo en las organizaciones empresariales ya que, si bien es cierto que AMLO no se lanzó contra todos los empresarios, puso a algunos dentro de una canasta donde no merecen estar. Naturalmente, declaraciones como esas van a molestar, cuando menos, a quienes han creado sus empresas con el sudor de su frente. 

    Pero más allá de estos errores y arbitrariedades que López Obrador ha cometido, se ha olvidado un argumento en el que el tabasqueño sí acierta y es que dice que se debe independizar el sector empresarial del gobierno. Es decir, que los empresarios creen su riqueza por medio de su trabajo y el talento y no por medio de los privilegios que el gobierno les da. 

    Es importante mencionarlo porque la independencia de ambos sectores (que no implica que no tengan canales de comunicación sino que no se involucren en conflictos de interés) es clave cuando hablamos de la construcción de un Estado de derecho sólido. En una sociedad democrática y justa, una persona sólo puede ser privilegiada por su posición dentro del ámbito en que se desenvuelve. Así, sus beneficios son producto del mérito y no del influyentismo: un gran empresario puede ser millonario producto de su trabajo y esfuerzo, pero no puede hacerlo cuando se entrecruza con otro ámbito que no le compete. 

    El problema es que en México el rentismo (llamado también capitalismo de cuates o crony capitalism) es un problema considerablemente grave y creo que explica en parte los altos índices de desigualdad ya que fomenta una concentración de la riqueza en manos de unos pocos y que no es producto del mérito. Cuando los empresarios tienen privilegios dentro del sector público, estos terminan adquiriendo privilegios dentro de los organismos de justicia (los cuales, en teoría, deberían trabajar igual para todos, sin distingo de clase social o posición socioeconómica) lo cual los puede llevar a cometer ilegalidades ya que quedarán impunes con facilidad. Las afectaciones también se ven dentro del sector económico ya que los empresarios que se enriquecen al amparo del gobierno suelen distorsionar el mercado, y si bien crean empleos, su condición privilegiada evita que surja una competencia tal que podría generar muchos más de los que ellos crean. No sólo se generan menos empleos, sino que los productos y servicios tienden, en muchos casos, a ser de menor calidad. 

    Este es un mal que ha estado enquistado en nuestro país producto del PRI hegemónico donde la relación entre la empresa y el gobierno era más bien estrecha. Cuando se «liberalizó» el mercado muchas de las empresas fueron compradas por los mismos oligarcas y se enriquecieron más. Es decir, la liberalización de la economía no acabó con las estructuras patrimonialistas y clientelares, estas sólo se adaptaron a la nueva realidad. Varios de los empresarios mexicanos que aparecen en listas de Forbes están involucrados en distintos ramos, pero muchos de ellos se caracterizan por innovar más bien poco dentro de sus empresas. 

    Imagen relacionada
    Imagen: The Economist

    López Obrador se equivoca rotundamente al poner a todos los empresarios a los que denunció en una misma canasta. Un estadista no debe involucrarse en peleas absurdas como esa y simplemente debe preocuparse por aplicar el Estado de derecho y parar ese tipo de relaciones nocivas ya que no se trata de una batalla maniquea, sino de problemas estructurales que deben irse modificando con voluntad política y con el apego irrestricto de la ley. López Obrador no puede decidir quienes son los buenos y los malos malos, son los órganos de justicia los que deben determinar quienes están trasgrediendo el Estado de derecho. 

    Las cámaras empresariales, que están compuestas en su mayoría por empresas que se conducen de buena forma, deben también poner de su parte para desincentivar este tipo de prácticas y vigilar que sus miembros las eviten. Deben procurar, dentro del entorno empresarial, una cultura en la cual se fomente al empresario que se desarrolla por medio de su talento y esfuerzo, y desincentivar e incluso señalar a las empresas que hacen negocios turbios, o que se benefician de sus relaciones con el gobierno.

    También es cierto que el modelo económico de Andrés Manuel, orientado a la sustitución de importaciones, parecería más bien fomentar este tipo de relaciones (ya que estas surgieron dentro de un entorno bastante similar), por lo que habríamos que preguntarnos si en la práctica lograría combatir este problema. Pero la animadversión hacia López Obrador que puedan tener muchas personas no debe hacernos olvidar que ese problema existe. López Obrador lo aborda sin proponer una hoja de ruta creíble, pero yo no he visto a los otros candidatos que hablen de ello: hablan de competitividad, de desarrollo económico, pero hablan poco del mal endémico donde algunos empresarios se enriquecen al amparo del gobierno, y se necesita combatir lo segundo para poder lograr lo primero.

  • Los empresarios contra AMLO

    Los empresarios contra AMLO

    Foto: Politify

    Muchos empresarios no quieren a López Obrador y eso no es un secreto.

    Y no lo quieren no tanto porque sientan que sus intereses se vayan a ver trastocados (que seguramente existen algunos casos de quienes no quieren perder sus privilegios) sino porque su programa económico no genera confianza. Al parecer, cuando López Obrador va y habla ante las organizaciones empresariales o los banqueros, deja una mala impresión. A veces lo despiden con un aplauso forzado (como aquella cortesía que se le da al que no cae bien) o incluso puede llegar a generar pánico, sea este sustentado o no. 

    Los empresarios, como cualquier sector de la sociedad, tienen derecho a manifestar su preocupación dentro del marco legal (esto es, acatando las reglas del INE al respecto), aunque, a mi parecer, deberían tener derecho a fijar una postura ante las propuestas de los candidatos ya que es importante que los ciudadanos vean lo que los distintos sectores piensan de ellos. 

    Varias organizaciones civiles y think tanks también ven al candidato con recelo ya que propone un proyecto de gobierno vertical donde sea su voluntad el que haga las transformaciones y donde la ciudadanía organizada (con excepción de aquella acrítica que se haya sumado a su movimiento) no puede estar ahí estorbando. López Obrador lo ha hecho ver de forma tácita en su libro y de forma explícita en sus últimas declaraciones. 

    Los empresarios, que en los últimos años han tenido una relación muy ríspida con el gobierno de Enrique Peña Nieto por la abrumadora corrupción, han sugerido a Meade y a Margarita que declinen por Ricardo Anaya ya que es el único que puede vencer a López Obrador. Hasta hace poco, parecía que este sector había tenido la esperanza de que AMLO cayera en las encuestas, pero eso no ha sucedido así. 

    Preocupa que termine existiendo una confrontación directa entre López Obrador y los empresarios ya que una relación dañada en un contexto donde llegue AMLO al poder en el cual se hayan cerrados todos los canales de diálogo (más recordando la testarudez del tabasqueño) podría tener consecuencias nefastas incluso para el país. El problema es que los empresarios, dentro de la desesperación, están cayendo en los mismos errores que los estrategas de campaña de oposición. No están terminando de entender que una alianza PRI-PAN como sugieren puede generar el efecto adverso ya que el voto antisistema es más grande que el voto antilopezobradorista.  

    Los empresarios y los sectores que guardan profundas diferencias con López Obrador deben tener mucho cuidado, porque un paso en falso podría complicar la situación en un país que poco a poco se ha convertido en una olla de presión y en el que una preocupación genuina podría generar la percepción de que los empresarios pretenden sumarse al sistema corrupto. Sería más preocupante, por ejemplo, que se sugiriera o propusiera alguna ilegalidad con la finalidad de frenar la llegada del tabasqueño a la presidencia. El encono desatado podría meter a un país en un problema muy profundo y solo agravaría la división y el recelo que existe dentro de la población.

    Como insiste Silva-Herzog Márquez en su columna, siempre se debe respetar la legalidad y aceptar la derrota ya que esa es una característica de los demócratas. La voluntad del elector, aunque esta sea un paso en falso, debe respetarse. 

    Los empresarios tienen derecho a estar preocupados, también es muy válido que organizaciones como el IMCO o Mexicanos Contra la Corrupción se sientan así ya que ellos son algunos de los destinatarios de las polémicas declaraciones, pero deben evitar repetir la historia que hemos visto en otras latitudes y terminen fortaleciendo el discurso del tabasqueño. Por el contrario, deben tender puentes de diálogo con el que podría ser el próximo gobierno para tratar de incidir, en la medida de lo posible, en aquellas cosas que les preocupa. Un ambiente de confrontación desde el inicio del gobierno tan sólo reafirmará sus propios miedos e incluso podrá llevar a López Obrador a tomar malas decisiones. 

    Los malos gobiernos no sólo son producto de sus propios errores, sino del papel que juegan los demás actores. 

  • Extra, extra: la libertad de expresión ha sido puesta en venta

    Extra, extra: la libertad de expresión ha sido puesta en venta

    Extra, extra: la libertad de expresión ha sido puesta en venta

    El PRI y sus secuaces nos advierten que, de llegar López Obrador a la presidencia, México se convertirá en una nueva Venezuela. El problema es que, al menos en lo político, sus gobiernos parecen tener más cosas en común con el régimen bolivariano que con la democracia: censura a periodistas (como ocurrió con Pedro Ferriz de Con y Carmen Aristegui), espionaje a personajes incómodos y ahora censura a medios por medio de la propaganda gubernamental.

    Los mexicanos se enteran de las tropelías de su gobierno no por los medios impresos, sino por diarios internacionales como The New York Times o medios digitales como Animal Político: no es coincidencia que el primero haya elaborado el reportaje y el segundo haya sido uno de los pocos que le ha dado difusión. Cuando un escándalo suena, este permanece ausente de las portadas de los diarios más importantes del país.  A pesar de que Internet tiene cada vez más relevancia, las notas siguen perdiendo alcance cuando son ignoradas por los principales medios del país. La gente informada se entera de dichos escándalos; la gente no tan informada, la que se entera de las noticias por medio de los cabezales de los diarios en los quioscos, no tanto. 

    El PRI es campeón en este tipo de prácticas que se volvieron muy comunes en regímenes como los de Luis Echeverría y José López Portillo. Pero no son los los únicos que incurren en ellas. El problema es más bien uno estructural y hasta de negocios donde los incentivos para que los gobernantes ejerzan la censura a través de la propaganda oficial son bastante altos.

    Los diarios impresos (no sólo en México) están batallando por obtener recursos para subsistir. La convergencia a lo digital les está siendo un fuerte dolor de cabeza porque en los portales de Internet no generan el volumen de ganancias que generaban anteriormente y aquí es la propaganda gubernamental es un alivio: es lo que los mantiene a flote y con vida, pero a cambio de la libertad de expresión. Diarios como El Universal que habían conservado un periodismo independiente se han convertido en pasquines del gobierno. Las críticas al gobierno dentro de Milenio y Excelsior tan sólo se pueden ver dentro de algunos muy pocos columnistas que son minoría ante aquellos que mantienen una postura oficialista. Incluso hicieron lo propio con La Jornada (ahora moribundo), el diario de izquierda opositor por excelencia, llegó a publicar encabezados favorables al gobierno. El Reforma es el único que mantiene una relativa independencia periodística y lo logra por dos razones que no suelen ser del agrado de sus lectores: que sólo se puede acceder a sus contenidos mediante una suscripción de paga, y que gran parte de sus ingresos vienen del Metro, que por cierto, se vende más que el propio Reforma. Aún así, dicho diario tampoco es inmune a dichas prácticas como bien explica el reportaje de NYT.

    Animal Político, por su parte, busca no depender mucho de la propaganda gubernamental y ha tenido que crear un sistema de fondeo para poder sostenerse económicamente. Esto le ha permitido mantener una independencia periodística suficiente como para publicar reportajes como La Estafa Maestra

    Después de leer la nota de The New York Times varios internautas han sugerido que se legisle para que los diarios prescindan de dicha propaganda. El problema es que si eso sucede, muchos de estos diarios desaparecerían de la faz de la tierra ante la imposibilidad de sostenerse económicamente.

    Algunos sugieren que los diarios creen contenido más atractivo para atraer suscriptores, pero eso ya lo han intentado hacer, han creado portales de Internet, contenidos multimedia, video-reportajes. El problema estriba, creo yo, en que el mercado de los diarios no es muy amplio. Tan sólo una minoría los lee (ya sea en físico o en Internet), la gente a la que le gusta informarse es tan sólo un «nicho de mercado». Debido a esto, las empresas que se anuncian en medios impresos no estarán dispuestas a pagar grandes carretadas de dinero como sí lo harían si los lectores fueran una mayoría. ¿Y sabes quien sí está dispuesto a hacerlo? El gobierno. 

    Dudo de la efectividad de la propaganda del gobierno e incluso dudo que les preocupe demasiado porque su función es más bien controlar lo que dicen los medios. No les preocupa tanto la imagen positiva de la propaganda oficial, sino evitar la «imagen negativa» de las notas críticas del gobierno. 

    Lo más grave de todo es que para ellos este mecanismo de coacción y censura es tan importante que pueden, sin remordimiento alguno, recortar presupuesto de otras áreas como el sector salud o las becas de Conacyt con el fin de que los diarios más importantes no sean críticos con el gobierno y «se comporten bien». 

    Y ahí está la pregunta, difícil de responder, y posiblemente aún más difícil de ejecutar la respuesta ¿cómo hacer para que los medios dejen de depender de la propaganda gubernamental?

    Y es necesario que lo hagan, una democracia necesita un periodismo independiente, no pasquines al servicio del gobierno en turno.

  • El ocaso de la televisión mexicana

    El ocaso de la televisión mexicana

    El ocaso de la televisión mexicana

    Hace 15 años, frases como «ingue su» o «arribototota» (que puso en boga Adal Ramones, el conductor de Otro Rollo) se incrustaron dentro del lenguaje de los jóvenes. Las señoras hablaban de las telenovelas, emulaban las situaciones y personajes que ahí se presentaban, el día en que se transmitía el último capítulo era un día de asueto. La televisión era casi la referencia absoluta para los mexicanos, los educaba, los «informaba» ,dibujaba el entorno en que se desenvolvían, y hasta les fabricaba sus gustos musicales. 

    Pero ahora los jóvenes no dicen «ingue su», dicen ALV. Ya nadie habla del «noticiero» y es muy extraño que alguien mencione algún personaje de alguna telenovela. Peor aún, mucha gente no puede siquiera decir el nombre de alguna de las telenovelas que ahora se están transmitiendo.

    De hecho, la influencia (decreciente) que tiene la televisión dentro de la sociedad actual tiene que ver con la nostalgia, con aquellos tiempos, no porque fueran mejores que los actuales, sino porque marcaron a una generación (esa que ahora definen como «la generación de los chavorrucos»). Todos aquellos grupos pop fabricados dentro del ambiente televisivo (algunos decentes, otros no tanto) han visto que pueden salir de gira para rentabilizar dicha nostalgia. A veces en una gira participan dos grupos para así llenar el auditorio en el que se vayan a presentar, y funciona. 

    Dicha nostalgia también se presenta en forma de memes, llámese Catalina Creel, Soraya, Jaime Maussan (incluso Netflix ha recurrido a ellos para vender sus series) e influyen, de alguna manera, en la cultura actual. Pero la televisión actual ya no tiene nada que ver con esto, incluso han sido torpes en tratar de sacar provecho de ello (véase Blim). 

    Doña Tele no sólo ha perdido el monopolio, sino que incluso ha dejado de ser relevante como influencia cultural. Si ellos antes marcaban la pauta de la cultura y la idiosincrasia de la sociedad, ahora recurren a ella, que ellos ya no definen, para sobrevivir. En los programas de revista transmiten los videos de Youtube más famosos porque no tienen otra cosa que mostrar, ponen a sus «artistas» a bailar «Despacito» o «Felices los Cuatro», no importa que repitan dichas canciones hasta el hastío. De forma ingenua, creen que todavía están influyendo sobre el inconsciente colectivo, creen que llevan la pauta cuando en realidad son ellos los que tienen que agarrarse de las tendencias que ya no definen. 

    Las televisoras ya perdieron la capacidad de moldear a la sociedad. Apenas se han dado cuenta de que la conversación está en otro lado, y a donde a ellos se les tiene prohibido entrar. Las nuevas generaciones no sólo ignoran a las televisoras, sino que les tiene alguna suerte de recelo, las relacionan mucho con los conceptos de «manipulación» o «contenido chatarra» aunque consuman contenidos de calidad similar en Youtube. 

    Las televisoras intentan reciclar una y otra vez a las «estrellas» que todavía tienen, que a veces no son tan estrellas de lo que ellos consideran que son. Incluso los ponen a hacer de todo: a los cantantes de La Academia (de quienes muy pocos se acuerdan) los meten a los programas de revista, los ponen a ser jueces de cualquier cosa o a ser actores de telenovelas. A los comentaristas deportivos (quienes todavía son muy conocidos, al menos los de TV Azteca, porque apenas están perdiendo el monopolio de las transmisiones de partidos de futbol) los ponen a dirigir programas de concursos. Consideran que tienen en ellos un gran capital, pero en realidad, las estrellas, al menos los que tienen más talento, prefieren irse a probar suerte a otro lado, a Hollywood, a Netflix, a ESPN o al cine mexicano aunque sea. 

    Y como las televisoras tienen cada vez menos recursos, se ven obligados a prescindir de algunas de sus estrellas. Algunas figuras que tienen cierta relevancia (como los comentaristas deportivos) terminan en el cable. 

    Mientras eso pasa, los dueños se percatan de que sus acciones van en picada y apenas entienden que la conversación está en otro lado. Pero aún así parecen subestimar el fenómeno, creen que van a poder traer a esos «mocosos millennials» de regreso. Se renuevan la cara pero mantienen a los añejos productores en sus filas. Les piden que hagan una serie como las de Netflix que termina siendo, si bien les va, algo así como la familia peluche. ¿Y quién habla de ella? Nadie.

    Televisa y TV Azteca han perdido el monopolio de la información; y lo que es peor para ellos, su capacidad de ejercer influencia dentro de la sociedad. Se han convertido en irrelevantes. Apenas sí pueden influir sobre los sectores más pobres que tienen poco más que una televisión. Pero incluso ahí la «banda ancha» amenaza con penetrar y arrebatárselos.  

    Antes, hasta el lujo de promover candidatos a la presidencia se podían dar. 

    Los tiempos cambian, las circunstancias también. Pero el tiempo le ha arrebatado lo más preciado a las televisoras. Sus dueños, en especial Emilio Azcárraga (Salinas Pliego al menos se puede consolar con sus otros negocios), observan pasivamente cómo caen las acciones de Televisa, cómo se deprecia y cómo el valor de su marca cae (por eso es que se ha hecho a un lado). Pero peor aún, es testigo de la pérdida de lo que más puede desear un hombre ambicioso: el poder.