Yo había dicho que si López Obrador no cometía errores tenía casi segura la presidencia ¿recuerdan? Seguramente el tabasqueño sigue arriba en las preferencias, pero hace unos días cometió un error que podría, en un dado caso, condicionar su triunfo (un error de varios, más bien) y éste fue haber «invitado», en tono amenazante, a los partidos de izquierda para que declinaran por la candidatura de Delfina en el Estado de México. El error cobró factura y el PRD (o su dirigencia), convertido ya en un partido satélite, tomó una decisión: irá en coalición con el PAN y no con MORENA rumbo a las elecciones del 2018.
Cuando hablamos de una alianza PAN – PRD surgen muchos sentimientos encontrados. Algunos dirán que esa fórmula alcanzará para evitar que AMLO llegue a la presidencia, otros hablarán de la incongruencia ideológica de ese «matrimonio». La realidad es que ese matrimonio cambia un tanto el contexto de las elecciones.
No sé si los dirigentes lo hayan entendido como yo lo entiendo o se trate de un accidente, pero basar su argumento en oposición al PRI y no a AMLO puede llegar a ser acertado al menos a estas alturas, dado que insistir demasiado (como sucedió con el caso de Eva Cadena), en que hay que ir con todo contra el tabasqueño, podría terminar haciendo más fuerte a éste último.
¿Funcionará una alianza así? Depende de muchos factores, incluso podrían existir algunos escenarios donde esa alianza pueda resultar contraproducente. No es la primera vez que ambos partidos pactan una coalición, pero el contexto en el que se lleva a cabo es diferente. El PRD juega el papel de partido satélite y no de partido grande (lo cual es una desventaja natural dentro de las negociaciones que ambos partidos hagan), el enemigo a vencer no es tanto el PRI sino AMLO, y ambos partidos cargan con un nivel de desprestigio con el que no cargaban hace media década.
El problema que tenían estos partidos era que no había un candidato competitivo que pudiera sobresalir del «político común», lo cual es una desventaja frente al tabasqueño que tiene el privilegio de poder venderse como antisistema. Evidentemente, el problema sigue existiendo porque ni dentro del PAN ni del PRD existe una figura sobresaliente. Entonces tendrán que buscar otra alternativa:
Por ejemplo, dicha alianza podría servir como plataforma para postular a un candidato que no sea miembro de uno de los dos partidos, un candidato que pueda ser percibido como una suerte de «candidato independiente» para así ganar legitimidad. Ambos partidos cederían al no postular a alguno de los suyos, pero en cambio, conservarían todos los privilegios que implica continuar en el poder. El PRI, de igual forma, podría negociar una transición tersa y tranquila con el PAN (como ha venido sucediendo) para que su inminente derrota no signifique la pérdida absoluta de poder y privilegios. Ambos partidos podrían aprender la «lección de Francia» y postular a una figura que funja como «semi-independiente», y que pueda sacar del poder a lo que la gente más detesta (al PRI) sin caer en la demagogia (AMLO).
Bajo esta tesitura, PAN y PRD tendrían que postular a un candidato centrista (o al menos que no esté muy inclinado a la derecha o a la izquierda) que pueda abarcar la mayor cantidad de voto útil posible (recordemos que la masa que ya no se identifica con algún partido crece en grandes proporciones) haciendo una elección de tercios. Si logran presentar a un candidato lo suficientemente creíble, se encontrarán en ventaja cuando la elección se convierta en una batalla entre dos (como suele suceder en las elecciones presidenciales desde el 2000). El candidato en cuestión deberá tener la suficiente reputación para que la plataforma (dos partidos de la tan odiada clase política) no le juegue en su contra.
Otro problema que podría presentarse en este escenario es que se presente una candidatura independiente. Ciertamente el «independiente» cobijado por el PAN-PRD tiene una estructura con la cual el otro independiente (el de a de veras) no podrá contar. Pero también es cierto que el primero tendría que brillar mucho más que el segundo, porque una candidatura independiente es mucho más creíble que una «semi-independiente» cobijada por los partidos.
Esa podría ser una posibilidad, pero eso no quiere decir necesariamente que vaya a suceder así y posiblemente ocurra que la coalición decida postular a un candidato partidista. Si fuera uno miembro de PRD (muy poco probable, entendiendo que en esta negociación tiene desventaja) dudo que todos los panistas decidieran votar por él. Si en cambio, fuera un miembro del PAN, de igual forma dudo que los simpatizantes (cada vez más pocos) del PRD se vayan a convencer a votar por ese candidato, e incluso tal vez opten por votar por el candidato de MORENA. Un escenario así no cambiaría mucho las cosas, de hecho, que un partido haga una coalición con otro de ideología contraria (en el tema económico, pero sobre todo, en el social) podría no ser bien recibido por todo mundo y el electorado independiente no lo termine de acoger por su carácter partidista.
Todos sabemos que López Obrador (y no el PRI) es el candidato a vencer. Los partidos harán todo lo posible por pararlo, porque independientemente de lo que cada uno piense del tabasqueño, puede significar una ruptura que trastoque los intereses de la clase política vigente. Eso no convierte a López Obrador, desde luego, en la opción más deseable. Varias de sus alianzas (como la reciente con Elba Esther Gordillo) y varios de sus cercanos muestran que se trataría más de un reemplazo más que una evolución de la cultura política de nuestro país.
Los partidos harán todo, coaliciones, campañas de desprestigio. Pero la desesperación termina siendo un arma de doble filo. Falta poco más de un año para las elecciones presidenciales y todavía hay mucho que contar. Vamos a ver cómo se conforma la alianza, y sobre todo, se dura (porque dudo que todas las tribus del PRD se encuentren contentas con esta decisión).
Hoy se fue uno de los más grandes íconos del grunge: Chris Cornell. El famoso vocalista de Soundgarden, quien sólo horas después de tocar en el que sería su último concierto, decidiera quitarse la vida al igual que lo hiciera Kurt Cobain. Ciertamente, a diferencia de Cobain (que era una estrella a la cual le faltaba mucho por brillar), Cornell se fue ya a los 52 años, cuando posiblemente ya había dado lo mejor de sí, aunque ciertamente conservaba esa gran y potente voz que siempre le caracterizó.
Su partida es un golpe para quienes nos empapamos y crecimos con la música de los 90. Y es que después de eso ya nada volvería a ser igual dentro del mundo de la música.
Cuando hablamos de rock, quienes fueron o fuimos parte de esas generaciones que transcurrieron desde los años 60 hasta los 90 (de los baby boomers a la generación X) coincidimos en que algo se perdió, que la música actual ya no tiene esa capacidad de marcar generaciones y darles una identidad como hasta los años 90 ocurría. No es necesariamente ese sentimiento fatalista al que el humano está tan acostumbrao donde percibe que el pasado siempre ha sido mejor. Esto es algo que va más allá.
Al menos yo no recuerdo casi ninguna banda actual de rock que haya tenido tal impacto cultural como lo pudieron tener los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin, Metallica, Nirvana o el propio Soundgarden. No es cuestión de falta de talento, talentos musicales allá afuera hay muchos e incluso muchos músicos que trabajan dentro de la industria musical componiendo esas «rolas pop» pegajosas pueden presumir que las dotes musicales les sobran. Se trata más bien del rol que la música juega en la vida del individuo y la sociedad.
Me atrevería a decir que lo que hemos vivido es una progresiva pérdida de «espíritu musical». Trataré de explicar desde mi punto de vista cuales pudieron haber sido las razones para que esto sucediera.
El primer argumento que se me viene a la mente y del que hablan todos es la hipercomercialización de la música: La industria musical, especialmente en el rock, fungía como distribuidora del talento de otros para después tener un papel cada vez más activo y preponderante en el producto en sí. Anteriormente las bandas llevaban sus LP a las disqueras y éstas determinaban si valían la pena. Ahora parecen tratarse de involucrarse más en la música, les piden a las bandas, por más experimentales que sean, que compongan «una rola pegadora para la radio» (en el mejor de los casos). No son lo mismo las letras depresivas de Nirvana y Radiohead que obedecen más al estado de ánimo de los músicos, que las de grupos como Linkin Park y otras bandas cuyas letras parecen obedecer más a un «mercado de consumo». Pero ésta es tan sólo una respuesta parcial y ni siquiera es la más importante. La hipercomercialización de la música no lo termina de explicar todo.
Mi segundo argumento que viene a la mente, y que a mi consideración tiene más peso que el primero, tiene que ver con la forma en que el individuo consume la música, así como el entorno en que se desenvuelve. Con el Internet y el Mp3, creímos ingenuamente que un gran abanico de posibilidades se abría, que la «opresión de la industria musical» había acabado, que todo el mundo tendría acceso a toda la música, y por lo tanto, aquellos más talentosos tendrían menos problemas para armarla y convertirse en rock stars, en los Freddie Mercury del nuevo milenio. Eso no ocurrió.
En la actualidad hay muchos guitarristas cuyas manos vuelan más rápido que los de los guitar hero de los años 80 y 90, aprendieron a ser maestros de la guitarra gracias a infinidad de tutoriales y videos que se encontraron en Internet (algunos de ellos con un muy buen sentido musical). Los mejores, aquellos que hubieran sido la envidia de las bandas de los 80 tratando de reclutar nuevos guitarristas, no tocan conciertos; muchos de ellos ganan algo de dinero, sí, pero con la publicidad de Youtube:
Muchos pensamos que se crearía una especie de meritocracia musical. Pocos años después incluso nos dimos cuenta que ya no había que pagar raudales de dinero en un estudio para grabar un disco, que bastaba con que cada integrante tuviera su equipo (su guitarra, el ampli, la batería), algún software no mucho más caro que el Microsoft Office y cascarón de huevo que aislara el sonido para poder grabar un disco cuya calidad no le pidiera mucho a los grabados en estudios profesionales. Por poco más de mil de pesos, el aficionado podía hacerse de simuladores de esos sintetizadores tan caros y que suenan casi igual de bien. Se supone que cualquier persona podría crear su grupo de rock desde su casa y de ahí saltar a los escenarios. No es que eso no haya pasado nunca, pero ciertamente no ocurrió como se esperaba.
Paradójicamente, podríamos decir que hoy tenemos más músicos talentosos que nunca porque el costo para ser un buen músico es cada vez más bajo y el acceso al conocimiento para poder entrenarse es cada vez más accesible. Basta darse una vuelta por soundcloud.com para darnos cuenta que no es el talento el que falta. ¿Entonces, qué está pasando?
Más bien parece que esa «nueva libertad» generó una suerte de fragmentación musical. Hay tanta música allá afuera que parece no haber por donde empezar. Los grupos de rock ya no son «los grupos de rock», más bien son uno entre tantos. El consumidor de música actual ya no compra «el disco», más bien crea playlists de las canciones que más le gustan. Esa ansiedad por conocer el nuevo disco de su banda favorita ha ido menguando y sólo se preocupa por ver qué dos o tres canciones le gustan para meterla en el bonche de canciones que escuchará en el automóvil o mientras trota. El placer de escuchar un disco desde el principio hasta el final ha desaparecido, los amigos ya no se juntan en alguna casa para escucharlo completo y dar sus opiniones al respecto. Por esto, los artistas se sienten forzados a sacar algún éxito que sobresalga de los demás en vez de preocuparse por terminar una obra que tenga coherencia entre sí, que en su conjunto logre transmitir algo. Un Dark Side of the Moon ya no es viable porque la mayoría de los consumidores no están acostumbrados a escuchar discos completos.
La sociedad contemporánea, acostumbrada a la inmediatez, a la novedad y a la excesiva experimentación, tampoco ayuda mucho. Las generaciones anteriores «se clavaban» con las bandas. Compraban el nuevo disco y lo escuchaban una y otra vez. Tener «el disco» era importante, no sólo era un conjunto de canciones, era toda una obra. Los más conocedores creaban sus colecciones de discos y atiborraban sus recámaras de ellos, se pegaban a la TV para ver los especiales de su banda favorita y para enterarse de la nueva gira. Antes, ver un especial de su banda en concierto era casi excusa para dejar lo que se estaba haciendo; ahora los usuarios pueden ver miles de conciertos y bootlegs en Youtube (varios de ellos con muy buena calidad) con tan sólo hacer un clic.
El acceso a la música es cada vez más fácil, pero eso también le ha quitado un poco de magia a la relación que el individuo tiene con los conjuntos musicales que más le gustan.
Un tercer argumento que puedo esbozar es la finitud de la música. ¿Qué quiero decir con ello? Básicamente, una escala musical se compone de 8 notas y 5 semitonos y cualquier canción (con excepción de la música microtonal que es muy difícil encontrar en la música de rock) está sujeta a dicha escala que tiene siempre a una de esas 8 notas como nota base o tónica. La combinación de estas notas sujeta a un ritmo (ritmo, melodía y armonía) compone las piezas musicales. El rock, a diferencia de la música clásica o el jazz, no suele ser muy complejo en la forma en que utiliza estos recursos (tal vez con excepción del rock progresivo), por lo tanto las limitaciones son todavía mucho mayores. Entendiendo esto, y entendiendo que el rock tiene más de 50 años con nosotros, podemos llegar a la conclusión de que cada vez es más complicado crear una pieza musical nueva o un estilo nuevo. Así, es cada vez más común que artistas se acusen de plagio sin que haya una intención explícita.
En algún momento, las bandas se dejaron de preocupar por la armonía musical porque ya casi todo estaba hecho. Entonces se enfocaron en los arreglos, a ese círculo de acordes tan repetidos había que ponerle algo de delay, chorus o incluso shimmer (tan recurrente en bandas como U2) para que sonara a otra cosa. También ya eran muchos guitarristas cuyas manos en el diapasón volaban, parecía que todo estaba dicho en el shred y ya eran demasiados solos largos, entonces había que experimentar con sonidos raros y tecnificados elaborados con whammys y pedales modificados a propósito, algo que supo hacer muy bien Tom Morello, aquel guitarrista simpatizante del comunismo y del EZLN que acompañó a Chris Cornell en Audioslave.
Cuando ya se ha experimentado casi todo, cuando las bandas actuales han tenido que recurrir insistentemente a la fusión e incorporación de otros estilos para tratar de encrontar algo, o cuando se han aferrado a las bases, es más difícil aspirar a crear un estilo propio y un arte que logre por sí mismo generar un impacto cultural.
Otro argumento que me atrevo a plantear tiene que ver con el número creciente de alternativas culturales más allá del rock. El rock fungió como música de protesta y de rebeldía ante lo establecido, y para muchos era casi el único medio por el cual podían escapar de la «opresión». El rock era la vía para ser uno mismo y expresar sus sentimientos. Si algo abunda en el siglo XXI son los medios por los cuales el sujeto puede escapar de la realidad y expresar su inconformidad. Incluso la rebeldía ya no es algo que necesariamente esté prohibido sino es más bien algo que se empaqueta constantemente en productos de consumo. Hasta hemos aprendido a hipercomercializar la rebeldía.
Los puntos álgidos de la música suelen, o más bien, solían coincidir coyunturas sociales o políticas. El rock de los años 60 y 70 y el movimiento hippie que se oponía a la guerra de Vietnam, o la música de fines de los 80 y el grunge de la generación X, de los jóvenes «sin futuro» en medio de drásticos reajustes económicos llevados a cabo por líderes como Ronald Reagan o Margaret Thatcher, donde los últimos años de la guerra fría marcaron el fin del idealismo. En este sentido, las convulsiones económicas y políticas que comenzaron en 2008 para arreciar con la amenaza de la ultraderecha xenófoba no trajeron consigo expresión alguna dentro del rock.
La realidad es que los festivales de rock como Glastonbury o Lollapalooza, tan de moda en los últimos años, suelen tener a la cabeza a grupos ya consolidados. Todas las bandas nuevas buscan hacerse un hueco entre los gustos de los aficionados a la música, pero las que destacan son las de antaño; ellas son las que encabezan dichos festivales, bandas que muy rara vez debutaron después de los años 90. Ahí tenemos con la letra más grande de los carteles a U2, Red Hot Chilli Pepers, Coldplay, Foo Fighters, Radiohead, Metallica, Blur, Oasis, The Rolling Stones, y en el mejor de los casos, bandas de principios de la década pasada como Arcade Fire.
Las canciones más épicas, las que son capaces de seguir vigentes, son aquellas que fueron compuestas entre los años 60 y 90. Incluso las nuevas generaciones, los millennials, las conocen. No son pocos los jóvenes que conocen Bohemian Rhapsody o Smells Like Teen Spirit. Seguramente, de entre la infinidad de músicos ciberconectados, hay piezas musicales que pudieron haberse convertido en un himno generacional si hubieran sido creadas 20 años antes, pero que están condenadas a vivir solamente en la nube con algunos miles de likes y comentarios de usuarios anónimos tales como «hey bro, tienes talento».
Es paradójica la coexistencia de la abundancia de talento con la escasez de música y de bandas que logran marcar generaciones, que logran ser parte de la historia social y cultural de una determinada sociedad. Esa paradoja se explica porque no es el talento el problema, el mundo actual les exige a los músicos talentosos saber de muchos otros temas (negocios o relaciones públicas) si quieren alcanzar el estrellato en medio de una sociedad y un mercado cada vez más complicado que prefiere navegar entre un mar de música en vez de concentrarse en el arte de una banda especial. El problema es que la mayoría de los músicos talentosos o no tienen tiempo para convertirse en hombres de negocios y con extraordinarias habilidades interpersonales, o no tienen o no han desarrollado dichas habilidades.
Los tiempos cambian y la sociedad cambia. El rock poco a poco parece quedar relegado en el pasado, la música de los 80 y los 90 están cada vez más cerca de considerarse «oldies». Muchos de quienes se juntan a rockear con sus guitarras con covers de Pearl Jam y Guns N’ Roses presumen una barba canosa y llevan a sus hijos al toquín: -Mira mijo, esto es lo que nosotros tocábamos en nuestros tiempos-, y entonces el padre pisa el pedal de la distorsión para hacer sonar ese famoso riff de Nirvana. Para mí, por ejemplo, causó un gran impacto ver en el concierto de Pearl Jam en México en 2011, a muchas personas que ya rebasaban los 30 o 40 años cuando en aquel del 2003 el público estaba compuesto por puros jóvenes enardecidos.
Con la muerte de Chris Cornell se va un cachito de ese espíritu musical ausente en este nuevo siglo, un cachito que nos marcó a muchos y que deja sólo a Eddie Vedder ya como el único heredero del grunge que se encuentra todavía entre nosotros. El líder de Pearl Jam ahora tiene la tarea de cargar con esa responsabilidad, sin la ayuda de nadie más. Extrañaremos la potente voz del vocalista de Soundgarden y Audioslave, aquel cuya voz pudo adaptar a varios estilos musicales, y que se arriesgó a hacer «covers prohibidos» como Billie Jean, de una manera excelsa.
Hace tiempo estaba atendiendo una clase y quienes la integrábamos estábamos platicando de temas diversos. En eso, uno de quienes estaban ahí presumió su cociente intelectual. Yo soy 132, decía (se refería a su cociente, no al contingente que se formó antes las elecciones del 2012). Lo curioso era que se esforzaba por hacerse pasar como inteligente, había que desquitar ese 132. No era ninguna persona exitosa o destacable, sin más no recuerdo era una suerte de freelancer. Evidentemente no era un tonto y su cerebro no le funcionaba mal, pero esa arrogancia era incómoda: «soy inteligente y haré cualquier cosa por recalcarlo, aunque tenga que opinar sobre temas que desconozco».
Aunque ha habido largas discusiones en torno a este tema, sabemos que el cociente intelectual es determinado en gran medida por factores hereditarios. Es decir, quien nace con un bajo o alto IQ en realidad ya no puede aumentarlo de forma considerable. Entonces se entiende que la inteligencia racional (que es lo que intenta medir este puntaje) tiene muy poco que ver con el mérito y sí mucho con un accidente hereditario. Pero a pesar de esto, muchos insisten en presumir algo por lo que no trabajaron, que les fue dado.
What is your IQ I have no idea. People who boast about their IQ are losers (¿Cuál es su IQ? No tengo idea. La gente que presume su IQ es perdedora) – Stephen Hawking.
De hecho, apelando al mérito, la exigencia debería ser mayor sobre quienes tienen un cociente intelectual más alto. Si se supone que tienen una mente privilegiada, entonces se esperaría que su desempeño fuera mejor: elaborar un cálculo avanzado o programar un sistema complejo debería ser menos meritorio para una persona con un IQ alto que aquel que no lo tiene porque para la última persona lograr aquello requirió de un mayor esfuerzo.
Es muy cierto que la sociedad debe de tener la facultad de detectar a las personas superdotadas porque con su gran potencial pueden convertirse en esos agentes que logren transformaciones: son los nuevos físicos, los nuevos empresarios o artistas. Ciertamente, en algunos casos, su condición sobresaliente suele ser un arma de doble filo para, por ejemplo, socializar dentro de una sociedad cuyo IQ es más bajo que el suyo, o también para poderse adaptar a una estructura que no contempla a quienes tienen una inteligencia sobresaliente. Pero al final, la inteligencia es más un privilegio que un mérito.
Luego, tenemos que agregar que el Cociente Intelectual mide sólo un tipo de inteligencia (racional) y que no lo hace necesariamente bien. La inteligencia en realidad está determinada por muchos factores que son difíciles de medir en un conjunto. Howard Gardner rebatió los tests de cociente intelectual al proponer la teoría de las inteligencias múltiples, que afirma que no existe solamente un tipo de inteligencia, sino que son varios y muy diversos entre sí. Después vino el concepto de inteligencia emocional popularizado por Daniel Goleman (éste sí con un alto contenido meritocrático en el sentido de que cualquier persona puede modificarla con la práctica). Por ejemplo, una persona con un alto IQ y una inteligencia emocional muy baja podría convertirse no en un físico prominente sino en un delincuente.
Entonces, con todo esto, tendríamos que preguntarnos qué es realmente la inteligencia. Y como punto de partida podemos ver que tenemos algo mucho más complejo que su definición tradicional y arcaica. Pero si sumamos todos estos componentes: que son muchos los tipos de inteligencia, y que dentro de éstos hay una inteligencia emocional, entonces podemos encontrar una mayor fuerte correlación entre inteligencia y éxito. Y aunque no todos los rasgos de la inteligencia pueden ser modificables, hay otros que sí, y así el individuo puede hacer algo más por desarrollarla. Tal vez no tenga tanto margen de maniobra en cuanto a la inteligencia lógico matemática, pero sí puede desarrollar su inteligencia interpersonal y la inteligencia emocional. Tal vez una persona con un IQ relativamente bajo pueda no llegar a ser nunca un gran matemático estrella o un filósofo de talla mundial, pero podría desempeñarse muy bien en áreas donde la empatía con otras personas y las habilidades sociales son necesarias si desarrolla su inteligencia interpersonal.
Presumir el IQ es presumir sólo uno de los tantos rasgos que la inteligencia tiene. No significa que debamos despreciar la inteligencia racional. Tal y como comenté, es importante que la sociedad sea capaz de detectar a quienes tienen un IQ sobresaliente por lo que pueden aportar. Pero también hay que dejar de pensar que la inteligencia es sólo eso, que la inteligencia son rankings de las personas más inteligentes del mundo seleccionadas de forma arbitraria y sin un test real de por medio.
Al final, el juicio que hagamos sobre las demás personas no debe recaer en su inteligencia, sino en lo que puede aportar como individuo a la sociedad y que está determinado en gran medida por su inteligencia en el amplio sentido de la palabra (entendiendo que hay varias y que hay un componente emocional). Las competencias para ver quien tiene el IQ más alto son absurdas, más cuando en muchas ocasiones no se termina viendo reflejado en el desempeño del individuo.
No tenía un arma de fuego, ni siquiera una espada, tan sólo tenía su pluma la cual fungía como su única arma de combate.
Javier Valdez jamás lanzó una bomba molotov. Él escribía columnas en La Jornada y Riodoce, y también libros. Sus armas jamás mataban a nadie, pero tenían un efecto tal, que sus «adversarios» decidieron quitarle la vida.
Una amiga mía que tuvo el placer de conocerlo me lo describió como una persona muy valiente. Vaya, porque para escribir abiertamente sobre el narcotráfico se necesitan agallas.
Y esto ocurre mientras los políticos, que no tienen nada que ofrecer, juegan a embarrarse lodo en lugar de aportar soluciones para atacar el problema del narcotráfico o la inseguridad. En vez de crear una estrategia convincente para recuperar al país de las garras del narco, se exhiben entre ellos, se critican, se tiran mierda y se acusan entre ellos de tener nexos con el narco.
Las autoridades pasan casi sin ver. El Presidente manda, de forma reactiva y por compromiso, una condolencia y un tweet comunicando que «ya dio indicaciones». No, no se prenden los focos rojos. Tan sólo fue uno de tantos periodistas, como el de Rubén Espinosa, a quien no se le ha hecho justicia, y que ni siquiera mencionan los que ya han presumido en medios haber lanzado una cruzada contra Javier Duarte.
Tal vez como a nuestro gobierno le incomoda el periodismo que no se arrodilla ante el chayote, entonces no tiene tantos incentivos para proteger a los periodistas y garantizar la libertad de expresión.
El gremio periodístico entonces llega a la conclusión de que debe defenderse sólo. No hay nadie que garantice su seguridad, entonces no queda más que la solidaridad, no queda más que parar labores por un día y publicar desplegados producto de la rabia y la impotencia. Pero aún así saben que no tienen el monopolio de la fuerza, esa la posee el gobierno, y ya habíamos dicho que el gobierno hace poco más que nada.
El asesinato de nuestro héroe en cuestión ya es uno de tantos. ¿Por qué te indignas tanto, si se la pasan matando periodistas a cada rato? Hay quienes se atreven a afirmar. La sociedad se indigna pero no hace nada, sólo lamenta. No se siente amenazada porque el individuo promedio no es periodista y mucho menos «está metido en esos pedos», entonces no le va a tocar.
Menos «se agarra la onda» de que el periodista y el que investiga siempre tiene que correr riesgos para que personas como tú y como yo tengamos las noticias peladitas en el periódico, en la revista o en el portal de Internet, como si fuera obligación de alguien postrarlas ante nuestra cara, para que después las compartamos en las redes sociales haciendo como que somos intelectuales.
Personas como Javier Valdez nos mostraron que, a pesar de todo, hay quienes se juegan el pellejo desde su trinchera para hacer algo por este país «patas pa’rriba», para informarle a la gente sobre lo que está pasando en México y denunciar toda esa cultura del narco que ha lacerado y destruido tejidos sociales.
Javier Valdez cayó, pero no así su espíritu. Su espíritu de lucha y combate está más vivo que nunca.
La muerte de Javier Valdez no debe de atemorizarnos ni hacernos recular. Su muerte no debe orillarnos a ceder ante los criminales, ante los hombres del mal. Por el contrario, debe motivarnos a los mexicanos a seguir luchando, a exigir más a las autoridades, a denunciar más.
Muchas gracias Javier Valdez, posiblemente habrás perdido una batalla, pero no perdiste la guerra, tu espíritu sigue combatiendo junto con nosotros.
Cada vez que algunas elecciones se acercan, cierto deseo de esperanza y cambio se impregna en la psique de los electores. Esa palabreja llamada «cambio» se vuelve la insignia. Esa percepción (válida, ciertamente, en muchos casos) continua de que no están bien gobernados y que solamente una coyuntura electoral (esta ya no tan válida) podrá traer un cambio y una bocanada de aire fresco.
Si entra el nuevo todo va a cambiar, se dicen. Ciertamente, la alternancia es algo muy sano y deseable en un país que aspira a ser democrático, pero no alcanza a satisfacer las altas expectativas que gran parte del electorado se hace. Esto, aún después de las decepciones continuas con políticos, que en casos anteriores, le prometieron dicho cambio de forma reiterada.
Esta es una de las razones por las cuales López Obrador, a pesar de todo, puede presumir que lidera las encuestas. El elector ve llegar al poder a un candidato que le prometió un cambio para después darse cuenta que era lo mismo, y como si se tratara de una droga, piensa que entonces tal vez una dosis más alta sea una gran opción. Que el cambio sea lo más irruptivo posible, que no sea un cambio cosmético sino de uno de fondo. Importa, para muchos, más el cambio que la forma y la sustancia de tal cambio. Las cosas no pueden estar más mal, se dicen.
Y es lo suficientemente irruptivo cuando la clase política intenta, de forma desesperada, frenar su ascenso. Cada vez que los partidos tradicionales (PRI y PAN sobre todo) intentan frenar a AMLO, exponiendo casos como los de Eva Cadena para convencer a los electores de que es corrupto (que vaya, ese suceso que ciertamente es reprobable, no deja de ser algo muy pequeño comparado con lo que es la regla en todos los partidos) sólo reafirman ese carácter irruptivo del tabasqueño.
Si AMLO fuera «como ellos», no tendrían siquiera la necesidad de insistir demasiado para bajarlo de las encuestas, ni siquiera tendrían una gran motivación para hacerlo. Si AMLO representara lo mismo que representan ellos, entonces a un priísta le valdría lo mismo que ganara Andrés Manuel a que ganara un panista o un perredista. Pero les importa más, porque una irrupción (termine siendo buena o mala para el país) puede poner en entredicho sus intereses.
Al contrario de lo que piensan sus seguidores y sus opositores más férreos, ambos conceptos (que algunos consideren a AMLO una suerte de amenaza para el país, y que otros consideren a AMLO una amenaza para sus intereses propios con los cuales buscan mantener un coto de poder) pueden coexistir. De hecho, coexisten sin ningún problema.
Si insisten tanto, dirán, es porque el «PRIAN» no quiere perder sus privilegios. Es que de verdad AMLO es alguien «que va a hacer que todas las corruptelas y los conflictos de interés se acaben».
No es ni su pretendido carácter inmaculado ni su pretensión de ser un redentor, sino la intencionalidad de romper con el orden de las cosas que él tiene que lo hace diferente a los demás. Evidentemente, López Obrador tiene la intención (la capacidad estaría por verse y la pongo más en duda) de romper con ese orden, donde los beneficiarios de la política ya no sean los mismos. Como él diría, que ya no sean los del «PRIAN» quienes compongan las élites de la política.
Si somos electores racionales, seríamos irresponsables al limitarnos al concepto del «cambio» como criterio para elegir a un gobernante. Tendríamos que determinar si ese cambio es bueno o malo. ¿Qué es lo que ese cambio nos ofrece a comparación de lo que tenemos ahora? ¿Qué es lo que cambiaría en términos políticos, económicos y sociales? Es decir, tendríamos que dejarnos un poco de sentimentalismos y racionalizar a las opciones que tenemos en frente.
Para muchas personas, aceptar que López Obrador no es muy diferente a los demás políticos y que tiene considerables limitaciones como político (que sea irruptivo no significa que en esencia sea diferente) sería aceptar que no existe luz alguna de esperanza para las elecciones venideras. Aceptarlo les ocasionaría un fuerte conflicto. Por eso es que basta con que represente un cambio para darle su voto, lo demás se puede relativizar o atenuar. Se aferran tanto que, al igual que López Obrador, ven un interés oscuro en quienes son críticos con el líder tabasqueño (véase Twitter).
Hablando de las deficiencias de López Obrador, me llamaron la atención dos entrevistas que le hicieron dos periodistas diferentes. Me decían que en la primer entrevista Ciro Gómez Leyva había sido muy parcial y tal vez hasta poco profesional (ciertamente, Gómez Leyva no es alguien que se destaque por su imparcialidad y tal vez ni por su independencia periodística), que lo quiso exhibir como un tonto y que intentó hacer que resbalara una y otra vez. No eran las carencias de López Obrador, decían, sino la perversa forma en que Ciro conducía la entrevista. Otros incluso de plano ignoraron las carencias de AMLO y publicaron frases como «López Obrador humilló a Ciro, lo hizo pedazos».
https://www.youtube.com/watch?v=oPc1Rg3IZ2s
Pero lo mismo ocurrió con Jorge Ramos, un periodista más imparcial que incluso es admirado algunos que se dicen de izquierda (él es incisivo con cualquier político que se le pare enfrente). Él también exhibió las carencias del tabasqueño, y tal vez, sin tener una intención «perversa» como se dice de Ciro, Jorge lo exhibió todavía más. Lo que sacó Jorge Ramos de las entrevistas es más preocupante.
https://www.youtube.com/watch?v=ON3kjJ6Angg
AMLO no supo articular ni argumentar sus propuestas, no supo definirse, no supo siquiera expresarse bien. Cayó en una fuerte contradicción al negarse a llamar dictador a Nicolás Maduro so pretexto de la «del derecho de la libre autodeterminación de los pueblos» pero a Trump sí lo llamó racista reiteradamente. López Obrador, ante la insistencia de Jorge Ramos, se opuso, sí, a ciertos rasgos autoritarios de Maduro, criticó la represión y los prisioneros políticos, pero luego se dijo admirador del Che Güevara (su hijo, Jesús Ernesto, tiene ese nombre por la inspiración que Jesucristo y el Che tienen en López Obrador) relativizando las masacres y los asesinatos a su nombre. Pero lo que me parece más grave es que se haya negado rotundamente a tomar una postura frente al aborto y los matrimonios de parejas del mismo sexo. Que eso lo decida el pueblo, dijo, e incluso consideró irresponsable emitir una opinión personal al respecto.
Por cálculos políticos, López Obrador es incapaz siquiera de mostrar sus preferencias sobre diversos temas, y que los electores deberían conocer para poder hacer un mejor juicio del candidato. Se asume como transparente y directo, pero es opaco.
Quien ha escuchado a López Obrador a través de los años, podrá darse cuenta que el discurso no ha cambiado en lo absoluto. Es el mismo discurso que el usado en el debate del 2000, en el 2006 y en las miles de entrevistas que le han hecho. La única diferencia, preocupante considero yo, es ese rasgo redentor cristiano que sólo hace acentuar su mesianismo. Que basta con que él no sea corrupto para que los demás no lo sean. Ante las preguntas que no sabe como contestar, recurre a las frases comunes, simplonas, que ha repetido una y otra vez.
Si alguien quiere darse cuenta de las carencias de AMLO no tiene que recurrir a esos absurdos y tediosos memes o videos editados donde se intenta con insistencia comparar a López Obrador con Hugo Chávez (es absurdo querer equiparar a ambas figuras sólo porque dijeron en su momento que «no nacionalizarían nada»), ni mucho menos debería recurrir a los tweets de Ricardo Alemán y demás figuras evidentemente parciales y cuya libertad periodística está condicionada por algún partido político.
No son las supuestas coincidencias con Chávez, Maduro o Fidel Castro que muchos quieren tejer, son las peculiaridades de López Obrador las que más nos deberían de preocupar.
Las entrevistas, en cambio, son un gran material para conocer las limitaciones de este candidato, porque lo muestran tal cual es, mediante sus propias palabras. Quienes anhelan «el cambio» deberían de analizarlas detenidamente para después determinar si López Obrador es un cambio que en realidad vale la pena y si mediante esta figura, México logrará esa transformación que cada seis años desean.
Como yo he insistido, un «cambio verdadero» sólo se va a dar cuando la ciudadanía se integre a la transición democrática y tome una responsabilidad mayor. Robert Putnam, mediante un estudio que realizó hace algunas décadas en Italia, encontró una fuerte correlación entre la cultura cívica y la calidad de los gobiernos. Eran las regiones más prósperas y mejor gobernadas aquellas donde la ciudadanía participaba de forma más activa, donde más ciudadanos eran miembros de organizaciones civiles; en tanto los que ostentaban una menor cultura cívica eran los mismos donde había más clientelismo y corrupción. Ciertamente, tendríamos que determinar porqué determinadas regiones tienen una mayor participación ciudadana y otras no, pero lo cierto es que la cultura cívica suele ser condición necesaria para tener gobiernos más horizontales y transparentes. Yo siempre he sido muy escéptico de la idea de que sólo el cambio de poder traerá un cambio drástico de las cosas si no hay una «transición ciudadana», habrá gobiernos un poco más buenos, otros un poco más malos, pero la esencia no cambia ni las estructuras de poder que ya están muy anquilosadas dentro del tejido social de nuestros país.
Todos anhelamos con un cambio, pero el sentimentalismo no es suficiente. Tendríamos que respondernos entonces si el cambio vale la pena. Yo les di mi particular opinión, que puede no coincidir con la suya. Ustedes tendrán la respuesta.
Hoy se cumplen 5 años del surgimiento del movimiento #YoSoy132, un movimiento que marcó a muchos y que significó un aire de frescura dentro de una juventud poco acostumbrada a participar en asuntos políticos y sociales.
Pero entonces deberíamos preguntarnos: a 5 años, ¿qué fue lo que dejó? ¿Qué nos heredó este movimiento? ¿Qué le falto? Y sobre todo ¿qué nos deja como experiencia?
#YoSoy132 fue una manifestación estudiantil y juvenil lo suficientemente grande como para tener como su más inmediato antecedente al movimiento estudiantil de 1968. Aunque surgió de manera espontánea (como respuesta a las declaraciones del entonces Presidente del CEN del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, quien había afirmado que los manifestantes universitarios en la visita de Peña Nieto eran porros pagados), ésta se debe entender también como resultado de distintas manifestaciones de indignación a través de los últimos años que tuvieron su origen en el 2009 con el movimiento del voto nulo.
La indignación ante la clase política comenzaba a manifestarse desde aquel entonces, esas elecciones intermedias fueron las que exhibieron que el discurso del «cambio» y de la transición democrática que tanto repetían los políticos ya estaba agotado. No era que ya no estuviéramos en una transición ni que ya no fuera deseable, era más bien que ésta ya no podría seguirse gestando desde una clase política que había quedado rebasada, sino desde la ciudadanía. El término «partidocracia», para referirse de forma despectiva a una clase política que sólo se mira a sí misma, ya se comenzaba a utilizar entre los opinadores de los asuntos políticos.
Las circunstancias externas también alimentaron a esta manifestación. #YoSoy132 surgió poco después de la Primavera Árabe, del #OccupyWallStreet de Estados Unidos y del 15M de España. A principios de la década, y en cierta medida como parte de la crisis mundial del 2008, surgieron varios movimientos que respondían a una falta de representatividad política, movimientos que no terminaron de lograr su objetivo dado que el problema que denunciaron siguió ahí para que en los siguientes años alimentara los discursos de la derecha xenófoba. Ahora ya no era la sociedad urbana la que se manifestaba, sino la rural, la que vio partir sus empleos a otros países y que vio con recelos a los migrantes, y lo hacían votando por candidatos populistas.
Eso no quiere decir que estos movimientos no hubiesen heredado nada o que ya no quede nada de ellos. La campaña de Bernie Sanders no se podía terminar de explicar sin el #OcuppyWallStreet, en tanto que en España sí lograron ir un poco más allá: del 15M derivó un movimiento de izquierdas un tanto radical llamado Podemos, que a cargo de Pablo Iglesias, lograron hasta hace poco irrumpir como una nueva fuerza política.
De igual forma ocurrió con #YoSoy132 que no logró que sus objetivos iniciales se llevaran a cabo: la deslegitimación de la clase política no sólo sigue sino que es cada vez más fuerte y #YoSoy132 no logró generar, a excepción de la campaña de Pedro Kumamoto, una alternativa política que tuviera peso, aunque eso no quiere decir que no nos haya heredado nada.
#YoSoy132 nació dentro de una coyuntura política (las elecciones del 2012), aunque su propósito inicial no era ir contra la campaña de Enrique Peña Nieto, sino que buscaba la neutralidad en la información de los medios de comunicación. Dada la coyuntura, era inminente que el movimiento pusiera en su mira a la candidatura del candidato del PRI, porque representaba una regresión (a 5 años de su presidencia, podemos decir que #YoSoy132 no se equivocó en el diagnóstico y sus temores eran fundados) y porque los jóvenes, sobre todo, veían con mucho recelo al PRI. Al movimiento no sólo se sumaron estudiantes, también lo hicieron activistas, algunos intelectuales e incluso artistas:
El movimiento, que siempre procuró mantener su autonomía y horizontalidad con varias ramificaciones en las principales urbes de la República Mexicana, también se enfrentó a una sociedad mexicana muy estratificada, lo cual le impidió tomar más fuerza. Los «chavos de la IBERO» no eran iguales a los «chavos de la UNAM». Los primeros tenían una propuesta más democrática y moderna, en tanto que los segundos tenían una más nacionalista y tenían más «colmillo» que los primeros dado que tenían más experiencia en actividades políticas y estudiantiles. Eso se palpó cuando en las peticiones, los últimos solicitaron que se incluyeran propuestas de corte estatista y se manifestaran explícitamente contra lo que llamaban el «neoliberalismo».
El PRI se apresuró para tratar de deslegitimar este movimiento, intentaba relacionar constantemente al #YoSoy132 con la candidatura de López Obrador, subían videos donde trataban de demostrar que la campaña del tabasqueño y Carlos Slim (quien aparentemente tenía intereses dentro de la candidatura de AMLO) estaban detrás de esta manifestación, y creaban «movimientos alternativos» como GeneraciónMX para deslegitimar un movimiento que ponía en peligro la campaña de su candidato.
Lo que sí fue cierto fue que conforme se acercaron las elecciones, MORENA (en ese entonces como movimiento y no como partido político) intentó penetrar en el movimiento y en algún momento hasta intentó hacerlo suyo; y también que después de las elecciones terminara siendo cooptado por las facciones estudiantiles más radicales. Así, lo que quedaba del #YoSoy132 terminó tejiendo alianzas con organizaciones radicales como el SME. Eso y el fin de la coyuntura electoral fue lo que terminó apagando esa «vela de esperanza».
Pero esto no significa que #YoSoy132 no nos haya dejado nada. El movimiento tal vez no logró por sí mismo las reformas para garantizar la neutralidad de la información (lo cual básicamente tendría que hacerse garantizando el acceso a las diferentes voces y posturas ideológicas), pero es cierto que a partir de ese entonces los medios que estuvieron al servicio de un partido como lo fue Televisa sufrieron una fuerte desprestigio, que junto con la evolución del mercado que se ha trasladado desde la televisión abierta al Internet, ya no les permiten tener la suficiente capacidad de influencia para determinar el curso de una elección presidencial. De igual forma no podemos dejar de atribuir ciertos avances en la materia (tal vez no suficientes) con la Reforma de Telecomunicaciones cuyo contenido se fue construyendo desde el sexenio pasado.
También pusieron en la mesa temas que estaban guardados en el cajón. No hay que olvidar que lograron organizar un debate (al que no asistió Enrique Peña Nieto), que con toda la ingenuidad e inexperiencia que haya podido haber, resultó más provechoso y evolucionado que los infumables debates que organiza el INE.
Algunos líderes y jóvenes que fueron parte del movimiento tienen ya un papel importante en la política y en los medios de comunicación. El caso más destacable es el del tapatío Pedro Kumamoto, diputado local y quien impulsa agendas políticas a nivel nacional como #SinVotoNoHayDinero en conjunto con Manuel Clouthier. También en los medios de comunicación destacan personas como Genaro Lozano, quien fue invitado por Televisa en una intentona de la televisora para aminorar el daño que dicho movimiento le causaba a su credibilidad. Cinco años después, Genaro Lozano puede expresarse libremente en sus programas de Foro TV y puede arremeter contra el gobierno actual. La propia Televisa se ha visto orillada a abrir algunos espacios a voces más críticas para poder sobrevivir comercialmente.
También debemos ver a #YoSoy132 como parte del crecimiento que la sociedad civil organizada ha tenido en estos últimos años. Si algo positivo ha ocurrido en este sexenio (producto de la ciudadanía y no del gobierno) es el surgimiento de organizaciones que exigen transparencia y rendición de cuentas a los gobernantes y políticos y que impulsan reformas políticas, así como organizaciones ya existentes que con su expertise buscaron sumarse a la causa (el IMCO es un claro ejemplo). Tener a este movimiento como antecedente también sirvió para que la gente saliera a manifestarse a las calles después de la masacre de Ayotzinapa. Incluso las clases medias acomodadas aprendieron que también podían usar las calles, algo a lo que no estaban acostumbradas.
A pesar de que el panorama en nuestro país pareciera muy oscuro, es innegable que se está gestando una suerte de «evolución ciudadana» donde los ciudadanos son cada vez capaces de organizarse, ya sea por medio de colectivos u organizaciones civiles. Ciertamente falta mucho, pero el avance no se puede subestimar.
Aunque se repite con insistencia que el pueblo tiene el gobierno que se merece, la historia también muestra que los gobiernos vigentes pueden representar más bien a una sociedad que quedó en el pasado. Tarde o temprano, la innegable evolución ciudadana terminará reflejándose en nuestras instituciones y en la forma de hacer política. Algo así ocurrió en la última etapa franquista en España cuando ya todos los españoles tenían «el chip de la democracia» que se terminó reflejando en el gobierno un tiempo después.
Y a pesar de los errores que se pudieran haber cometido y a que hay muchas cosas que se deberían hacer de forma diferente en un futuro, debemos estar agradecidos con el surgimiento de #YoSoy132, que dio un golpe de frescura a una sociedad poco participativa, y que formó parte de esta evolución ciudadana que ya está creando un cambio en el país.
Las elecciones de Francia han generado muchas reacciones, pero sobre todo han inspirado a los comentócratas mexicanos a encontrar similitudes en nuestro país. Es que la oferta es atractiva, porque gracias a Macron, los franceses pudieron votar en contra de las élites partidistas sin caer en el populismo y la demagogia. En México son (somos muchos) los que quisiéramos hacer algo similar: castigar a la clase política sin caer en la tentación de López Obrador.
Si bien hay similitudes entre ambos casos (el desprecio de los ciudadanos por la clase política es incluso mayor en México que en Francia), también existen diferencias: la más notable es que en Francia existe la segunda vuelta, lo cual ayuda a ahuyentar a los candidatos con negativos altos, así como a dar mayor legitimidad a los presidentes electos (aunque Macron hubiese ganado de todos modos si el sistema electoral francés no tuviera ese «detalle»).
Aún así, las comparaciones ya son pan de cada día. Algunos, como Jorge Castañeda, buscan promover al Jaguar, Armando Ríos Piter, para que sea ese Macron mexicano; aunque como él mismo decía, a diferencia de Francia, la cancha no es pareja para los independientes y necesitarán un candidato lo suficientemente atractivo para que pueda aspirar a recabar las firmas que se necesitan para ser candidato. Ríos Piter también comparte con Macron ese carácter de «semi-independiente», al haber formado parte del PRD anteriormente.
Pero de lo que quiero hablar es del Estado de México. En las elecciones no hay un candidato independiente (Teresa Castell está vinculada al PRI y su candidatura obedece a la necesidad el partido tricolor de fragmentar lo más posible las votaciones), pero sí hay uno que, aún siendo parte de un partido político, puede fungir como alguna suerte de «Macron mexiquense», y ese es Juan Zepeda del PRD, quien podría convertirse en una sorpresa. Posiblemente no se trate de un candidato excepcional o destacado, pero una eventual victoria del perredista (difícil pero no imposible, entendiendo que todavía hay una gran masa de indecisos y que tanto Del Mazo como Delfina ya tocaron techo) evitaría cualquiera de estos dos escenarios que considero indeseables:
Que el PRI retenga el poder en el Estado de México, a pesar del pésimo estado en que se encuentra esa entidad, producto en parte de su gobierno hegemónico.
Que MORENA, ganando el Estado de México, adquiera más fuerza que se traduzca en el eventual triunfo de López Obrador en las elecciones venideras.
Los morenistas han llegado a afirmar que la campaña de Juan Zepeda es una estrategia malévola del PRI para dividir el voto (todo el que no esté con él forma parte de una estrategia perversa que conspira en su contra). Lo cierto es que, ante el ascenso de Zepeda en las encuestas, las huestes de López Obrador han empezado a preocuparse. López Obrador se ha comportado muy arrogante al pedir a los demás partidos de la izquierda «por última vez» que se sumen a su proyecto para así responsabilizarlos de una eventual derrota.
Juan Zepeda es la carta que tienen los independientes que ya no quieren al PRI en el Estado de México, pero tampoco quieren optar por la izquierda populista de López Obrador encarnada en Delfina Gómez Álvarez, quien es acusada con pruebas de haber descontado parte de su salario a los trabajadores. Juan Zepeda también es la opción para quienes darían su voto a Josefina Vázquez Mota, pero saben que las posibilidades que la panista tiene de ganar la gobernatura son prácticamente nulas, aquellos que nunca votarían por MORENA pero que tampoco lo harían por el PRI.
El Estado de México también tiene a su «Macron», que ciertamente pertenece a un partido, pero que representa una irrupción contra el continuismo del PRI, al tiempo que garantiza a los electores no caer en el populismo. Faltan tres semanas y la distancia que tiene con el puntero oscila entre los 5 y los 9 puntos, una brecha que todavía es considerable pero que es mucho menor a los casi 20 puntos de diferencia que tenía hace poco más de un mes.
Estos días estuvo circulando una entrevista de Alfredo del Mazo, quien dijo estar en contra del matrimonio del mismo sexo y del aborto. Las frases que del Mazo utilizó son las mismas que claman las agrupaciones conservadoras cuando salen a manifestarse: «estoy en contra del matrimonio homosexual porque estoy a favor del derecho a la familia». Yo me sorprendí, porque que recuerde el PRI ha tratado últimamente de presentarse como un partido socialdemócrata, pertenece a la Internacional Socialista, y además, Enrique Peña Nieto (su primo) se había comprometido a legalizar el matrimonio gay.
Alguno podría decir que del Mazo no tiene que pensar como su primo, pero yo no creo que sea un tema de convicción propia. Así como su primo Peña Nieto propuso legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo por motivos políticos y no ideológicos, la postura de del Mazo con respecto a este tema debe de entenderse de la misma forma: primero, porque el Partido Encuentro Social, un partido sumamente conservador, es parte de la alianza que abandera a Alfredo del Mazo; y segundo, porque posiblemente una postura así en un Estado de México más conservador que la capital podría redituar dividendos. Pero, dicho esto. ¿Donde queda la ideología y la doctrina del partido?
https://www.youtube.com/watch?v=rc13ywslqTs
En gran parte del siglo XX, los votantes de los países democráticos votaban siempre por un mismo partido, su doctrina ideológica coincidía con sus creencias y su posición social. Los obreros que eran parte de un sindicato siempre votaban por el partido socialista en tanto que los empresarios y las clases altas siempre votaban por los conservadores. En ese entonces, por un decirlo, el voto era más duro. Eso empezó a cambiar después de los años 70 por varias razones, una de ellas es que con el descrédito del socialismo económico y el descrédito de las políticas keynesianas en favor de las liberales (eso que sus detractores llaman neoliberalismo), los partidos de izquierda (sobre todo los socialdemócratas) perdieron una de sus banderas y tuvieron que recorrerse más al centro en materia económica.
La izquierda entonces tuvo que buscar otra bandera y así adoptó la de los derechos humanos, los derechos de las minorías sexuales, el multiculturalismo, entre otros (por eso la confusión de muchos con respecto de el concepto de izquierda en lo económico y lo social). Eso, y una sociedad cada vez más dinámica hizo que el votante pudiera cambiar de partido de forma más fácil de una elección a otra. Los políticos entendieron que, con ayuda de los medios de comunicación, ya no eran tanto los representantes de un partido con una doctrina en común, sino que eran ellos los que brillaban con luz propia. Vicente Fox fue un caso ejemplar en México, donde la mercadotecnia no tomó como base a su partido ni su doctrina, sino a él mismo.
¿Podría explicar esto el hecho de que los partidos en México estén en una profunda incongruencia ideológica, como el caso del PRI con del Mazo y las infames alianzas PAN-PRD?
No podría negar que esta tendencia centrada en los políticos como personas y no en programas de partido tenga una influencia. Evidentemente la tiene, pero no es toda la historia.
Otra razón es el exceso de pragmatismo dentro de los partidos políticos donde el poder se ha convertido en lo único que importa, y todo lo que se haga tiene el fin de obtener más poder, más puestos de gobierno y más acceso al presupuesto. Si bien, hay casos de pragmatismo justificados porque tienen un fin ulterior (como la alianza que trazaron Churchill, Roosevelt y Stalin contra los nazis), o donde partidos de oposición con doctrinas diferentes buscan sacar del poder a una dictadura o a un gobierno hegemónico, estos tienen más bien muy poca relación con el «pragmatismo» que practican los partidos que dicen representar a los mexicanos.
El pragmatismo y la carencia de doctrina son notorios incluso dentro de los partidos que presumen conservar sus principios y valores, como ocurre con Andrés Manuel López Obrador y MORENA quienes titubean en recorrerse al centro en materia económica o muy a la izquierda, quienes pueden dar cabida a personas como Yeidckol Polevnsky (quien apoya abiertamente a la dictadura venezolana), al mismo tiempo que su líder invita a Alfonso Romo, un empresario capitalista, para diseñar su programa de gobierno.
Que la dinámica se centre en los políticos y no en los programas no es justificación para la incongruencia ideológica que termina engañando al electorado. Porque sin faltar a la verdad, incluso los mismos políticos terminan contradiciéndose ellos mismos y a sus creencias. Para el político actual, los principios, los valores y la doctrina son relativos a la conveniencia electoral, a la fórmula que le de más votos y no aquellos que lo definan como persona que dice representar a una porción del electorado.
Así, los partidos se presentan sin ideología y se limitan a decir que son menos corruptos que otros como «ventaja competitiva». Los partidos en México son cada vez más lo mismo, no porque la historia les haya quitado banderas como ocurrió en el siglo pasado en Europa, sino porque su única bandera es esa que les da más votos, y por ende, más poder. Y si hay que cambiarla o hay que parcharla en el camino para hacer que parezca otra cosa, lo van a hacer.