Autor: Cerebro

  • Madrear delincuentes

    Madrear delincuentes

    Madrear delincuentes

    Últimamente han circulado varios videos donde los ciudadanos se «ajustician» a los delincuentes. Uno de ellos empieza a grabar con su smartphone mientras los otros le propinan golpes y patadas al victimario; a veces hasta hacerlo bañar en sangre: ¡Qué vean todos los delincuentes lo que les va a pasar si siguen delinquiendo, que ni se atrevan!

    A veces lo amarran contra el poste y ahí le propinan una golpiza, a veces lo tiran al suelo y todos en círculo lo patean, a veces son un poco más compasivos y tan sólo lo despojan de la ropa y lo dejan completamente desnudo. Quienes ven esos videos ven la escena con júbilo: ¡Justicia al fin!

    Pero por el contrario, estas manifestaciones son reflejo de que algo está muy mal en el país. Primero, que se vive una tremenda inseguridad en muchas ciudades del país, y segundo, que las autoridades son incapaces de castigar a los delincuentes por lo cual los ciudadanos toman justicia por su propia mano. Una persona podrá, al ver esos videos, sentir una sensación de justicia y de venganza, pero que los individuos tomen justicia por su propia mano en vez de que las autoridades se encarguen de castigar al delincuente es más bien una manifestación de retroceso casi hacia un estado de anarquía.

    ¿Por qué se creó el Estado? En la antigüedad, dentro de una economía de escala en un entorno violento, quienes eran improductivos y eran fuertes atacaban a quienes sí producían pero eran débiles. Luego los que eran débiles se agrupaban para que la suma de todos ellos tuviera más poder que los fuertes que los acechaban, pero al mismo tiempo los fuertes que no producían podían agruparse no sólo para despojar a los débiles que sí producían, sino a los fuertes que sí lo hacían, encarnando así una espiral de violencia. Debido a eso, el hombre creó el Estado donde, de acuerdo a Hobbes, los individuos debieron renunciar a ciertos derechos naturales (como el derecho a matar o a robar) y cederle cierto poder al soberano para que así pudiera vivir de forma civilizada. 

    Cuando vemos a los ciudadanos golpeando al delincuente, lo que vemos es a los débiles que sí producen agrupados (débiles no tanto por la fuerza, sino porque no suelen poseer armas como los delincuentes) propinándole una lección al «fuerte improductivo». La «puesta en escena» es primitiva, es un estadio anterior a la civilización, es la ausencia del soberano, de un Estado que es incapaz de castigar, por medio de las leyes y del poder que la ciudadanía le confiere, al delincuente. Como el 99% de los delitos en México quedan impunes, no queda de otra más que hacer justicia por cuenta propia. 

    Posiblemente los ciudadanos vengativos no sean los más responsables, de hecho ellos reaccionan como lo haría casi cualquier persona que está siendo asaltada y ve la oportunidad de agruparse para defenderse. Los ciudadanos lo hacen también por impotencia, porque sienten que no tienen otro recurso y no les queda más que agredir al delincuente, filmar el acto y subirlo a las redes como forma de exposición mediática para que «todos los delincuentes vean lo que les va a pasar si se atreven a delinquir». A juzgar por los índices de delincuencia, dicha exposición mediática no tiene mucho efecto ni parece disuadirlos de seguir cometiendo crímenes.

    Promover estos videos es el camino visceral, el camino corto y más fácil, y el que más enjundia genera porque casi todos los que han sido asaltados alguna vez y ven esos videos lo disfrutan. El camino difícil y deseable es la construcción de un Estado fuerte capaz de garantizar la seguridad a sus ciudadanos. Tan no existe ese Estado fuerte que si quien se encuentra en el timón de éste (el Presidente de la República) saliera a la calle sin ningún elemento de seguridad, posiblemente sería tratado igual que los delincuentes que son golpeados en dichos videos. 

  • Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Del odio entre progres y conservadores

    Más que hablar de izquierdas y derechas, el conflicto se centra en la batalla entre liberales (o más bien progresistas) y conservadores. En un forcejeo ideológico, ambas facciones se han apropiado de la agenda política. Si queda algún reducto ideológico bajo el cual se puedan resguardar los individuos es ese, entre los que están abiertos a todos los cambios y entre quienes quieren que se conserve el estado de las cosas.

    Lo preocupante es que lo que hemos visto es una creciente polarización entre ambas facciones donde están cada vez menos dispuestas a debatir. Ambas tienden a la radicalización, y peor aún, a elaborar juicios de valor de la otra facción desde un punto de vista maniqueo: yo soy bueno, tú eres malo.

    Por ejemplo, hace pocos días apareció un video de un pastor evangélico que se presentó en un programa de televisión en Chile y en el cual dicho pastor, enfrente del conductor abiertamente homosexual, sacó de su saco una bandera del colectivo LGBT para utilizarla como tapete, era la «bandera de la inmundicia». Lo que hizo naturalmente fue una grosería, el conductor visiblemente molesto le pidió que la quitara, y al final el pastor decidió abandonar el programa.

    Ante tal hecho, muchos progresistas señalaron: ¿ven? los religiosos conservadores son unos intolerantes, son reaccionarios que están llenos de odio y no quieren progresar. Hablan de amor y de Dios y sólo se la pasan discriminando por doquier. ¡Que se regresen a la edad media!

    Pocos días después, ante la llegada del «autobús de la libertad» que ha sido llevado a varios países por grupos conservadores para defender lo que ellos llaman la familia natural y que el Estado no les imponga la ideología de género a sus hijos, un colectivo LGBT visiblemente radical vandalizó el autobús. Lo rayaron, le pusieron calcomanías y gritaron consignas. Y ante esto fueron los conservadores los que señalaron: -Miren, ahí están los LGBT, no sólo quieren depravar y pervertir a la sociedad, son unos intolerantes, están llenos de odio y resentimiento-.

    Tanto los progresistas y los conservadores se acusan de lo peor, ambas posturas pregonan la tolerancia, pero por el contrario, ambas facciones son cada vez más intolerantes que sus opuestos. La creciente intolerancia no es tanto una manifestación de su postura política per sé ni es consecuencia de sus paradigmas sino que más bien los trasciende. La intolerancia entonces tiene más bien poco que ver con los valores que pregonan y mucho que ver con una actitud donde actúan como si fueran tribus, donde quienes están dentro son bienvenidos y quienes están fuera se convierten necesariamente en sus enemigos. Ese tipo de exclusión es el mismo que justificó los más atroces genocidios en la historia de nuestra especie. 

    Se niegan a debatir, se excluyen, se etiquetan. Ambas facciones se acusan de no respetar la ciencia, la biología, el sentido común. Se acusan de complots, de imposiciones. Todo lo ven como un ataque, todo es «un ataque a mis valores», no son ni siquiera capaces de confrontar sus ideas, de escuchar por qué el otro piensa como piensa. 

    Tergiversan de la palabra «tolerancia» porque sólo la utilizan cuando son atacados y no cuando atacan: eres intolerante cuando me atacas, pero yo no lo soy cuando te ataco porque «estoy defendiendo la tolerancia». Y cuando lo hacen, ambos creen que están haciendo un bien, porque se sienten atacados, y así entonces vemos cómo se forma un círculo vicioso.

    Nadie les dijo que tenían que estar de acuerdo, por el contrario, se asume que la democracia es conflicto y que por medio del conflicto, las posturas siempre podrán debatir y confrontar sus ideas para que el resultado de dicho debate derive en un estado de las cosas mejor. Eso no está sucediendo. 

    Así, en un mundo donde se habla de democracia, inclusión, solidaridad, integración, vemos como los individuos son cada vez menos capaces siquiera de sentarse a dialogar. Sus bienintencionadas banderas se vuelven inocuas e hipócritas ante sus actitudes. Ambos pregonan el amor por el prójimo, pero entre varios de ellos, pareciera sólo valer como prójimo aquel que pertenece a su tribu.

    Y así, tenemos una sociedad cada vez más polarizada y desintegrada. No es culpa de la doctrina ideológica del otro, sino de las actitudes propias. 

  • Enrique Peña Nieto y la espadita

    Enrique Peña Nieto y la espadita

    Enrique Peña Nieto y la espadita

    En Guadalajara, Enrique Peña Nieto amenazó a quienes sugirieron (con pruebas) que el gobierno había espiado a periodistas y activistas. Quienes hicieron esa «sugerencia» no sólo fueron los propios afectados u organizaciones civiles que no sólo residen en nuestro país, sino The New York Times, quien publicó el escándalo en primera plana. 

    La amenaza fue clara y no se puede prestar a interpretaciones:

    Espero que la Procuraduría General de la República, con celeridad, pueda deslindar responsabilidades, y espero, al amparo de la ley, pueda aplicarse contra aquellos que han levantado estos falsos señalamientos contra el gobierno. 

    Y si se trató de un error, es lo suficientemente grave y notorio para considerarse como cualquier «error humano». Es muy grave, más en un contexto de un país sumido en la violencia donde el ejercicio del periodismo es un deporte de riesgo.

    ¿Qué pasó después? Que Presidencia dijo que se habían «malinterpretado» las palabras de Peña Nieto, que eso no era lo que quería decir. Pero no pidieron disculpas a los afectados ni a la sociedad civil, ni a la sociedad en general, sino a Azam Ahmed, el periodista de The New York Times, a quien le aclararon que Peña Nieto nunca los había querido amenazar.

    Así, el gobierno trató a los medios extranjeros como de primera, y a los medios mexicanos, a los activistas y periodistas afectados, como de segunda clase. Fue hasta más tarde, en una entrevista, que Peña Nieto aclaró ante los medios que se había tratado de una «mala interpretación» y que eso no era lo que había querido decir:

    También, como se ha mencionado mucho en redes, es inaceptable que Peña Nieto relativice el hecho al decir que a él lo llegan a espiar como si se tratara de algo común y cotidiano, y que los espiados no se vieron afectados (cosa que sí sucedió como relató Juan Pardinas con relación a su matrimonio). Pareciera que el mensaje que quiso decir fue: «sí, los espiamos, pero tranquilos amigos, el espionaje es algo muy común, a mí también me han espiado, entonces todos en paz».

    Peor aún, Peña cerró toda la posibilidad para que un organismo independiente investigue. Dice haber dado indicaciones a la PGR, misma institución en la cual los afectados habían hecho sus demandas anteriormente y que nunca se les atendieron. 

    El Gobierno está urgido de hacer un lado este tema. La mayor parte de la opinión pública (con excepción de la que está ahí para servir a su gobierno) está en su contra y el encono es cada vez más grande.  

    Es tan grande, que a Peña Nieto ya no se le da el beneficio de la duda, su palabra ya no cuenta. Si su palabra no reafirma lo que se supone, entonces ya no tiene validez alguna. 

    Y tienen razón para estar enojados, porque con lo sucedido, todos los periodistas y activistas se sienten amenazados. Saben que pueden ser espiados y saben que información suya puede ser utilizada en su contra. Saben que su derecho a la libertad de expresión y libertad de prensa no está garantizado. Saben que todos los que están involucrados en temas de corrupción o cuya tarea es vigilar al gobierno son un objetivo de éste último. Como lo mencioné en el artículo pasado, este tipo de actividades es propio de gobiernos autoritarios como el de Rusia o el de Corea del Norte. 

    Lo que sorprende es que Peña Nieto se sorprenda. O posiblemente está fingiendo que está sorprendido.

  • Peña Nieto y la Lupita

    Peña Nieto y la Lupita

    Peña Nieto y la Lupita

    Resulta que, de acuerdo a The New York Times, el gobierno mexicano espió a varios periodistas y activistas. Casi todos ellos opositores al régimen. Compraron software a una compañía que solo lo vende a los gobiernos. Al parecer, el espionaje no fue tan sofisticado porque pues todos nos dimos cuenta.

    El software insertaba malware en los teléfonos celulares de los espiados de tal forma que cuando vieran un SMS o mensaje aparentemente inofensivo su teléfono se infectara y así los espías no sólo tuvieran acceso a sus contactos, correo, agenda y demás, sino que podían activar la cámara o el micrófono no sólo cuando el espiado usara el teléfono, sino en cualquier momento. Así, los espías podían escuchar cualquier conversación que tuvieran, una comida, una plática con la familia.

    Los espías podían averiguar así quienes eran sus contactos así como sus intenciones. Incluso podían conocer su vida personal para así amedrentarlos, podían saber cual era su talón de aquiles. 

    Entre las personas espiadas se encuentran Carmen Aristegui, su hijo Emilio, Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas, Daniel Lizárraga, Salvador Camarena, entre otros. Que Loret de Mola se encuentre dentro de los espiados podría deberse a ciertos delirios del presidente Peña Nieto quien posiblemente ya no confía en casi nadie. 

    Mientras el discurso de la élite política es la dictadura fallida de Venezuela y cómo es que con López Obrador nos convertiríamos inevitablemente en algo similar, aquí se violan derechos básicos como la libertad de expresión. Porque tengo que decirlo, este tipo de espionaje es propio de dictaduras. El hecho por sí mismo vulnera la democracia y la pone en entredicho. Nuestros gobernantes siguen insistiendo en Venezuela, que hay que denunciar lo que pasa allá, pero hay que callar lo que pasa aquí.

    Lo que más me llama la atención es que la oposición brilla por su ausencia en este tema, los que se supone deberían de ser un contrapeso no han emitido declaración alguna. Ahí están los periodistas defendiéndose solos. Como lo señaló Juan Pardinas del IMCO (uno de los espiados) «somos los nuevos enemigos del Estado». El enemigo parece no ser solamente el Gobierno Federal sino toda la clase política cómplice con su silencio.

    Los periodistas intentan hacer ruido para que la prensa en la medida de lo posible tome nota. Los medios digitales, más independientes, replican inmediatamente el caso; los más «tradicionales» intentan ser más discretos aunque el escándalo es lo suficientemente grande como para no abordarlo. Mientras en Estados Unidos el escándalo es primera plana, en nuestro país se intenta que la nota sea lo más irrelevante posible. 

    El gobierno, de forma casi cínica, responde y dice que no espió a nadie cuando todo está bien documentado. Peña Nieto habla en la cumbre de la OEA, también de forma casi cínica, de la libertad de expresión y de la democracia, mientras su propio gobierno vulnera sus principios más importantes: la libertad de expresión y la libertad de prensa. 

    Mientras desaparecen periodistas (algunos víctimas del narco, o incluso de gobernadores) el Gobierno Federal no sólo no les garantiza seguridad ni hace nada por ellos, sino que los espía, los vigila, los amedrenta. Carmen Aristegui tenía la razón al indignarse: ¿cómo se le puede ocurrir al gobierno de Peña Nieto a espiar a un hijo suyo, quien ni siquiera es mayor de edad?

    Nos tendríamos que preguntar si podemos seguir considerando a México una democracia funcional: una clase política se representa a sí misma, el regreso de las elecciones fraudulentas, gobiernos que espían o amedrentan, periodistas a quienes no se les puede garantizar la libertad de prensa. Si bien, Venezuela está peor que nosotros (sobre todo por el estado de su economía) creo que nuestra clase política está perdiendo autoridad moral incluso para denunciar lo que está pasando en ese país. Hacerlo es un acto de cinismo cuando en México no son capaces de garantizar derechos elementales. 

    Preocupados en el discurso por el ascenso de López Obrador, ellos mismos llevan a cabo en la práctica todas esas amenazas que alertan, el deterioro institucional, el autoritarismo, la falta de libertad de expresión. La democracia y el Estado de derecho se están pervirtiendo, pareciera que vivimos un retroceso, como si el gobierno aspirara a restaurar la hegemonía (abra el Spotify y póngale play a la Marcha Imperial de Star Wars) bajo la cual vivió durante varias décadas.  

    Pero hasta López Obrador calla y se mantiene en silencio. 

    Y nos dimos cuanta que ciudadanos tenemos que representarnos solos. Peor aún, el gobierno pretende acorralarnos cada vez más. Parece que tendremos que construir nosotros lo que asumimos que ya estaba construido.

  • Mi primera vez en un mitin de López Obrador

    Mi primera vez en un mitin de López Obrador

    Fotografía de autoría propia.

    Nunca había visto a López Obrador en mi vida, anunciaban que vendría a Guadalajara, así que, por curiosidad, unos amigos y yo decidimos ir a verlo. Esta fue mi experiencia:

    Llegué pasadas las 6 de la tarde, hacía un calor terrible. Le había dicho al chofer del Uber que me dejara en la esquina donde estaban todos los camiones. Caminé varias cuadras sobre avenida México para llegar al lugar. Contaba decenas de camiones para transportar a los acarreados (muchos, seguramente, de ciudades del interior) algunos invadían la ciclovía. Los acarreados eran gente muy pobre, el escenario era una calca de lo que pasa en los mítines del PRI pero con menos presupuesto, MORENA también lucra con los pobres al igual que lo hacen los priístas, fue lo primero que me dije.

    Me quedé de ver con mis amigos en la esquina de Avenida México y Avenida Chapultepec, donde había más camiones aún. Una señora, molesta porque el camión que la llevaría a su casa no podía pasar debido a la aglomeración, me dijo: -Pinches güevones esos, que mejor se pongan a trabajar. Mis amigos y yo estábamos impresionados de la cantidad de gente pobre que habían acarreado en los camiones, uno de ellos me dijo: -Si algo me encabrona del PRI y de MORENA es la forma en la que utilizan y lucran a la gente que no tiene recursos. Asentí. 

    Ya que nos vimos todos, nos integramos al mitin. Antes de que López Obrador hablara, estaban nombrando a quienes firmaban el «Acuerdo por la Prosperidad y el Renacimiento de México». En el estrado estaban personajes de peso, no todos con muy buena reputación. Firmaron dicho documento empresarios como el dueño de Dulces de la Rosa (cuyos dulces son muy populares en mi ciudad) y que se había integrado al partido; también estaban políticos  ligados a López Obrador, líderes sindicales y hasta deportistas. 

    Coincidía con uno de mis amigos que esta puesta en escena rememoraba al PRI de los setenta que podía amalgamar dentro de su partido a los más rojillos junto con los empresarios y líderes de diversos sectores. No encontré muchas diferencias con respecto a los mítines del PRI que tanto les indigna, excepto que el partido está representado por un líder carismático. Pero ahí estaba todo lo demás, camiones con gente pobre a los que seguramente les pagan por llenar el escenario, banderas, gorras. 

    Los organizadores animaban al público, les decían que gritaran «es un honor con López Obrador» y los hacían cantar la canción de MORENA. Además de los acarreados habían varios que habían ido por su propio pie. Ellos eran los más enjundiosos, los que gritaban y coreaban más, los más «comprometidos con la causa». 

    Y entonces inició el «concierto»: López Obrador empezó a hablar. El público que estaba en mi zona estaba molesto porque quienes integraban la prensa tapaban la vista y la gente no podía ver a Andrés Manuel. Ante los abucheos, ellos se agacharon. Así, la gente ya pudo ver y admirar al líder de las izquierdas.

    ¿Qué dijo López Obrador? Lo mismo de siempre. Repitió las frases de cajón que repite toda su gente: «la mafia del poder», «soy peje pero no soy lagarto», «el PRIAN», «todos los partidos son lo mismo, MORENA es diferente», «yo soy de esas aves que no se manchan al cruzar el pantano». Habló del fraude electoral del Estado de México, que Del Mazo es primo de Peña Nieto, que Yunes esto, que Peña Nieto aquello, que ellos son los únicos que votaron contra el gasolinazo. Que no conoce a Chávez ni a Maduro (aunque la secretaria general de Morena Yeidckol Polevnsky, que estaba ahí presente, simpatiza y defiende al régimen chavista). Se trataba del mismo discurso tramposo y simplón donde él se asume como el bueno, como el redentor que por su sola voluntad acabará con la corrupción. Por eso es que el discurso es lo menos relevante de toda esta aventura. 

    Con un tono de voz que a mi parecer se me hace irritante y a veces algo monstruoso, López Obrador arremetía, señalaba con enjundia, el público aplaudía y coreaba ¡Obrador, Obrador! Yo estaba harto, escuchar a AMLO se me hace algo muy tedioso y cansado. 

    Lo que rompió el hielo de un mitin predecible fue que un grupo de ciclistas desnudos intentó seguir su ruta por la avenida donde se llevaba a cabo el evento. El público se indignó por ello. Uno de los simpatizantes de López Obrador le pegó en los testículos a un ciclista con su bandera, una ciclista respondió: – y así quieren que les demos su voto.  Uno de mis amigos comenzó a gritar (estaba bromeando) que eran infiltrados del PRI y varios del público (creyéndolo en serio) gritaron lo mismo, creyendo que eran priístas que se habían metido al mitin para causar desmanes. 

    Después de eso, poco antes de que terminara el evento, nos fuimos. Así terminó la aventura de la visita del líder más importante del país, un líder que atrae mucha gente pero que trae consigo poca sustancia. Los suyos lo siguen.

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  • Tal vez no era culpa de Televisa

    Tal vez no era culpa de Televisa

    Tal vez no era culpa de Televisa

    Durante muchos años, se repitió hasta el hastío que la misión de Televisa era ser un «brazo» del gobierno cuyo objetivo era mantener a la gente en estado de ignorancia por medio de contenidos burdos y banales. Así, decían, la gente no se rebelaría contra el gobierno.

    Varios años después, en épocas de una Televisa casi agonizante que ha dejado de ser referencia informativa para la mayoría de los mexicanos, aparece esta joven que se hace llamar La Mars y quien decide dejar la prepa.

    Se crea un intenso debate en Internet sobre si la decisión que esta irresponsable chica había tomado era la acertada, hasta algunos opinadores medio de prestigio le entraron al debate que creó más opinión que, no sé, cómo reformar las instituciones electorales después del cochinero del Estado de México.

    La Mars será ignorante o irresponsable pero no tonta. Logró que todos hablaran de ella. Hizo de su apellido una marca. Los curiosos buscaron información y videos y gracias esa fama momentánea, fue invitada a algunos programas de televisión. 

    Acto seguido, La Mars sube un video donde se mete un condón por la nariz y se lo saca por la boca. Hizo que todos hablaran de ella; algunos, que presumen ser expertos de «temas que sí importan» los dejan de forma temporal a un lado para concentrarse en el morbo. ¡La Mars metiéndose un condón por la nariz! Observan el video una y otra vez, dizque para criticar e indignarse, no es la indignación de lo vulgar, es el morbo. En dos días, el video ya tiene 200,000 visitas.

    La Mars ya es famosa, logró explotar el morbo de los usuarios, si es lo suficientemente inteligente creará contenidos donde lleve a cabo actos frívolos y morbosos por medio de los cuales todos estén pegados a sus pantallas.

    La Mars hizo lo que se decía que Televisa hacía siempre, crear contenido basura para mantener distraídas a las masas. 

    Y ni siquiera lo hizo con ese objetivo. Tal vez de forma inconsciente, ella logró darle a la gente lo que pide, y se los dio. 

    Tal vez no era culpa de Televisa. Tal vez es nuestra sociedad la que se siente atraída por este tipo de contenidos. Ella los demanda y por eso se los dan. 

  • Léelo antes de que linches a un millennial

    Léelo antes de que linches a un millennial

    Leelo antes de que linches a un millennial
    Fuente: State Farm / Flickr

    En los últimos tiempos se ha vuelto una moda linchar a los millennials. Se ha vuelto un deporte.

    Ciertamente, como ocurre con muchas generaciones, la de los millennials tiene defectos y rasgos negativos. Podrían criticarse o señalarse tales rasgos, pero atreverse a condenarla me parece un craso e irresponsable error, y explicaré por qué:  

    Se ha dicho que son unos buenos para nada, que no tienen ideales, que se la pasan pegados a sus gadgets, que son una generación perdida. Y se dice como si ellos fueran los culpables, como si ellos se hubieran puesto de acuerdo para condenarse a la autoperdición. 

    En esta tesitura, me llamó la atención la columna de Antonio Navalón donde dice que lo más que han llegado a hacer es crear filtros para Instagram; columna, que por cierto, generó una gran polémica. Navalón, como «adulto grande» (el pleonasmo es a propósito) condenó a los millennials categóricamente:

    Por eso los demás, los que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo.

    Antonio Navalón dice que su generación no quiere hacerse responsable del «fracaso que los millennials representan». Lo paradójico del caso es que fue su generación la que los crió y educó. Y no sólo eso, la suya fue la que les creó el mundo en el que viven, tanto en lo político, en lo social, como en lo tecnológico. Personas como Antonio Navalón pretenden ver a los millennials como algo ajeno a ellos cuando en realidad son producto de lo que su generación engendró.

    Si la generación de los millennials es tan vacía, lamentable y hasta catastrófica como los «adultos grandes» nos lo quieren pintar, entonces deberían ser igualmente estrictos con ellos mismos y responsabilizarse sobre el «monstruo que ellos engendraron». Ellos educaron a los jóvenes que se la pasan pegados a los smartphones.

    De la misma forma puedo hablar sobre el terreno político. No quiero de alguna forma justificar que, por ejemplo, los millennials del Reino Unido hayan sido lo suficientemente apáticos como para que ganara el sí al Brexit, pero también habríamos de preguntarnos si las estructuras políticas actuales (justo acababa de escribir un artículo sobre su relación con la política) son capaces de representar y comunicarse efectivamente con los millennials. Habríamos de preguntarnos si la apatía es una simple indiferencia o flojera de ellos, o si bien ellos se sienten ignorados por unas estructuras políticas ensimismadas y poco dispuestas a renovarse.

    Porque por ejemplo, es paradójico que en nuestro país se perciba una profunda apatía de los jóvenes cuando de salir a votar se trata, pero al mismo tiempo haya más jóvenes que nunca involucrados en organizaciones civiles y colectivos de participación ciudadana. Incluso, algunos de estos últimos forman parte de los primeros (participan activamente en temas ciudadanos pero no salen a votar porque no se sienten representados). 

    En el tema tecnológico y de emprendedurismo Navalón dice que la mayor aportación de los millennials son Apps y filtros de Instagram (ignora que Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, entra dentro de la categoría de los millennials). Ciertamente, los millennials tienden a ser más inestables cuando de empleos se trata y también son algo más indisciplinados que su antecesores, pero decir que no aportan absolutamente nada es un tremendo error que puede ser evidenciado fácilmente; e incluso algunos de dichos defectos parecen ir en consonancia con el entorno en que viven (y que crearon aquellos como Navalón que los condenan): por ejemplo, es casi un sinsentido esperar que un joven sea leal a la empresa donde trabaja como lo fueron los adultos cuando el mercado es muy cambiante y cuando ya ha dado por sentado que tendrá muchos trabajos a lo largo de su vida. 

    Así, los millennials son producto de su entorno y de sus circunstancias. Mientras los «adultos grandes» como Antonio Navalón se enclaustran en la nostalgia con el recurrente sesgo cognitivo de que lo pasado siempre fue mejor, los millennials, con todas sus virtudes y sus limitaciones, intentan crear un proyecto de vida dentro del mundo que sus antecesores les heredaron; ellos fueron los que les crearon este mundo posmodernista donde todos los simbolimos que les puedan dar una identidad son considerados constructos sociales; ellos fueron los que construyeron y diseñaron los gadgets a los que se la pasan pegados. Los grandes construyeron un mundo, y ahora se quejan de sus consecuencias. 

  • Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    Los millennials entrándole a la política

    El día de ayer tuve la oportunidad de discutir en una mesa de trabajo con varias personas expertas el rol que tenían los jóvenes, los millennials, dentro de la política.  Y creo que vale la pena hablar de eso porque los jóvenes de hoy son quienes en unos años más ocuparán los puestos de poder. 

    Siempre que queremos tejer una relación entre estas dos palabras (millennials y política) aparece un subproducto de estas dos llamado apatía. Se dice que los jóvenes son quienes menos quieren participar en asuntos políticos, sobre todo cuando tienen ese aroma tradicional de gente grande y rancia tratando de mover los hilos del poder; muchos piensan que «todos son lo mismo».  Pero hay una paradoja en todo esto, porque a la vez estamos viendo en nuestro país un vertiginoso crecimiento de organizaciones civiles y colectivos, cuyos miembros son en considerable medida jóvenes. Al final las ONG’s hacen política si nos apelamos al estricto significado de la palabra, sin que esto implique que se involucren en la política formal.

    Me atrevo a decir que parte del desprecio de los jóvenes por la política tradicional (o formal, partidista o como le quieras llamar) tiene que ver con la brecha generacional entre ellos y los políticos, así como la nula capacidad que tienen estos últimos para comunicarse con los jóvenes.

    Por ejemplo, los partidos políticos muchas veces consideran a los jóvenes como un accesorio o como un recurso operativo. Los jóvenes (cada vez menos) que entran a los partidos envueltos en un franco idealismo con el fin de hacer un cambio terminan pegando calcomanías, repartiendo folletos y bailando «despacito» en las calles para que la gente vote por su partido. Así mismo, los partidos políticos buscan formar cuadros con los nuevos talentos, pero no tanto para aprovechar esas energías y deseos de cambio de los jóvenes, ni para traer nuevas ideas, ni mucho menos con la intención de ir renovando paulatinamente al partido, sino para más bien adoctrinarlos con las ideas de los que ya están ahí.

    Al final, dar poder de decisión a los jóvenes y darles la libertad de que implementen sus nuevas ideas implica para los más grandes ceder poder, y lo que menos quieren ellos es cederlo. Y la mejor forma de integrarlos sin que eso represente una amenaza es el adoctrinamiento, que piensen igual que nosotros, que los jóvenes no se nos rebelen.

    Dicho esto, se entiende por qué hay muchos jóvenes en los partidos replicando los mismos discursos, apoyando las mismas plataformas obsoletas de los candidatos «grandes». Los jóvenes le hacen la talacha a los grandes y les aprenden en su afán de irse moviendo para poder aspirar a un puesto político.

    Los jóvenes entonces aprenden que un partido no es tanto una plataforma para darle rienda suelta a su idealismo sino una estructura donde pueden hacer carrera profesional para hacer dinero. Así, son menos los que entran para defender un ideal o para soñar con un México mejor que los que aspiran a obtener un puesto donde les vaya bien y tengan un buen ingreso. Son ellos en su mayoría quienes terminan conformando la «sangre fresca» de su partido, y por consecuencia vemos que despuésde algunos años, los jóvenes igualan, cuando menos, a sus antecesores cuando hablamos de actos de corrupción. Así, se entiende por qué los partidos han perdido de forma progresiva su ideario ideológico. 

    Peor aún, debido a esto, quienes ocupan los puestos importantes y trascendentales dentro del gobierno no son los más talentosos ni los que tienen las mejores ideas, sino el que «se supo mover», el que «se le pegó al diputado». Incluso siendo jóvenes, muchas veces no son los mejores, los que tienen mejores intenciones ni quienes tienen mejor preparación.

    Pero el problema no sólo está en la relación con los jóvenes que están dentro de los partidos, sino en la forma en que se comunican con los de fuera. Para muchos de los «grandes» los jóvenes (a quienes en muchos casos estigmatizan) son algo así como mocosos que le pican a eso del SnapChat. Los miran de arriba hacia abajo, los subestiman por su inexperiencia. Para comunicarse con ellos usan muchas etiquetas e intentan usar su lenguaje a veces sin entenderlo porque básicamente no lo entienden:

    Los partidos sólo intentan comunicarse con los jóvenes cuando las elecciones se acercan y cuando su voto importa. Los ven en términos de rentabilidad política y no como aquellos que podrían aportar con sus ideas, su frescura y su talento. Los jóvenes no son tan ingenuos como ellos piensan y no son seducidos tan fácilmente por los mensajes acartonados con los que los intentan persuadir. 

    Si bien los jóvenes entran progresivamente a los partidos y forman parte de ellos, como son adoctrinados y terminan emulando a los grandes, ni siquiera ellos son capaces de representar a los de afuera. Así la brecha entre los partidos políticos y los jóvenes (no afiliados) se torna abismal. Es decir, ni los jóvenes de adentro terminan de entender a los de afuera.

    Deberíamos preguntarnos entonces: ¿cómo podrían los jóvenes incidir en la política? ¿Cómo podríamos hacerla más atractiva para ellos tomando en cuenta que quienes conforman la política formal no son capaces de entenderlos? ¿Cómo decirles que la política es mucho más que burócratas ensimismados tomando decisiones en las que no los toman en cuenta?  ¿Qué mecanismos tienen disponibles los que realmente quieren incidir? ¿Tendrían que ingresar a las estructuras vigentes o tendrían que crear las suyas propias? ¿Deberían integrarse mejor a organizaciones civiles que buscan, desde la ciudadanía, incidir en lo político?

    Los jóvenes interesados en la política son cada vez menos y al mismo tiempo las oportunidades para que quienes sí quieran incidir lo hagan realmente son pocas. Eso no es una muy buena noticia si hablamos de renovar la forma de hacer política en nuestro país, y como vimos en las elecciones pasadas, las prácticas más añejas y rancias siguen ahí.