Autor: Cerebro

  • ¿Por qué soy liberal y no progresista?

    ¿Por qué soy liberal y no progresista?

    ¿Por qué soy liberal y no progresista?

    Quiero cerrar este conjunto de artículos que han ido enfocados a las críticas del postestructuralismo y el relativismo que ejercen influencia en el mundo moderno entendiendo que hay actualmente más cosas de las que hablar como la crisis de Venezuela, el acontecer político de México y demás. 

    Quiero cerrarlo, porque después de todo lo que he leído y vivido (con algunas experiencias no muy gratas), he llegado a la conclusión de que los términos «liberal» y «progresista» deberían de ser desvinculados. En realidad tienen poco que ver.

    El vínculo, creo, se hizo por el concepto que se tiene de «liberal» en Estados Unidos. Donde los liberales suelen ser demócratas que pueden ser, sí, liberales, pero que en muchos casos también son progresistas. Los liberales estamos más cercanos al centro político y los «progres» están más orillados a la izquierda. 

    Ciertamente, antes estaba inclinado un poco más a la izquierda, pero conforme fui creciendo y también como resultado de diversas experiencias (internas y externas) fue que he decidido considerarme de centro.  Eso no significa que me esté haciendo conservador. Por el contrario, las razones por las que he comenzado a rechazar el progresismo son parecidas a las razones por las que no simpatizo con el conservadurismo.

    Tampoco soy libertario, porque creo que serlo implica llevar la libertad a un punto muy lejano y utópico. Las libertades también deben tener ciertos controles para poder vivir de forma civilizada y los seres humanos debemos regirnos bajo ciertas reglas y normas, y aunque creemos que el papel del gobierno debe ser limitado, sí deben existir algunas regulaciones. Que sea liberal no significa que no me preocupe la desigualdad, y tampoco estoy en contra de todas las políticas de distribución de la riqueza, pero creo que la «igualdad» deja de tener sentido cuando la libertad se restringe de forma considerable y cuando dicha igualdad es artificial: un mundo igualitario donde todos tengan lo mismo independientemente de sus méritos no es igualitario en realidad.

    Los liberales y los progresistas podemos coincidir en temas como los derechos de las minorías (raciales, religiosas, de género o de orientación sexual) pero las razones por las que estamos de acuerdo con dichos derechos son muy diferentes.

    Los progresistas

    Los progresistas buscan «liberar» al individuo intentando eliminar todo aquello que dicen lo restringe. La mujer no es libre porque es oprimida por el hombre y entonces hay que eliminar cualquier manifestación de opresión. Los negros no son libres porque los blancos los reprimen. Los pobres son pobres por culpa de los capitalistas. En cuanto a la cultura y los derechos de las minorías, ellos recurren al concepto de interseccionalidad. Es decir, dicen que las categorías no actúan de forma independiente, sino que interseccionan en múltiples niveles. Por eso es que en los ensayos de académicos progresistas es común escuchar términos como «opresión del heteropatriarcado blanco capitalista»; porque dicen, la raza, la preferencia sexual, el género y la posición social inciden de forma simultánea. 

    Los progresistas victimizan a las minorías y, por tanto, postulan que se debe eliminar aquello que los mantiene en su condición de víctima. Para ello, aspiran a la intervención del aparato del Estado. Si la mujer o los negros tienen pocas oportunidades, entonces hay que crear políticas de acción afirmativa (o discriminación positiva) tales como las cuotas de género. También pugnan por la deconstrucción del lenguaje (porque afirman que hay que modificar el lenguaje para acabar con la opresión aunque eso implique despojarle de su utilidad para llegar a la razón), y pugnan por la corrección política que no es otra cosa que la coerción a la libertad de expresión en aras de evitar, dicen, la discriminación de las minorías.

    Ellos no creen en la libertad que los individuos tienen de educar a sus hijos de acuerdo a sus principios. Por el contrario, buscan que se implemente una agenda homogénea (cargada de corrección política y deconstrucción del lenguaje) porque creen que de esta manera acabarán con las relaciones de opresión de los privilegiados (hombres y heterosexuales) con los oprimidos (mujeres y homosexuales).

    Los liberales

    Nosotros buscamos liberar al individuo empoderándolo. Nosotros no negamos que existan relaciones de inequidad, pero creemos que más que eliminar al opresor debemos empoderar al «oprimido» para que abandone su condición (por eso podemos preferir políticas públicas como becas para estudiantes que políticas asistencialistas). Nosotros creemos en las libertades porque consideramos que todos los individuos son igualmente valiosos independiente de género, raza, religión, edad o preferencia sexual. No vemos al individuo como víctima porque eso implicaría subestimar y despreciar su potencial. Una víctima sólo lo puede ser en tanto se restrinja su libertad por medio de la coacción y la fuerza. Por eso, los liberales podemos estar de acuerdo con el combate al feminicidio o las alertas de género, dado que por su complexión física el hombre puede coaccionar a la mujer por medio de la fuerza; pero no estamos de acuerdo con las demás políticas de acción afirmativa porque así subestimaríamos su capacidad (que la tienen) de ponerse al mismo nivel de los demás. 

    Al ser liberales, respetamos los derechos y las opiniones de los demás aunque no simpaticemos con ellas. Estamos en contra de la corrección política porque es un método antidemocrático que busca imponer una nueva cultura sin que los individuos puedan disentir o dar su opinión al respecto. Eso no significa que «aplaudamos la discriminación abierta». Por el contrario, entendemos que la libertad de expresión tiene su límite cuando atenta contra la integridad de los demás. Por eso, estamos a favor de que se reprueben, y en su caso, se castiguen las expresiones abiertas de machismo (un insulto o una agresión) o la discriminación hacia un homosexual. Pero no estamos a favor de censurar a una persona que disienta ante temas como el matrimonio gay, o quien diga que la diferencia entre géneros no es meramente anatómica. Creemos que nuestras diferencias no deben de ser objeto de censura, sino de debate. Es mediante la argumentación cómo podemos tener una pelea con quien defiende una postura con la cual no simpatizamos, y no por medio de la censura. Porque al establecer que los seres humanos somos igualmente valiosos, quienes disienten también valen lo mismo.

    Los liberales también creemos en la persuasión. Creemos que aquellos que tienen conductas que limiten la libertad de los demás no son necesariamente conscientes de ello y no necesariamente obedece a una intención explícita de oprimir al prójimo, sino que puede ser derivado de la educación que recibió (entre otras razones), y por tanto, por medio de la persuasión se pueden lograr concientizar dichas conductas de tal forma que el individuo por sí mismo (y no por medio de la coerción) pueda modificarlas. Por eso es que nosostros usamos los términos «homofóbico» o «misógino» de forma menos frecuente que los progresistas. Sólo los utilizamos cuando hay una discriminación abierta e intencional. 

    Conclusión

    Los liberales no creemos en los dogmas. Las corrientes de pensamiento, ciertamente, son muy útiles para dar forma a nuestras convicciones (porque no se trata de creer en todo ni creer en nada), pero como los seres humanos nos sabemos imperfectos, y por tanto todas las corrientes son imperfectas, entonces éstas deben estar sujetas a la crítica, incluso el mismo liberalismo.

    Aunque no somos conservadores, no por eso ignoramos la necesidad de adquirir una escala de valores y principios que partan de la dignidad del ser humano. No tener una escala de valores nos conduciría progresivamente a la anarquía o a la pesadilla hobbesiana al regresarnos a nuestra condición salvaje. Sin embargo, los liberales, también partiendo de que existen unos valores universales, creemos que las «costumbres morales» no son rígidas y que deben irse replanteando con el tiempo echando de mano la sabiduría y el conocimiento. Los valores no deben deconstruirse arbitrariamente en tanto son consecuencia del progreso intelectual del humano a través de nuestra historia (vivimos en hombres de gigantes), pero también deben de quedar sujetos al escrutinio para crear una escala que corresponda con la etapa evolutiva de nuestra especie o de determinada sociedad. 

    De la misma forma, nosotros creemos en la verdad porque es imposible crear algo que tome como base algo que es falso. Por eso somos críticos de la posverdad que existen en ciertos círculos, tanto en el progresismo como en el conservadurismo que niega la ciencia. 

    Por eso es que creo que es necesario que se nos desmarque del progresismo. El progresismo no apela a la libertad, sino a combatir la inequidad reduciéndola. Nosotros deseamos más bien poder compaginar ambas cosas y que una se sirva de la otra.  Nosotros respetamos a los movimientos feministas, los LGBT+, los veganos o los ecologistas, pero rechazamos una imposición ideológica que reduzca nuestras libertades. Rechazamos también los juicios de valor y ataques ad hominem por tener alguna discrepancia: Por ejemplo, decir que se es asesino porque uno come carne, o que uno es machista u homofóbico porque alguna persona discrepa con la teoría de la performatividad de Judith Butler. 

    Todos los humanos valemos lo mismo, por eso es que debemos pretender la equidad, no la sumisión ni la venganza. 

  • Gordofobia

    Gordofobia

    Gordofobia

    El relativismo y la deconstrucción del lenguaje ha llegado a la panza. 

    Últimamente, he escuchado mucho el término «gordofobia»  por parte de personas que tienen obesidad y que se sienten rechazadas. 

    Tenemos aquí otra vez el concepto de la «victimización»: yo soy oprimido, por tanto, hay que combatir al opresor. Ahí está la categorización binaria: gordo-flaco, el flaco oprime al gordo, lo señala y se burla de él (dicen).

    Una persona con sobrepeso que se acepta a sí misma ni siquiera estaría preocupada por ello, no se sentiría oprimida. Hay gente con sobrepeso que se acepta sin ningún problema y es feliz.

    El odio a mí misma se esconde entre las palabras de mi padre y la sentencia de que me tengo que poner a dieta «por salud». Entre que los jeans no me cierran. En el no querer prender las luces con mi pareja: María.

    Quien denuncia la gordofobia es alguien que no termina aceptar su condición de sobrepeso; las críticas le afectan, que le digan que tiene sobrepeso tiene una incidencia negativa sobre su autoestima. María narra y denuncia la gordofobia: Ella dice: «No soy gorda, tengo gordura», lo cual es correcto porque apelando a la metafísica una persona no es gorda, lo está, su gordura no la define: la gordura es el accidente, la esencia es la persona misma. La articulista también acierta cuando dice que a la mujer la señalan más por su gordura que al hombre, y ahí existe una situación de inequidad. Pero ella puede hacer algo, y no quiere. 

    Solo espero que mi amor propio pueda más que el odio a mi cuerpo que me inculcan en mi familia y en los medios: María.

    Primer problema: Ella aspira, por medio de la corrección política, a que se inhiba la libertad de expresión para que nadie le haga un señalamiento por su gordura; de esta manera, busca no verse afectada emocionalmente. La culpable de su baja autoestima, piensa, no es su gordura, mucho menos ella, es su familia y los medios, ellos son los opresores: ¡Tú papá, tienes la culpa de que yo me sienta mal con mi peso! ¡Tú, televisión, tienes toda la culpa, me oprimes porque las modelos de la TV no son gordas y yo sí! ¡Quiero leyes para que las modelos estén gordas y no me sienta discriminada!

    Ciertamente, nadie puede decirle a María qué hacer con su cuerpo, Pero ella tampoco podría culpar a sus padres de una realidad que ella puede cambiar. María tiene dos posibilidades:

    • Aceptarse con sobrepeso. 
    • Bajar de peso.

    Ambas opciones le implicarían un esfuerzo (y tal vez dinero). Para lo primero tal vez tenga que ir con el terapeuta para resolver los conflictos psicológicos que su peso le generan. Para lo segundo, con un nutriólogo y tal vez pagar la membresía de un gimnasio. 

    Pero la idea de que somos personas más allá de nuestros cuerpos y que nuestros cuerpos son hermosos, así como son, tiene que brillar más fuerte que ese odio: María.

    Segundo problema, y tiene también que ver con la corrección política. Ella quiere que le digan que su cuerpo es hermoso. Si yo la viera, si no se me hiciera hermosa y si le dijera «hermosa» me convertiría en un hipócrita, sería incluso injusto con ella porque haría que su autoestima se basara en una mentira. Por más que algunos pretendan deconstruir el lenguaje para que María se sienta hermosa, la realidad objetiva es que yo, desde mi punto de vista (subjetivo), no considero que su cuerpo es hermoso. La realidad objetiva es que yo me voy a comportar con ella de acuerdo a la valoración que yo hice de su belleza en mi mente (podría ser injusto hacer un juicio categórico de María con base en su sobrepeso y eso tal vez me convertiría en una persona superficial, pero tanto hombres y mujeres, incluso a nivel inconsciente, hacemos evaluaciones de nuestros semejantes).  Podré decirle hermosa «porque es políticamente incorrecto decirle que no lo es» pero tal vez su aspecto físico incida en mi decisión de cortejarla o no cortejarla. A María la van a seguir rechazando de los trabajos donde el sobrepeso sea un problema (a menos que exija leyes de «acción afirmativa» como «cuotas de gordura» donde un porcentaje de los contratados tenga que ser gordo para no discriminarlos). 

    Tercer problema, al promover una cultura para que la «gordofobia» sea políticamente incorrecta y los gordos no se sientan discriminados, se está promoviendo un estilo de vida poco saludable. Ya de por sí los niveles de obesidad en México y otros países son alarmantes. Así como es grave que los medios promuevan un prototipo de mujer que induzca a la anorexia y la bullimia, también lo es lo contrario, decir que hay que defender a la gordura y que es políticamente incorrecto sugerir que bajen de peso por su salud. 

    Es decir, María se sentirá bella por afirmaciones que recibió y son falsas, al tiempo que tendrá más posibilidades de contraer diabetes e incluso de ser candidata a un marcapasos. Vivirá en una mentira y con problemas de salud. Quienes le alertan por el sobrepeso, a su vez, estarán censurados por la corrección política. 

    No puedes intentar controlar todo tu entorno porque crees que eres víctima de él, menos aún cuando tienes opciones a la mano para resolver tu problema. Ese es el problema con las corrientes ideológicas de extrema izquierda que dicen proteger y luchar por las minorías, sólo terminan atrofiando la iniciativa y la voluntad propia de la gente.  ¿Para qué quiero tratar mi problema por mí misma, si mejor puedo pedir al Estado que me proteja y crear una cultura para que nadie se atreva a hablar de mi sobrepeso?

    También se ignora que el ser humano no es unidimensional sino que tiene varias dimensiones. La gordura no la define, pero a veces siente que sí lo hace lo cual incide en su comportamiento. La gente puede hacer un juicio negativo por algún rasgo nuestro (vaya, no somos perfectos y no le podemos gustar a todo mundo), puede que no seamos físicamente atractivos, puede que no tengamos una complexión fornida, pero quien se encuentre «en desventaja» puede jugar otras cartas. Tal vez María sea gordita, pero también puede tener una gran capacidad para conversar lo cual le da una ventaja. 

    Duele decirlo, pero la gente tiene todo el derecho de construir una idea sobre tu persona de acuerdo a su percepción. No tiene derecho a insultarte y a no degradarte deliberadamente como persona, pero sí tiene derecho a pensar lo que quiera de ti. 

    Y vaya, entiendo la gordura de María. Yo vengo de bajar 30 kilos. Estuve bastante más gordo que ella. 

    *He decidido mantener el anominato de quien llamo María, quien escribió un artículo en el que me basé para hacer esta crítica. 

  • No, no es todo el feminismo. Así no es el feminismo

    No, no es todo el feminismo. Así no es el feminismo

    No, no es todo el feminismo. Así no es el feminismo

    No, no es todo el feminismo. Concuerdo. Señalar las incongruencias de una corriente feminista y decir que todo el feminismo es así es hacer que muchas mujeres, muchas que buscan la equidad de género, paguen los platos rotos.

    Comencemos pues:

    Hace unos meses me molesté en leer a Simone de Beauvoir, aquel libro llamado «El Segundo Sexo» que tiene más de 800 páginas. Quería entender el feminismo y cuando leí dicho libro quedé impresionado. Ningún libro a la fecha me había hecho sentir tanta empatía por la mujer. Podré tener algunas diferencias en algunos aspectos, pero fue un libro tan provechoso de una mente tan inteligente y brillante como la de Beauvoir.  Sugerí que todas las feministas. las mujeres y los propios hombres lo leyéramos. 

    Hace unos días estuve toda la tarde de malas por el caso de Isabela Otero. Me dolía que un piloto violador y machista intentara abusar de ella y que muchos actuaran como cómplices para que el crimen quedara impune. Me enojé porque la reacción de algunos fue de «maldita feminazi» «tú te lo buscaste». 

    Soy parte de una familia donde mi mamá y mis hermanas trabajan, y a las cuales defendía cuando era más chico para que las dejaran salir al antro. La gran mayoría de mis primas trabajan, la gran mayoría de mis amigas son independientes, he tenido jefas de trabajo mujeres de quienes he aprendido mucho y a quienes les agradezco mucho. Prácticamente todas las mujeres que conozco tienen su propia vida.

    Yo no fui educado en un ambiente donde la mujer tenía que obedecer al hombre, incluso me enseñaron a respetar a las mujeres. 

    El día de hoy recibo adjetivos como: machiprogre, machista, «feminista light», me acusaron de «mansplanning».

    No, no soy machista, no me queda el saco.

    Me sugieren (sugerencia a la de a hüevo) no criticar al feminismo, porque no es mi lucha. Me dicen, que nosotros sólo tenemos que observar, que el hombre puede ser solo aliado y no feminista. Lo que consiste en echar porras (no muy fuerte para no opacarlas) y no opinar.

    ¿Echar porras y no opinar? ¿Venezuela? ¿Corea del Norte? ¿La URSS? ¿Dónde escuché eso? Claro que ante esa actitud sí me voy a alertar. 

    ¿Cuál fue el pecado?

    Defender a una mujer, a Paola Espinosa, para que se respetara su derecho de decir que «ser madre era su mejor medalla» porque algunas «feministas» o pseudofeministas (lo expresé así para dar a entender que no estaba generalizando ni afirmando que el feminismo en su conjunto era así) la atacaron a ella y a la marca Gatorade por replicar en un póster lo que Paola dijo.

    Es cierto que el feminismo es una lucha de las mujeres y que nadie les puede imponer cómo es que deben de dirigirse.

    Pero estoy absolutamente en desacuerdo con eso que algunas personas dicen (entendiendo que también hay hombres que se asumen como defensores de la causa) que el hombre no pueda opinar ni hacer una crítica del feminismo o de alguna corriente del feminismo. Es tan absurdo como decir que la mujer no puede opinar del hombre porque no es hombre.

    ¡Por supuesto que las mujeres pueden decir y hacer las críticas que quieran de nosotros! Y si asumimos que lo que se busca es la equidad de género, entonces nosotros también podríamos opinar y hacer crítica del feminismo. Porque si bien no es nuestra causa como tal, la piedra angular del feminismo tiene que ver con la relación entre el hombre y la mujer, también trata de nosotros.

    Y sugerir no es imponer porque ellas tienen la libertad de aceptar o no nuestras sugerencias o críticas.

    Las críticas construyen. Son los juicios de valor, la denigración, los ataques los que no construyen. Y creo que como seres humanos civilizados sabemos o deberíamos saber que atacar o denigrar, se trate de quien se trate (feministas, gays, religiosos), es moralmente reprobable. 

    Me dicen que soy machista porque «no me doy cuenta de mi machismo» dado que estamos culturalmente condicionados; pero luego me dicen que si me quiero subir «tren del mame» revise mis privilegios (y si no, también). Si dicen que hay algo oculto que no puedo ver, ¿cómo puedes pedir a alguien que revise algo de lo que no es consciente? ¿No es más fácil que las mujeres nos digan que tal actitud les molesta o que ciertas conductas hacen que no se sientan valoradas o las limitan? Creo que entendiéndolas a ellas podríamos entender qué conductas podemos tener internalizadas si es el caso.

    Pero algunas personas piensan que quienes son feministas no tienen «la obligación de informar al hombre», y a la vez dicen que no podemos entender el feminismo porque tenemos que ser mujeres para hacerlo. 

    ¿Entonces cómo le hago? 

    Piden que seamos empáticos pero no pueden serlo con nosotros. Mujeres y hombres adheridas a esta corriente del feminismo no están dispuestos a explicarnos. ¡Investíguenlo ustedes! Me dicen.

    Entonces ya me siento perdido, ¿la lucha es por la equidad de género o es una venganza de la mujer que fue sometida históricamente y ahora los hombres nos tenemos que someter? Porque a mí me queda claro que en un estado de equidad de género, ambos géneros deberían poder emitir críticas, debatir, dialogar y retroalimentarse. 

    ¿Cómo me puedo o pienso adherir a una causa donde no me siento bienvenido porque sólo puedo aplaudir y bajito? ¿Cómo puedo motivarme a entenderlas si me dicen que soy machista por default (aunque sea a nivel inconsciente o no me de cuenta)?

    ¿Cómo le hago para adherirme a una corriente si ésta parece que en vez de luchar contra el machismo va directo contra el hombre? Porque parece que no hay ni siquiera el beneficio de la duda. Somos culpables por el simple hecho de ser hombres. Los hombres nacimos con una suerte de «pecado original patriarcal». 

    ¿Acaso los hombres que no somos machistas tenemos la culpa de lo que hacen o hayan hecho otros hombres?

    Si me echo un clavado, leo sobre filosofía, leo opiniones a favor y críticas y llego a la conclusión de que esa corriente del feminismo parece estar cooptada por una ideología de izquierda creada por filósofos posestructuralistas que es irracional desde una postura epistemiológica, cuya metafísica es extremadamente relativista, y que asume que hay un eterno conflicto dentro de las categorías binarias (Derrida) tales como hombre-mujer, blanco-negro, y sí, burguesía-proletariado. Si llego a esa conclusión y le digo a un defensor o defensora de esa corriente que por naturaleza incita a la división y al autoritarismo (y que en muchos casos no la conoce y no se percata de ello). Si hago eso y me preocupo, ¿cómo les puedo decir eso sin que se sientan ofendidas o juzgadas, ya sea para que se den cuenta o para que me den su punto de vista y me digan que estoy en el error? ¿Cómo les puedo decir que la crítica que quiero hacer no tiene el fin de relegar a la mujer, sino que temo que aquello pueda desprestigiar su movimiento? ¿Cómo les puedo decir que esa observación no tiene por ningún motivo desacreditar la lucha de la mujer ni hacerla sentir menos capaz?

    ¿Cómo puedo debatir sin que se tome como un juicio de valor y reciba juicios ad hominem como me sucedió hoy con un conocido que dice ser «feminista» que me dijo que era un ser despreciable (por mi comentario de Paola Espinosa) para que después me borrara del Facebook? Si yo creo en la libertad, en la tolerancia y en el intercambio de ideas ¿cómo podemos construir una relación así sin que haya sospechosismos ni todo se interprete como un ataque?

    La respuesta será: tú no eres mujer, sólo las mujeres entendemos el feminismo, ergo, tú no entiendes el feminismo.

    Y comprendo muy bien que los hombres no entendamos muchas cosas de las mujeres y a veces podemos tener problemas para entender sus sentimientos y sus frustraciones, pero eso no quiere decir que no pensemos. Por el contrario, las opiniones externas a veces son muy buenas. Yo, como muchos, creo con firmeza que la mujer no tiene ninguna limitación intelectual (como se llegó a sugerir hasta hace algunas décadas) y tienen la capacidad de discernir entre una crítica constructiva y una crítica que busca atentar contra ellas. 

    Y repito, ellas son libres de tomar o no las opiniones o comentarios que hagamos e incluirlos o no a su movimiento. Los seres humanos somos libres, por lo tanto, ellas son libres. Igual que los hombres somos libres, y cómo ellas, tenemos garantizada la libertad de expresión. 

    Y creo que el discurso puede crear una trampa (aunque no lo haga a propósito). Y esa trampa es pensar que las críticas son necesariamente manifestaciones de una resistencia natural ante la causa:

    Entendemos que una causa social generará, por defecto, resistencia. A muchos hombres no les fue grato ver que las mujeres empezaran a crear sus proyectos de vida, pero con el tiempo esas resistencias fueron cediendo. Pero con esta corriente no parecen romperse dichas resistencias de forma progresiva; por el contrario, lo que vemos es una polarización cada vez mayor. Los discursos excluyentes sólo dan alimento a los grupos de derecha y ultraderecha como Alt-Right para darle fuerza a sus movimientos. Entonces el peligro es doble, porque además de lo que alertamos, tenemos grupos de extrema derecha que toman fuerza. 

    Y si lo alertamos no es porque seamos antifeministas. Sino por el contrario: reconocemos todos los logros del feminismo, desde las sufragistas, las que lucharon para que la mujer accediera a puestos de trabajo, a puestos políticos, a puestos de poder. Por eso nos preocupa, porque el feminismo ha hecho mucho y entendemos que todavía no llegamos a la equidad de género a la que debemos ambos géneros aspirar, y creo que estas corrientes deslegitiman la causa.

    Y lo hacen porque no todas las personas están dispuestas a discernir la información y muchos pueden crearse la idea de que todo el feminismo es radical y excluyente, que todo el feminismo concibe a la mujer como la víctima del heteropatriarcado, cuando lo que deberían ser no son víctimas, sino mujeres que se la crean, salgan y muestren que no existe razón alguna para que queden en desventaja ante el hombre.

    No es casualidad que sólo leí la palabra patriarcado como cinco veces en el Segundo Sexo de Simone de Beauvoir que tenía como 800 páginas mientras que en un paper o ensayo de esta corriente del feminismo puedo leer el término patriarcado o heteropatriarcado como veinte. Yo me quedo con la mujer de Beauvoir, la que es capaz, la que rompe cadenas, la que puede formar con el hombre equipo donde ambos estén al mismo nivel. 

    Yo soy hombre, pero no sólo somos los hombres los que vemos con preocupación esto. Por el contrario, son muchas mujeres las que ven con recelo estas corrientes. Y no, no son necesariamente conservadoras ni mucho menos sumisas o reprimidas. Muchas de ellas ni siquiera dependen de un hombre, son independientes y tienen una vida hecha. ¿Lo que tienen que decir ellas no cuenta? ¿No es más fácil escucharlas que decir que están condicionadas por el patriarcado como algunas personas sugieren?

    Si se aspira a la equidad de género hay que sumar, no dividir; incluir, no excluir. Si excluyen, perderán la oportunidad de generar un cambio en muchos hombres. Por el contrario, sólo lograrán que refuercen sus creencias. Ya lo estamos viendo, los resultados son claros.

    La lucha debería ser por la mujer, no por una doctrina ideológica o un orden de ideas. La mujer debe tener el derecho a ser tierna o sensible (cosa que a veces les restringen, porque dicen, es manifestación de la opresión patriarcal) así como a ser dura o fria. Coincido en que varios de los roles tienen que ver con convenciones o construcciones culturales, que el hecho de que la mujer juegue con muñecas y el hombre con carros no está necesariamente dado por la naturaleza como afirman algunos conservadores. Entonces yo creo que la gente tiene la libertad de ser como quiera ser y no se le debe imponer ser de ninguna forma. Esa es la lucha con la que yo empatizo, con aquella mujer libre, donde sea ella, su persona, su esencia y su descubrimiento personal y espiritual la que determine como es y no un puñado de normas ideológicas que le digan que sea de tal forma para que «no refleje la opresión del patriarcado». 

    Y sí, los hombres debemos de colaborar, debemos también ser críticos con nosotros mismos y con el comportamiento que tenemos con las mujeres, debemos preguntarnos si con determinada conducta las estamos relegando o las estamos haciendo sentir de tal forma y cambiarlo. y sobre todo, debemos ser empáticos con ellas. Pero eso no quiere decir que no podamos ser críticos porque la crítica no implica dominación.

    Esa es mi opinión. Algunas personas podrán sentirse aludidas, otras no, hay quienes me dirán esto sí y esto no. Mi crítica es un resumen de lo que he vivido en los últimos días, de lo que he observado en redes, de lo que he platicado con otras personas, hombres y mujeres. Mi intención es poner mi granito de arena para crear un sociedad y una convivencia entre los dos sexos más sana y cordial. Sé que recibiré también muchas críticas, las cuales asumiré- Sé que algunas serán constructivas y otras destructivas, pero lo asumo, pago el precio por ello. No importa cuantos unfollows me cueste. Creo que era mi deber escribir esto, y lo hice. Es mi opinión, no es ninguna imposición ni afrenta. 

    Y termino como inicié. Esto no es todo el feminismo, dudo muchísimo que sea la mayoría. Pero hace mucho ruido, el suficiente para que la gente piense que el feminismo es así y se sientan ahí sí, en el derecho de ser machistas y cobardes. 

  • Paola Espinosa es una gran mujer y Gatorade no es misógino

    Paola Espinosa es una gran mujer y Gatorade no es misógino

    Paola Espinosa es una gran mujer y Gatorade no es misógino

    Paola Espinosa es un ejemplo de mujer. 

    Ella es una mujer que se hizo a sí misma, que a través del duro esfuerzo se hizo un lugar dentro del olimpismo con medallas de plata y bronce, así como medallas de oro en mundiales de clavados y Juegos Panamericanos. 

    Si Simone de Beauvoir resucitara, estaría orgullosa de Paola Espinosa. Paola es una de las mejores clavadistas (de ambos géneros) que ha tenido México en la historia. Ella no se «sometió al plan de vida del hombre», ella creó su propio plan de vida, e incluso se casó con Iván García, otro clavadista exitoso, porque tienen un plan de vida en común.

    Pero al parecer (a ojos de unos) cometió un error: decir que su mejor medalla era ser mamá. 

    La indignación de ciertos círculos que dicen ser feministas no se hizo esperar, las críticas a su persona, pero sobre todo, las críticas a Gatorade por publicar una imagen con dicha frase, desató la furia de las feministas más radicales, aquellas influenciadas (sin saberlo en muchos casos) por el postestructuralismo

    Lo primero que se les viene a la mente es que decir que la mejor medalla de Paola es ser mamá es símbolo inequívoco de una cultura heteropatriarcal que la reprime. Ven represión en todos lados. Si su mejor medalla es ser mamá, es «símbolo inequívoco de la represión que viven las mujeres sometidas al yugo del hombre».

    No se molestan en pensar siquiera que Paola Espinosa ha construido ella misma su carrera. Eso no cuenta. Lo que cuenta es buscar cualquier símbolo que huela a opresión. Más como producto de un adoctrinamiento ideológico que por un sincero deseo de la equidad de género o una auténtica liberación de la mujer, este pseudofeminismo, más que liberarla, hace lo contrario: para ellas no está bien que una mujer diga que lo mejor que le ha pasado es ser mamá.  Instan a la policía del pensamiento a censurar cualquiera de esas ideas. Ellas aprenden a oprimirse a sí mismas para combatir la opresión, no entienden que la liberación de la mujer implica que ella tenga el derecho de crear el plan de vida que quiera sin que sea restringida u oprimida y no que sólo adopte el plan de vida permitido por la ideología. 

    Bueno, ni siquiera se les vino a la cabeza que colocaron esa frase en la publicidad porque vino de la propia Paola.

    Por eso es que quieren cambiar el lenguaje, porque en cualquier categoría o relación binaria, existe necesariamente, para ellos, una relación de opresión.

    Basta, sí, con encontrar juntas las palabras, mujer – mamá, o mujer – matrimonio para sospechar. Si esas palabras están juntas hay que revisar el contenido porque muy probablemente exista ahí un indicio machista latente o un «condicionamiento cultural heteropatriarcal hegemónico». 

    Paola Espinosa respondió lo siguiente:

    En su respuesta, muchos vemos a ese ejemplo de mujer liberada, la que piensa por sí misma y la que está a cargo de sus propias decisiones.

    El pseudofeminismo radical, no. Ellos ven ese «condicionamiento cultural». Es víctima de la opresión del patriarcado, insistirán. 

    Por eso insisto en que las verdaderas feministas deben desligarse cuanto antes de estas corrientes ideológicas. 

  • Frente al dogma, una mente abierta

    Frente al dogma, una mente abierta

    Frente al dogma, una mente abierta

    La otra vez estaba discutiendo con un amigo lo que había escrito en este espacio, que la corriente posmodernista (o postestructuralista), influenciada por el marxismo, estaba generando una influencia que considero negativa dentro de la sociedad occidental. Comentaba que filósofos como Michel Foucault, Jacques Derrida y psicoanalistas como Jacques Lacan le dieron, en cierto sentido, forma esta corriente; la cual, como comentaba, tiende a la irracionalidad y a la subjetividad (en eso más bien difieren con el marxismo). 

    Hay quienes me dirán: entonces nunca hay que leer ni a Foucault, ni a Derrida, ni a Lacan, son unos lacayos manipuladores.

    Aquí yo sugeriría frenar en seco.

    ¿Por qué? Porque resulta que en la filosofía no existe un bando de los buenos y otro de los malos sino distintas formas de pensamiento. Conforme uno aprende filosofía uno se va inclinando a favor de una corriente, y de esta forma simpatizará más con los filósofos que pertenecen a ella que con aquellos filósofos que son adversarios. Eso es algo natural, si le diéramos el mismo valor a todas las corrientes filosóficas nos perderíamos.

    Lo que hay son distintas corrientes de pensamiento, unas surgen a raíz de otras o en contraposición con otras. Si Platón es idealista, Aristóteles entonces es realista. Gracias a esa constante lucha de pensamiento es que el ser humano ha evolucionado. 

    Cuando hablamos del posmodernismo (en el amplio sentido de la palabra y que no sólo se limita a la corriente encasillada en el postestructuralismo) lo podemos entender como una reacción al modernismo: factores como un objetivismo radical (patente, sobre todo, en Estados Unidos) hasta el desencanto con el futuro,  el desencanto que producía ver que la tecnología se podía usar para crear guerras nucleares o el desencanto político que significó la guerra de Vietnam, desencadenaron el surgimiento del posmodernismo. Bajo este escenario, que coincidía con el fracaso del comunismo, es que crecieron aquellos filósofos considerados posmodernos. La izquierda (tanto la marxista como la moderada) al ver sus tesis económicas evidenciadas, buscó refugio en la cultura: desde los derechos humanos hasta la ecología. 

    Algunas personas, sobre todo aquellas pertenecientes a los círculos conservadores, creen que las políticas públicas promovidas dentro de las naciones y los organismos internacionales tienen un fin necesariamente oscuro: por ejemplo, que la intención es reducir la población (convirtiendo a todos en gays). La realidad es un tanto más aburrida que las teorías de la conspiración, y las corrientes ideológicas que permean son más bien consecuencia de un eterno conflicto ideológico y filosófico. Quienes defienden determinadas corrientes ideológicas suelen impulsar o defender agendas, ciertamente entran en un juego de poder, al punto que pueden llegar a buscar el poder por el poder dejando al pensamiento como un actor secundario. Que una ideología o una corriente ideológica no tenga un fin oscuro ni sea parte de una supuesta teoría de la conspiración no implica que no pueda ser dañiña y que no se deban exhibir sus carencias. 

    Es más fácil asustar a las personas con las teorías de la conspiración a esperar a que aprendan sobre filosofía y así se convenzan, como los que lanzan el grito de alerta, por qué una forma de pensamiento podría traer efectos más bien nocivos. Esto es patente dentro de las distintas corrientes ideológicas, tanto conservadoras como liberales. 

    Un claro ejemplo es el marxismo. Dicha corriente ideológica no se construyó con el fin de instaurar un gobierno totalitario, no creo que a Marx le haya pasado por la cabeza la idea de un dictador represor y asesino como Stalin; pero ciertamente nos hemos dado cuenta que el pensamiento marxista aplicado en la práctica tiene una fuerte proclividad a generar gobiernos totalitarios.

    ¿Todo lo que escribió Marx debe ser entonces descartado? No. Primero, porque ver el mundo desde otra perspectiva (aunque no comulguemos con ella) nos puede dar una visión más amplia del mundo. Segundo, porque el hecho de que su teoría llevada a la práctica haya producido resultados funestos no significa que Marx no tenga nada que decir ni que sea totalmente inútil. Y tercero, porque conocer a Marx nos puede dar más herramientas para criticar al marxismo.

    Lo mismo ocurre con los filósofos considerados como posmodernistas. Que Foucault sea uno de los artífices de una ideología que no toma la verdad ni la objetividad como piedra angular y que ve mecanismos de opresión en todas partes no me priva de valorar su argumento donde señala que la sociedad está compuesta por infinitas relaciones de poder (entre el padre y el hijo, gobernadores y gobernados, etc). Al dar por descontado todo el pensamiento de un filósofo por las carencias que podamos encontrar en algunas de sus tesis no sólo incurrimos en una falacia ad hominem, sino que también nos priva de adquirir una perspectiva más amplia y de distintos puntos de vista que alimenten nuestra sabiduría. A Derrida lo conozco menos, pero aplica el mismo argumento: su argumento de los mecanismos de opresión dentro de las categorías binarias no es del todo falso (ha existido, a través de la historia, opresión de los negros a los blancos o del hombre a la mujer), el problema viene cuando ese concepto se eleva a su máxima expresión haciendo creer que en todas las categorías binarias siempre existe un mecanismo de opresión.  

    Si alguien se hubiera conformado con un panfleto que dijera «No a la ideología de género impuesta desde tal o cual lugar que busca destruir a la humanidad» se hubiera privado de conocer más aquello con lo que no comulga. Pero en vez de hacer una descalificación a priori por lo impactante del encabezado decidí tener curiosidad y entender bien a bien qué es aquello que se critica. Si indago, trato de entender a los precursores y a quienes sostienen la teoría postestructuralista podría darme cuenta, primero, de que el término «ideología de género» es un tanto tramposo y que aparte tiende a la generalización, y segundo, de las falencias específicas del postestructuralismo.

    Si alguien se hubiera conformado con el argumento de «el marxismo cultural creado en la Escuela de Frankfurt para destruir a la familia», al descontar a dicha escuela se habría privado de varios filósofos, intelectuales y pensadores que tienen algo que decir como Theodor Adorno o Erich Fromm (éste último, a pesar de su influencia marxista y freudiana, es frecuentemente citado dentro de algunos círculos católicos). Lo mismo puede ocurrir a la inversa, un ateo receloso de las religiones no tendría por qué dar por descontada a la filosofía aristotélico-tomista. El ateo podría darse cuenta que a pesar de que no cree en Dios, varias de sus creencias, ciertamente seculares, tienen un origen religioso. Después de entender eso adquirirá una perspectiva más amplia.

    Si el individuo tiene la disposición y es capaz de crearse la capacidad de abrirse a aquello que no le gusta, de entender a sus adversarios ideológicos, podrá entonces generar una mayor capacidad para empatizar con el prójimo, una capacidad que escasea hoy en día tanto en el conservadurismo como en el progresismo. El individuo, contrario de lo que podría pensar, no se sentirá «tentado por cualquier cosa» ni abandonará sus ideales, pero sí entenderá mejor la postura del otro y tendrá más elementos para persuadir en vez de atacar y oprimir. Así, el contraste se llevará a cabo por medio del debate y no de la exclusión.

    Allá afuera hay un montón de conocimiento, lo peor que podemos hacer es sólo encasillarnos en el que más nos gusta o nos conviene. Hasta al «enemigo» hay que leerlo, no sólo para combatirlo, sino porque en una de esas hasta le aprendes algo.

  • Isabela Otero, Interjet, y una historia de acoso sexual

    Isabela Otero, Interjet, y una historia de acoso sexual

    Isabela, Interjet, y una historia de acoso sexual

    Decía Simone de Beauvoir que la mujer ha sido considerada históricamente como el segundo sexo, como el otro, como un subproducto del hombre, como la «costilla de Adán». La mujer, entonces no podía entenderse sin el hombre: el hombre es el todo y la mujer es un derivado de éste. Y aunque muchos hombres ya han aprendido a ver a las mujeres como sus iguales, muchos otros no, y en muchas ocasiones se encuentran dentro de puestos de poder o decisión. 

    Una sobrecargo de la aerolínea Interjet subió un video estremecedor. Envuelta en llanto, narra cómo uno de los pilotos la acosó sexualmente e intentó violarla sin éxito (gracias al segurito de la puerta de hotel de su cuarto). Lo más doloroso e inquietante de la historia es la cadena de complicidades que han dejado el caso impune. No sólo las otras azafatas o los pilotos, sino el personal de la aerolínea. En lugar de defenderla, la han acusado de difamación, e incluso le han pedido que se someta a exámenes psicométricos porque creen que es esquizofrénica o tiene algún otro padecimiento mental.

    Pero a juzgar por el video, dudo mucho que se trate de un montaje o que la sobrecargo, de nombre Isabela Otero, esté mintiendo. Tendría que ser una actriz excepcional para grabar ese video y aparecer tal como apareció. Primero, porque de hacerlo (suponiendo que quisiera acabar con la reputación del piloto o algo así) tendría muy poco que ganar y mucho que perder (porque no tendría pruebas y porque podría ser despedida de su trabajo). Segundo, porque a juzgar por el video, yo no percibo actuación alguna, no existe un discurso armado (porque si vas a mentir, debes estructurar la mentira para que parezca verdad, no la puedes improvisar, menos en el transcurso de una hora) y basta analizar su llanto: Isabela empieza llorando fuertemente, con el tiempo parece calmarse, pero cuando recuerda alguno de aquellos momentos difíciles, vuelve a romper en llanto. Dudo muchísimo que una persona que tenga la intención de mentir gaste una hora llorando narrando algo que podría tomarse cinco o diez minutos en hacer.

    En efecto, es un video muy largo que ver. Y es notorio que lo hace después de ser ignorada por el personal de la aerolínea, de darse cuenta que se encuentra sola y que nadie la va ayudar. Es notorio que se encuentra en un trance, y bajo esos efectos es muy difícil ordenar bien aquello que se quiere decir. 

    Como suele ocurrir, no todas las personas en Internet la apoyaron. Unos, como su servidor, se indignaron ante lo sucedido, otros están solicitando firmas para hacer justicia; pero algunos otros (no muy pocos) se han burlado de ella, la han insultado. Desde el clásico «eres una feminazi», «tú te lo buscaste», o el «¿y no te gustó»?, al «aprende a hablar bien, no te entendí nada, pónganle subtítulos». 

    No quiero pensar por lo que está pasando Isabela. Son cuatro cosas las que la tienen sumida en la angustia: El hecho de que hayan intentado abusar de ella, el hecho de que no se haga justicia, el hecho de que podría perder su puesto de trabajo, y el miedo que ella tiene de que el piloto ejerza represalias contra ella.

    Su condición de mujer la deja en desventaja, porque muchos son incapaces de ponerse en sus zapatos. Para muchas personas, ella es culpable hasta que muestre pruebas contundentes de que fue acosada sexualmente (lo cual suele ser muy difícil de probar en muchas ocasiones), ella es la difamadora, la esquizofrénica, la que necesita terapia. La aerolínea, así como muchas empresas mexicanas, parece que no tienen siquiera algún mecanismo para evitar el acoso sexual entre sus empleados, siendo que es un problema muy grave. Lo que sufre Isabela no es la excepción, es algo que viven muchas mujeres en nuestro país. 

    Me apena que ante un video de un ser humano que sufre, bañado en lágrimas, devastado, muchas personas no puedan ser sensibles: aquellas que ven a la mujer como «el otro», como el subproducto, aquellas personas en redes que responden con imágenes de mujeres semidesnudas para joder, aquellas personas que se burlan para tratar de paliar sus frustraciones psicológicas. 

    Triste que muchas mujeres puedan ser abusadas sexualmente y que el acosador quede impune, y hasta protegido. 

  • Rotaciones de mentalidad

    Rotaciones de mentalidad

    Rotaciones de mentalidad

    Me llama la atención que en un país donde reina la pasividad y donde la participación ciudadana, aunque creciente, todavía es muy minoritaria, algunos (pseudo)aficionados vayan a recibir al entrenador Juan Carlos Osorio y a la selección mexicana para insultarlos y mentarles la madre. 

    Que están encabronados por el escandaloso fracaso y por las famosas rotaciones que tanto molestan a muchos. He escuchado la palabra «rotaciones» más veces que la palabra corrupción últimamente y eso que no soy un aficionado de hueso colorado ni mucho menos.

    Pero vamos a poner las cosas en contexto:

    La Copa de Oro, un negocio que es lo suficiente lucrativo como para realizarse cada dos años en vez de cuatro como todos los torneos continentales porque básicamente los mexicanos llenan los estadios para ver a su selección (por eso se procura que siempre llegue a la final) y los ingresos son en dólares, es un torneo donde participan selecciones menores que no tienen mucho peso. Ninguna de las selecciones, ni México, ni Estados Unidos ni Costa Rica, son selecciones de élite ni mucho menos. Rara vez podemos colocar a alguna de ellas entre las diez mejores selecciones del mundo. No es un torneo atractivo y ni debería de serlo porque además de esas 3 selecciones que son «las mejorcitas», las demás suelen ser de ínfima calidad. Es un torneo donde ir y ganar el título es cumplir un trámite.

    Luego, la selección mexicana fue con una selección B porque llevó a la principal a la Copa Confederaciones donde tuvo un desempeño regular. Cuando llevas una selección B a un torneo, por más sea de la Concacaf, sabes que el desempeño no será el mismo que el que una selección A te puede dar. Recuerdo que hace varios años, en esa misma copa, la selección mexicana goleó 5-0 a Estados Unidos que llevó a una selección B caminando y sin despeinarse. Cuando los equipos llevan a selecciones alternativas (con excepción de Alemania, claro) el desempeño siempre es menor.

     México lleva a esa selección B y pierde contra Jamaica, lo cual ciertamente no deja de ser un resultado bastante malo (tampoco históricamente malo como algunos dicen), y entonces se desata la indignación.

    Una derrota en un torneo que no tiene importancia alguna con una selección B contra otra selección irrelevante como es Jamaica es suficiente incentivo para ir al aeropuerto y gritarle al entrenador Juan Carlos Osorio: «pendejo, vas a chingar a tu madre, estamos hartos de tus putas rotaciones».

    https://www.youtube.com/watch?v=HTu6nkDHjgo

     ¿De verdad, no tienen una vida propia?

    Es cierto, que aunque el futbol es un espectáculo (que es lo que debe de ser y nada más), el aficionado tiene derecho a criticar y exigir a su selección o equipo predilecto. Pero insultar y agredir (cosa que ya no es válida) a un entrenador por perder con una selección alternativa una copa a quien nadie le importa más que a los hombres de pantalón es algo demasiado penoso.

    Más triste, es que ni para el futbol muchos de estos aficionados tienen el criterio para exigir y criticar. No me quiero imaginar cuando se trata de cosas que sí importan como la vida pública y política del país. Piensan que, con correr a un entrenador, ¡sorpresa! la selección va a trascender. Los medios de comunicación les han metido a la cabeza a los aficionados que la selección tiene el mejor equipo de la historia, que tenemos unos jugadorazos, que hay muchos de ellos en Europa y quién sabe qué más.

    La realidad es que de los que juegan en Europa, ningún jugador es de élite, cosa que sí puede presumir la selección de Chile y ya no se diga Argentina y Brasil. Los únicos jugadores de élite que la selección ha tenido son Hugo Sánchez y Rafael Márquez cuando estuvo en el Barcelona. Todos los que juegan en Europa juegan con equipos medianos, o si llegan a jugar en equipos grandes (como Chicharito en Real Madrid) no son titulares indiscutibles. No son malos, tienen calidad, pero no se encuentran entre los mejores jugadores del mundo. 

    Pero los aficionados, como los que fueron a mentar madres al aeropuerto, creen que tenemos una selección de primer nivel con un pésimo entrenador, creen que basta con traer a Bielsa o al entrenador de las Chivas para construir una selección que haga historia. No entienden que México no tiene una selección ganadora porque toda la estructura que sostiene al futbol está viciada, y que para empezar, dicha estructura tiene que ser reformada desde abajo y una vez hecho esto, se debe crear un plan a largo plazo (sí, hay que esperar). Pero eso se oye más difícil porque implica construir, sugerir y aportar. Pedir una cabeza es muy fácil, inmediato y comodino.

    Y me podrán preguntar qué es lo que tiene de relevante este tema. Mucho, porque si la gente no puede tener el criterio suficiente para pedir que se mejore la calidad de un espectáculo, menos lo va a tener para exigir a sus gobernantes; peor aún, para involucrarse en temas sociales y políticos.

    Este tipo de eventos nos muestran donde estamos parados como país y como sociedad. 

  • ¿Por qué Bill Gates no tiene una imagen de éxito?

    ¿Por qué Bill Gates no tiene una imagen de éxito?

    ¿Por qué Bill Gates no tiene una imagen de éxito?

    Cuando estudiaba en la universidad, una «especialista en imagen» impartió una conferencia sobre el vestir. Nos explicaba por qué es importante un traje, qué es lo que cada traje transmite y cómo debe de ser la imagen personal del profesionista. Algunos de nosotros nos sentimos algo intimidados. Resultaba que cuando saliéramos de la universidad tendríamos que vestirnos de tal forma y comportarnos de tal forma, como si tuviéramos una camisa de fuerza que no nos dejara ser nosotros mismos. 

    Pero lo que más me llamó la atención fue el receso de dicha conferencia: la conferencista, elegante y bien vestida (tal vez en exceso para la ocasión) parecía tener dificultades para platicar casualmente con los alumnos como generalmente sucede en esos recesos. Parecía que estaba atrapada en su propia imagen; imponía tanto que más que generar atracción, intimidaba a los demás. ¿Para qué tanta sabiduría del vestir si no eres capaz de hacer algo tan elemental? Me preguntaba. ¿Para qué nos dice que no usemos traje café porque refleja, decía, que ganamos poco dinero, o que el negro inspiraba poder si no era capaz de hacer algo que es elemental inclusive en el mundo de los negocios, que es poder tener una plática casual y desenfadada?

    Siempre que escucho a los gurús de la autoayuda insistirnos en proyectar una imagen de éxito, recuerdo a esta conferencista. No es que la imagen no importe, si voy a una junta sin bañarme o con el traje arrugado voy a causar una impresión desastrosa, pero muchos de los gurús de la autoayuda se la toman tan en serio que a veces sólo logran despersonalizar a los individuos. Los despojan de su identidad para que se «acoplen» a lo que ellos consideran que es una imagen de éxito. Acompañándose de frases como «si lo deseas, el universo conspirará para que obtengas eso que anhelas» (casi siempre son cosas superfluas como dinero o un auto) o «todo lo que te sucede es responsabilidad tuya» engañan a sus lectores diciéndoles que la imagen por sí misma los llevará al éxito, como si fuera más importante que el talento o el esfuerzo.

    Para empezar, el concepto de «imagen de éxito» es por sí mismo una falacia. Porque las personas que consideramos exitosas no sólo no coinciden entre ellos cuando se trata de la vestimenta que usan, sino que varias de ellas serían severamente criticadas por personas como la conferencista o el gurú de autoayuda. A Carlos Slim a veces se le ve un tanto desaliñado (al menos de acuerdo a los criterios de los gurús); Mark Zuckerberg tan sólo se preocupa por no verse sucio y descuidado, utiliza casi siempre la misma camisa deportiva y unos pantalones de mezclilla, algo parecido de lo que sucedía con Steve Jobs; Bill Gates no es conocido por su impecable imagen personal. ¿Por qué a pesar de romper las reglas de lo que una imagen de éxito debería ser, son tan exitosos?

    Basta leer la biografía de estos personajes para entender que estas personas tienen tantas cosas en que pensar, tantas decisiones que tomar, que sería insensato enfocar todas sus energías en la imagen. Más aún, ellos no tienen la necesidad imperiosa de decir con su imagen que son personas de éxito, tan sólo se preocupan por serlo y no se preocupan por mostrarlo. 

    imagen de éxito
    Mark Zuckerberg

    No, no estoy diciendo que no debas cuidar tu imagen, ni que no te importe cómo te ves frente al espejo; ciertamente, las primeras impresiones cuentan (y no sólo tiene que ver con la imagen, sino con el lenguaje corporal y muchas otras variables) y es importante oler bien, que tu ropa esté presentable y que tu vestimenta sea ad hoc al entorno (para una entrevista de trabajo gerencial lo ideal es irte de traje a menos que la cultura de la empresa no lo amerite, si vas a una cena de gala tal vez debas ponerte un traje de etiqueta, o lo ideal será una combinación de ropa sport si sales con tus hijos a hacer deporte el fin de semana).

    Lo que quiero decir es que no debes ser esclavo de la imagen como los gurús de la autoayuda lo quieren vender. Porque hay que aclararlo: la imagen es una extensión de tu esencia como persona, no al revés. Tú te tienes que sentir cómodo con tu vestimenta, que refleje lo que eres, y no lo que dicen que tienes que mostrar. 

    Por ejemplo: si eres una persona creativa, nadie te tiene que decir que no puedes usar pantalones de mezclilla y camisas estampadas; si eres una persona bohemia o intelectual, nadie puede decirte que no uses un traje café. No existe una imagen de éxito como tal, lo único que existe son personas que buscan trascender en su vida (porque hasta las formas de trascender son mucho más amplias que el concepto de éxito que tienen los gurús de la autoayuda) y que se visten de acuerdo a su personalidad.

    No es casualidad que para los gurús de la autoayuda el éxito siempre tenga una estrecha relación con el dinero, los carros, los puestos directivos, la casa grande, la reputación social. Una persona que trasciende de verdad ve en ello la consecuencia de su trascendencia, no la trascendencia misma. Una persona que tiene sueños trabaja duro por ellos, y generalmente, como consecuencia llega la estabilidad económica y a veces hasta la fama, pero ni el dinero ni la fama ni los carros son su sueño (y ni siquiera son mandatorios, porque por ejemplo, una persona cuyo sueño es aportar a las comunidades indígenas tal vez nunca sea rica, porque posiblemente ni le importa). Para los gurús de la autoayuda sí lo creen, muchos de ellos asumen que los individuos necesariamente quieren dinero y poder, y que no hay nada más allá. En los templetes de sus conferencias siempre aparece el hombre que se volvió rico, el hombre de traje, el hombre que pasea con varias mujeres en el auto deportivo. 

    La imagen es el reflejo de las personas. La imagen es la consecuencia del estado psicológico y hasta espiritual del individuo. Una persona que no se quiere, por más intente engañar a través de su imagen, transmitirá que tiene una baja autoestima. Aunque use un traje de marca, bastará la primera expresión de su lenguaje corporal para delatar el engaño. Una pobre holgazana vestida de Dolce & Gabanna siempre será una pobre holgazana. 

    Hay personas que sí, son amantes del vestir, que son excesivamente pulcras, les encanta que la corbata haga contraste con el saco. Y está bien, porque así es su personalidad. Que les guste la moda, que les «encante verse bien» no tiene nada de malo. Muchos abogados usan trajes oscuros y está bien, porque por su profesión (que tiene una relación estrecha con su personalidad), el traje genera un efecto cuando se trata de litigar. Muchas personas se quitan la corbata en diversas ocasiones porque sienten que así pueden generar mayor empatía con el público, porque entienden el efecto que la imagen realmente tiene y no es algo rígido como los gurús de la imagen del éxito nos quieren vender. 

    Las personas «de éxito» no se atan a su imagen. Por el contrario, atan su imagen a su esencia, a su identidad, a su actividad, a lo que quieren lograr como individuos. Aunque existen convenciones o reglas no escritas para determinadas situaciones, no hay una ley que te impida ser tú cuando se trata de tu vestimenta. La vestimenta es tu extensión, tú no debes de ser la extensión de ella.

    O te ocurrirá lo que a la pobre conferencista. Tan atada a la moda y a las costumbres de etiqueta que nunca pudo ser ella. 

    Por que al final, lo que más importa es el individuo y su esencia. Y eso, no debe estar condicionado por algo más superfluo.