Autor: Cerebro

  • Siente orgullo: fue una histórica marcha por la democracia

    Siente orgullo: fue una histórica marcha por la democracia

    La histórica marcha por la democracia

    Este domingo se dio en las calles de muchas ciudades del país una de las mayores expresiones democráticas de los últimos años, y dentro de un contexto donde en muchos países (incluido el nuestro) existe una suerte de regresión democrática que preocupa no solo a los especialistas de lo político, sino a todas las personas que comulgamos con los valores democráticos, la libertad de expresión y los derechos humanos.

    En una época donde López Obrador, Donald Trump y Jair Bolsonaro descalifican al árbitro electoral, millones de mexicanas y mexicanos salieron a las calles para defender a un instituto autónomo que, con sus imperfecciones, nos ha garantizado la libertad de poder escoger a quienes queremos que nos gobiernen (así es, en 2006 no existió ningún fraude). Incluso en 2018 la gente decidió votar por López Obrador ante el justificado descontento con la corrupción del régimen pasado y todos los votos se respetaron. Los obradoristas dicen que el INE permitió su victoria porque fue tan apabullante que no le quedó de otra, pero lo cierto es que, en ese supuesto, habría de esperarse que «manipularan el resultado» para restarles mayoría en las cámaras y eso no ocurrió. Todo se respetó.

    Por más que moleste al régimen, la manifestación fue diversa: ahí se vieron banderas LGBT al tiempo que otros gritaban «Cristo Rey». Por más insista el régimen en que los marchantes eran «conservadores, corruptos, clasistas y racistas», la realidad es que había ciudadanos de todos sabores y colores: una masa tan heteromorfa que es imposible de estigmatizar bajo una sola etiqueta.

    A las calles se lanzaron más personas de lo esperado. Abarrotaron las calles principales de muchas ciudades. La marcha fue nacional, el día de cumpleaños del presidente. Los abyectos al régimen, en un acto de desesperación, utilizaron Twitter para descalificar a la marcha y señalar a los manifestantes como «pendejos» o «corruptos». Era notorio que muchos de los tuits eran scripts preestablecidos. Incluso algunos de quienes presumían «matizar» o no ser dogmáticos, se prestaron a ese juego. La realidad es que ni así lograron afectar al vendaval de personas que se manifestaron para evitar que el gobierno cooptara a una de las instituciones con mayor aprobación. Ni siquiera lograron colocar sus hashtags por encima de los que utilizaron los manifestantes:

    El régimen se sintió avasallado porque esta vez no pudo minimizar ni poner en ridículo a la oposición: ésta (y tal vez por vez primera) lo rebasó. Hoy no fueron las ridículas marchas de FRENA y las casas de campaña voladoras. Hasta hace poco el régimen podía presumir un poder convocatoria bastante mayor al de su contraparte: hoy, entre las calles llenas de manifestantes y el Zócalo cada vez más necesitado de acarreados para el Grito de Independencia, dicho supuesto parece quedar en duda.

    En estos 4 años de gobierno, no se había visto tanta desesperación por parte del régimen. La agresividad de los abyectos (como los nombrara Carlos Bravo Regidor) tan solo mostró el éxito de esta marcha, en la cual, José Woldenberg, un hombre genuinamente de izquierda y uno de los luchadores por la democracia más comprometidos e históricos, dio un discurso memorable.

    Claro que México tiene muchos problemas que van desde la inseguridad hasta la desigualdad o la deficiente cobertura de salud (agravada por este gobierno), y es posible que algunas personas argumenten que algunos en la manifestación sean parte de alguna de las problemáticas que se señalan: que si fue la señora de las Lomas que discrimina a la señora del aseo, algún empresario que no paga impuestos o algún político sin honorabilidad (Elba Esther Gordillo), pero incluso, si uno quiere combatir esas problemáticas, necesita un árbitro que garantice que las y los ciudadanos podamos votar por el proyecto de nación que queramos. En este sentido se vuelve hasta necesario marchar con quienes disentimos en lo sustancial, pero que coincidimos en que es necesario este árbitro para que compitamos y podamos dirimir nuestras diferencias. Negarse a manifestarse por la democracia bajo un supuesto de purismo ideológico se vuelve un sinsentido porque no son esas diferencias las que están en juego, sino una coincidencia. Que esta heterogeneidad de pensamientos haya estado presente es una buena noticia en un entorno de sociedades cada vez más polarizadas.

    Es difícil pronosticar que va a pasar después del domingo, pero sin duda lo ocurrido este día por sí mismo es un éxito. El régimen contaba con una oposición tibia y cabizbaja (producto, claro, de la pusilanimidad y autocomplacencia de los partidos en los cuales la gente no se siente representada), pero hoy la oposición ciudadana le sacó un muy buen susto al gobierno en turno, lo preocupó, lo hizo sentir inseguro: los medios nacionales (en especial aquellos que no tienen un compromiso con el régimen) con sus contundentes planas así como los medios internacionales que abordaron lo ocurrido y le dieron cierta importancia, tan solo reflejan el éxito: de la gente que salió a las calles para garantizar que México siga siendo un país democrático.

    Si salvamos al INE, la gente podrá seguir votando por quien quiera: podrá seguir «equivocándose». Porque eso es lo bello de la democracia.

    Hoy fue un día histórico, por más que el régimen pretenda minimizar lo acontecido y afirmar que solo fueron 10,000 manifestantes (afirmación completamente inverosímil si tomamos la documentación fotográfica). Hoy se respiró un poco de democracia en un país cada vez más asfixiante.

  • El Rey del Cash – Una reseña incómoda

    El Rey del Cash – Una reseña incómoda

    El Rey del Cash - Una reseña incómoda

    Ya terminé de leer el Rey del Cash, y temo decir que es un libro sobrevalorado.

    A ver, el libro tiene cosas interesantes, no es una basura, pero tampoco es “el libro” ni la gran revelación. Sin la publicidad que recibió, habría pasado a ser uno de varios libros críticos que se escriben sobre los presidentes. 

    Esta obra me parece análoga al libro “Fuego y Furia” que Michael Wolff escribió sobre Donald Trump, una obra que si bien se vendió mucho, no se convirtió en un parteaguas ni impactó significativamente en la presidencia del magnate conservador, como pienso que igualmente ocurrirá con el libro de Elena Chávez. ¿Por qué?

    Esta obra es testimonial. Contiene el testimonio de Elena, ex pareja de César Yañez, la persona más cercana a López Obrador. Naturalmente, al ser testimonial, no muestra ninguna prueba al respecto más que dos pantallazos de WhatsApp. Además, contiene entrevistas con personas que conocieron de cerca a AMLO como Ricardo Pascoe, Guadalupe Acosta Naranjo y Fernando Belauzarán que, por momentos, me parecieron más interesantes que el testimonio de la propia Elena Chávez.

    El chisme está interesante, y deja entrever la cultura política dentro del lopezobradorismo: pinta a López Obrador como un megalómano adicto al poder y traicionero e incluso misógino. Me pareció, claro, desde mi subjetividad, que su testimonio concuerda con las preconcepciones que tenía de López Obrador: es decir, hay una coherencia entre cómo he visto que actúa y lo que ella cuenta. A la vez, siento que el libro no me reveló muchas cosas nuevas sino que solo le dio un poco de más forma a lo que ya sabía. 

    El libro tiene varios problemas: primero, el hecho de que César Yañez sea ex pareja de la autora. De ahí podemos esperar muchos sesgos, pero se vuelven evidentes conforme uno va leyendo el libro. Es muy notorio que Elena Chávez le tiene mucho resentimiento a Yañez e incluso a López Obrador quien, de acuerdo con ella, convirtió progresivamente a su esposo en una copia suya. ¿Qué tanto afecta ello al testimonio de la autora? Seguramente lo habrá afectado en algo. No sé si haya exagerado algunos hechos de los que narra, haya omitido otros o los haya contado de tal forma que César Yañez salga perjudicado, ya sea de forma consciente o inconsciente. 

    El carácter testimonial introduce también otros problemas, y es que mucho de lo que trata de exponer lo supo a oidas: escuché a tal decir esta u otra cosa o César me dijo en la cama tal o cual cosa (pero es posible que no le haya contado otras o haya contado algunas cosas a medias). Además, es posible, como explica Tali Sharot en su libro, The Optimism Bias, que los humanos solemos ser algo torpes a la hora de tratar de reconstruir en nuestra cabeza hechos pasados de tal forma que no los narramos exactamente de la forma en que ocurrieron.

    Por último, la redacción y la estructura del libro es muy mejorable. Pareciera que la autora lo escribió de corrido tal como las ideas venían a su mente y no hubo un trabajo de edición posterior y eso hace que la lectura sea menos amena. De igual forma, me percaté de algunas faltas de ortografía. 

    Mucho de lo que se lee suena, y con razón, indignante, pero también es cierto que este tipo de arreglos no son solo propios del obradorismo sino de la política mexicana en general. Nos muestran a un gobierno corrupto y a políticos corruptos, pero no necesariamente muestran que se trate de un gobierno especialmente corrupto ni un escándalo que sobresalga a los estándares que los individuos tenemos de los políticos. 

    Es un libro que, aunque no aporta pruebas, sí puede plantear preguntas, como las relacionadas con el todo el sistema para financiar las campañas de López Obrador, cosa que difícilmente podrá ser probada por el simple hecho del manejo en efectivo. También, claro, nos muestra un poco más de la psique del hoy presidente, aunque tampoco es como que nos revele algo nuevo. No es un libro revolucionario ni mucho menos, ni creo siquiera que vaya a marcar un antes y un después, más allá de la publicidad que se le ha hecho, incluyendo la involuntaria de los obradoristas que se desgastaron en descalificarlo y comprar el tiraje para que la gente no lo leyera. 

    En ese sentido, si bien no es necesariamente malo, creo que queda bastante abajo del hype que se creó en torno a esta obra. Es un libro que tiene algunas cosas interesantes, tiene buen chisme por momentos, pero nada más.

    Calificación: 3 de 5

  • Contra las monarquías

    Contra las monarquías

    Contra las monarquías

    Generó mucha polémica la posición (opositora) que algunas personas tenemos frente a las monarquías, debate que surgió ante la lamentable muerte de la Reina Elizabeth (que, más allá de mi postura política, no dejo de lamentarla ni dejo de reconocer atributos positivos que la reina pudo tener).

    Lo que voy a argumentar aquí no es, como algunos han sugerido o malinterpretado, decirles a los británicos qué es lo que deben de hacer. Ellos tienen derecho a elegir la mejor forma de gobierno y organización que más les convenga. Tampoco sugiero siquiera erradicar de tajo las monarquías dado que ello podría representar un shock cultural o idiosincrático en los distintos países. Lo que argumento es que las monarquías son cada vez menos necesarias y menos útiles, a la vez que obtienen sus riquezas del trabajo de los ciudadanos. Por tanto, mi postura antimonárquica va en ese sentido.

    Tomar una postura antimonárquica no me impide, por otro lado, reconocer que su existencia tuvo alguna función positiva a lo largo de la historia (acompañada, claro está, de actos aborrecibles y reprochables). Puedo reconocer que fueron necesarias en etapas de organización previa al liberalismo y la democracia, y puedo también reconocer que la presencia de una monarquía en el Reino Unido permitió una transición más tersa y progresiva hacia un régimen liberal sin tener que haber pasado por una fuerte sacudida violenta como sí ocurrió en Francia con la propia Revolución Francesa. Ello no implica que en la actualidad sean necesarias.

    En este artículo me refiero, en especial, a las monarquías parlamentarias. La ciencia política las distingue de las monarquías constitucionales y las monarquías absolutistas (cuya oposición mía es más severa que la que concierne a la monarquía parlamentaria, pero que merecería otro artículo).

    Mi argumento general es que el papel político que tienen los monarcas en los regímenes parlamentarios es muy reducido y viven en una opulencia que no es producto del trabajo ni del ingenio. El poder de las monarquías no solo está reducido por la separación de poderes de las monarquías constitucionales, sino que éste se ha vuelto casi simbólico en el caso de las parlamentarias, donde apenas mantienen algún papel diplomático, entre algunas otras o están muy constreñidas por los órganos de gobierno. Más allá de eso, la legitimidad del poder de los monarcas reside en mayor medida en la idiosincrasia y la cultura del país en cuestión.

    Un argumento recurrente en redes sociales de quienes defienden la monarquía es que la monarquía parlamentaria funciona mejor que el presidencialismo que tenemos en México, y que de ahí se sigue que es deseable sostener la monarquía, pero es un argumento ocioso. Como el sistema de gobierno de Reino Unido se llama «monarquía parlamentaria» y el de México «república constitucional» entonces de ahí se sigue que el primero debe ser mejor que el segundo y más aún, que como el de Reino Unido se llama «monarquía parlamentaria», entonces ello habla bien de la monarquía y es un despropósito que los mexicanos la critiquemos, pero ese razonamiento es un error.

    Reina Elizabeth

    La monarquía parlamentaria de Reino Unido funciona muy bien no tanto por el hecho de poseer una monarquía, sino porque ésta ha sido relegada a funciones prácticamente simbólicas dejando al sistema parlamentario casi todo el poder. La superioridad de la organización política de Reino Unido sobre México entonces tiene más que ver con la estructura política y diseño institucional (considero que el sistema parlamentario es, en la mayoría de las ocasiones, mejor que el presidencial, pero también es tema de otro debate), con la construcción de un Estado de derecho y un sistema de pesos y contrapesos, todo lo cual también explica por qué la monarquía ha perdido poder a lo largo del tiempo.

    Porque, si sabemos que el poder de la monarquía es casi simbólico, entonces su influencia en la ecuación es, también, casi simbólico. Si México tuviese una monarquía igual de simbólica que Reino Unido la realidad de nuestro país no sería muy distinta e incluso la debilidad de los pesos y contrapesos y Estado de derecho podría llegar a permitir a la «monarquía mexicana» acaparar más poder de forma discrecional.

    De hecho, en ciencia política se pregunta menos por la existencia o no existencia de monarquías en países desarrollados que por las diferencias entre sistemas parlamentarios y presidenciales, o por las diferencias entre sistemas de mayoría relativa y sistemas de representación proporcional (RP). ¿Por qué? Porque son cuestiones bastante más relevantes que la propia existencia de la monarquía, por su carácter casi simbólico.

    Entonces, para comprender la diferencia entre México y el Reino Unido, la pregunta relevante no es tanto la monarquía, sino la estructura política, la conformación de Estado de derecho, la cultura política y muchos otros factores. Reitero que precisamente estos procesos en Reino Unido fueron despojando a la monarquía de su poder: una democracia parlamentaria es profundamente incompatible con la existencia de una monarquía que concentre gran cantidad de poder y para «compatibilizarla», debe quedar constreñida y profundamente acotada por la separación de poderes casi al punto de que su existencia sea meramente simbólica. Por eso es que países avanzados han podido mantener una institución arcaica sin que eso termine de ser una contradicción con el progreso económico y social.

    Otro argumento es que la monarquía sigue siendo popular en el Reino Unido, lo cual es cierto y, en cierta forma, tiene sentido porque es parte de su cultura e idiosincrasia. También es cierto que, como reina, Elizabeth tuvo varios aciertos que le dieron, sobre todo a ella, una notable popularidad: modernizó la propia monarquía y ésta se mostró más abierta a la ciudadanía que sus antecesores. Antes de su muerte, era el miembro de la monarquía con mayor popularidad: ostenta el 75% de aprobación. Pero, de la misma forma, es de notar que la mayoría de sus miembros más notables tienen menos del 50% de popularidad y que ésta es cada vez menor en las nuevas generaciones. De acuerdo con YouGov, mientras que el 74% de los británicos con más de 65 años afirman que la monarquía es buena para el Reino Unido, ese porcentaje baja al 67% entre las personas de 50 a 55 años, a 49% entre personas de 25 a 49 años y tan solo el 24% entre las personas de 18 a 24 años. Si bien, es posible que la aprobación pueda incrementarse conforme la gente crezca y adquiera posturas más conservadoras, un buen ejercicio para evitar este dilema sería comparar a los grupos por edad a lo largo de los años; es decir ¿qué diferencia hay entre las personas que tenían más de 65 años en 2011 y las que tienen más de 65 en 2022).

    Mientras que las preferencias entre la gente mayor de 65 años la preferencia prácticamente no se ha movido de 2011 a 2021, sí hay un decremento más notable en la gente menor a 50 años y, más aún, entre los jóvenes.

    En esta otra gráfica de Ipsos MORI podemos notar que, si bien la opinión sobre el sistema de gobierno se mantuvo relativamente estable hasta inicios de la década pasada, en los últimos años se redujo el porcentaje de personas que prefiere a una monarquía, aunque el número sigue siendo alto y la reina nunca perdió popularidad en lo absoluto.

    Estos datos nos sugieren que la legitimidad de la monarquía perdurará un rato, aunque muestra una tendencia a la baja. Si dicha tendencia se mantuviera, en algún momento (que tal vez no verán nuestros ojos) la monarquía podría perder la legitimidad necesaria para mantenerse de pie y desaparecer. Sin embargo, no se puede descartar que pueda ocurrir algún evento que irrumpa de tal forma que le dé más popularidad a la monarquía o, por el contrario, que la entierre y deslegitime súbitamente. Predecir el futuro no es tan fácil como parece.

    En el caso de España, el cambio parece ser más drástico. La confianza en la monarquía ha caído 3 puntos en los últimos 25 años, y solo se ha mantenido relativamente constante de 2013 a la fecha.

    Como mencioné allá arriba, la monarquía está muy arraigada en la cultura e idiosincrasia de los países que las albergan, sobre todo en la idiosincrasia británica. Más allá de mi postura antimonárquica, esperar que los británicos se deshagan de su monarquía de tajo es un despropósito porque el costo de mantenerla para cada individuo en realidad no es muy alto y no es algo que se note en la cotidianidad (costó 118 millones de euros en 2021 a los contribuyentes y el Reino Unido tiene 67 millones de habitantes, lo cual equivaldría a 2 euros o 40 pesos mexicanos al año), aunque estos datos varían en los distintos países.

    Podemos decir, de alguna forma, que la realeza parasita de los contribuyentes británicos, pero los británicos no lo notan mucho y lo asumen porque el costo actual es menor que el costo percibido de perder algo que es parte de su identidad, sobre todo con los más tradicionalistas. Sin embargo, el dilema queda abierto, ¿es correcto que los monarcas vivan opulentamente de la riqueza que ellos no crearon y que fue extraída a los ciudadanos? Esta es una razón de peso para considerarme antimonárquico.

    Luego, importa si la existencia de la monarquía es útil, dejando de lado las cuestiones culturales e idiosincráticas, y si justifican la opulencia en la que viven (mucha mayor a los propios políticos, varios de los cuales son justamente cuestionados por mal usar los impuestos de los contribuyentes): me atrevería a decir que no y que las muy reducidas funciones políticas que aún tiene pueden ser suplantadas por el Estado. Es la propia idiosincrasia la que sostiene a la corona.

    De ahí en más, las monarquías simplemente están ahí: no estorban mucho, pero tampoco es que ayuden demasiado tampoco y su justificación actual tal vez solo reside en la identidad de sus países que en otra cosa, la cual no necesariamente es rígida y es posible que la legitimidad de la corona vaya mermando con el tiempo.

    Y para concluir, no es un sinsentido cuestionar la existencia de las monarquías siendo de un país con un arreglo político «inferior» al de los países con monarquías parlamentarias. Es como privar a un Ruso o un Chino debatir si la democracia parlamentaria es mejor que la constitucional. ¿Por qué no tendrían el derecho a hacerlo?

  • El hombre más guapo del mundo

    El hombre más guapo del mundo

    El hombre más guapo del mundo

    No existe algo así como una belleza objetiva y universal.

    Algunos, sobre todo en aquellos sectores conservadores, desearían que así fuera. Pensar que los paradigmas con los cuales perciben al mundo no son necesariamente universales o absolutos, y a veces sean más bien contextuales, hace que algunas personas sientan incertidumbre al respecto.

    Si bien, creo que existen algunos rasgos o patrones universales en la construcción de lo que es bello (en el caso de las personas, la simetría o aquellos rasgos que denoten que una persona es sana podrían jugar algún papel), la verdad es que muchos factores culturales y subjetivos influyen sobre aquello que decimos que es bello o que esta persona es bella y posiblemente estos últimos pesan más que los primeros. La evaluación de la belleza termina siendo una cuestión más bien personal que universal.

    Mis predisposiciones personales; mi concepción de la realidad; posiblemente hasta mi misma genética; la cultura en la que estoy inmerso; lo que es más similar a lo que me es familiar sobre aquello que me puede parecer más ajeno, lejano o extraño; la influencia social o los medios también juegan un papel para decir que tal persona es más bella que otra. A veces, incluso la misma presión social puede ganar cierta relevancia: si esto es lo aceptado como bello, entonces me acoplo a ello para sentirme incluido en el grupo. Si esto no es aceptado como bello, entonces no voy a mostrar admiración por ello. Si tal persona tiene una pareja que es considerado o considerada como bella por la sociedad, ello le puede traer más réditos sociales.

    Es más, quienes comparten una misma cultura no tienen necesariamente las mismas preferencias y a veces a uno no le interesaba mucho la chava por la que babeaban los pubertos en la secundaria. La percepción de la belleza entonces no es algo universal, es una asignación personal que está influida por el contexto en el que la persona se encuentra.

    Los cánones de belleza ni siquiera han sido constantes a lo largo del tiempo. Antes, el estereotipo de belleza de la mujer era una que estaba más bien un poco más «llena» para luego pasar a ser el de una mujer voluptuosa. Claramente los cambios culturales influyeron en la mutación de estos cánones.

    Al parecer, no a mucha gente le agradó la idea de que Kim Nam-Joon fuera más votado que Henry Cavill como el hombre «más guapo del mundo» (más allá de que estas encuestas hechas en Twitter no cuentan con rigor alguno para poder determinar que es representativa de toda la especie humana). ¿Cómo ese «niño coreano» es más guapo que Cavill, tan hermoso y tan mamado?

    Es simple: la gente tiene distintos gustos, los cuales, además, están influidos por el entorno en el que se encuentran. Es posible, por ejemplo, que a los coreanos o asiáticos tiendan a sentir más atracción por Nam-Joon mientras que los occidentales tiendan a sentir más atracción por Cavill.

    Que muchos se indignen porque más gente haya votado a Kim Nam-Joon por encima de Henry Cavill solo refleja la existencia de la subjetividad en la belleza. Si la belleza fuera universal, entonces tendríamos que encontrar un consenso con respecto de estas dos personas que físicamente son muy distintas y solo tendría que haber disputas cuando los «contendientes» sean físicamente parecidos.

    Pero no es el caso. Ambos son demasiado diferentes. No puede existir un estándar de belleza universal e incluso de aquí puede deducirse que es un despropósito buscar al «hombre más guapo del mundo».

  • Sobre la denominada «inclusión forzada»

    Sobre la denominada «inclusión forzada»

    Sobre la denominada "inclusión forzada"

    La «inclusión forzada» es un término muy subjetivo, porque lo «forzado» tiene que ver con el efecto que una obra fílmica causa en la mente del espectador.

    Si yo estoy acostumbrado a ver en las películas a héroes del género masculino porque crecí en un entorno donde me enseñaron el hombre es el fuerte y la mujer la débil y me ponen a un personaje femenino, entonces lo sentiré como «forzado» o «poco natural» porque me han sacado de mi normalidad, pero si yo deseo ver a personajes femeninos como heroínas, entonces ello no me va a parecer forzado, sino natural.

    En este sentido, promover la inclusión, cuyo fin en teoría es visibilizar a grupos de personas o minorías, hará que a algunas personas les parezca forzado, porque rompe con su normalidad y con lo que esperan de algún filme de acuerdo a sus paradigmas sociales y culturales. Ello tiene un efecto más notorio en los sectores más conservadores de la sociedad.

    Es claro que las decisiones de algunos productores de fomentar la inclusión en las películas tienen un trasfondo político. Ello per sé no es bueno ni malo en tanto dicha ambición no afecte la creatividad que se requiere para hacer buenos filmes y contar buenas historias. Al final, el mercado es el que hablará y el que juzgará la calidad de las obras producidas en Hollywood.

    Si la «inclusión forzada» hace que la gente ya no vaya al cine, entonces Hollywood dejará de promover la inclusión porque las utilidades van primero, pero ello no parece ser el caso. Cierto, puede haber casos de cintas que con el afán de promover la inclusión descuiden la trama (y ahí hasta los más abiertos digan que quisieron meter la inclusión con calzador), pero también hay muchos casos que, a partir de un paradigma de inclusión, logran crear grandes obras (Gambito de Dama) o series que tienen éxito como «Sex Education» o muchas otras donde la inclusión es abordada con gran parsimonia (ej, Cobra Kai).

    Los que se rasgan las vestiduras por estas decisiones deberían saber que esto no es algo nuevo. La política nunca ha sido ajena a Hollywood: La cinta de Rocky vs el ruso nunca me pareció mala a pesar de la propaganda evidente. Hasta hace pocos años abundaban los filmes donde el Presidente de EEUU que salva al mundo. Incluso algunos súper héroes tienen o tuvieron un tufo propagandístico. E igual que con el tema de la inclusión, hay casos en que se descuidó la trama por motivos políticos u otros donde lograron hacer grandes joyas.

    Y, pues, en una economía de mercado, si algo no te gusta, no lo consumes y punto.

  • Contra la tauromaquia

    Contra la tauromaquia

    Contra la tauromaquia

    La tauromaquia es una práctica que se ha vuelto muy polémica en tiempos recientes, y en este sentido, estoy muy seguro que mi opinión al respecto va a generar polémica y puede que moleste a más de alguno. Sin embargo, quise aprovechar este espacio para expresar mi sentir contra esta práctica que, por más milenaria o cultural sea, me parece aberrante y que considero debe desaparecer.

    No me voy a centrar del todo en la discusión actual, que si dicha práctica debe estar prohibida o no: por lo general, quienes apelan a la libertad para defender estas prácticas (generalmente desde una postura conservadora) suelen abogar por actos prohibitivos en otros rubros. Argumentaré por qué esta práctica me parece aberrante.

    Primero, antes que nada, hay que recordar que el punto culmen de esta práctica es la muerte del animal por razones de ocio o entretenimiento y ello es muy fácil de abstraer. Muchos de los pro-taurinos argumentan que quienes nos oponemos a esta práctica no la conocemos bien, no conocemos la tradición, la cultura o el «arte» que existe detrás. Que si el traje de luces o el movimiento del torero, pero nada de ello niega la realidad: la muerte de un animal por placer.

    La tauromaquia refleja el dominio del hombre sobre la bestia, lo cual en sí no es malo: tenemos capacidad de dominio de los animales porque tenemos mayor inteligencia que ellos. Sin embargo, la civilización humana es una que con el tiempo va evolucionando, y si algo hemos aprendido con el tiempo, sobre todo en las sociedades más civilizadas, es el respeto por el entorno de tal forma que el ser humano maximice la satisfacción de sus necesidades generando el menor impacto posible en el ecosistema. Es imposible no causarle un daño, pero, sí es posible lograr que la afectación será mucho menor si satisfacemos nuestras necesidades de esta forma.

    No se trata, aclaro, de tomar una postura especista radical, sino una postura más bien consciente y pragmática. Es cierto que todas las especies se matan unas a otras para sobrevivir, pero el ser humano, al ser dotado de una inteligencia superior, puede encontrar formas de sobrevivir sin tener que sacrificar su calidad de vida, al tiempo que adquiere un respeto por el entorno cada vez mayor. Como nuestro ecosistema no es infinito, el respeto por éste se vuelve cada vez más necesario a largo plazo incluso para nuestra misma satisfacción de necesidades.

    Posiblemente seguiremos prescindiendo de la vida de los animales para alimentarnos, pero es cierto que algunas personas han reducido su consumo animal (y otras incluso la han eliminado) con el fin de reducir el impacto sobre estas especies. También es cierto que los avances tecnológicos pueden hacer que estas prácticas vayan induciendo el menor sufrimiento posible a las distintas especies. Esta relación de nuestra especie con el animal, cada vez menos violenta, nos obliga a prescindir de las prácticas más innecesarias que lleve a la muerte de los animales: y por sentido común sabemos que ni la tauromaquia ni la caza son necesarias para nuestra satisfacción de necesidades primarias.

    Un argumento de los pro-taurinos es que esta industria genera empleos y alimenta bocas, lo cual es cierto, pero en esa argumentación olvidan que el dinero que se gastaba en asistir a estos espectáculos se gastará en otras formas de entretenimiento, en ropa o en dispositivos electrónicos que tendrán una mayor demanda y, por tanto, generarán más empleos. Claro, este argumento puede servir para implementar políticas públicas para que, en caso de que estas prácticas desaparezcan o se prohiban, el impacto sobre la gente perjudicada sea menor, pero no sirve para justificar la existencia de esta práctica. Si la justificación es esta, entonces la innovación sería criticable ya que los nuevos productos desplazan a los viejos junto con los empleos que estos últimos generaban. De igual forma, bajo este mismo supuesto, podría justificarse la prohibición de Uber en aras de mantener los empleos de los taxistas.

    Otro argumento tiene que ver con la libertad de elección. Se argumenta que al prohibir la tauromaquia se pierden libertades. Que se defienda la libertad de elección y decisión del ser humano no implica que absolutamente todo esté permitido y vivamos en una suerte de anarquía donde todos los hombres tienen derecho a hacer todo (como diría Hobbes). Nadie en su sano juicio considera que es un acto de libertad de expresión que una persona maltrate y violente a un perro o un gato en la calle por diversión.

    También argumentan que si la tauromaquia desapareciera, desaparecería con ello el toro de lidia. Ello podría ocurrir así porque la existencia de este toro se explica por la intervención humana. Sin ella, esta raza de toro podría no seguir existiendo. Que una raza de alguna especie se extinga no es per sé algo malo: ello ha ocurrido un montón de veces y forma parte del equilibrio del ecosistema. El problema ocurre cuando una raza o especie se extingue producto de la intervención humana porque ello habla de la afectación que nuestra especie causa a nuestro ecosistema. Dicho esto, si esta raza desapareciera, no ocurriría por la intervención humana, sino por la decisión del humano de no intervenir. El animal (el toro) no desaparecería. Por otro lado, ello no quiere decir que no se puedan tomar acciones para preservar a esta raza si así hay quien lo deseé.

    Se argumenta, además, que estos toros tienen una «gran calidad de vida» antes de ser llevados al ruedo, pero ello podría ser análogo a justificar, por ejemplo, la esclavitud de una persona bajo el argumento de que en su infancia se le alimentó muy bien para que después se convirtiera en un esclavo fuerte y más eficiente. La «gran calidad de vida» no es producto de la bondad de aquellos que son parte del negocio de la tauromaquia. Ocurre más bien porque ello es útil para tener toros competitivos y físicamente saludables que satisfagan el negocio de quienes están involucrados en éste.

    Añaden que por qué la preocupación por los animales cuando muchos seres humanos son asesinados, como si tuviéramos derecho a maltratar a los animales hasta que haya cero asesinatos en la tierra. Claro está que para nuestra especie velar por nosotros mismos es prioritario sobre los animales, incluso para nuestra supervivencia: podemos matar a un animal si amenaza nuestra integridad o si necesitamos alimento, pero una cosa no excluye a la otra. Cualquier persona decente está de acuerdo que matar a un ser humano (a menos que sea por defensa propia) es una aberración, incluso las guerras nos parecen menos «románticas que en el pasado porque valoramos más la integridad de los seres humanos», quien salga de esta concepción (que crea que está bien matar a alguien) es mirado con muchísimo recelo y se le considera una amenaza. Matar a un gato por diversión (aunque sea menos preocupante que el caso de nuestra especie) ya es visto de manera similar. ¿Por qué la tauromaquia debería tener un trato diferente? ¿Porque es una tradición o es «cultura»?

    Y por cierto, el argumento de la cultura y las tradiciones me parece el más endeble. La sociedad es dinámica y cambiante, no es estática. Una tradición debe mantenerse en tanto esta sea útil en el contexto en el que se encuentra y enaltezca al ser humano. La tauromaquia no cumple con ninguna de ambas cosas. Las tradiciones deben revisarse periódicamente de tal forma que se mantengan aquellas que sean útiles para la sociedad y desaparezcan aquellas que sean nocivas, perjudiquen al individuo o su entorno. Ciertamente, algunas personas argumentarán que la durabilidad de las tradiciones pueden darnos una pista de su eficacia y utilidad, pero ello no siempre ocurre así y prácticas que nos han acompañado en la mayor parte de nuestra historia humana hoy nos son repudiables, como la esclavitud.

    Si una tradición se va a defender, se debe dar una justificación para su defensa que va más allá de su simple condición de tradición. Si la separación de poderes en Estados Unidos se considera una tradición por los Padres Fundadores y esta idea resulta funcional en nuestros tiempos (cosa que lo es) entonces debe mantenerse y defenderse (por cierto, en Estados Unidos, país de libertades, la tauromaquia que implique el daño o la matanza de un animal está prohibida), pero si no es útil o es nociva, como ocurre, por un decir, con el duelo o el sacrificio humano en las sociedades indígenas, entonces debe desecharse. Defender las tradiciones por el mero hecho de ser tradiciones nos condenará al estancamiento como especie.

    Tampoco podemos justificarlo bajo la idea de la identidad cultural. Dudo que en México la tauromaquia (como lo puede ser más en España) sea uno de los elementos más importantes de nuestra cultura. Además, muchas de las prácticas o actitudes que daban identidad a nuestra cultura se han vuelto obsoletas o simplemente han desaparecido, al tiempo que se mantienen muchas otras que dignifican a nuestro país y hacen que los individuos nos sintamos orgullosos de nuestra nación.

    Para finalizar, si bien la tauromaquia es una manifestación cultural, no se puede considerar un arte. Que Picasso o algunos otros artistas hayan pintado o escrito sobre la tauromaquia no la convierte en un arte (arte, en todo caso serían sus obras) de la misma forma que la guerra no es arte por el hecho de que se haya escrito mucha poesía o se hayan pintado muchos cuadros alrededor de ella. Es cierto que pueden haber expresiones estéticas alrededor de la práctica que puedan ser ligadas con lo artístico, pero de igual forma no podemos considerar al futbol un arte en el sentido estricto porque las empresas que fabrican los jerseys buscan que éstos sean estéticos, agradables a la vista o expresen algo (por ejemplo, elementos que expresen algo de la ciudad donde reside el equipo). No podemos considerar arte los movimientos de los toreros así como no consideramos arte en el sentido estricto las gambetas de Leo Messi por más las admiremos.

    La tauromaquia es una práctica bárbara, donde la matanza del animal es el momento cumbre en esta práctica, la culminación del dominio del individuo sobre la bestia quien se vuelve triunfante: las luces, los protocolos, el colorido y los símbolos que dan identidad a esta práctica y bajo lo cual se justifica su condición de tradición y cultura, se vuelven accesorios a este crucial momento.

  • ¡Oye Failtelson! El merecimiento es una construcción social

    ¡Oye Failtelson! El merecimiento es una construcción social

    ¿Quién merece algo y quién no?

    Ayer, muchos aficionados y opinadores (Failtelson) andaban indignados porque el Real Madrid (equipo al que no le voy) ganó haciendo solo dos tiros a gol mientras que el Liverpool hizo más de 10 y dominó casi todo el partido. ¡Qué injusto! ¡El Madrid ganó injustamente! ¡Liverpool mereció ganar!

    Pero el Madrid fue justo y merecido campeón porque en el futbol quien gana es quien mete los goles y no quien remata más o tiene más posesión del balón. Esto último son recursos para ampliar las posibilidades de ganar, pero no dice nada sobre quién ganó.

    Resulta que cuando los individuos queremos obtener algo tratamos de optimizar nuestras habilidades y capacidades, y empleamos un mayor esfuerzo para lograr tal o cual resultado. Así, se esperaría que quien haga un mayor esfuerzo y tenga un mayor desempeño, tenga mayores posibilidades de obtener el triunfo.

    De alguna forma educamos a la gente para que haga un mayor esfuerzo porque ello genera mejores resultados tanto individuales como sociales. Reconocemos a quienes emplean un mayor esfuerzo y muestran mayor talento porque esperamos gente que obtenga «más cosas» en la sociedad y ésta se beneficie en su conjunto. Así, relacionamos los instrumentos (esfuerzo y desempeño) con los resultados.

    De igual forma, las empresas (o equipos, o lo que sea) eligen a personas con un mayor desempeño o talento porque las probabilidades de obtener mejores resultados son más altas. No es un tema de merecimiento, sino de interés mutuo (si me esfuerzo tengo más probabilidades de tener éxito y si yo contrato a gente que se esfuerza, tengo más probabilidades de obtener tales resultados).

    Pero de estas dinámicas, los individuos asumimos que quien merece la gloria es quien tuvo un mejor desempeño o talento, y eso es un error.

    Quien merece algo es quien obtuvo el éxito en un entorno de reglas justas y punto. Lo demás es irrelevante.

    Con reglas justas me refiero a que no se haga trampa y que dichas reglas no beneficien arbitrariamente a unos sobre otros (por influencias, prejuicios de género y un largo etc).

    Si el otro se esforzó más o «dominó más» es irrelevante, a menos que el juego de reglas determine al triunfador con base a dicho desempeño (como a veces pasa en el box).

    Si el compa que es menos talentoso que tú y tiene un mejor trabajo o gana más dinero empleando menos esfuerzo que tú, ello no es injusto. Si la suerte benefició a la otra persona y a ti no, ello tampoco es injusto.

    Pensar en que mereces algo porque le echaste ganas genera una mentalidad mediocre, porque entonces esta arrogancia evita que te replantees la estrategia. Peor aún, que te prives de hacerlo cuando ya tienes muchos elementos (esfuerzo y talento) que hacen que la posibilidad de tu éxito sea más probable.

    Dicho esto, si te esforzaste mucho, no te fue bien y nadie hizo trampa en el proceso, ello no es culpa de nadie. Lo único que toca es replantear tu estrategia.

    Si te esforzaste mucho y te la partiste, está muy bien que te sientas contigo mismo, a pesar de que no lo hayas logrado, pero ello no implica que le puedas exigir al mundo que te dé lo que crees merecer.

  • El estilo conflictivo de gobernar la Ciudad de México

    El estilo conflictivo de gobernar la Ciudad de México

    El estilo conflictivo de gobernar la Ciudad de México

    Generalmente, las grandes ciudades suelen ser más liberales. Como señalaba el economista Edward Glaeser, ahí las personas viven más en el anónimato que en los pequeños pueblos donde son observadas y juzgadas por la comunidad.

    La Ciudad de México es una ciudad muy grande y su sociedad es más liberal (en el sentido progresista) que la de cualquier otra ciudad. Hay tanta gente que puedes perderte entre ella.

    Pero la forma en que la política se despliega en la capital sufre de una aparente fuerte contradicción producto de la desigualdad que existe en esta ciudad. La CDMX para nada es homogénea, más bien es muy heterogénea. Aunque más liberal que las otras ciudades, coincide con las otras en que la cultura liberal se expresa como una U invertida a lo largo del espectro socioeconómico. Es decir, las clases altas suelen ser conservadoras, las clases medias suelen ser las más liberales y las clases bajas todavía más conservadoras y religiosas que las altas.

    El liberalismo clasemediero muestra una combinación de valores liberales clásicos (creencia en la democracia, la separación de poderes, contrapesos, libertad de expresión) y progresistas (apoyo a causas LGBT, feminismo, ecologismo): una suerte de socialdemocracia o socioliberalismo. Conforme se desciende en la posición social, estos valores liberales clásicos parecieran a ser progresivamente reemplazados por la idea de un Estado más intervencionista y protector mientras que los valores progresistas van pasando progresivamente a ser reemplazados por ideas un tanto más tradicionalistas. En el caso contrario, cuando se asciende a la posición social, los valores liberales clásicos toman mayor predominancia: la idea del libre mercado, por poner un ejemplo, y estos se combinan con una postura social cada vez más conservadora (aunque muy posiblemente en menor grado que en otras ciudades del país).

    De la misma forma, tanto más se baja de posición social, la relación paternalista y asistencialista comienza a manifestarse.

    Claro que esto es una generalización y no implica que todos los individuos sigan este patrón. Aún así, en este oscilar de posturas ideológicas de forma gradual es posible encontrar personas (sobre todo de clase media-alta) que combinan valores progresistas en lo cultural con el libre mercado mientras que otras (sobre todo en la clase media) defienden esos mismos valores progresistas acompañados de discursos más críticos con el capitalismo.

    Así, la CDMX pareciera dividirse en microculturas que van desde Las Lomas (gente de clase alta con valores más tradicionales), Polanco (algo más progresista que la primera), el eje Roma-Condesa (la zona más progresista por excelencia de la ciudad y tal vez del país), o zonas más populares como Iztapalapa donde los gobiernos tejen muchas redes clientelares y donde tiene lugar el muy típico viacrucis.

    Dentro de todas estas tendencias, el progresismo-liberal y el paternalismo viejopriísta parecen ser aquellas que pueden ser más capitalizables políticamente por el número de personas que las abrazan. Estas expresiones, que en muchos sentidos pueden ser contrarias (la primera burguesa y la segunda popular) se entremezclan para dar forma a los gobiernos que están al frente de la ciudad.

    Así, cada régimen de la CDMX que pasa, aspira a ser un régimen de avanzada a la Copenhague, a la vez que emula al populismo latinoamericano y al paternalismo priísta. Estas dos visiones opuestas conviven de tal forma que la frontera entre ellas se vuelve muy difusa.

    Los plebiscitos y referendums que se llevan a cabo en muchas colonias a veces quieren parecerse a alguna política suiza pero luego parece tomar la forma de esos plebiscitos que tanto se hacen en países como Venezuela o Bolivia. El gobierno construye ciclovías a la vez que refrenda pactos con los taxistas para mantener cuotas de poder político. La misma Claudia Scheinbaum parece tratar de hacer cierto equilibrismo entre el progresismo capitalismo y el conservadurismo de su patrón y de quien dependen sus aspiraciones políticas: Andrés Manuel López Obrador.

    La CDMX, tan gay-friendly y guadalupana a la vez. Con un PAN del que se rumora está jugando al progre para aspirar a arrebatarle la capital a MORENA y con una jefa de gobierno que porta en su vestimenta a la Virgen de Guadalupe para atraer la simpatía de las clases populares.

    Así, en una ciudad tan heterogénea, los gobiernos (todos denominados de izquierda desde que Cuauhtémoc Cárdenas ganó las elecciones) terminan siendo una expresión muy sui géneris. A veces se dicen de izquierda porque «dan dinero a los pobres (para tejer redes clientelares)» o porque defienden los derechos de la mujer: dos izquierdas completamente distintas y que pertenecen a tradiciones muy disimiles.

    Y, mientras tanto, este liberalismo de las grandes ciudades coincida con una profunda desigualdad, los gobiernos tendrán muchos incentivos para jugar este juego en apariencia contradictorio, porque ello les es rentable electoralmente, porque el votante mediano se encuentra en medio de esa contradicción.