Autor: Cerebro

  • Cuando los independientes se vuelven priístas sin querer

    Cuando los independientes se vuelven priístas sin querer

    Cuando los independientes se vuelven priístas sin querer

    Las candidaturas independientes fueron resultado de la presión ciudadana. Se aspiraba, con ellas, no a acabar con los partidos (los cuales, a pesar de todo, son necesarios en una democracia) sino que fungieran como contrapeso para así desarticular ese monolito en el que se ha convertido la partidocracia. Como si fuera un fenómeno de mercado, pensamos que ante «más competencia», tendríamos «mejor calidad en el servicio».

    En el 2015 Pedro Kumamoto ganó el distrito 10 de Zapopan, y automáticamente se convirtió en el referente de los independientes. De alguna manera también lo haría El Bronco, aunque éste, a diferencia de Kumamoto, terminaría decepcionando al llegar al poder.

    Pero hasta la fecha sólo Kumamoto se convertido en una suerte de inspiración. Fue, al parecer, la única manifestación de que con los independientes podríamos aspirar a algo más, a una bocanada de aire fresco dentro de una clase política cada vez más lejana de la sociedad.

    Para 2018, las candidaturas independientes no sólo no parecen tener el empuje para contrarrestar al sistema, sino que parecen fortalecer al régimen priísta que aspira, a pesar de todo, a la continuidad. El PRI, con todo el oficio que le caracteriza, vio en las candidaturas independientes una herramienta que puede usar a su favor para desarticular a toda la oposición y que la batalla sea entre ellos y López Obrador.

    La idea era que sólo hubiera una candidatura independiente y todos se unieran en torno a ella; se decía que lanzarían al candidato con más posibilidades de ganar y todos lo apoyarían. No fue así. Basta ver la lista de los candidatos independientes para ver que su principal función será pulverizar el voto de la oposición. Algunos, sin quererlo, podrán volverse parte del juego (como Pedro Ferriz y tal vez Margarita Zavala) mientras que otros, como El Bronco, saben muy bien qué papel van a jugar. 

    Al ver los nombres como los de Pedro Ferriz, Margarita Zavala, junto con Ricardo Anaya que van por el frente, podemos anticipar que el voto de la derecha se puede fragmentar. Además de que el conflicto entre Ricardo Anaya y Margarita Zavala reducen las posibilidades de negociación en un momento posterior. Por la izquierda también vemos un intento de fragmentación, aunque AMLO se sigue viendo más fuerte que cualquier candidato de derecha, incluso sin el PRD. La postulación de Marichuy por parte de los zapatistas podría afectar la candidatura de López Obrador. El Bronco podría aspirar a ganarse unos votos tanto de la derecha como de la izquierda, y a pesar de que no pueda aspirar a mucho dados sus magros resultados a Nuevo León, quitar poco es mucho mejor a quitar nada. 

    Este escenario es el ideal para el PRI porque si bien el voto duro que posee, como ya he explicado en este espacio, va disminuyendo y ya no es suficiente para ganar elecciones, sí puede funcionar como comodín ante un escenario muy fragmentado. El hombre a vencer es López Obrador, y Antonio Meade, quien seguramente será su candidato y quien no tiene «pasado priísta» (lo cual le podría dar algo de voto útil, sobre todo entre quienes teman que AMLO gane) tendrá el comodín del voto duro.

    Esto no significa que necesariamente vaya a funcionar la estrategia, pero al menos sí muestra que el PRI tendrá con qué competir. Al final, las elecciones presidenciales terminan siendo una competencia de dos, y existe la posibilidad que de entre la oposición (exceptuando, claro está, a AMLO) alguien suba y saque al PRI de la contienda. 

    La oposición debe aprender que está lidiando con un partido con mucho oficio y debe saber leer la jugarreta para así poder contraatacar. Tendrán que jugar el juego del PRI, el de la unidad, para evitar que López Obrador o el propio PRI ganen. 

    Un grave error es la salida de Margarita Zavala del PAN. Un acierto es que Emilio Álvarez Icaza declinara a su candidatura independiente para «no jugar el juego del PRI». Lo ideal sería que dentro del frente conformado por el PAN, PRD y MC se postulara a un candidato independiente, no partidista, de buena reputación, para así poder fortalecer todo el movimiento opositor. Si el PRI puede aspirar a «bajar un poco sus negativos» postulando a un candidato no priísta como Meade, el frente lo puede hacer aún más postulando a un candidato independiente. 

    El PRI, por su parte, debe de ser sumamente cauteloso para no dilapidar el voto útil que pueda ganar Antonio Meade. Por ejemplo, si las prácticas electorales que caracterizan al PRI (acarreo, compra de votos) quedan a la vista como ha sucedido en las últimas elecciones, si sobresale más el «priísmo tradicional» que la «independencia de Meade», la posibilidad de que el voto útil se concentre en otro candidato es muy plausible y la candidatura quedará condenada al fracaso. La República Mexicana no es el Estado de México (donde apenas pudieron ganar) por lo cual la estrategia de fragmentación tendrá que ser mejor pulida y elaborada, cualquier error puede echar todo a perder.

    Entre las candidaturas independientes existen buenas intenciones, personas que desean entrarle más por la intención de hacer algo que por acaparar poder. Pero el mundo está lleno de buenas intenciones, y en el juego del poder, la política, el oficio y el pragmatismo son muy importantes. Los independientes «bienintencionados» deberán preguntarse si su candidatura terminará beneficiando más bien al PRI, o en su caso, a López Obrador, quienes son los mayores beneficiarios de la fragmentación que están promoviendo sin querer.

    Al menos ya se ha entendido al juego que quiere jugar el PRI, lo que sigue es saber responder. 

  • El PRI puede volver a ganar en 2018

    El PRI puede volver a ganar en 2018

    El PRI puede volver a ganar en 2018

    El PRI vive. 

    Y vive a pesar de la desaprobación del gobierno actual y del encono generalizado.

    El PRI vive por la incapacidad que tienen los demás actores de ponerse de acuerdo. El PRI nos recuerda que tiene oficio político en tanto los demás actores parecen ser más bien una suerte de niños de primaria peleándose en el recreo.

    Divide y vencerás. Y la oposición está más dividida que nunca.

    Al PAN ya le renunció Margarita Zavala (quien no tiene posibilidad alguna como independiente). Posiblemente Ricardo Anaya, un personaje gris e insípido termine encabezando el frente opositor. No les cabe por la cabeza la idea de nombrar a un candidato no partidista para que la gente no sienta que va a votar por la misma clase política. 

    La izquierda está partida en dos. Por un lado, el PRD y MC están con el frente. Morena y PT son el «otro frente». 

    A los independientes se les olvidó que la mejor estrategia era nombrar a uno y que todos lo apoyaran, como se decía que le harían. Ahora tenemos a Ríos Piter, Pedro Ferriz, El Bronco (que es inepto pero no tonto), y posiblemente Álvarez Icaza. Y a ellos se les sumará Margarita Zavala. 5 independientes intentarán ser candidatos.

    Divide y vencerás.

    En el PRI también pueden haber pugnas internas. Pero si algo sabe hacer el PRI es que al final todos se alineen. Seguramente el PRI se decantará por Meade, el menos priísta de los priístas, de tal forma que puedan vender la idea de un cambio, la antítesis de Peña Nieto (un hombre preparado, estudiado e inteligente) dentro del propio PRI. Un buen candidato dentro de un mal partido. Incluso algunos antipeñistas podrían votar por él ante la debilidad de Anaya y el «populismo» de López Obrador. 

    En un escenario así, todo podría quedar entre PRI y López Obrador (quien de alguna forma también se beneficia de esta fragmentación). Porque el primero tiene la mayor estructura y porque el segundo tiene una cantidad considerable de seguidores a quienes persuade con un discurso simple e incluso algo primitivo. 

    Y Meade, con su perfil técnico «apartidista» y no de priísta rancio o corrupto (como Osorio Chong e incluso Videgaray) es el candidato que podría beneficiarse más de la incertidumbre que genere López Obrador. 

    El PRI tiene la cabeza muy fría, todos los demás la tienen muy caliente. El PRI, a diferencia de los demás, no improvisa, sabe lo que hace, no se sale del guión.

    El PRI está jugando sus cartas, y las está jugando muy bien. Difícilmente podría considerarlo favorito, pero lo que sé es que el PRI está vivo y sí tiene posibilidades de ganar. 

    Y las tiene, a pesar de todo el descontento, a pesar del encono de la gente hacia el PRI y al gobierno de Peña Nieto.

  • La hipocresía de defender los derechos humanos

    La hipocresía de defender los derechos humanos

    La hipocresía de defender los derechos humanos
    Fuente: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

    Siempre he tenido la curiosidad: Cuando la gente habla de derechos humanos ¿los aborda en su universalidad donde estos trasciendan cualquier cualquier ideología o corriente de pensamiento? ¿O defienden los derechos humanos como si estos fueran un mero instrumento de alguna ideología determinada?

    Me he podido percatar, al menos en redes sociales, que algunas personas (incluyendo algunos que se dicen ser líderes de opinión) responderían más bien a la segunda pregunta. Es decir, los derechos humanos les sirven para defender o atacar alguna ideología determinada.

    Hace unas semanas así ocurrió con algunas personas quienes aseguran ubicarse a la izquierda del espectro político. Relativizaron a más no poder la represión orquestada por Nicolás Maduro. La intentaron justificar afirmando que los manifestantes estaban manipulados por «la derecha internacional» o el imperalismo. Defender los derechos humanos como tales habría significado para ellos aceptar las falencias de su doctrina o del régimen que defienden (porque no sería compatible defender ambas cosas al mismo tiempo). En aras de la «justicia social» decidieron hacer caso omiso de la agresión (que incluyó algunas muertes) del gobierno de Maduro hacia varios ciudadanos venezolanos (por más paradójico que parezca). Se vale, dicen, agredir a los manifestantes porque están manipulados, son enviados, pertenecen a alguna clase de interés oscuro.

    Ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo con la represión que sufrieron los catalanes, pero en este caso son algunos conservadores los que han sido parte de la hipocresía. Varios han justificado la represión del gobierno de Mariano Rajoy para «defender la legalidad y el Estado de derecho». En efecto, el referendum al que convocaron era ilegal, pero los manifestantes nunca usaron la violencia o dieron alguna razón que permitiera a las autoridades utilizar la fuerza bruta. 

    En ambos casos, para tratar de desestimar el argumento de que las víctimas de la represión son inocentes, intentan convencer a la opinión pública de que no es así compartiendo «evidencias» de algún manifestante que se descarrió, algunos otros pocos que hicieron pintas, para así mostrarlos como si fueran parte de un todo, como si fueran la regla y no la excepción. Así entonces, la represión no es represión sino solamente la «aplicación de la ley». 

    Y la represión, en tanto no es una respuesta a la violencia o no tiene como fin disuadir los actos violentos de un grupo o una organización, no puede ser justificada de ninguna forma. 

    Quienes argumentan así, quienes relativizan o justifican actos represivos, no conciben los derechos humanos como universales y niegan de forma tácita que éstos trasciendan cualquier ideología. Hannah Arendt decía que las dictaduras totalitarias no están fundamentadas en la idea de que el ser humano es un ser digno cuya integridad debe respetarse, sino que todo debe «reinterpretarse» para que pueda caber en la ideología y por tanto, ésta no pueda contradecirse. La dignidad del ser humano está condicionada a la ideología, y si hubiera alguna incompatibilidad, es de la dignidad de la que se debe prescindir, no de la ideología misma. Si bien, ni el régimen de Maduro ni el gobierno de Rajoy son dictaduras totalitarias, sí podemos advertir que muchas personas son capaces de relativizar o negar estos derechos universales para poder darle fuerza a la corriente ideológica que defienden. 

    Algunos hablarán de la libertad y el Estado de derecho, otros hablarán de la justicia social. Todos esos conceptos son loables, pero cuando se promueven solamente como parte de una doctrina o de un conjunto rígido de ideas, pierden fuerza y validez (Un Estado de derecho que reprime a los ciudadanos ya no puede concebirse como tal, ni tampoco la justicia social, en tanto niega a los individuos el derecho a manifestarse). A partir de aquí entonces constatamos que ni siquiera esto trata ya de los principios básicos de la doctrina, sino del poder. Porque si algo hemos aprendido a través de la historia es que el poder termina pervirtiendo la esencia de la doctrina y ésta termina siendo solamente un instrumento a favor de quienes buscan ostentar o conservar el poder. 

    Los derechos humanos son universales, todos los individuos somos dignos y nuestra integridad debe de estar garantizada. Por eso es que debemos advertir cuando éstos quedan sujetos a algún interés o doctrina política. Los derechos humanos trascienden cualquier doctrina porque son los seres humanos quienes han creado las doctrinas, no al revés. 

  • Cataluña y la represión

    Cataluña y la represión

    Cataluña y la represión

    A mí en lo particular no me gustaría que Cataluña se separe de España. Creo que al final dicha escisión no sería beneficiosa para ninguna de las dos partes. Cataluña es una de las regiones más productivas y que aporta más al PIB del país. Sin embargo, si se separa (aunque Cataluña es pro-europeísta), nacerá como nación fuera de la UE y al mismo tiempo España podría vetar su ingreso. 

    La Cataluña posfranquista siempre ha ostentado cierta autonomía. Por ejemplo, la región, además del español, tiene como idioma oficial el catalán y el aranés; y también tiene su propia bandera, su propio himno, tiene órganos de gobiernos propios (como la Generalitat de Catalunya). Pero el sentimiento nacionalista ha arreciado en los últimos tiempos. El anhelo de escisión a la que aspiraban los más radicales y los políticos se ha contagiado a las masas, en gran parte, por la persuasión (e incluso adoctrinamiento) promovido por los primeros. Cada vez más apartamentos presumen su bandera catalana en el balcón.  

    Pero el hecho de que no me guste ver a Cataluña como algo ajeno a España no implica que esté de acuerdo con la postura represiva de Mariano Rajoy. Por el contrario, la condeno totalmente. 

    Algunos argumentan que el referendum es inconstitucional (aunque ciertamente no es como que existan dentro de las naciones mecanismos constitucionales para que una región pueda proclamar su independencia del país al que pertenece). Pero eso no justifica de ninguna manera el actuar del gobierno de Mariano Rajoy poco digno de un país europeo y más digno de regímenes como el de Nicolás Maduro. 

    La represión violenta funciona dentro de regímenes sumamente autoritarios, que son capaces de bloquear los medios de comunicación, las vías de acceso y donde dejan a los ciudadanos vulnerables. Ante el ataque violento del gobierno y las duras consecuencias de ser opositor al régimen o a una política de éste suele disuadir a los ciudadanos. Pero España no es un régimen totalitario, tan no lo es, que en cuestión de minutos nos hemos enterado de la represión del gobierno de Mariano Rajoy hacia los ciudadanos que desean independizarse. La opinión pública (incluso gran parte de los que se oponen a la independencia de Cataluña) ya ha manifestado su repudio. Centenas de españoles (catalanes en su mayoría) que ejercieron su derecho a expresarse libremente se encuentran heridos por los actos represivos de las fuerzas policiales del gobierno español.

    Políticamente, la estrategia es un craso error. Primero, porque ante la indignación que provocó el ataque violento no serán pocas las personas indecisas que se inclinen a favor de la independencia de Cataluña. Segundo, porque la represión es una gran oportunidad para crear un discurso de victimización que le de fuerza a la intención por independizarse. Rajoy presume haber evitado el referendum, pero sólo ayudará a exacerbar el nacionalismo dentro de una región considerada plural y multicultural. Aún sin referendum, la «imagen» que se colocará dentro de la opinión pública fue que el SÍ venció, porque ahí están de muestra las víctimas que tuvieron que ser reprimidas para evitar que se llevar a a cabo el referendum y el SÍ ganara.

    Fuera de España, donde las pasiones no son tan exacerbadas por el mero hecho de que no somos españoles ni catalanes, lo que se ve son los policías agrediendo a los ciudadanos, es lo que circula en las redes, y es mucho más fácil de entender que las razones de la independencia o no independencia de Cataluña. Es natural, entonces, que la opinión pública internacional se vuelque a condenar al gobierno de Mariano Rajoy antes que otra cosa. La represión es más notoria que la historia de Cataluña, que los gobernantes y medios de comunicación catalanes exacerbando el espíritu nacionalista dentro de la región, y que las ventajas o las desventajas de su separación.

    El gobierno de Mariano Rajoy le puso a Cataluña su independencia en bandeja de plata. Rajoy perdió a casi toda la opinión pública (que importa mucho políticamente) por su actuar. 

    Se pudo aspirar a la negociación, pero la terquedad de ambas partes y que derivó en la represión como «medio para solucionar el conflicto» pusieron a España en una situación donde no hay marcha atrás. 

    Lo más probable, a mi parecer, es que Cataluña se separe. Respeto la decisión de los catalanes y considero que si desean independizarse lo deberían poder hacer (y que serán muchos más después de los actos represivos del gobierno español), pero a la vez es un paso atrás para aquellos que deseamos un mundo cada vez más integrado donde las aspiraciones nacionalistas sean cada vez más tenues. Además creo que las consecuencias no serán las mejores. 

    Rajoy se equivocó. Y esa equivocación quedará grabada en la historia de España. 

    https://www.youtube.com/watch?v=APsHNIrS7-s

  • El sismo y las televisoras

    El sismo y las televisoras

    El sismo y las televisoras

    El miércoles pasado me llevé mi laptop a la televisión. La idea era que mientras estaba haciendo llamadas, compartiendo información en redes sociales y conectando gente o gestionando vuelos con aerolíneas para trasladar voluntarios, pudiera estar al tanto de lo que pasaba. Quería tener mi computadora ocupada en las «labores de voluntariado» y doña tele sería mi principal fuente de información en esos momentos. 

    Por un momento había olvidado porqué había dejado de ver televisión y porqué los noticieros dejaron de ser, para mí, cualquier fuente de referencia. 

    Lo primero que entendí fue que las cadenas de televisión se han visto rebasadas por las redes sociales y los medios de comunicación digitales. Por ejemplo, mientras TV Azteca estaba concentrada en la Frida Sofía que nunca existió (luego supimos que no fue tanto culpa de las televisoras) y narrando apasionadamente un intento de rescate en la Obrera, en Internet se propagaba el rumor, propagado por algunos medios serios, de que el hotel Plaza Condesa tenía daños estructurales (que es un icono del lugar porque hospeda un inmueble de conciertos, bares y restaurantes). Pero la televisora del Ajusco se limitó a comentar algo así como «después vamos a hablar de un edificio de La Condesa que está en riesgo de colapso». Se notaba, la televisora estaba muy atrasada, no le aguantaba el ritmo a Internet.

    ¿Qué fue lo que vi en esa transmisión? Básicamente un show. Parecía que estaban preocupados por todo menos por ser un canal de comunicación que pueda a poner disposición herramientas para ayudar en las labores de rescate. En vez de informar, se preocupaban por narrar relatos de «telenovela» para mantener al espectador enfrente de la televisión. Así trataron el caso de Frida Sofía, todas las cámaras apuntaban al colegio Enrique Rébsamen donde supuestamente había una pequeña niña atrapada. Cierto, no inventaron la historia como acusaron algunos de sus detractores, pero parece que tampoco (ni ellos ni Televisa) se preocuparon por corroborar bien sus fuentes de información.

    En ese momento existían varios edificios en riesgo de colapso, vecinos preocupados porque el edificio de al lado no se les fuera a caer, muertos, pánico, gente sufriendo, pero todo se centraba en el Enrique Rébsamen y solamente en el caso de Frida Sofía. Después cortaron la transmisión para entrevistar a personajes de la farándula y preguntarles cómo vivieron el temblor. Aprovecharon el momento para promocionar a sus grupos pop, y de paso, promocionar a sus fundaciones como las hermanas de la caridad, dona a nuestra fundación y nosotros donamos otro peso. De nuevo, se presentaban con ese aire paternalista dentro de una sociedad donde ya casi nadie los voltea a ver ni los toma en cuenta. Ante la incapacidad de ser un medio de información, prefirieron ser uno de espectáculos para llegar a ese target que todavía está condenado a verlos.

    Y las pocas veces que se molestaron en buscar la noticia (cuando cuadraba con las telenovelas que hacían por medio de la tragedia) no se molestaron siquiera en ser sensibles con el dolor y la desesperación que muchos vivían:

    Si en 1985 el gobierno fue rebasado groseramente por la ciudadanía, ahora quienes fueron rebasadas fueron las televisoras. Internet fue el medio de comunicación que sirvió para todo, para informar (y sí, para desinformar de vez en cuando) y para que la ciudadanía se organizara o reportara personas. La gran mayoría conoció información de primera mano a través de Internet. Lejos quedaron los tiempos de aquellos reportajes pletóricos como el de Jacobo Zabludovsky quien salió a las calles en su automóvil inmediatamente después del terremoto de 1985. Ahora todo lo supimos por medio de los videos posteados en redes sociales. Televisa y TV Azteca, ante la falta de contenido propio, tuvieron que echar mano de ellos para narrar la tragedia. 

    Y hasta para eso se vieron lentos. Retransmitían los videos que ya rolaban desde hace varios minutos u horas en Twitter y Facebook. 

    Básicamente, las televisoras fueron inútiles como medio de comunicación. Ni siquiera se molestaron en usar toda su capacidad humana y tecnológica para involucrarse en las tareas de localización de personas, de rescate y de ayuda. Fueron meros espectadores y transmitieron lo que percibían como espectadores. Pasmados, en la búsqueda de rating, tuvieron que recurrir al show, ahí donde (piensan) todavía no han sido rebasados. Las televisoras no tendrán su nombre impreso en estos días que fueron trágicos, pero a la vez históricos. A diferencia de 1985, nadie recordará ni compartirá las transmisiones de las televisoras si no es para criticarlas. 

    Dicen que las tragedias sacan lo mejor o lo peor de las personas. En el caso de las televisoras, tan sólo mostraron que cada vez son más irrelevantes en el concierto nacional. 

  • El sismo y el oportunismo político

    El sismo y el oportunismo político

    El sismo y el oportunismo político
    ¡Agarre una pala y póngase a trabajar! Le gritaron a Peña Nieto.

    La tragedia no ayudó a crear lazos entre los políticos y los ciudadanos. Por el contrario, parece haberlos distanciado más. A pesar de que la reacción de las autoridades fue bastante mejor que la que se tuvo en 1985, sin llegar a ser la óptima claro está (el ejército y la marina hicieron un papel más que aceptable), los propios ciudadanos han hecho a un lado a los políticos dentro de esta tarea de rescate y reconstrucción. No existe la más mínima confianza.

    Esto lo vimos cuando se abucheó a Osorio Chong en sendas ocasiones, cuando corrieron a patadas y a gritos a delegados y a gobernadores. Los políticos no tienen siquiera la capacidad de establecer contacto con la ciudadanía, acuden a los lugares siniestrados a «hacer mosca» y ni siquiera se ensucian la camiseta; y cuando lo tratan de hacer, los ciudadanos descubren inmediatamente que se trata de una simulación.

    A pesar de que los protocolos han mejorado y que el gobierno tiene una mejor capacidad de respuesta ante estas duras eventualidades, los políticos parecen no haber mejorado en su forma de comunicarse con los ciudadanos y sentir su dolor. Siguen predominando las puestas en escena propias de la parsimonia de los años 70 y 80 donde el señor gobernador, como el salvador dadivoso que es, se paraba ante las multitudes. Ya nadie les hace caso. 

    Un claro ejemplo son las propuestas para reducir o eliminar el financiamiento de tal forma que el dinero se vaya para ayudar a los damnificados y al a reconstrucción. No me parece nada mal que dichos recursos se utilicen con ese objetivo, de hecho sería un gran logro para que los partidos dejen de tener tantos recursos que van a parar a su bolsillos. Pero los políticos siguen, dentro de su cosmovisión arcaica, pensando en que están «donando dinero». Nada más falso, porque no es dinero suyo, es nuestro dinero, al cual nosotros les confiamos que utilicen de mejor forma.

    El debate se ha centrado en «quien da mas», como si se tratara de una competencia. Pero dentro de dicha competencia se percibe lo evidente, que tiene un fin oportunista. Los partidos escuchan la petición de los ciudadanos y evalúan el mejor escenario para ellos que se traduzca en rentabilidad política. Primero es López Obrador, luego responde el PRI y después el frente conformado por el PAN, PRD y MC. 

    Incluso llegan a proponer propuestas populistas como ocurrió con el líder del PRI Enrique Ochoa Reza, quien propuso suplir el esquema de financiamiento público a los partidos por uno privado (algo así como lo que sucede en Estados Unidos). La petición se oye muy atractiva, porque la gente no quiere que su dinero se use en las «mugres campañas». Pero la solución puede terminar siendo más grave que el problema porque en México no existe un mercado lo suficiente diverso como para que el financiamiento privado no cree conflictos de interés y por el riesgo que implica la presencia del narcotráfico. Es cierto que el presupuesto puede reducirse, pero no puede eliminarse, sería contraproducente. 

    Tal vez no se equivoquen quienes digan, al ver la gran participación ciudadana que respondió a la tragedia, que el pueblo ya no tiene el gobierno que merece. En efecto, si bien el gobierno emana del pueblo, la clase política es capaz de mantenerse aún cuando la sociedad a la que gobierna ya evolucionó de tal manera que ha dejado de ser representada. La respuesta ciudadana al terremoto podrá tener incidencia sobre las estructuras políticas, las hará cimbrar (aunque suene irónico), porque la lejanía entre ciudadanía y gobierno es cada vez más insostenible. 

    Acierta León Krauze cuando dice que las elecciones venideras no serán las mismas, y que la posibilidad de que surja algún líder renovado y fresco aumentarán (aunque ciertamente tendrá encima el tiempo). México no será el mismo después de la tragedia. La clase política intentará mantener el status quo, pero tiene enfrente a una ciudadanía más empoderada. En su afán de mantenerlo y ante su incapacidad de corresponder a la realidad actual, tendrá que ceder algo de poder para poder sobrevivir. El terremoto de 1985 cambió muchas cosas, fue uno de los principales factores para el fin de la hegemonía del PRI. Posiblemente suceda algo muy parecido con el que acaba de ocurrir. La ciudadanía está muy empoderada, ya se la creyó. La clave consiste en que la propia ciudadanía intente canalizar ese empoderamiento para generar cambios.  

    Estamos ante una oportunidad histórica, aunque tristemente, para llegar a ella, varios de los nuestros hayan tenido que perder sus vidas, sus familias o su patrimonio. 

  • Ayudar después del furor de ayudar

    Ayudar después del furor de ayudar

    Ayudar después del furor de ayudar

    Casi todo México ha cerrado filas. Con excepción de unos pocos sumidos en la crítica y el meme barato, la mayoría de los mexicanos están poniendo su granito de arena para ayudar a los suyos. Esto sin importar clase social, género o raza. 

    Pero si queremos ayudar de la mejor forma posible, también hay que comprender nuestras limitaciones como seres humanos. 

    Es decir, hubo algo que nos motivó a romper nuestra rutina diaria: algunos dejaron de ir al gimnasio, otros trabajamos menos horas y no «nos divertimos» el fin de semana. Vimos atónitos videos de edificios caerse, de gente gritar, de personas atrapadas, de muertos, de perros que se convirtieron en héroes. Esa angustia de «sentirla cerca», de sentirnos vulnerables, modificó nuestros hábitos. 

    A esto se sumó un círculo virtuoso. Conforme más personas se involucraban, subían y compartían información, muchas más personas se motivaron a ayudar. Se crearon insignias que representan este despertar ciudadano (por ejemplo, la perra Frida). No sólo se trataba de una intención sincera, sino también de un sentimiento de pertenencia. Así como las tribus suelen defender y ayudar a los suyos de las amenazas exteriores porque el individuo está más protegido dentro de una tribu que en la completa soledad, nosotros decidimos ayudar a los nuestros. Conforme el ser humano evoluciona, el círculo con el que empatizamos se vuelve más grande. Ya no sólo son los círculos con los que mantenemos lazos consanguíneos, sino los habitantes de nuestra ciudad, nuestro país, Occidente y hasta con cualquier población del mundo (aunque no sea en la misma medida). Por esto se explica que muchas personas de otros países se preocuparan por nosotros. Los círculos de empatía han crecido al grado que Cristiano Ronaldo se ha solidarizado con la madre del niño (ferviente admirador suyo) que murió a causa del terremoto.

    Pero este círculo vicioso es finito. Es difícil mantener la llama prendida hasta que se terminen de resolver por completo los problemas que el terremoto ha causado (lo cual posiblemente dure años). Con las semanas, la llama se ira apagando, el furor irá desapareciendo y volveremos a nuestras vidas normales (lo cual incluye, que muchos capitalinos ya no tengan tanto miedo a dormir en su departamento). Mientras tanto, la gran mayoría de las víctimas no abandonarán su condición. Muchos seguirán viviendo desamparados en albergues, muchos no tendrán donde vivir o seguirán llorando a los seres queridos que ya no están aquí. Se empezará a reconstruir la ciudad, las empresas inmobiliarias buscarán preguntar por los lugares siniestrados para levantar torres de departamentos más modernos (lo cual, hasta donde he escuchado, ya está ocurriendo), y ante una sociedad que ya no pone «tanto el dedo sobre la llaga» no se eliminarán del todo los incentivos para involucrarse en actos de corrupción (lo cual explica por qué algunos edificios nuevos cayeron).

    En unas semanas ya no se compartirán muchos tweets relacionados con el terremoto, la gente hablará del partido de futbol o de la nueva serie de Netflix; y mientras tanto, las víctimas posiblemente se sentirán más solas. Mientras intentan ver cómo conseguir una nueva casa o mientra demandan a la agencia inmobiliaria que les prometió un edificio de acero y les dio uno de plástico, verán que ya no están «todos los mexicanos unidos» ayudándolos. Se sentirán más desamparados que nunca.

    No, no es un acto de hipocresía. Por el contrario, hay pocas cosas más sinceras que la solidaridad de casi todos los mexicanos. Pero así es la condición humana y tenemos que aceptar nuestros límites.

    Una de las razones que explican que esta llama se vaya apagando es el cansancio. Ayudar a los demás implica gastar energía, tanto física como intelectual; implica un esfuerzo extra, y para muchos, adoptar un modo de vida que no puede ser sostenida de forma indefinida. En mi caso, como en el de muchos otros, los síntomas de agotamiento comienzan a aparecer algunos días después. El individuo así como la sociedad tienen que regresar a su equilibrio natural. Esta reacción al terremoto, si concebimos a la sociedad como un organismo, es una alteración del equilibrio para poder neutralizar una amenaza exterior o los efectos de una afectación al organismo. Así ocurre cuando enfermamos de gripa y nos sentimos mal porque nuestras defensas están actuando en contra de un virus que puede poner en riesgo nuestra integridad. 

    Si entendemos esto como un fenómeno natural de nuestra especie y que es inevitable ¿qué podemos hacer para ayudar de mejor forma a las víctimas?

    La primera sugerencia, y tal vez la más obvia, sería dosificar esfuerzos, de tal forma que «esa llama» dure un poco más. Es decir, evitar el agotamiento en la medida posible para que en unas semanas, cuando todavía existirán problemas, dispongamos de la suficiente energía para colaborar de una u otra forma. Será inevitable que regresemos a nuestra vida normal, pero al menos tendremos más disposición para seguir «haciendo algo».

    Todos queremos gastar todas nuestras energías y romperla, pero también es bueno procurar descansar o distraernos un poco para en unas semanas sigamos estando en condiciones de ayudar. 

    La segunda es institucionalizar aquellas actividades que vayan encaminadas a ayudar a las víctimas de tal forma que no dependan del «furor del momento» y adquieran autonomía propia. Por ejemplo, es tiempo (y que al parecer ya se está planteando) de crear organismos cuya función sea vigilar que la reconstrucción de las ciudades siniestradas no se vean afectadas por la corrupción. Que las organizaciones de la sociedad civil, sobre todo aquellas que tengan expertise en el tema, se encarguen de vigilar las políticas gubernamentales y de ayudar de forma indefinida a las víctimas hasta que su problemas sean resueltos. Ya no estarán todos los mexicanos volcados en ayudar, pero sí lo harán las organizaciones más capacitadas para ello y en quienes las víctimas puedan apoyarse. 

    La tercera es intentar trascender toda esta energía a otro nivel y así promover cambios estructurales permanentes que ayuden, entre otras cosas, a que en un sismo futuro (que inevitablemente ocurrirá) sean menos las víctimas, pero también a promover un mejor gobierno y una mejor sociedad. Un ejemplo de esto es que los partidos políticos se hayan sentido orillados a renunciar a parte de su presupuesto, lo cual podría transformarse en políticas permanentes. Muchas veces son este tipo de tragedias las que originan cambios estructurales en las formas de gobierno de los países. 

    Hay muchas cosas por hacer, pero hay que aceptar que el «furor de ayudar» no durará para siempre. Por eso es que ha llegado la hora de plantearnos soluciones a largo plazo para ayudar a las víctimas y evitar, en la medida de lo posible, que sean las menos cuando ocurran catástrofes próximas.

  • El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    Hoy, a tres días del terremoto, miles de capitalinos no tienen donde vivir. Regresaron a su edificio y ya no existía, o bien, estaba demasiado cuarteado como para considerarlo habitable. Una amiga está viviendo con sus tíos porque su edificio está fracturado, el de otra está bien pero el edificio de enfrente está al borde del colapso. Muchos se derrumbaron provocando una gran pérdida de vidas mientras que otros se vinieron abajo ya que estaban desalojados. 

    Durante muchos años se habló del terremoto como la «prueba» para determinar qué tanto se había avanzado en materia de cultura, prevención, códigos de construcción. El martes llegó la prueba, y si bien el progreso existe, podemos hablar de un progreso a medias:

    Lo que tiene que ver con la cultura de la prevención y la alarma sísmica es lo más rescatable. Llaman la atención los videos donde ante la sacudida la gente tiene capacidad de mantener cierto orden y seguir el protocolo. Eso salvó muchísimas vidas. Cierto que este sismo no fue tan intenso como el de 1985 pero tampoco fue «diez veces más débil» cómo lo hizo notar la revista Proceso. Aunque la diferencia sea de un grado, en esta ocasión el epicentro fue más cercano. 

    Luego vienen aquellos avances que son más bien insuficientes y que tienen que ver con la reacción del gobierno y los códigos de construcción. Indudablemente la reacción del gobierno en todos sus niveles fue bastante mejor que en 1985, pero también es cierto que pudo ser mejor. Porque es cierto también que en cierto momento la ciudadanía volvió a rebasar al gobierno y suplir las deficiencias de éste. El gobierno de Peña reaccionó con prontitud, pero en algunos casos fue notorio que no existió mucha coordinación, lo cual llegó a costar algunas vidas. A pesar de que la reacción gubernamental fue «mejorable» sí pudimos ver a los militares dando todo de sí. 

    Lo mismo va para los códigos de construcción. Sí se ha mejorado en el tema, los edificios «post-1985» en general están mejor construidos, y aunque es cierto que este terremoto fue menos intenso que el de 1985, también es cierto que la gran mayoría de los edificios y condominios que se vinieron abajo eran viejos. Pero también es cierto que algunos nuevos colapsaron, y a juzgar por los videos donde se exhibieron la manera en que fueron construidos, vemos que dichos derrumbes sólo se pueden explicar por medio de la corrupción. Fueron muy pocos los que murieron en los inmuebles más recientes, pero muchas personas que habían adquirido ahí un hogar no tienen donde vivir. 

    El colegio Enrique Rébsamen es un claro ejemplo de ello. El edificio que se desplomó tenía poco tiempo de haberse construido y es evidente que había tenido muchas modificaciones (lo que puede explicar su colapso). Lo más grave del asunto es que esto es muy «típico» con las escuelas privadas, que se establecen en edificios que van «cambiando» de acuerdo a las necesidades o que tenían otra función y que han sido modificados para ser escuelas. 

    Otro problema son los edificios viejos, varios de ellos ya estaban resentidos y no se había hecho nada al respecto, la gente seguía viviendo ahí. La semana pasada, cuando viajé a la Ciudad de México y caminaba sobre la avenida Amsterdam, me llamó la atención el edificio con el número 27, estaba fracturado en la parte de la derecha y me preguntaba cómo es que seguía habitado. Pensé que si temblaba esto se iba a caer, y eso fue lo que sucedió:

    En todas las ciudades sísmicas, como la propia Ciudad de México, Guadalajara y Puebla entre muchas otras, deberían implementarse políticas para revisar todas las estructuras y determinar cuáles no son habitables o necesitan ser reparadas. No debería permitirse que la gente viva en «bombas de tiempo». Eso también pudo haber evitado muchos muertos. 

    Con los avances que sí se han tenido, centenares de personas que hubieran muerto antes no murieron, pero si los avances no hubieran sido insuficientes tal vez solamente hablaríamos de decenas de muertos. Muchas muertes no se evitaron por la negligencia y la corrupción. No debemos conformarnos con avances a medias. Y aunque es cierto que por más desarrollada y mejor gobernada esté una ciudad no se podrá evitar del todo catástrofes, si debemos evitar que no sean causa de la negligencia o de algo que sí pudimos hacer.

    Ya habrá tiempo para revisar a fondo que sucedió, tendremos que hacer un honesto análisis de qué tan bien preparados estamos y de lo que se tiene que mejorar. Debemos, sí, reconocer los avances, pero debemos reconocer que no es suficiente y que todavía adolecemos problemas que nos cuestan vidas y que terminan fracturando familias.