Autor: Cerebro

  • Ha ha! Peña Nieto, el bully

    Ha ha! Peña Nieto, el bully

    Ha ha! Peña Nieto, el bully

    ¿Qué se necesita para que las instituciones funcionen bien y cumplan cabalmente su papel?

    Primero: deben de ser fuertes, sólidas, eficaces, y sobre todo, deben de ser incorruptibles. 

    Segundo: Nadie debe ponerse por encima de ellas y nadie debe de usarlas para servir a sus propios intereses. Sus competencias y atribuciones están potenciadas, y a la vez, restringidas por las leyes. 

    Tercero: deben de estar sujetas a la rendición de cuentas. Deben de ser transparentes y también deben ser objeto de crítica para que con base en ésta, puedan renovarse y mejorar.

    Dicho esto. Peña Nieto lamenta que se haga «bullying a las instituciones» porque no se reconoce los supuestos avances que se han logrado.

    Pero los ciudadanos no están obligados a aplaudir dichos avances, cualesquiera que esos sean. Más bien, entregar buenos resultados es obligación del gobierno. Si se considera que las cosas se hicieron bien, entonces el pueblo emitirá su opinión dentro de la boleta. El gobierno espera que con base en números y estadisticas (que en muchas ocasiones se sacan deliberadamente de contexto), los ciudadanos aplaudan y reconozcan al gobierno.

    Pero el gobierno no tiene derecho a exigir a los ciudadanos que se le reconozca, peor aún que lo haga cuando los resultados presentados contrastan mucho con la percepción que la gente tiene (como ocurre en materia de seguridad). Son los ciudadanos quienes deciden si el gobierno merece dicho reconocimiento o no. El gobierno no puede decidir si merece ser reconocido porque sería juez y par te. 

    Pero vamos más allá. ¿Se cumplen los requisitos (que mencioné anteriormente) para que las instituciones funcionen bien? La respuesta es que no.

    ¿Son fuertes, sólidas y eficaces? En general podemos decir que no. ¿Son estas utilizadas para servir a sus propios intereses? Sí. ¿Se respeta la ley con cabalidad? La respuesta, en este caso, es un rotundo «no». Y el propio gobierno, ávido de aplausos, pone el ejemplo al usar a dichas instituciones una y otra vez haciéndolas partícipes de actos de corrupción o para satisfacer sus intereses propios. Ahí están el INE y la Secretaría de la Función Pública (Virgilio Andrade) como grandes ejemplos. 

    Pero tampoco el gobierno está dispuesto a que se cumpla el tercer punto. No quiere que se critique a «sus instituciones», no quiere que se hable mal de ellas. Espera que las malas críticas sean sólo algunas observaciones puntuales dentro de todos los aplausos: «Muy bien señor presidente, sus instituciones son excelsas, le recomendaría nada más ajustar esto y aquello, pequeñitas fallas humanas entre los destacados logros históricos que todos los mexicanos vemos y aplaudimos».

    Desde luego, con este reproche, no sólo se refiere a los ciudadanos de a pie. De hecho, parecerse referirse a todas aquellas organizaciones de la sociedad civil que, por medio de investigaciones y estudios, han exhibido el mal funcionamiento de las instituciones. La molestia del gobierno con organizaciones tales como Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (recuérdese que Peña le recriminó a Claudio X González el «activismo» que estaba teniendo su hijo señalando la corrupción del gobierno), o con la de la propia Maria Elena Morera, que en ese mismo evento, denunció los alarmantes índices de violencia en México:

    https://www.youtube.com/watch?v=aYNAgVIxbHQ

    Es cierto que siempre existirán actores que quieran, de forma intencionada y convenenciera, exagerar o agrandar los errores del gobierno (como si la realidad ya no fuera lo suficiente grande). Pero si algo tiene el gobierno que no tiene casi nadie más son millonarios recursos económicos en comunicación para promover sus logros y comunicar sus puntos de vista. Así lo hacen, tanto que son capaces de recortar dinero a sectores más prioritarios. Aún así, la sentencia de la sociedad civil (esa que condena tanto Peña Nieto) es reprobatoria. Los anuncios que se repiten en cadena nacional una y otra vez hasta el hartazgo no generan el efecto deseado porque contrastan tremendamente con la realidad. 

    En su columna de hoy, Diego Petersen dice que algo bien hemos de estar haciendo la sociedad civil para que el gobierno se queje de los que se quejan. Evidentemente el gobierno priísta de Peña Nieto está acostumbrado a un estado de las cosas que ya no existe. Por el contrario, la molestia del gobierno es un reflejo de que nuestra sociedad como tal ya no es tan sumisa.

    El único bullying que él recibe es el que es consecuencia de sus constantes pifias. En cambio cualquier bully parecería un pan de Dios comparado con su gobierno. Los bullies nada más te quitaban el dinero para el lonche del recreo. Este gobierno se roba millones de nuestros impuestos, cuando menos.

  • ¿Cómo adquirir el hábito de la lectura? Para gente inteligente, no para dummies

    ¿Cómo adquirir el hábito de la lectura? Para gente inteligente, no para dummies

    ¿Cómo adquirir el hábito de la lectura? Para gente inteligente, no para dummies

    Este año me puse, como objetivo, leer 40 libros. Sin ninguna intención de ser soberbio puedo decir que estoy muy cerca de llegar a los 50 libros (cuando en general, mi promedio anual oscila entre 20 o 25 libros al año). La pregunta que me hice y que es la razón de este artículo es ¿cómo me habitué a leer tanto? 

    Quienes no leen siempre me han narrado excusas tales como: es que en mi casa no había libros (en mi casa tampoco, por cierto), hay gente que nace con el hábito de leer (lo cual es una falacia redonda), o simplemente me dicen que no tienen paciencia. Es decir, consideran que su aversión a la lectura tiene una causa determinista. Casi como decir: pues así me tocó.

    Si bien es cierto que hay entornos más propicios para que la gente adquiera el hábito (desde estar rodeado de lectores, e incluso creo que la capacidad intelectual sí puede tener alguna suerte de influencia), cualquier persona que no tenga algún defecto intelectual grave puede hacerse el hábito de leer. 

    Leer es una disciplina que requiere esfuerzo, sobre todo al principio. A diferencia de la televisión, donde toda la información ya esta dada gracia a su capacidad multimedia y donde el cerebro funciona nada más como un receptor pasivo, con los libros hay que aprender a pensar más, a razonar e imaginar. Como la lectura es más demandante para el cerebro, es muy común que cuando no se tiene el hábito, pueda ser pesado agarrar un libro y terminarlo. Aquí es cuando la gente desiste y dice «no, no es para mí». 

    En resumen: leer es como hacerse el hábito de hacer ejercicio (sobre todo aquellos deportes que no implican competencia tales como correr, levantar pesas, hasta el cross-fit que tan de moda está). Al principio es pesado porque el cuerpo no está habituado y desearíamos estar tirados en la cama en vez de estar haciendo ejercicios. Pero conforme tu cuerpo se acostumbra, se convierte en un placer. Ya no es algo pesado, sino algo que ya no quieres dejar de hacer porque ya tienes el hábito muy interiorizado. Algo así ocurre con la lectura.

    Pero ingresar a la lectura tampoco es algo tan sencillo porque no sólo implica empezar a leer, sino también con qué obras puedo introducirme al mundo de la lectura. Y como la lectura implica desarrollar ese «gran músculo» que tienes dentro de tu cabeza, es importante (así como tus primeros ejercicios en el gimnasio) comenzar con algo ligero.

    Si intentas empezar con libros como Metafísica de Aristóteles o cualquiera de Heidegger naturalmente te vas a rendir a las dos páginas. Pero tampoco te recomiendo comenzar con libros que no te dejen nada: en los cuales incluyo, con sus excepciones, los libros de autoayuda como los de Paulo Coelho o Deepak Chopra y toda esa literatura barata que abunda en las secciones de esoterismo del Sanborns. Que una obra sea sencilla o ligera no significa que sea mala ni basura.

    Una obra sencilla y muy fácil de entender, por poner un ejemplo, pero que tiene una gran dosis de sabiduría (hasta para los más doctos) es El Principito. Hay novelas que son también de lectura sencilla pero que a la vez son muy profundas como Crimen y Castigo de Fiodor Dostoievsky u Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. Los libros de Alejandro Dumas (como Los Tres Mosqueteros o El Conde de Montecristo) aunque son muy extensos, son tan amenos que difícilmente los vas a dejar a la mitad. También autores latinoamericanos como Julio Cortázar, José Emilio Pacheco o Carlos Fuentes te pueden ayudar mucho. Incluso, si te gusta mucho la fantasía, libros como los de Harry Potter o El Señor de Los Anillos podrían ser una buena opción. Me atrevería a recomendarte un libro del filósofo Bertrand Russell que se llama La Conquista de la Felicidad, es un libro muy fácil de leer y se podría decir que se puede clasificar dentro de la autoayuda; pero al tratarse de uno de los filósofos más prestigiosos del siglo XX, encontrarás montones de sabiduría. 

    Aunque la mayoría de los libros que leo no son novelas, creo que este género te puede venir muy bien porque considero que las novelas, además de estimular la creatividad, son una gran puerta para que te introduzcas en otros géneros. Los buenos autores suelen recurrir a sabiduría filosófica, histórica, antropológica y hasta psicológica de tal forma que con mucha probabilidad te despertarán curiosidad para irte sumergiendo en otros géneros.

    Como en todo hábito, hay que empezar por el principio. Sería muy demandante que te propongas a leer 20 o 30 libros al año, pero puedes empezar con seis libros. Es una cantidad muy razonable porque implica leer tan sólo un libro en dos meses. Al menos ya estarás triplicando el promedio de libros leídos por mexicano al año.

    Naturalmente, dentro de estos seis libros no deberías de contar aquellos que tienes leer por obligación. Es decir, los libros de la escuela o los libros técnicos de la carrera o tu trabajo. Habiendo hecho esto, será mucho más fácil que el siguiente año subas la cantidad de libros. Por ejemplo, a diez. 

    Es cierto que el tiempo no siempre sobra, pero ocurre algo chistoso. Cuando la gente deja de leer siente que tiene menos tiempo, porque gasta el tiempo libre en cosas que no le sirven y el tiempo se pasa más rápido. Pero vaya, todos tenemos algún espacio de tiempo libre. Si vas a leer de 6 a 10 libros al año, leer no te tomará más de 30 minutos al día, minutos que tal vez gastes viendo televisión o viendo videos sin sentido en las redes sociales. Incluso puedes leer en el transporte.  

    He hablado con anterioridad de los beneficios que la lectura te puede dar. Pero resumiendo: la lectura estimulará tu creatividad, te dará un panorama de la vida mucho más amplio (y créeme, después de algunos años notarás la diferencia de forma abismal), tendrás mejor criterio, te ayudará a tomar mejores decisiones en tu vida, te volverás más culto, tus temas de conversación serán mucho más interesantes (porque vaya, ir a la fiesta para platicar de la fiesta anterior se vuelve tedioso), te volverá atractivo intelectualmente, te volverá un mejor profesional (incluso si los libros que lees no tienen relación directa con tu profesión) porque, además, los puestos de trabajo del futuro requerirán a personas creativas y con criterio propio. Básicamente, leer te cambiará la vida. 

    Y de alguna manera tu hábito beneficiará a la sociedad. Generalmente, la gente más participativa, más involucrada en temas sociales, que exige cuentas al gobierno y que proponen mejoras en beneficio de su comunidad suelen ser personas que tienen el hábito de la lectura.

    El hábito de la lectura está algo relegado en estos tiempos, pero eso es una razón de peso para que leas, porque además será una oportunidad para destacar (eso no significa que te debas convertir en un snob pretencioso). En una sociedad donde se premia la ignorancia, donde tan sólo se espera de ti que consumas y no cuestiones (por cierto, los CEO’s de las empresas más innovadoras son lectores voraces), convertirte en lector será un favor que le hagas a la sociedad. La sociedad está muy necesitada de mentes pensantes. 

    La pregunta entonces es ¿por qué libro vas a empezar?

  • El mexicano individualista, el mexicano solidario

    El mexicano individualista, el mexicano solidario

    Siempre se ha dicho que el mexicano es individualista.

    No me refiero a un individualismo en el sentido del liberalismo filosófico que hace hincapié en el desarrollo personal en detrimento del colectivismo, sino en un sentido más burdo, donde el individuo es incapaz de cooperar con sus semejantes y busca satisfacerse en detrimento de los demás. Ese individualismo que se refleja en «no permitir que el que destaque avance» o «yo primero y después los demás». 

    Hay muchos testimonios de dichas afirmaciones, una de las que más vale la pena, es la de Samuel Ramos, quien intentó analizar a la sociedad mexicana con base en las teorías de Carl Jung y Alfred Adler, en su libro «El Perfil del Hombre y la Cultura en México». 

    De alguna forma, tiene algo de sentido que nuestra sociedad sea así. Se puede explicar, en mi opinión, con un sentimiento patriótico (no nacionalista) débil, con unas instituciones que no trabajan bien, y con una fuerte desconfianza a las instituciones y al gobierno. Es más, tomando como referencia un muy interesante estudio que llevo a cabo Robert Putnam en Italia, podemos saber que dentro de las sociedades en donde no se ha logrado construir una democracia sólida, y que está acostumbrada al clientelismo, los individuos suelen tener más recelo de sus semejantes y están menos dispuestos a cooperar. Más que ser consecuencia de algo cultural o hasta genético, ese individualismo puede ser más bien consecuencia de un problema estructural. 

    Dicho esto, traigo a colación un artículo de Leo Zuckermann (con quien en general concuerdo con sus artículos, no así en este caso), quien afirma que México es muy individualista, y que dicho individualismo explica que seamos muy poco solidarios. Sugiere que la solidaridad que mostró el pueblo mexicano en los terremotos del 7 y 19 de septiembre fue algo muy pasajero, casi un espejismo. Que pronto terminó la crisis (o la moda) y volvimos a mostrar lo individualistas que somos. Concuerdo con él en que nuestra sociedad es individualista, pero creo que Zuckermann demerita mucho la capacidad que nuestro pueblo tiene para solidarizarse. 

    Zuckermann trae algunos datos interesantes para armar su argumento. Dice que el presidente Peña se reunió con los líderes del sector privado, entre los cuales se incluían empresas, bancos, fundaciones y organismos privados que lanzaron campañas para que la gente donara dinero en favor de los afectados (muchos de ellos duplicaron o incluso multiplicaron lo que las personas donaban). De acuerdo a los números de dichos líderes, se demuestra, dice, que somos una suerte de parias individualistas. En promedio, cada mexicano donó $31 pesos. Luego, sabiendo de antemano que casi la mitad del país es pobre y no está condición de donar, incluyó a 14.5 millones de familias de clase media y alta (que representan el 46% de la población) y la donación fue de sólo $276 pesos por familia. 

    Añade: el total de las donaciones privadas representa sólo el 8% del dinero que pondrá el gobierno para la reconstrucción.

    Evidentemente, los números no serían nada halagadores si consideramos que éstos fueron el resultado de todo el esfuerzo de la ciudadanía, que no hubo más medios y otras formas de ayudar. El error de Zuckermann es considerarlo casi como un todo en vez de considerarlo como sólo una parte.  Zuckermann comete varios errores:

    Primer error:, asume que los organismos que se reunieron con Peña, ya sea de forma directa o indirecta (es decir, que fueron representados por uno superior) son todos los organismos privados a través del cual la gente donó dinero. ¿Qué hay de las empresas más pequeñas? ¿Qué hay de todos los ciudadanos, universidades e instituciones que por su cuenta recabaron dinero y no están contabilizados?

    Segundo error: Zuckermann asume que del 46% superior, todos están en condiciones de donar algo, lo cual es falso. Dentro de ese 46% existen muchas familias que si bien no sufren de pobreza (relativa o absoluta), están lo bastante apretados como para donar y un donativo de $500 pesos les podría significar no utilizarlos en artículos de primera necesidad. No creo que sea un lujo que siempre se pueda dar una familia cuyo ingreso sea de $10,000 a $15,000 pesos mensuales, que tiene que pagar renta de la casa, comida, agua y luz (y que entran dentro de ese 46%). 

    Y olvida lo más importante: que el dinero en efectivo no fue la forma más común de donar. No está considerando a todas aquellas personas que donaron víveres: (lo cual difícil de cuantificar dado que sólo se podría conocer un aproximado mediante un muestreo donde se le pregunte a la gente cuanto dinero gastó). La realidad es que los víveres cuestan dinero y no son muy baratos que digamos. Yo que estuve muy involucrado tratando de ayudar, me percaté que mucha gente que no donó dinero en efectivo sí lo hizo ayudando con víveres, lo cual incluía agua, atún, comida, ropa, leche, pañales, y los cuales en su conjunto por cada persona costaron algunos cientos de pesos. Algunos gastaron más de mil pesos.

    Posiblemente, si contabilizáramos el gasto en donaciones en especie, ese número que señala Leo Zuckermann se dispararía, al menos a una cantidad más razonable. 

    Muchas otras personas, sobre todo las que trabajan por su cuenta (fue mi caso) dejaron de trabajar uno o algunos días por abocarse a ayudar. Eso implicó la pérdida de parte de su ingreso dado que dichos días no laboraron. Aunque posiblemente no hayan donado dinero, si asumieron una pérdida en sus ingresos para ayudar a sus semejantes. 

    Otra cosa de la que me percaté, es que varias personas prefirieron no donar en efectivo porque eso les generaba desconfianza. No sabían si las cuentas que se publicaban eran reales, no sabían cómo se iban a utilizar los recursos (algunos incluso tienen algún recelo a las campañas de grandes corporaciones porque las relacionan con una «forma de evadir impuestos») y les dio más confianza donar en especie. Aún así muchos nos preguntaron quien iba a llevar los víveres a los lugares siniestrados y quién los iba a recibir. 

    Y además, no hay que olvidar a aquellas empresas (muchas de ellas no contabilizadas dentro de las cifras que muestra Zuckermann) que pusieron a su disposición su capital tantos físico como humano para ayudar: quienes donaron el transporte u ofrecieron sus instalaciones (lo cual implicó un gasto). Y menos olvidemos a las personas que viajaron a los lugares siniestrados. Varios de ellos gastaron miles de pesos en aviones y compra de materiales (esos tampoco se incluyen en las cifras). 

    Zuckermann dice que, después de que pasó lo peor, regresamos a nuestro hábitat natural. En realidad es algo muy natural que eso ocurra: Primero, porque ayudar es muy cansado y desgastante (yo llegué casi al agotamiento), y segundo, porque la gente tiene que retornar a su vida normal porque necesita generar ingresos para vivir, y todavía más importante, para que la economía siga funcionando. Aún así, a dos meses, hubo personas que todavía nos mandaban víveres para llevarlos a Puebla. 

    Es cierto que «papá gobierno» no debería de encargarse de todo. Pero eso no es un problema que se explique con el simple hecho de que la gente no ayude, se trata de un fenómeno más bien estructural. No tenemos un mercado muy dinámico como para que sean más las empresas las que se involucren, no tenemos todavía una cultura fuerte de participación ciudadana.

    También tenemos que poner en la mesa otros factores más bien culturales o estructurales. Por ejemplo, al menos en el caso de la CDMX (porque se entiende que  la circunstancia de la gente de las comunidades pobres que se vio afectada es muy diferente) son pocas las personas que tienen un seguro de hogar, el cual, por cierto, es un tanto más barato que un seguro de vida o de automóvil. La mala cultura de previsión hizo que quienes vivían en casas y departamentos siniestrados sufrieran más de lo que lo hubieran hecho si estuvieran respaldados por medio de un seguro. Son ellos, los que ante la incapacidad del gobierno para responder, salen a las calles.  

    Pero aún así, se pueden presumir avances, los cuales tampoco pueden ser agregados a la cifra que muestra Leo Zuckermann. Ciertamente falta mucho camino por recorrer, y todavía somos testigos de abusos de todo tipo (desde damnificados que no lo son hasta edificios con daño estructural que sólo son resanados para que los dueños no pierdan su inversión). Pero, a diferencia de 1985 donde el gobierno cooptó a la sociedad civil y la incorporó a sus redes clientelares porque no tenían a dónde más sumarse, ahora podemos ver una mayor participación de organizaciones civiles que ya tienen la estructura y el know how para seguir trabajando con el tema. Ahí están organizaciones como Mexicanos contra la Corrupción, entre otras, vigilando el proceso de reconstrucción. ¿Es suficiente? No, pero tampoco hay que despreciar un avance que sí existe. 

    Sí, el mexicano sigue siendo individualista. No fue tan egoísta como Zuckermann asegura si hablamos del terremoto. Pero el problema no se va a resolver insistiendo en que somos individualistas y poco solidarios, sino resolviendo los problemas de fondo que generan que seamos así. Necesitamos construir un país más sólido, mas democrático, con instituciones más fuertes que funcionen y en los cuales los mexicanos tengamos confianza, donde los ciudadanos se puedan tener más confianza, donde exista una mayor cultura ciudadana.

    Y creo, a pesar de todo, a pesar de que todavía hay muchas deficiencias, que tampoco vamos por mal camino. A pesar de todo, hay avances.  

  • Twitter: De opinantes y legiones de idiotas en 280 caracteres

    Twitter: De opinantes y legiones de idiotas en 280 caracteres

    Twitter: De opinantes y legiones de idiotas en 280 caracteres

    Soy usuario de Twitter desde 2008. 

    Esta red social, con todas sus virtudes y defectos, se ha convertido para mí en el principal recurso para consumir noticias, compartir opiniones y generar discusiones. Gracias a Twitter la información vuela. Es en esta red social, y no en los portales de los medios tradicionales, donde la gente espera la información más fresca y de primera mano.

    Pero, a diferencia de los medios tradicionales, es el propio usuario el que tiene que saber «colocar los filtros» para que la información sea lo más fidedigna posible. Yo, por ejemplo, he creado varias listas de columnistas (tanto de izquierda como de derecha), políticos, diarios, medios alternativos, para poder consultar ahí la información que se va haciendo pública y poder contrastarla. Si se habla de un tema, no sólo quiero saber qué ocurrió, sino también conocer la mirada de dicho tema desde distintas perspectivas.

    Es decir, para que Twitter sea funcional y productivo, hay que saber usar bien la herramienta. Más vale lo que aparezca en mi muro sea información que me sirva y no comentarios desagradables de la «legión de idiotas», como los llamaba Umberto Eco. Porque Twitter, vale decirlo, también es una herramienta que ha sido aprovechada por gente con fuertes resentimientos e incluso problemas psicológicos y de conducta para poder ser lo que no se atreverían a ser en la vida real. Varias de esas personas, que allá afuera son pusilánimes, inseguros, y tal vez hasta sumisos, se «desatan» en las redes. Se burlan de piedad de personas con síndrome de Down, atacan verbalmente a las mujeres que han sido violentadas o abusadas, critican igual a homosexuales que a religiosos.  

    La poca habilidad o más bien disposición de muchas personas en Twitter ha hecho que dicha red termine creando una especie de cámara de eco que polariza la opinión pública, creando cierto ambiente de intolerancia hacia el que piensa distinto. Es decir, muchos usuarios solamente siguen a aquellos líderes de opinión con los que simpatizan y les dicen lo que quieren escuchar. Prácticamente se aíslan de la gran diversidad de opiniones que uno pudiera encontrar dentro de la red social  y sólo salen de su burbuja para atacar y linchar a quienes están fuera de ella, sobre todo a los líderes de opinión que no piensan como ellos. 

    El «chiste» de Twitter era que, hasta el día de hoy, sólo podías utilizar 140 caracteres a la hora de redactar. Si a algo te obligaba la red era a sintetizar (creo que en demasía). No pocas veces nos acostumbramos a abreviar el «qué» con una «q» o la palabra «por» con la letra «x». Es cierto que por un lado nos obligaba a desarrollar una gran capacidad de síntesis, pero creo que el límite era tan estricto que muchas veces le terminaba quitando naturaleza al lenguaje. Tener una idea o un argumento y tratar de hacer malabares con él para que cupiera en un tuit (cosa que era bastante común) terminaba, de alguna u otra forma, empobreciendo el lenguaje. A veces alguna persona decidía sacrificar el punto y final o romper alguna regla ortográfica para que «quepa todo». 

    Tal vez, en este sentido, creo que el aumento a 280 caracteres fue acertado. Para que el cambio fuera menos drástico, Twitter cambió la tipografía y redujo su tamaño hace apenas unos meses, y después habilitó el cambio del límite de caracteres sólo a unas cuentas seleccionadas para comprobar la experiencia de usuario. Yo, en lo particular, he visto varios beneficios:

    Para empezar, gracias a la reducción del tamaño de la fuente y el cambio de tipografía, los tuits de 280 caracteres ocupan más o menos el mismo espacio (tanto en la PC como en el celular) que antes ocupaban los de 140, así que en cuestión de experiencia de usuario dicho cambio no significa, al menos para mí, un problema. Los 280 caracteres ya alcanzan para poder escribir un argumento corto sin preocuparte demasiado de llegar al límite de caracteres. 280 es lo suficientemente extenso para poder hacerlo y lo suficientemente restrictivo como para evitar que la gente use la red como si fuera un blog. Twitter no pierde la esencia de lo que es. 

    De alguna forma, todavía es necesario aprender a sintetizar, pero ya no al grado de quitarle elegancia al lenguaje y de permitirse algunos errores ortográficos y de puntuación para no vernos limitados. 

    Algunas personas están molestas con el cambio (tal vez por conservadurismo innato o aversión al cambio) pero me sigue siendo muy fácil navegar entre los tuits y el tamaño de ellos sigue siendo lo suficientemente corto. Naturalmente, algunas personas aprovechan dicha extensión para emitir puro ruido, tratar de hacer chistes, o incluso publicidad ingeniosa (como en el caso de algunas marcas), cosa que es natural ahora que se trata de una novedad. Pero puedo ver que, por ejemplo, los líderes de opinión a los que sigo se perciben escribiendo más cómodos. Ya pueden compartir información de forma más eficiente (evitando así colocar imágenes para completar el texto que no cabía en un tuit).

    Mientras Facebook ha relegado el texto en favor de frases muy cortas, fotografías y videos, haciéndolo cada vez más torpe como herramienta de opinión o información y más eficiente como una herramienta para estar en contacto con tus seres cercanos y compartir experiencias, Twitter tomó un paso acertado al hacer más eficiente su herramienta con el fin con el que fue pensado, como una herramienta de microblogging donde los usuarios pueden opinar, discutir y compartir información en tiempo real. Así, creo que Twitter, poco a poco, puede absorber esa función que Facebook está dejando cada vez más en un segundo plano.

    Pero quienes al final dibujan el ambiente de las redes sociales son sus usuarios. La capacidad de debatir, la capacidad de escuchar al otro y respetar su integridad no es algo que se pueda cambiar con unas líneas de código. Para que la herramienta funcione de mejor manera para todos, es indispensable que los individuos que participan en ella funcionen mejor.

  • Los líderes que nos hacen falta

    Los líderes que nos hacen falta

    Algo que caracteriza a las sociedades del siglo XXI es la ausencia de modelos de referencia que inspiren. 

    ¿Qué hace un modelo de referencia? ¿Cuál es su función? No sólo se trata de alguien que «destaca», un ídolo, un político importante o alguien «vistoso». En realidad, los modelos de referencia juegan un papel muy importante dentro de las estructuras sociales, renovándolas y actualizándolas. 

    Los modelos de referencia se enfrentan a lo desconocido, a lo caótico; asumen el costo (por eso es que en muchas ocasiones reciben muchas críticas o generan muchas resistencias en el proceso), para que después de haberse enfrentado al caos regresen con alguna conquista, una mejora, alguna innovación o alguna suerte de progreso. Aunque ciertamente, en algunos casos, pueden existir algunos modelos de referencia que pueden ser nocivos o pueden ser fabricados artificialmente por medio de la propaganda, aquí nos referiremos a los medios de referencia que valen la pena, aquellos que inspiran, a los que cumplen con una función positiva.

    De entre las personas que admiras, te darás cuenta que ellas cumplen con aquello que acabo de mencionar, ya se trate de un líder político que admires, un deportista admirable, un escritor o un artista. Admiramos a los modelos de referencia porque de esa forma adoptamos aquello nuevo que ellos han traído de lo desconocido para insertarlo en la sociedad. Por medio de la admiración adoptamos dichos cambios y los asimilamos. Como admiramos a dicho modelo de referencia, le imitamos, adoptamos su conducta y los rasgos o su forma de pensar que lo han convertido en algo admirable, porque dichos rasgos fueron sus armas con las que batalló contra «lo desconocido» y salió victorioso. Ya sea un escritor, que con una pluma, se atrevió a escribir una novela que rompió esquemas; un empresario que lanzó al mercado una tecnología disruptiva o un economista que propuso una nueva teoría. Todos ellos, de alguna manera, arriesgaron algo para generar un cambio.

    Cuando las estructuras sociales quedan completamente expuestas al caos, la sociedad degenera dado que, al ver sus estructuras comprometidas. los individuos que pertenecen a ella no tienen referencia alguna desde donde sostenerse. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el relativismo moral es excesivo y muchas veces se manifiesta por medio de severas crisis existenciales o un aumento de ansiedad dentro de la población.

    Pero algo similar ocurre en el sentido opuesto, cuando una estructura social nunca se expone al caos, cuando se vuelve incapaz de cuestionarse y se prefiere mantener el estado de las cosas, se vuelve rígida y arcaica, con lo cual, al final también se terminará degenerando y corrompiendo.

    En este sentido entendemos que es importante evitar que la estructura social no quede endeble pero que tampoco quede muy rígida. He ahí el papel importantísimo de los modelos de referencia. Al enfrentar el caos, obtienen sabiduría que terminará beneficiando a la sociedad a la que pertenecen incorporándola dentro de su estructura social, lo cual se logra por medio de la admiración y la imitación que los individuos de una sociedad determinada hacen del «héroe». Los modelos de referencia no necesariamente tienen que ser contemporáneos. Cuando se admira a un líder histórico o a un pensador importante, se está incorporando, de alguna forma, su pensamiento dentro de la estructura social, lo cual le ayuda a renovarse e incluso a fortalecerse. 

    En un mundo como el nuestro, donde los modelos de referencia son cada vez más escasos, y donde varios de ellos son banales o bien están envueltos en escándalos, deberíamos de preocuparnos. Cuestionamos nuestras estructuras sociales, pero somos incapaces de renovarlas. Tal vez ello explique la polarización política de nuestros tiempos: la izquierda, al radicalizarse, aspira a derribarlas y deconstruirlas porque las considera opresivas; en tanto que la derecha, al radicalizarse también, aspira a hacerlas cada vez más rígidas y absolutas. 

    Cuando escuchamos que algún ídolo se vio envuelto en un escándalo sexual, cuando un líder político al cual decíamos admirar fue captado in fraganti en un acto de corrupción, perdemos una gran oportunidad de renovar las estructuras que sostienen a nuestra sociedad. El modelo de referencia se vuelve ilegítimo, y aquella novedad que había adoptado, queda, al menos de forma parcial, extirpada de las estructuras sociales. Se asume que si aquel modelo está corrompido, entonces aquella novedad que había aportado podría estar corrompida también.

    ¿Cómo hemos llegado al punto en que los modelos de referencia son cada vez más escasos, al punto de que cada vez es más común que hagamos juicios a priori, de sospechar y desconfiar de aquellos que son candidatos a ser modelos porque algunos otros ya nos han traicionado en el pasado? ¿Quienes son los líderes políticos de nuestro tiempo? ¿Quienes son los pensadores que nos inspiran? ¿En quienes se inspiran los jóvenes o las nuevas generaciones cuando ven que sus ídolos tenían dinero en paraísos fiscales o se vieron envueltos en un escándalo? 

    En un mundo necesitado de modelos de referencia, estos parecen ausentes. Mientras tanto, los impostores buscan ocupar su lugar. 

    Porque nos hemos fallado a nosotros mismos. 

  • Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Tenemos que hablar de Kevin Spacey

    Kevin Spacey es un actor muy admirado por sus papeles, que de alguna forma, reflejan la decadencia de la cultura estadounidense. 

    En Seven, interpreta a un asesino en serie que «castiga» a quienes según él, han cometido alguno de los siete pecados capitales. En American Beauty (Belleza Americana) interpreta a un adulto frustrado, quien tiene un empleo mediocre, un matrimonio mediocre, se masturba constantemente y tiene sueños húmedos con la mejor amiga de su hija. En House of Cards, Spacey interpreta a un político sin escrúpulos que está dispuesto a hacer lo que sea por acaparar poder. 

    Ya sea la cultura de la violencia, la decadencia moral y la crisis existencial o la ambición desmedida de poder, Kevin Spacey ha logrado, a través de sus personajes, reflejar esa faceta decadente de la cultura estadounidense. Lo curioso es que ahora ha incluido un cuarto papel, donde no interpreta a un personaje suyo, sino donde es él mismo:

    Spacey fue acusado por al autor Anthony Rapp de acosarlo sexualmente cuando tenía 14 años. Ante ello, Kevin Spacey «salió del closet» para intentar desviar la atención, cosa que no ocurrió, y tan solo provocó la indignación de la comunidad LGBT. Pero el escándalo no quedó ahí porque a raíz de la noticia más personas (incluidas personas que trabajaron dentro de la serie House of Cards) se atrevieron a denunciarlo. Este «empoderamiento de las víctimas» ocurrió a raíz de las denuncias que cayeron sobre Harvey Weinstein. 

    Para Kevin Spacey, estas denuncias podrían ser casi el fin de su carrera. Ya fue despedido por Netflix, quien terminará la última temporada de House of Cards sin él (si es que se termina produciendo), además de que ya no volverán a trabajar con él de ninguna forma. 

    Dentro del cine y los espectáculos, una industria que presume de ser liberal, son constantes los abusos de poder. Aquel director o productor del cual depende la carrera de muchos actores o actrices, tiene un gran poder para chantajearlos y pedirles favores sexuales. Eso no es algo que ocurra solamente en Estados Unidos, sino también en México y en otras latitudes (de ahí la fama de algunos productores de Televisa). Pero el mismo poder hace que las actrices o incluso actores que son acosados callen y no alcen la voz. Denunciar a su victimario podría suponer el fin de sus carreras.

    Apenas las víctimas han decidido hablar, y la mugre y las cucarachas están empezando a salir. Lo que se ve es apenas la punta del iceberg. Seguro hay más actores y productores temerosos de que su caso salga a la luz. Temen que aquella actriz a la que acosaron o aquel individuo al que chantajearon, se anime a hablar para así acabar con su carrera. 

    Por supuesto que es una buena noticia. Que las víctimas se empoderen y denuncien a sus acosadores es una buena noticia, aunque no lo parezca dada la desilusión de ver que varios de nuestros actores favoritos tan sólo eran unos decadentes patanes que abusaban de su posición. Y tal vez tampoco lo parezca porque nos habla de una industria llena de perversiones, pero la industria siempre había sido así (y ya se hablaba de ello, aunque no se mencionaran muchos nombres). Y tampoco podrá parecerlo cuando la industria cinematográfica es una de las más grandes «armas de influencia» que Estados Unidos tiene sobre los demás países. 

    Pero es mejor eso que vivir en una mentira. Es mejor eso, conocer la dura verdad, que admirar a personajes que en realidad no deberían ser objeto de nuestra admiración.

  • El fracaso de Pedro Ferriz y la pesadilla independiente

    El fracaso de Pedro Ferriz y la pesadilla independiente

    El fracaso de Pedro Ferriz y la pesadilla independiente
    Foto: Tony Rivera / www.launion.com.mx

    Ferriz de Con trató de crear muchas expectativas con su candidatura independiente. Todo empezó cuando, como comunicador, comenzó a criticar de frente al Gobierno Federal. Así, se volvió una especie de voz para las clases medias conservadoras cuya indignación ante el gobierno de Enrique Peña Nieto fue in crescendo, para después, como respuesta a la censura del propio gobierno que sufrió y lo sacó del aire, crear su plataforma digital Ferriz Live TV. Luego decidió que podría ser Presidente de la República. 

    Y se dedicó a hacer campaña, se presentó en foros, universidades, usó constantemente las redes sociales para exponer su imagen y criticar de forma constante al gobierno para así mostrarse como una especie de opositor. 

    Luego le dijeron a Pedro Ferriz que tenía que juntar casi 900,000 firmas para poder ser candidato independiente. Poco menos de 1 de cada 100 mexicanos tendría que darle su firma. 

    Ferriz, sabiendo que es figura pública, dijo: ¡va! No sólo él pensaba que podía conseguir las firmas que necesitaba. También así lo afirmaron algunos «comentócratas» e incluso varias encuestadoras colocaron a Pedro Ferriz en la posible terna para conocer las preferencias de los ciudadanos de cara a las elecciones de 2018. 

    Pero su campaña ha resultado un fiasco.

    La pongo de este tamaño. El 11 de octubre inició el plazo para recabar las firmas y dicho plazo termina el 12 de febrero. Van 3 semanas y faltan 15 semanas. Al último corte del INE (las últimas 3 semanas), Pedro Ferriz es quien ha conseguido recabar menos firmas de los cinco candidatos principales (a los que se suman Ríos Piter, Marichuy, El Bronco y Margarita Zavala). 

    Pedro Ferriz lleva 4,928 firmas en 3 semanas. Si faltan 15 semanas y sigue la misma tendencia, Ferriz va a lograr recabar 29.568, lo que implica que sólo logrará juntar el 3%. Los demás contendientes tienen un panorama casi igual de desolador. Incluso Margarita Zavala, a este ritmo, tan sólo juntaría un cuarto de las firmas que necesita:

    Evidentemente la recolección de firmas no es lineal (en unas semanas se podrá recabar mucho más que en otras), pero haciendo este ejercicio podemos hacernos un poco a la idea de las posibilidades que tienen. 

    Pedro Ferriz de Con

    Los candidatos le echan la culpa a la app, a veces porque no entienden bien cómo funciona, o porque demandan al INE que «la abran al público» y así cualquiera pueda dar su firma en vez de que se tengan que registrar como auxiliares. Ciertamente, las barreras de entrada puestas por el INE son altísimas, pero también es cierto que conocían las reglas del juego antes de entrar. 

    Llama la atención, por ejemplo, que Marichuy y El Bronco son los que recaban más firmas por auxiliar (la primera con 3.5 y el segundo con 3.1) Pedro Ferriz es el que menos recaba con 1.4 firmas. Entonces no sólo es un problema de la app, sino también de organización. 

    Durante años, Pedro Ferriz ha presumido formar un movimiento a través de la República Mexicana, la «Revolución del Intelecto» le llamaba. Pero en el momento justo cuando necesitaba uno demostró que no tiene ninguna estructura ni una base sólida de seguidores. 

    Para demostrar el tamaño de fracaso de su campaña, más allá de las altas barreras de entrada, hay que compararlo con Pedro Kumamoto, quien está buscando firmas para ser Senador de la República (lo cual sólo está llevando a cabo en la Zona Metropolitana de Guadalajara). Kuma ya tiene más de 16,000 firmas contabilizadas, utilizando «la misma app inservible». ¿Por qué Kumamoto, en una sola ciudad, puede recabar más de tres veces lo que ha recabado Pedro Ferriz?

    Porque, debemos ser sinceros, la campaña de Pedro Ferriz es un fiasco. Su candidatura no tiene empuje. Pedro Ferriz pensó que bastaba con ser un comunicador medio famoso para que todos se unieran a su causa, eso no ocurrió. Posiblemente tenga cierta reputación como comunicador, pero no son muchos los que lo ven o consideran como el próximo Presidente de la República.

    Aunque no creo que de ninguna otra manera hubiera tenido mucho mejor suerte, bochornos como el ocurrido en una universidad donde insultó a un joven por preguntarle sobre sus problemas conyugales lo dejan ver como una persona poco capaz para llegar al cargo. Ferriz no logró trasladar su «aura de comunicador» a su intención de ser presidente. Una cosa es comunicar, otra cosa es dirigir un país.  

    Las candidaturas independientes generaron muchas expectativas, se decía que podríamos tener dos o tres candidatos independientes en las elecciones venideras. La realidad es que con suerte solo se tendrá una, y sería la de Margarita Zavala, quien sólo es independiente por los obstáculos que le pusieron en el PAN.

    Al parecer, los «nuevos mecanismos» no son suficientes para que un candidato realmente ciudadano pueda contender por la presidencia. La clase política, enraizada en el poder, puede dormir tranquila, porque no habrá alguna amenaza seria dentro de las elecciones venideras.

    Pero no. Ferriz no sólo es víctima del INE ni de la clase política. Es víctima de sí mismo. No es un candidato competitivo. 

    Y por cierto, lo había dicho hace tiempo (cosa que molestó a algunos). 

  • Un día te vas a morir

    Un día te vas a morir

    Foto: Carlos Pacheco

    La muerte es algo que nos obsesiona a los seres humanos. 

    Y nos obsesiona porque es algo que nos va a pasar a todos pero no sabemos a ciencia cierta cómo es la experiencia de la muerte. 

    ¿Nos vamos ir al cielo, al infierno? ¿reeencarnaremos en otra persona, en un animal, en materia inerte? ¿O simplemente desapareceremos y dejaremos de existir?

    Podemos ver a la gente morir desde fuera, podemos ver el sufrimiento de su cuerpo cuando la mente es dolorosa, pero somos incapaces de ver lo que vive el alma en esa transición. Y en parte, es por eso que las religiones son poderosas, porque por medio de la fe el individuo puede sentir cierta seguridad de lo que va a ocurrir cuando se vaya. Por eso, la idea de la inmortalidad del alma de Platón que plasmó en su «Fedón» se volvió muy poderosa. El concepto del alma como una entidad espiritual venció ante aquel concepto del alma meramente material. Tampoco son pocos los casos de aquellas personas no creyentes, que en el lecho de su muerte, solicitaron la bendición de un sacerdote. Por si las dudas, ante la incertidumbre que es muy grande e inminente, por si estaba equivocado. 

    Como la incertidumbre de nuestro futuro post-mortem es grande, a veces preferimos ignorar el tema. Vemos la muerte como algo que va a ocurrir en un tiempo muy lejano: «todavía faltan algunas décadas, no hay por qué preocuparnos, al cabo eso va a suceder cuando estemos muy grandes y ya no seamos conscientes de nosotros mismos«. 

    Así, ignoramos que la muerte puede adelantarse: «a mí no me va a pasar«. Ignoramos que un accidente automovilístico, alguna enfermedad o alguna catástrofe podría quitarnos la vida en cualquier momento: «a mi no me va a pasar«. De alguna forma, queremos sentirnos especiales, como si tuviéramos una suerte de privilegio que todos los demás no tienen, que si soy consciente de mí mismo y no de alguien más, es porque yo soy especial, tal vez este mundo es creado por mi mente y los demás son tan sólo manifestaciones de mi pensamiento: «a mí no me va a pasar». 

    Pero la muerte está ahí, rondando. Si la definiéramos como una entidad (como se ha hecho en muchas ocasiones para darle forma), podríamos decir que se trata de un individuo cuyos criterios de selección son un tanto arbitrarios y, a veces, hasta irracionales. Esa arbitrariedad es la que explica que en cualquier momento podría llegar por nosotros.

    Pero si yo me portaba bien, pero si soy un padre o madre de familia de quien depende el futuro de varios niños, que si estaba destinado a derrocar aquella dictadura que oprime sanguinariamente al pueblo. Parece que la muerte no toma mucho en cuenta la realidad de sus víctimas, aunque dicen, que puede tener cierta predilección por las personas que fuman mucho, que comen demasiado y no hacen ejercicio; por las personas que disfrutan mucho de la violencia, o por aquellos que viven en aquellas zonas donde las calamidades, tales como huracanes y terremotos, son frecuentes. 

    El individuo más sagaz podrá hacerle a la muerte la tarea un poco más difícil, pero lo que ocurre es que en ese momento la muerte anda un poco cansada y está preocupada por las presas más fáciles. La muerte saca su agenda, y simplemente pospone el destino de dicho individuo para cuando tenga más energías y esté más de buenas.  A la muerte no se le escapa nadie. Dicen que de más de cinco billones de «chambas» que ha tenido, no ha fallado una sola vez. Nadie, absolutamente nadie, se le ha escapado vivo.

    ¿Y tú quien eres para sentirte tan especial como para creer que a ti no te va a pasar? ¿Por qué eres tan especial para sentirte privilegiado entre billones de semejantes? 

    Tal vez te rías de mí. pero nadie te puede garantizar que ahora que bajes las escaleras para ir por un vaso de agua, des un mal paso, tropieces, golpees tu cabeza y fallezcas. 

    Y la muerte te anotará en su lista, como uno más de tantos. 

    Porque tú estabas desprevenido.
    A tu espaldas se postró la muerte.
    Tan especial te habías sentido.
    Pero hoy te tocó mala suerte.
    En ultratumba volveremos a verte.