Autor: Cerebro

  • ¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

    ¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

    ¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

    Sé que algunos van a decir que me subí al mame de «hacer ruido mediático» a favor de Meade como ya lo están haciendo los medios alineados al PRI. Nada más falso, pero ahora que el PRI postuló candidato (de López Obrador he hablado mucho) creo necesario hablar de las posibilidades que tiene José Antonio Meade. 

    La pregunta es difícil de responder porque todavía no conocemos la estrategia que el PRI va a utilizar para apuntalar a su candidato.

    Son muchas variables las que están en juego, pero yo considero que los priístas tendrán un dilema, el cual posiblemente llegue a ser determinante:

    Para que el PRI gane necesita conservar su voto duro (ese voto fiel, que está ahí, pero que cada vez es más reducido de tamaño). Si no lo hace, Meade pierde. Por otro lado, necesita ganar una porción de voto útil dado que con el puro voto duro no le alcanza. Si no lo logra obtener, también pierde.

    El problema que tiene el PRI es que su candidato tiene que ser atractivo tanto para los muy priístas como para los no priístas sin que eso signifique un problema. Y eso, en efecto, es un problema. ¿Por qué?

    La estrategia sensata para con el voto útil sería distanciarse del PRI a más no poder. Esto incluye su discurso, la comunicación e imagen, todo. Meade podrá argumentar que también fue Secretario de Hacienda en un gobierno del PAN y que tiene buena relación con algunos de ellos. Pero su ventaja puede ser una desventaja a la vez, porque Meade fortalece el discurso del «PRIAN» y de la «mafia del poder» de López Obrador. 

    La estrategia con el voto duro consistiría en adoptar un discurso mucho más tradicional y típico. Tendría que ponerse su chaqueta roja, tomarse fotos con los simpatizantes y acarreados, abrazarlos como buen priísta. De hecho ya empezó con esa faceta al ser cobijado por la CTM y la CNOP.

    No es el primer candidato del PRI que conozco que usa esa doble cara, de hecho es algo que se volvió muy usual incluso desde antes de la llegada de Enrique Peña Nieto al poder. La marca PRI atrae al voto duro y ahuyenta al voto útil. Y el problema es que al final las dos caras quedan en evidencia. Al final, aquella persona que no es priísta terminará viendo a Meade en la faceta más tradicional y rancia del PRI. Bastará verlo con su chaqueta roja, con todo el escenario y las estructuras del PRI.

    Y el mismo problema se suscita si esto ocurre al revés. Si Meade trata de desligarse de la marca PRI el voto duro lo verá con mucho recelo. Incluso algunos podrán percibir esta actitud como alguna forma de traición. Muchos esperan que su candidato cumpla con las formas y con los rituales propios del PRI y es casi condición necesaria para que sea ungido. 

    Uno de los pilares del éxito de su campaña es saber cómo resolver este dilema. Porque como decía Javier Tello: Meade es priísta para los no priístas y es «no priísta» para los priístas.

    Pero no es el único problema que tiene el PRI. Meade es un «tecnócrata neoliberal» en una elección que será muy visceral y que estará muy dominada por las pasiones. Meade representa la continuación del sistema con todo lo que ello significa (lo bueno y lo malo) y la única respuesta que puede dar ante los problemas de corrupción que serán una constante durante la campaña es que no es militante del PRI (aunque es simpatizante de hueso colorado) y que durante su trayectoria no ha cometido actos de corrupción. Pero si bien no los ha cometido, es muy cierto que los ha dejado pasar: tal y como ocurrió con la Estafa Maestra o toda la corruptela dentro de la SEDESOL. No soy corrupto, él podrá decir, pero sí ha sido cómplice. 

    Meade no es una persona muy carismática que mueva muchas pasiones. No es una persona confrontativa que se haya peleado ni discutido nunca con nadie. Ciertamente tiene una capacidad intelectual y académica mucho mayor a la de López Obrador y ello podría significarle una ventaja en los debates, pero su personalidad tan tranquila, tan de de centro (que suele funcionar más bien poco dentro del contexto en el que estamos) podría terminar boicoteándolo.

    La apuesta del PRI es dispersar el voto para que todo quede entre Meade y López Obrador. Sólo en un escenario así Meade podría ganar, ellos lo saben y por eso lo nombraron su candidato. La única forma en la que Meade podría acaparar voto útil es que se muestre como la alternativa al populismo de AMLO. Es la única forma en que su perfil tecnocrático podría funcionar: que la gente prefiera un régimen, sí, corrupto y nefasto pero que al menos sepan que su economía no está en riesgo, que otro que rememore al PRI de las crisis de los años setenta, a Venezuela y a la izquierda latinoamericana. Su apuesta es que en este escenario, el temor a López Obrador sea mayor que el encono social contra el PRI. Por eso Meade habla de la esperanza y de convertir a México en potencia, porque al no poder hablar de cambio tan solo puede hablar de mirar hacia delante en lugar de «regresar al pasado». 

    Dicho todo esto, el Frente tiene el comodín en sus manos. Le podría bastar, a mi parecer, con presentar a un candidato medianamente decente como Romero Hicks o a un candidato ciudadano como Jorge Castañeda que tengan la capacidad y autoridad moral de denunciar la corrupción del gobierno saliente y que puedan enarbolar una especie de cambio para sacar al PRI de la ecuación y dejar la batalla entre el Frente y López Obrador. 

    ¿El PRI tiene posibilidades de ganar? Sí, pero no puedo considerarlo el favorito. El PRI es como aquel equipo de futbol en la última jornada que necesita ganar y que que otros equipos no sumen puntos para poder clasificar. El PRI no depende de sí mismo (más cuando la sombra de Peña Nieto acompañará a Meade en la boleta), depende de que el Frente no ponga a un candidato competitivo y de que López Obrador cometa errores que puedan estropear su campaña (algo que es plausible).  

    La que será la campaña de Meade necesitará encontrar una fórmula muy creativa para construir a un candidato que no destaca por su carisma y que se encuentra en el dilema de ser o no ser priísta. La estrategia la entienden bien (pulverizar el voto para dejar todo entre PRI y AMLO). La ejecución, y los pequeños detalles, serán la tarea más difícil. 

  • Y el dedo del PRI apuntó a José Antonio Meade

    Y el dedo del PRI apuntó a José Antonio Meade

    Y el dedo del PRI apuntó a José Antonio Meade

    Ahora sí lo sabemos, Meade será candidato del PRI a la Presidencia de la República. 

    Algunos insistían en que Osorio Chong era el mejor posicionado en las encuestas, pero las encuestas ayudan en realidad muy poco para determinar quien es el candidato idóneo, y en este sentido, José Antonio Meade es quien tiene más potencial de todos: se trata de un hombre percibido como capaz, honesto, académico, inteligente, y lo que es más importante, no es priísta, tanto así que presidió la Secretaría de Hacienda cuando el gobierno de Felipe Calderón.

    Su presencia, dicen, seducirá a la clase empresarial y a parte de la clase media que estaba muy a disgusto con el gobierno de Peña Nieto. La seduce también por el contraste que planta frente a López Obrador. Mientras el tabasqueño les representa la improvisación, el populismo o el riesgo, Pepe Meade es, para ellos, lo opuesto: el equilibrio, la seguridad, la técnica y la capacidad. Así, algunos sectores, ahora enemistados con el gobierno actual, podrían ver con buenos ojos al hasta ahora secretario de Hacienda. Ahí está, la batalla del doctor en Economía por Yale contra el que salió con siete de promedio después de postergar varios años el término de su licenciatura en ciencias políticas por la UNAM. Ahí está el hombre de tez blanca que hasta presume tener vitiligo en su rostro, el que representa a la tecnocracia, contra el tabasqueño con su tez tostada, que representa a ese México bronco y tradicional.

    Dicho esto, Meade sería la única forma en que el PRI podría aspirar a acaparar algo de voto útil. Meade podría mostrarse como una figura que contrasta con el mandatario actual: Peña es percibido como tonto, corrupto e incapaz, mientras que Meade es visto como una persona inteligente, honesta y buen burócrata. 

    Tal vez, quienes hagan esta lista de cualidades de Meade no erren del todo. Meade es un «buen burócrata», aunque también es cierto que no conocemos tan bien varios de esos atributos que se esperan de un presidente, que no son necesariamente los mismos que puede tener un burócrata.

    Pero dentro de toda esta algarabía se está olvidando algo: Meade es el abanderado del PRI.

    Y ser candidato del PRI implica muchas cosas: basta ver toda la parsimonia del «viejo PRI» detrás de su nombramiento de su candidato, el destape por parte del presidente Peña Nieto que busca cumplir con cabalidad y meticulosidad esta ceremonia, tal y como sucedía en el régimen de partido único. Ahí está, el viejo PRI, comandado por el Presidente de la República que lo decide todo, aunque diga que «le tomó un día decidir su candidato, no, menos, cinco».

    Ser candidato del PRI implica adquirir, de forma automática y con mayor peso que en cualquier otro partido, una serie de compromisos que tienen que ver con los intereses del partido, que a la vez están compuestos por los intereses de sus integrantes. Serlo implica mantener un sistema que ha favorecido la corrupción, ese mismo sistema que permitió el surgimiento de los Duarte, de los Borge, de los Moreira. Si fuera como dice AMLO, que si el presidente es honesto todos van a ser honestos, entonces podríamos pensar que Meade podría hacer lo mismo, pero todos sabemos que eso no es cierto.

    Y tampoco erran del todo quienes nos invitan a poner la honestidad de Meade en tela de juicio. Dicen que también oculta cifras o las maquilla, que dice una cosa y luego dice otra, que dentro de su paso por Hacienda también hay errores que se deben de señalar. Posiblemente ello tenga que ver, no tanto con el propio Meade, sino con el hecho de formar parte de una forma de gobierno acostumbrada a la opacidad y a la mentira y al que ninguna persona se podría rebelar del todo. 

    Quienes tachen la boleta por Pepe Meade, aunque odien al PRI, también deberán ser conscientes de que votarán por el PRI, con todo lo que eso implica. No solo estarán votando por un personaje sino por toda una maquinaria de hacer política (a la mala, se dice mucho). 

    Es decir, aunque Meade no llegue a estar de acuerdo con muchas de las cosas que «allá dentro se hacen» tendrá que dejar pasar muchas cosas. No podrá rebelarse del todo frente a ese conglomerado de intereses que busca mantenerse, a como dé lugar, en el poder. 

    Los medios, sobre todo aquellos que estén cómodos con la idea de ver a Meade en Los Pinos, buscarán ensalzar al candidato. Como dice de forma acertada Jesús Silva-Herzog en su columna de hoy, nos lo mostrarán como el gran padre de familia que es, nos hablarán de su trayectoria, nos contrastarán sus doctos conocimientos en economía con la ignorancia «norcoreana» de López Obrador. ¿Que AMLO está contra la corrupción? Miren, Meade no es corrupto, a él no lo puede poner en la misma canasta, Meade es diferente, nada que ver con Peña: «él es el cambio», aunque sea el mismo PRI. Y no sin olvidar la arrastrada que le va a poner Meade a AMLO en los debates, no se equivocan quienes dicen que Meade es mucho más capaz que el tabasqueño.

    Pero no es lo mismo Meade abanderado por el PRI que Meade sin ser abanderado por el PRI. Serían dos presidentes absolutamente distintos, dos formas de gobierno distintas. Dicen, quienes no saben mucho de política, que no hay que votar por el partido sino por el candidato. Pero el partido sí importa, y más si es el PRI. El desempeño del Barcelona con Messi, no sería el mismo desempeño que mostraría, por un decir, el Necaxa si llegara a contratar al ídolo argentino. 

    José Antonio Meade es el recurso de un partido que está muriendo por dentro, que ve cómo su voto duro se diluye con el tiempo y con el cambio generacional. El fatal destino del PRI no podrá ser frenado ni siquiera si Meade llega a ser presidente. El PRI intenta ocultarlo, pero queda en evidencia cuando su mejor estrategia es colocar el «menos priísta de todos». y espera dividir el voto opositor porque el PRI no puede brillar con luz propia. Los priístas se aferran a Meade porque es la única forma que tienen para seguir sujetos a sus intereses aunque sea por tan solo seis años más. 

    A la vieja usanza, ahí está el candidato del PRI, el destapado: José Antonio Meade.

  • Un trabajo mal hecho. López Obrador y su proyecto de nación parte 2

    Un trabajo mal hecho. López Obrador y su proyecto de nación parte 2

    Un trabajo mal hecho. López Obrador y su proyecto de nación parte 2

    Existe un librito muy interesante y ameno del filósofo Harry Frankfurt llamado On Bullshit, que es básicamente un ensayo sobre cómo se puede manipular la verdad sin tener que mentir de forma explícita (es eso a lo que llama «Bullshit»). No se trata de una mentira como tal, pero es una falsedad. Por ejemplo, cuando una persona opina sobre aquello que no sabe, cuando se habla de un tema del cual no tiene dominio, cuando se dice algo sin prestar a los detalles o de forma descuidada de tal forma que no se toman en cuenta ciertas cuestiones relevantes para emitir una opinión. Posiblemente la intención no sea mentir deliberadamente, pero lo más probable es que aquello que diga sea falso. 

    Ahora que le presté más atención al proyecto que presentó López Obrador, me vino a la mente ese libro. Algo que es constante son las ocurrencias y las improvisaciones.

    Parece algo irrelevante, algo fútil, pero es algo importante y que dice mucho de lo que podría llegar a ser su gobierno. Los analistas de la cosa política, mas que concentrarse en que López Obrador se pueda convertir en el «Chávez mexicano» (afirmación bastante apresurada, a mi parecer), deberían fijarse en estos detalles. No sólo en lo que dice, sino en lo que quiso decir, y sobre todo, en lo que trató de no decir.

    Si existe una constante dentro de todos los proyectos de gobierno escritos por los candidatos es que estos suelen ser muy cuidadosos. Se procura que la redacción sea impecable, que se perciba muy técnica e incluso se disfrace aquellas propuestas demagógicas por medio de tecnicismos. Se comprende que quienes leerán los proyectos de gobierno son aquellos que leen, que analizan, que desmenuzan, y que por tanto, son más críticos. Estos textos están dirigidos mayormente a ellos. Se asume que la estructura del proyecto está plasmada de mejor forma ahí que en ninguna otra parte. La demagogia abierta queda para los spots y los discursos callejeros, aquí hay que ser más rigurosos o al menos aparentarlo.

    Eso no sucede aquí. El sitio web en el que se presenta, por su desarrollo y acomodo de los elementos, sugiere un trabajo profesional. Pero cuando uno empieza a leer los textos parece estar leyendo uno de esos trabajos en equipo de la preparatoria hechos un día antes de la presentación final. Hay errores de redacción imperdonables y, sobre todo, el texto no es consistente. Parece como si hubiera sido escrito por varias personas.

    Basta entrar a ver el planteamiento de las propuestas para darse cuenta que algunas de ellas son muy escuetas e improvisadas y dejan más dudas que respuestas. También se percibe una inconsistencia argumentativa e incluso ideológica: no es un proyecto, más bien parece la suma de varios proyectos diferentes (de entrada, parece una extraña combinación de las disimiles visiones de López Obrador y Alfonso Romo). Así como en los trabajos de preparatoria donde nota que la calidad final es distinta entre sus distintos elementos porque lo llevaron a cabo varias personas y ni siquiera se molestaron en integrarlo bien.

    Estos descuidos son muy relevantes porque no sólo hablan del poco profesionalismo, sino que muestran la incongruencia del discurso de López Obrador. Digo que se trata del proyecto de nación de López Obrador porque todos sabemos de antemano que él será el candidato de MORENA (el partido gira en torno a él). Sin embargo, ha prometido que el candidato de MORENA se someterá por encuesta y no por dedazo. Entonces uno se pregunta porqué en el proyecto se dice habla de un «objetivo del gobierno de AMLO» y no un «objetivo de MORENA». 

    Luego uno encuentra errores de redacción como «abatir la fuga». Parece que ni siquiera se molestaron en que un editor revisara la redacción para que estos errores no aparecieran. Estamos hablando del «proyecto de nación», no es cualquier documento.

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    También es posible encontrarse con silogismos tramposos y mal cuidados que muestran el poco rigor a la hora de plantear las propuestas. Si «A»  y «B» entonces «C».

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    Este error es más grave aún. No tanto por el «unas sola» sino porque se les olvidó eliminar del texto los comentarios y las anotaciones que se hacían sobre el texto mientras lo estaban trabajando. 

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    Voy a la siguiente. MORENA se había aliado a los demás partidos para evitar que el PRI-Gobierno impusiera al fiscal carnal y de igual forma se opusieron al despido de Santiago Nieto, titular de la FEPADE. El argumento en ambos casos (y con el que concuerdo) es que esto tiene la intención de que el gobierno pueda adquirir más control sobre diferentes dependencias de tal forma que le permitiera ser más opaco y así servirse a su intereses. 

    La otra incongruencia aquí es que López Obrador propone lo mismo. Quiere nombrar él al fiscal, quiere tener mayor control sobre los asuntos de seguridad:

    La improvisación y el descuido son «el sello de la casa» de MORENA y de López Obrador. Hay que recordar que en 2012, cuando intentaron denunciar al PRI por compra de votos (denuncia completamente legítima, dado que aquello que se quería probar sí ocurrió), armaron la demanda de una forma muy descuidada e improvisada. Mientras los priístas cuidaban mucho los detalles para hacer parece que no había delito donde sí lo hubo, los obradoristas fueron lo suficientemente descuidados como para que el equipo de Peña Nieto ni se despeinara. En vez de eso, crearon una suerte de exposición en el Zócalo mostrando las «pruebas del fraude» en las que había burros, objetos de campaña y demás artilugios que como tales no probaban nada. 

    Este es otro de tantos casos donde la improvisación hace gala de presencia. Y si la improvisación es típica de López Obrador, habría que preguntarnos cómo es que esto incidirá dentro de su hipotético gobierno. ¿Improvisarán cuando tengan que tomar decisiones a corto plazo que puedan afectar el rumbo del país? ¿Improvisarán de la misma forma cuando a la economía se refiere? ¿No pondrán atención a los detalles en las relaciones con otros países como Estados Unidos, o para determinar si una política propuesta es viable económicamente? Responder esas preguntas posiblemente sea más necesario que pronosticar inútilmente si México se convertirá en Venezuela, Cuba o hasta Corea del Norte. 

    Y no sin olvidar las incongruencias bajo las que se intentan ocultar esos rasgos de López Obrador que son los que generan más temor, como su afán de controlarlo todo (si yo soy honesto, todos van a ser honestos, y por tanto yo voy a decir que se hace en temas de seguridad). 

    Es importante notarlo, porque si queremos formarnos una idea de lo que sería el gobierno de López Obrador debemos saber que «el diablo está en los detalles», no en las campañas negativas ni en los discursos llenos de lugares comunes que se repiten una y otra vez. 

    Primera parte

  • Sobre la idealización del victimismo

    Sobre la idealización del victimismo

    Sobre la idealización del victimismo

    Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del victimismo.

    En el mundo contemporáneo, en este mundo donde se asume que la supresión del dolor traerá inevitablemente la felicidad, donde se asume que menos dolor implica necesariamente más placer (por dolor no sólo nos referimos a aquello que se padece, sino también al sacrificio y al esfuerzo), el victimismo se ha puesto de moda. Queda muy patente dentro de algunas causas sociales.

    Para entender al victimismo, primero hablemos del dolor, de la frustración y de la derrota. El dolor y el placer se entienden como opuestos y por lo tanto se asume de forma equivocada que al aminorar los efectos de uno, aumenta, por consecuencia, los efectos del otro. En realidad no es así, quien no ha experimentado dolor, difícilmente conocerá el sentimiento del placer a su máxima expresión. Igual sucede con la derrota y la victoria: quien nunca ha perdido, nunca gozará la victoria como el que sí. O con la tristeza y la felicidad. Quien ha pasado por la tristeza, gozará como nadie más de la felicidad. 

    Aquellos sentimientos negativos de los que rehuimos tienen una razón de existir, tienen una función dentro de nuestra psique que busca la supervivencia de la especie. Si ellos no existieran, si nuestro organismo nos garantizara una suerte de éxtasis eterno, nuestra especie hubiera desaparecido de la faz de la tierra ya hace algunos milenios.

    El dolor nos invita a superarlo porque éste es la manifestación de una suerte de desequilibrio del cual el organismo se debe de sobreponer. Cuando se muere un ser querido, debemos de sufrir un duelo, mediante el cual el nuestra mente se reajustará para contemplar una nueva vida donde el ahora fallecido ya no forme parte de. El dolor nos invita a salir de la condición en la que nos encontramos. Si nos despiden del trabajo, nos angustiamos, porque esa ansiedad es la que prepara a nuestra mente para readaptarse y no perder el equilibrio en el que se encontraba (por ejemplo, al buscar un nuevo trabajo).

    Pero hay otro tipo de dolor, es aquel que asumimos porque haciendo esto podremos obtener no sólo un mayor placer, sino un sentimiento de autorrealización. Es aquel dolor del sacrificio, del esfuerzo, el del postergar placeres mundanos e inmediatos por aquellos más a largo plazo pero que elevan nuestro espíritu, que nos dignifican. Dicho dolor implica un cambio, porque nuestro cuerpo y nuestra mente se fortalecen. Así como cuando levantamos una pesa y sentimos una pesadez en el brazo, pero que ante las constantes repeticiones, se vuelve progresivamente más fuerte. 

    Esto también implica una superación del dolor. Lo asumimos para posteriormente superarlo, y cuando lo hemos superado podemos asumir más dolor y así sucesivamente para llegar más arriba, hasta el punto donde queramos llegar.

    El victimismo huye del dolor, no lo supera. ¿Cuál es la diferencia? Que superarlo implica enfrentarlo, mientras que huir implica esconderse de él. 

    El victimismo no empodera (como algunos ingenuos podrían pensar). Por el contrario, atrofia. Porque la víctima busca quien le proteja del dolor, cede su espíritu y su voluntad a alguien más. Y así, quien se considera víctima se hundirá en un círculo vicioso. Por más se considere víctima, más desválido se sentirá y tendrá más argumentos para reforzar su victimismo.

    Ciertamente, vivimos en un mundo en donde no nos encontramos en igualdad de circunstancias. Ciertamente no tenemos la capacidad de sobreponernos a todas (un niño es débil físicamente, la mujer también en cierta medida, una persona con discapacidad no podrá correr en la calle), pero la victimización nos impide desarrollar los atributos y las potencialidades que sí nos permitirían abandonar nuestra condición, ya sea de forma parcial o total. No somos necesariamente responsables si nos encontramos en un contexto de desventaja (como aquellos que nacen en un contexto de pobreza, y con ello se sigue que esa frase de «el pobre es pobre porque quiere» es falaz en mucho de los casos), pero ciertamente podemos hacer algo para sobreponernos a nuestra condición. ¿Qué tan alto llegaremos? Tal vez no lo sabremos. Pero al menos, el que se haya esforzado y haya luchado, se sentirá bien consigo mismo, no siempre ganará, a veces perderá, pero su espíritu quedará intacto.

    El mundo posmoderno busca idealizar la victimización. Parece que no pretende que las minorías que puedan encontrarse en desventaja, tales como las personas de color, los LGBT+ o las mujeres se empoderen, que sean aceptados en la sociedad demostrando que tienen las capacidades que sus contrapartes les niegan. Por el contrario, el mundo posmoderno pretende victimizarlos, repetirnos una y otra vez lo tanto que sufren para que, por medio de la conmiseración, evitamos que sufran. Así, nos invitan a ser meticulosos con nuestro lenguaje y a pensar dos veces en ejercer nuestra libertad de expresión porque aquello que se dice puede, en apariencia, afectarlos. La idea no es que se empoderen, sino que huyan del dolor, que no vuelvan a sufrir estrés ni ansiedad. La idea es que busquen protección ahí donde podrían valerse por ellos mismos.

    Se entiende que se busque protección cuando la desventaja es tal que es prácticamente imposible colocarse en igualdad de circunstancias. De esto se sigue que sea sensato que a la mujer se le proteja de sufrir violaciones o de ser violentada cuando ella, en casi todos los casos, se encuentra en desventaja física y no tiene la fuerza para defenderse. Se entiende muy bien que las instituciones policiales defiendan a quienes son víctimas del crimen, o de muchos abusos de los cuales es imposible defenderse únicamente con la voluntad propia. Pero no se entiende cuando quien se encuentra en desventaja sí pueda desarrollar capacidades para poder cambiar el estado de las cosas y no lo haga. En lugar de desarrollar dichas capacidades, el mundo posmoderno espera que el gobierno establezca políticas artificiales para crear una igualdad artificial. Así, crea un individuo dependiente de ese artificio, sin el cual no sólo no sería nada, sino que se daría cuenta que su espíritu se encuentra completamente atrofiado. 

    Y lo peor es que, cuando el individuo se enfrenta menos al dolor, lo padece más. Así, cualquier cosa le duele, por lo cual la víctima buscará que dicha cosa se prohiba para que después le duelan cosas más pequeñas. Esto es un suicidio, es un atropello contra el espíritu. El individuo se vuelve más desválido que nunca mientras reafirma más y más su condición de víctima. La distancia entre su estado actual y el estado deseado es más grande que nunca. Habrá dejado de creer en sí mismo, y sólo podrá reducirse a una condición de parásito. 

    Y así, morirá en vida. 

  • Menos Venezuela, más PRI. López Obrador y su proyecto de nación

    Menos Venezuela, más PRI. López Obrador y su proyecto de nación

    Menos Venezuela, más PRI. López Obrador y su proyecto de nación

    Hace poco leí por ahí que lo que México necesita es el apego irrestricto a las leyes y no héroes. Esa afirmación me vino a la cabeza cuando leí el programa de gobierno que presentó Andrés Manuel López Obrador con los empresarios Alfonso Romo y Esteban Moctezuma. 

    No puedo terminar de concordar de todo con la frase porque si bien el Estado de derecho es indispensable, los liderazgos, en cierta medida, son necesarios. Los países occidentales carecen de ellos y por eso desde la extrema derecha e izquierda varios están levantando la mano. Con la parte que sí concuerdo de esa frase es con aquella donde el individuo no debería depositar toda su confianza en un individuo, como si éste por sí sólo pudiera llevar a cabo los cambios que se necesitan. 

    Después de ver y leer la presentación, me queda claro por qué López Obrador no es el líder que México necesita. 

    Primero. Porque un líder debe de ser irruptivo y ver hacia delante, no debe de vivir de la nostalgia. El proyecto de nación, en varios de sus puntos, tiene tintes nostálgicos que rememoran a ese PRI clásico antes de insertarse en aquello que llaman «el neoliberalismo». Se trata de una especie de reedición de aquella época del régimen de sustitución de importaciones dentro de las circunstancias actuales, de ese desarrollismo de Estado que fue tan común en Latinoamérica por muchos años y que fue adoptado hace poco tiempo por países como Argentina o Brasil con resultados cuestionables. 

    Segundo. Porque López Obrador no parece aspirar a «revolucionar el sistema político». Ver a empresarios como Esteban Moctezuma y Alfonso Romo podría calmar un poco los nervios de quienes ven en López Obrador un nuevo Hugo Chávez, pero ambos son hijos del régimen y deben su existencia y riquezas a esas a alianzas político-empresariales. Pareciera, al ver al equipo que propone, que más bien parece querer perpetuar el sistema político que ha venido en decadencia en los últimos años pero con una cara más «social». Posiblemente no sea la intención de López Obrador de instaurar un régimen chavista (con todo y que algunos de sus colaboradores, relegados a un segundo plano en dicha presentación simpatizan con el régimen bolivariano), pero es cierto que su apuesta a aspirar a un estado interventor en la economía podría poner en riesgo la estabilidad macroeconómica, lo cual podría derivar en una crisis política más profunda. Muchos de los gobiernos que han fracasado no lo son por que quienes lo lideraron hayan planeado su fracaso, fracasó más bien como producto de una cadena de malas decisiones que se tomaron. Y en algunos puntos AMLO parece querer repetir aquello que ha fracasado en el pasado (con el trillado argumento de «esta vez sí va a funcionar»).

    Pienso que Javier Sicilia acierta cuando dice que el de López Obrador es más bien algo así como una revolución cosmética, que se trata de un priista que no aspira a renovar el sistema político:

    Ya lo vimos con el caso de [Ricardo] Monreal, es la misma historia. López Obrador es un priísta disfrazado de rojo. Ese es mi punto de vista, es un tlatoani más, ya la vida de los tlatoanis no nos sirve para nada, y López Obrador reproduce aquello donde se cultivó, que es el priísmo. Tiene la estructura del PRI y trabaja así. – Javier Sicilia

    Más que ver en él un Hugo Chávez, veríamos algo más bien parecido a una reedición del PRI con una mayor intervención estatal (tal vez no al grado de Venezuela, como dicen sus adversarios). No terminarían los vicios de la corrupción. De hecho, creo que la mayor intervención del Estado podría acrecentarlos. No hay que olvidar que bajo este tipo de regímenes es que se crearon aquellas organizaciones clientelares que siguen siendo un dolor de cabeza y también aquellas empresas que tuvieron su razón de ser gracias a su connivencia con el gobierno y que, gracias a dicha alianza, adquirieron mucho poder. Sí, un ejemplo de ésto es Televisa.  

    Uno lee el proyecto de nación (que en realidad no presenta muchas cosas nuevas si se contrasta con su libro) y las ambigüedades y las deficiencias salen a la luz. Ciertamente, López Obrador presenta un proyecto donde toma en cuenta la estabilidad macroeconómica. Pero los argumentos para llegar a ella son los más deficientes de su proyecto porque espera reducir el gasto del gobierno con base en el combate a la corrupción y la austeridad republicana (que se generará como resultado de su voluntad personal). ¿Cómo la va a combatir? no lo sabemos muy bien. Lo cierto es que ese tema fue uno de sus puntos débiles cuando fue Jefe de Gobierno. El problema es que si no logra dicha estabilidad macroeconómica y la «austeridad republicana» reduciendo las finanzas públicas y combatiendo la corrupción (tarea casi imposible porque las metas propuestas son demasiado elevadas) quedará como alternativa la opción del endeudamiento, y esa historia ya la conocemos.  

    AMLO, Populismo

    No es que los programas sociales sean necesariamente indeseables como afirman los más libertarios, pero éstos deben estar apegados a la realidad macroeconónica. El problema es que entre la macroeconomía y los programas sociales, López Obrador podría optar por la segunda opción (con todo y el impacto negativo que podría generar dentro de las finanzas). 

    No está de más señalar que siguen ahí también propuestas absurdas como cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la CDMX y trasladar parte de la actividad al aeropuerto de Santa Lucía. 

    Con esto no quiero decir que todas sus propuestas estén mal. Existen varias propuestas más que rescatables (fomentar la competencia en la banca, como propone, me parece una apuesta muy atinada). Pero cuando hablamos de la esencia de su proyecto de gobierno, se pueden observar muchas debilidades en su estructura central. Porque incluso varias de estas propuestas «rescatables» necesitan que la estructura central esté sólida para que terminen de funcionar bien. 

    Una de las prioridades para este país debería ser fortalecer el Estado de derecho. Si las instituciones no funcionan bien, entonces es difícil que todo lo demás funcione. Esto queda patente dentro del gobierno de Peña Nieto donde las instituciones se han debilitado de forma alarmante, y por consecuencia, la aplicación de varias de las reformas (necesarias en la teoría) termina siendo defectuosa. En este apartado, que se menciona dentro del programa, también vemos muchas ambigüedades, buenas intenciones, pero no hay nada que nos diga que habrá un trabajo serio para fortalecerlas. Para que eso suceda es indispensable la vigilancia de la ciudadanía, y si bien López Obrador dice que consultará a académicos y miembros de la sociedad civil, la realidad es otra: López Obrador es muy celoso de aquellas entidades que cuestionarán a su gobierno, tal y como lo mostró con su profundo escepticismo a la ley 3 de 3. Eduardo Buscaglia (experto en temas anticorrupción, a quien siempre se ha ubicado dentro de la izquierda política) afirma que, cuando era Jefe de Gobierno, no veía muy conveniente que los ciudadanos pudieran revisar las cuentas del gobierno. Él cree que la corrupción se va a solucionar por su propia voluntad y no producto de la vigilancia de la ciudadanía:

    Pero cuando el equipo de López Obrador regresó a Buscaglia con una respuesta de su jefe, señaló que le dijeron que las juntas daban ‘mucho control a la gente’ y que el alcalde podría hacer un mejor trabajo para combatir la corrupción por su cuenta – The New Yorker

    Bajo esta idea, sería ingenuo esperar que en el gobierno de López Obrador se vaya a fortalecer el Estado de derecho. Por el contrario, podría llegar a agravarse más la crisis institucional por la que el país ya pasa. Si AMLO aspira a establecer un régimen opaco, entonces, así como sucedió cuando gobernó la capital con colaboradores cercanos suyos, podríamos ver escándalos similares a los que vemos dentro del gobierno actual. Tampoco se puede esperar mucho si dentro de su equipo habrá muchos colaboradores que fueron parte de ese régimen que coincide con el gobierno actual en que las instituciones sirven no para servir a los ciudadanos, sino para servirse a ellos mismos. 

    Es posible que quienes creían que López Obrador iba a implantar el comunismo o crear una Venezuela o hasta una Corea del Norte, vean que sus temores eran algo exagerados (aunque sí hay un riesgo de que la estabilidad macroeconómica se ponga en entredicho y que se lleven a cabo regresiones en materia económica), si López Obrador tuviera dichas aspiraciones dudo mucho que Romo o Moctezuma le ayudaran a crear su proyecto de nación. Pero es muy posible también que quienes veían a López Obrador como un salvador les va a ocurrir como la fábula de Monterroso, que cuando despierten, verán que el dinosaurio seguía ahí, y que el régimen de AMLO no era tan diferente al actual. 

    Evidentemente, muchos sectores de la clase política le tienen recelo porque la llegada de López Obrador significa para ellos un riesgo para sus intereses. Los priístas intentan asustar con el cuento de Venezuela y hasta Corea del Norte porque decir la verdad, que López Obrador tiene muchos vicios priístas, sería como darse un tiro al pie. Otros actores (empresariales o civiles) basan su deseo en un temor sincero, no quieren regresar a esos gobiernos cuyos sexenios terminaban con una crisis económica. Por eso es que la campaña negativa interesada para destruir la campaña de López Obrador por parte de algunos políticos, no implica que otros actores no puedan, de forma sincera, ver con temor la llegada del tabasqueño.

    Dicho esto, criticar severamente a López Obrador no implica ser parte de una campaña sucia de desprestigio ni estar «manipulado por ella». 

    El cambio de personajes dentro del panorama político puede sonar a priori puede sonar bueno, pero tal vez no lo sea tanto si muchos de sus colaboradores son dinosaurios del régimen son los que aspiran a ocupar dichos puestos de poder. No veo en López Obrador una nueva generación de políticos ni sangre nueva. La clase política, aunque cambie de configuración, seguirá siendo en esencia la misma.  

    Y su gobierno trae pocas ideas nuevas, y un mucho de nostalgia por ese México de hace unas décadas. 

    Si no recuerdas como eran, pregúntale a tu papá. 

    Consulta su proyecto de gobierno aquí: http://www.proyecto18.mx/

  • ¿Debe un hombre ser un aliado feminista?

    ¿Debe un hombre ser un aliado feminista?

    ¿Debe un hombre ser un aliado feminista?

    Últimamente he escuchado mucho sobre esta idea de que un hombre no puede ser feminista, sino un «aliado del feminismo». Esto se dice así porque las feministas son quienes dirigen el movimiento, le dan forma, y está pensado para que ellas sean las que estén a la vanguardia. Los movimientos, agrupaciones y organizaciones se configuran de acuerdo a los designios de quienes lo construyeron. Si las feministas deciden que los hombres no pueden entrar a las juntas, técnicamente están en su derecho de hacerlo. Si deciden que ellas son las que le dan forma y contenido a su movimiento, también están en su derecho de hacerlo. Pueden criticarse las razones por las que decidieron que fuera así, pero naturalmente quienes están «fuera» de una organización no puede imponer nada a quienes están dentro (crítica no implica imposición). Hasta aquí todo bien. Del feminismo he hablado mucho, de sus aciertos y sus errores, y las feministas tienen su derecho a leerme o ignorarme. Pero mi punto en este artículo no son las feministas en sí, porque lo que diré también tiene que ver con los hombres. De hecho, tiene que ver mayormente con nosotros. El punto de este texto es la idea del «aliado».

    Se entiende por «aliado del feminismo» aquel hombre que se integra por fuera a un movimiento feminista de forma pasiva. Es decir, para ser aceptado como tal, el hombre debe adoptar el credo feminista, debe deconstruirse (idea derridiana) y formarse, debe de transformar su entorno y hacerlo feminista. El hombre debe de escuchar, puede participar en una conversación sobre feminismo pero no puede dirigirla, no puede hablar con una mujer de igual a igual sobre ser mujer, puedes ir a marchas pero no puedes tomar pancartas ni gritar consignas (por eso de que nuestras voces son más fuertes que las de ellas).

    Esa es la forma en que el hombre se puede «integrar» a un movimiento feminista, producto de las reglas de las feministas que naturalmente se deberían de respetar en el sentido de que es un movimiento que ellas crearon y cuyas reglas fueron establecidas por ellas (esto, de acuerdo a algunos círculos, dando por hecho que entre estos hay distintas corrientes y otras posiblemente permitan al hombre integrarse de otro modo). Mi pregunta va más bien en el sentido de ¿vale la pena ser un «aliado feminista»? ¿tengo que adoptar un credo de forma pasiva para decir que no soy machista y demostrar que me preocupan los abusos que sufren las mujeres? 

    Dicho todo esto, podemos entender que el concepto de «aliado del feminismo» implica una forma de sometimiento voluntario. Al decidir ser un «aliado del feminismo» me someto a una estructura ideológica. No puedo cuestionar nada de ella, no puedo ser escéptico de algunas de las cosas que se dicen porque, al serlo, dejaría de ser un aliado. 

    Si hablamos de equidad de género entonces entraríamos en una profunda contradicción dado que la equidad de género implica que ni el género masculino debe someterse al femenino ni viceversa. Implica más bien que ambos géneros son completamente libres y que ninguno puede imponerle nada al otro. Ciertamente, nadie obliga al hombre a ser un aliado y él tiene derecho a serlo o no serlo. 

    Es decir, ser un aliado del feminismo es algo que va mucho más allá de tener un deseo sincero de que la mujer no sea oprimida o violentada por su género. Implica la adopción de una doctrina ideológica de corte postestructuralista (las corrientes feministas afines al postestructuralismo son las que han adoptado el concepto de «aliados del feminismo»), y por ende, implica una aceptación (aunque sea de forma tácita e inconsciente) de las ideas de Michel Foucault o Jacques Derrida. Se espera que el aliado también transforme a los hombres por medio de la deconstrucción, pero no puede cuestionar la deconstrucción en sí ni sus mecanismos. 

    Muchas veces también se espera, desde este postestructuralismo (sobre todo en las corrientes más radicales), que los «aliados» se despojen de su masculinidad, como si toda la masculinidad fuera mala y nociva, en vez de hacer énfasis en aquellas conductas que efectivamente puedan oprimir o relegar a la mujer. Esto se entiende así porque dichas corrientes postestructuralistas aspiran a eliminar cualquier diferencia entre mujer y hombre porque dicen, cualquier diferenciación binaria (y aquí vuelvo a traer a Derrida) implica el sometimiento de uno sobre el otro.

    Así como no es incongruente sensibilizarse ante las manifestaciones de machismo que sufre la mujer (inequidad, violencia intrafamiliar, abusos sexuales) sin ser un «aliado del feminismo», tampoco es una garantía que el hombre, aliado del feminismo y reconocido como tal por las feministas, esté sinceramente sensibilizado con las causas de la mujer. Hay quienes deciden ser aliados del feminismo porque creen que de esa forma podrían encontrar pareja de forma más fácil. Defienden toda la doctrina, callan para darle la voz a las mujeres, pero lo hacen de forma convenenciera: «Si les digo a los hombres en las redes que revisen sus privilegios, Juanita se va a fijar en mí«, pero cuando ya no necesitan ser «aliados», entonces terminan mostrándose como patanes, tal cual siempre habían sido. 

    Yo incluso conocí a un «aliado feminista» que decía defender la causa. Pero que en privado decía: «Carla, la carne, qué sabrosa». 

    Hay voces que dicen que muchas veces quienes critican al feminismo lo hacen desde una postura machista. En muchos casos sí puede ocurrir. Evidentemente no creo que hombre alguno que someta o denigre a las mujeres se vaya a sentir cómodo con un movimiento que lo cuestiona. Su presencia es evidente, por ejemplo, en las redes sociales, cuando una mujer hace una denuncia y ellos se encargan de rematar más a la víctima con frases como «tú te lo buscaste», «fue porque ibas vestida así», o incluso hay personas que hacen críticas «constructivas» pero con cierto recelo. Pero eso no implica que todas las críticas al feminismo se hagan desde una postura machista, como algunas o algunos sugieren. Sería un tremendo error pensar esto porque además de incurrir en una falacia ad hominem, es el propio movimiento, al no aceptar ninguna crítica, el que terminaría afectado.  

    Por eso es que pienso que el concepto de «aliado del feminismo» es un contrasentido y por eso yo no puedo tomarlo ni definirme como tal. Evidentemente, si en algún momento quiero solidarizarme con ellas (por ejemplo, en el asesinato de Mara), si voy a la marcha tengo que adecuarme a sus reglas, porque no puedo imponer mis reglas a un movimiento al que yo no pertenezco. Pero solidarizarme con las mujeres no puede, en mi caso, implicar sometimiento ideológico alguno. La libertad de pensamiento es algo muy preciado y algo muy necesario en un mundo cada vez más polarizado y considero que es hasta peligroso someterse de forma pasiva y sumisa ante cualquier «ismo» por más noble sea lo que defienda en la teoría. 

    Estoy de acuerdo que el problema del machismo es todavía muy vigente en el país y que hay que combatirlo. Pero el problema se combate con hechos, no con la simple adopción de una doctrina o corriente ideológica. El problema se enfrenta en la práctica, en nuestro trato con las mujeres, y también advirtiendo a aquellas personas que muestren estos rasgos, dejando de discriminar a una persona por ser mujer, dejando de ofenderla, de referirse a ella como objeto, de hacerla sentir menos, o de denigrarla. El problema se combate aceptando que ambos géneros somos pares que deben estar en una situación de equidad, y que, sobre todo, son libres y que ninguno debe someterse al otro. Es un trabajo tal vez menos llamativo (pero más sincero) porque no implican los aplausos ni el reconocimiento de presumirse como «aliado del feminismo», ni tampoco implica el pertenecer a algo. 

    Tienen razón cuando dicen que hay que escucharlas, los géneros a veces nos conocemos menos de lo que creemos. Creo que ambos debemos de molestarnos en conocer más para entendernos y ciertamente hay conductas que nosotros creemos damos por sentado y que realmente las molestan a ellas. Pero debe de ser un dialogo, un conocimiento mutuo, donde podamos aspirar a un modelo de sociedad donde nadie se tenga que preocupar por ser mujer o ser hombre. 

  • Coco: Una necesaria reseña y un análisis desde sus más profundas entrañas

    Coco: Una necesaria reseña y un análisis desde sus más profundas entrañas

    Coco. Un necesario análisis desde sus más profundas entrañas

    Tenía un poco de miedo de ver la película. No sabía cómo podría Pixar tratar, de forma exitosa, algo tan valioso y delicado para nosotros (aunque subestimado al mismo tiempo) como nuestras raíces y nuestra cultura. ¿Cómo amalgamar nuestra cultura con una película de fantasía la cual esperas que sea un éxito de taquilla en todo el mundo? ¿Cómo lo podría hacer una empresa de una nación cuya cultura está basada en la simplicidad y no en la complejidad de la nuestra? Para muchos podría sonar imposible como si ya tuviéramos suficiente con la caricaturización de «lo mexicano» como ocurre con el mexicano flojo durmiendo con su sombrero en un nopal o con los Taco Bell que abundan en avenidas norteamericanas. 

    Pero creo que Pixar, a grandes rasgos, lo logró. Podríamos señalar tal vez algunos detalles que pudieron ser mejores, pero en general funciona. No me sentí insultado, de hecho me sentí muy familiarizado porque parece que esta vez un medio de entretenimiento estadounidense sí logró meterse en las entrañas de nuestra cultura y sacar una obra valiosa. La recreación sí me pareció muy mexicana. Me sentí dentro de uno de tantos pueblos tradicionales de nuestro país, y vaya que es un reto mayor cuando se hace por medio de la recreación digital. Pero voy más allá: el mundo de los muertos me recordó también un poco al realismo mágico muy típico de la literatura mexicana y latinoamericana: la fantasía me recordó un poquito más de Pedro Páramo que de los burritos mexicanos del McDonalds. A veces se aprecian algunas «gringadas», pero nada para alarmarse, nada que rompiera con una narrativa bastante decente de nuestra cultura. 

    En un interesante artículo que escribió Ramón Gallegos (un amigo mío) sobre el mismo tema, se señala que muchas de nuestras tradiciones son valoradas dentro de nuestro país hasta que son admiradas en el extranjero. Concuerdo con él cuando dice que de pequeños gozábamos más del Halloween y que el Día de Muertos parecía ser algo hasta impuesto por las instituciones gubernamentales o eclesiásticas para evitar que se perdiera la tradición. En la primaria, los niños gozaban más del Halloween, de disfrazarse y pedir dulces. Y hasta que se rodó Spectre, la película de James Bond, en nuestro país, el desfile de Día de Muertos se volvió una tradición. Allá afuera admiran nuestra cultura y nuestras tradiciones. Al parecer, nosotros no tanto. Nuestra «autoestima colectiva» es lo suficientemente baja como para pensar que lo nuestro es algo muy valioso y único. 

    Por eso es que, sea como sea, se agradecen estas obras que logran recordarnos a los mexicanos lo valiosas que son nuestras tradiciones. Es triste que lo tengan que hacer los extranjeros por nosotros, pero a la vez nos ayuda a recordar el poder que tiene nuestra cultura. Los internacionalistas y politólogos hablan de que México necesita tener una mayor capacidad de influir culturalmente en otros países (eso que llaman «soft power» o poder blando), sugieren reforzar nuestra «marca-país», pero ahí tenemos muchísimos recursos a los cuales parece que ni volteamos a ver, que están en espera de usarse. 

    Es notorio que los escritores se molestaron en entender nuestras raíces cuando, al ver la película, me percaté que habían dejado al lado varios de los clichés «norteamericanos» que siempre se plasman en este tipo de obras para darle una narrativa muy mexicana. A pesar de mostrar un ambiente pueblerino, no se centraron en «lo pobre o lo jodido» como suele pasar con las películas hollywoodenses. Por el contrario, muestran ese color, ese sabor de nuestra cultura, esas peculiaridades de lo más profundo de nuestras tradiciones: lo bello, el talento, los lazos sociales. Entendieron bien la tradición el Día de Muertos, lo que significa esta festividad dentro de nuestra cultura y lo plasmaron muy bien. 

    Y todo esto lo podemos ver desde el inicio, desde la ambientación (casas pueblerinas bonitas, arreglos tradicionales), desde los roles de los personajes, la abuela regañona que carga la chancla y que le da besos al niño, hasta el tío que porta el jersey de la Selección Mexicana o el niño inquieto, o el modelo de familia vertical y sociocéntrico donde lo colectivo importa más que lo individual, donde hay un patriarca (o una matriarca, como en este caso) que dice qué es lo que se tiene que hacer y al cual todos obedecen (y no desde una perspectiva crítica o criticona como podría esperarse).  

    Temía que la obra intentara menospreciar ese «sociocentrismo» y que fuera reemplazado por el individualismo o por una cultura insertada dentro de la posmodernidad donde el placer o el deseo del individuo se deshiciera de todas esas estructuras a las que se siente atado y que le impide el goce. En realidad, quien representa aquello no es el héroe, sino el villano Ernesto de la Cruz, aquel músico que sólo se bastaba a sí mismo. Miguel, el personaje principal, se vio tentado a seguir sus pasos, a dejar sus lazos familiares para buscar su sueño. Con la frase «vive tu momento» Ernesto de la Cruz inspiraba a Miguel. Y si quería vivir su momento, Miguel asumía que tenía que desencadenarse de su pasado, de la familia que lo condenaba a ser zapatero, para llegar a ser músico.

    Pero la trama de la película nos muestra más bien una reconciliación del pasado con lo moderno. Hegel puede sernos de utilidad para explicar esto: su dialéctica histórica tiene tres momentos: la tesis, la antítesis y la síntesis. La síntesis como producto de las dos anteriores. En el caso de Coco, la tesis es la familia de Miguel (junto con sus valores tradicionales y jerárquicos) , la antítesis es su deseo de dejar todo para cumplir su sueño de ser músico, y la síntesis es la reconciliación entre su sueño y sus raíces. Dicho esto, ahora recurriré al héroe que describe Jordan Peterson en su libro Maps of Meaning, el cual es muy útil para explicar esta reconciliación y que a la vez es una muy buena forma de explicar cómo es que las estructuras sociales pueden reformarse sin correr el riesgo de que colapsen:

    Explicado desde un punto de vista muy mitológico, una sociedad determinada oscila entre el orden (representado por Peterson con la figura del padre) y el caos (representado por la figura de la madre). Si una sociedad es excesivamente ordenada se vuelve rígida y termina degenerando, producto de su propia rigidez. A la vez, si una sociedad es excesivamente caótica, degrada porque le es imposible mantener las estructuras que lo sostienen. Se podría asociar la rigidez con el conservadurismo duro, o en el caso de la película de Coco, con un régimen familiar rígido que impide a Miguel seguir sus sueños. Y de la misma forma se podría asociar al caos con su deseo de ser músico y «vivir el momento» La figura y leyenda de Ernesto de la Cruz invitaba a Miguel a sumirse profundamente en el caos, a romper todo orden y lazos sociales que le daban, hasta ese momento, sentido a su vida así como una identidad. Afortunadamente, Miguel asumió el papel del héroe, gracias a quien se da esta reconciliación entre lo tradicional y lo moderno: el orden y el caos. 

    ¿Qué es el héroe según Peterson? No es aquel que se somete al caos, sino aquel que se enfrenta y sostiene una batalla contra él del cual sale victorioso, y gracias a lo cual logra reformar las estructuras a las que pertenece sin el riesgo de debilitar su estructura. Miguel conoció el caos o «lo desconocido» cuando entró al mundo de los muertos para buscar a de la Cruz, su ídolo. Salió victorioso porque, como producto de su enfrentamiento, reconcilio a su familia con su pasado. Gracias a ese enfrentamiento, su familia aprendió a perdonar al tatarabuelo, de quien asumían los había traicionado (cuando en realidad había sido envenenado por Ernesto de la Cruz), lo cual a su vez permitió que su familia le diera el visto bueno para que pudiera convertirse en músico. Gracias a la valentía de Miguel (porque pudo decidir ser cobarde al no seguir su sueño, o de igual manera, al huir para seguir los pasos de quien sería un impostor) pudo conciliar dos de sus más grandes anhelos (lo cual parecía imposible): ser parte de una familia que le tiene cariño y ser músico. 

    Esta reconciliación explica mucho el éxito de la película. Al final, el mensaje es que es posible seguir tus sueños sin olvidar de donde vienes, sin olvidar que fuiste educado por una familia que te dio una escala de valores éticos y morales. Fueron capaces de crear uno de esos finales emotivos muy «estadounidenses» sin dejar del lado ese detalle tan «mexicano». La película recuerda eso que Hollywood a veces llega a menospreciar: que la familia es la base de la sociedad. Esa reconciliación que he narrado es la misma que permite a Pixar poder echar mano de algo tan valioso y delicado como una de las tradiciones mexicanas más importantes para hacer una película que necesita ser económicamente rentable, y que guste no sólo a los mexicanos, sino a cualquier persona de cualquier nación o cultura.  

    Pero esa reconciliación no debería ser solamente parte de una película. A los mexicanos nos falta reconciliarnos con nuestro pasado. Nos hace falta conciliar nuestro pasado con la modernidad, donde podamos aspirar a ser un país moderno y progresista, pero que eso no implique que dejemos nuestras raíces a un lado. Ese, para mí, es el mensaje más importante de Coco, mensaje que posiblemente no tenía la intención de ser emitido de forma deliberada por los escritores, pero que ahí estaba guardado. 

    Por eso es que puedo sentirme satisfecho con esta obra y salir del cine sabiendo que no vi solamente una «caricaturización más» de nuestra cultura. México es mucho más rico que un flojo durmiendo en un nopal o que un taco artificial. Y creo que, por fin, alguien allá afuera logro transmitirlo. 

  • El ocaso de la televisión mexicana

    El ocaso de la televisión mexicana

    El ocaso de la televisión mexicana

    Hace 15 años, frases como «ingue su» o «arribototota» (que puso en boga Adal Ramones, el conductor de Otro Rollo) se incrustaron dentro del lenguaje de los jóvenes. Las señoras hablaban de las telenovelas, emulaban las situaciones y personajes que ahí se presentaban, el día en que se transmitía el último capítulo era un día de asueto. La televisión era casi la referencia absoluta para los mexicanos, los educaba, los «informaba» ,dibujaba el entorno en que se desenvolvían, y hasta les fabricaba sus gustos musicales. 

    Pero ahora los jóvenes no dicen «ingue su», dicen ALV. Ya nadie habla del «noticiero» y es muy extraño que alguien mencione algún personaje de alguna telenovela. Peor aún, mucha gente no puede siquiera decir el nombre de alguna de las telenovelas que ahora se están transmitiendo.

    De hecho, la influencia (decreciente) que tiene la televisión dentro de la sociedad actual tiene que ver con la nostalgia, con aquellos tiempos, no porque fueran mejores que los actuales, sino porque marcaron a una generación (esa que ahora definen como «la generación de los chavorrucos»). Todos aquellos grupos pop fabricados dentro del ambiente televisivo (algunos decentes, otros no tanto) han visto que pueden salir de gira para rentabilizar dicha nostalgia. A veces en una gira participan dos grupos para así llenar el auditorio en el que se vayan a presentar, y funciona. 

    Dicha nostalgia también se presenta en forma de memes, llámese Catalina Creel, Soraya, Jaime Maussan (incluso Netflix ha recurrido a ellos para vender sus series) e influyen, de alguna manera, en la cultura actual. Pero la televisión actual ya no tiene nada que ver con esto, incluso han sido torpes en tratar de sacar provecho de ello (véase Blim). 

    Doña Tele no sólo ha perdido el monopolio, sino que incluso ha dejado de ser relevante como influencia cultural. Si ellos antes marcaban la pauta de la cultura y la idiosincrasia de la sociedad, ahora recurren a ella, que ellos ya no definen, para sobrevivir. En los programas de revista transmiten los videos de Youtube más famosos porque no tienen otra cosa que mostrar, ponen a sus «artistas» a bailar «Despacito» o «Felices los Cuatro», no importa que repitan dichas canciones hasta el hastío. De forma ingenua, creen que todavía están influyendo sobre el inconsciente colectivo, creen que llevan la pauta cuando en realidad son ellos los que tienen que agarrarse de las tendencias que ya no definen. 

    Las televisoras ya perdieron la capacidad de moldear a la sociedad. Apenas se han dado cuenta de que la conversación está en otro lado, y a donde a ellos se les tiene prohibido entrar. Las nuevas generaciones no sólo ignoran a las televisoras, sino que les tiene alguna suerte de recelo, las relacionan mucho con los conceptos de «manipulación» o «contenido chatarra» aunque consuman contenidos de calidad similar en Youtube. 

    Las televisoras intentan reciclar una y otra vez a las «estrellas» que todavía tienen, que a veces no son tan estrellas de lo que ellos consideran que son. Incluso los ponen a hacer de todo: a los cantantes de La Academia (de quienes muy pocos se acuerdan) los meten a los programas de revista, los ponen a ser jueces de cualquier cosa o a ser actores de telenovelas. A los comentaristas deportivos (quienes todavía son muy conocidos, al menos los de TV Azteca, porque apenas están perdiendo el monopolio de las transmisiones de partidos de futbol) los ponen a dirigir programas de concursos. Consideran que tienen en ellos un gran capital, pero en realidad, las estrellas, al menos los que tienen más talento, prefieren irse a probar suerte a otro lado, a Hollywood, a Netflix, a ESPN o al cine mexicano aunque sea. 

    Y como las televisoras tienen cada vez menos recursos, se ven obligados a prescindir de algunas de sus estrellas. Algunas figuras que tienen cierta relevancia (como los comentaristas deportivos) terminan en el cable. 

    Mientras eso pasa, los dueños se percatan de que sus acciones van en picada y apenas entienden que la conversación está en otro lado. Pero aún así parecen subestimar el fenómeno, creen que van a poder traer a esos «mocosos millennials» de regreso. Se renuevan la cara pero mantienen a los añejos productores en sus filas. Les piden que hagan una serie como las de Netflix que termina siendo, si bien les va, algo así como la familia peluche. ¿Y quién habla de ella? Nadie.

    Televisa y TV Azteca han perdido el monopolio de la información; y lo que es peor para ellos, su capacidad de ejercer influencia dentro de la sociedad. Se han convertido en irrelevantes. Apenas sí pueden influir sobre los sectores más pobres que tienen poco más que una televisión. Pero incluso ahí la «banda ancha» amenaza con penetrar y arrebatárselos.  

    Antes, hasta el lujo de promover candidatos a la presidencia se podían dar. 

    Los tiempos cambian, las circunstancias también. Pero el tiempo le ha arrebatado lo más preciado a las televisoras. Sus dueños, en especial Emilio Azcárraga (Salinas Pliego al menos se puede consolar con sus otros negocios), observan pasivamente cómo caen las acciones de Televisa, cómo se deprecia y cómo el valor de su marca cae (por eso es que se ha hecho a un lado). Pero peor aún, es testigo de la pérdida de lo que más puede desear un hombre ambicioso: el poder.