Autor: Cerebro

  • La triste historia de un niño bueno

    La triste historia de un niño bueno

    Juan, la historia del niño bueno que vio que nada bueno le llegó

    Una buena persona no es aquella que no es capaz de hacer daño. Una buena persona es aquella que es capaz de hacer daño y decide, por convicción propia, no hacerlo.

    Juan se pregunta por qué le va mal en su vida si no le ha hecho daño a nadie. Él piensa que ha sido justo porque trata bien a los demás, intenta no meterse en problemas ni en discusiones que puedan molestar a los demás. Él intenta no participar en aquellos debates de política o religión porque considera que su postura puede molestar a alguien más. De hecho, se preocupa mucho por lo que digan los demás de él y de sus opiniones, no vaya a ser que cause alguna molestia y pueda perder (piensa él) a algún amigo.

    Juan se preocupa porque no tiene lo que quiere: le va mal con las mujeres, le va mal profesionalmente y no tiene un proyecto de vida propio porque teme, que al luchar por éste, alguien se pueda incomodar. Teme que sus padres lo vayan a criticar, que sus amigos se vayan a burlar de él y lo vayan a ver como incapaz: ¿quieres poner un negocio, tú? ¿Quieres estudiar esa carrera que no te va a dejar nada? 

    De forma inconsciente, Juan piensa que está haciendo todo bien porque hace lo que los demás esperan que haga. Es un subproducto de los paradigmas y los prejuicios de los demás. Vive en la eterna medianía, es alguien del montón, le cuesta mucho trabajo tomar riesgos pero cuando alguien lo necesita ahí siempre está.

    Y ahí está siempre porque cree que la única forma de ser apreciado por los demás es quedar bien con ellos, no se ha molestado en desarrollar una personalidad propia y atractiva porque eso implicaría pisar callos, sobre todo los de aquellas personas que podrían reaccionar de forma adversa al ver que el «pobre Juan» se está superando y me siento amenazado que alguien tan inútil, pusilánime y mosca muerta me termine superando. A Juan le da miedo eso y por ello decide seguir viviendo en la medianía. 

    Juan ayúdame con esto: claro; Juan tráeme aquello: por supuesto; Juan, ¿te importaría? Sí. Y así Juan intenta una y otra vez complacer a los demás. Cree que es bueno porque le enseñaron que la bondad consiste en no estorbar a nadie, en no molestar a los demás, en ajustarse a lo «correcto». 

    El problema para Juan es que no podemos determinar siquiera si es bueno. Una persona buena es aquella que tiene la oportunidad y, sobre todo, la capacidad de ser lo opuesto, y decide no hacerlo. Un hombre casado sólo puede decir de sí que es fiel cuando la tentación de no hacerlo se le ha postrado enfrente y la ha rechazado. Una persona honesta sólo puedo hacerlo cuando la oportunidad de corromperse o mentir se le ha presentado y ha decidido resistir a la tentación.

    A Juan, como es débil, nunca se le presentan esas oportunidades. Ninguna chica lo seducirá porque no es atractivo, no tiene siquiera pareja. Nadie tratará de corromperlo porque nadie cree que pueda obtener algo de él. Hasta les resultaría más rentable corromper a una piedra inerte. 

    Tal vez cuando le den algo de poder, cuando le suban un poquito la autoestima, podremos conocer quien es Juan. Y muy posiblemente no termine siendo aquel niño bueno que presumía ser. Porque muy posible el resentimiento que trae dentro, ese que se reprimió y guardó para no causar molestias, saldrá a flote.  

     

  • Change.org, el placebo de la participación ciudadana

    Change.org, el placebo de la participación ciudadana

    Change.org, el placebo de la participación ciudadana

    Firma en change.org para oponerte a la Ley de Seguridad Interior, firma para que el gobierno no censure en Twitter, firma para oponernos al gasolinazo, firma para que tu vecino quite la basura de tu canasto, firma porque es injusto que tu mamá te haya castigado en tu cuarto. Firma aquí, firma allá, firma por esto, firma por aquello, firma en change.org.

    Charge.org es la máxima expresión del activismo de sofá. Ese activismo que no le requiere esfuerzo alguno al individuo más que agarrar su teléfono inteligente y apretar un botón. Y tristemente tengo que decir que dentro del activismo así como todo en la vida todo lo que vale la pena implica un esfuerzo. Si es fácil y cómodo, entonces no vale la pena. 

    Seamos sinceros, imagina que eres un político corrupto, uno de esos que está a punto de aprobar una medida polémica: por ejemplo, vas a subir los impuestos o vas a reducir las prestaciones sociales. Entras a tu computadora y ves una de esas peticiones de change.org que tiene como diez mil firmas de gente molesta con esa medida que está a punto de aprobar (dudo que en la práctica lo vean o siquiera se enteren de ello). ¿De verdad te importaría? 

    ¿De verdad crees que los políticos no saben que una medida que están a punto de tomar va a generar indignación? Lo saben muy bien y lo asumen, o ya lo han medido con antelación, saben que sus beneficios son mucho más altos que el «costo» de tener a decenas de miles de personas indignadas, menos aún si se quedan en su casa mandando peticiones en change.org. Para ellos eso no representa nada, no les dice nada siquiera, no representa una amenaza porque como tal un bonche de personas en change.org no afecta de ninguna forma su poder porque en realidad no están haciendo absolutamente nada más que un acto de catársis. El político corrupto se ríe y siente hasta ternura: «me los estoy chingando y en vez de que me pongan  en mi madre andan firmando en change.org ¡bendito Internet! Hasta es menos molesto que cuando me dicen de cosas en el Twitter».

    De hecho ellos podrían estar muy felices con change.org porque así los indignados canalizan su molestia en un espacio virtual en vez de que salgan a las calles o se organicen. Por eso es que hay tantas peticiones y por eso es que si se pone la atención debida casi ninguna de ellas funciona: es un placebo.

    Hay quienes podrán decir que esas peticiones ayudan a correr la voz, que más personas se enteran de la «polémica medida que el gobierno está por implementar» porque cuando firmas una petición la aplicación te permite postearla en el Facebook de tus contactos. El problema es que lo más seguro es que ya se hayan enterado por otros medios, y también es muy probable que ni siquiera le pongan mucha atención. A veces me llegan tantas peticiones que termino ignorándolas de forma automática. Y siempre siempre que me llega una petición ya me había enterado de la noticia en Twitter o en un portal de Internet. 

    Y a pesar de todo, el sujeto aprieta el botón rojo para firmar y apaga su teléfono contento de que «ya hizo algo». 

    Y mientras, el político ríe y dice: «hay que robarles más». 

  • El Mochairo

    El Mochairo

    El Mochairo

    «Mocho» es un término despectivo para referirse a las personas profundamente conservadoras en tanto que «chairo» se utiliza despectivamente para referirse a las personas de izquierda excesivamente idealistas. Podría decirse que son la antítesis, ambos personajes suelen diferir en casi toda la agenda que promueven. Los «mochos» son conservadores en lo social, y suelen creer, al menos hasta cierto grado, en el libre mercado. Los «chairos» suelen ser, al menos en la mayoría de los casos liberales en lo social y conservadores (o intervencionistas) en lo económico (ciertamente lo segundo les es más importante y pueden llegar a prescindir un poco del liberalismo social con tal de defender el intervencionismo estatal). 

    Podría pensarse que en estas condiciones es imposible crear una alianza en común, pero al menos parece ser que es lo que AMLO estaría tratando de hacer o al menos tendría que hacer para que la alianza de MORENA con el PES (Partido Encuentro Social) rinda frutos (me imagino que debió haber calculado que los votos de los evangélicos que gane serán más en número que los votos que podría perder). López Obrador ha dejado a varios de sus seguidores en un dilema muy complicado: ¿cómo apoyar a un candidato que se está recorriendo de forma alarmante al conservadurismo, y al más rancio y retrógrada, si yo soy profundamente progresista? Dirá alguno de los suyos.

    Pero lo que más debe de llamar la atención es la incongruencia que esto implica. Es una traición a sus seguidores (aunque algunos no lo quieran ver). Hasta hace poco, López Obrador podía decir que, a diferencia del PRI (partido ambiguamente ideológico por definición) y el frente (compuesto por un partido de derecha y  dos de izquierda), él mantenía una postura ideológica definida y era congruente con ella. A partir de hoy esto ya no es así, incluso la contradicción es más grosera que en los otros casos.

    Esta decisión, además, habla de su mesianismo populista, paralelo a lo ocurrido con algunos de los mandatarios del Caribe y del cono sur quienes a pesar de decirse de izquierda suelen ser más bien conservadores en lo social e incluso suelen aprovechar la religiosidad de su pueblo para alimentar su liderazgo. Los regímenes autoritarios buscan intervenir también en la moral del individuo. López Obrador ya lo había dejado patente en su libro donde acudía constantemente a pasajes bíblicos y donde hablaba de la felicidad y la bondad, incluso la definía. No es casualidad que se haya destapado como precandidato el 12 de diciembre, el día de «la MORENA de Guadalupe«.

    El propio López Obrador dice que la alianza con el PES es muy importante porque «incluye principios, valores culturales morales y espirituales». Al igual que dijo en su libro, AMLO dice que esta alianza es muy importante porque «no solo vamos a buscar el bien material, sino el bienestar del alma». Estas propuestas son peligrosas porque así López Obrador quiere intervenir directamente en la moral de los individuos, quiere definir por ellos qué es la bondad y casi condicionarles su plan de vida para que no discrepe con este credo. 

    La contradicción se vuelve más grande porque AMLO había tomado a Benito Juárez como estandarte, quien, de forma paradójica, representó lo opuesto a lo que López Obrador quiere representar. Los líderes autoritarios de América Latina de igual forma suelen tomar a algún héroe o un mito y usarlo como estandarte aunque en el camino tergiversen su ideario hasta que casi no quede nada de él. 

    Preocupa, preocupa y mucho que AMLO vaya a construir su «cartilla moral» con la ayuda del sector más rancio y conservador de todo el país. Preocupa porque este tipo de estrategias políticas son más parecidas a la de la izquierda populista latinoamericana que las de la izquierda moderna. Incluso deberíamos poner el término «izquierda» en entredicho. 

    El «mochairo» no puede existir, violaría el principio de no contradicción de Aristóteles donde una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. La alianza MORENA – PES viola ese principio de no contradicción. Más bien parece que se podría explicar mejor por medio del gato de Schrodinger.

    Dicen que hoy AMLO acaba de cavar su tumba. Yo no estaría tan seguro de eso. 

  • AMLO, Anaya y Meade. El inicio de la feroz batalla por la silla presidencial

    AMLO, Anaya y Meade. El inicio de la feroz batalla por la silla presidencial

    AMLO, Anaya y Meade. El inicio de la feroz batalla por la silla presidencial

    Ya tenemos a los tres principales contendientes para las elecciones del 2018. El próximo presidente será López Obrador, Ricardo Anaya o José Antonio Meade. Falta por definir a los candidatos independientes quienes tienen realmente muy pocas posibilidades de ganar (y si es que juntan las firmas), pero que podrían fungir como comodín y alterar el resultado de la elección.

    Si me pidieran apostar dinero por un candidato, es decir, por quien creo que va a ganar y no necesariamente por quien quiero que gane, apostaría por López Obrador. 

    El destape de Anaya dice dos cosas: primero, que toda la estrategia que orquestó para hacer su necia ambición una realidad le funcionó: es candidato, y logró formar un frente; segundo, hay frente. Esto, por supuesto, no es una buena noticia para el PRI como sí lo es para López Obrador. El PRI no se salió con la suya, la coalición está viva y coleando. 

    En estos momentos todo el mundo subestima a Ricardo Anaya. Lo acusan de traicionar al PAN y de acabar con su espíritu democrático. La realidad es que este comenzó a apagarse cuando Felipe Calderón comenzó a nombrar a los presidentes de su partido cuando dirigía a este país. Es decir, Anaya no hizo algo muy diferente a lo que también hicieron quienes le reprochan el dedazo. Las acusaciones pueden ser válidas, pero la autoridad moral de quienes lo critican brilla por su ausencia.  

    Meade tiene esa gran ventaja natural llamada «el voto duro del PRI» Pero el problema para él es que Anaya podría anular algunas de las que serían sus ventajas competitivas. Anaya también se puede presumir como estudiado (doctor en Ciencias Políticas por la UNAM, sabe hablar inglés y francés) y también puede prometer «estabilidad frente al riesgo». Peor para Meade: él solo se puede limitar a ofrecer «estabilidad con continuismo» mientras que Anaya puede vender «estabilidad y cambio». Un cambio edulcorado para quienes no quieren asumir «el riesgo de López Obrador», un cambio a la segura que se limitaría más bien a la «despriízación» del gobierno.

    A Anaya le pueden achacar, por ejemplo, el Pacto por México. Siendo presidente de su partido ayudó a orquestar las reformas estructurales y por eso es que no podrá presentarse como una suerte de outsider, no deja de ser parte de la clase política. Quienes se oponen a las reformas con más enjundia son quienes de todos modos no iban a votar por él (los seguidores de López Obrador). El voto antiPRI que no simpatiza con López Obrador y que representa ese tan asediado voto útil está molesto con el gobierno actual no tanto por las reformas (en muchos casos las reconocen) sino por la corrupción y la inseguridad. Ciertamente, Meade tiene una trayectoria más sólida que presumir pero la diferencia entre los dos candidatos es más bien tenue y en esas circunstancias me parece más probable que se inclinen por Anaya ya que es más grande la diferencia entre votar por el PRI que odian (con el fin de que AMLO no llegue) o no votar por él que la diferencia entre Anaya y Meade producto de la percepción que tienen de los dos candidatos. 

    Meade habla de que para convertir a México en una «potencia mundial» fortalecerá el Estado de derecho, su campaña parece girar ante esta idea. El problema es que es muy endeble (¿Estado de derecho? ¿PRI?) y el propio Anaya se la puede ganar. Anaya seguramente se desligará de los dos sexenios del PAN y de la «guerra contra el narcotráfico» y de la misma forma insistirá en que el PRI es muy corrupto. Así, Meade podría quedarse entre la espada y la pared. ¿Cómo ofrecer fortalecer el Estado de derecho postulado por un partido que si algo hizo estando en el poder en este sexenio fue deteriorarlo y socavarlo, partido del que dijo que los mexicanos le debemos mucho? Y no, de verdad no creo que presumir haber encarcelado a algunos gobernadores pueda ayudar a que al elector se le borre esa percepción.

    Anaya tiene la ventaja de saber hablar mejor en público, sabe alzar la voy y despierta más emociones. Un perfil así vende más que un «académico de bajo perfil como Pepe Meade» dentro de unas elecciones en las cuales la indignación con el PRI y el estado de las cosas es muy grande. Si bien las columnas que han escrito sobre el destape de Anaya son muy distintas (algunos lo reconocen, otros no lo perdonan), podría recibir el espaldarazo de intelectuales y gente reconocida como Emilio Álvarez Icaza. Es posible que algunos sectores políticos, intelectuales y académicos que detestan al PRI terminen apoyándolo. 

    Discurso de destape de Ricardo Anaya:

    Discurso de José Antonio Meade:

    Por otro lado, el escenario más pesimista para López Obrador es que el voto útil en su contra se vaya hacia el PRI, básicamente porque el PRI tiene una base de votantes duros que sumados al voto útil podría rebasarlo. Por eso es que AMLO está muy feliz, porque el PRI con el voto útil es más fuerte que el frente con el voto útil. Eso no significa de ninguna manera que el frente le pueda ganar, pero creo que el PRI sería más competitivo. El problema del PRI, reitero, es que la tendrá mucho más difícil para captar el voto útil, sobre todo con el frente vivo y coleando. 

    López Obrador, por su parte, debe jugar a mantener su ventaja e incluso intentar acaparar al menos un poco de voto útil (ese voto antiPRI que tal vez no termina de creer en él pero que podría darle una oportunidad) para amarrar su victoria. AMLO tiene el dilema de mantener contentas a sus bases (con discursos un tanto estridentes) y no asustar a los votantes más cercanos al centro. Así también debe tener mucho cuidado de no cometer errores, no sólo porque en ocasiones suelen ser graves, sino porque la oposición intentará magnificarlos para generar miedo entre la población: ahí está el caso de su propuesta de la amnistía a los narcos, lo cual es evidentemente una propuesta muy absurda, pero de la cual sus opositores se han agarrado para decir que los cárteles van a financiar su campaña. El problema que ya todos conocemos es que AMLO se tropieza mucho y suele ponerse él mismo el pie. 

    ¿Cuáles son las posibilidades? Imaginemos que estamos en la última jornada del futbol mexicano y se juega el pase a la liguilla. López Obrador depende de sí mismo, incluso puede darse el lujo de perder el último partido y aún así clasificar si se da una combinación de resultados, mientras que el frente y el PRI deben de ganar su partido (el frente y el PRI son rivales en el último partido) y esperar que pierda López Obrador. López Obrador tiene un partido relativamente fácil pero tiene fama de confiarse de más y perder con rivales que son fáciles en el papel.

    Así, tendremos 3 actores: El PRIAN (representado por el PRI y una parte del calderonismo) y que se colocará a la derecha del espectro político, el frente que como coalición se colocará más bien al centro (y tal vez el único que se acerque un poco al progresismo social, entendiendo que AMLO es muy conservador) y MORENA, que ocupará ese sector de la izquierda intervencionista y nacionalista. De la misma forma, el PRIAN venderá continuismo, MORENA un rompimiento con el sistema y el frente vende más bien un cambio moderado, un «cambio sin riesgos».

    Por último no debemos olvidar a los independientes (si es que consiguen las firmas). Dudo mucho que Margarita tenga posibilidades de ganar, menos aún el Bronco. La presencia de Margarita podría debilitar al frente al recordarle a Anaya la «traición» y posiblemente intente golpearlo para robarle voto útil y dárselos a Meade. El Bronco, por su parte, podría quitarle algunos votos a AMLO; seguramente serán muy pocos, pero si la contienda termina muy cerrada (algo probable que ocurra) podría alterar el resultado. 

    A estas alturas es muy difícil hacer pronósticos. En medio año muchas cosas pueden cambiar, pero como inicié este artículo, creo que al momento López Obrador es quien tiene mayores posibilidades de ganar. Estas elecciones requerirán de precisión quirúrgica por parte de los contendientes porque un paso en falso, una estrategia errónea o hasta unas palabras mal pronunciadas podrían alterar el curso de la elección.

  • El PRIAN

    El PRIAN

    Antes de hablar de la candidatura de Anaya haré lo propio con «los otros».

    Los otros, los traidores. A esos que alguna vez les dimos su confianza porque queríamos sacar al PRI de Los Pinos, y nos traicionaron.

    Esos que se hacen llamar «los rebeldes del PAN» y que más bien deberían haberse llamado «los sumisos del PRI». Aquellos que sin empacho alguno apoyan al candidato del PRI. Esos quienes acusan a Anaya de traidor, pero cuya traición fue más grande.

    ¿Alguien imaginaba esto en el año 2000, cuando muchos fuimos seducidos por la campaña populista de Fox?

    17 años después Vicente Fox es uno de los principales promotores del PRI. De la misma forma lo fue de la campaña de Enrique Peña Nieto. Es más que evidente que si Margarita Zavala no alcanza sus firmas, Felipe Calderón apoyaría a José Antonio Meade. El michoacano, que alguna vez acampañara en contra del fraude del PRI en 1988, no sólo ya no es opositor a éste (tan sólo con quienes ha tenido algunas rencillas como Humberto Moreira) sino que las pocas veces que ha hablado del gobierno actual lo ha hecho con vítores y aplausos: «muchas felicidades presidente por detener a tal capo (luego se le escaparía) muy bien por aquello». Su esposa habla una y otra vez de la corrupción del PRI (es evidente, quiere ser candidata) pero  él no dice nada. 

    Peores son los casos de quienes están en funciones, como Ernesto Cordero, Roberto Gil Zuarth y, sobre todo, Javier Lozano, quien destaca por su intolerancia dentro de las redes sociales. Lo mismo insulta a personas comunes como a artistas de cine. Gael García no se equivocó al compararlo con Trump por la forma tan peculiar de usar su Twitter. 

    Y seguramente, durante la campaña, ellos intentarán llevar votos a Meade. «¿te acuerdas de Felipe Calderón? ¿Te acuerdas cuando gobernamos? Bueno, entonces ahora te pedimos que votes por el PRI». Dirán que Anaya es un traidor y que destruyó al PAN, pero callarán cuando les pregunten sobre la traición suya, más grave. Dirán que es pragmatismo, que están ahí para contrarrestar el «populismo» de López Obrador, pero al menos ya le dieron la razón cuando el tabasqueño hablaba del PRIAN.

    Ellos son más responsables de dejar a un gran número de ciudadanos (gente que ya no se siente representada por nadie) que el propio Ricardo Anaya. Es posible que algunas de las críticas que hagan ahora al «candidato destapado» sean válidas, pero no tienen la autoridad moral para hacerlas.

    Ellos traicionaron a los que creían en el PAN y a quienes veían en este partido un alternativa al PRI. 

    ¡Y con qué cara! 

  • El que opina

    El que opina

    El que opina

    Allá afuera hay muchas parias con una pluma.

    No sólo son aquellos a los que todos conocen y a los que todos señalan, aquellos que escriben en favor de una facción política y que están al servicio de un mecenas. También están aquellos que escriben para quedar bien con una facción o escriben para quedar bien con todos.

    Hablo de aquellos que se preocupan más por conservar su «nicho de mercado» que por decir lo que piensan y lo que ellos creen que es la verdad.

    Se la piensan dos veces, porque si critican de forma severa a un político, temen que algunos de sus fans dejen de serlo. Peor aún, se llegan a preocupar por quienes están acostumbrados a linchar a todo mundo. Creen que deben de ser cuidadosos y políticamente correctos. 

    Se preocupan por el qué dirán. ¿Qué dirá la opinión pública después de escribir tal o cual columna? 

    Pero en el arte de opinar, nunca se puede quedar bien con todo mundo. Solo se puede quedar bien con la propia conciencia. 

    Porque si te pones de un lado, te avientan los tomates del otro y cuando te pones en el medio, en ese lugar que en apariencia es el más cómodo, te los avientan de los dos lados. Así que lo mejor será comprar un casco.

    Y que el casco sea resistente porque el papel de quien escribe es generar opinión, darle al lector una mejor perspectiva sobre lo que se opina, y eso implica que lo que se opine pueda confrontar las ideas preconcebidas del lector. Aquellos que sólo buscan mantener contento a su nicho de mercado que tan sólo los lee para escuchar lo que quieren escuchar y así reforzar su postura, generalmente dogmática e intransigente, son deshonestos. 

    Cierto es, que quien escribe siempre tendrá una línea ideológica y tenderá a opinar desde dicha perspectiva. Pero se espera que lo haga por convicción propia. Y si el escritor, producto de su crecimiento como persona y su experiencia, se desencanta de su postura ideológica, lo debería imprimir con su pluma propia y asumir el riesgo, el riesgo por ser congruente entre lo que piensa y lo que escribe. 

    Me ha tocado ver a quienes lo asumen, y en efecto, el vendaval de críticas, en especial por los más dogmáticos y de criterio más estrecho, cae de forma implacable. Palabras como traidor o vendido les caen en forma de tuits. Los asocian con cotos de poder con los que no tienen ninguna relación y con los que en muchos casos son adversos. Y como aquella gente cerrada y dogmática no entiende o no quiere entender por qué el escritor ha comenzado a disentir, le es más cómodo etiquetar y suponer en vez de molestarse en leer y comprender.

    Pero con el tiempo, a pesar de la crisis temporal, el escritor gana. Se le percibe como congruente por los lectores más pensantes (que son los más valiosos porque tienen una perspectiva más amplia) y lo respetan aunque no siempre piense como él. Pierde lectores chafas que solo son una horda de dogmáticos que piensan igual entre ellos mismos como si fueran clones y gana lectores muchos valiosos. Porque esos lectores están ahí para escuchar, para retroalimentar y no tan sólo para escuchar lo que quieren escuchar y para alimentar su dogma y el ego que les crece a la hora de sentirse superiores a los demás.

    Pero no todos asumen ese riesgo. Se preocupan más por el número de followers que puedan perder en Twitter que por mantener una postura congruente.

    Porque la tarea de quien opina no es mantener contentos a los demás. Por el contrario, su tarea es sacudirles las mentes, hacerlos pensar.

    Y tal vez tener a algunos pseudolectores enojados mentando madres y lanzando injuria sea señal de que algo se está haciendo bien.

    Porque no a todos les gusta que les digan sapere aude en su cara. 

  • AMLO contra Meade. Técnicos contra rudos

    AMLO contra Meade. Técnicos contra rudos

    AMLO contra Meade. Técnicos contra rudos

    La izquierda mexicana tiene un serio problema, el cual explica, yo creo, por qué ha sido incapaz de llegar al poder.

    Y es que, si bien se presume experta para emitir diagnósticos, es tremendamente torpe cuando se trata de presentar proyectos, propuestas o metodologías.

    Muchas personas detestan la figura del tecnócrata. El tecnócrata es frío, calculador, lo suficientemente técnico para interpretar las circunstancias del individuo por medio de un número o una métrica. 

    Pero los tecnócratas son el ejemplo de que del otro lado sí están haciendo su chamba. Son técnicos con posgrados en otros países que si algo saben hacer es desarrollar estrategias, diseñar programas específicos y ejecutarlos. Uno no siempre podrá estar de acuerdo con lo que hacen pero saben lo que hacen (y aún sabiendo aquello que hacen pueden ser susceptibles a caer en errores).

    El tecnócrata es pulcro, cuidadoso, se apega a una metodología, respeta la formas, cuida bien lo que dice, entiende que una causa tiene un efecto específico.

    La izquierda no tiene algo parecido, no tiene técnicos ni especialistas en la materia que logren hacer un análisis exhaustivo del diagnóstico hecho para que, con base en éste, se presente un programa, una metodología específica que resuelva la problemática. Incluso en la forma en que ambas partes hacen demagogia queda patente este contraste:

    Por ejemplo, el lema que usa José Antonio Meade es «voy a convertir a México en una potencia mundial». La frase es muy demagógica (porque evidentemente en un sexenio no se puede convertir a un país en una potencia), pero la intencionalidad de esa frase es clara: generar una percepción tal en el electorado para que se decante por Meade (el futuro promisorio en vez del riesgo populista). Por eso es que esta frase, aunque muy mentirosa, no genera ruido. El peor escenario es que no genere efecto alguno, pero no le bajará puntos al candidato.

    Pero por otro lado tenemos a López Obrador diciendo que le ofrecerá amnistía al narcotráfico. La propuesta es muy demagógica también, pero dicha frase refleja su desconocimiento sobre el tema y queda más al descubierto cuando, al siguiente día, analistas y expertos en la materia la desmenuzan y la critican. No sólo es lo absurdo de la propuesta, sino que el electorado percibirá que Obrador es un hombre improvisado y poco preparado. Si dice puras ocurrencias, dirán, es porque está improvisando; y alguien que improvisa, sobre todo cuando aspira estar a cargo de un país, es alguien poco confiable. 

    Lo veremos con el tiempo. Las propuestas de Meade seguramente serán muy conservadoras e incluso maquillarán algunas pensando en que, de ser presidente, deberá «salvaguardar» los intereses de quienes lo pusieron en el poder. Si a Meade le preguntan por la corrupción, se saldrá, como ya lo hace, por la tangente e intentará, como buen técnico, dar una respuesta ambigua para desviar el tema. Pero dicha ambigüedad estará bien preparada, ya habrá ensayado dentro del cuarto de guerra con sus asesores qué respuesta corresponde a qué pregunta. Si lo acusan de esto, responderá esto. Intentará, en la medida de lo posible, no decir ocurrencias. 

    Con López Obrador esta dinámica será muy diferente. Las propuestas ya las vimos en su proyecto de gobierno, el cual tiene muchísimas deficiencias tales como errores de redacción, argumentos mal fundamentados y un largo etc. De igual forma es muy descuidado con su habla, no mide bien las consecuencias de aquello que quiere decir, tan solo las dice porque las quiere decir. Así, AMLO tropieza una y otra vez consigo mismo. Mientras López Obrador no analiza las consecuencias de sus palabras, en el cuarto de guerra de enfrente ya planean estrategias para propiciar que López Obrador caiga más. 

    Nadie se preocupa porque Meade proponga convertir a México en una potencia mundial. Muchos se preocupan por la propuesta de AMLO de amnistiar a los narcotraficantes. Desde el cuarto de guerra del PRI, los bots aprovechan el desliz para magnificarlo y a veces sacarlo de contexto al decir que pactará con el narco para que financie su campaña. 

    Pongo otro ejemplo: López Obrador dice que si él no es corrupto, todo su gobierno será honesto. ¿Qué percepción deja dicha afirmación? Que está sustentando su proyecto en ocurrencias imposibles de llevar a cabo, otros advertirán un tufo autoritario en la frase. Algo así como «El Estado soy yo» de Luis XIV.

    La candidatura de Meade sugiere algo parecido: «como la gente nos ve a los priístas como una bola de corruptos, pongamos a alguien que no es priísta y presuma un perfil honesto, o al menos lo parezca para que la gente piense que su gobierno se basará en la rectitud». El argumento es parecido, pero cómo se plantea es muy distinto. El PRI no dirá que es honesto, Meade se limitará a presentar sus credenciales y evadirse cuando le pregunten sobre la corrupción del partido que lo postula. Otra vez, el peor escenario es que la estrategia no tenga efecto alguno. 

    López Obrador tiene la ventaja de ir arriba en las encuestas y de ser más carismático que el candidato del PRI. Ciertamente, en una elección como esta, un perfil bajo como el de Meade podría no ser el más adecuado. Pero apelando a la capacidad técnica del uno y a la discapacidad técnica del otro, Meade podría, al menos, intentar trabajar sus desventajas, mejorar su discurso para escucharse al menos un poco más enérgico. Seguramente lo hará. Es un técnico y entiende que una causa determinada genera un efecto determinado. Lo que es dudoso es que López Obrador trabaje en las suyas, él cree que siendo como siempre es basta, que no hay que cambiar nada. Así, esa ventaja natural que tiene López Obrador sobre Meade, podría reducirse.

    Peor aún para López Obrador es que la gente termine apostando a lo seguro, y cuando sucede eso, quien gana es el técnico.

    Yo no sé quien vaya a ganar en 2018, yo no sé si a Meade le vaya a alcanzar. Lo cierto es que la técnica de Meade puede ser un factor clave en las elecciones entrantes, así como la rudeza y la improvisación de López Obrador. 

  • Los 12 mejores libros que leí este año y que te recomiendo que leas en 2018

    Los 12 mejores libros que leí este año y que te recomiendo que leas en 2018

    Los 12 mejores libros que leí este año y que te recomiendo que leas en 2018

    Dado que este año leí muchos libros (más de 50) muchos de los cuales me agradaron bastante, me costó algo de trabajo hacer la lista anual de los libros que más recomiendo. Tuve que aumentar la lista de 10 a 12 libros y tuve que dejar fuera varios libros que son muy buenos pero que no alcanzaron a estar en la lista (de todos modos los pondré como menciones honoríficas). Esta lista no trata de los mejores libros de 2017 (aunque hay algunos publicados este año) sino de los libros que leí este año, independientemente de su fecha de publicación. Esta lista que les presento no tiene ningún orden en específico:

    1.- Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies – Nick Bostrom

    A pesar de que su lectura puede llegar a resultar un tanto pesada (la redacción de este libro no es muy amigable, creo yo), esta obra es muy interesante ya que analiza a profundidad el advenimiento de la inteligencia artificial, sobre todo cuando ésta supere al ser humano en inteligencia (cosa que podría ocurrir en este siglo). Bostrom no solo habla de los peligros potenciales de ella, sino que también plantea varias estrategias para aminorar los riesgos y ponerla al servicio de la humanidad (no al revés).

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    2.- Consciousness and the Brain – Stanislas Dehaene

    ¿Cómo funciona la conciencia? El neurocientífico Stanislas Dehaene intenta responder esta pregunta desde un punto de vista científico explicando el funcionamiento de nuestro cerebro, cómo es que procesa la información y la interpreta. Quienes lean este libro se darán cuenta que dicho proceso es más complejo de lo que parece: por poner un ejemplo, nuestro cerebro tarda un tercio de segundo en interpretar todos los impulsos que recibe (así es, todo lo que ves, oyes y escuchas tiene poco menos de segundo de retraso).  

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    3.- Explaining Postmodernism: Stephen R.C. Hicks

    De la posmodernidad, del subjetivismo y el relativismo que ésta acarrea se habla mucho, pero este libro va más allá y rastrea sus orígenes filosóficos (desde Immanuel Kant) para así poder hacer una mejor crítica de esta corriente de pensamiento. También intenta explicar por qué el posmodernismo ha adquirido una gran capacidad de influencia en las últimas décadas y por qué se encuentra muy presente en las humanidades mientras que en la ciencia brilla por su ausencia. 

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    4.- Noches Blancas – Fiodor Dostoievski

    Fiodor Dostoievski es uno de mis escritores favoritos y este libro me volvió a recordar por qué. Esta es la historia de un joven de San Petersburgo que se enamora de una mujer que lo considera a su amigo y lo trata como tal (dicho de otra forma, lo mantenía en la friendzone), mientras que él no sabe como mostrarle lo que siente por ella o no tiene los arrestos para hacerlo. Este libro me pareció bastante triste y un tanto frustrante (por el personaje), pero en ello reside la magia de esta novela corta. 

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    5.- El Segundo Sexo – Simone de Beauvoir

    Dicen que esta es la biblia del feminismo, y a la hora de leerlo entendí por qué. Esta es una obra excelsa que narra desde una perspectiva existencialista (vaya, su pareja era Sartre) el rol secundario que ha jugado la mujer a través de la historia, en el cual ha sido condenada a ser «el otro». Este libro es famoso también por su frase célebre «la mujer no nace, se hace» que en ocasiones ha sido sacado un poco de contexto tanto por simpatizantes como por detractores del feminismo. 

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    6.- The Principles of Representative Government – Bernard Manin

    Este libro es una joya para entender qué es la democracia moderna y cómo es que llegamos a ella a través de la historia. Este texto, donde Manin contrasta a las formas actuales de democracia con aquella de la Grecia Antigua, es indispensable para los politólogos pero a la vez muy útil para todas las personas que quieran tener algo de conocimiento en política.

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    7.- The Better Angels of our Nature – Steven Pinker

    En este libro Steven Pinker argumenta que la violencia dentro de la especie humana ha ido disminuyendo a través de la historia. Pero la magia de este libro reside en la gran cantidad de conocimientos de los que echa mano para construir su argumento, apela a la esencia del ser humano, recurre a la filosofía, la psicología y la historia para así entregar una obra muy sólida que debe estar en el librero de cualquier aficionado a la lectura. 

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    8.- Maps of Meaning – Jordan B. Peterson

    ¿Por qué existen los mitos? ¿Cuál es su función dentro de la historia de nuestra especie? En este gran libro, Jordan Peterson contesta a estas preguntas con base en la neuropsicología y en el pensamiento de psicólogos como Carl Jung o filósofos como Nietszche. Este libro es un tanto confrontativo y creo que es una obra que puede ayudar a entender de mejor forma el papel de las religiones en la civilización humana. 

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    9.- Historia de la Filosofía Occidental – Bertrand Russell

    Lo único que separa a esta obra de ser el manual más importante de la filosofía de Occidente es que no abarca gran parte de los filósofos del siglo XX (por la fecha en que fue publicado), pero aún así esta es una obra excelsa sobre la historia de la filosofía que le servirá al lector tener una base filosófica mucho más sólida. Se agradece mucho que Russell hable mucho del contexto histórico de las corrientes filosóficas y que haya tomado con mucho seriedad a la Edad Media y la filosofía escolástica que muchas veces suele pasarse por alto. 

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    10.- Dialéctica sobre la Secularización: Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger

    De todos los libros, este es el más corto y se lee en poco más de una hora. Pero si lo coloqué en esta lista es no solo por la excelsa contribución de estos dos personajes intelectualmente brillantes pero disímiles (uno de la Escuela de Frankfurt y el otro Papa de la Iglesia Católica) quienes debaten sobre el fenómeno de la secularización (es decir, la pérdida de los símbolos y ritos religiosos), sino porque, a pesar de todo, terminen coincidiendo en muchas cosas.  

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    11.- Sobre la Libertad – John Stuart Mill

    John Stuart Mill ha sido uno de los filósofos que más influyeron para la creación de lo que llamamos la democracia liberal. Como el título lo dice, Mill habla sobre la libertad, del rol del hombre con el gobierno y sobre la importancia de que el ser humano sea autónomo y libre en tanto no afecte la libertad de los otros. Es un libro relativamente pequeño que todos deberían leer, en especial en estos tiempos donde a veces pareciera que varios de los principios liberales son relegados a un segundo plano.

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    12.- The Origins of Totalitarianism -Hannah Arendt

    Aunque dije que la lista no tendría un orden en específico, sí quise dejar al final al que considero el mejor libro que leí en el año y posiblemente uno de los mejores libros que he leído en toda mi vida. Me atrevo a decir que este es el libro más importante si uno quiere entender por qué los regímenes totalitarios como el nacionalsocialismo y el comunismo surgieron. No sólo habla de la condición del ser humano y recurre a antecedentes históricos, también explica detalladamente cómo es que dichos regímenes suelen hacerse del poder destruyendo todos los lazos sociales de sus habitantes. Puede llegar a ser un tanto escalofriante, pero es un libro que todo interesado en la política debería de leer.

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    Menciones honoríficas: Calígula y El Mito del Sísifo de Albert Camus, Demian de Herman Hesse, A Room of One’s Own de Virginia Woolf, La Mecánica del Corazón de Mathias Malzieu, Historia de Roma de Indro Montanelli, La Revolución Científica de Ruy Pérez Tamayo, Metafísica de Aristóteles, Trump and a Post –  Truth World de Ken Wilber, Liberty, Incorporating Four Essays on Liberty de Isaiah Berlin, The Porn Myth de Matt Fradd. (aquí puedes ver todos los libros leídos en este año).