Autor: Cerebro

  • De 1994 a 2018. Cambiar mucho para cambiar más bien poco

    De 1994 a 2018. Cambiar mucho para cambiar más bien poco

    De 1994 a 2018. Cambiar mucho para cambiar más bien poco
    Foto: Cuartoscuro

    En el debate, Ernesto Zedillo afirmaba que no había que voltear al pasado sino hacia el futuro. El candidato del PRI, de esta forma, intentaba evadir los errores del gobierno de Carlos Salinas. Intentaba hacer malabares discursivos entre la continuidad y el cambio después de un régimen que había generado muchas expectativas pero que ya comenzaba a mostrar fracturas con el asesinato de Luis Donaldo Colosio y el levantamiento de los zapatistas en Chiapas.

    Pero tal vez sí sea muy útil voltear al pasado para entender de mejor forma nuestro presente. 24 años ya es una distancia considerable, los contextos son muy diferentes, pero el ejercicio vale la pena, para entender qué es lo que ha cambiado y qué es lo que se mantiene igual. Esta comparación no sólo nos podría ayudar a entender el entorno sino los cambios culturales que se han llevado a cabo en este periodo.

    Es prudente iniciar con las frivolidades, porque incluso ellas revelan lo que hay de fondo: El escenario es muy sobrio, bastante más que los de los debates de los siguientes periodos. En el escenario tan solo aparecen el atril, el candidato que habla y un fondo gris, no había más. Mayté Noriega había sido la moderadora, quien lucía un corte de peinado propio de finales de los 80 o principios de los 90. La voz en off del CIRT, inexpresiva, que rememora un poco al régimen hegemónico, presenta la transmisión en tanto aparecen los logotipos de los partidos de los candidatos en cuestión moviéndose de un lado a otro. 

    El formato del debate es inmensamente parecido al que tenemos 24 años después. La dinámica es bastante similar, aunque no hay edecanes ni traductores de lenguaje de señas, el formato sigue siendo considerablemente acartonado y no permite una confrontación directa. El candidato en cuestión debe esperar su turno para responder ante alguna acusación. 

    Lo más llamativo es que la oferta de los candidatos en ese entonces era asombrosamente similar al de ahora: Ernesto Zedillo englobaba al continuismo (al igual que Meade) y si bien, a diferencia de Meade él sí era priísta, no se trataba de un priísta tradicional, sino de un tecnócrata. Zedillo también apostaba a darle continuidad al régimen de Salinas, que al igual que el de Peña Nieto, presumía su carácter reformador al tiempo que era criticado por la corrupción (aunque a diferentes niveles). Vemos que a Zedillo le cuesta trabajo encontrar un punto de equilibrio entre el continuismo y el cambio (al igual que ocurre con Meade) y, por eso, invita a ver al futuro, al igual que Meade.

    Cuauhtémoc Cárdenas juega el papel del hombre que promete el cambio más profundo, pero a quien, a su vez, se le acusa de aspirar al regreso de un régimen económico arcaico. Al igual que López Obrador, Cuauhtémoc habla de los fraudes electorales y también sospecha que el gobierno puede volver a orquestar un fraude en las elecciones que participa. Al igual que ocurre con López Obrador, se le recuerda una y otra vez su militancia en el PRI, como si el priísmo siguiera vivo en sus genes. 

    «¡Usted, ingeniero Cárdenas, como gobernador de Michoacán promovió el estudio del marxismo-leninismo en las preparatorias!» – Jefe Diego.

    Diego Fernández de Cevallos juega un papel relativamente similar al de Ricardo Anaya. Él promete un cambio manteniendo el mismo sistema económico, aunque dice que la redistribución de la riqueza y la desigualdad importan, mientras que Anaya propone la Renta Básica Universal. El «Jefe» Diego comparte con Anaya una personalidad antipática pero con una gran elocuencia, aunque ciertamente Diego tiene un temperamento más fuerte y colérico en tanto que Anaya se esconde bajo la imagen de un «millennial». Los dos personajes coinciden en que son vistos como políticos de una inteligencia aguda que son capaces de hacer cualquier cosa para lograr sus propósitos. 

    Pero el contexto era muy diferente, por lo cual sería muy difícil apelar a la elección de 1994 para predecir el resultado de 2018. En el debate de 1994 se insistió mucho en la democracia (incluso Zedillo lo hizo), porque se tenía la idea de un futuro promisorio que superaría al pasado. El régimen hegemónico iba de salida y de hecho le explotó a Zedillo en las manos cuando fue presidente. Repetir palabras como democracia o pluralidad mostraban que el político estaba a la vanguardia y entendía hacia donde soplaba el viento: Nelson Mandela había ganado las elecciones días antes y su triunfo se tomaba como referencia para apelar a un cambio de régimen.

    El régimen económico (a ese que en la izquierda llaman neoliberalismo) era una novedad. Al parecer, la crítica a este régimen todavía era exclusivo de académicos y activistas de izquierda quienes no tenían muchos canales de difusión. La gente todavía estaba a la expectativa de los cambios que se habían llevado a cabo, de la firma del TLCAN, de las políticas liberales. El régimen salinista ya era cuestionado, pero todavía no lo suficiente como para que su figura se convirtiera en un lastre para Ernesto Zedillo, ello terminó de ocurrir con el «Error de Diciembre» cuando Zedillo ya estaba en funciones. 

    «Usted es producto dos tragedias, la muerte de Colosio y la designación presidencial: la primera lo rebasa, no tiene usted ninguna culpa, pero la segunda lo descalifica, por lo menos si hablamos de democracia.» – Diego Fernández de Cevallos a Ernesto Zedillo.

    Esa expectativa tumbó, a mi parecer, a Cuauhtémoc al tercer lugar. Evidentemente él perdió el debate porque aspiraba a un modelo económico que ya se había dejado atrás, pero que la gente todavía tenía muy presente. No habían pasado más de 12 años de las lágrimas de López Portillo. A Cuauhtémoc lo vimos sin energía, sin enjundia, no supo articular un proyecto creíble, divagó una y otra vez. El «Jefe» Diego le comió el mandado.

    Diego ganó el debate no sólo por su gran elocuencia, sino porque su oferta era la más atractiva. Prometía un cambio hacia el futuro, prometió la democracia y la justicia con base en una nación con un Estado de derecho sólido (cosa que nunca llegó en los gobiernos del PAN) y el esfuerzo. Apeló a un régimen liberal con sentido humano, algo así como un capitalismo pero que a la vez tuviera algunos mecanismos de distribución de la riqueza. 

    Zedillo fue a nadar de muertito, a divagar entre la continuidad y el cambio, él estaba en la posición más difícil porque era heredero de un régimen que en ese entonces ya empezaba a desgastarse. Pero ello le bastaba ya que en ese entonces la maquinaria del PRI era mucho más grande que ahora. A pesar de no ser una figura muy elocuente se esforzó; y aunque era un tecnócrata, el discurso del viejo PRI revolucionario estuvo presente en su discurso y sus ademanes: «Compatriotas» repetía una y otra vez. Llama la atención que en ese entonces el PRI era incluso menos tolerante a las críticas ya que Zedillo consideraba una «agresión verbal» cualquier crítica que en estos tiempos damos por sentado. 

    La circunstancia ahora es muy diferente ya que la corrupción se ha convertido en el tópico principal de las elecciones. Si Cuauhtémoc Cárdenas caía por presentar un mensaje arcaico, ahora López Obrador logra amalgamar toda la indignación que la corrupción genera. Al igual que Cuauhtémoc, López Obrador es un nostálgico de las políticas económicas del viejo PRI, pero ya están lo suficientemente lejos como para que ignore al mundo actual y sus dinámicas o como para que mucha gente, sobre todo los jóvenes, las recuerde. El cambio profundo le funciona más ahora a AMLO que lo que le funcionó a Cuauhtémoc.

    Meade parece un Zedillo, pero su circunstancia no le permite ir a los debates a «nadar de muertito»ya que el partido que lo enarbola está completamente desgastado y carga con él. Apelar al continuismo es casi un insulto para el voto útil y apelar al cambio es casi una traición al PRI. Mala noticia también que Zedillo, a pesar de su figura gris, era más elocuente de lo que es Meade. 

    Anaya, al igual que Diego, puede vender una visión hacia el futuro. Pero la candidatura de Diego era más novedosa porque no conocíamos al PAN en el poder y se tenían muchas expectativas. La candidatura de Anaya no lo es tanto, las expectativas son más bien pocas, tan sólo algo así como un regreso al punto anterior del retorno del PRI.

    El contexto y la cultura es diferente, pero la clase política de ese entonces es casi la misma que la actual. Muchos de los hombres de poder de ese entonces siguen siéndolo ahora. En ese entonces López Obrador ya era una figura relevante dentro de la política, El «Jefe» Diego sigue teniendo peso, Cuauhtémoc, aunque retirado de la política, sigue siendo una «voz importante». Manlio Fabio y Gamboa ya eran piezas importantes en la columna vertical del PRI.  

    Las cosas han cambiado mucho, pero también, a la vez, han cambiado poco. 

     

  • Anaya, el candidato chavorruco

    Anaya, el candidato chavorruco

    Anaya, el candidato chavorruco

    Ricardo Anaya tiene un problema muy grave, parte del electorado lo percibe como un traidor.

    Eso es lo que me dice la gente con la que he platicado, que si pudo destruir al PAN para satisfacer sus ambiciones entonces puede destruir al país. Que poco se puede esperar de una persona que llegó a la presidencia después de haber pisado a los demás. 

    Esta percepción (no del todo errónea a mi parecer) se alimenta con la ayuda de los calderonistas (Calderón incluido) a quienes tiene en su contra. Ni su cara de niño bueno le ayuda a paliar la imagen de traicionero que muchos tienen de él. 

    ¿Cómo sería Ricardo Anaya como presidente? Me parece una incógnita, pero yo no veo que Ricardo Anaya enarbole algo parecido a un cambio de fondo como él promete, forma parte de la misma clase política que ha entrado en un proceso de putrefacción, y si se ha hecho enemigos de varios de ellos no es porque haya querido rebelarse, sino por su ambición de llegar a la presidencia.

    No cabe duda que detrás de ese «chavorruco» que toca el piano con sus hijos hay una mente muy astuta e inteligente (y tal vez un tanto perversa). Pareciera que Anaya busca mantener un perfil bajo en ese sentido, que parezca alguien incapaz de robar un dulce a un niño. En vez de ello, con el afán de desplazar a José Antonio Meade al tercer lugar (algo que parece estar ocurriendo), intenta mostrarse como un intelectual que sabe varios idiomas, pero a la vez también es un millennial que toca palomazos y anda en moto. El mensaje es un tanto confuso, y a esto tenemos que agregar que Anaya tiene más bien poco carisma.

    Cuando Anaya sube al estrado brilla porque es muy elocuente, pareciera estar en una charla TED. Pero cuando se baja a dialogar cara a cara con los jóvenes, es de notar que no conecta, pareciera que se molesta poco en escucharlos y mucho en que el spot salga bien. Ya ni por su imagen juvenil logra mimetizarse con ellos. 

    Ricardo Anaya dice que irá a combatir la corrupción del PRI, pero Álvaro Delgado exhibe triangulaciones que Anaya hizo con ayuda de su fundación. Anaya dijo que se trataba de acusaciones falsas parte de la «guerra sucia del PRI» pero Álvaro Delgado está muy lejos de ser priísta (aunque evidentemente ese «bombazo» le beneficia al partido tricolor). Anaya dice querer a México y que trabajará con todo por mejorar la educación, pero tenía a sus hijos estudiando en Atlanta.

    Sus propuesta  del Ingreso Básico Universal (UBI) tampoco parece haber caído muy bien, se percibe como una medida populista con todo y que ha intentado convencer al electorado con su elocuencia característica: que si se están haciendo pruebas piloto en países desarrollados, que si es una idea que fue apoyada por Milton Friedman (para calmar a los liberales) o que si Zuckerberg o Elon Musk lo recomendaron ahora que la inteligencia artificial comience a reemplazar puestos de trabajo. 

    Anaya se presume como el cambio, como la alternativa ante el continuismo del PRI y el cambio riesgoso de López Obrador. Pero no ofrece nada nuevo, no hay algo que diga que a ser algo diferente a los últimos gobiernos que México ha tenido. 

    Peor aún, Anaya, en su ambición, se hizo muchos enemigos, incluso dentro de su partido. Mientras que el PRI y López Obrador apuestan a fortalecer sus estructuras y a lograr la unidad, la estructura de Ricardo Anaya se ve resquebrajada. Y si Anaya está por encima de Meade es porque este último carga con el lastre que representa su partido, no tanto por méritos propios. Hasta Javier Corral, con su caravana, pareciera tener mayor presencia que él. Anaya difícilmente podrá contar, por ejemplo, con el voto útil de los calderonistas el cual se podrá ir por Meade o votará por Margarita Zavala aunque no tenga posibilidad alguna de ganar. 

    Anaya está forzado a buscar una fórmula que funcione. El diagnóstico que ha hecho es bueno: tiene que convencer a los jóvenes y al electorado indeciso. Pero la ejecución es más bien mala, en parte por las contradicciones del personaje.

    En el cuarto de guerra podrán estar muy felices de ir en el segundo lugar, pero ¿lograrán a convencer a los indecisos, muchos de los cuales perciben a Anaya como un traidor?  

  • Cállate Chachalaca 2.0

    Cállate Chachalaca 2.0

    Cállate Chachalaca 2.0
    Foto: Proceso – Germán Canseco.

    ¿Puede un político, un candidato o un servidor público en funciones criticar a un diario o a un analista?

    Sí lo puede hacer. Básicamente porque los políticos son ciudadanos, y los ciudadanos tenemos derecho a la libertad de expresión. Si un político afirma que un diario está «vendido» o que la información que ha compartido es falsa, está en su derecho de hacerlo. La crítica no es lo mismo que la censura.

    Después de entender esto, López Obrador no cometió alguna falta al criticar a Jesús Silva-Herzog por una columna en el que calificó a López Obrador de oportunista (Silva-Herzog, por su parte, también estaba expresándose libremente). 

    Es más, ni Trump está cometiendo alguna falta al criticar a diestra y siniestra en Twitter. Está en su derecho. Incluso no es una falta que Peña Nieto haya criticado a las organizaciones civiles por «criticarlo mucho»,  pero sí habla sobre su forma de gobernar y de la poca tolerancia de la familia priísta con sus críticos.

    Por sí mismas, estas actitudes de López Obrador no son un acto autoritario. Lo serían si a partir de la molestia, él chantajeara o amenazara al individuo o al medio que emitió la crítica. En tanto eso no ocurra, no se podría hablar de una falta.

    Pero el que no se trate de una falta no implica que este tipo de actitudes se puedan tomar con cuidado, ya que ciertas conductas podrían delatar algunos rasgos del político en cuestión. Son válidas preguntas como ¿y si López Obrador denosta a quien no piensa como él en las redes, cómo será su comportamiento como presidente? ¿Cómo tratará a aquellos que disienten con él? ¿Delatan este tipo de conductas algún talante autoritario? ¿O AMLO sabrá autoimponerse límites y no irá más allá de criticar verbalmente a los medios?

    Me llama la atención que López Obrador, en vez de responder la crítica, haga juicios de valor. A Jesús Silva-Herzog y a Enrique Krauze les dijo que eran «conservadores disfrazados de liberales que son parte da mafia del poder». El juicio de valor es injusto ya que ambos han sido muy duros con el gobierno actual, sobre todo Silva-Herzog que ha sido más duro con Peña Nieto y el PRI que con López Obrador. También parece que AMLO tiene un concepto erróneo de lo que es el conservadurismo y el liberalismo.

    Esas reacciones delatan, a mi parecer, que López Obrador es una persona que podría estar poco dispuesta a dialogar y a aceptar críticas. Los juicios de valor, o falacias ad hominem, se suelen utilizar para esquivar el argumento o la crítica atacando al mensajero y no al mensaje. AMLO nunca argumentó por qué es falso que sea un oportunista (como lo llamó Silva-Herzog) sino que criticó su estatura moral. El silogismo de López Obrador es falso y tramposo:

    Silva-Herzog es un conservador.
    Los conservadores son parte de la mafia del poder.
    Los miembros de la mafia de poder no tienen autoridad moral.
    Por lo tanto, Silva-Herzog no tiene autoridad moral para atacarme.

    Las primeras dos premisas no se cumplen, ya que Silva-Herzog no es una persona conservadora, ni siquiera en la peculiar definición de López Obrador. Los de «la mafia del poder» no son necesariamente conservadores (políticos corruptos y elitistas hay de todos los colores). La tercera premisa se cumple y a medias porque habría que definir bien qué es la mafia del poder y quienes son parte de ella. Por lo tanto, la conclusión no funciona, la deducción es errónea. 

    Los seguidores de López Obrador dicen que por qué se escandalizan por un tweet en vez de escandalizarse por los periodistas desaparecidos. Otro argumento tramposo, ya que un argumento no invalida al otro. No quisiera imaginar la reacción si Peña Nieto hubiera pronunciado algo parecido, por menos que eso se le han ido a la yugular. 

    Y para terminar, sus declaraciones son un error estratégico dentro de una campaña que estaba teniendo muy buenos resultados ya que estaba reduciendo sus negativos. Su error es muy parecido al de José Antonio Meade, se echó a gran parte del círculo rojo en su contra.  

    AMLO nos volvió a mostrar quien es en realidad, una persona intolerante con aquél que no piensa como él o no está alineado a él. 

  • Nuestro conflicto con el pasado

    Nuestro conflicto con el pasado

    Nuestro conflicto con el pasado

    Resulta que se armó un escándalo porque ahora que Netflix subió la serie de Friends, algunas personas se «escandalizaron» por los contenidos que juzgaron como homofóbicos, sexistas y machistas

    Yo vi Friends muy pocas veces y por eso no me atrevería hacer un juicio de la serie. Posiblemente no estén del todo equivocados quienes adviertan en la serie algunas manifestaciones de ese tipo, y no es difícil advertirlo ya que hablamos de una serie que terminó hace 14 años. Y la verdad es que de 14 años para acá han existido varios cambios dentro de la cultura occidental. La cultura estadounidense de 2018 no es la misma que la del año 2000.

    El problema no es el juicio que hagan de la serie, el problema tiene que ver con la forma que llevan a cabo dicho juicio. 

    Yo esperaría, por poner un ejemplo, que dicha serie sirviera como punto de referencia para ver cuánto se ha avanzado en materia de derechos de la mujer o de los gays en los últimos 15 o 20 años. Si antes había ahí expresiones machistas normalizadas (como dirían algunas personas) que ahora se han «desnormalizado», entonces podría presumirse un logro.

    Pero no, se procede al linchamiento hacia quienes vivieron y se desenvolvieron en otro contexto. 

    De verdad, esto es horrible. Vivir siempre conflictuado y resentido con el pasado. 

    Y la infinitud del conflicto será inevitable porque conforme la sociedad siga progresando, siempre se mirará al pasado con un fuerte recelo. La única alternativa para no pelearse con la historia sería no progresar como especie, pero ahí el recelo con el presente sería mucho mayor. Para ellos, no hay escapatoria.

    Es paradójico, porque las corrientes posmodernas, aquellas tan influenciadas por corrientes filosóficas relativistas, están tomando una postura absolutista. Es decir, están haciendo juicios morales de eventos que ya ocurrieron tomando como referencia el tiempo actual. Así uno entiende que algunas de estas personas sean implacables hasta con William Shakespeare. Gran parte de los valores morales suelen ser relativos a la época a la que se encuentran (no confundir con relativismo moral) ya que son establecidos por culturas que se van modificando a través del tiempo con el fin de establecer una serie de normas y valores gracias a las cuales sus miembros puedan convivir, desarrollarse y satisfacer sus necesidades de la mejor forma.

    ¿El ser humano era más malo y desgraciado en aquellos tiempos en que se permitía la esclavitud o en aquellas épocas en las que se encontraba en constante guerra? Lo dudo mucho, porque se trataba de una sociedad mucho menos madura. La civilización contemporánea no es resultado de la espontaneidad, sino de una serie de procesos evolutivos que han tomado miles de años. 

    No somos seres humanos en su «estado natural». Por el contrario, somos educados y criados para sobrevivir y poder desarrollarnos en un entorno que es producto de la sabiduría y de la experiencia acumulada a través de los siglos. Nuestra forma de ser está, en gran medida, determinada por construcciones sociales que son resultado de todo este proceso evolutivo de nuestra especie. 

    Voltear al pasado y darnos de latigazos por haber sido más imperfectos en el pasado es una actitud muy injusta. Es injusta porque estamos haciendo un juicio tomando como base un modelo social que en ese entonces no existía siquiera (aunque claramente, existen muchas conductas absolutamente reprobables para la moral de la época y por eso es que podemos criticar a Hitler o a cualquier déspota sanguinario). Naturalmente, repetir dichas actitudes ya superadas en la actualidad sí debe ser reprobable: someter a una persona como esclavo es un delito que debe de ser castigado con todo el peso de la ley. 

    Que una cultura determinada progrese implicará necesariamente que cuando voltee al pasado (incluso al próximo) vea algunas posturas, conductas o actitudes que en la actualidad son criticadas o restringidas. 

    ¿Y nos vamos a martirizar por eso? 

    Y lo más grave del asunto, de esta cultura de la autotortura con nuestro pasado, es que es imposible progresar cuando como especie guardamos mucho resentimiento hacia nosotros mismos y hacia nuestra historia. 

  • Y de pronto, todos se convencieron de que AMLO era bueno

    Y de pronto, todos se convencieron de que AMLO era bueno

    Y de pronto, todos se convencieron de que AMLO era bueno
    Foto: Jabaz

    Padece de una profunda ceguera quien ignore que parte del poder político y hasta económico de México está comenzando a ser atraído hacia el astro llamado MORENA. Dicen que si no puedes con tu enemigo te le unas, y parece que eso es lo que muchos están dispuestos a hacer. Cálculo político, le llaman.

    Posiblemente Germán Martínez tenga razón en su polémica columna, al hacerse la pregunta de que si el miedo a la presidencia de López Obrador tiene más que ver con el pánico a perder los privilegios para cosechar dinero al amparo del poder. Dudo mucho que la mayoría de los políticos esté más preocupada por los peligros que López Obrador pudiera representar para el país que los que representa para sus intereses, y la muestra es la súbita conversión de varios de ellos. Cambian el discurso no porque «se hayan dado cuenta que tenían una idea errónea de AMLO» (es más, tal vez algunos de ellos ni pensaban que el tabasqueño fuese un «peligro para México») sino porque quieren mantener sus privilegios intactos o, al menos, mantener algunos de ellos. 

    Cambian su discurso porque López Obrador les ha abierto la puerta, porque tanto ellos como AMLO han encontrado un punto de coincidencia. Los políticos «bendecidos» cambian su discurso para mantener sus privilegios políticos y AMLO los acepta porque le es rentable como estrategia electoral y política de cara a las elecciones que vienen: los suyos verán las nuevas «contrataciones» con recelo pero no le retirarán su voto (e incluso harán contorsiones intelectuales para justificarlo), los demás verán a un AMLO más pragmático y con una mayor capacidad de negociar, lo cual le ayuda a reducir sus negativos. 

    Que varios políticos teman que AMLO llegue para que pierdan sus intereses no implica que el gobierno de AMLO vaya a navegar en la honestidad y ni siquiera que vaya a combatir la corrupción. Es algo iluso pensar eso, más con los movimientos que ha está haciendo últimamente. AMLO no parece que vaya a combatir el sistema, lo único que va a cambiar son las personas que van a vivir de él. Es decir, con su triunfo habrá un cambio de élites mayor que el que generaría un triunfo del «Frente por México» por razones más que obvias (aunque conforme pasa el tiempo, parece que el tamaño de ese cambio será más pequeño). Por eso le temen, porque muchos de los políticos actuales perderán sus privilegios y serán reemplazados por otros, no porque AMLO vaya a terminar con el sistema que garantiza dichos privilegios. Mientras no haya un cambio institucional de fondo, esto seguirá sucediendo en menor o mayor medida independientemente de quienes estén ahí.

    Y cuando hablamos de cambios institucionales, López Obrador no propone nada. Basta con su bondad y su honestidad para que «todo se contagie». 

    Las nuevas «adquisiciones» de López Obrador decidieron que hacer campaña contra el tabasqueño y esperar a que no gane podría ser menos rentable a unirse a su proyecto con el fin de preservar sus intereses políticos. Esto ocurrió por varias razones: porque dentro de su partido no les iba a tocar «tajada», porque más bien va de salida, o porque nadie más estaba en condiciones de hacerle una oferta como la que les ofreció el tabasqueño. Varios de ellos quieren mantener su cuota de poder y quieren seguir vigentes dentro del mundo de la política. 

    Dicho todo esto, lo más que parece ofrecer AMLO es un cambio parcial y cosmético con relación a los integrantes de la clase política, no uno estructural que resuelva los vicios de fondo. Por el contrario, pareciera que es él el que concentraría la mayor cantidad de poder y que los demás; para mantener sus privilegios, le rendirán pleitesía. No se tratará de ser corrupto o no, sino de alinearse a la figura del tabasqueño. Si se corrompen, ya habrá forma de justificarlos. Al final del día se trata de seguir haciendo la misma política y de reproducir los mismos vicios pero con algunas otras personas (y las que saltaron a su barco).

    Porque si todos ellos fueron capaces de decir que era un «peligro para México» para poder mantener sus intereses, también son capaces de cambiar su discurso para mantenerlos, aunque López Obrador fuera un «peligro para México».

  • Lea antes de mandar a las instituciones al diablo

    Lea antes de mandar a las instituciones al diablo

    Lea antes de mandar a las instituciones al diablo

    Muchos de los debates políticos y, en especial, dentro de las elecciones, se suelen suscitar dentro de la dicotomía entre capitalismo y socialismo. El socialismo ya no entendido como un Estado dueño de todos los procesos de producción, pero sí con uno con tintes más bien socialdemócratas, o bien uno mixto y de carácter más nacionalista. 

    Muchos echan toda la suerte a la posición que mantienen dentro de esta dicotomía. Consideran que la solución a todos los problemas tiene que ver con la postura dentro del espectro político. Los socialistas  exageran la relación entre tamaño del Estado y la igualdad e ignoran o subestiman el hecho de que un Estado sumamente interventor pueda atrofiar o restringir la productividad . Por el contrario, la derecha y, en especial, los libertarios, suelen exagerar dicho argumento hasta el punto de afirmar que el tamaño del Estado tiene una franca relación inversamente proporcional y con el desarrollo económico. 

    Entonces ¿qué explica que Dinamarca tenga un gobierno que gaste más que México, y tenga un Estado menos corrupto y más desarrollado?

    La respuesta reside en un debate ignorado por aquellos que restringen su visión a la dicotomía Estado vs mercado y es el fortalecimiento institucional.

    No sorprende que México, a pesar de tener un mercado relativamente más libre que hace varias décadas, siga siendo un país sumamente corrupto, y tampoco sorprende que la apertura económica no haya terminado de dar los beneficios que había prometido. Lo contrario también ocurre: en Brasil, cuyo gobierno gastaba como régimen socialdemócrata, logró combatir la desigualdad más bien poco básicamente porque, gracias a las instituciones débiles, lo recaudado no llegaba a donde tenía que llegar. 

    El discurso del fortalecimiento institucional pareciera ser menos atractivo que el que se suscita entre el debate entre el gobierno y el mercado. En principio, porque las ideologías políticas y económicas suelen ser tratados, en muchas ocasiones, como una forma de religión donde el individuo toma una postura y la defiende de forma dogmática. Pero para que cualquier régimen funcione, desde uno socialista hasta otro sumamente liberal en lo económico, necesita de instituciones fuertes y eficientes.

    Cuando las instituciones son débiles, las élites (políticas y económicas) suelen ser más abusivas ya que tienen menos restricciones y contrapesos. Así, tienen la capacidad de poner a trabajar a los mismos órganos de gobierno en beneficio de sus intereses. Las élites se preocupan poco por mejorar las condiciones de seguridad de la población ya que ellos tienen sus guaruras y viven en cotos con murallas y vigilancia.  Las élites económicas pueden promover un régimen más capitalista sin preocuparse siquiera por las instituciones porque así creen que pueden obtener mayor rentabilidad. Pero, por el contrario, en un régimen más socialista las élites no desaparecen ni dejan de abusar. En Brasil, bajo el gobierno de Lula, las élites continuaron enriqueciéndose, y si en Venezuela se creó un Estado un tanto más igualitario fue en parte porque las élites huyeron, con todo su dinero, a otros países. De nada sirve presumir un Estado socialista o capitalista si las instituciones que lo sostienen son débiles y sólo sirven para que las élites las utilicen a discreción.

    El debate dentro de estas elecciones debería girar en torno al fortalecimiento institucional porque solo ello podrá convertir a México en un país menos corrupto donde los impuestos paren en beneficios para la población y no en el bolsillo de los políticos. Cómo hacerlo es un tanto complicado ya que a lo largo de la historia las naciones desarrolladas han creado instituciones fuertes ya sea porque pasaron por eventos históricos como la Revolución Francesa o la Revolución Industrial y porque debieron fortalecer sus burocracias para ir a la guerra (cosa que no ocurrió dentro de México y los países de América Latina). Las democracias per sé no solucionan el problema e incluso varios de estos países exitosos (con excepciones como Estados Unidos o el Reino Unido) se democratizaron cuando sus instituciones ya eran fuertes. 

    El empoderamiento de la ciudadanía debería ser un tema importante ya que una ciudadanía empoderada podría fungir como contrapeso ante las élites y pugnar por un Estado más fuerte y que funcione. Por tanto, los ciudadanos deberíamos esperar que los políticos accedan a llevar a cabo reformas e implementen mecanismos que deriven en un Estado más funcional donde haya menos espacios para excesos y abusos y existan los suficientes contrapesos. Si las instituciones son débiles, es iluso esperar que un político, por voluntad propia, cree instituciones fuertes porque no tiene incentivos para ello, y sólo lo hará cuando esté orillado a hacerlo. Por eso es que el debate sobre el fortalecimiento de las instituciones debería estar en boca de todos los ciudadanos y debería importar más que la mera dicotomía entre Estado o mercado.

  • El candidato meme

    El candidato meme

    Una curiosa tendencia ha aparecido dentro de estas elecciones. Si recuerdan, hace unas semanas hice una crítica de la politóloga Denise Dresser, quien decía que los millennials quieren un presidente cool. Pues, como un amigo me decía, pareciera que dentro de los cuartos de guerra tomaron nota, porque parece que la estrategia de campaña será convertir a los candidatos en memes «que se vean bien cool«. 

    Y la estrategia podría tener sentido, porque los memes se replican y se viralizan, de tal forma que, cuando es bien ideado, logra tener un largo alcance que tal vez sólo hubiera sido posible alcanzar con una considerable cantidad de dinero invertida en propaganda política. A través del meme se puede hilar una narrativa donde intenten generar la percepción en el público de que el candidato es de tal o tal forma. 

    Los estrategas de campaña saben la importancia que los jóvenes tendrán en estas elecciones. Parte del voto indeciso se encuentra en ese sector que votará por primera vez y por eso han tomado nota de lo que se han hecho en otros países para tropicalizarlo y aplicarlo aquí en México. Si los candidatos no son cool, entonces hay que hacer que parezcan serlo: hay que obamizarlos o macronizarlos

    Ricardo Anaya aparece «echándose un palomazo» con Juan Zepeda del PRD para intentar conectar con los jóvenes. Los asesores buscaron algún ambiente en el cual Anaya se sintiera cómodo y familiarizado, y si algo sabe hacer él es tocar instrumentos.

    Aunque parece que la estrategia no ayudo mucho, ya que en realidad los jóvenes recuerdan más bien el «insulting and unacceptable«. El meme de Anaya no fue el que habían planeado dentro del cuarto de guerra, sino el que los usuarios crearon. 

    A López Obrador le ha sido más redituable este tipo de estrategias ya que las ha aprovechado muy bien para reducir la imagen de rijoso y autoritario que muchos tienen de él. Sus spots de «amlodipino» y «andresmanuelovsky» se han viralizado y él sí que ha conseguido establecer cuál es el meme. Tuvieron tanto éxito que más de un amigo priísta me comentó que estuvo a punto de compartirlo porque estaba «muy cagado». Desde luego que el carisma de AMLO ayuda mucho ya que él suele ser más natural y auténtico que el político promedio a la hora de hablar. A diferencia de lo que sucede con Ricardo Anaya y Pepe Meade, la primera impresión no pareciera ser la de una estrategia diseñada por el equipo de comunicación sino una ocurrencia del candidato. 

    En la campaña del PRI se tardaron en echar mano de estos recursos pero lo hicieron. Después de que José Antonio Meade errara en un mitin al decir «resolvido» en vez de «resuelto», a su equipo de campaña le pareció una gran idea que Pepe Meade publicara en su Twitter una imagen donde hiciera planas que dijeran «se dice resuelto, no resolvido» para darle la vuelta al incidente y apoderarse de la narrativa. La idea, a mi parecer, fue buena,  aunque no tuvo el alcance o el impacto esperado. 

    La intención con este tipo de estrategias es buscar que los candidatos aparezcan lo más naturales y cercanos al electorado, sobre todo al juvenil que gusta mucho de utilizar las redes sociales como Facebook y Twitter. Hay que quitarles el saco, la corbata y el atril y «subirlos al tren del mame», convertirlos en memes que circulen por las redes.

    Pero no siempre funciona: por lo visto en esta campaña, el éxito de este tipo de estrategias depende en cierta medida del carisma del candidato. Obama o Trudeau pueden hacer un meme de su persona porque son personas «carismáticas que caen bien» y porque conectar con el público es algo que se les da de forma natural, a diferencia de Ricardo Anaya (quien puede resultar antipático) o José Antonio Meade (cuya personalidad es más bien débil). 

    Los memes son graciosos, pero en realidad no comunican nada y no deberían ser siquiera referencia para elegir por quien votar, aunque en la práctica sí pueden tener cierta incidencia. Los equipos de comunicación tampoco se dan cuenta que jugar con ellos los puede meter en un terreno escabroso, porque si la estrategia no sale muy bien pueden hacer que quien cree los memes sea el propio público y a costa de la imagen del candidato en cuestión como lo que ya hemos visto en las últimas semanas. 

    Porque parece ser que estas elecciones no constarán de contrastar plataformas, sino memes. 

  • Imaginando a AMLO en Los Pinos

    Imaginando a AMLO en Los Pinos

    Imaginando a AMLO en Los Pinos
    Foto: Eneyas de Troya / Flickr

    Es probable que cuando busques la palabra México en Google en 2019, en la descripción aparezca «Presidente: Andrés Manuel López Obrador».

    Como lo he señalado en este espacio (desde hace algunos años inclusive) vaticino que él será el próximo Presidente de la República. Ciertamente no hay nada seguro, cualquier cosa puede pasar, pero pareciera que todo se está configurando para que así sea. 

    El día de ayer, Roberto Gil Zuarth, el senador panista (ahora rebelde del PAN), escribió un artículo interesante en el que hace un buen análisis del panorama electoral pero que se vuelve más interesante si lo leemos entre líneas. Pareciera que el senador ya imaginó a López Obrador en Los Pinos, y aunque delineó algunas sugerencias para hacerle frente, parece notarse cierta resignación al punto en que al final del artículo propone ponerle una agenda al «probable presidente» en la mesa.

    Conforme el tiempo pasa, la sensación de que el Peje triunfará crece. 

    Como habrán visto en este espacio, he sido crítico con muchas de las decisiones de López Obrador. Sin embargo, esas decisiones han resultado acertadas desde una perspectiva de estrategia electoral. Las alianzas con el PES, con Alfonso Romo, Esteban Moctezuma (TV Azteca), el suegro de Azcárraga, el nombramiento de Tatiana Clouthier como coordinadora de campaña, la incorporación de panistas, la alianza con Elba Esther, la inclusión de actores o futbolistas, son decisiones, a mi parecer, bastante acertadas desde una perspectiva electoral.

    Parece que López Obrador ha entendido que las estructuras de relaciones personales y políticas son importantes. Uno de los rasgos que diferencian a los seres humanos de los animales y que explican por qué nuestra especie ha llegado a dominar el planeta tierra es que tienen una gran capacidad de crear relaciones personales de largo alcance. El PRI ganaba, sobre todo, por ello: por sus estructuras que incluían el voto duro y por sus relaciones políticas y su capacidad de llegar a acuerdos con otras facciones. Mientras que el PRI no se encuentra en las mejores condiciones actualmente por su falta de legitimidad, AMLO sabe que es su oportunidad de tejer relaciones y alianzas que coadyuven en un triunfo electoral aunque eso implique que AMLO tenga que ceder (algo que antes era impensable). Mientras el PRI tiene su legitimidad por los suelos y Anaya intentó hacer lo propio con la configuración del frente, pero conformado por partidos divididos o pequeños, AMLO toma todo lo que puede tomar para crear una estructura importante de cara a las elecciones. 

    Si no puedes con el enemigo, únetele. Si no puedes con la mafia del poder, hazte de una porción de esta para que la restante pierda fuerza. Tal vez sus seguidores no vean con buenos ojos varios de estos movimientos (algunos otros incluso harán malabares intelectuales para justificarlos) pero al final lo seguirán prefiriendo por mucho a Ricardo Anaya y José Antonio Meade.

    López Obrador está logrando atraer a parte del poder político y económico a su movimiento. Ese efecto es muy poderoso porque también tiene un impacto mediático, más en un escenario electoral donde quien gana suele ser quien parece que va a ganar. 

    Ciertamente, con estas decisiones, López Obrador podría perder algo de capital político a largo plazo. Su imagen como la alternativa a la «política tradicional» tenía como base, en parte, su renuencia a negociar y pactar con «los malos». Pero en realidad eso no importa porque Andrés Manuel sabe que esta es su última oportunidad para llegar a Los Pinos y es necesario poner toda la carne en el asador.  

    Esta faceta más pragmática le ha podido valer muchas críticas, pero también ha reducido un poco, a mi parecer, el miedo que genera en varios sectores. Al menos parece haber convencido a alguno que otro dentro del círculo rojo (líderes de opinión) de que igual no es tan malo o tan riesgoso. Algunos de los mismos que lo critican por algunas de estas alianzas advierten también un cambio en López Obrador, uno menos berrincudo y necio, y más dispuesto a dialogar; uno menos dogmático y más pragmático. Incluso los errores que ha cometido López Obrador parece que le terminaron redituando beneficios (como aquello de la amnistía) ya que AMLO se ha convertido en el tema de conversación principal en un momento donde sus adversarios están urgidos de construir una narrativa creíble. Si antes López Obrador se quejaba de los medios que no le daban cobertura, ahora él es el que lleva la agenda, el que está a la vanguardia, el que hace ruido. Todos hablan del Peje y de sus videos chuscos, pocos hablan de Meade y su nuevo «giro de campaña» donde busca aparentar ser más conciliador. Tampoco son muchos los que hablan de su propuesta para combatir la corrupción.

    Pero Meade no logra convencer a los líderes de opinión. No es que AMLO haya convencido a todos, tan solo ha reducido su imagen negativa en algunos de ellos. Pero tal vez eso le sea suficiente.

    Posiblemente hagan bien quienes se imaginen a López Obrador en Los Pinos y se planteen escenarios en caso de que esto suceda, como aquellos que guardan (guardamos) un cierto escepticismo sobre su postura económica. Si bien su triunfo no es seguro, sí es bastante probable. Me parece acertada la propuesta de Gil Zuarth de plantearle una agenda, incluso podrían llegar a acuerdos donde, en caso de que AMLO gane, él respete esta agenda a cambio de otras concesiones que consideren no impliquen un riesgo (dando por sentado que AMLO llegará con una minoría en las cámaras). Podrían contrastar esa agenda con la suya desde la campaña (acierta Zuarth cuando dice que una de las mejores estrategias electorales contra AMLO es presentar una agenda sólida y contrastarla con la del tabasqueño en vez de insistir en que es un peligro y que México se convertirá en Venezuela). 

    Aunque sea por sugerencia de sus coordinadores de campaña o sus asesores políticos, el hecho de que AMLO tenga la capacidad de llegar a acuerdos con otras fuerzas muestra que tendría la capacidad de hacer lo mismo siendo presidente. Sus alianzas también dejan entrever, aunque sea un poco, que la idea de la «mafia en el poder» es más bien algo retórico o demagógico, que al final podría estar más dispuesto a «hacer política» y a conceder con el fin de lograr ciertos objetivos de lo que muchos pensábamos, si bien su carácter necio y reacio nadie se lo quita. 

    Hacer el ejercicio no nos haría daño: imaginar escenarios de cómo sería una eventual presidencia de López Obrador. Las otras fuerzas políticas no harían mal en imaginar cuál sería su postura ante esos escenarios y tampoco haríamos mal los ciudadanos en hacer lo mismo: ¿qué es lo que haremos en caso de que se presenten ciertas situaciones? 

    Si bien tengo escepticismo sobre la presidencia de López Obrador y hay propuestas que me preocupan y considero un tanto riesgosas así como algunos de los rasgos del personaje, no creo que México se convierta en una «dictadura venezolana» ni creo que ocurra una catástrofe histórica. Creo que la evolución que ya ha mostrado la participación ciudadana seguirá su curso y eso López Obrador tendrá que saberlo (a diferencia del gobierno de Peña Nieto quien nunca lo entendió). Andrés Manuel tendrá, en caso de ganar, a un conglomerado ciudadano todavía más fuerte y organizado que ya no podrá subestimar ni ningunear.  

    Lo cierto es que la posibilidad de triunfo de López Obrador es más probable que nunca (incluso me atrevería a decir que más que en 2006 cuando tenía una ventaja mayor en las encuestas, dado el contexto actual). Tal vez, imaginarlo en la silla presidencial no sea, al final del día, tan mala idea.