Autor: Cerebro

  • Arts Pedregal, la corrupción inmobiliaria que pudo terminar en tragedia

    Arts Pedregal, la corrupción inmobiliaria que pudo terminar en tragedia

    Arts Pedregal, la corrupción inmobiliaria que pudo terminar en tragedia
    Foto: Proceso

    Imagina que un día decides ir con tu novio o novia, esposa, familia o tus amigos al nuevo centro comercial que tiene varias tiendas de lujo que venden ropa por miles de pesos, que presume una arquitectura moderna diseñada por un arquitecto reconocido, que tiene fuentes de agua, donde la gente acude para comprar la ropa que van a presumir en algún evento social.

    Puedes pensar muchas cosas, pero lo último que se te vendría a la mente es que ese complejo se vaya a caer.

    Y se cayó. Parte de uno de los edificios que componen la Plaza Arts Pedregal, que iba a ser una suerte de Antara al sur de la Ciudad de México desarrollada por el arquitecto Javier Sordo Madaleno y cuyos cálculos estructurales estuvieron a cargo de Grupo Rioboo (el que había recibido licitaciones directas durante la jefatura de gobierno de AMLO), se vino abajo pocos meses de haberse construido. No era la primera vez que eso ocurría, la construcción ya tenía varias demandas e incluso sufrió un derrumbe durante su construcción por una fuga de agua

    Afortunadamente nadie pereció en el incidente, pero cosa distinta habría sido si en ese momento el centro comercial hubiera estado abarrotado de gente, hablaríamos de una tragedia. Y la indignación se hace más grande si tomamos como antecedente el sismo del año pasado, que se caracterizó por el desplome de algunos edificios relativamente nuevos cuya estructura no había sido bien diseñada. 

    A espera de que se de una explicación concreta de las causas del derrumbe, es importante hablar sobre la corrupción y la voracidad inmobiliaria que se ha convertido en una constante en este país, donde obtener la mayor cantidad de dinero, independientemente del impacto negativo en el entorno o los riesgos que una obra pueda representar, parece ser la única prioridad. 

    Muchos de los desarrollos que se levantan en nuestro país se presumen como de primer mundo, presumen tecnologías en la construcción, incluso algunos emulan o intentan emular ciertas edificaciones de países desarrollados. En muchos casos tienen nombres en inglés para vender status, tienen espacios amplios, wi-fi gratis o vistas privilegiadas. Pero estos desarrollos terminan siendo una suerte de burbuja donde el «primer mundo» termina donde comienza la banqueta (si es que esta existe). Gracias a la corrupción y a la displicencia de las autoridades, o a unos planes parciales que no tienen mucho sentido, muchos de estos desarrollos no se integran adecuadamente al entorno donde se encuentran. 

    Así, vemos edificios de lujo donde no hay banquetas, lujosos centros comerciales a los cuales es casi imposible llegar en transporte público, edificios amontonados que no permiten el paso de la luz porque lo importante era que el desarrollo cupiera sí o sí en el terreno, desarrollos ecológicos que lo que menos tienen es sentido alguno de la ecología.

    El caso de Plaza Arts Pedregal fue más allá, porque en los casos anteriores la corrupción y la falta de sensibilidad terminaba en la puerta de la entrada del edificio. Acá se metió y derrumbó parte del propio complejo. Alguien hizo algo mal, ya sea que hayan sido quienes hicieron el diseño del proyecto, quien lo ejecutó o quienes hicieron los cálculos: posiblemente los peritajes lo lleguen a resolver. Pero el mensaje para muchos es claro: en ningún lugar nos podemos sentir completamente a salvo. Este no fue el primer caso, ocurrió también con Galerías Coapa, el Centro Comercial donde dos personas perecieron a causa de los derrumbes ocasionados por el sismo y el cual «están parchando» para rehabilitarlo a pesar de las muy probables fallas estructurales. Ocurrió también en Guadalajara donde, a raíz de los permisos dados de forma cuestionable y la poca vigilancia, Plaza Patria sufrió una fuerte inundación producto de la ampliación del centro comercial y que ocasionó la pérdida de numerosos autos y donde, afortunadamente, nadie perdió la vida. 

    La voracidad y la falta de sensibilidad con el entorno es un gran problema a todos los niveles que van desde las casas de interés social que son casi inhabitables y poco dignas hasta los desarrollos de lujo que suelen ser muy excluyentes (sobre todo si los comparamos con sus símiles de los países de primer mundo), donde lo único que importa es generar dinero a como dé lugar y donde no importa generar ciudades más vivibles e integradas; donde no importa afectar la vida «allá afuera» con tal de mejorar la vida «allá adentro» (y en el mejor de los casos). 

    El derrumbe de Plaza Arts Pedregal es tan sólo la punta del iceberg inmobiliario de nuestro país, donde cualquier cosa se vale, donde se puede amontonar lo que sea con tal de vender, donde no importan los riesgos o los demás. Fue un aviso, uno muy claro. 

  • ¿No es mi Presidente?

    ¿No es mi Presidente?

    ¿No es mi Presidente?

    En 2012 muchos decían que «Peña Nieto no es mi Presidente».

    En 2018 escucho a varias personas decir lo mismo de López Obrador. Dicen que «no es su Presidente», que «no los representa». 

    Algunos hacen matemáticas absurdas al restar los votos efectivos que ganó López Obrador a la población total del país: «Mira, la mayoría no estamos representados por AMLO». Eso, ignorando que gran parte del remanente de la población son jóvenes, niños y bebés que no están en edad de votar.

    La realidad es que formalmente sí es su Presidente y sí los representa. Pero no sólo lo es en la cuestión legal sino también si hablamos de lo que es justo. El Presidente fue elegido en las urnas por los mexicanos, y por lo cual, decir que «el Presidente no me representa» es una falta de respeto a quienes sí votaron por él, ya que lo hicieron libremente. 

    Reconocer que uno está representado por un Presidente no implica que se esté de acuerdo con él, no implica tampoco que se comparta sus valores o su ideología, menos implica que se tenga que chiflar y aplaudir. Por el contrario, se puede tomar una postura muy crítica. 

    Yo discrepo con AMLO en muchas cosas, pero reconozco que él será el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, y reconozco que Peña Nieto lo es actualmente, con todo y que creo que, si en México la justicia y las instituciones funcionaran bien, debería estar enfrentando algún proceso en su contra. Puede no representar mis valores, ni mis creencias. Pero a mí me representa formalmente ya que formalmente él es el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y tiene, por ley, ciertas capacidades o facultades. 

    Decir: «no es mi Presidente» implica no reconocer la vida institucional de nuestro país. Es curioso ver que muchas personas adversas a López Obrador que lo criticaron por su «al diablo con sus instituciones» tomen una postura de no reconocimiento por el mero hecho de que el candidato no les gusta. 

    Pero peor para los que dicen «no es mi Presidente» es que para todas las demás naciones, nuestro Presidente es el que representa a nuestro país, él es nuestro interlocutor y él nos representa ante las instancias internacionales. Los mandatarios de otros países no van a hacer caso a quienes no estén legalmente habilitados para representarnos. Al único que tomarán en cuenta es al «Presidente que dices, no te representa» y a su comitiva. 

    También es absurdo decir que «no me representa» porque la mera representación implica que el Presidente debe de ser responsivo hacia los ciudadanos. Si el Presidente representa a los ciudadanos es porque tiene la obligación tanto formal como ética para gobernar para sus ciudadanos. Así como, en lo formal, el Presidente representa a los ciudadanos, en el mismo sentido éste debe de velar por los intereses del país y de quienes forman parte de él. El Presidente tiene derecho a representar a los ciudadanos porque éste fue elegido por la mayoría (sea relativa o absoluta) de ellos. Así es como el Presidente obtiene legitimidad por parte de la ciudadanía, unos lo eligen, los otros no, pero reconocen que sus pares (que son más) decidieron elegirlo. 

    Decir «no es mi Presidente» es un acto antidemocrático, ya que eso implica que sólo se va a reconocer al candidato que me gusta. Implica decir que mi intención de voto es la que debe de ser válida y no las intenciones de voto diferentes a la mía. 

    Por eso, aunque tengamos una postura muy crítica e incluso adversa (lo cual es legítimo) eso no implica que no se deba reconocer quién es el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. La misma crítica se sostiene sobre el hecho de que, anteriormente, se ha reconocido, que dicho Presidente ha sido reconocido como tal.

    Tenemos un Presidente, y es el que formalmente representa a nuestro país y a los ciudadanos. 

  • Wikipolítica, la derrota sobre la cual comienza una gran victoria

    Wikipolítica, la derrota sobre la cual comienza una gran victoria

    y estaba bien categorizado de tal forma que se podía generar una narrativa
    Foto: @JuanYvesPalomar

    No fue la mañana más feliz de todas, me había ido a dormir pensando en que se revertirían las tendencias y los wikis lograrían la senaduría y uno que otro puesto más. En ese momento, el PREP ponía a Pedro Kumamoto en tercer lugar pero la brecha parecía cerrarse: – era cuestión de que comenzaran a entrar las actas de la Zona Metropolitana de Guadalajara. – Pensaba yo. Me fui tranquilo a dormir, y así como desde hace tiempo había «vaticinado» el triunfo de AMLO al grado en que ni me inmuté, casi daba como un hecho que Kuma alcanzaba al menos el segundo lugar que le diera acceso a una curul en el Senado. 

    Me desperté y vi con un amargo asombro cómo la brecha más bien se había abierto, pero no sólo con el caso de Kumamoto, sino también la elección donde participaba Susana Ochoa. Traté de explicarme qué había ocurrido, algunos amigos míos estaban devastados, una amiga que se había desvelado contando actas y solo había dormido una hora para después ir a trabajar me contaba con angustia su sentimiento, había llorado mucho; otra que había presumido un día antes su voto por los wikis estaba devastada. Al ver todo este ambiente se me salieron unas cuantas lágrimas (cosa que nunca me había ocurrido en alguna elección), me preguntaba por qué, buscaba culpables en mi mente, ¿qué fue lo que salió mal?. Ignoré el partido de México contra Brasil por completo y amenacé con sentarme frente a la computadora a escribir sobre el tema , pero sabía que opinaría con las vísceras y por eso decidí escribir el artículo hasta el día de hoy, una semana después, incluida una «peda postelectoral» en un depa en Santa Fe con unos amigos que son, como yo, apasionados de la política.

    Le había mandado a Susana Ochoa un mensaje privado expresándole mis mejores deseos tras esta derrota y tras su agradecimiento me invitó al evento que tendrían en el parque La Calma, el primero después de esa elección tan difícil. Al momento que llegué entendí por qué habían elegido esa ubicación: no es un parque que sea icónico pero tiene como característica unos árboles muy frondosos y robustos. El mensaje que querían dar era claro: hemos construido un bosque.

    A pesar de la lluvia que postergó el evento varios minutos, el lugar lució abarrotado. Ahí se encontraba toda la gente que había, de alguna u otra forma, colaborado con ellos (cosa que yo no pude hacer debido a los compromisos que tenía con el programa «Sin Comentarios» el día de la elección). Saludé a Susana Ochoa, a Bernardo Masini y a Pedro Kumamoto. No era uno de los mejores días pero no estaban cabizbajos ni derrotados, sabían que hay que seguir adelante y reconocían que en cuestiones de política no siempre se gana: en vez de lamentarse estaban ahí para agradecer a todas las personas que colaboraron. Además de ofrecer agua fresca y algunos aperitivos, también entregaron diplomas a los colaboradores y mostraron una galería. Ese evento fue una suerte de agradecimiento e incluso hasta de humildad. Saben que su movimiento está sostenido por muchas personas y había que agradecerles. 

    Los wikis tendrán una tarea difícil, pero no imposible: tendrán que mantenerse vigentes estando fuera de la política para llegar lo más fuerte posible durante los tres años que deberán transcurrir para las elecciones del 2021. Aunque creo que la derrota que sufrieron ocurrió mayormente por factores exógenos (cosas que estaban fuera de su control) sí hay algunas cosas que pienso que se pudieron hacer mejor (que mencionaré unos párrafos después). Invitaron a no criticar u atacar a los candidatos que ganaron la elección ni a quienes votaron por ellos y también reconocieron que deben de ser autocríticos con lo que hicieron o dejaron de hacer.

    En política las narrativas importan y mucho, ya que son estas (más que las propuestas o cualquier otra cosa) las que seducen al electorado. Creo que el éxito o el fracaso del movimiento tendrá que ver con la narrativa que ellos construyan en estos tres años y, sobre todo, la narrativa de esta elección. Es tentador hablar de una derrota como tal: «perdimos, estamos frustrados, no logramos lo que queríamos», es lo primero que se viene a la mente ya que es lo primero con lo que nuestras emociones inmediatas conectan, pero una narrativa nunca atrae votos ni simpatías, por el contrario. Pero dentro de este suceso hay otra perspectiva que se debe narrar, y es que cuantitativamente Wikipolítica ganó mucho más votos que los que obtuvo para que ganara Pedro Kumamoto en 2015. Visto así, Wikipolítica ha crecido considerablemente estos últimos años. Kumamoto y los suyos han ganado simpatías dentro de la comentocracia a nivel nacional así como dentro de líderes de organizaciones civiles tan importantes como el IMCO. 

    Wikipolítica
    Foto: @Clairewitzilin

    Wikipolítica no ganó ninguna elección, pero aún así creció y se hizo más fuerte. Tal vez no fue lo suficiente para contrarrestar el vendaval compuesto de coaliciones de partidos (a los cuales, de forma individual, les ganaron) y al arrastre de MORENA, pero si hablamos de crecimiento tenemos que hablar de números positivos. En los años que vienen tendrán que hacer énfasis en ello, en que el movimiento es cada vez más fuerte. Será decisión de ellos si mantienen el movimiento con el mismo formato o deciden modificarlo (por ejemplo, convirtiéndose en un partido político u otra forma de organización) pero hay argumentos para crear una narrativa positiva a pesar de lo que ahora podríamos considerar una derrota. 

    ¿Hubieran ganado se si hubieran hecho mejor las cosas? No lo sé, es difícil saberlo, pero si tuviera que hacer un diagnóstico de lo que se pudo hacer mejor haría énfasis en lo siguiente. Con esto no digo que hayan hecho una mala campaña, hay cosas que se hicieron muy bien, pero también es importante hacer notar aquellos puntos donde yo noté algunas fallas.

    1. Muchos candidatos. Creo que colocaron demasiados candidatos, lo que hizo que su esfuerzo se diluyera. Pienso que debieron apostar a 5 o 6 candidatos a lo mucho (sumando los candidatos al Senado, diputados nacionales y locales) en vez de los 16 que postularon. No sé si ellos lo hayan visto así (me atrevo a pensarlo porque yo mismo lo llegué a pensar), pero pensar que el fenómeno Kumamoto iba a potenciar por sí solo las candidaturas es un exceso de confianza. 
    2. Posicionamiento de marca. Aunado a esto, percibo que la estrategia de branding (posicionamiento de marca) no fue la mejor. En 2015 funcionó haber creado a Pedro Kumamoto como marca, pero al parecer, y por lo que me comentaron algunas personas, hubo confusión entre quienes eran los candidatos. Kumamoto estaba muy posicionado, pero no Wikipolítica. Ya que Kuma estaba posicionado, tal vez era necesario tejer la relación entre Kuma y los otros candidatos (relación que, por ejemplo, hicieron los candidatos de MORENA con AMLO) o mejores estrategias para posicionar el movimiento. Siento que hizo falta más difusión del concepto de «sembrar un bosque» que tenía potencial para más. 
    3. Catálogo de propuestas mejor definido. Una de las cosas más valiosas de Wikipolítica es su disposición a rebotar su proyecto con la sociedad civil y con los vecinos, eso es algo a lo que está muy poco acostumbrada la clase política de nuestro país. Pero si yo no hubiera asistido a estas reuniones, posiblemente no hubiera sabido bien a bien qué es lo que estaban proponiendo. Las propuestas son importantes, no como meros tecnicismos, sino porque en su conjunto ayudan a crear narrativas y le dan identidad a un movimiento o a un candidato. Wikipolítica habló de «reemplazar a los políticos» y jugó con el hartazgo, lo cual me parece bien, pero se quedó simplemente ahí. El proyecto no estaba mal en general y estaba bien categorizado de tal forma que tuviera potencial para generar una narrativa (aunque por momentos parecían ser más una organización civil que un movimiento político), pero no fue debidamente difundido. Un proyecto más sólido y, sobre todo, con una mejor difusión, le hubiera dado más sustancia a su movimiento y a sus candidaturas. 
    4. Definición ideológica. Tengo la percepción de que Wikipolítica pretende «abarcar todo» lo cual a priori se puede interpretar como un mensaje incluyente. Sin embargo, en política, e incluso en esta era etiquetada como post-ideológica, querer abarcar gran parte del espectro ideológico se presta a confusiones. Yo ubico a Wikipolítica como un movimiento de centro-ízquierda o socialdemócrata (sobre todo por la forma de pensar de quienes lo forman) pero no se termina definiendo como tal y cae en muchas ambiguedades. 
    5. Más barrio. Tal vez sería injusto achacarles esto porque en estas elecciones sí se esforzaron por conocer otros sectores sociales distintos a los suyos. Salieron a la calle en vez de centrarse en las redes sociales. Pero algo que creo que ocurre con la participación ciudadana dentro de Guadalajara (hay que recordar que ellos son, en parte, herederos de la creciente ciudadanía organizada que ha visto nuestra ciudad) es que ha faltado un poco más conocer las otras realidades, y esas parecen ser algo totalmente nuevo para ellos. Algunas personas se llegaron a sentir alienadas por esta cuestión e incluso vieron a Wikipolítica como un «movimiento de hipsters con privilegios de clase». Estos tres años será una gran oportunidad para ir y conversar con las personas de las colonias populares, aquellos que viven otras realidades distintas, aquellos que han sido cooptados por el asistencialismo de partidos como el PRI. Si lo logran, llegarán muy fuertes al 2021.

    Wikipolítica es un movimiento que tiene mucho potencial. Vaya, me atrevo a asegurar el movimiento político con mayor legitimidad en nuestro país. A pesar de la natural falta de experiencia o conocimientos en algunas cuestiones, la humildad para aceptar recomendaciones u opiniones hace que esto casi deje de ser un defecto. En lugar de mantener una postura soberbia, ellos asumen que no son perfectos, por lo cual les es indispensable escuchar y, sobre todo, seguir aprendiendo. Eso es algo que yo reconozco mucho, porque me habla de una visión completamente nueva de lo que es o lo que debe ser la política. 

    Tal vez por eso su derrota nos duela a muchos, pero el éxito está pavimentado de muchos fracasos (un fracaso que lleva consigo, como lo mencioné, un éxito que a veces podría no ser tan palpable). Yo estoy seguro que en 2015 llegarán muy fuertes. A pesar de que no ganaron nada, me llama la atención que en municipios que antes estaban muy ajenos a este movimiento como Tequila cobraron, de acuerdo al PREP, cierta relevancia. Llama la atención que, sin estructuras, le hagan ganado de forma individual a los partidos más importantes en mucho de los casos. 

    Luchar sin los beneficios del presupuesto y las estructuras es una tarea muy difícil, por eso sería una irresponsabilidad hacer creer que el movimiento se está diluyendo o debilitando, por el contrario. Wikipolítica ha seguido creciendo y estoy seguro que cimbrarán, en los años venideros, las estructuras políticas de nuestro país. 

     

  • AMLO ganó, y no entramos en pánico

    AMLO ganó, y no entramos en pánico

    El presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, hace un gesto después de una conferencia de prensa para anunciar a Marcelo Ebrard como su candidato para ministro de relaciones exteriores, en Ciudad de México, México
    Foto: TV Azteca

    Desde hace tiempo había previsto el triunfo de López Obrador, me parecía una suerte de consecuencia natural. Lo que tal vez no preví sería la reacción de la sociedad ante su triunfo.

    Yo me imaginaba a diversos sectores sociales sumidos en una fuerte incertidumbre, temerosos de la llegada de López Obrador a la Presidencia. ¿A dónde puedo enviar mi dinero? ¿Nos vamos a convertir en Venezuela? Y más lo temía si López Obrador ganaba una mayoría en el Congreso como evidentemente sucedió (pero no la mayoría calificada como para reelegirse o cambiar la constitución).

    Pero, tras su triunfo, percibo un ambiente totalmente diferente: uno más bien parecido al triunfo de Vicente Fox que al de un candidato que, irremediablemente, nos conduciría al fracasado socialismo latinoamericano.

    Lo que percibo más bien es un ambiente donde incluso mucha gente que siempre guardó cierto escepticismo hacia López Obrador pareciera albergar cierto sentimiento de esperanza, como si quisiera sumarse al júbilo y al éxtasis de los seguidores de AMLO que tanto esperaron este momento. Al final, la llegada de AMLO representa una sacudida al sistema político (y, sobre todo, al régimen priísta), cualquiera que fuera la opción para sacudirlo (incluso si es el candidato por el que no se votó) era mejor a nada. Algunos tal vez perciban riesgos en AMLO pero no dan por canceladas las posibilidades de que sí lo puedan hacer bien.

    Incluso, dentro de la gente más escéptica, se puede percibir cierta tranquilidad. Están resignados, pero tampoco están tan alarmados como pensé que podrían estar. Veo, en realidad, pocas manifestaciones de resentimiento hacia la victoria de López Obrador: algo así como «no me gusta, pero la gente lo eligió y hay que respetarlo». Veo pocas manifestaciones de clasismo que antes me temía, pocas descalificaciones. A lo mucho dicen que «serán muy críticos con su gobierno». 

    Ciertamente influye el hecho de que la gente contraria a López Obrador no suela exhibir de forma tan explícita su indignación como lo hacen los seguidores del tabasqueño. Pero aún así, puedo decir que, al menos dentro de mis círculos compuestos por una mayoría panista y una minoría amloista (aunque esta no muy pequeña), el ambiente no es tan pesimista como el de 2012 cuando Peña Nieto llegó a la Presidencia. Dentro de la incertidumbre la palabra «cambio» no pierde su atractivo del todo, y el hecho de que se piense que se va a ver algo diferente a lo que vimos en el gobierno actual que tanto detesta genera cierta expectativa.

    Y López Obrador, de alguna u otra forma, ha alimentado esta expectativa con las decisiones y actitudes que ha tomado desde el día de la elección, donde se ha mostrado más conciliador, donde lo primero que hizo fue reunirse con aquellos sectores con quienes tenía una relación más áspera (como las élites empresariales) e incluso se reunió con Peña Nieto (algo inédito en la corta historia democrática de nuestro país). A algunas personas no les agrada la idea de que sus ideas más radicales eran más bien demagogia de campaña, pero a muchos otros les agrada mucho saber que estas no se convertirán en políticas públicas. 

    Lo mismo ocurre dentro de la comentocracia. Son pocas las voces que dicen «ya valimos madre» y muchas las que mantienen sí, una postura crítica, pero que buscan darle el beneficio de la duda al tabasqueño, como pensando en que sea como sea hubo un «cambio» y por medio de sus columnas u opiniones buscaran incidir para que este cambio se lleve de la mejor forma. 

    Ayuda también el hecho de que, con excepción de su renuencia a la creación de un fiscal autónomo, López Obrador esté tomando hasta el momento decisiones acertadas que reducen la incertidumbre que ha rodeado a su persona. Como un amigo decía, está tan lejos de Lenin y tan cerca de Lenin Moreno (el mandatario ecuatoriano de izquierdas que ha sido pragmático y se ha recorrido más al centro). Su futuro gobierno está mandando mensajes de que el suyo no sería un gobierno radical. 

    Es cierto que no podemos afirmar de forma categórica, por medio de estas señales, que AMLO gobernará de una u otra forma, eso solo lo sabremos cuando ya esté en Palacio Nacional y comience a tomar decisiones. Lo cierto es que no se respira ese ambiente tan pesimista dentro de quienes no votamos por López Obrador. Pero eso no implica que no tomemos una postura crítica ante las cosas que se hagan mal. Si AMLO no va a tener una gran oposición política ni en lo cuantitativo (tiene mayoría en las cámaras) ni en lo cualitativo (la oposición proviene de una clase política muy desgastada) sí será necesaria una ciudadanía que sí, reconozca sus aciertos, pero que también sea muy crítica de sus errores. 

  • El Mijis, las etiquetas y los prejuicios

    El Mijis, las etiquetas y los prejuicios

    El Mijis, las etiquetas y los prejuicios

    Las etiquetas (esas de las que tanto nos quejamos pero que tanto usamos) juegan un papel importante dentro de la psique humana ya que fungen como una suerte de atajos mentales que nos son útiles ya que la racionalización, si bien es mucho más precisa, suele ser más bien lenta y poco útil cuando se debe hacer un juicio o tomar una decisión donde el tiempo no es lo que sobra.

    Pongo un ejemplo: imagina que vas caminando por la calle en un barrio peligroso y, al frente de ti, caminan unos “cholos” que están tatuados, tienen aretes y camisas sin mangas que presumen unos músculos fornidos. Es imposible determinar si estos cholos en específico pueden representar un riesgo para tu integridad ya que no sabes si se dedican a proteger a su comunidad de delincuentes, o bien, ellos son delincuentes. Es imposible hacer un juicio específico de estos cholos porque no sabes quienes son, ni su historia de vida y saberlo te llevaría mucho más tiempo que el que necesites para tomar una decisión acertada. Aquí es cuando las generalizaciones o etiquetas funcionan: tú piensas que los cholos generalmente son personas violentas que ponen en riesgo tu integridad porque así lo has aprendido en tu cultura, por experiencia personal o por los medios de comunicación, y entonces decides cruzar la banqueta para no pasar donde ellos están. Aunque no puedes estar seguro si esas personas representan un riesgo en realidad, es evidente que la decisión mas sensata es evadirlos “por si llegaran a ser violentos”. Es una decisión que lleva muy pocos segundos y donde el inconsciente juega un papel muy importante (a veces al punto en que no siempre sabes a nivel consciente por qué tomaste esa decisión), por eso es que la reacción parece tener un carácter instintivo.

    Pero si bien las etiquetas suelen ser atajos mentales que en ciertas circunstancias nos pueden ayudar, también son proclives a contener prejuicios irracionales, algunos de los cuales pueden terminar afectando a terceras personas. Además, el ser humano es proclive a utilizar etiquetas llenas de prejuicios en entornos en los que sí puede ser capaz de emitir un juicio de una persona, idea o cosa mediante un proceso racional con base en los recursos que tiene a la mano. Las actitudes racistas, clasistas y xenofóbicas son claros ejemplos de como esas generalizaciones pueden llegar a mantenerse si no hay voluntad alguna por parte del individuo. Este es el caso de Pedro Carrizales “El Mijis”, el candidato a Diputado Local de MORENA que tanta polémica ha generado estos días.

    La reacción de muchas personas ante este candidato que estaba tatuado, y que se hacía acompañar de otras personas tatuadas, tuvo un alto contenido clasista y discriminatorio. Muchos se empezaron a burlar e incluso criticaron a su partido y a AMLO por permitir que se postulara a un candidato con este perfil. Pero en este caso, a diferencia del ejemplo que narré, quien hace el juicio tiene todo el tiempo y todos los recursos para poder hacer un juicio racional con base en los elementos que tiene a la mano. Basta utilizar algún motor de búsqueda o un portal de noticias para conocer la historia de esta persona y darse cuenta que aquello que para muchos es un defecto o motivo de discriminación es reflejo más bien de una virtud: un hombre que salió de graves problemas relacionados con el pandillerismo y que, a través de la política, pretende dar empleos a pandilleros para que se regeneren y se conviertan en hombres de bien. ¿Está «el Mijis» preparado para ser Diputado local? No lo sé, aunque el debate no giró en torno a su preparación, sino a su aspecto, que fue muy relacionado también con esta idea de la «amnistía a los delincuentes». 

    Las etiquetas nos ayudan cuando necesitamos tomar una decisión rápida, de vida o muerte, donde no nos podemos dar el lujo de utilizar la razón para emitir un juicio por falta de tiempo o recursos, pero es una irresponsabilidad recurrir a ellas por pereza o por la poca disposición a empatizar con las demás personas. Además, deberíamos revisar las etiquetas que utilizamos periódicamente ya que estas pueden contener prejuicios que no tienen relación alguna con la realidad: etiquetas como las de “los pobres son pobres porque quieren”, “todos los ricos son malos” y muchas otras que hemos aprendido dentro de nuestra cultura pero que no empatan con la realidad.

    Parte del combate a la discriminación está estrechamente relacionado con la deconstrucción de las narrativas que están contenidas dentro de estas etiquetas. No se debería pretender eliminarlas, sino apegarlas, en la medida de lo posible, a la realidad. Las etiquetas, en tanto que atajos mentales, suelen funcionar más bien de forma inconsciente, al punto en que algún sujeto puede emitir una opinión sobre algún tema de forma racional pero que se contradice con las etiquetas o prejuicios que operan al nivel del inconsciente. Cuando digo que debemos revisar nuestras etiquetas, eso implica que las traigamos al nivel de lo consciente para poder analizarlas y desmenuzarlas de tal forma que no se transformen en actos discriminatorios. Mientras no hagamos eso, nuestros prejuicios seguirán condicionando nuestro comportamiento y seguirán afectando a muchas personas que, sin haber hecho absolutamente nada, son discriminadas e incluso aisladas de la sociedad.

  • La actitud ejemplar de López Obrador y sus opositores

    La actitud ejemplar de López Obrador y sus opositores

    La actitud ejemplar de López Obrador y sus opositores

    La victoria de López Obrador se dio de una forma muy tersa y tranquila. José Antonio Meade ni siquiera se esperó al conteo rápido para, en una actitud democrática y ejemplar, reconocer el triunfo de López Obrador. Lo mismo ocurrió con Ricardo Anaya y El Bronco. Muchos líderes de diversos sectores sociales y empresariales (incluidos varios opositores) le desearon suerte y mostraron una actitud de cooperación. Pocos minutos después del cierre de las casillas ya todo se había acabado: la presidencia estaba definida. Por fin, a pesar de los cuestionamientos sobre el INE y el Tribunal Federal Electoral, habíamos tenido unas elecciones que no estuvieron plagadas de irregularidades, dudas o descalificaciones.

    Pero ese acto de institucionalidad no solo se vio en los candidatos opositores, sino en el propio Andrés Manuel. A pesar de que Meade y Anaya ya había reconocido su victoria, López Obrador se esperó al conteo rápido para salir y celebrar su victoria. López Obrador dio un discurso conciliatorio que buscó reducir la incertidumbre y sanar la natural oposición ocasionada por la campaña electoral. No sólo eso, dos días después se reunió con Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional para preparar la transición. Los primeros actos de López Obrador como virtual Presidente Electo estuvieron muy lejos del personaje rijoso que se le recuerda.

    Por su parte, el papel de la comentocracia y de diversos sectores que siempre habían guardado cierto escepticismo hacia López Obrador es uno que incluye la disposición a cooperar y donde legitiman al próximo Presidente de la República. Tan sólo los más rijosos y extremistas han mantenido una postura adversa hacia el candidato.

    Todas las partes han entendido que no es conveniente comenzar un mandato con resentimientos y sin puentes de diálogo. Si bien, no sabemos cómo será la relación entre AMLO y los demás sectores, es una muy buena noticia ver la postura que mantienen las diferentes partes en los primeros días de López Obrador como Presidente Electo. ¿Podrá mantenerse esta actitud conciliadora? ¿Habrá algún momento en el que comiencen las divisiones y las descalificaciones? No lo sé, pero lo cierto es que es más probable que no existan puentes de diálogo si desde un inicio no existen, lo cual no es el caso.

    Es completamente natural y entendible la incertidumbre que genera que algún presidente tenga “el carro completo” en las cámaras. Pero que ambas partes se reconozcan me parece muy sano con el fin de generar gobernabilidad. Es muy sano que AMLO se reúna con Peña Nieto, también que dialogue con el Consejo Coordinador Empresarial, o que la Coparmex afirme que será un aliado de AMLO para combatir la corrupción. Eso no implica que tengan que ser críticos o incluso funjan como férreos opositores cuando Andrés Manuel haga más las cosas, pero partir de tabla rasa, donde se dejen del lado rencillas y diferencias, me parece un acierto de ambas partes.

    El resultado puede no gustar y hasta preocupar a muchos. Pero al final, en una democracia lo que cuenta es la voluntad de los mexicanos que eligieron a López Obrador como su presidente. Esa es la realidad y, a partir de ahí, es que se debe trabajar, cada ciudadano, sector o político desde su trinchera, para sacar adelante a este país llamado México.

  • ¿Por qué ganó López Obrador? Primeras reflexiones

    ¿Por qué ganó López Obrador? Primeras reflexiones

    ¿Por qué ganó López Obrador?

    López Obrador será el próximo Presidente de la República, muy posiblemente gobernará la mayoría absoluta en las cámaras. 

    El triunfo del tabasqueño es algo histórico, inclusive lo es más que el triunfo de Vicente Fox en el año 2000. Vendrán muchos cambios (sean para bien o para mal) y estaremos viendo el fin de un modelo político y económico que ha prevalecido en nuestro país en las últimas décadas.

    Algunas personas casi ya lo dábamos por sentado desde algunos meses, era muy evidente que López Obrador ganaría si la oposición no lograba postular a un candidato antisistema que tuviera credibilidad. Era evidente porque, como lo dije de forma reiterada, el voto del hartazgo tiene un efecto multiplicador. Ni Anaya ni Meade entendieron el hartazgo de la gente, porque creyeron que ir a hacer campañas en escenarios cerrados y no con el pueblo era muy buena idea. 

    Muchos no lo vieron venir porque prefirieron recluirse en sus cámaras de eco, en sus burbujas, en ese México que solo existe en sus mentes. Creyeron que por medio de encuestas podían entender el clima ciudadano. Bajo este grave sesgo se plantearon las campañas electorales, el PRI comenzó con una actitud triunfalista, Anaya pensó que con discursos «tecnológicos e irruptores» se captaría el voto de los mexicanos ávidos de un cambio. No entendio, no entendieron, y lo dije en este espacio.

    López Obrador ganó merecidamente, él fue el único que entendió de que iba. Mientras Meade y Anaya estaban pálidos, López Obrador presumía una tez bronceada producto de sus mítines que fueron mayores en cantidad y menores en presupuesto. Debo reconocer la tenacidad de López Obrador quien recorrió dos veces todos los municipios del país durante 12 años. A pesar de las derrotas, el siguió, no se cayó, no se rindió, y logró llegar a la Presidencia. Es una ventaja, sí, pero de alguna forma merecida. Logró posicionar su mensaje, el cual se volvió imbatible. Hasta se dio lujo de caer en algunas contradicciones (la alianza con el PES, por un ejemplo) sin que eso le afectara en las intenciones de voto. Y mientras recorría todos los pueblos, el PRI y el PAN pensaron que bastaba con ofertas mediocres aderezadas con grandes estrategias de mercadotecnia para hacerle frente al vendaval en el que se convirtió MORENA.

    Si bien, la intención de voto hacia AMLO no fue tan ideológica como en otras ocasiones, su victoria se explica, en gran parte, a esas cosas que muchos mexicanos hemos ignorado por vivir en una burbuja y a las cuales se sumó el hartazgo generalizado hacia una clase política displicente, tan distante de los ciudadanos. López Obrador fue el único que supo o tuvo la voluntad política para hacer un diagnóstico medianamente acertado (independientemente de lo cuestionable que pueda ser el remedio). Por eso ganó y por paliza, por eso gobernará con mayoría. Porque trabajó durante años y se posicionó como el único candidato que representaba una esperanza ante el hartazgo, ante un país donde reina la injusticia.

    Si bien yo tengo serias diferencias con López Obrador, reducir su triunfo a «la ignorancia de población» o «las vísceras» es un error garrafal, además de que es una postura muy arrogante e irracional y que no permite hacer un diagnóstico certero sobre lo que ocurre en México. Ni siquiera creo que la votación a AMLO sea consecuencia de la ignorancia: votaciones irracionales o «ignorantes» pueden verse en ambos lados del espectro.

    Quienes detestan a López Obrador más bien deberían cuestionarse qué es lo que dejaron de hacer porque López Obrador es la manifestación y la consecuencia de los diversos problemas que arrastra nuestro país: un país con índices de corrupción excesivamente altos, un país con una profunda desigualdad y que no es producto del mérito sino de unas estructuras que no permite a los que están en la base de la pirámide ascender. Y si bien México no es un Estado fallido como algunos dicen, sí es un país con unas instituciones lo suficientemente débiles para que no cumplan con su función, para que quienes tienen más poder y recursos las puedan cooptar.

    Tal vez López Obrador sea una lección que nos merezcamos los mexicanos, una cachetada para que despertemos de nuestro letargo, de nuestra indiferencia. Mucha gente quiso un cambio y lo expresó en las urnas. Esa decisión se debe de acatar, se debe de respetar (lo que incluye respetar a quienes votaron distinto a nosotros, abstenerse de «culparlos» si AMLO gobernara mal o hacer juicios de valor). Nuestro papel debe de ser propositivo, debemos involucrarnos más como ciudadanos, debemos fungir como un contrapeso real en vez de esperar que el gobierno lo haga todo. 

    Algunos están llenos de algarabía, otros prevén una catástrofe. Yo me siento tranquilo, no es un resultado que me guste, pero es un resultado que asumo y que entiendo. Quiero felicitar desde aquí a Andrés Manuel López Obrador por su triunfo así como a sus seguidores, es un triunfo muy merecido. Yo y muchos otros seremos férreos críticos en aquellas cosas que no concordemos, pero también reconoceremos los aciertos que su presidencia tenga.

    Y a pesar de todo, me siento motivado, porque creo en el poder que los ciudadanos tenemos para transformar la realidad de nuestro país. 

  • Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    El día de mañana, primero de julio, los mexicanos saldremos a votar.

    Nos hemos preguntado todo, pero seguramente no nos hemos preguntado ¿qué es un voto?

    Cuantitativamente, un voto individual parecería tener poco valor. Este tiene el valor de uno entre poco más de 50 millones que van a salir a votar. 

    Para que una persona pueda estar segura de que su voto por sí mismo determinó el resultado de la elección, el resultado entre el candidato puntero y el segundo lugar tendría que ser de tan sólo un voto de diferencia. Pero aún así, los 50 millones de votantes podrán sentirse con el mismo derecho de decir que «ellos definieron la elección» ya que también el voto de cada uno de ellos vale uno. Los cincuenta millones podrían decir: «si hubiera votado de otra forma, el presidente sería otro». 

    Si al voto se le trata como «un voto individual», una persona podrá pensar que ni siquiera tiene caso irse a parar a la casilla porque su voto individual no va a definir la elección.

    Pero al final, lo que decide la elección es la suma de todos los votos. Es decir, el voto individual no define una elección, pero ese voto, sumado con todos los demás, sí la definen.

    Por esto es que el atractivo del voto reside en lo cualitativo, no en lo cuantitativo. El atractivo del voto reside en el voto mismo como expresión de un individuo que pertenece a una comunidad, y esa expresión está dada por sus valores, su forma de pensar y su visión del mundo.

    El elector no delibera su voto, como se piensa que debería ser, con base en una minuciosa comparación de las propuestas de los candidatos para determinar quién se desempeñaría de mejor forma. En realidad, el votante opta por una narrativa que vaya en consonancia con sus principios y valores. Las propuestas son parte de la narrativa, pero no son las propuestas por sí solas las que determinan el voto del elector sino lo que dicen en su conjunto y que se adhieren a la retórica del candidato y a su historial para formar dicha narrativa. El voto siempre tendrá un fuerte contenido emocional, no importa que el elector tenga mucha educación o no.

    El voto es una forma de proyectarse y reafirmarse a sí mismo en la boleta. Cuando el elector tacha uno de los recuadros, también está expresando quién es, qué piensa, qué le preocupa y qué no. Por eso es que es un sinsentido decir que los electores que van a votar por cierto candidato son ignorantes o «pendejos». En realidad, su orden de prioridades y su visión de las cosas difiere con el de los otros. Incluso muchos electores podrían optar por un autoritario o xenófobo no por ignorancia, sino porque comulgan con sus retorcidas ideas. Es cierto que hay gente que ejerce un voto más informado que otros, pero en la mayoría de los casos, la decisión tiene como fundamento las prioridades del individuo.

    Dicho esto, no podemos decir que el votante es completamente racional a la hora de elegir a su candidato. Y hasta cierto punto tiene sentido, porque en realidad es una tarea demasiado compleja determinar cómo es que va a gobernar x o y candidato. Son demasiadas las variables que están en juego como para tomar una decisión completamente racional. Las emociones y las generalizaciones funcionan entonces como una suerte de atajo para poder tomar una decisión: «López Obrador es igual a Chávez», «como es priísta, necesariamente nos va a robar». Es decir, el elector no sólo da prioridades a unas variables sobre otras (de acuerdo a su forma de pensar), sino que no las toma todas y las reduce de tal forma que tenga capacidad de interpretarlas. 

    Elecciones 2018, voto

    La sabiduría ciertamente permite tomar un abanico más amplio de variables o evaluarlas de mejor forma (diríamos que su voto tenderá a ser más razonado), pero esto no significa que el sabio termine por despojarse completamente del componente emocional, este sigue estando ahí muy presente. 

    El voto como expresión también explica por qué a una persona le puede molestar que otra vote por otro candidato. Hemos escuchado casos de familias que se han roto por esa razón, cosa que no puede explicarse desde el voto como algo cuantitativo, ya que el voto vale uno entre centenas de miles o millones. Pero sí que se puede explicar desde la perspectiva cualitativa:

    Cuando un individuo vota diferente a otro, tácitamente está expresando que tiene discrepancias ideológicas con el otro y que su escala de valores no es necesariamente igual. La intención de voto tiene un componente tribal: si bien los que simpatizan con el mismo candidato no tienen por qué pensar exactamente igual, sí tienen ciertos puntos en común que provoca que los votantes se aglutinen: los lopezobradoristas, los antiamlo, los priístas y un largo etcétera. Incluso en estos tiempos donde la carga ideológica de los partidos se ha comenzado a vaciar, los votantes siguen viendo a las opciones políticas como una forma de expresión. 

    Es, tal vez, en este sentido, que el voto tiene un valor. El votante no sólo elije individualmente a un candidato (o decide votar en contra de uno de ellos) sino que se expresa y se suma a aquellos que van a votar la misma opción y con quienes tiene varios valores o prioridades en común. Por esto es que las elecciones se suelen polarizar, porque es natural que los votantes terminen aglutinándose entre ellos y formando bandos. Termina siendo una cuestión de pertenencia. 

    En muchos de los casos (no en todos) cuando terminan las elecciones la polarización se reduce, sobre todo en aquellas personas que no son completamente incondicionales hacia alguna opción o candidato, ya que, por más incondicionales sean, son más los valores y las prioridades que tienen en común con sus pares, lo que hace que su sector se fortalezca. Los votantes blandos también forman facciones, pero estas no están lo suficientemente cohesionadas como para que sobrevivan al final de la elección. Ellos posiblemente se terminen olvidando del tema y regresen a su vida cotidiana. 

    Al final, lo que quiere el elector es un mandatario que represente de mejor forma sus valores y su visión del mundo. La narrativa tiene, por tanto, un mayor impacto en el elector que el desglose de las propuestas, ya que esto último termina siendo algo demasiado técnico y hasta «aburrido». Las propuestas funcionan en tanto puedan empatar con una narrativa con la que los electores se identifican. 

    Por eso es que, a pesar de que el voto vale solo un voto, importa tanto. El elector no sólo va a las urnas a elegir, sino a expresarse.