Autor: Cerebro

  • ¿Qué es ser un buen opositor?

    ¿Qué es ser un buen opositor?

    ¿Qué implica ser oposición? ¿Qué es lo que hace que yo me defina como opositor de un gobierno? ¿Qué es lo que haría que yo fuera un simpatizante o no de éste?

    Todos se dicen opositores, pero me temo que es un poco más complicado definir este término de lo que uno podría pensar. Incluso no descartaría la posibilidad de replantear el uso del término y la forma en que lo utilizamos para definirnos.

    En una definición apresurada alguien podría decir que ser oposición implica, como el término lo sugiere, oponerse a una entidad, en este caso a un gobierno. Si AMLO está gobernando el país, yo como opositor me opondría a él y a su gobierno.

    Pero si tomáramos esta definición de forma literal, estaría siendo irresponsable. ¿Por qué? Porque qué pasaría si AMLO toma una decisión que creo acertada. Si me tengo que oponer a AMLO, entonces implicaría que me tendría que oponer también a sus aciertos. Ser oposición en ese sentido implicaría ser un fanático porque entonces oponerme sería llevarle la contra a todo lo que una figura haga. Y cuando se trata de gobiernos lo que una persona sensata esperaría es que el político gobierne con base en lo que creemos mejor para el país.

    Y como hasta el político más desgraciado puede llegar a tomar una buena decisión alguna vez, entonces es casi imposible que se de el caso que estemos en contra de absolutamente todo lo que haga algún político si lo evaluamos de acuerdo con lo que creemos que es mejor para el país y para la sociedad.

    Para estar totalmente en contra de todas las acciones de un político por lo que su figura representa se necesita cierto grado de cinismo o de supeditar el bien común a las simpatías políticas o a algún capricho.

    Entonces tendríamos que desligar el término opositor de esa definición apresurada, ya que seríamos irresponsables si fueramos opositores de esa forma.

    Otra definición, más sensata, es decirse opositor de una figura con la que se está de acuerdo la mayoría de las veces o con quien no se comparte su proyecto o sus ideales. Es más sensata porque, en este caso, hay cierta flexibilidad para aceptar y reconocer los aciertos del político, al menos desde la percepción subjetiva del individuo. Si el político en cuestión cambiara su programa y empezara a tomar decisiones muy diferentes, es posible que el opositor llegue a la conclusión de que ya no hay elementos para seguir siéndolo.

    El primer opositor toma una postura a priori con respecto del político con base en lo que representa para él: he decidido que tal político me cae mal porque es de tal corriente política, o simplemente porque su cara no me gusta, entonces me voy a oponer a todo lo que haga. Incluso si hace cosas bien, voy a buscar pretextos para demeritar su trabajo.

    El segundo opositor, más responsable, toma una postura a posteriori. Es decir, primero evalúa las acciones del político y con base en ellas se determina si es opositor (es decir, que se oponga la mayoría de las veces) o no. Él no juzga por ser opositor, él juzga y, como consecuencia de ese juicio, decide si es opositor o no. Es cierto que puede darse una idea del político a priori antes de que llegue al poder y tome cierta postura o guarde cierto escepticismo. rechazo o temor, por lo que el político le transmite, porque su postura política es distinta o por sus declaraciones, pero no toma una postura opositora de forma tan categórica y definitiva, sino que espera a ver si las acciones que tome el político confirma la idea que tenía sobre él y es capaz de evaluar las acciones por sí mismas y no por medio de una falacia ad hominem.

    El problema en México es que tenemos muchos opositores del primer tipo y pocos del segundo. No importa si se trate de López Obrador o de Enrique Peña Nieto.

    Los opositores del primer tipo no pueden priorizar el bien común por obvias razones. Ellos incluso esperan, tal vez de forma inconsciente, que el político fracase para confirmar su postura. Eso explica por qué ante cualquier acción de AMLO (aunque no tenga relación alguna) algunos digan «así empezó Chávez ¡aguas!» y empleen silogismos abductivos para forzar la realidad de tal forma que su postura se vea confirmada. Estos opositores no investigan, no indagan y no se cuestionan nada. Menos profundizan, lo que provoca que ni siquiera pongan atención a aquellas cosas criticables por concentrarse en superficialidades a las cuales atienden para confirmar su postura.

    A los políticos incluso les conviene tener una oposición del primer tipo (aunque sean opositores suyos). Aunque suene paradójico, son más fáciles de engañar. Se les puede distraer con nimiedades. Se puede hacer una declaración polémica para mantenerlos distraídos e indignados de tal forma que no pongan atención aquello que sí debería ser más polémico.

    Tal vez por eso AMLO puede sentirse tranquilo. Porque mientras sus opositores sigan diciendo «está tonto y está loco» o «es ignorante» o «es como Chávez», o «él estuvo detrás de la muerte de Érika Alonso y Moreno Valle» no tiene que preocuparse tanto por aquello que sí debería importar.

  • El problema con el libertarismo

    El problema con el libertarismo

    Basta pasearse un poco por las redes para darse cuenta que existen grupos de jóvenes que dicen defender las ideas libertarias. Creen haber encontrado una oportunidad ante la llegada de un gobierno de izquierda con el cual se confrontarán (y más aún si este gobierno comienza a tomar malas decisiones económicas). Varios de ellos, paradójicamente, comenzaron a desarrollar sus movimientos políticos dentro de universidades públicas, como el caso del Puma Capitalista.

    Ellos buscan mostrarse como una alternativa ante los crecientes populismos que emergen tanto de la derecha como desde la izquierda. Aunque siendo honestos, la mayoría están contentos con el ascenso de Bolsonaro al poder.

    El libertarianismo básicamente dice buscar la libertad individual y acabar con cualquier forma de coacción en contra del individuo (aquello que Isaiah Berlin llamaba la libertad negativa), estado al cual sólo se puede llegar a través de un Estado mínimo que prácticamente no intervenga en la economía y no estorbe. Así, dicen, el individuo podrá llevar a cabo su vida libremente: desde un religioso que tendría el derecho de educar a su familia con sus creencias hasta un libertino que tendría derecho a drogarse o a ser promiscuo. El gobierno no puede aspirar a redistribuir la riqueza ni a intervenir de ninguna forma ante alguna falla del mercado (que para ellos son virtualmente inexistentes). Aspiran a que el gobierno cobre el mínimo de impuestos (si no es que ninguno) y que solo vele por la libertad negativa del individuo. Dicen inspirarese en Friedman, Hayek, Ayn Rand, Karl Popper o los filósofos John Locke o Adam Smith.

    El libertarismo no es necesariamente lo mismo que el liberalismo económico (ni en la definición de liberal fuera de Estados Unidos). De hecho va más allá. Aunque se diga que la economía de las últimas décadas ha sido muy liberal (o neoliberal), la realidad es que las economías no terminan de negar cierto papel del Estado. Los libertarios quieren ir más allá, casi al punto de coquetear un poco con el anarquismo.

    El problema con el libertarismo es que quienes abanderan esta causa se presentan como personas que no siguen un dogma o una ideología, creen que defienden algo que le es natural al ser humano: que el mercado sea absolutamente libre, que el Estado sea absolutamente mínimo. Ni siquiera yo, que estoy a favor de una economía de mercado (aunque no a esos extremos), puedo afirmar que sea algo «natural». Cuando mucho se puede decir que tiene cierto grado de eficiencia, e incluso éste tiene que tener cierta flexibilidad y es necesario que el gobierno juegue un papel para que el propio libre mercado funcione, como ocurre en todos los países desarrollados.

    El ser humano y todo lo que se refiere a él (civilización, cultura, e incluso su propio organismo) es muy complejo, por lo tanto, todo aquél que deseé abordar cualquiera de esas vertientes tiene que partir desde esa complejidad. Eso significa que los esquemas bajo los cuales deba operar deben tener cierta flexibilidad, ya que basta un pequeño cambio en el entorno para que, aquella cosa que funcionaba, ya no funcione. El Consenso de Washington es un ejemplo de ello, una misma receta económica tuvo efectos disímiles en los distintos países en los que se aplicó ya que dichos países vivían realidades distintas.

    Los libertarios ignoran esta complejidad y creen que pueden operar el mundo desde creencias y propuestas rígidas que se vuelven tan predecibles. No se equivocan cuando dicen que una intervención excesiva del Estado en la economía trae consecuencias nefastas ni cuando critican a los gobiernos intervencionistas como los de Argentina y Venezuela (amén de toda la experiencia y literatura que hay el respecto). Ciertamente, el Estado no debe ser excesivamente grande, pero se les olvida una cosa muy importante: «la eficiencia». Un Estado puede ser más eficaz que otro: no solo importa el tamaño, importa la eficiencia, y tal vez más. Brasil y Alemania tienen gobiernos más «grandes», los de México y Corea son más «pequeños», y Alemania se sigue pareciendo más a Corea en Desarrollo y México a Brasil. Por eso digo que se equivocan al afirmar que hay una correlación directa entre Estado mínimo y desarrollo. En muchos casos es la eficiencia y no el tamaño del Estado la que explica la diferencia de desarrollo entre varios países.

    Los libertarios comparten con los jóvenes izquierdistas llenos de idealismo esa ingenuidad que los caracteriza; pero, a diferencia de ellos, presumen tener las credenciales necesarias en economía (independientemente de que hayan estudiado eso o no), se presentan como seres racionales y pragmáticos que se basan en la evidencia empírica (se dicen muy cercanos al racionalismo de Popper, al menos en teoría). Quienes tienen diferencias con ellos ya son socialistas o casi marxistas, les es más fácil crear un hombre de paja que confrontar sus ideas.

    Pero eso es solo una fachada con la cual a veces llegan a engañarse incluso ellos mismos. El contenido ideológico, como cualquier individuo que se aferra a una doctrina, es alto, y el sesgo, que incluso puede afectar a su profesión, también. Suelen hacer interpretaciones convenientes, al cabo ahí siempre va a estar el Estado (como entidad convertida en hombre de paja) para acusarlo de todos los males. No importa si la crisis ocurra en un Estado intervencionista o en una nación sumamente capitalista.

    Pero el mundo es mucho más complejo. Si, como ellos dicen, bastara abrir los mercados, desregular todo y quitar cualquier papel al gobierno que vaya más allá de la seguridad, eso ya hubiera ocurrido y muchos de las naciones ya serían libertarias. La realidad es que el Estado, con todos sus defectos, siempre será un mal necesario en tanto el ser humano no encuentre otra forma de organización más avanzada y sofisticada, la cual posiblemente tenga poco que ver con los esquemas libertarios.

  • ¿Es nuestra generación más ignorante?

    ¿Es nuestra generación más ignorante?

    Hay una frasecita que se pronuncia muy comúnmente, una que dice que «cada vez somos más ignorantes».

    Esta frase la he escuchado tanto de algunos conservadores como de algunos izquierdistas. Si en algo coinciden ambos es que existe, de una u otra forma, una estrategia para mantener a la población cada vez más idiotizada porque así es más fácil controlarla.

    Tanto el izquierdista como el conservador acusan a la frivolidad de los medios de comunicación, a la manipulación de la publicidad, de las campañas políticas e incluso de las políticas educativas que en los países no desarrollados evidentemente están muy por debajo de lo que esperaríamos. Todas estas cuestiones existen, pero lo dicen como asumiendo que antes no se manipulaba y que la frivolidad no existía.

    Ambos idealizan al pasado, creen que las generaciones anteriores eran más cultas, más inteligentes y más leídas. No sé, yo tengo muchísimas dudas sobre esta tesis y creo que esa percepción en muchos casos es producto de cierta nostalgia. Las generaciones pasadas se enclavaban dentro de grandes narrativas desde las cuales percibían el mundo: ya sea el cristianismo, el liberalismo, el marxismo. Ante el fin de las grandes narrativas y en una sociedad más líquida, por llamarla de alguna forma (característica de nuestra era posmoderna), la gente no se ata tanto a estas narrativas sino que busca interpretar el mundo por sí misma.

    Evidentemente esto trae problemas, ya que en muchos casos el individuo no tiene una hoja de ruta desde donde partir (cosa que sí otorga una narrativa que interpreta de forma simplificada lo compleja que es nuestra especie y todo el mundo que nos rodea), pero ello no es necesariamente una manifestación de una sociedad cada vez más ignorante. Si bien, podría argumentar que en estos casos el individuo tiene más problemas para adquirir e interpretar información de forma más ordenada, también podría decir que, en algunos casos, el rompimiento con esas grandes narrativas tiene que ver con la curiosidad de ver qué hay más allá de esos esquemas preestablecidos y la asimilación de que vivimos en un mundo tan complejo que no se puede enclavar en una sola gran narrativa que por sí sola nos dé todas las respuestas (aunque creo que esta posmodernidad se caracteriza también por nuestra inmadurez para poder manejar dicha complejidad y en ese intento varios terminan sucumbiendo ante interpretaciones reduccionistas).

    Tal vez sea esa nostalgia donde el individuo podía contar con una formación con base en información concisa (aunque con un acceso más limitado al conocimiento) y apegada a una doctrina (ya sea cristiana, liberal, marxista) que una donde hay más acceso a información valiosa pero que se encuentra entremezclada con aquella otra que es confusa y vacía. Para efectos prácticos, en ambos casos siempre tuvimos una minoría culta y leída, y una mayoría que no lo era. Tomemos la religión como ejemplo: siempre existió una minoría culta que sabía cuestiones teológicas, leía a Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, y otra a la que le enseñaban la religión de una forma muy básica e incluso algo supersticiosa. De igual forma ahora tenemos una minoría culta que lee mucho, que sabe discernir los contenidos que ve en las redes y sabe cómo llegar a la información que vale la pena, y otra que no sabe hacerlo y termina compartiendo esas notas que dicen «si eres flojo, eres inteligente según la ciencia» sin cuestionarse su veracidad.

    Seguramente me dirán: «pero mira las fake-news«, «la posverdad que aqueja a nuestros tiempos enclavados en la posmodernidad». Pero si uno pone atención a la historia, se dará cuenta que estos vicios, por más sofisticados suenen los términos con los que se les relacionan, no son nada nuevos. Los políticos siempre han mentido, los medios también, los relatos dentro de la Guerra Fría eran una suerte de fake news reforzadas por los medios tanto en Occidente como en la URSS. Antes no existía información falsa en Internet porque Internet no existía, pero existía la televisión que desde los noticieros hasta los infomerciales uno encontraba contenidos completamente engañosos.

    Es prácticamente imposible medir de forma metodológica si una generación es más ignorante que otra y tal vez nos tengamos que conformar con informes muy parciales o incluso las muy limitadas y engañosas percepciones. Pero, a mi parecer, no hay argumentos de peso para determinar que las generaciones de antes eran más cultas. Tal vez pueda partir de los niveles de escolaridad y alfabetización, o los resultados de pruebas estandarizadas que me darían una respuesta que no alcanza a responder una pregunta que trasciende todos estos indicadores, pero que dentro de sus evidentes limitaciones sugieren que la sociedad actual tiene más conocimientos y preparación que las generaciones anteriores.

    Las percepciones pueden ser engañosas y son muy subjetivas. Es evidente que dentro de la sociedad hay mucha ignorancia, y por más se cultive una persona, esta le parecerá aún más evidente. Pero la ignorancia nos ha acompañado a lo largo de la historia de nuestra especie, incluso hasta hace poco ésta consistía en el analfabetismo de un sector importante de la población y que siempre será peor al llamado analfabetismo funcional (aquellos que saben leer y escribir pero son incapaces de interpretar bien aquello que leen). Hoy un índice de analfabetismo de más de un dígito es imperdonable.

    Dudo mucho, con todos los problemas que nuestra sociedad pueda tener, que nuestra generación sea más ignorante que la de antaño. Los libros se siguen leyendo (incluso esos libros pesados de filosofía), la gente sigue debatiendo, en algunas ocasiones con un alto nivel, sobre cuestiones sociales, políticas e ideológicas. Y si bien es una minoría, siempre lo ha sido.

    Ojalá nuestra sociedad fuera más culta, pero estoy seguro de que, aún así, estaríamos quejándonos, ya que el estándar de lo que «ya no es ignorante» suele ser relativo a través del tiempo.

  • 2018 ¿para qué sirve un año?

    2018 ¿para qué sirve un año?

    — Gracias 2018 por todo.

    — Mira mamá, un loquito le está hablando a una cifra numérica y hasta gracias le está dando.

    Siempre que se termina un año me pregunto por qué le damos gracias, como si dicho año fuera una entidad que goza de conciencia, cuando en realidad es una construcción temporal con base en la traslación de la tierra con relación al Sol.

    Pero tiene algo de sentido si tomamos en cuenta que sirve como una medida para subdividir el tiempo de tal forma que le podamos dar una dimensión a los distintos lapsos y compararlos. Los 365 días del año son suficientes pero no demasiados como para poder tomar un año en cuestión y darle un significado no solo personal, sino también social y político. Lo simbólico es importante y nos gusta dotar a los años de simbolismos.

    Suena raro decir «gracias 2018». Decimos que en el 2018 nos fue bien, que al país le fue bien o mal, que este año se caracterizó por x o y cuestiones, que en este año nos casamos o nos despidieron del trabajo, que en este año murieron muchas celebridades, que fue cuando el equipo de fútbol ganó el campeonato o cuando se desató la crisis económica.

    Suena raro decir «gracias 2018» porque el 2018 no es nadie, sino un lapso en el cual ocurren diversos acontecimientos. Ocurre que cuando el balance el positivo decimos que tuvimos un buen año, pero ese año no existe de forma independiente de nuestra mente, sino que es una construcción intersubjetiva (que existe gracias a que varias personas lo piensan), construida tomando como referencia un hecho objetivo (la traslación de la tierra) que nos ayuda a organizarnos de mejor forma. Aunque un año no tenga sustancia y no sea una entidad, organizamos toda nuestra vida en torno a éste. En diciembre es común que la carga de trabajo se relaje en varios sectores y en enero es común que se comience a planificar el siguiente año. Nuestra vida y nuestra percepción del mundo gira mucho en torno a los años que nos ayudan darle cierta dimensión.

    Suena raro decir «gracias 2018, me enseñaste mucho», ya que un año, al no ser un entidad, sino una construcción temporal intersubjetiva, no tiene la capacidad de enseñar nada. Pero hace sentido porque los eventos (positivos o negativos) que ocurrieron en dicho lapso sí nos enseñaron y nos hicieron madurar y crecer. Gracias a la división del tiempo en años, podemos tener referencia sobre cuándo fue que aprendimos qué cosa, de tal forma que así podemos organizar de mejor forma nuestra vida, como si se tratara de un librero o un diario al que podemos recurrir a la hora de referirnos a ciertos eventos. Podemos, por ejemplo, recordar que el año pasado nos fue bien, el antepasado mal, y sacar conclusiones producto de dichas relaciones para tomar mejores decisiones en el futuro.

    Suena raro decir «gracias 2018», racionalmente puede no tener sentido, pero en lo simbólico sí que lo tiene.

    Y a nuestra especie le encanta los simbolismos. Le ha dado sentido a su vida a través de ellos: ha creado religiones, ha construido imperios a partir de lo simbólico.

    Ahora llega un 2019 al cual vemos como una tabula rasa; pero que en realidad no lo es, ya que, a pesar de ser un año nuevo, lo que va a ocurrir ahí está necesariamente condicionado por todo lo que ha ocurrido en años anteriores. No es, como se dice, un borrón y cuenta nueva, ya que habrá que asumir los efectos de las causas acontecidas en el 2018 (el pagar una membresía en el gimnasio por todo lo que comiste en Navidad es un gran ejemplo de ello). Pero sin duda la capacidad para hacer del 2019 un año diferente al 2018 existe.

    Y no me queda más que decir ¡feliz año nuevo!

  • Se convirtieron en lo que tanto criticaron

    Se convirtieron en lo que tanto criticaron

    Y de pronto nos dimos cuenta que no eran solo los lopezobradoristas.

    Y también nos dimos cuenta que también eran los otros.

    Me explico. Tenemos una costumbre de crear estereotipos (incluso hombres de paja) de los distintos sectores sociales de tal forma que dejamos de poner atención a nuestro propio comportamiento: Mira, es que los «chairos» son de esta forma, inventan teorías de la conspiración, hacen esto o aquello.

    Y entiendo que era difícil para muchos darse cuenta de la contradicción. Los izquierdistas nunca habían estado en el poder, eran antisistema, no eran sistema. Bastaba que se cambiaran los papeles para que la realidad saliera a flote.

    Pero es muy curioso cómo al tiempo que cambia el gobierno, los roles se invierten para que, de alguna u otra manera, quienes tienen una postura adopten las conductas de sus contrincantes: esas conductas de las que tanto criticaban y renegaban.

    Y es más curioso aún que los unos vociferen tanto sobre la contradicción de los otros que no se paran a ver que la suya es igualmente evidente.

    Descubrimos que muchas de las conductas no eran tanto particularidades de un colectivo, sino del universo, del conjunto de la sociedad mexicana. Particularidades que no son producto de sus posturas políticas, sino más bien un conjunto de comportamientos más bien universales que más bien se manifiestan con base en la relación de su postura política con el poder. Así, los lopezobradoristas, al llegar al poder, adoptan muchos de los comportamientos de los antilopezobradoristas y viceversa.

    Ciertamente, me podrán argumentar que ese culto a la personalidad a su líder es muy característico de varios de los izquierdistas. Pero, en todo caso, más bien tendríamos que esperar a que un líder similar surja desde la derecha. Un demagogo que prometa mano dura contra el crimen y denuncie el «socialismo que nos va a llevar hacia la catástrofe».

    Hasta hace poco nos dimos que esas peculiaridades también se manifiestan en la otra facción: ahí están los antilopezobradoristas tejiendo teorías de la conspiración en torno al lamentable fallecimiento de Moreno Valle y Martha Érika Alonso en un helicóptero. Ahí tenemos a los lopezobradoristas descalificando marchas de los «antis«, algunos de los cuales hasta hace poco pedían que se regularan.

    Tenemos también a los lopezobradoristas pidiendo no politizar cosas que politizaron cuando fueron oposición. Los antilopezobradoristas que decían que había que dejar de criticar al presidente y ponerse a trabajar son los que ahora suben memes y memes de López Obrador.

    Y en vez de percatarse de su propia paradoja, solo se la pasan señalando las incongruencias del otro.

    Así el nivel de debate político en nuestro país.

  • Una muerte lamentable, el sospechosismo y un silogismo abductivo

    Una muerte lamentable, el sospechosismo y un silogismo abductivo

    La abducción es un silogismo que ofrece, como conclusión y a partir de sus premisas, una hipótesis. A diferencia de la deducción, este silogismo no es lógicamente válido en tanto no exista una ratificación empírica.

    Por ejemplo:

    -Todos los lápices de la bolsa X son negros
    -Estos lápices son negros
    -Por lo tanto, estos lápices proceden de la bolsa X

    Si se fijan, en este razonamiento abductivo no se puede inferir de forma categórica su conclusión a partir de sus premisas. El hecho de que los lápices de la bolsa X sean negros no implica que todos los lápices negros sean de la bolsa X.

    Ahora hagamos otro ejercicio:

    -En la guerra sucia de los años 70, los gobiernos del PRI desaparecían a los guerrilleros y activistas sociales de izquierda
    -Los estudiantes de Ayotzinapa desaparecieron
    -El gobierno de Peña (del PRI) los desapareció.

    Otro más:

    -El triunfo de Martha Érika Alonso afecta los intereses de MORENA ya que Puebla se convertiría en un estado opositor.
    -Martha Érika Alonso y su esposo Moreno Valle, quienes afectaron los intereses de MORENA, fallecieron al desplomarse un helicóptero.
    -El gobierno de AMLO fue responsable de su fallecimiento

    ¿En qué coinciden todos estos silogismos abductivos? En que las conclusiones no pueden ser lógicamente válidas en tanto no se comprueben de forma empírica. Si bien los silogismos abductivos pueden ser útiles para buscar hipótesis novedosas (por lo cual varias ramas de la ciencia que se utilizan para establecer conjeturas a partir de las cuales se hará una posterior investigación empírica) no se puede derivar de ellas una afirmación categórica porque entonces no sería válida. Los teóricos de la conspiración como los terraplanistas utilizan este tipo de razonamiento para construir sus teorías (evidentemente, para hacer juicios categóricos a partir de este silogismo, pero sin una búsqueda de evidencia empírica posterior).

    Entonces ¿por qué deberíamos de dar un trato diferente a las conjeturas que muchos hacen (incluidos uno que otro malo periodista) y que toman por verdades categóricas?

    Y si alguien cuestiona su afirmación categórica a partir de dicho silogismo abductivo, entonces utilizan otro silogismo abductivo: «Oye, Álvaro, es que aunque me digas que fuera un suicidio político o un riesgo innecesario para AMLO, recuerda que AMLO tomó decisiones irracionales como el aeropuerto: está loco y está tonto»:

    -Cancelar el aeropuerto de Texcoco es irracional
    -Que AMLO estuviera involucrado en el desplome del helicóptero sería un acto irracional
    -Por lo tanto, AMLO está involucrado en el desplome del helicóptero

    ¿Qué pasó entonces? ¿Estoy seguro que fue un accidente? ¿Puedo afirmar de forma categórica que fue un atentado?

    Lo más que puedo hacer son conjeturas, y no puedo hacer una afirmación categórica a partir de ellas. Siempre existirán posibilidades de que esté equivocado.

    Por más grosero que pueda escucharse, existe la posibilidad de que haya sido un mero accidente. Las coincidencias existen. Puedo incluso hacer silogismos como éste para establecer la hipótesis del accidente a partir del hecho de que no son raros los accidentes aéreos en helicópteros o aviones pequeños.

    -Los accidentes aéreos en helicópteros o aviones son algo comunes
    -Martha Érika Alonso y su esposo Moreno Valle, quienes afectaron los intereses de MORENA, fallecieron al desplomarse un helicóptero.
    -Por lo tanto, fue un accidente

    No se puede descartar la posibilidad de un atentado, ya que no tenemos información o elementos para hacer afirmaciones categóricas. Esto es, no tenemos evidencia empírica sobre lo ocurrido. Y en tanto no la tengamos, es irresponsable pasar una conjetura por afirmación categórica. Incluso es irresponsable hacer sugerencias apuntando y acusando a ciertos actores políticos con base en conjeturas y pidiendo que prueben su inocencia ante una acusación que parte de una hipótesis (es la presunción de inocencia, amiguito). Esto es algo que los periodistas deben saber y acatar, de lo contrario estarían faltando a su ética periodística. Los de a pie pueden hacer conjeturas, pero deben saber que sus afirmaciones no pueden pasar de ser una mera hipótesis que puede ser falsa.

    A mí me parece, por ejemplo, muy difícil que el Gobierno Federal tuviera algo que ver, sería un pésimo cálculo político donde el riesgo es mucho más alto que el beneficio (vaya, que una entidad federativa sea oposición o no no hace mucha diferencia). Podría sospechar un poco más de Barbosa, o tal vez de algún cercano, o del narcotráfico, pero igualmente, no hay elementos suficientes para acusarlo a él. No descarto que haya sido un atentado, pero no es poco probable tampoco que haya sido un accidente.

    Lo que sí sería responsable es solicitar una investigación imparcial de lo ocurrido de tal forma de que podamos obtener información empírica a partir de la cual podamos hacer racionamientos deductivos (que sí son lógicamente válidos).

    Entiendo el sospechosismo, y de alguna forma es natural en un país donde los abusos del poder público y la poca transparencia han sido una constante en la historia de este país. Pero siento decirles que sus argumentos no pueden pasar de ser meras conjeturas, las cuales muchas veces están muy afectadas por las simpatías y fobias políticas.

    Y siento decirles que, en caso de que sí sea un atentado, lo más probable es que no sepas quienes fueron los responsables (ya fuera el Gobierno Federal, Miguel Barbosa o el narco, como muchas de las conjeturas de los tuiteros apuntan) por diversas razones. Y es posible, que, aunque el gobierno muestre pruebas contundentes, las desestimes.

    Dicho esto, lo más probable es que te quedes con la duda.

    Vaya lío, pero así es.

    Lamento el deceso de Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle. Antes que políticos, eran seres humanos. Que descansen en paz.

  • Navidad

    Navidad

    Muchas cosas han cambiado desde mi niñez hasta la actualidad con respecto a la Navidad, las posadas y todos los festejos que todos ellos implican.

    Evidentemente se aborda desde una forma muy distinta debido a la edad. Cuando uno es niño, la Navidad es un concepto mágico, ya no solo por lo religioso, sino por toda la publicidad y el consumismo que siempre ha girado en torno a ella. El saber que la fecha de Navidad se acercaba era algo que muchos tomábamos con mucha expectativa y algarabía: vacaciones, regalos, el bajar el 25 de diciembre en la mañana a la sala para ver los regalos que el «Niño Dios» nos había traído (ese Niño Dios que causalmente escuchabas bajar desde la habitación de tus papás hasta tu sala y que su forma de pisar era exactamente igual a la de tu papá)..

    Esa magia ya no ocurre, al menos no con esa intensidad, pero tampoco es como que se haya convertido en algo irrelevante, para nada. La Navidad ha dado paso a una suerte de convención que sirve para reforzar los lazos sociales, para volver a ver a tu familia extensa, para salir con tus amigos y ver a la gente que estimas. Es básicamente una suerte de: se está acabando el año y hay que recordar quienes se encuentran cerca de nosotros.

    El simbolismo religioso se encuentra ya casi ausente de la celebración (por eso, no importa tu credo si de posadas se trata, sino de pasártela bien), sobre todo dentro de los jóvenes (y no tan jóvenes) y las familias no tan tradicionales. Las posadas, en la mayoría de los casos, no son otra cosa que juntarse con los amigos o colegas a beber o comer, Si alguna reminiscencia de la tradición queda, esta suele verse reflejada en las piñatas, que de vez en cuando siguen rompiéndose. Lo tradicional y lo religioso queda relegado a un segundo plano, como si los adornos fueran meros expectadores, pero el acontecimiento sigue siendo importante para nosotros: desde un punto de vista social y fraterno.

    Pero todos estos cambios, que tienen que ver mucho con la edad, están entremezclados con varios cambios sociales que no podemos ignorar, que van desde la progresiva secularización de la sociedad, hasta diversos cambios sociales y económicos que han afectado, tanto de forma positiva como negativa, al tejido social.

    Por ejemplo, dentro de mi familia extensa, la nochebuena siempre se ha celebrado. Pero hasta antes de 1994, todos los tíos te daban un regalo: uno te daba una pista de carreras, otro te daba ropa u otro tipo de juguetes. Después de que estalló la crisis, esa tradición llegó a su fin y todo se redujo a un intercambio donde un tío te daba algo. Ya después se volvió algo voluntario. Algún tío te regala un libro, o lleva dulces para todos (como para recordarte que necesitas dinero de sobra para volver a pagar el gimnasio en enero).

    También, las familias cambian, cada vez son menos numerosas, debido a lo cual, a pesar de tener varios primos casados, la tradición de la familia extensa se ha mantenido, porque no ha podido ser reemplazada del todo cuando los tíos son dos o tres y no ocho o diez.

    La Navidad ha sido un testigo mudo de las transformaciones individuales y sociales. A pesar de todo, a pesar de la disminución del simbolismo religioso, es un festejo que está muy lejos de morir. Simplemente, la hemos llevado a otro plano.

  • México no tiene por qué estar unido siempre

    México no tiene por qué estar unido siempre

    Hay quien dice ¡Qué hipócrita la sociedad mexicana, muy unida en el terremoto, pero dividida en la política!

    Ese comentario peca, cuando menos, de una profunda ingenuidad.

    En realidad no existe contradicción alguna. ¿Por qué? Porque la sociedad, para que funcione, no tiene por qué estar de acuerdo en todo, sino solamente en algunas cosas.

    Cuando hay un terremoto, es una obviedad que la gran mayoría de las personas desea que el sufrimiento sea el menor posible. La gente se une porque tiene un objetivo en común: ayudar al prójimo.

    En la política el contexto es muy distinto. Si bien, puede existir alguna suerte de objetivo común que es que a este país le vaya mejor, las discrepancias inician con la forma en que se puede lograr dicho objetivo, el concepto de «un México mejor» puede ser diferente entre la población y dicho concepto difiere producto de las experiencias de vida de cada persona, la educación que recibió e incluso su temperamento: algunos pueden apuntar al desarrollo tecnológico, otros a una mayor igualdad.

    ¿Qué implicaría que no hubiera divisiones o discrepancias cuando hablamos de política o de corrientes de pensamiento? Que todo mundo piense igual, que absolutamente todos sean de «derecha» o de «izquierda» y eso es completamente imposible porque los seres humanos no somos una copia exacta de los otros. Los nazis y los soviéticos son los que más se atrevieron a luchar por esa homogeneidad de pensamiento y ya conocemos las desastrosas consecuencias. Asumir que siempre tenemos que estar unidos significa supeditar nuestra individualidad al colectivo en absolutamente todos los casos.

    La realidad es que, aunque los mexicanos tengamos muchas coincidencias, también tenemos muchas diferencias, las cuales se ven reflejadas en discusiones, conflictos y debates. Es natural que en algunas ocasiones la sociedad se polarice (si hablamos de política o derechos sociales) y otras en las que se una (en caso de un terremoto o en caso de que su país sea invadido por un agente externo) sin que exista una contradicción o incongruencia.

    Ser parte de una sociedad no solo implica compartir valores comunes, sino también reconocer la heterogeneidad: que no todos estarán de acuerdo con lo que pensamos y que diferentes personas posiblemente se opongan a nuestros deseos o nuestras luchas sin que eso implique un ataque a nuestra integridad.

    Gracias a esta heterogeneidad y conflicto permanente es que nuestra sociedad puede avanzar y no quedarse estancada. Gracias a esa heterogeneidad y al disentimiento es que se han llevado profundas transformaciones sociales. La cuestión debería basarse más en la forma en que se lleva a cabo dicho conflicto. No es lo mismo utilizar la violencia que debatir o utilizar los órganos institucionales para ello. Sí, nos falta mucha madurez para debatir, pero eso no se debe a que el conflicto sea indeseable. Por el contrario, asumir el conflicto es un primer paso para madurar la forma en la que nos conflictuamos.