Ser un líder de opinión es una gran responsabilidad. Incluso lo es para quienes no tenemos todavía grandes auditorios ni quienes somos parte del mainstream.
El término «líder de opinión» lleva implícita esa responsabilidad. El ser líder de opinión implica que hay gente que te lee, que a través de tu pluma (o más bien el teclado) logras influir en otras personas, les ayudas a formarse una opinión sobre lo público o lo político.
Eso no es cualquier cosa, incluso si apenas son decenas o centenas de personas sobre las que influyes. Aquello que dices tiene un impacto.
La cuestión es que existen muchas tentaciones para los líderes de opinión, ya que una simple pluma se puede convertir en un instrumento de poder y el ejercer ese poder sobre una determinada cantidad de personas genera diversos beneficios que van desde la posibilidad de alimentar al ego hasta aquellos de índole económica: así, el líder de opinión se sentirá muy contento si es invitado a escribir u opinar en espacios más grandes, diarios más importantes o programas de televisión.
Buscar ello no es malo en lo absoluto en tanto no atente contra su honestidad o congruencia, porque los líderes de opinión se pueden ver enfrentados a un dilema: podrán encontrarse con un escenario en el cual no decir lo que piensan y decir más bien lo que la gente quiere escuchar les puede traer más seguidores y tal vez más espacios que si se decide opinar de acuerdo con lo que se piensa.
El buen líder de opinión no cae en esa tentación. Un buen líder, porque al final estamos hablando de liderazgo, crea nuevos líderes, no meros seguidores a lo que les da lo que quieren. El buen líder sabe que es posible que una que otra persona de su público se llegará a molestar o contrariar con una opinión que quiere comunicar. El mal líder se abstiene de ello porque la congruencia le estorba, porque se preocupa más por el número de seguidores que tiene que por decir lo que piensa y ser honesto con su audiencia. El buen líder asume las consecuencias.
Y esto que mencioné representa los casos más cotidianos, aquellos que no son tan evidentes. Porque tenemos a quienes se dicen ser líderes de opinión y están dispuestos a venderse al mejor postor. Ese cheque de un gobierno o de un partido político que contiene algunos ceros en sus cifras pulveriza el espíritu crítico de quien se ostentaba como líder de opinión para convertirlo en un engranaje de una maquinaria de poder político a través del cual éste último busca incidir en la opinión pública para moldearla de tal forma que, a través de ella, logre mantener o aumentar su poder.
El líder de opinión tiene entonces una responsabilidad muy grande no solo con su público sino con la sociedad. Puede permitirse ser subjetivo y analizar las cosas desde su particular punto de vista en el entendido de que los hombres somos animales políticos que construimos nuestra realidad y la percepción que tenemos de ella, en gran parte mediante nuestras experiencias, la educación, el entorno e incluso factores mayormente heredados como el temperamento.
Pero el buen líder, dentro de esa subjetividad, está llamado a ser honesto, a comunicar aquello que él realmente percibe y piensa. También está llamado a ser crítico consigo mismo, a tener la capacidad de cuestionar los paradigmas sobre los cuales opera y a dar por sentado que no siempre va a tener la razón. El líder de opinión, entonces, debe sumergirse en un continuo aprendizaje, debe siempre seguir leyendo, debe comparar, contrastar con los demás, debe tener una mente abierta y la capacidad de escuchar a aquellos que no opinan igual que él.
El buen líder sabe que no solo se trata de ejercer influencia sobre la sociedad, sino de contribuir positivamente a ella.
López Obrador exige al Rey Felipe VI pedir disculpas por la conquista española. Hay que aclarar algunas cosas:
En la conquista, los españoles conquistaron a los indígenas. Después de eso, muchos se mezclaron. México es producto de esa mezcla que, en algún momento de la historia, se independizó de la Corona Española.
Desde aquí hay un problema, ya que López Obrador es mestizo y no indígena, tiene ambas sangres. La herencia genética de López Obrador no solo está en el territorio que ahora es México, sino también en España. En este sentido, si AMLO exige disculpas, se podría argumentar que AMLO es parte victimario y parte víctima, no puede desligarse de los conquistadores porque debe parte de su existencia a ellos.
A más de uno le molestará escucharlo, pero, a menos que sea indígena puro, no puede desligarse de los españoles y no puede sentirse víctima sin dejar de sentirse victimario (si es que se quiere exigir disculpas al Rey de España). No se puede hacer una analogía con el resentimiento que ha existido entre Japón y China a raíz de la Segunda Guerra Mundial, porque Japón y China son los mismos que estuvieron inmersos en el conflicto. En nuestro caso, el conflicto se dio entre la Corona Española y los indígenas, no entre la Corona Española y México; siendo México un subproducto de españoles e indígenas.
Insisto: México, con respecto a los pueblos indígenas que habitaban este territorio, es «parte conquistador» y «parte conquistado». Nos sentimos orgullosos de los indígenas (a veces de dientes pa’ fuera) pero también hablamos español y estamos occidentalizados.
Pero esta sola es una parte del absurdo:
No voy a negar que existieron abusos en la Conquista porque existieron como existían en cualquier conquista de su tiempo. Pero vaya, eso ocurrió hace 5 siglos. Y vaya, si ésta no hubiese ocurrido, los quejosos de ahora ni siquiera habrían nacido para quejarse.
¿Tiene culpa el Rey de España por lo que ocurrió hace 500 años, una Corona Española que era en esencia muy diferente a la de ahora, cuya cultura y sus paradigmas eran muy diferentes? ¿Tiene culpa de ello la sociedad española actual?
¿Y tenemos el derecho a culpar a España cuando en realidad somos nosotros, los que habitamos este país, los que más discriminamos y relegamos a los indígenas? ¿De verdad tenemos la autoridad moral para hacerlo?
¿En qué beneficia que el Rey Felipe VI se disculpe? ¿Cómo beneficia esto a nuestro país? La historia de la conquista, que yo sepa, no está entorpeciendo las relaciones entre México y España (como sí ocurrió entre Japón y China donde este último pidió perdón sin que China se lo exigiera). Por el contrario, las relaciones entre ambos países suelen ser estrechas, no falta recordar aquel momento cuando México le abrió las puertas a los españoles que huían de la Guerra Civil.
Por el contrario, este tipo de actitudes como la que está sosteniendo López Obrador sí podrían, en dado caso, llegar a deteriorar las relaciones con España.
El absurdo resentimiento que algunas personas le tienen a España es más bien producto, me parece, de la historia oficial (que siempre tendió a victimizar a nuestro país) junto con una mala interpretación de la historia porque, como dije, una persona que no es indígena no puede desligarse por completo de España, también le debe a España gran parte de su herencia.
Es absurdo seguirse doliendo por algo que ocurrió hace 500 años, es poco inteligente. Pregúntenles a los japoneses que con sendas bombas atómicas que cayeron sobre sus tierras, prefirieron trabajar desde adentro y desarrollarse que crear una narrativa victimista para tener a quién culpar de sus problemas. Y vaya que Japón tiene muchas más razones para estar enfadados con Estados Unidos que nosotros con España.
¿Qué es la física cuántica? ¿Qué es la neurología? Basta con plantearse esas preguntas para entender que no cualquier persona puede contestarlas. Se necesitan estudios especializados en la materia para contestarlos ¿o no? Y cuando me refiero a estudios, me refiero a estudios académicos y no talleres dados por «gurús» en algún salón de conferencias de un hotel.
Entonces, si estos conceptos no son fáciles de entender o explicar por la gran mayoría de la población ¿por qué es común escuchar sobre muchos gurús o especialistas que se asumen como «neuro-coaches» o como «especialistas de la transformación cuántica» que venden talleres de superación personal?
La respuesta es fácil, lo hacen porque esos conceptos suenan lo suficientemente sofisticados o inclusive intrigantes para llamar la atención de los incautos. Con esos términos, los gurús de la autoayuda pretender darle a sus cursos una sofisticación que no tienen. Se trata de cualquier curso o seminario de autoayuda, de esos que tanto abundan en el mercado y que no es otra cosa más que una estrategia de ventas deshonesta. Basta ver este video de alguien que dice ser neurocoach y que tiene la ocurrencia de decir que a partir de la tercer semana de gestación la personalidad ya se comienza a formar siendo que las primeras conexiones neuronales ocurren después y ya no digamos la actividad del cerebro.
Cuando ellos tratan de definir su profesión (si es que se le puede llamar de esa forma) redundan mucho. Presumen tener un gran currículum y se presentan como «trainers» como «masters en programación neurolinguística»; hablan mucho de PNL pero no son expertos en ello y se limitan a aprender algunas «técnicas». El neurocoach no tiene alguna especialización científica destacable como para considerarlo un especialista tal y como podríamos considerar a un buen psicoterapeuta profesional o ya no digamos un psiquiatra o un neurólogo. Mientras que los neurólogos estudian muchos años carreras y maestrías para poder ser capaces de dar un buen servicio a sus pacientes, a los neurocoaches les basta con tomar ciertos talleres y capacitaciones para venderse como tales.
Estos términos tan sofisticados son usados para vender lo que siempre han vendido. Estos solo sirven como una forma de adornar el empaque de un producto cuya calidad podemos cuestionar.
Básicamente, con el término «neuro» buscan venderse como especialistas que conocen muy bien el funcionamiento del cerebro y que por lo tanto pueden lograr cambios significativos en las personas. Pero en realidad, del cerebro conocen poco más que la persona común. Con el término «cuántico», tan usado estos últimos años, profundizan ese supuesto halo de especialización que se dan y se muestran como conocedores de una ciencia que a le gente les parece extraña y enigmática. Pero basta con hacerle un pequeño examen sobre física cuántica a estos charlatanes, acércate con uno de ellos y pregúntale si:
Basta con que le pidas que te lo explique de una forma cotidiana, como lo explicaría algún curioso que se metió a Youtube a ver videos o leyó algún libro. Te vas a dar cuenta que la gran mayoría de ellos ni siquiera saben a qué te estás refiriendo.
Si ellos fueran «psicólogos o coaches cuánticos» no solo deberías obligarles a contestar esas preguntas. Tendrían que explicarte las fórmulas por medio de las cuales se han desarrollado esos conceptos. Peor aún para ellos, deberían decirte la relación que tiene esa ciencia con la mente y cómo es que a través de ella pueden lograr cambios significativos.
Naturalmente, se van a quedar en blanco. La realidad es que ellos no saben nada de neurología ni mucho menos de física cuántica. Utilizan términos que ellos mismos no entienden y hasta es posible que ni conozcan.
Sabemos que, a través de la historia, el lenguaje ha sido utilizado como estrategia de manipulación: lo que se dice, la forma en que se dice, el contexto en el que se dice. Esta no es más que otro de esos abusos lingüísticos con los cuales buscan manipular o engañar a los individuos para que tomen una decisión que les convenga a ellos. Lo peor del caso es que estos erróneos conceptos pueden transmitirse y multiplicarse. No es imposible ver neurocoaches (sobre todo aquellos primerizos) que ni siquiera son conscientes de que ese término está siendo usado de forma engañosa, que no buscan engañar a los demás, pero que cayeron en el engaño de otros y se encargan de transmitirlo.
Lo más triste es que estos cursos venden. Primero, porque mucha gente se deja impactar por lo primero que ve ya que no tiene el conocimiento suficiente para sospechar de ello y, segundo, porque en nuestra sociedad existe una urgencia de hacer cualquier cosa para encontrar la felicidad y el sentido a su vida cuando allá afuera existen psicoterapeutas, o incluso psiquiatría o medicación (para aquellos que confunden una depresión clínica con una falta de «echarle ganitas») que pueden ayudarles a mejorar su calidad de vida de forma mucho más eficiente.
Una de las mayores aspiraciones de los individuos es ser feliz, sea cual sea el matiz que se le dé a la definición de felicidad. Cuando se habla de felicidad hay quienes piensan en la alegría, otros en darle sentido y significado a su vida, otros piensan en la autorrealización.
Pero quiero hablar de una idea de lo que la felicidad es y que está en boga, se trata de la felicidad como ausencia de dolor. A diferencia de las otras definiciones de felicidad, esta es la definición que a mi parecer es la más frívola y la que se contradice a sí misma ya que la felicidad, en cualquiera de sus acepciones, implica el reconocimiento del dolor. ¿Cómo es que una persona va a reconocer su felicidad si nunca ha estado triste? ¿No es mayor el gozo que siente un individuo después de haberse sobrepuesto a un momento muy difícil que el de quien nunca ha tenido contratiempos?
Hablando de la felicidad como ausencia de dolor, ocurre que tanto desde la izquierda progresista como desde el conservadurismo capitalista, cada una a su manera, se ha promovido una filosofía donde el ser humano tiene que buscar ser feliz y rehuir del dolor a toda costa.
La izquierda progresista insiste en evitar todo lo que parezca una ofensa y poco se preocupa por formar la autoestima del individuo, impulsa espacios seguros (safe spaces) para que las minorías se refugien dentro de sí mismas en vez de lograr que se integren en la sociedad. Así, asumen que si se evita que los individuos se expongan a sentir dolor, angustia o estrés, el individuo será más feliz.
Con el conservadurismo empresarial ocurre algo similar. A diferencia del progresismo, este no busca tanto proteger al individuo del dolor, más bien le exige apartarse de él. Esta corriente promueve, por su parte, eso que llaman «psicología positiva» a través de libros de autoayuda y cursos donde le sugieren al individuo que siempre sonría, que siempre muestre una actitud «positiva» como si nunca tuviera derecho a sentirse mal. Esta corriente vilipendia los sentimientos negativos como si estos fueran nocivos por definición. «Sonríe» se les dice a los empleados, «una actitud positiva es clave del éxito». La tristeza, el miedo y la angustia, nos dicen, son signos de debilidad.
Esto ha permitido que eduquemos a nuestros hijos no para que se formen sino para que no sufran. Los padres de ahora buscan no hacer sentir mal a sus hijos para no «traumarlos». Si tienen malas calificaciones o el niño fue suspendido de la escuela es entonces culpa del maestro quien corre el riesgo de ser señalado como «agresor psicológico». En algunas universidades se implementan medidas para evitar que los alumnos se estresen por los exámenes, como si el estrés fuera una enfermedad y no un mecanismo con el cual el individuo se adapta a su entorno. Luego, el alumno entra a trabajar a un empleo de servicio al cliente y la empresa le coloca un slogan que dice «siempre sonríe al cliente». Este individuo teme estar triste o angustiado (por más paradójico que ello suene) porque sabe que una crisis de angustia o una depresión puede llegar a convertirse en un obstáculo dentro de su carrera profesional.
El problema con esta «felicidad a toda costa» es que se ignora de forma rampante que eso que llamamos «emociones negativas» tiene una función muy clara no solo en el equilibrio psíquico del individuo, sino en su capacidad de adaptación al entorno. Por ejemplo, el proceso de duelo que el individuo sufre después de la muerte de un ser querido o un rompimiento amoroso es crucial para que pueda readaptarse a su entorno en el cual esa persona querida ya no está. El miedo, por su parte, es muy importante para evitar peligros y agudiza los sentidos. El estrés también tiene una facultad adaptativa.
Buscamos rehuir de ellos porque esos sentimientos son desagradables sensorialmente. A nadie le gusta estar asustado, deprimido o angustiado, pero si el cuerpo lanza esas emociones es para que, por medio de ellas, induzca al individuo a tomar una decisión o actuar de una forma que no lo haría en la ausencia de dichos sentidos. ¿O tendría sentido estar al borde de un risco y no sentir nada? Si eso ocurriera, la posibilidad de fallecer en una caída crecería exponencialmente.
Lo más grave es que estas «corrientes» asumen que se puede ser feliz sin dolor, pero eso es rotundamente falso. En realidad, cuando se priva a una persona de sentir dolor, al no tener la experiencia ni la sabiduría para confrontarlo, se sentirá mucho más desgraciado y desprovisto de herramientas para hacerle frente.
Los resultados ahí están: gente muy frágil con una nula tolerancia a la frustración porque sus padres o educadores evitaron a toda costa que se enfrentara al miedo, a la angustia, a la soledad o al dolor. Profesionales que buscan a toda cosa sentirse tristes para no ser juzgados pero que regresan a casa y explotan toda esa frustración guardada y acumulada en el área de trabajo (y donde los receptores de dicha frustración suelen ser la pareja sentimental, los hijos o la familia). Paradójicamente, es esa cultura de la «felicidad a toda costa» la que está creando seres más infelices.
Es bueno que aprendamos a no maltratar y respetar a los semejantes, reconocer la necesidad del dolor no implica dejar permitir el bullying en las escuelas, ni los abusos, ni la humillación. También es bueno que comencemos a desestigmatizar y reconocer los trastornos mentales que mucha gente padece, que conozcamos su dolor, lo entendamos y dejemos de echarles la culpa por ello.
Pero otra cosa es inhibir y atrofiar los sentimientos negativos, ello es incluso inhumano. Nuestro deber es formar a las siguientes generaciones, no evitar que sufran. El dolor es indispensable en el desarrollo mental y espiritual del individuos. Cualquier persona que pueda preciarse de ser realmente feliz dirá que conoce el dolor muy bien, que se ha enfrentado varias veces a él, al punto de convertirse en un maestro.
Lo he repetido una y otra vez en este espacio y en mis redes: no solo se trata de ser oposición, se trata de saber ser oposición, y que dicha oposición esté supeditada al bien común (o al menos a lo que se cree que es).
Si algo ha caracterizado a este régimen lopezobradorista es a la ausencia de una buena oposición. Lo poco que hemos visto en estos 100 días ha venido de algunas plumas, de las tan vilipendiadas organizaciones civiles por parte de AMLO e incluso desde dentro del mismo gobierno (lograr que la Guardia Nacional tenga mando civil es un buen ejemplo). Pero allá afuera, en las calles, dentro de la sociedad, hemos visto muy poco, y dentro de ese poco lo que se ve en las calles es algo tan penoso que pareciera una autoparodia.
Y sí, me refiero a los Chalecos Amarillos.
Esta organización, que tiene células en varias ciudades pero que, a la vez, tiene muy pocos miembros (basta ver la cantidad de gente que acude a sus manifestaciones), se ha convertido en una burla en las redes sociales, incluso por parte de muchos opositores a López Obrador. Sus videos nos dejan ver que se trata de gente de derecha (y cuando me refiero a la derecha, me refiero a la derecha y no a los liberales o incluso socialdemócratas que los apologistas del gobierno actual buscan etiquetar como «derecha») que tiene más bien poca idea sobre la política, que no se informa bien y cuyas consignas parten desde la histeria, los lugares comunes y las suposiciones.
Para entender por qué este movimiento se ha convertido en una parodia tenemos que empezar por su nombre. Toman el nombre y el concepto del movimiento francés, supuestamente instigado por gente cercana a Marine Le Pen, que llevó a cabo destrozos en el centro de París para protestar en contra del presidente Emmanuel Macron y la alza en los precios de los combustibles entre otras cosas.
https://www.youtube.com/watch?v=Q5nftPr-uNs
Pero en el caso de los Chalecos Amarillos en México, lo que hay no son destrozos ni auto quemados, sino señores y señoras con viseras y lentes oscuros para que no les pegue el sol y que dicen haberse inspirado en este movimiento a raíz de la crisis del desabasto de hace algunas semanas. También, a diferencia de la manifestación en Francia, no vemos multitudes, sino unas pocas personas reunidas en ciudades como Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y León con pancartas alertándonos de Andrés Manuel López Obrador.
Los organizadores han insistido en que son parte de ese «movimiento global» que se ha expandido por algunas partes de Europa, aunque los organizadores de ese movimiento ya se deslindaron de la «versión mexicana» y afirmaron que no tienen nada que ver con ellos, aunque nuestros connacionales siguen insistiendo que sí son parte de este movimiento global..
Este movimiento (el mexicano) que ha adoptado una postura conservadora de derechas, no tanto porque tenga una postura en sí, sino por la idiosincrasia de sus participantes, también ha aprovechado para manifestarse en contra de los migrantes en Tijuana. No parece tener una agenda y ha recibido el beneplácito de cuestionables figuras como el regiomontano Gilberto Lozano, empresario y activista.
Sus manifestaciones se han caracterizado por ser desoladoras, hecho que ha sido aprovechado por los lopezobradoristas para señalar que la oposición en el país es inexistente. Los chalecos amarillos han realizado muchas en distintas ciudades, pero en la mayoría de las ocasiones no han rebasado las decenas de personas que cargan con pancartas que dicen #AsíNoAMLO:
Para entender de qué va, basta ver los volantes que ellos mismos reparten en sus manifestaciones, en los cuales comparan a AMLO con Hitler, afirman que es un enfermo mental y que pactó con los «comunistas de Sao Paulo» la creación de la Guardia Nacional. En sus redes suelen circular mucha desinformación ya que pareciera que ni siquiera filtran la información ni tienen el más mínimo rigor a la hora de analizarla para que, con base en esta, puedan elaborar sus demandas y peticiones. Basta una fake news en un grupo de Whatsapp para que ésta termine ilustrada en una de las pancartas que llevan a la calle.
Evidentemente, un movimiento de este calibre no solo abona a crear oposición ante el régimen actual sino que lo termina fortaleciendo porque, además, solo terminan contribuyendo a la polarización que tanto le beneficia al lopezobradorismo.
En México falta una oposición, no solo partidista, sino civil. Pero está claro que Chalecos Amarillos no es ni de lejos la oposición que México necesita. México necesita una oposición madura que logre ser contrapeso, no una oposición desinformada e histérica que solo estorba en el camino de la construcción de esa oposición que, al día de hoy, se muestra muy ausente.
Nadie dice que no tengan derecho a manifestarse, pero también es parte de la libertad de expresión advertir de los grandes problemas que este movimiento tiene.
A raíz de la aparición de plataformas digitales de video como Youtube surgió la figura del influencer, la cual modificó la dinámica de adquisición de información y de consumo de contenidos. Algunos podrían decir que esta figura tiene un elemento democratizador ya que, a diferencia de los líderes de opinión tradicionales, que deben hacer carrera, ingresar a algún medio de comunicación o ser un académico respetado, cualquier persona con una conexión a Internet, una inversión no muy grande (una cámara decente, micrófono, y tal vez un escenario) y una idea original podía aspirar a convertirse en un líder de opinión dentro del ciberespacio.
Y es que a raíz del surgimiento de los influencers, los medios tradicionales (sobre todo la televisión) se comenzaron a dar cuenta que ya no tenían el monopolio de la creación de gente famosa y de líderes de opinión, ya que la gente se dio cuenta que ya no tenía necesariamente que pasar por sus instalaciones. Basta ver los contenidos de principios de los años 90 donde Televisa monopolizaba la creación de «artistas», músicos, actores y comentaristas, y las rentabilizaba por medio de sus otras ramas (revistas) o incluso se vendían en forma de estampas de álbumes coleccionables.
Hoy la dinámica es bastante diferente. Ya no hay una empresa u organización que sirva de filtro y decida qué contenidos quiere o puede ver la gente. Gracias a Youtube, esta toma decisión queda enteramente en manos de la audiencia.
Los influencers son los nuevos líderes de opinión: no importa si hablen de política, filosofía, cocina, videojuegos, bromas, comida o viajes. Algunos de ellos se han convertido en referencia de su auditorio. Hay algunos que ciertamente han combinado su trayectoria profesional para potenciar su alcance como el doctor Jordan Peterson o el filósofo Slavoj Žižek, o incluso el periodista Pedro Sola, pero muchos otros se han sabido ganar un espacio desde el anonimato; pasaron de ser personas comunes y corrientes a referentes sociales que reciben cheques con decenas o centenas de miles de pesos mensuales por concepto de la publicidad insertada en sus videos.
Ya decía Marshall McLuhan, filósofo al cual se le considera un visionario de la «sociedad de la información», que el medio es el mensaje. Los contenidos en Youtube parecían hechos por gente más honesta y más desinteresada ya que era gente común la que usaba esa plataforma para expresarse. Ya no había una grande empresa o un gran aparato de comunicación detrás y eso le parecía más honesto al consumidor, hasta se podía pensar en un «nosotros» que estaba interactuando lejos de los mecanismos del capital y del poder.
Pero los propios influencers se dieron cuenta que el mero hecho de ser influencer conlleva un nuevo privilegio que los sitúa por encima del individuo común. Ellos ahora ya son famosos, su poder adquisitivo se ha incrementado enormemente (a menos que provengan de una familia adinerada) y la gente habla de ellos. Así, estas otrora personas comunes ahora tienen representantes, reciben dinero de patrocinios, e incluso llegan a ser invitados por las televisoras urgidas de ídolos, donde les dan un lugar, un espacio y más libertad que las que recibían las clásicas «estrellas».
Conforme pasó el tiempo, el mercado de los influencers comenzó a saturarse un poco por el simple hecho de que empezaron a abarcar la mayor parte de los temas de interés que pueden ser rentables: los grandes ya estaban consolidados, algunos comenzaron a perder la frescura inicial y fueron reemplazados por otros. Esto porque el exceso de patrocinios, participación con televisoras o incluso su actitud de estrellas mató ese perfil «honesto y fresco» que les había ayudado a hacerse de una audiencia.
También me atrevo a decir que la figura del influencer llegó a ensuciarse un poco, sobre todo porque muchas personas han comenzado a ver este medio como un mero negocio (lo cual es palpable, sobre todo en Instagram, donde muchos hombres y mujeres siguen a la mayor cantidad de personas para que los sigan a ellos y les den contenidos poco originales como «la peda en un antro» para así aspirar a que alguien los patrocine). Muchos creen que ser influencer es hacer cualquier cosa e incluso creen ingenuamente que ese trabajo que hacen los Youtubers es algo muy sencillo cuando en realidad es producto de mucho esfuerzo y trabajo.
Pero la figura del influencer también ha sido víctima de su propio éxito. Rawvana, la influencer vegana que fue descubierta comiendo pescado en Bali y que fuera referencia para muchos veganos (hasta ese día), también es una muestra de que la escasez de barreras de entrada a este mundo (que no sobrepasan el hecho de tener una idea muy original que vaya dirigida al mercado correcto) también pueden ser un arma de doble filo, y lo es más si pensamos en que muchos de ellos son completamente validados y legitimados por sus audiencias por el mero hecho de ser personas comunes que llegaron con una idea.
Tal vez alguien que no sea doctor o filósofo pueda ser evidenciado por alguien que sí lo es, pero hay casos como los de Rawvana quien mantuvo engañados a sus seguidores, los cuales solo se dieron cuenta por un accidentado video de una amiga suya donde entró a la toma el platillo que la Youtuber estaba consumiendo. Ante este hecho uno podría preguntarse cuántos influencers podrían estar engañando a sus audiencias sin que éstas se den cuenta. ¿Cuántos podrían estar fingiendo ser alguien que no es con el fin de volverse famosos o recibir dinero por medio de publicidad?
No es falso que algunos influencers inflan sus métricas para así engañar a las empresas para que los patrocinen o para que les den más recursos de lo que en realidad deberían de recibir; no es falso que otros usan estrategias de follow back para llegar con los patrocinadores cuando en realidad nadie les ponen atención. El problema es que en Youtube sí hay varios influencers que hacen las cosas bien y de forma honesta que pueden terminar pagando los platos rotos porque, a raíz de todos estos casos, el auditorio está comenzando a ver a los influencers con mayor escepticismo.
El que sea muy sencillo comenzar a publicar videos en Youtube no implica que el aspirante a influencer deba ignorar que, al convertirse en líder de opinión, adquirirá una nueva responsabilidad. Sus palabras y su comportamiento tendrán un impacto cada vez mayor dentro de la sociedad y el que no esté siendo vigilado por una empresa que lo haya contratado no lo exime de ser riguroso. Varios no lo han tomado en cuenta y creen que cualquier cosa se vale con el fin de ganar más dinero y seguidores.
Que la estructura de una plataforma como Youtube ayude a democratizar la «entrada al estrellato y al liderazgo de opinión» no implica que el rigor, la honestidad y la congruencia, que ya de por sí no siempre están presentes en los medios tradicionales, se puedan relajar. Las audiencias también pueden ser lapidarias como lo están siendo con Rawvana, quien seguramente no volverá nunca a tener la reputación de antes (no sin mencionar la afectación que le podrá traer esto en la carrera profesional) y mucho menos con una audiencia que suele ser muy exigente como la vegana.
Parafraseando a Abraham Lincoln: se puede engañar a una parte de la audiencia todo el tiempo, o se puede engañar a toda la audiencia durante un tiempo, pero no se puede engañar a la audiencia todo el tiempo. Bastó un descuido para que la audiencia de Rawvana se diera cuenta que había sido timada, aún con las excusas de la Youtuber quien se comenzó a dar cuenta cómo la gente iba dejándola de seguir en su canal.
La figura del influencer llegó para quedarse y se ha convertido en una oportunidad para gente que tiene mucho talento. También ha ayudado a descentralizar el poder de comunicar que antes se centraba en los medios que decidían a quien darle un espacio. Pero lo que hacen algunos puede terminar afectando a todos, y a la audiencia no le gusta nada que la timen.
El laboratorio Signa Lab del ITESO publicaba un estudio en el cual alertaba de un comportamiento no orgánico en Twitter de hashtags como #ReformaTodoLoDeforma, #PrensaFifí para buscar desinhibir y ridiculizar a las voces opositoras, estas cuentas también se dieron a la tarea de mandar mensajes de amenaza a Rossana Reguillo, la maestra del ITESO que está a cargo del laboratorio, quien presentó dicho estudio y a quien acusaron de hacerle el juego a la «mafia del poder».
Es paradójico porque Rossana Reguillo es más bien una académica de respetada de izquierda que ha jugado un rol muy crucial en el activismo en Guadalajara y que tuvo un rol muy visible dentro de la célula de #YoSoy132 en esta misma ciudad. Ella fue también una ferviente crítica de Enrique Peña Nieto e incluso estuvo en la vanguardia de la manifestación #RenunciaYa que se realizó en esta ciudad para pedir la renuncia del Presidente Enrique Peña Nieto. Una académica activista que ha mostrado todas las credenciales de oposición a regímenes como los de Peña es ahora señalada por estas cuentas que su mismo estudio reporta.
Una persona en Twitter que dice participar en esta «red» me negó que se tratara de bots y me dijo que eran voluntarios que creían en el proyecto de López Obrador y que no están recibiendo dinero. Ante mi insistencia de que es un acto de censura, me dijo que «debería ver los comentarios que se hacen desde la derecha» para que vea por qué lo hacen y me mostró dos tuits de usuarios que pedían un golpe de Estado. Pero basta entrar a las cuentas exhibidas por el estudio y no parecen tanto «combatir» los mensajes de odio, sino más bien propagarlos para ridiculizar a los opositores. No me parece que busquen contraponer su posición como me dijo este usuario, sino que más bien buscan amplificar insultos en contra de cualquier persona crítica del régimen. Sean bots o no, es claro que existe una estrategia conjunta que busca desinhibir las voces opositoras al régimen por medio de la ridiculización.
Apenas un día después de que se publicara el estudio de Signa Lab, apareció publicada una columna en Eje Central que aseguraba que algunos empresarios como Germán Larrea, Alejandro Ramírez de Cinépolis y Agustín Coppel junto con algunos intelectuales como Enrique Krauze, crearon una operación para desprestigiar a López Obrador, sobre todo con la ayuda de las redes sociales. Enrique Krauze negó que eso hubiera pasado y dijo que podría demandar a Tatiana Clouthier por haber sostenido esa afirmación en su libro. Ese mismo día, el titular de Investigación Financiera de la Secretaría de Hacienda dijo que las empresas que financiaron la serie «Populismo en América Latina» dentro de la campaña electoral serían acusadas de lavado de dinero.
Y también en la misma fecha podríamos agregar la reforma a la Constitución para poder llevar a cabo consultas ciudadanas y para dar existencia a la figura de revocación de mandato a la que, se dice, Andrés Manuel López Obrador se sometería. Esta reforma ha suscitado muchas críticas ya que se dice que más que revocación se trata de una ratificación que busca fortalecer la imagen de AMLO para así mantener mayoría en las elecciones intermedias. Algo similar se dice de las consultas, sobre todo con la amarga experiencia de la consulta sobre el aeropuerto del NAICM que se diseñó deliberadamente (eso que los estadounidenses llaman gerrymandering) para que se cancelara el aeropuerto. Básicamente, pareciera que el propósito de estas reformas es que AMLO acapare más poder.
Muchos pueden interpretar de distintas formas a estos eventos, pero lo cierto es que el aire que estamos respirando está algo enrarecido.
Regresemos unos años atrás, por ahí del 2014, en esos tiempos en que nos indignamos con el gobierno de Peña Nieto por el conflicto de interés que representó su relación con Grupo Higa y la Casa Blanca de por medio. Recordemos la indignación que generó ese caso, recordemos que fue una de las razones (junto con la masacre de Ayotzinapa) que lanzó a la gente a las calles.
Ahora imaginemos que además de eso, el gobierno de Peña decide nombrar como ministra de la Suprema Corte a la misma esposa de Hinojosa Cantú (dueño de Grupo Higa).
Y si ello no fuera suficiente, imaginemos que la esposa de Hinojosa Cantú tuviera un perfil conservador: opuesta al matrimonio igualitario y al aborto. Eso seguramente mantendría muy descontentos a quienes se dicen de izquierda.
¿Cuál habría sido la reacción de la izquierda? Seguramente hubiéramos tenido gente en las calles. Pero acabo de salir y veo que se encuentran como cualquier otro día.
Estoy seguro que la reacción habría sido muy diferente al apaciguamiento y a la displicencia que los otrora inconformes están mostrando con el nombramiento de Yasmín Esquivel, esposa de José María Riobóo, el contratista predilecto de Andrés Manuel López Obrador, que de paso, fue un férreo defensor del Aeropuerto de Santa Lucía.
Y es preocupante, porque entonces una considerable cantidad de mexicanos no está juzgando a López Obrador por sus actos sino por su persona. Un mismo acto, igual de reprobable, tiene un diferente valor por el simple hecho de quien lo cometió fue tal o tal persona (con quien se simpatiza o con quien no). No se trata del acto en sí, sino de si hablamos de López Obrador o de un «neoliberal».
Y peor aún es que esto sucede en un entorno en el que la oposición brilla por su ausencia. Son pocas las personas que levantan la mano o alzan la voz cuando en otro gobierno habrían sido millones. Esas personas, por su pequeño número, no tienen gran capacidad de influencia y, por ello, López Obrador puede irse a dormir tranquilo, porque un acto que a Peña le costó varios puntos de popularidad a AMLO le hizo lo que el viento a Juárez.
Las mujeres o los gays que se verían representados en la izquierda progresista, se encuentran con que son casi huérfanos. La mayoría de la oposición a AMLO es de derecha y tan solo una minoría son liberales o socialdemócratas que podrían representar sus intereses y que son, valga la redundancia, la minoría de una minoría, porque gran parte de los izquierdistas de quienes se esperaría deberían estarlos acompañados en su lucha, se encuentran en el limbo, inermes, desprovistos de herramientas para defender sus causas porque la esperanza en la figura de López Obrador les parece más importante.
La falta de contrapesos también existe porque una gran parte del país prefiere no cuestionar los actos de un líder político por la esperanza que tienen depositada en él. Que se simpatice con alguien no implica que no deba reconocerse sus errores, y menos cuando esos errores contravienen sus principios ideológicos.