Autor: Cerebro

  • Genaro, la cruda realidad de Felipe Calderón

    Genaro, la cruda realidad de Felipe Calderón

    Genaro, la cruda realidad de Felipe Calderón

    Hasta el día de hoy (espero), para un sector de la población Felipe Calderón era un Presidente al que se debería añorar y extrañar: «El sí es honesto, responsable y trabajador» escuché decir a más de uno.

    No se puede negar que sus números no fueron tan malos. La economía se mantuvo estable y hasta redujo la desigualdad. Nada del otro mundo tampoco.

    Pero la autoridad moral es sumamente importante para quien quiere fungir como oposición, y Felipe Calderón está a punto de perderla (a menos que García Luna sea declarado inocente, lo cual, temo, es poco probable). Poco probable también es que Calderón no se haya enterado de las «formas» de García Luna ni de sus vínculos con el Cártel de Sinaloa. Vaya, era quien estaba a cargo de toda la estrategia.

    En caso de que Luna haya sido culpable entonces Calderón fue, o cómplice o incluso participó activamente. Poco probable es que haya sido engañado o, como él mismo dice, que desconozca aquello que se le imputa.

    La detención fortalece la «leyenda urbana» que recaía sobre el gobierno de Calderón y la cual decía que su gobierno habría pactado con el Cártel de Sinaloa para combatir a los Zetas, ya que éstos últimos eran más violentos. Si bien, habrá quien vea esto como una decisión pragmática, lo cierto es que el mero hecho de una colaboración entre un gobierno (que le había declarado una guerra frontal al narcotráfico) y un cártel, deslegitima por completo lo que fue el sello del gobierno de Felipe Calderón.

    ¿Y cuál es el problema con esta noticia?

    Los problemas son muchos, además de los evidentes que recaen sobre García Luna, quien también pierde, y mucho, es Felipe Calderón:

    La menos mala (y muy mala aún) es el deterioro del juicio histórico sobre su presidencia, juicio del cual parece estar actualmente preocupado. La guerra contra el narcotráfico generaba opiniones divididas y las generó hasta la fecha, pero era algo que sus simpatizantes y cierta porción del país le aplaudían. Evidentemente la narrativa sobre la guerra va a cambiar, y con ella, el juicio histórico.

    La peor tiene que ver con las aspiraciones políticas del ex Presidente. Con parte de la autoridad moral perdida, no solo su papel de opositor de la 4T perderá mucho peso, sino que su partido México Libre, que está a punto de cumplir con los requisitos (a pesar de las adversidades) perderá mucha legitimidad. Y dicho esto, esta noticia no es una que deba congratular mucho a López Obrador. ¿Por qué?

    Porque toda narrativa, discurso, o figuras como López Obrador que basan su poder en una retórica muy fuerte, necesitan a un enemigo para sostener su narrativa como decía Umberto Eco. Ante una oposición debilitada y que no tiene visos de crecer en el corto plazo, Calderón se convirtió en ese enemigo a quien pegarle, por ello AMLO lo mencionaba a cada rato en sus mañaneras. Calderón se convirtió sin querer en un activo de la 4T. Y si bien es cierto que en el corto plazo a López Obrador la noticia le podrá servir mucho para recordarnos lo corrupta que era la «mafia del poder», lo cierto es que Felipe Calderón como oposición y enemigo se va a debilitar mucho. AMLO necesitaba a un Calderón respondón, que fungiera el papel de enemigo, y el único que hacía algo parecido es Felipe Calderón. ¿A quién se va a agarrar ahora AMLO? ¿A Reforma de nuevo? ¿A una organización civil que no conocen más allá del mundo académico o intelectual?

    El otro problema para López Obrador es que la presencia de México Libre en las elecciones le va a ser útil para fragmentar el Congreso. Evidentemente, dicha fragmentación no influirá tanto en la posibilidad de que MORENA mantenga o no la mayoría en el Congreso (al final 10 curules perdidas a manos del PAN completamente o divididas entre el PAN y México Libre siguen siendo 10 curules), pero sí le va a convenir una oposición más dividida y peleada entre sí (cosa que podría llegar a ocurrir dada la animadversión entre Calderón y los panistas) que una oposición completamente unida que le haga frente a MORENA

    Y por último, la sensación de que Estados Unidos está haciendo la chamba que el gobierno de la 4T debería estar haciendo, y que México termine exhibido como un narcoestado donde el gobierno y el narco están coludidos. Aunque no sea responsabilidad de López Obrador lo ocurrido, no es como que la opinión pública internacional vaya a señalar que «eso ya no aplica porque el régimen es otro».

    La detención de García Luna tendrá implicaciones dentro del tablero político y no de una forma positiva. Un ex presidente opositor deslegitimado, un PAN que sale embarrado (porque aunque estén hoy peleados con Calderón, él fue presidente estando dentro de este partido), una nación puesta en tela de juicio por la comunidad internacional, mayor desconfianza hacia la clase política y un largo etcétera.

    Y fueron los estadounidenses los que hicieron la chamba que a nosotros nos tocaba hacer.

  • Homo Youtubens

    Homo Youtubens

    Homo Youtubens

    Hace unos días, en uno de esos programas de revista de TV Azteca, los conductores compartían los videos más chistosos que habían visto en Youtube. Ese simple hecho, que puede parecer tan inocente, se convierte en clara muestra de que la conversación ya no está en la llamada «caja idiota» sino en los contenidos que se producen en la plataforma propiedad de Google.

    Hasta bien entrado el nuevo milenio, muchas personas soñaban con desfilar en los pasillos de Televisa para ser conductores, cantantes o actuar en una telenovela. Lo que ocurría en la televisión era el tema de conversación del siguiente día: la final de la novela, la última noticia que transmitió Hechos con Javier Alatorre, la nueva serie que van a «pasar por el canal 5».

    ¿Y quién habla de eso? Más allá de los deportes donde las televisoras tradicionales ostentan todavía los derechos de transmisión (aunque poco a poco se han ido al cable) ¿cuándo se habla de lo que ocurre en la caja idiota? Ello ocurre en contadas ocasiones, y cuando ocurre, la misma conversación se lleva al propio Internet para que ahí se desarrolle.

    ¿O quién espera al telediario deportivo de la noche para ver todos los goles del partido cuando los puede ver en Youtube minutos después de que haya concluido? En ese momento, la televisión, productora y transmisora de los contenidos, pierde el monopolio y la conversación se lleva a las redes donde los usuarios interactúan y reinterpretan los contenidos. Lo que era un contenido televisivo, en minutos ya es un video en un canal de Youtube (aunque sea el canal oficial de la televisora). La televisora poco a poco se convierte en uno de tantos productores que hay en Youtube. Ahí la gente ve los resúmenes de los programas, porque ahí los tiene a la mano, disponible a la hora que sea y donde sea.

    La televisión ha perdido prácticamente el control de la conversación y poco a poco, sin reconocerlo, se ha venido convirtiendo en una parasitaria de la conversación que ocurre en Internet. En las transmisiones recurren al hashtag de Twitter o a las votaciones en Facebook, como para tratar de jalar algo de la conversación que ocurre allá, porque saben que ya no tienen el monopolio de la atención del usuario.

    Como menos que nunca los televidentes ven los anuncios (apenas se van a comerciales y el televidente se pone a ver su Facebook), las televisoras recurren en demasía al product placement y a las tácticas publicitarias similares para vender espacios. Los comentaristas de deportes anuncian más productos que nunca y hasta narran «goles patrocinados». Y tarde que temprano ni a eso podrán recurrir para que sus ingresos dejen de desplomarse.

    Y como la televisión se ha vuelto casi irrelevante, entonces el sueño de las y los jóvenes ya no es salir en la tele, sino ser youtuber y producir sus propios contenidos. Los sueños están donde está la atención, donde está la atención está también el dinero e incluso el poder. Y la atención, hoy por hoy, no está en la televisión, está en Youtube.

    Y todos lo saben. Los estudios cinematográficos lanzan ahí los trailers de sus nuevas películas. Los anunciantes gastan menos en pagarle a Televisa y más en pagarle a Google Adwords para insertar anuncios muy bien dirigidos y segmentados en los videos de Youtube. Algunos de los periodistas «recortados» por la crisis financiera que pasan las televisoras busca hacerse un espacio como Youtubers, desde donde opinan o comparten sus videocolumnas.

    Ya no se habla de rating, se habla de likes, de views y de suscripciones. Ya no es el «sintonícenos a las 10 de la noche el Canal de la Estrellas», sino el «dale like y suscríbete a mi canal».

    El emporio de Youtube, con sus algoritmos cada vez más sofisticados, se encarga de que los otrora homo videns (como les llamaba Giovanni Sartori), ahora convertidos en homo youtubens, vean lo que quieren ver. A Youtube le encantan los números y los datos, tanto que cada vez se vuelve más capaz de anticiparse a lo que quiere ver el usuario.

    Las televisoras te ponían los contenidos que ellos querían y que creían que iban a funcionar mejor para vender más espacios a los anunciantes a mayor precio. Youtube no. En teoría el usuario elige lo que quiere ver, pero la plataforma se anticipa al usuario cada vez con mayor precisión: ¡así que te interesan mucho los videos de música latina! Pues aquí te va otro bonche para que pases más tiempo en mi plataforma y veas más de esos anuncios patrocinados que me generan ingresos.

    El Youtube Rewind de 2019 (al que tantas críticas le llovió) es un claro ejemplo de la esencia de Youtube: los números, los likes, la popularidad, porque todos ellos se traducen inevitablemente en recursos económicos. Se crea una paradoja, porque por un lado pareciera que la producción de contenidos se descentralizó: cualquier persona puede crear lo que quiera en la plataforma libremente, pero por otro lado, Youtube como plataforma se convierte casi en un monopolio que almacena, concentra y monetiza todas tan heterogéneas y diversas producciones.

    Técnicamente en Youtube tenemos centenas de miles de televisoras (la gran mayoría pequeñas) cuyo set no es un gran complejo sino un pequeño estudio adaptado pero que están, de alguna forma, controladas por sus tentáculos de Youtube. Y si bien Youtube no decide qué contenidos deben publicarse, sí marca reglas o pautas que afectan la forma en que los contenidos se producen. Las pequeñas producciones caseras han pasado con el tiempo a convertirse en producciones más sofisticadas donde ya incluso se crean empresas dedicadas a administrar a varios creadores de contenidos. Con el tiempo, las barreras de entrada para cualquier aspirante a youtuber crecen: se requiere más dinero para competir con producciones más elaboradas (mejores cámaras, audio profesional, un estudio), los nichos de mercado están cada vez más saturados y competidos. Así, poco a poco la creación de contenidos empieza a concentrarse en menos manos: en aquellas que tienen la capacidad de invertir más dinero en crear producciones profesionales casi análogas a lo que era la televisión profesional.

    Pero el mandón, el que concentra el monopolio dado que en su plataforma es donde ocurre todo, es Youtube. Si Youtube decidiera apagarse, este ecosistema desaparecería casi por completo y tendría que conformarse con unas de las pocas alternativas que no ofrecen un ecosistema tan flexible como Youtube, con lo cual muchas producciones desaparecerían (me viene Facebook a la mente). Basta con que Youtube cambie algunas de sus reglas para modificar el ecosistema, para hacer que quienes ganaban mucho con ello ya no ganen tanto y viceversa. Basta un cambio en el algoritmo (propenso, como cualquier algoritmo que le da a la gente lo que quiere, a crear cámaras de eco) para cambiar las reglas del juego. No es poco común que muchos Youtubers se quejen: que ya les está costando trabajo seguir con el proyecto porque Youtube los está desmonetizando por decir alguna frase políticamente incorrecta como «ok Boomer» (sí, sucedió) mientras otros ven un gran incremento de ingresos de la nada y sin saber por qué.

    Hoy podemos hablar del homo youtubens, del individuo cuya opinión ya no es influenciada por la televisión, sino por Youtube, por lo que producen los demás ¡oh, pareciera ser el epítome de la ciudadanización y la democracia de la información! Aunque tampoco nos engañemos tanto, porque quien tiene más recursos será más escuchado y ejercerá una mayor influencia.

    Ya no es la televisión esa «ventana a lo que acontece el mundo», es Youtube (y ciertamente, en menor medida, otras plataformas). Ahí es donde sucede todo, ahí es donde los contenidos multimedia circulan y se propagan. Ahí es donde se llevan a cabo cada vez más transmisiones. Youtube es la nueva televisión, más interactiva y donde los usuarios, en teoría, son los que crean los contenidos.

    Youtube es donde sucede todo. No es el canal de las estrellas, son centenas de miles de canales de algunas estrellas que brillan mucho y otras no tanto.

  • ¿Quiénes son los conservadores?

    ¿Quiénes son los conservadores?

    ¿Quiénes son los conservadores?

    Para nosotros los liberales, los conservadores (en el sentido político) son como los conservadores de los alimentos:

    Renegamos de ellos, hablamos de los efectos colaterales que tienen (en la comida son los efectos que tienen en el cuerpo, en la política es la lentitud o aversión a llevar a cabo cambios para integrar a quienes están excluidos), pero en el fondo no podemos negar que, mientras que los liberales hacemos que la comida sepa mejor, los conservadores ayudan a conservarla por más tiempo haciendo que los cambios que proponen los liberales se den de forma más paulatina para que el tejido social no se quiebre. Un liberal sensato aprende a coexistir con ellos y, a pesar de las discrepancias, respeta su derecho a existir. No los oprime, los confronta.

    Los conservadores son más reacios a los cambios, creen que estos se deben de llevar de una forma muy lenta, a veces en demasía, como si casi no los notaran. Los reaccionarios (o ultraconservadores) en cambio, se niegan a cualquier cambio por mínimo que sea e incluso buscan regresar a un estado anterior de cosas.

    El conservador prima el orden sobre el cambio. Un conservador, por ende, verá con mucho desagrado alguna manifestación que se salga de control y su deseo por el orden hará que en más de una ocasión solicite una reacción determinante hacia aquello que le parece desordenado: «que manden a reprimir a esos desquehacerados». Prefieren ver el orden que el caos que genere el hecho de que algún sector que se encuentra en desventaja quiera reivindicarse. Lo que importa es tener un mundo tranquilo y estable donde puedan desarrollar su proyecto de vida sin trabas, aunque en algunos casos esto implique que otros estén completamente impedidos a ello. Por ello es que le dan mucha importancia a las jerarquías y a la autoridad.

    El conservador en este sentido es cuadrado, ordenado y predecible, comparado con el liberal que tiende a ser más bien creativo, irruptivo y desordenado. Un conservador con mayor posibilidad trabajará en un banco que en las industrias creativas.

    Los conservadores no se preocupan tanto por el individuo ajeno, sino por el cercano. A ellos les importan más los lazos familiares o los amigos cercanos que los indígenas que están siendo explotados otra región. No es que ser conservador implique que se justifique esto, simplemente le dan menos importancia ya que eso no altera su vida cotidiana.

    A ellos les importa mucho preservar las tradiciones. Dicen (y me parece que en este sentido tienen un punto) que estamos en hombros de gigantes, reafirmando el hecho de que nuestra civilización está cimentada en un largo proceso y que no puede ser sustituida simplemente por una «ocurrencia ideológica» construida desde cero. Por ello hacen hincapié en preservar las tradiciones.

    Aún así, podemos ver cómo con el tiempo los conservadores han ido adoptando parte de los cambios que anteriormente impulsaron los liberales. Podemos ver, dentro de la nueva ola conservadora, que ya no hay un abierto rechazo al matrimonio entre parejas del mismo sexo, cosa que en las viejas olas (y que se nota en las generaciones más grandes en México) sí lo hay y de forma explícita. Incluso dentro de Vox, el partido populista de derechas de España, no están cerrados a que los homosexuales adopten hijos. De igual forma Edmund Burke se oponía a llevar a cabo elecciones en el Reino Unido porque ello podría alterar el estado de cosas mientras que ahora es algo que dan por sentado.

    El conservadurismo como tal no es una ideología, me parece que es más bien una postura o una actitud frente al estado de cosas. Pero erran cuando dicen desentenderse de cualquier precepto ideológico (es imposible no defender ideología alguna). Al conformarse solo con cambios muy paulatinos se da por entendido que defienden el relato hegemónico que está compuesto por preceptos ideológicos (que ellos asignan a la naturaleza). Incluso en este sentido las religiones solo podrían diferenciarse de las ideologías por su componente trascendental (que hay un ser superior y un mundo más allá que se alcanza por medio de la salvación), pero al final, por más redefiniciones hagan, terminan defendiendo una doctrina ideológica que tiene normas, valores y que buscan explicar al mundo (aunque un conservador no necesariamente tiene por qué ser religioso).

    El conservadurismo siempre va a existir, ya que a lo largo de la historia siempre ha existido cierta diferenciación entre quienes piden algún tipo de cambio y entre aquellos que buscan mantener el estado de cosas actual.

  • De terapias de conversión gay a los libros quemados

    De terapias de conversión gay a los libros quemados

    Yo estoy absolutamente a favor de que se prohíban las terapias de conversión gay.

    Primero, es un absurdo, a estas alturas de la vida, plantearse por qué a alguien debería «quitársele lo gay». La homosexualidad es algo que ha estado ahí en toda la historia de la vida humana y no es algo que se vaya a ir ni hay sentido en esperar ello. Entonces vamos de una vez a promover terapias para forzar a los pelirrojos a que cambien su color a negro porque ser pelirrojo no es común.

    No solo eso, es anticientífico. No hay bases científicas medianamente serias que sustenten este tipo de terapias, aunque quieran decir lo contrario.

    Los sectores ultraconservadores argumentan que el Estado les está quitando el derecho a educar a sus hijos.

    (Y digo ultraconservadores porque cada vez son más los conservadores ya no tienen problemas o conflictos con que alguien tenga otra orientación sexual. Entonces hay que hacer otra diferenciación para no meter a todos en el mismo saco)

    Pero al mismo tiempo estas terapias se escudan en el hecho de que las personas «tratadas» tienen que ir voluntariamente y no forzadas o persuadidas por alguien más (lo cual, en la práctica, es falso, y hay muchos testimonios de ello).

    Entonces hay una severa contradicción entre ambos argumentos. Porque el último implica que el «paciente» es quien toma la decisión, no sus padres. El argumento del «derecho de los padres a educar a sus hijos» invalida el argumento de que la gente va ahí voluntariamente.

    Regresemos al argumento de la «intervención estatal». Estoy de acuerdo en que el Estado no debe quitar el derecho a los padres a educar a sus hijos, pero las terapias tienen como el fin explícito evitar la libertad de su desarrollo personal. Es decir, hay una libertad anterior que se está restringiendo.

    Porque lo cierto es que en la práctica muchas personas van forzadas a esas terapias y no son extraños los casos de aquellas personas que se llegan a suicidar o a desarrollar severos trastornos psicológicos.

    Porque bajo ese mismo argumento, yo entonces tendría derecho a agredir a mis hijos y a golpearlos violentamente porque considero que esa es la forma de educarlos.

    Bajo ese mismo argumento en tiempos pasados el esposo tenía derecho a golpear a su esposa. Al cabo es mi asunto ¿no? Y si bien el Estado no debe meterse en la educación que doy a mis hijos, hay un límite en el cual si la integridad de un ser humano se está viendo amenazada, el Estado tiene que intervenir.

    Y por lo mismo no estoy de acuerdo con el hecho de que algunas mujeres hayan quemado libros sobre conversión afuera de la FIL ¿Por qué?

    Primero, por el mero simbolismo que tiene la quema de libros y que creo queda bien plasmada en la novela Fahrenheit 451. Segundo, porque quemar un libro no implica destrozar un argumento, sino negarte a la posibilidad de hacerlo.

    Y lo que se necesita es exhibir los argumentos bajo los cuales estos «terapeutas de la conversión gay» siguen haciendo un gran negocio. Se necesita socializar el hecho de que dichas terapias son inhumanas y restringen la libertad del individuo. Se necesita que más gente lo sepa y lo entienda.

    Me hubiera encantado que leyeran el libro y destruyeran los argumentos. Seguramente no habría sido un trabajo muy difícil.

    ¿Por qué mejor no hubieran hecho una puesta en escena donde se hubieran mofado de los contenidos de ese libro?

    Pero la quema de libros cancela esa posibilidad, la posibilidad de confrontar argumentos, de socializar una causa (que es no solo completamente legítima, sino humana). Por el contrario, lo único que van a lograr es darles argumentos a los ultraconservadores precisamente en el preciso instante en el que se debate prohibir este tipo de terapias.

    Y por más que esté a favor de la equidad de género, de combatir la violación hacia las mujeres y de prohibir estas terapias, no puedo secundar que se quemen libros, simplemente no puedo aprobarlo.

  • Una semana sin Facebook

    Una semana sin Facebook

    Por ahí dicen que no valoras lo que tienes hasta que no lo tienes.

    No es que tengamos que valorar a las redes sociales, pero algo análogo ocurre cuando nos desconectamos de ellas. Solo cuando esto ocurre nos damos cuenta cómo es que cada vez están impregnadas en nuestra vida.

    Hace una semana me banearon de Facebook por subir esa imagen del funcionario de MORENA haciendo una seña obscena. El ban iba a ser por un mes, aunque apelé y a la semana decidieron que había sido un error y lo levantaron, con lo cual el ban terminó durando una semana, lo cual aparentemente no es mucho, pero sí lo suficiente para darme cuenta de la forma en que las redes ya son parte de mi cotidianeidad.

    Es chistoso, porque el ban me evocó al instante a un capítulo de Black Mirror: podía entrar a Facebook y ver todas las publicaciones, pero no podía interactuar con nadie, ni darle «like» a ninguna publicación. Yo los veo, pero ellos no me ven.

    Me di cuenta que, debido al ban, tenía que hacer algunos ajustes. Resulta que por ese medio me comunico con algunos clientes (de uno ni siquiera tenía su contacto fuera de Facebook) y que parte de mis actividades en las organizaciones civiles a las que pertenezco se llevan a cabo ahí, entonces como no podía tampoco administrar las Fan Pages, tuve que coordinarme con otras personas para que me ayudaran.

    Evidentemente tampoco podía dar mis «opiniones políticas» ni interactuar con la de los otros (porque vaya que me gusta debatir), lo cual me dejó como cierto vacío al ver las opiniones y no poder opinar de nada. El ban pasó a ser algo así como una «ley del hielo colectivo» donde yo los veo pero nadie me habla, como si solo fuera un expectador del mundo.

    Si algunos hablan sobre el transhumanismo como una cuestión del futuro, tendrían mejor que comenzar a abordarlo desde el presente. Tal vez nuestro organismo biológico no esté directamente intervenido pero sí que lo está indirectamente al utilizar cada vez la tecnología como una extensión de nuestro cuerpo.

    Y este sentimiento que tuve me llama la atención, porque las redes sociales como Facebook se alimentan de toda la información que le damos, a través de la cual van construyendo bases de datos cada vez más grandes y alimentando algoritmos para que por medio de machine learning, se vuelvan más inteligentes. Yuval Noah Harari tiene razón cuando dice que los datos son poder, porque por más sofisticados se vuelvan estos algoritmos podrán hacer cada vez más cosas, podrán predecir con mayor fidelidad nuestra conducta y nuestras decisiones. No sabemos las consecuencias que ello tendrá en el futuro.

    Pero básicamente cada vez, sin darnos cuenta y sin sentirlo, estamos más integrados a un sistema que extrae de nosotros datos que no solo se convierten en negocio sino en poder. Datos que en teoría tienen propósitos comerciales pero que también pueden utilizarse, como ya vimos en 2016, para propósitos políticos y propagandísticos.

    El problema será cuando llegue ese momento en que los algoritmos nos conozcan un poco más de lo que nos conocemos nosotros mismos, como dice Borja Moya en su libro Data Dictatorships. Cuando ese momento llegue, podríamos llegar a estar en aprietos.

    Mientras, las redes cada vez se impregnan más en nuestra cotidianeidad, hacen muchas cosas por nosotros, nos facilitan la vida en muchos sentidos, aunque a cambio de ello les cedemos nuestra privacidad, le entregamos datos para fines comerciales y, sobre todo, para seguir entrenando a esos algoritmos.

  • ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    ¿Por qué la violencia contra las mujeres importa?

    Partamos de la idea de que la vida de todos, hombres y mujeres, valen igual. Parto de la idea liberal, sí, que incluso es heredada del propio cristianismo, de que el ser humano es digno por el mero hecho de serlo.

    Cuando se habla de la violencia contra las mujeres se dice que a los hombres nos matan más, y que se está ignorando ese hecho; pero, a grandes rasgos (excluyendo tal vez a algunas expresiones misándricas que son minoritarias) no creo que sea así. Me voy a explicar.

    A los hombres nos matan más, creo que nadie puede estar en desacuerdo con ello porque es empíricamente comprobable, pero el hombre, a la vez, tiene más margen de maniobra para evitar ser asesinado. El hombre se involucra mucho más en situaciones de riesgo que la mujer, se involucra más en peleas, en pandillas, hasta en cárteles. El hombre puede decidir no involucrarse en situaciones de riesgo y las posibilidades de ser asesinado disminuyen dramáticamente.

    Eso no sucede con las mujeres. Si bien, a las mujeres las matan menos, una mujer tiene menos margen de maniobra para que la maten porque 1) a ella también se le debe incluir en la mayoría de aquellas situaciones en las que el hombre no tiene margen de maniobra (como el hecho de ser asesinada por algún asaltante en la vía pública) 2) sobre todo, porque la violencia contra la mujer ocurre más bien en el ámbito privado (en el hogar) donde el margen de maniobra para evitar ser violentada e incluso asesinada es mucho menor (no es que no llegue a existir violencia doméstica contra el hombre, pero suele ser menor en cantidad e intensidad) y 3) porque debido a la diferencia de fuerza física y a la forma en que ambos sexos se atraen sexualmente, un hombre tiene más incentivos y mayor facilidad para violar a una mujer que una mujer a un hombre.

    La violencia hacia el hombre suele ser pública, y la violencia contra la mujer suele ser más bien privada. Ese es un problema, porque entonces la violencia contra la mujer (en el hogar o incluso en el ámbito laboral) no solo es menos visible, sino es que es casi invisible. Otro problema es que la forma en que las políticas y estrategias de seguridad se enfocan más en lo público que en lo privado. Es decir, la mujer dentro de casa está menos protegida.

    Dicho esto uno puede responder a la pregunta: Si a un hombre lo matan más, ¿por qué las mujeres se sienten más vulnerables cuando salen a la vía pública? ¿Por qué ellas se la piensan más en tomar un taxi o un Uber?

    La respuesta tiene que ver con la situación de vulnerabilidad.

    No se trata de hacer absurdas y falsas distinciones de que el hombre es malo y la mujer es buena, ambos pueden ser crueles y abusivos, una mujer puede llegar a destruir la vida de un hombre también. Vaya, ambos son seres humanos imperfectos y con muchos defectos. Se trata de entender cómo el sistema de cosas (social, cultural, económico, político) mantiene a la mujer en una situación de mayor vulnerabilidad.

    Nunca he estado cómodo con el término «patriarcado» porque, como lo he sostenido en este espacio, me parece que implica un régimen de total dominio del hombre hacia la mujer, y a estas alturas creo que ya no es tan así: la mujer tiene cada vez más espacios de poder y mayor participación en la vida pública. Lo que sí podría argumentar es que todavía existen varias reminiscencias de un régimen patriarcal anterior. Me voy a explicar:

    Los roles de género tienen mucho que ver con el contexto histórico, social, económico y tecnológico en el que se encuentran insertos. Durante mucho tiempo el hombre (que tenía más fuerza) era quien salía a trabajar por el pan y la mujer era quien criaba a los hijos (evidentemente esto con muchos matices a lo largo del tiempo y entre diferentes culturas). Como el hombre era quien más participaba de la vida pública, quien trabajaba y hacía la guerra, era también quien tenía más poder, por lo cual había una asimetría de poder entre el hombre y la mujer. La mujer cedía poder pero en cambio recibía alimento y protección: sí había una suerte de hegemonía patriarcal pero también, hasta cierto punto, podría hablarse de una suerte de consenso. El hombre era quien hacía las leyes y construía el mundo, la mujer se quedaba en casa básicamente a criar a mujeres y a esos mismos hombres que tomarían roles protagónicos en el futuro. Vaya, la mujer estaba tan fuera de la vida pública que no tenía derecho a votar.

    Hubo un momento en el cual la mujer se comenzó a dar cuenta de que no necesitaba ese alimento y protección porque podía ganárselo ella misma, ahí el «consenso patriarcal» se comenzó a resquebrajar, aunque ese resquebrajamiento no se dio de forma paulatina en los diversos sectores, prueba de ello es que mientras la sufragistas buscaban el voto había ligas de mujeres en contra de adquirir dicho derecho. El inicio de este resquebrajamiento ocurrió básicamente después de la Revolución Industrial, sobre todo cuando la fuerza comenzó a ceder a otras habilidades y al conocimiento como medio principal de producción, donde la mujer ya no se encontraba en desventaja. Casualmente, las primeras organizaciones feministas comenzaron a surgir en este contexto y algunos fenómenos aceleraron ese proceso, como la Segunda Guerra Mundial, donde las mujeres tomaron los trabajos de los hombres que habían ido a la guerra.

    Hoy, a pesar de la insistencia de algunos necios, no hay razón alguna como para que la sociedad persuada u obligue a la mujer tomar el rol pasivo y el hombre el activo porque aquellos rasgos se volvieron totalmente irrelevantes en el contexto actual. La tendencia actual ahora va más en función de la adopción de la división de tareas entre mujer y hombre. Digamos que los avances tecnológicos y sociales promovieron por sí mismos la idea de equidad de género, que tiene que ver, sobre todo, con la equidad dentro de lo público. Pero los cambios no son completamente tersos ni lineales, sino un poco disparejos y abruptos.

    Y considerando la naturaleza de estos cambios, entendemos que en un estado de cosas que ya no debería esperar que ambos géneros tomen roles diferentes, siguen existiendo manifestaciones de esa sociedad patriarcal que aparentemente ya habría sido superada. El machismo, los celos de algunos hombres cuando las mujeres cobran relevancia dentro de lo público, y demás problemas que son los que aquejan a la mujer, son ejemplo de dichas manifestaciones. Son como una suerte de desfase, de rasgos propios de un sistema que ya no existe dados los avances sociales y hasta tecnológicos.

    Las estrategias para combatir la violencia y el crimen no están exentas de esas reminiscencias patriarcales. Posiblemente la idea de que el hombre fuera quien participara de lo público, y el hecho de que él tenía a su cargo a la mujer, hizo que la violencia hacia ella no fuera visible y de hecho por mucho tiempo llegó a ser legal que el hombre golpeara a la mujer y lo sigue siendo en algunos de los países más atrasados. Incluso socialmente era más aceptado que el hombre tuviera una pareja fuera del matrimonio que el hecho de que la mujer lo tuviera, algunas mujeres tenían que callar cuando eso ocurría y, por el contrario, si ellas eran infieles, el más pesado escarnio caía sobre de ellas. Todo ello se explicaba por esta idea de que el hombre era, de alguna forma, el protector de la mujer. Las leyes no contemplaban una situación de igualdad, sino una donde la protección del primero a la segunda se asumía.

    Todo esto no implica que la violencia contra la mujer sea meramente un asunto de género. Pero el género sí está inmiscuido, es lo suficientemente relevante, y no puede negarse por todo lo que he comentado anteriormente. Pero son varios factores los que la detonan y los que la magnifican y hay que entenderlo como el fenómeno complejo que es. Que en México haya una impunidad generalizada y una crisis de seguridad evidentemente incrementa de forma drástica el número de mujeres asesinadas y violadas; pero como había comentado, la lógica de las estrategias de seguridad atienden más lo público que lo privado y también hay factores culturales propios que son reminiscencias de una sociedad patriarcal obsoleta, y por ello entonces también deben de ponerse los puntos sobre las íes en este tema.

    Es importante, sí, crear un Estado de derecho donde cualquier crimen y asesinato sea castigado, de poco sirve un gobierno que pregone tener «conciencia de género» y presuma de pasar leyes para proteger a la mujer cuando su estrategia de seguridad general es un desastre. Pero, por otro lado, quienes relativizan el problema o dicen que es cualquier violencia porque todas las violencias importan igual (lo cual es un falso dilema) no ayudan en mucho. Hay muchos países donde los niveles de seguridad son relativamente bajos pero donde sin embargo aquellas violencias que son privadas y que son las que afectan más a la mujer siguen estando muy presentes.

    Live and Learn staff pose with a ‘Stop! Violence against women’ sign. (L-R) Wilson David, Clifton Mahuta Mainge, Ellison Sau and Francis Rea.

    Si se crean políticas públicas a partir de estos dos extremos: que es exclusivamente un tema de género, o que el género es completamente irrelevante, tarde o temprano nos daremos cuenta de su ineficiencia. Hay alguna cuestión de género cuando un hombre golpea a su esposa o viola a una mujer, la hay cuando la mujer decide no contarlo por miedo a ser juzgada; pero también hay otros factores: que el hombre sea una persona psicológicamente inestable o tenga ciertos traumas, etc. Combatir la violencia hacia la mujer requiere de una estrategia multidisciplinar.

    Si el feminismo ha crecido a pesar de los pronósticos que decretaban su fin (más allá de cuestiones ideológicas, intereses, imperfecciones, excesos y demás cuestiones propias de cualquier causa social) es en gran medida porque las mujeres, en tanto han comenzado a externalizar aquello que estaba invisible, se han dado en cuenta que el sistema (como estado de cosas económico, social, político y cultural) tal como se muestra es incapaz de enfocarse en aquello que les aqueja. Dicen las feministas que lo privado es público, y en ese sentido, eso que ocurre en lo privado ha sido subido al ágora. Las mujeres cada vez callan menos la violencia de la que muchas veces son objeto y que hasta hace poco habían enterrado por miedo al juicio de la sociedad (sí, otra reminiscencia de lo que fue una sociedad patriarcal).

    No solo es el hecho, como dije, de que la impunidad general sea muy alta y la ineficiencia de las autoridades en torno a la seguridad agrave fuertemente el problema, sino que en el caso específico de las mujeres el paradigma del sistema de seguridad invisibilice su problema.

    Todos somos iguales ante la ley porque todos somos dignos como seres humanos, pero de ahí no se sigue que deba establecerse un paradigma unidimensional para atacar las diversas problemáticas que existen, sino que debe entenderse la heterogeneidad de la sociedad y atender las problemáticas específicas. Así como hay leyes y normas que protegen a las personas de la tercera edad o para proteger a la niñez, entonces ¿por qué no tendría que haber un enfoque específico que atienda los problemas de la mujer, así como también debería haberlo para atender los problemas del hombre?

    Y por alguna razón, es la violencia contra la mujer la que más se regatea, a la que más se le ponen peros. Concuerdo con que, en varios casos, falta empatía sobre el tema (lo que incluye burlas por parte de algunos hombres y hasta mujeres), pero en muchos casos también falta el conocimiento para poder empatizar, porque no se puede empatizar con lo que se desconoce. Mucha gente no empatiza porque en realidad no entiende. Y lo que hemos visto en las últimas fechas es un grito para alertar, para llamar la atención de lo que está pasando.

    Y no se trata de presumirse feminista o aliado (siendo sinceros, a veces su uso por parte de los hombres me llega a causar cierta sospecha) ni es imperativo siquiera adoptar el discurso o evitar disentir con aquellos movimientos, sino simplemente de empatizar con el dolor de los otros a partir de la idea del ser humano como digno por el hecho de serlo, y desde ahí entender este problema que aqueja a las mujeres, que es real, y que es muy duro (porque incluso las violaciones destruyen muchas veces su ser como los hombres no tenemos idea).

    Porque las viscerales burlas por parte de quienes en teoría están preocupados por que los movimientos feministas se radicalicen solo harán eso, radicalizarlas. Porque justamente es la falta de empatía y la impotencia la que genera el encono.

    El problema es real, y no se puede ocultar.

  • El primer año de López, #SaveTheDate

    El primer año de López, #SaveTheDate

    El primer año de López

    Este primero de diciembre López Obrador cumple su primer año en el poder, y las cosas no andan bien. No es la «Venezuela chavista» que presagió la oposición ni vamos «rumbo al comunismo», pero sí tenemos un gobierno errático e improvisado con algunas pulsiones autoritarias de las cuales hay que estar alertas.

    Nos prometieron una Cuarta Transformación, pero más que una ruptura, esto parece más un tímido retorno al pasado bajo el cual se entienden muchos de los vicios políticos del presente. La ruptura es más de discurso, de retórica y de cambio de élites.

    Pero también es cierto que este nuevo régimen tiene sus peculiaridades y que tienen que ver con la particular visión de López Obrador que, en un gobierno casi sin contrapesos, puede imprimir su particular visión del mundo con más facilidad y soltura que cualquier otro presidente.

    Si nos atenemos a la forma en que la politóloga italiana Nadia Urbinati describe al populismo, evidentemente López Obrador es uno: vemos un evidente debilitamiento de los contrapesos, el desdén por la pluralidad (los ataques a la prensa, o la forma en que etiqueta a sus adversarios) y un discurso polarizador donde dice representar a una mayoría (el pueblo) frente a una minoría. Sin embargo, tiene ciertas particularidades si lo contrastamos con aquellos populistas con los que lo han comparado. Por ejemplo, su gobierno busca mantener una macroeconomía estable y un servicio público austero (eso sí, con muchas torpezas en el proceso), algo que parece más cercano a las recomendaciones del Consenso de Washington que a la tradición de gasto y deuda propia del Cono Sur, casi como un «neoliberalismo improvisado».

    A pesar de estas consideraciones, López Obrador adolece de aquello característico de muchas izquierdas (aunque su definición como izquierdista sea puesta en tela de juicio por más de uno) y es esa fricción entre el ser y el deber ser, o dicho de otra forma, entre la realidad y la idealización que AMLO hace de México, el cual piensa que puede ser limpiado de corrupción en 6 años y que basta con ahorrar dinero del servicio público para tener las arcas con el dinero suficiente para impulsar programas sociales y demás. En ese forzar lo real para que se parezca a lo ideal, AMLO ha cometido errores como ignorar cualquier criterio técnico y la rigurosidad a la hora de crear políticas públicas.

    Ante la falta de resultados, o al menos, los que esperaría obtener (comprendiendo que la expectativa que López Obrador tiene de su gobierno es alta), AMLO se refugia en su narrativa, porque es lo que le da fuerza y cohesión a su movimiento. Celebrará por cuarta vez su triunfo en el Zócalo, como para hacer que los suyos no pierdan las esperanzas; publica libros, da informes, pero la excesiva insistencia en los símbolos parecieran sugerir que el mismo López Obrador no está satisfecho con el rumbo de las cosas.

    ¿Aciertos? Sí los hay: el alza al salario mínimo, la libertad sindical, la norma 035 y algunos otros que se me olvidan. Pero posiblemente queden opacados por una gran cantidad de desaciertos: por la creciente inseguridad, por la economía estancada, por el deterioro de la institucionalidad o la incertidumbre que este gobierno genera. A un año la popularidad de López Obrador sigue siendo alta, pero el declive es palpable. Es cierto que dicho declive es natural en los mandatarios que llegan con índices de aprobación muy alta producto de las altas expectativas, pero lo novedoso aquí es que el propio presidente se ha puesto él mismo expectativas muy altas sobre lo que su gobierno debe de ser:

    López Obrador es un personaje que desea pasar a los anales de la historia (el término «Cuarta Transformación» no es gratuito) y su épica heroica incluye ese México ideal, libre de corrupción y justo con el que sueña ¿Qué va a pasar cuando esa fricción con la realidad se vuelva más evidente? ¿Qué pasará cuando vea que ese México ideal con el que soñó y que lo vistió de héroe se aleje cada vez más de sus ojos? ¿Se conformará, arrojándose al México real, con hacer un gobierno aceptable? ¿Se desesperará y comenzará a cometer muchos errores que se conviertan en una bola de nieve? ¿Querrá extender su mandato y se aferrará al poder para ver si con uno más logra crear ese México? No lo sabemos.

    Una de las promesas de este gobierno fue separar el poder económico del poder político, pero parece que está recreando el mero génesis a partir del cual surgió ese problema que tanto gusta López Obrador denunciar: vemos, en una recreación de las relaciones cupulares entre gobierno y empresa, a Carlos Slim colaborando muy de cerca del presidente López Obrador y hablando maravillas de su presidencia. En la práctica no pareciera existir esa separación, sino una distinción entre los empresarios que colaboran y aquellos que se oponen. AMLO no es anticapitalista ni parece que vaya a expropiar empresas, pero su forma de concebir la política es muy propensa a construir un nuevo «capitalismo de cuates».

    Lo mismo ocurre cuando habla de representar al pueblo (ese que había quedado relegado e ignorado) y a sus más nobles causas. Dice darles voz, pero en realidad López Obrador solo lo utiliza para acumular poder porque es el que le da legitimidad. Basta ver las consultas a modo y fuera de toda legalidad donde hace sentir al pueblo que toma decisiones pero que están organizadas de tal forma que gane la opción que tanto interesa al Presidente de la República. Al igual que con el PRI, este gobierno acarrea gente a sus mítines, les da «Boings», tortas y Frutsis como hacía el gobierno de Peña Nieto el sexenio pasado.

    La distinción de «pueblo bueno» está íntimamente relacionada con la postura que alguien tiene hacia su gobierno. Así, Javier Sicilia, quien quiso asumirse como crítico, mereció el desprecio de López Obrador y fue excluído dentro de esa «lista» del pueblo bueno que tiene una gran cantidad de reservas morales. Hace lo mismo con la prensa: solo es válida la que secunda las decisiones de su gobierno mientras que manda al ostracismo a la opositora asegurando que siempre debe haber algún interés detrás de quien critica. No se trata de la construcción de un México nuevo, sino uno que, sin necesidad de renegar de los vicios y defectos políticos, gire en torno a él.

    En resumen, dentro de esta transformación no hay un real tránsito hacia un nuevo México más libre y más justo, sino sólo un cambio de élites. Acierta Urbinati (basándose en el trabajo de Gramsci) cuando dice que si bien el populismo comienza con un fenómeno de descontento de masas y participación política, es al final una estrategia política de transformación de élites y de la creación de una nueva autoridad. Básicamente lo que estamos viendo es el establecimiento de una nueva élite política a la que se suman varios sectores (desde sindicales hasta empresariales) y donde, a pesar del discurso puritano del Presidente, caben políticos corruptos como Manuel Bartlett y Carlos Lomelí.

    En el primer año las cosas no han cambiado mucho, las formas y las narrativas han cambiado más que el fondo. Tenemos un líder populista que echa mano de muchos de los vicios de la política mexicana para ejercer el poder. No terminará por ser un Chávez seguramente ni creo que terminemos haciendo filas para comprar el pan, pero tampoco es como que su gobierno pinte muy bien y sí hay rasgos preocupantes, sobre todo aquellos que tienen que ver con el deterioro institucional y la inseguridad.

    Para finalizar, la oposición también ha hecho su mérito para que los contrapesos no existan. Tenemos una oposición muy acomodaticia, mediocre y tímida que no ha entendido por qué fueron votados del poder. Siguen operando desde la misma lógica bajo la cual su legitimidad se vino desgastando, y en muchas ocasiones no hacen nada más que fortalecer la narrativa de este gobierno. Si López Obrador debería irse decepcionado de su primer año, la oposición debería irse con la misma frustración de ser una fuerza prácticamente irrelevante.

  • El feminismo mexicano como fenómeno político

    El feminismo mexicano como fenómeno político

    Allá hace algunos meses, cuando explotó el #MeToo, algunos presagiaron el fin del feminismo dados los efectos colaterales producto del método a seguir para hacer denuncias y que constaba de creer el testimonio de las mujeres y darlas por válidas (que más de un hombre llegó a ser falsamente denunciado producto de alguna mujer que aprovechó el momentum para difamar).

    Luego también presagiaron su fin cuando algunas anarquistas vandalizaron el Ángel de la Independencia. Lo volvieron a matar ahora con el vandalismo ocurrido en la Avenida Juárez de la Ciudad de México.

    Decían que el feminismo estaba perdiendo apoyo y legitimidad, que hay gente indignada por lo ocurrido. Pero en realidad está ocurriendo justamente lo contrario, más gente se está sumando. ¿Por qué?

    Quienes presagian su muerte no han entendido de qué va la cosa, parten desde la idea de que una lucha social tiene que legitimarse ante la comunidad, convencer y caer bien a todos, lo cual no es solo absolutamente falso, sino también absurdo.

    Una causa social solo necesita legitimarse ante el número suficiente de personas necesarias para que tenga la suficiente capacidad de difundir el mensaje que quieren comunicar e impulsar sus peticiones. Lo que importa aquí no es tanto la legitimidad del colectivo como tal, sino la del mensaje que quieran que sea escuchado para que a partir de ahí se gesten los cambios.

    Las feministas no pretenden siquiera generar simpatías ante todo el mundo, no son «un político en busca de la mayor cantidad de votos» (además ni los políticos buscan agradar a todos, sino a los suficientes para ganar). A veces pueden resultar nefastas y caer gordas, y no es como que les importe, tampoco les interesa tanto que todo el mundo lea a los filósofos postestructuralistas de los que tanto gustan algunas de ellas. Lo que les interesa es cambiar la realidad en la que se encuentran y por ello quieren visibilizar aquello que consideran que está invisibilizado. Lo que quieren no es caer bien, sino que el mensaje se escuche para que las problemáticas que les afecta se combatan.

    De hecho, es probable que más de una de ellas asuma que caerle bien a todos implicaría que no están haciendo bien su chamba. Porque si hablamos de una batalla cultural donde pretenden cambiar actitudes y normas, queda implícito que algunas personas van a quedar muy incómodas con ello. Asumen que el diálogo se ha quedado corto y que el conflicto se vuelve inevitable.

    Pero el feminismo como tal no está en crisis, por el contrario, está creciendo y ya logró esa masa crítica necesaria para insertarse dentro del ágora política y social de nuestro país. Con el polémico #MeToo primero lograron esa masa crítica necesaria para que muchas mujeres se atrevieran a externar los casos de violación de los que fueron objeto, eso pesó más que las deficiencias del método. El mero hecho de que quedara al descubierto que el problema era más grande de lo que se pensaba hizo, contrario a lo que muchos pensaron, que su movimiento creciera.

    Poco a poco más mujeres, muchas de las cuales tienen miedo de salir a la calle o de ser violadas, como varias de sus pares, sumado a esto los altos niveles de impunidad y la ineficiencia de las autoridades para combatir el problema, comenzaron a sentir alguna forma de simpatía con la causa. Importó más encontrar un canal o un refugio para sus preocupaciones y temores que las imperfecciones o los excesos que puedan existir en su movimiento.

    Y entendido que se trata de la legitimidad del mensaje más que la del colectivo, los mismos actos vandálicos (cometidos por una minoría y no en nombre de todo el contingente, ciertamente) les terminaron siendo útiles de alguna forma. Muchas personas se molestaron (tienen derecho a oponerse a las formas y no implica necesariamente una disyuntiva), sí, pero aquello logró amplificar su mensaje. Entre tantas molestias por los monumentos rayados varios entienden que hay una dura molestia detrás. Y como en la publicidad, la idea es repetir varias veces el mensaje para que «se posicione en la mente del individuo».

    Tal vez muchos nunca simpaticen con estos colectivos pero comprendan que el problema existe y logren cierta empatía con ello.

    Y después de lo acontecido en el Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer, quienes recibieron opiniones mixtas por la comentocracia mexicana donde algunos se lanzaron en contra (el escarnio de Paty Chapoy) y otros a favor, las mujeres se lanzaron al Zócalo a replicar una puesta en escena creada en Chile y que se viralizó en las redes sociales hasta replicarse internacionalmente. Dicha puesta en escena se convirtió en un símbolo, de esos que dan cohesión e identidad a un movimiento:

    Lograron invadir parte de la explanada del Zócalo, fueron la cantidad suficiente de mujeres como para enseñar «músculo», como diciendo que no se trata de un grupo minoritario y que la cosa va en serio. Fue tal cantidad de gente que incluso en la puesta en escena es posible percatarse de la velocidad del sonido a través del movimiento de sus brazos.

    Y más que hablar de un movimiento social en desprestigio, muchas mujeres que han sido afectadas (algunas que incluso veían con escepticismo ese tipo de movimientos), o mujeres que temen serlo, han encontrado en ese movimiento una forma de contención y refugio ante la problemática que viven.

    El feminismo, como cualquier causa social, es perfectible, puede no gustar, puede llegar a caer mal, pueden haber excesos, pueden manifestarse algunos radicalismos, pueden generar escepticismo, molestias y hasta indignación. Lo cierto es que el feminismo como fenómeno político no es un fenómeno aislado surgido de la nada ni es una «conspiración macabra ideada por George Soros y algún reptiliano», más bien tiene una causa bastante clara, y justamente esa causa es increíblemente parecida a ese mensaje que quieren comunicar. Y si se quiere entender este fenómeno, ya sea para analizarlo, criticarlo o apoyarlo, se vuelve indispensable entender la causa en sí.