Cuando llegamos a 1990, el discurso era uno de libertad. Caía el muro de Berlín, la URSS comenzaba a colapsar y la bipolaridad entre el occidente capitalista y el régimen comunista soviético (y satélites) llegaba a su fin. México veía los últimos años del régimen de partido único que poco tiempo después perdería mayoría en el Congreso. La apertura era patente en muchos sentidos.
Luego llegó el año 2000. En el ámbito global no había tantas novedades. Dábamos por hecho el estado de las cosas y le comprábamos a Francis Fukuyama la idea del fin de la historia, bajo la cual aseguraba nuestra civilización había arribado a la democracia liberal como punto culmen de su desarrollo, aunque todo ese optimismo pronto empezaría a resquebrajarse, sobre todo a partir del 9/11. A México le fue muy bien, el año 2000 fue el inicio de la alternancia.
En el año 2010 las cosas ya no eran tan positivas. Tanto el propio 9/11 como la crisis global del 2008 nos hizo repensar ese optimismo de las décadas pasadas. Sin embargo, con todos los «accidentes», todavía teníamos fe en la idea de la democracia liberal como aspiración, aunque su legitimidad comenzaba a recibir algunos cuestionamientos. Comenzamos a decir (en México y en casi todo Occidente) que los políticos no nos representaban, que el sistema político no funcionaba del todo bien. Pero teníamos a Internet como ese elemento liberalizador que, decíamos, democratizaría todo.
En el 2020, por primera vez después de varias décadas, entramos a una era de profunda incertidumbre. Comprendimos que la democracia liberal no era el fin de la historia, con lo cual el futuro ahora nos comenzó a parecer más bien dudoso y oscuro. En las décadas pasadas ignoramos el hecho de que los cambios tecnológicos modificaban las dinámicas sociales y nos dimos cuenta hasta que ello simplemente ocurrió. Si la imprenta o la Revolución Industrial modificaron de forma drástica todas las dinámicas sociales ¿por qué entonces subestimamos el poder de Internet para hacerlo?
El Internet había irrumpido de forma drástica. Pensamos que el sistema político-económico «antes de Internet» iba a funcionar igual de bien dentro de nuestra era y no fue así. De hecho, el estado de cosas se está modificando sin que tengamos la más mínima idea de cual vaya a ser su forma final porque el propio Internet y las tecnologías evolucionan a pasos agigantados cambiando de forma continua las dinámicas políticas, económicas y sociales.
No estamos sobre piso firme, sino desde uno muy líquido, que cambia drásticamente y que es acompañado de esta idea posmoderna de la sustitución de las grandes narrativas por la interpretación personal del mundo.
Hoy no hablamos de ningún fin de la historia. Hoy hablamos de las nuevas corrientes demagógicas de derecha e izquierda iliberal que toman popularidad, de los cada vez más sofisticados algoritmos, de la inteligencia artificial y del advenimiento de la singularidad (ese momento en que la propia inteligencia artificial se vuelva autónoma y superior al propio ser humano) como algo que ya no está tan lejos como para ignorarlo.
Hoy el futuro es incertidumbre, no tenemos la más mínima idea de cómo vaya a ser. Bueno, nunca la tuvimos, pero creímos haberla tenido y eso nos daba una sensación de seguridad y confort que hoy es prácticamente inexistente.
Ya sé, ya sé amigo. Estrictamente la década empieza hasta 2021, pero seamos sinceros: en el 2021 nadie se va a acordar y seguramente lo van a tomar como cualquier cambio de año. Por eso mismo todos están haciendo sus conteos ahora, y por eso decidí escribir esto a inicios de 2020 y no a inicios de 2021.
Dicho eso, me puse a reflexionar sobre las diferencias entre el mundo en el que vivíamos en la primera década del siglo XXI y las de la segunda década que está a punto de concluir.
Conforme uno crece pareciera que el tiempo vuela más rápido, pero son 10 años, y en 10 años cambiaron muchas cosas. Cuando uno ve las cosas en retrospectiva, se puede dar cuenta de que el mundo no es el mismo y que ha cambiado de forma considerable.
Pero ¿en qué ha cambiado? Para esto me atreví a hacer esta lista:
1) En 2010 la democracia liberal, a pesar de la crisis global que azotó a gran parte del mundo, todavía no estaba siendo profundamente cuestionada y se daba por sentada (aunque se notaban algunos indicios de descontento producto, sobre todo, de dicha crisis). Hoy está fuertemente amenazada por movimientos nacionalistas de derecha e izquierda.
3) Las corporaciones como Facebook y Google eran vistas como fabulosas startups fundadas por emprendedores cool en algún garaje de California y que contrastaban con las antiguas y grises corporaciones del pasado. Ahora son vistas por muchos como poco menos que monstruos que amenazan nuestra privacidad.
4) En la década pasada las televisoras tradicionales todavía tenían la voz dominante de la información. En esa década surgió Youtube, pero todavía no existía la creación de contenido que hay ahora y las plataformas de streaming estaban básicamente en pañales. Pero en esta década todas estas plataformas crecieron y también surgieron nuevas plataformas informativas en línea que comenzaron a competir con los medios tradicionales. Básicamente, la forma de consumir información y contenidos de forma muy drástica. Cada vez hay menos artistas de Televisa y más youtubers.
5) Aunque técnicamente se podía comprar en línea incluso desde antes del año 2000, ello era una actividad casi marginal reservada para aquellas personas familiarizadas con la tecnología. Actualmente las compras en línea son el pan de cada día: compramos comida, pedimos un Uber y hasta hacemos el súper en línea de forma cada vez más frecuente. Incluso en países como Estados Unidos varios centros comerciales están comenzando a desaparecer por el cambio de hábitos de consumo.
6) Si bien el primer smartphone (iPhone) se lanzó en el 2007, fue en esta última década cuando se consolidó su uso, lo que cambió de forma drástica la forma en que nos comunicamos y consumimos información. Tal vez no se equivoquen quienes se atreven a asegurar que el transhumanismo ha comenzado con el smartphone como una extensión de nuestro cuerpo.
7) A diferencia de la década pasada, donde el debate político se centró más en lo económico, en esta se ha centró más en lo cultural como en lo social. El feminismo, por ejemplo, cobró mucha fuerza (así como crecieron sus detractores de forma correspondiente) al igual que lo hicieron otros movimientos gracias al poder de Internet. No podemos olvidar la evidente expansión de derechos conquistados de colectivos como los LGBT.
8) En la década pasada se hablaba de Internet como un agente democratizador que pondría la información al alcance de todo el mundo y empoderaría a los ciudadanos. La visión que hoy se tiene de Internet, aunque se sigue reconociendo sus cualidades, es algo más pesimista: hablamos de cámaras de eco, de fake news, de desinformación y sobre la forma en que algunos demagogos han llegado al poder gracias a Internet.
9) Aunque es una tendencia que se puede rastrear mucho mucho más atrás, la Iglesia Católica ha perdido cierta influencia con respecto de la década pasada, sobre todo en las nuevas generaciones donde el agnosticismo y el ateísmo han crecido. También es cierto que otras organizaciones cristianas, como los evangélicos, han logrado penetrar en varios países latinoamericanos gracias a su cercanía con gobiernos demagogos como los de Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro y Andrés Manuel López Obrador.
10) Con respecto de la década pasada, en el periodo 2010-2020 las corrientes postestructuralistas (aquellas que llaman posmodernas) cobraron mucha relevancia no solo en la academia, sino en el activismo y el discurso público: términos heredados de filósofos postestructuralistas como «normalizar» (Michael Foucault) o «deconstruir» (Jacques Derrida) se han integrado al habla cotidiana, aunque en algunos casos distorsionando su significado original. Es cierto también que estas corrientes ya han mostrado ciertos signos de desgaste en los últimos años.
11) A inicios del 2000 algunos presagiaban la muerte de la filosofía dado que estaba siendo excluida de algunos programas educativos. Sin embargo, en esta década vimos una suerte de resurgimiento, pero no tanto gracias a la academia, sino a Internet, que se ha convertido en una gran herramienta de divulgación a la cual recurren quienes buscan explicarse el mundo de mejor forma.
12) Hemos visto el surgimiento de propagandistas jóvenes y no tan jóvenes que promueven corrientes ideológicas y políticas como Ben Shapiro, Agustín Laje, Gloria Álvarez, e incluso gente como Antonio Attolini o Gibrán Ramírez en México. No son intelectuales en el sentido estricto de la palabra (algunos están más preparados que otros), son más bien una suerte de activistas quienes buscan la confrontación. Esto era muy raro en la década pasada.
13) El rock, que en los principios del milenio todavía tenía mucha relevancia, ha perdido mucha popularidad entre las nuevas generaciones (que prefieren el reaggeton o el rap) y casi se ha convertido en un género marginal.
14) El streaming sustituyó casi por completo al mp3 que se convirtió en el formato por defecto para escuchar música. Tarde, pero la industria musical logró encontrar darle la vuelta a la piratería sin molestar en lo absoluto a los fanáticos de la música.
15) En la década pasada no se hablaba mucho de algoritmos (aunque ya se utilizaban de alguna forma y estaban menos desarrollados que ahora). Hoy, en cambio, hay mucha literatura de especialistas preocupados por la forma en que éstos pudieran llegar a controlar nuestra vida diaria en un futuro no muy lejano.
16) Las plataformas educativas revolucionaron Internet con respecto de la década pasada. Los MOOCS y cursos en línea se han convertido en formas recurrentes para estudiar y actualizarse. Ya no se ve lejano el momento en que terminen casi sustituyendo parte de la educación presencial.
17) ¡Se me olvidaba! Los memes se volvieron populares. Sí, en la primera década del milenio se compartían algunas imágenes y bromas por medio de cadenas de correo, pero los memes no se popularizaron hasta esta década.
18) En tanto que la izquierda cultural comenzó a conquistar puestos de poder, la derecha conservadora se volvió rebelde y contestataria. La izquierda comenzó a tomar roles que antes pertenecían al conservadurismo, como la corrección política.
19) El estreno de Forrest Gump está a la misma distancia de tiempo de la llegada a la Luna que al día de hoy (25.2 años).
20) Y lo más importante: en la década pasada el Atlas no fue campeón y en ésta el Atlas tampoco fue campeón.
Para terminar, disculpen si omití algunos otros cambios. Si lo hice fue porque mi cerebro es imperfecto y tiene memoria limitada. Si quieres sugerir algunos escríbelos en los comentarios de Facebook o Twitter.
Como no sé qué escribir de fin de año, les voy a hablar de uno de mis hobbies favoritos: leer libros.
1) Este año leí 66 (es lo que más he leído en mi vida) y posiblemente ya no lea una cantidad mayor. Como muchos de los libros que leo son digitales, tengo mi cuenta en Goodreads y ahí siempre subo todo lo que he leído. No me fijo mucho en ponerme metas, nomás leo por gusto y ya.
2) Eso sí, guardo cierta disciplina a la hora de leer (y eso explica por qué he podido leer tanto). En la mañana, cuando hago bicicleta, me llevo un libro (ahí van 30 minutos). En mi hora de comida, me reservo otros 30 minutos (más 15 de comer y 15 min de siesta aprox). Luego en la tarde, después de terminar de trabajar leo como hora y media o dos horas, aunque no seguidas, sino distribuidas por lapsos. Leo entonces como 3 horas diarias en días normales (que no salga o esté sobresaturado de trabajo).
3) En fin de semana y domingo leo más (excepto los días en que esté fuera de casa). Ahí leo como 4 horas más o menos distribuidas en el día. Leer más ya se me hace bastante pesado y rara vez lo hago. También, cuando viajo (avión o camión) leo en casi todo el trayecto, o cuando estoy esperando en el aeropuerto o cuando estoy en una sala de espera (afortunadamente puedo leer en mi cel y sincronizar el avance con el Kindle).
4) La mayoría de los libros que leo son digitales (por precio básicamente y porque los libros clásicos en línea puedes conseguirlos gratuitos en PDF) pero de vez en cuando leo libros físicos porque nunca nada se va a comparar con un libro físico (aunque el Kindle es más ergonómico).
5) Es raro que no termine de leer un libro, todos los termino (hasta a Hegel lo terminé por más que me costó). Solo tengo como cuatro sin terminar.
6) Nunca leo más de dos libros al mismo tiempo y casi siempre solo leo uno.
7) No me gusta subrayar libros físicos ni poner etiquetas, me gusta dejarlos lo más intactos posible. En el Kindle, como es digital, sí que subrayo y hago notas.
8) Casi siempre que termino un libro, leo reseñas o videos en Youtube para reforzar lo que leí. Si aplica, incluso escribo algún artículo en mi blog que haga referencia a algún contenido del libro en cuestión.
9) Leo casi de todo y trato de alternar géneros (ej, leo un libro de política, luego una novela, luego uno de historia, uno de divulgación y así). Aunque es un hobbie, intento en cierta medida que lo que lea abone a mi desarrollo personal y profesional.
10) También trato de leer libros que me confronten para no hacer de mi lectura una burbuja ideológica o bien trato de leer libros muy disímiles entre sí (tuve la osadía de leer Teología del Cuerpo de Juan Pablo II y, acto seguido, El Género en Disputa de Judith Butler) para contrastar dos formas de pensamiento radicalmente distintas.
11) Amo que me recomienden libros, y también me encanta recomendar. También siempre chismeo cuando alguien está hablando o escribiendo sobre un libro.
12) Aprendí a leer a temprana edad, y por el contrario, aprendí a caminar tarde (incluso no sé qué aprendí a hacer primero). Así como soy bueno para leer, los deportes nunca se me dieron bien.
Estaba, como cualquier otro día, navegando en mi Twitter cuando me encontré esta publicación de Gerry Sánchez, uno de esos pick up artists que venden seminarios para aprender a ligar:
El ver, hablar, escuchar y leer de política es un HOBBY, no una necesidad.
Si tienes los medios y alcance para modificar algo al respecto, entonces hazlo
De lo contrario es otro opio y distractor.
Muchos mediocres “intelectuales”. Muchas palabras, poca acción#GSLoDijoPrimero
Entiendo que no es una persona conocedora del tema y seguramente no entiende muy bien la función que la política tiene dentro de una sociedad, pero abordo este contenido porque sé que muchos piensan así. También dentro de esta peculiar publicación hay un punto importante que es el que lo motiva a pensar así (ver la política como opio) y que casi seguramente se deriva del bajo nivel del discurso político en nuestro país.
Primero debo de decir categóricamente que la política no es un hobby.
A ver, el entorno en el que vivimos no es algo dado o algo que debamos dar por sentado, es la suma de muchos equilibrios o muchas variables que, de ser modificadas, pueden cambiarnos todo el contexto. Las decisiones que se toman en política terminan irremediablemente afectando la vida cotidiana, y desde ahí debemos entender que la política es algo lo suficientemente serio como para rebajarlo a la categoría de hobby.
Posiblemente Gerry Sánchez, como muchos otros, se frustre al ver el nivel de discusión política que existe en nuestro país (sabemos que es bastante malito). Tal vez, a partir de esa frustración, deduzca que se trata de algo innecesario: si veo que toda la gente se está peleando y discutiendo cuando podría estar «formándose», entonces no deberíamos interesarnos en política a menos que «tengamos los medios para hacer algo y modificarlo».
La política es frustrante (otra razón para no considerarla un hobby), en muchos casos molesta e incomoda. Pero la política es necesaria: un país desarrollado o que aspire a serlo necesita de ciudadanos que al menos estén al tanto de lo que acontece en su comunidad y/o en su país.
Estar al tanto de la política es una responsabilidad que uno tiene como ciudadano, no es un hobby
Digamos que, si los ciudadanos nos desentendiéramos de la política, le daríamos demasiado poder a los políticos. Seríamos más manipulables (sí, todavía más de lo que somos) porque no tendríamos ninguna información a la mano.
Gerry Sánchez y quienes piensan así entonces deberían estar contentos al ver que las nuevas generaciones se muestran, por lo general, menos interesadas en la política y salen menos a votar. Pero ya hemos visto las consecuencias que eso ha traído en algunos países como el Reino Unido y los Estados Unidos. Y tampoco es, como pensaría él, que entre la juventud tengamos más «hombres forjándose». De hecho, él mismo hace hincapié en esta idea de que las nuevas generaciones (esas mismas que son más apáticas políticamente) son más débiles de carácter.
Dice también que «si tienes los medios para modificar algo al respecto, entonces lo hagas». La cuestión es que estar al tanto de lo que ocurre en la política es condición necesaria para lo que viene. Si la sociedad está completamente despolitizada, entonces nadie va a hacer nada, nadie se va a manifestar ni nadie siquiera querrá involucrarse activamente. El estar informado y al tanto de lo que pasa ya es hacer algo, por más mínimo e insignificante que parezca.
Dice Gerry que la política es el opio. Opio es más bien el que tratan de vender los políticos, y se vende más fácil cuando la gente no está al tanto y no cuestiona lo que acontece. El ciudadano pasivo, apático y desinteresado es aquel que más interesa a aquel político que privilegia sus intereses personales sobre el bien común. Ese tipo de ciudadano es más peligroso incluso que aquel fanático que defiende a un gobierno sin cuestionarlo porque es quien tiene la posibilidad de fungir como contrapeso y no lo hace.
En su publicación critica a los «intelectuales» que opinan, como si tuviéramos demasiados y muy vistos como sí ocurre, por ejemplo, en los deportes. Pero los intelectuales, como sea, ayudan a formar opinión pública. De nuevo, si no existieran, la población estaría aún más desinformada y sería más presa de los intereses políticos. Y si no fueran relevantes y no tuvieran peso alguno, no veríamos a algunos gobernantes quejarse de ellos e incluso reprender a algunos diarios por sus actividades.
La conclusión a la que él parece querer llegar es que «un hombre que quiere forjar acero» no debería estar perdiendo su tiempo en esas «frivolidades». Pero dudo que el tiempo que se le debe invertir en estar al tanto del acontecer político prive a una persona de leer un buen libro, ir a ligar al antro o ir al gimnasio.
Otra cosa es que el nivel de la discusión política sea muy magro, pero eso es resultado del fenómeno opuesto al que propone Gerry Sánchez. En lo cuantitativo, mucha gente es apática con relación al quehacer político, y en lo cualitativo, mucha gente no es rigurosa a la hora de informarse y se deja llevar por la información que corre en las redes sin verificarla siquiera.
Por último, pensar que no nos debemos preocupar por la política porque «nosotros nos podemos forjar» es un craso error. Muchos dentro de este mundito de la autoayuda, desde una causalidad radical y una postura ultraindividualista por no decir egoísta, piensan que la política no importa porque si nos forjamos no habrá crisis ni problema que nos afecte. La verdad es que pensar ello es iluso.
Desde luego un hombre o una mujer con un buen temple y carácter tendrá más posibilidades de sortear una dificultad, pero no hay garantía de ello por el simple hecho de que nadie tiene la capacidad de controlar todas las variables. El individuo tampoco vive aislado como para despreocuparse de todo lo demás y desprenderse de la sociedad. El individuo vive en comunidad y requiere de ella para salir adelante, el individuo convive, hace negocios y se relaciona con otras personas que conforman la comunidad. El individuo es ciudadano de un país. Eso le obliga moralmente a estar al tanto del acontecer político.
Por ello pensar que la política es un hobby es un craso error. La política no es una frivolidad, es muy importante. La política está en todos lados, es parte de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad, y no se puede dejar del lado.
Si algo nos prometió la 4T de forma insistente fue acabar con la corrupción.
López Obrador nos lo prometió. Nos dijo que si el Presidente era honesto, todo el gobierno y todo el «pueblo» lo iba a hacer. Que había que barrer las escaleras de arriba a abajo.
Muchas personas le creyeron. Ciertamente los gobiernos pasados (y en especial el de Peña Nieto) como que se esmeraron mucho para legitimar su discurso. Muchos dedujeron que AMLO debía tener algo de razón, entonces ¡votemos por la alternativa!
Ciertamente, al día de hoy, nadie puede decir que el mismo Presidente haya robado o se haya beneficiado del erario público de forma ilegal para enriquecerse. Pero nada más.
Ni siquiera podemos decir que López Obrador no es corrupto. Hay muchas formas de corromperse y no solo tienen que ver con el robo o involucrarse personalmente en conflictos de interés. Saltarte la vida institucional en aras de amasar poder (véanse las consultas populares) es una forma de ser corrupto, decir que vas a hacer una cosa y luego hacer otra también es otra forma de corromperse. Ignorar deliberadamente el rigor técnico a la hora de gobernar también lo es.
Defender y mantener en puestos claves a corruptos también es una forma de corrupción, y es una forma grave, porque entonces no solo se es cómplice de la corrupción de otros, sino que dicha conducta termina promoviéndola.
Y eso es lo que ocurre con Manuel Bartlett, quien fue exonerado por la Secretaría de la Función Público al más puro estilo Virgilio Andrade ¿se acuerdan?
Y más preocupante es ver a gran parte de eso que llaman «Cuarta Transformación» alinearse para defender a su corrupto (a Bartlett). Preocupante es que AMLO incluso tenga la osadía de subir una fotografía a Twitter con el propio Bartlett y Santiago Nieto, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera. El mensaje es clarísimo: cerrar filas para proteger las espaldas de Bartlett. Eso, evidentemente, es una forma de corrupción.
A diferencia de otras ocasiones, no todos los acólitos de la 4T hicieron lo mismo (sobre todo aquellos que no forman oficialmente parte de ella pero que simpatizan por alguna suerte de convicción). Hubo quienes no vieron forma de justificar esta defensa, tomaron distancia o incluso repudiaron el hecho. Pero los que están ahí, los que forman parte y se alimentan de la 4T ni siquiera fueron prudentes. Defendieron a su corrupto y se fueron en contra de quien acusara: de Loret de Mola, de la «prensa fifí» e incluso las cuentas oficiales se sumaron a la campaña con un descaro que ni en el gobierno pasado habíamos visto.
En resumen, todo ese conglomerado de personas y sectores que nos prometieron que ahora todo sería diferente, están solapando a un corrupto.
Pero, a pesar de lo que es tan evidente, con todo esto no son pocas las personas que tienen depositadas las esperanzas en este gobierno, del cual creen que sí es diferente.
La realidad es que los vicios que han acompañado a los gobiernos contemporáneos siguen ahí vivitos y coleando. La realidad es que este gobierno en la práctica no propone un gran cambio al respecto. Su discurso de la corrupción es muy retórico y poco práctico.
La apuesta de los demócratas parece ser utilizar el impeachment como arma estratégica en las elecciones. ¡Miren, es el 3er presidente en toda la historia de los EEUU que es sometido a este proceso! ¡Es un gran corrupto!
Y seguramente hay muchas razones válidas para procesar a Trump, y tal vez objetivamente hasta mereciera ser destituido, pero eso en temas electorales es irrelevante, porque lo que importa es la percepción, y eso es algo que parece no se ha entendido.
Pareciera que los demócratas están seguros de que al mostrar a Trump como «un gran corrupto» lo van a vencer en las urnas. Pero parece que no están entendiendo, y parece que no aprendieron la lección de 2016, donde se le acusó de misógino, corrupto y hasta aliado de los rusos ¡y ganó!
El hecho de que el impeachment se vaya atorar en el Senado compuesto por una mayoría republicana que está dispuesta a defender a Trump tampoco ayuda mucho a la causa de los demócratas. De hecho, Trump puede fortalecer su narrativa desde el argumento de que «los demócratas no pudieron con él».
Los demócratas, hasta la fecha, son en cierta medida parasitarios de la narrativa de Trump (así parecido a lo que ocurre con la oposición mexicana, aunque con sus matices claro está), es decir, mucho de lo que dicen gira en torno a Trump, a sus dichos, sus posturas y sus tweets. Si bien hay algunos candidatos con ideas propias, los demócratas no han construido una narrativa lo suficientemente potente que compita con la de Trump. Si ponen todas sus energías a mostrar a Trump como corrupto, como malo, como misógino o como lo que sea, no les va a alcanzar, necesitan una narrativa que brille por sí misma.
El día de hoy, Trump quien lleva la voz cantante, es Trump de quien se habla, y hasta ahora, siempre que se habla de los candidateables demócratas, siempre se habla de ellos en relación con Trump. Es cierto que hasta cierto punto es inevitable ya que él será el contendiente del candidato que sea nominado, pero ante una figura dominante como el hoy Presidente de los Estados Unidos, se necesita algo más que eso.
Hoy la opinión pública respecto al impeachment está dividida; y peor aún, el «NO» al impeachment tiene más puntos porcentuales que la propia aprobación que tiene Trump, (46% en contra de impeachment vs 43% de personas que apoyan a Trump) un 3% (gente que no apoya a Trump pero que está en contra del impeachment) que por pequeño parezca puede determinar las elecciones si Trump lo sabe capitalizar. En resumen: el 47% que está a favor del impeachment es gente que NO va a votar por Trump, es voto que ya damos por descontado.
Los demócratas lo tienen mucho más difícil porque entonces tienen que convencer a gente que está en contra del impeachment y que aprueban a Trump de que en realidad es una muy buena idea procesarlo para así afectar su imagen y cambiar su intención de voto, una tarea mucho más complicada que atraer votos de aquellos que no aprueban a Trump pero están en contra del impeachment (sobre todo partiendo de que los demócratas llevan años socializando el tema).
Técnicamente, el impeachment parece ser más ventajoso para el propio Donald Trump que para los demócratas que, hasta la fecha, no parecen haber entendido del todo por qué perdieron en 2016 (más allá de una candidatura tan mediocre como la de Hillary Clinton).
Y peor es para los demócratas el hecho de que la mayoría de los estadounidenses no perciban que asuntos como la economía o la inseguridad sean un problema (como sí lo era con Bush por ejemplo). Estados Unidos hoy en día está relativamente estable (a pesar de lo que se pueda decir de las implicaciones a largo plazo de las posturas y decisiones de Trump). A los electores no les importa tanto las cifras o las consecuencias a largo plazo, sino el efecto de la política en su vida cotidiana.
Entonces vemos que no hay nada que garantice que usar el impeachment a favor de la campaña de los demócratas les va a traer beneficio. Al parecer, en todo caso, moverá las emociones de quienes se oponen a Trump y que, de cualquier forma, nunca votarán por él, lo cual para efectos electorales es marginal. En cambio, si Trump crea una narrativa de victimización puede aspirar a arrebatarle a los demócratas ese pequeño pero significativo porcentaje de gente que no apoya a Trump pero tampoco apoya el impeachment.
Entonces los demócratas necesitan brillar con luz propia y proponer una narrativa alternativa sólida y convincente. Barack Obama lo supo hacer muy bien. Pudo haberse concentrado en capitalizar la baja popularidad de George W Bush golpeándolo, pero en vez de eso logró crear un discurso de esperanza que le dio el triunfo. Obama se «desató» de la narrativa del gobierno de Bush y propuso otra más sólida.
Si los demócratas no construyen una narrativa sólida y que atraiga por sí misma a los electores, entonces muy probablemente Trump se va a reelegir.
Lo bueno para los demócratas es que todavía están a buen tiempo.
Digamos las cosas como son: López Obrador no es liberal. La forma en que concibe el ejercicio de gobierno lo delata.
AMLO es juarista en la retórica, pero antijuarista en los hechos.
Podría decirse que en algún sentido es posmoderno, no en el sentido de suscribirse a las corrientes progresistas influenciadas por filósofos posmodernistas o postestructuralistas, sino porque no se adscribe a una metanarrativa o gran relato. En cambio, construye una micronarrativa muy propia que espera que sea adoptada por todo el ethos. Así, AMLO crea una donde caben desde conceptos socialistas hasta otros tan conservadores que ni los gobiernos de derecha anteriores se atrevieron a abordar. Pero esa narrativa de liberal tiene poco.
López Obrador no es entusiasta de la autodeterminación del individuo, no es gratuito que deje de lado el término «ciudadano» que asume su heterogeneidad por el de «pueblo» que la niega, y en cambio incluya a la sociedad en su conjunto dentro de esa entidad superior homogeneizante (exceptuando, claro, a los privilegiados con excepción de aquellos afines al gobierno).
López Obrador no se asume como un funcionario público o representante de un país, sino que cree estar destinado a moldearlo de acuerdo con su forma personal de lo que la sociedad debería ser. Y cuando se tiene una aspiración tan ambiciosa, poco lugar queda para aspirar a defender la idea íntimamente liberal de la autodeterminación del individuo, quien construye su proyecto de vida y el cual solo tiene como límite las normas legales a las que está sujeto y ciertos principios que buscan promover cohesión social (como algunos conceptos y símbolos afines a un espíritu de patriotismo). Las convenciones sociales o normas morales a las que el individuo está sujeto no son competencia del gobierno, sino más bien de la sociedad o el sector social en el que se encuentra inserto y que buscan regular y armonizar la convivencia social (que tienen que ver con las características y/o idiosincrasia del sector al que pertenece, con su credo religioso, etc.)
López Obrador busca adjudicarse muchas más atribuciones que las que un gobierno liberal suele tener. Así, puede atreverse como ningún mandatario moderno a utilizar símbolos cristianos para promover la moral dentro del «pueblo»: sugiere a sus gobernados que vayan a misa y que no cometan «pecados sociales». López Obrador cree que debe moralizar al pueblo ¿y cuál moral? En resumidas cuentas, su propia concepción personalísima de lo que la moral debe ser. Es cierto, todos los mandatarios tratan de reflejar sus principios a la hora de gobernar, pero ello no implica que se involucren en la esfera íntima del individuo, ni que influyan sobre sus creencias religiosas o no religiosas. López Obrador sí lo hace, y hacerlo es profundamente antiliberal.
El deseo de López Obrador de influir en la moral personal del individuo queda patente en las intentonas de su partido de atacar al Estado Laico (tan juarista para nosotros) como ni el PAN se habría animado a hacerlo, como ocurre con la propuesta de una senadora de MORENA quien propone una reforma tan ambiciosa que se atreve a borrar ese renglón que habla de la «separación del Estado y las iglesias» para que éstas (en específico, los evangélicos) puedan involucrarse en tareas como brindar «asistencia espiritual» en centro de salud públicos, ejército, cuerpos policiacos y demás. De la misma forma, esa pretende que las asociaciones religiosas puedan transmitir o difundir mensajes sin previa autorización de la Secretaría de Gobernación.
Debemos comprender que el Estado Laico no tiene como fin acabar con las religiones, sino convertirlas en un asunto privado y no público. Es decir, yo tengo el derecho a profesar cualquier religión (o no profesar ninguna) libremente sin que el Estado intervenga en ese ejercicio. Es una decisión privada, mía, que es transmitida por mis familiares o mi comunidad, y no por el Estado.
Esta separación de igual forma promueve la libertad religiosa ya que evita que alguna religión, producto de su relación con el Estado, tenga alguna ventaja sobre de otra o que el Estado persuada o imponga al individuo un credo.
Tal vez no sea casualidad que los evangélicos estén haciendo su agosto en América Latina con gobiernos iliberales de izquierda o derecha como el de Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, y en nuestro caso, el de Andrés Manuel López Obrador. Las organizaciones religiosas no están exentas de las dinámicas de poder (que incluye su ambición) por el mero hecho de ser religiosas. No lo están porque, sea cual sea su credo y por más respetable o valioso que sea, están compuestas de seres humanos falibles, y López Obrador, al permitir que los evangélicos participen en actividades que competen al Estado, está permitiendo que organizaciones religiosas acumulen más poder lo cual, aunque suena paradójico, atenta contra la libertad religiosa por lo que he comentado anteriormente.
AMLO se parece a Benito Juárez más bien casi nada. Juárez no buscaba, que yo recuerde, imprimir su visión muy personal sobre el pueblo ni pretendía dictarles moral. Menos permitió que organizaciones religiosas pudieran participar en lo público, todo lo contrario.
Una famosa frase que circula en las redes sociales dice que las «sociedades prósperas generan individuos débiles que, a su vez, generan sociedades caóticas que generan individuos fuertes».
Habría que analizar a fondo la historia universal para determinar qué tan precisa es esta frase, ya que si bien podemos encontrar ejemplos de ello, también podemos encontrarnos con sociedades caóticas producto de factores que poco tienen que ver con el «debilitamiento» de la calidad de los individuos producto de la prosperidad, como la República de Weimar castigada con el Tratado de Versalles que dio origen al régimen nazi o la Rusia en la que acaeció la Revolución de 1917.
Pero, más allá de qué tan precisa sea aquella frase, no es un secreto que conforme la sociedad se vuelve más próspera, los individuos se debilitan en varios sentidos, pero ello es una consecuencia natural porque los seres humanos no hacemos nada más que adaptarnos a nuestro entorno para funcionar lo mejor posible en él.
Por ejemplo, casi nadie de nosotros (ni los preocupados por la «fragilidad de las nuevas generaciones») podría sobrevivir en la selva como lo hacían nuestros antepasados. No tenemos ni la fortaleza física ni las habilidades necesarias, la gran mayoría pereceríamos ahí. Pero es que para sobrevivir en la actualidad no necesitamos dichas habilidades.
También es cierto que cada vez menos nos vemos necesitados de ir a la guerra. E incluso ahí, con el tiempo, la fuerza física, aunque sigue siendo muy importante, se ha vuelto progresivamente menos relevante ya que los ejércitos dependen cada vez más de la tecnología para poder triunfar en el campo de batalla. Paradójicamente, la existencia de las armas nucleares (que actúan como disuasorio) junto con la forma en que están configuradas las economías actuales, hacen cada vez menos viable una guerra en el sentido tradicional.
Vaya, nuestro mundo se ha vuelto cada vez más próspero, donde la fuerza ha dado paso al intelecto como medio de producción y de supervivencia. Ya no nos importa ser muy fuertes, nos basta con tener un cuerpo sano y relativamente atlético, y en el mejor de los casos. Y de igual forma hemos buscado, en la medida de lo posible, construir un mundo que sea lo más confortable con respecto a la psique. Por ello hemos venido humanizando los trastornos psíquicos de tal forma que aquello que podíamos calificar como locura (un trastorno de ansiedad o un TOC) se ha venido convirtiendo de forma progresiva en algo parecido a una gripe.
Debido al progreso, hemos procurado una sociedad más confortable para todos: desde el mercado, desde el Estado, desde la familia y desde diversas instituciones. Nuestras camas son más cómodas que las de hace un siglo, desde el celular realizamos ciertas actividades que nos facilitan la vida, nos preocupa la salud más que nunca. Y es evidente que así, las generaciones que nazcan en ese mundo de confort, lo den por sentado. Recordemos que los individuos construimos la realidad de forma subjetiva por medio de nuestra educación e interacción con el entorno.
Es curioso que muchas de las personas que aseguran que los millennials y los centennials son «generaciones de cristal» son los mismos que se esmeraron por construirles esa vida llena de comodidades, los que pensaron que habría que alejar a los hijos de cualquier dolor. Son los mismos que se quejan de una presunta falta de tolerancia a la frustración. Ellos, como cualquier otra generación, lo único que hicieron fue adaptarse a su entorno. ¿Por qué ellos habrían de tener la culpa?
Bien podría decir que estas generaciones, como todas, tienen sus particularidades y no todas ellas son necesariamente buenas, aunque ha caído un severo escarnio sobre ellas y creo que se ha hecho un juicio, a veces, excesivamente lapidario, casi como asumiendo que las generaciones pasadas (la generación X y los Baby Boomers) eran generaciones con un gran tesón y una fortaleza de espíritu digna de ejércitos imperiales, lo cual, siento decirles que no. No es como que las dos generaciones pasadas fueran muy diferentes en este sentido.
El problema es que las comparaciones entre generaciones son, en muchos casos, complicadas de hacer porque éstas se desenvuelven en contextos distintos. Por ejemplo, estaba leyendo un artículo del caso del ITAM donde muchos alumnos salieron a manifestarse por el caso del suicidio de una estudiante. El autor explicaba varios casos del trato que algunos maestros les daban a los alumnos, y la verdad que esto hace algunos años habría sido casi igual de escandaloso e indignante. En mi secundaria (hace ya 20 años) llegaron a correr a profesores por menos que eso (producto de la presión de los alumnos y padres de familia).
Es cierto que, en algunos casos, sí se han manifestado algunos excesos en aras de proteger la psique de los estudiantes que les podrá traer más problemas que beneficios en el largo plazo, como la creación de espacios seguros que solo ayudan a aislar y tribalizar al estudiantado. Pero tampoco nos engañemos y pensemos que las generaciones pasadas tenían una fortaleza moral profunda y eran capaces de hacer frente a cualquier obstáculo que tuvieran enfrente.
La hiperconectividad que existe ahora tampoco ayuda a la hora de hacer comparaciones. Asumimos que esto que estamos viendo es nuevo, como si antes no hubiesen existido casos de suicidios o de alumnos indignados por la conducta de los maestros, pero antes no recibíamos tanta información. Casos como estos se centraban en las comidas familiares de personas que se habían enterado del caso y que en la actualidad se esparcen y viralizan por medio de las redes sociales.
Las dinámicas sociales el día de hoy son diferentes, hasta para la misma organización de protestas con el fin de solicitar a una institución que tome cartas en el asunto. Las comparaciones son, en muchos casos, muy tramposas y engañosas.
Por ejemplo, se dice que hay menor compromiso de los empleados con las empresas (lo cual muchas veces no es falso), pero ¿el compromiso de las empresas con los propios empleados es igual que antes? En el pasado un empleado entraba a una empresa y sabía que ahí crecería y trabajaría toda su vida, lo cual evidentemente generaba un fuerte compromiso y hasta cariño con la empresa que trabajaba. Hoy eso no ocurre. El individuo da casi por sentado que trabajará en varias empresas a lo largo de su vida, que en algún momento será dado de baja por un recorte de personal (y que muchas veces no estará ligado a su desempeño) o buscará otro lugar donde seguir creciendo dado que asume que su crecimiento no está ligado a una empresa, sino a su trayectoria personal. Ya ni hablemos de los freelancers o autónomos que cada vez abundan más.
También se asume, en varios casos, que ciertos problemas que existen en la actualidad no existían en el pasado, como si el propio pasado fuera idílico, como si en el pasado todas las personas tuvieran una gran capacidad para sortear la tolerancia a la frustración. Por ejemplo, muchos hablan de la mediocridad de muchos estudiantes, que falta compromiso en los estudios. Pero desde que tengo uso de memoria eso siempre, en mayor o menor medida, ha existido.
Hay quienes agregan como ejemplo de la fragilidad de las nuevas generaciones el ambiente de crispación que hay en las redes sociales. Pero ¡es que antes no había redes sociales y por lo tanto no había un punto de comparación! No sabemos cómo habría sido dicha interacción si en 1970 hubiera existido Facebook. Les aseguro que no estarían debatiendo con galletitas y café. Otros todavía tienen la osadía de incluir a ciertos movimientos reivindicativos como responsables de la fragilidad de las nuevas generaciones: «ya no puedo decirles maricones, ¡qué frágiles!» o señalan a los excesos de corrección política como si la corrección política no hubiese existido en muchos otros ámbitos en el pasado (promovida en esos entonces más bien por sectores conservadores).
Y lo mismo ocurre con la relación de los jóvenes con la democracia. Al parecer, existe un menor compromiso, parte de ello tiene que ver con el hecho de que a ellos no les tocó conocer algún régimen distinto como a muchos de nosotros sí . Ellos suelen votar menos (aunque, al parecer, sí son capaces de involucrarse en otras formas de hacer política y que responden a sus preocupaciones actuales) ¿Hong Kong, Chile, hola? ¿Hemos hecho lo suficiente para transmitirles esos valores? ¿Nos hemos dado cuenta de sus propias dinámicas para adaptar esos valores a las suyas? Ellos la dan por sentado porque todos damos por sentado aquello con lo que crecemos y de lo cual no conocemos alternativas en carne propia, nos familiarizamos y lo asumimos como si fuera algo natural, es algo muy humano. Y seamos sinceros, no es como que muchas de las generaciones pasadas (las hoy molestas) hayan luchado por su vida para construir países más justos, la mayoría solo fueron meros espectadores mientras seguían su rutina cotidiana. De los Boomers y la Generación X en México prácticamente nadie fue a la guerra y los contratiempos más bien fueron de carácter económico (crisis, devaluaciones y demás).
No pocos se quejan de la frustración de las nuevas generaciones, pero también les entregaron un mundo hipercompetitivo determinado por el capitalismo en lo económico y el posmodernismo en lo cultural (y que por más antagónicos se presuman, actúan como fraternos aliados moldeando las estructuras sociales): una sociedad líquida y cambiante, más inestable que la que vivieron las generaciones pasadas que saborearon las mieles del crecimiento de los años de la posguerra. Les entregaron un mundo paradójico: un mundo que procura confort y libertad, pero a la vez carente de un piso firme. Y tampoco es como que les hayan entregado un mundo tan horrible como los pesimistas y los nostálgicos del pasado (a veces ellos mismos) aseguran, pero tampoco les entregaron un mundo igual al que ellos vivieron como para esperar que se comporten igual.
¿Son las nuevas generaciones más débiles? La respuesta es que, como todas, lo único que han hecho es adaptarse a su entorno. En algunos ámbitos podríamos hablar de algunas manifestaciones de fragilidad o falta de tolerancia a la frustración, pero tampoco creo que sea algo tan dramático o exacerbado como algunos aseguran (y que creen falsamente que sus generaciones tuvieron un gran tesón) y ello es producto de su adaptación al entorno que la otras generaciones les crearon.
Me rehúso a pensar que se trata de una generación perdida. Las nuevas generaciones, así como tienen ciertos defectos, también tienen cualidades particulares: son, por lo general, más multitarea lo cual les facilita más adaptarse a los cambios, son más especializados, son más flexibles y curiosos. No es casualidad, por ejemplo, que la filosofía, que ya había sido casi descartada, esté recobrando cierto auge (no dentro de las aulas, sino más bien por otros medios, sobre todo, digitales).
En resumen, me atrevo a decir que estas críticas lapidarias no son más que uno de esos tantos conflictos generacionales, con el aditivo de que el conflicto actual es propagado y magnificado por Internet y las redes sociales.