Autor: Cerebro

  • ¿Por qué #LopezEstaCayendo en una pendiente resbaladiza?

    ¿Por qué #LopezEstaCayendo en una pendiente resbaladiza?

    ¿Por qué #LopezEstaCayendo en una pendiente resbaladiza?

    López Obrador está a punto de meterse en una pendiente resbaladiza que condene su presidencia (si no es que ya se metió).

    En algún momento, su relato, ese que lo llevó a la presidencia, iba a chocar con la realidad. Eso parece estar sucediendo a ojos de muchas personas que progresivamente se han comenzado a decepcionar. AMLO les creó expectativas muy altas, mientras que hasta la fecha a muchos les ha entregado resultados magros.

    Su popularidad va en franco declive (aunque todavía es positiva). Y el creciente descontento producto de su mala gestión (donde el discurso no empata con la realidad) se nota ya en las calles y hasta en sus mítines.

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    Viajar en aviones comerciales tenía el claro propósito de mostrarse como un presidente diferente, cercano a la gente: «yo no soy como aquellos presidentes privilegiados que viajan en aviones lujosos lejanos al pueblo con un gran dispositivo de seguridad para protegerse del pueblo mismo. Yo viajo como viaja la gente de a pie, el pueblo me protege».

    Pero en tanto se vuelve menos popular, viajar en avión y convivir con la gente se va a volver menos costeable: habrá cada vez más gente que lo confronte y le diga de cosas; incluso hacerlo será cada vez más peligroso, por lo cual no le quedará de otra que usar aviones privados y usar transporte blindado ¡como los del PRIAN! (Basta ver el mar de críticas que ha recibido por viajar en una Suburban blindada en aquellas regiones donde evidentemente sí necesita un dispositivo de seguridad).

    Y eso, a su vez, va a poner en serio predicamento su discurso de «presidente cercano al pueblo», lo cual lo volverá aún más impopular: «si se oculta, si se aleja de nosotros, si decide ahora viajar en aviones privados, es porque en realidad no era tan diferente de los otros».

    Y así entonces saldrá aún menos a exponerse al público y buscará crear escenarios controlados para no correr riesgos (como sucedía con Peña Nieto) con lo cual reafirmará el mensaje de que se ha vuelto muy impopular.

    Y al volverse más impopular, tendrá que cerrarse y recluirse aún más, y entonces se volverá más y más impopular.

    Por ello AMLO necesita urgentemente algo que detenga esta pérdida de popularidad. Algunos sugieren que romperá un posible pacto de impunidad que tendría con Peña Nieto y lo meterá a la cárcel. Otros creen que podría tomar medidas económicas irresponsables y lanzar más programas sociales para mantener contenta a la gente (aunque para ello necesitaría una reforma fiscal que le recibiría muchas críticas desde varios sectores).

    Pero el futuro cercano no parece promisorio, el coronavirus podría tumbarlo más por los serios problemas que tiene el INSABI, ya que se requerirá una gran capacidad de los servicios de salud pública que ahora parece no haber, producto de la improvisación y de la evidente curva de aprendizaje que el INSABI necesita.

  • ¿Son opresoras las jerarquías?

    ¿Son opresoras las jerarquías?

    ¿Son opresoras las jerarquías?

    En las últimas décadas, las jerarquías han recibido una avalancha de críticas (unas injustas otras injustas), sobre todo por aquellas corrientes posmodernas quienes, desde una perspectiva muy foucaultiana, ven en ellas relaciones de poder y, por tanto, de opresión.

    Pero ¿podemos reducir a las jerarquías a una relación de poder donde el uno domina al otro? ¿No existe algo más allá de eso para explicarnos la esencia de las jerarquías?

    Las jerarquías han estado presentes a lo largo de la historia de nuestra especie y gracias a ellas hemos logrado configurar sociedades. Es cierto que a lo largo de nuestra historia hemos atestiguado en muchas ocasiones cómo una jerarquía puede llegar a ser opresora con quienes están debajo de ella, en especial dentro de las dictaduras o de las relaciones rígidas donde quien estaba arriba de dicha jerarquía no tenía contrapeso alguno para evitar el abuso de poder sobre sus subordinados.

    En nuestros tiempos casi se ha asumido que por más horizontal sea una forma de organización ésta va a ser irremediablemente mejor, y es cierto que en muchos casos hemos logrado construir cosas muy interesantes con jerarquías muy flexibles. El problema es que si no existiera una jerarquía alguna la sociedad básicamente no podría existir.

    Evidentemente en cualquier jerarquía habrá una relación de poder, pero quienes insisten en que las jerarquías son per sé opresoras están ignorando dos cosas: 1) ignoran que dentro de una jerarquía puede existir un componente consensual (es decir, que todos pueden estar de acuerdo en la existencia de una jerarquía) y 2) que las relaciones humanas no son necesariamente relaciones de suma cero.

    Por ejemplo, si yo soy una persona que quiere estudiar filosofía, entonces podré ir con un profesor filósofo y que me dé clases. Al momento en que yo reconozco que el filósofo sabe mucho más de filosofía que yo se crea una jerarquía en el cual él es profesor que me va a enseñar y yo soy el alumno que va a recibir ese conocimiento. Con la jerarquía se establece una relación de poder ya que el maestro, dada su posición jerárquica superior, puede influir intelectualmente sobre mí y por lo tanto influir sobre mi pensamiento, cosa que yo muy poco o nada podré hacer con él.

    ¿El maestro obtiene un beneficio a la hora en que ejerce este poder intelectual? Obviamente sí, no solo recibirá dinero de mi parte, sino también el placer de influir intelectualmente sobre otros. Pero nótese que en esa dinámica no hay una condición de opresión per sé (a menos que el maestro decida abusar de su poder) y también está presente un elemento consensual, ya que ambas personas acordaron crear esta dinámica jerárquica. Tampoco existe un juego de suma cero, ambos ganan con ello.

    Lo mismo pasa en una familia sana donde los padres ejercen poder sobre sus hijos. Los padres se valen de ese poder para educarlos, y los hijos se benefician de ello. Es cierto que los padres pueden llegar a ser muy rígidos, autoritarios y abusar de su poder, pero ello no es una condición para formar una familia. Es cierto también que el relajamiento excesivo de dicha jerarquía (permisivismo) derivará en hijos con pocos valores y una escasa tolerancia a la frustración.

    La sociedad patriarcal, esa de las que las mujeres buscan emanciparse por completo (y a lo cual tienen todo el derecho en tanto seres que valen lo mismo que el hombre) tampoco se explica meramente por una condición de opresión (aunque evidentemente el componente existe). Es evidente que en una sociedad patriarcal hay una asimetría de poder entre el hombre y la mujer: la mujer es desprovista de parte de su libertad y a cambio se le otorga la protección que le da el hombre (protección que, en algunos casos, también podía derivar en abusos, en tanto que casi no había quién sancionara la conducta del protector). El hombre, quien estaba a la cabeza, era quien tenía mayor libertad, quien escribía la historia y construía el mundo, aunque no necesariamente todo fue miel sobre hojuelas para el hombre: a los hombres no se nos permitía llorar ni expresar nuestras emociones mientras que a las mujeres sí. Ello nos trajo muchas consecuencias adversas a nuestra psique, de la misma forma que explica por qué nuestra esperanza de vida sea históricamente menor que la de las mujeres.

    La asimetría de poder, como decía, era evidente, al grado en que no se podía concebir que la mujer votara e incluso que hablara de política. Pero, con todo esto, esta jerarquía (hombre sobre mujer) patriarcal no solo se reduce a una condición de opresión (que evidentemente está presente, e incluso se llegó a decir que por naturaleza era inferior al hombre), sino que, hasta cierto punto, tenía un elemento consensual y es el que tiene que ver con la protección que la mujer recibe del hombre. La mujer no cedía su libertad a cambio de nada, sino más bien recibía protección a cambio. Muchos de los patrones de conducta que nos parecen todavía normales tienen que ver con esta cultura patriarcal y es posible que desaparezcan por consecuencia: la caballerosidad es un gran ejemplo: si la mujer es débil, nosotros tenemos que protegerla, ayudarle, dejarla pasar primero, abrirle la puerta. También este estado de cosas patriarcal explica por qué una mujer ha tenido, por lo general, preferencia sobre la patria potestad de sus hijos que el padre.

    Hoy cuestionamos esa jerarquía patriarcal debido a que la mujer, dado el estado de cosas, ha luchado por obtener la libertad de la que solo gozaba el hombre en el pasado y porque conforme evolucionan nuestras formas de organización nos va pareciendo incluso repugnante que exista una asimetría de poder entre el hombre y la mujer por el simple hecho de su género. Esa jerarquía que nuestra especie consideró necesaria durante mucho tiempo se ha vuelto progresivamente inviable al punto de buscar desaparecerla por completo, pero de ahí no se sigue de ninguna forma que desaparezca la jerarquía que tienen ambos padres sobre los hijos, dada su necesidad para criarlos. La jerarquía se ha vuelto inútil y por eso está desapareciendo, no por el hecho de ser una jerarquía per sé.

    Al pensar que las jerarquías se reducen a simples condiciones de opresión también caemos en el riesgo de ignorar todo el legado histórico de nuestras sociedades, ya que con este reduccionismo no lograremos nunca entender nuestra historia en el debido contexto y pensaremos inevitablemente que todo nuestro pasado es negro y que tenemos que deshacernos de éste (como si ello se pudiera hacer).

    Las jerarquías son necesarias porque sin ellas es imposible construir cualquier cosa (Las críticas de Habermas a Foucault lo explican bien), lo que habría que evitar en dado caso son los abusos de poder dentro de ellas, para ello habrá que considerar lo siguiente:

    1) Evitar la concentración excesiva de poder. El poder per sé no es malo y Michel Foucault acierta cuando dice que el poder está siempre ahí presente y que se trata de una serie de relaciones recíprocas o bien de relaciones humanas, pero falla cuando parece reducir esta dinámica a una mera opresión. No hay que erradicar el poder ni mucho menos las jerarquías, ello es imposible y es un despropósito, pero sí es importante evitar que alguien en la punta de la pirámide jerárquica acumule un poder tal que nadie le pueda hacer frente en caso de que abuse de él.

    2) Crear contrapesos dentro de la jerarquía. Del primer punto se sigue que para evitar los abusos de poder se vuelva necesaria la creación de contrapesos. Por ejemplo, si un patrón aprovecha su poder para acosar sexualmente a su empleada, entonces debe haber un mecanismo para que el patrón reciba una sanción tal que el costo de acosar a una mujer sea más alto que el beneficio que recibe. De igual forma, si un padre agrede violentamente a sus hijos, debe verse en la necesidad de enfrentarse a la ley y, en algunas circunstancias, de perder la patria potestad.

    3) Flexibilidad. Es importante que exista cierta flexibilidad dentro de la jerarquía a un punto en que prevenga el abuso de poder pero no al punto en que termine comprometida. Por ejemplo, el alumno podría cuestionar los argumentos que esgrime su profesor en vez de aceptar lo que dice sin ningún cuestionamiento en tanto ello no implique dejar reconocer su jerarquía de superioridad intelectual que el maestro goza sobre el alumno.

    4) Los privilegios no pueden trascender la jerarquía a la que pertenece. Una persona millonaria con dinero bien habido tiene el derecho de gozar de los privilegios inherentes a la jerarquía a la que pertenece (es parte de una élite económica y tiene empleados a su cargo) como ganar dinero producto de sus negocios, pero no puede transmitir dichos beneficios a otros órdenes jerárquicos a los que no pertenece, por ejemplo, que gracias a sus recursos pueda comprar beneficios excepcionales ante la ley la cual presupone a todos los individuos iguales.

    5) La jerarquía no puede trasladarse a lo moral ni a la dignidad humana. Se puede reconocer cuando una persona está en un orden jerárquico más alto que el nuestro y, por tanto, puede ejercer poder sobre nosotros. Pero esa condición por sí misma no le debe dotar de una superioridad moral ni mucho menos lo hace más digno que nosotros. Evidentemente yo puedo dotarle a un individuo cierta superioridad moral de forma voluntaria (por ejemplo, un líder social) pero él no puede exigirla de ninguna manera por el hecho de estar en un orden jerárquico superior.

    6) Humildad. La humildad guarda estrecha relación con el punto anterior. La humildad y la sensibilidad con aquellos sobre quien ejerce el poder es necesaria dentro de aquellas personas que están dentro de una jerarquía privilegiada. Podemos obtener beneficios de el ejercicio del poder sobre otro jerárquico, pero la humildad y la sensibilidad con el otro nos privará de perjudicarlo, ya que procuraremos su bienestar y que él también obtenga un beneficio de dicha relación.

    Para concluir: no, las jerarquías no son per sé opresoras, pero es cierto que muchas veces nos hemos valido de ellas para oprimir a alguien más. No se trata de acabar con ellas, son necesarias para sostener cualquier tipo de civilización humanas, sino de repensarlas, de pensar en el diseño que cualquier orden jerárquico debiera tener de tal forma que pueda crear un entorno humano y justo del cual todos nos beneficiemos.

  • El Coronavirus ya llegó a México. Y tienes que saber esto

    El Coronavirus ya llegó a México. Y tienes que saber esto

    El Coronavirus ya llegó a México. Y tienes que saber esto

    Pasó lo que era inevitable que pasara: el Coronavirus llegó a nuestro país. Ya hay un caso confirmado en la CDMX y otro en Sinaloa, ambas personas provienen del norte de Italia, donde hace pocos días el número de infectados se disparó, lo cual obligó a las autoridades italianas tomar cartas en el asunto y aislar la zona.

    ¿Y qué va a pasar? ¿Se va a acabar el mundo?

    Las cifras a veces son muy útiles para poner en contexto el problema y entender su real dimensión:

    Al día de hoy, la tasa de mortalidad del coronavirus en el mundo es de 2.3 por ciento. Esto significa que, de cada cien personas infectadas, poco más de dos mueren. La tasa de mortalidad, sin ser despreciable, es relativamente baja.

    Para contextualizar mejor este número, tomemos como referencia la tasa de mortalidad de la gripe común en Estados Unidos que es del 0.05%, la tasa de mortalidad del cáncer en el mundo es del 30%, la del ébola es del 83% al 90%. Es más peligrosa que la gripe común, pero ciertamente si tienes cáncer, las posibilidades de que fallezcas son diez veces más altas que con el coronavirus.

    Pero si nos dicen que la tasa de mortalidad es del 2.3% ello no implica que dicha tasa aplique para todos los sectores y edades, ese es el promedio general.

    Las personas de mayor edad son las más afectadas. Si una persona de más de 80 años se contagia, la posibilidad de que muera es de poco más del 14%; es decir, uno de cada siete contagiados aproximadamente. Esto significa que las autoridades deberán dar mayor prioridad a este sector.

    ¿Qué pasa no estás tan grande si tienes 20, 30 o 40 años? La tasa de mortalidad de una persona de estas edades ronda el 0.2% (dos de cada 1,000 personas de 20 a 40 años) al 0.4% (cuatro de cada 1000 personas de 40 a 50 años). Gente de 50 a 60 años tiene 1.3% posibilidades de morir, y conforme la edad es mayor, las posibilidades crecen drásticamente.

    Hay otras variables que pueden afectar en la práctica la tasa de mortalidad: por ejemplo, si no tienes defensas bajas o no sufres otra enfermedad en este momento que se pudiera complicar, la tasa de mortalidad será aún menor. Afectan también las políticas de prevención y detección dentro de una comunidad dada.

    Si no eres mayor de edad, es poco probable que si te contagias de Coronavirus sufras algo más severo que algo parecido a una gripe o un cuadro de influenza común, e incluso es posible que no muestres síntomas siquiera (lo cual explica la dificultad para contener la propagación de este virus). Aún así, la posibilidad de complicaciones sí es mayor a una gripe común.

    Incluso habrá que tomar en cuenta que muchos casos (sobre todo aquellos que no muestran síntomas o son leves) no se diagnostican, lo cual haría que la tasa de mortalidad bajara aún más.

    Se estima que en México el coronavirus podría llegar a causar hasta 12,500 muertes en el peor de los tres escenarios que se contemplaron (afectando mayormente en personas de avanzada edad) dentro de un país de aproximadamente 130 millones. De nuevo, para poner en contexto, durante la temporada de influenza estacional 2018-2019 hubo 838 muertes a causa de la influenza mientras que 4,227 personas murieron en un accidente automovilístico en 2018 (en 2008 la cifra fue de más de 8,000 personas), casi 35,000 personas fueron asesinadas mientras que 80,000 murieron por cáncer.

    Después de comprender estos números, podemos concluir que es suficiente razón para que las autoridades tomen cartas en el asunto y nosotros tomemos medidas de prevención (sobre todo por la gente más grande), pero no como para caer en pánico y pensar que nos vamos a morir. El alarmismo solo hace que tomemos malas decisiones e incluso puede alimentar actitudes discriminatorias y xenofóbicas.

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    Con información del 26 de febrero (más información aquí).
  • ¿Por qué Bernie Sanders es la mejor carta de los demócratas?

    ¿Por qué Bernie Sanders es la mejor carta de los demócratas?

    ¿Por qué Bernie Sanders es la mejor carta de los demócratas?

    Las elecciones de Estados Unidos están a la vuelta de la esquina. Una cosa es clarísima y es que Donald Trump va a ser el candidato republicano.

    Lo que no está claro es quién va a ser el candidato de los demócratas. A mi parecer, su mejor carta es Bernie Sanders. No es con el que tengo mayor afinidad política de su terna de los candidatos y cuestiono incluso si es la mejor opción de los demócratas para gobernar Estados Unidos, pero como candidato es la mejor opción.

    Una cosa es ser un buen candidato y otra un buen presidente, aquí me enfocaré en lo primero.

    Comienzo diciendo que si estuviésemos en tiempos normales, sería casi insensato pensar en Bernie Sanders, pero no estamos en tiempos normales.

    En tiempos normales, en los sistemas bipartidistas como el de Estados Unidos las elecciones tienden a gravitar al centro, hacia los indecisos que no saben por quién votar y que se encuentran en los famosos swing states.

    Pero como no son tiempos normales, este paradigma se vuelve casi inválido: la misma elección de 2016 nos lo ilustró a la perfección (Hillary era la centrista y Trump el «radical con el discurso peligroso«). Las preferencias no se están concentrando en el centro como en el pasado, más bien se están polarizando:

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    Algunos creen que para vencer a Trump se necesita un moderado del centro político que transmita cordura y sensatez como para contrarrestar sus arrebatos. La verdad dudo que alguien así sea la mejor opción como candidato porque ¡no estamos en tiempos normales! Además, eso fue precisamente lo que ocurrió en el 2016 con Hillary Clinton, quien perdió una elección que creían ganada.

    Por el contrario, si en estos momentos algo le puede hacer batalla a un outsider como Trump es otro outsider como Bernie Sanders. Hay que entender el panorama político, hay que entender por qué hay menos votos en el centro que antes.

    ¿Cuáles son las razones por las que Sanders es la mejor carta para los demócratas?

    1) Sanders tiene la peculiaridad de que le puede robar parte del discurso a Trump; en ciertos puntos, su narrativa se empalma con la del ahora Presidente de Los Estados Unidos; en especial aquel que tiene que ver con aquellos clase trabajadora que fue flagrantemente ignorada por los demócratas en 2016. Trump «ha hecho algo al respecto», pero a mi parecer no con la enjundia con la que lo prometió.

    2) De este punto se sigue que hay un sector, sobre todo perteneciente a aquella clase que mencioné (concentrada en cierta medida en algunos swing states), que en caso de no tener a Sanders en la boleta votaría por Trump. Es decir, Sanders tiene la posibilidad de disputarle votos a Trump que no están precisamente en el centro político sino dentro de la clase trabajadora del rust belt y que ningún otro candidato puede quitarle (aunque tal vez Elizabeth Warren podría aspirar a ello).

    3) Convencer a los indecisos no necesariamente tiene que ser la primera prioridad en un contexto así, sino más bien hacer que la gente salga a votar. ¿Qué sector es el que suele ser más apático, aquel cuya ausencia le dio el sí al Brexit y consolidó la llegada de Trump? Los millennials. ¿Y cuál es el candidato favorito de los millennials? Bernie Sanders.

    4) Algo que es muy importante. Sanders no forma parte del establishment, es una suerte de outsider dentro de los demócratas. Además, a Sanders se le ve como un político transparente y bonachón, incluso su edad refuerza esos atributos percibidos. Un «crooked Biden» o un «crooked Warren» puede funcionarle a Trump, pero un «crooked Sanders» no va a funcionar muy bien. Hacerle bullying a Sanders posiblemente no sea la mejor idea.

    5) Y todo ello va a obligar a Trump a cambiar su narrativa, sobre todo para convencer a aquellos que dejarían de votar por él para hacerlo por Sanders.

    Bernie Sanders tiene la desventaja de ser «socialista» en Estados Unidos y ciertamente por ahí Trump lo puede atacar. Pero también el término «socialismo» es un significante cuyo significado puede modificarse a través de distintos contextos, tiempos y generaciones. El socialismo ha sido una palabra fuertemente prohibida en Estados Unidos, pero al día de hoy, la mayoría de los demócratas prefieren el socialismo al capitalismo. ¿Por qué?

    Porque es evidente que entre las nuevas generaciones hay un desencanto con el sistema económico y que tuvo raíz en el 2008, desencanto se consolidó con el #OccupyWallStreet. Fríamente, Estados Unidos no tiene malos números, la tasa de desempleo es baja, hay crecimiento. Sin embargo hay descontento porque muchos jóvenes sienten que no hay un futuro promisorio, porque esas cifras frías no las palpan en la cotidianeidad, porque el relato de «América como tierra de oportunidades donde el que se esfuerza puede salir adelante» se les vuelve cuestionable.

    También tiene que ver que ese «socialismo democrático» no significa convertirse en Cuba o Venezuela (aunque luego algunas declaraciones de Bernie no abonan mucho), sino que pretende adoptar el modelo de los países nórdicos quienes tienen un sistema de seguridad social muy generoso (no resta decir que es evidente que los números para lograr ello no terminan de cuadrar). Incluso, si extendemos el espectro ideológico desde el comunismo puro y duro al capitalismo laissez faire, el llamado socialismo económico terminará gravitando un poco más hacia el lado del capitalismo.

    El simple hecho de que Sanders haya ganado un estado como Nevada (por amplio margen) nos sugiere que el impacto negativo de asociar a Sanders con el término socialismo va a ser menor que lo que habría sido hace diez o veinte años.

    La propuesta de Bernie Sanders socialista en lenguaje estadounidense, pero no lo sería tanto en el lenguaje europeo.

    Evidentemente el término va a asustar a más de uno, sobre todo a la gente grande. Trump aprovechará (como ya lo está haciendo) para advertir de los riesgos del socialismo recordando todas esas dictaduras que destruyeron sus economías. Pero entonces habrá una lucha para redefinir el concepto (además de que Sanders al parecer ya no usará el término «socialismo») donde lo ideal para Sanders es que éste haga salir a votar a los Millenials y para Trump que los indecisos y la clase blanca trabajadora se espanten.

    Los votantes de la derecha van a rechazar ese término aunque Sanders no lo vuelva a mencionar, no hay forma de que ello pase y es un sector que no podrá conquistar. De lo que se trata es de apelar a ese conglomerado creciente de votantes con posturas más progresistas y sacarlos a votar.

    Es evidente que la elección va a ser muy polarizante porque lo que va a importar en estas elecciones no va a ser necesariamente el centro político ni buscar a los indecisos, sino hacer que la gente vote, y para ello tendrán que crear discursos que inspiren, que motiven a la gente y hacer una campaña de contraste para disuadir a la contraparte de votar por su candidato. En español: va a haber guerra sucia, pero a diferencia de 2016, seguramente Trump se enfocará en transmitir miedo en tanto que busca presentarse como quien representa los más profundos valores norteamericanos.

    Los números de Trump en materia económica no son malos (con todo y que podamos preguntarnos qué tanto mérito tiene su administración en ello) y en cuestiones internacionales ha superado las expectativas (muchos esperábamos un desastre al respecto). Sin embargo, a la fecha, el Presidente de EEUU tiene una aprobación negativa (ciertamente ha disminuído en los últimos meses) de acuerdo al agregador de encuestas de Nate Silver. Ésta que podría traducirse en cierta ventaja anticipada para los demócratas si hacen una buena lectura, aunque no es garantía ninguna porque basta con que quien desapruebe a Trump se le convenza de que la alternativa que se le presenta es aún peor.

    Nate Silver – http://fivethirtyeight.com/

    Es cierto que Sanders tiene algunos inconvenientes como candidato: ya está grande, por momento se le ve algo cansado (lo cual no ayuda mucho) y su discurso socialista con un pasado más socialista sí puede llegar a ahuyentar votos. Aún así, su faceta anti establishment, el creciente número de personas (y, sobre todo, jóvenes) que quieren un futuro más estable y un sistema de seguridad social más robusto, y el hecho de que puede robarle votos a Trump ahí en algunos de esos «estados bisagra» lo hace un candidato atractivo.

    Candidatos como Joe Biden, o Michael Bloomberg (A quien Warren humilló sin piedad en el debate pasado), a mi parecer, tienen menos posibilidades. Básicamente jugarán algo parecido al papel que jugó Hillary Clinton en las elecciones pasadas y van a hacer avasallados por la narrativa de Trump. Estos son vistos como «miembros del sistema político-económico» y no son personas muy carismáticas. Posiblemente Pete Buttigieg y Elizabeth Warren podrían ser más competitivos que los primeros, pero me parece que Sanders es quien, ante una persona como Trump y en un contexto como el actual, podría tener más ventajas.

    ¿Ganará? No lo sé, y no me atrevo a hacer un pronóstico preciso en estos momentos. Pero sí auguro una elección un tanto reñida y, por tanto, polarizada.

  • AMLO: crónica de un desastre «patriarcal escatológico»

    AMLO: crónica de un desastre «patriarcal escatológico»

    AMLO: crónica de un desastre "patriarcal escatológico"

    Febrero ha sido el peor mes de López Obrador en lo que va de su presidencia. De hecho, podría marcar un parteaguas en su presidencia.

    Y lo ha sido básicamente porque cometió una cadena de errores que podrían orillarlo a un punto de no retorno. El tema de Ovidio Guzmán o Santa Lucía no son nada a comparación de lo que este mes ha ocurrido.

    ¿Por qué?

    Porque, a diferencia de aquellos otros momentos, a López Obrador le arrebataron la agenda, algo que no le había pasado nunca desde el mismo proceso electoral donde él tuvo el dominio completo de lo que se decía.

    El evento que inauguró esta cadena de errores fue aquel momento que pronunció esa frase «fuchi caca». A alguien se le ocurrió ponerle «El cacas» y así le arrebataron algo de su agenda. Lograron convertir una de esas frases campechanas de AMLO que le funcionaban para comunicarse con su gente en un humillante apodo. No es un apodo muy grato y seguramente lo va a acompañar el resto de su sexenio.

    Si algo es bueno para destruir gobiernos, instituciones y conceptos es la risa y la ridiculización (pregúntenle al buen Peña Nieto). «El cacas» es un apodo lo suficientemente cómico, desagradable y humillante como para creer que no va a surtir ningún efecto en ese ser mitológico que el propio López Obrador hizo de sí mismo.

    Y eso fue solo es el inicio, luego vino lo peor: vinieron las protestas.

    Protestas contra López Obrador hemos tenido varias, pero esas protestas habían sido parasitarias de la misma agenda de AMLO y discursivamente él tenía control sobre ellas. Éstas eran llevadas a cabo en gran medida por gente de clase alta y media alta que desde un principio ya era opositora a esa cosa llamada Cuarta Transformación y a las cuales AMLO fácilmente etiquetaba como fifís. Esas protestas repetían las mismas frases de AMLO, acudían a lugares comunes como el «nos vamos a volver Venezuela» y demás. Esas protestas le hacían que a AMLO lo que el viento a Juárez: porque mientras sus seguidores estuvieran contentos ello no tendría que ser gran problema para él.

    Pero a López Obrador se le ocurrió despreciar el tema de los feminicidios y ahí se metió en un gran problema ¿por qué?

    Porque si alguien sabe de agendas y de comunicación es el progresismo. Si alguien podía competirle al discurso de López Obrador ese era un sector que también fuera capaz de construir discursos y metarrelatos (cosa que la derecha mexicana, por lo visto, tiene problemas para hacer).

    Básicamente, López Obrador se metió dentro de una batalla por la hegemonía del discurso que se está llevando a cabo en nuestro país (y en parte del globo terráqueo) y es aquella que tiene que ver con la hegemonía del progresismo sostenida por diversas élites liberales, medios de comunicación y activistas en contra de una cultura considerada machista o patriarcal.

    El relato progresista entonces ubicó a López Obrador dentro de «la facción machista y patriarcal». No está de nuestro lado, está del lado de ellos.

    Y como López Obrador es de izquierda, se asumió que se debía alinearse con el progresismo, aunque, como ya había dicho, la izquierda lopezobradorista y, en general, la tradición de la izquierda populista latinoamericana es más bien conservadora y poco tiene que ver con dichas corrientes. Si algunos advierten cierto «ímpetu progresista» en algunos sectores de MORENA, ello tiene más que ver con el hecho de que se trata de un partido atrapalotodo donde forman parte tanto chavistas, progresistas, conservadores como ultraderechistas. Ello es patente en el hecho de que en algún Estado con mayoría de MORENA se logran aprobar agendas como el matrimonio igualitario y en otros son los mismos morenistas los que tumban dichas iniciativas.

    Todo esto lo había advertido en este espacio antes del mismo inicio de las elecciones.

    Y como muchos progresistas creyeron ingenuamente que la 4T era la plataforma idónea para impulsar su agenda, en algún momento se iban a dar cuenta de que no era así, incluso el gobierno de Peña Nieto se vió un tanto más abierto a esos temas.

    Entonces le robaron su agenda a López Obrador.

    ¿O quién está hablando de la rifa el día de hoy? Nadie. Todos están hablando de los feminicidios, de Ingrid, de Fátima, del paro de mujeres, de la equidad de género. La agenda la tienen los colectivos feministas y tendrá que pasar el momentum (que el tema de los feminicidios se disipe) para que López Obrador vuelva a tener control. AMLO tendrá que «no regarla» al menos de aquí al 9 de marzo, el día del paro nacional, y que en ese lapso no aparezca a la luz algún otro caso de feminicidio.

    El paro no es en sí una marcha contra AMLO como tal, aunque sí busca de alguna forma exigir al gobierno que tome cartas en el asunto y sí se vio en parte motivada por la displicencia del gobierno. Esa displicencia le dio poder mediático y fuerza a la causa. Ésta ha crecido tanto que muchas personas mucho más allá de los tradicionales sectores «progres» se han sumado.

    Es cierto que los partidos de oposición han tratado de sacar raja política del paro, pero es falso que sea una iniciativa orquestada por la derecha. Lo cierto es que, producto de su displicencia, este fenómeno se le salió de control.

    Pero es posible que ni siquiera se dé cuenta de ello. Su gobierno todos los días le mete más carne al asador al intentar desacreditar la protesta, al decir que la derecha está detrás, al utilizar bots para desprestigiar dicha iniciativa, y lo único que hace es enfurecer a la gente y darle fuerza a esas voces que quiere acallar.

    Mientras tanto, López Obrador se ha convertido en parasitario de las élites progresistas. Los colectivos feministas y los sectores liberal-progresistas construyen su agenda y AMLO reacciona a ella: «no me rayen las paredes», «la derecha está detrás de esos movimientos». Y ese es el peor lugar en el que AMLO puede estar.

    La postura de López Obrador implica un rompimiento con el progresismo, con los jóvenes universitarios, con las mujeres feministas, y con varios sectores que en parte (aunque no todos) le dieron el beneficio de la duda. Incluso algunos de esos influencers que defendían a capa y espada al gobierno de pronto se desencantaron, así, de la noche a la mañana:

    Es cierto que este sector no es muy grande en número, pero sí que tiene a su disposición varios medios de comunicación, sabe construir discursos, sabe convocar. No son muchos, pero son muy ruidosos, son muy participativos políticamente y son muy estorbosos para quien se le oponga.

    El relato de que están matando mujeres y que AMLO ha sido displicente con ello está ahí en el aire, se respira. Y basta con que una mujer se sienta vulnerable por alguna razón como para que vea a AMLO con recelo.

    Y peor aún, ello seguramente va a crear un problema dentro de su partido, porque ese sector progresista que se había refugiado ahí con la convicción de que AMLO le daría la bienvenida a su agenda se va a desencantar.

    López Obrador, quien poco a poco va perdiendo simpatizantes (según lo reflejan las encuestas), algo va a tener que hacer para lograr que todo este momentum se disipe lo más rápido. Hasta ahora todo lo que ha hecho le ha resultado contraproducente.

    Y el problema es que corre el riesgo de que esto se convierta en un punto de no retorno.

  • Todos estamos ideologizados

    Todos estamos ideologizados

    Todos estamos ideologizados
    Ilustración: The Financial Times

    Amigo, te voy a hacer una pregunta: ¿guardas simpatía con una o algunas de estas corrientes de pensamiento?

    Capitalismo, liberalismo, conservadurismo, catolicismo, socialismo, feminismo, protestantismo, comunismo, cientificismo, anarquismo, machismo, islamismo, humanismo, masculinismo o cualquiera de todos los ismos habidos y por haber.

    Entonces temo decirte que estás ideologizado, o de la misma forma, adoctrinado. Y no hay escapatoria.

    Incluso si eres una persona que no conoce nada de política ni de la vida, seguramente sigues alguna de ellas cuando menos aunque no la sepas nombrar.

    Y es natural, porque nosotros nos valemos de relatos para explicarnos el mundo. Incluso los más tecnócratas y aquellos a los que les encanta el positivismo.

    Y en este mundo posmoderno donde el individuo aspira a construir su propio relato, es posible que sigas más de una doctrina (conservador en lo social y liberal en lo económico; o liberal en lo económico y feminista y un largo etcétera) pero de igual forma estás ideologizado.

    El conservadurismo ha renegado de esa definición argumentando que ellos no siguen ideologías (Russell Kirk) sino que aspiran a que los cambios sociales sean lo suficientemente lentos como para que no trastoquen el tejido social. Pero esa aspiración en sí ya es una idea, una idea sobre cómo el mundo debería funcionar.

    Peor aún, el conservador actual sigue ciertas ideologías que, al estar ya establecidas en el ethos social, considera casi como naturales. Algunos de ellos siguen el liberalismo económico, algunos otros profesan el catolicismo.

    Algo similar pasa con las religiones. La diferencia más notable entre una religión y una ideología secular es el componente trascendental de la primera que una ideología no tiene. No es gratuito que algunos aseguren que una ideología es una religión secular. Tanto las ideologías como las religiones tienen dogmas (aunque la religión los reconoce de forma más abierta) y de igual forma, de las dos se desprenden una serie de valores éticos y morales. La religión no deja de ser una suerte de ideología.

    Y lo diré claro: en tanto una persona tenga la capacidad de comunicarse, interactuar con las demás personas y formar parte de una sociedad, estará ideologizada. Es imposible no estarlo porque la ideología (o el conjunto de ideologías) le sirve como una suerte de brújula para entender el mundo y porque sin ideología no puede existir cohesión social alguna.

    Que una serie de ideas te parezcan normales o naturales no dejan de formar parte de una ideología por su mera condición de ideas. Puede sonar chocante pero lo explicaré de una forma sencilla: en el medievo, la idea el progreso básicamente no existía: el mundo se concebía como algo estático. Esta idea que nos parece natural, de ver al mundo como algo que progresa y evoluciona la heredamos de la modernidad o, mejor dicho, del liberalismo y no ha estado siempre con nosotros.

    El liberalismo también nos trajo esa herramienta útil que llamamos «método científico» que aspira llegar a los hechos reales (no falsables, como diría Karl Popper) y lo más limpios posible de cualquier sesgo ideológico. Realmente es útil y gracias a éste se explica gran parte del desarrollo que hemos alcanzado, pero ni el método científico está libre de ideología porque parte de su legitimidad está articulada por argumentos ideológicos (adheridos al liberalismo y su concepción de lo que el mundo debe ser) y porque es inevitable que lo ideológico (no necesariamente liberal) opere en el proceso de las siguientes formas:

    1) El individuo hace ciencia o busca conocer la verdad motivado por razones que a su vez están influidas por razones ideológicas. El individuo que hace ciencia no es neutro, siempre tiene una motivación, y ello puede hacer que publique su paper en caso de que su hipótesis haya resultado verdadera, pero es posible que no lo haga cuando ella sea falsa (este fenómeno tiene un nombre que no recuerdo, se los debo) dando más visibilidad a la forma de pensamiento afín de los científicos que la llevan a cabo.

    2) Los hechos en sí son objetivos en tanto que residen fuera de la mente del individuo, pero la interpretación de éstos puede estar influenciada por razones ideológicas al punto de correr el riesgo de hacer interpretaciones erróneas de un fenómeno que es en sí verdadero. Ya que todos los seres humanos estamos condenados a conocer la realidad de forma subjetiva o intersubjetiva (consenso de varios individuos subjetivos) y porque nuestras convicciones ideológicas afectan ese «conocer la realidad», nadie, absolutamente nadie, es ajeno a esa posibilidad y sólo puede evitarse en tanto los instrumentos utilizados sean lo más precisos posible. A mayor precisión, el sesgo ideológico queda más restringido. De igual forma, el consenso entre distintos científicos, producto de experimentos practicados por diferentes personas y en distintas circunstancias también ayudan a reducir el sesgo ideológico a su mínima expresión (y aún así no hay nada que nos garantice que éste estará completamente ausente).

    Reconocer que operamos bajo relatos ideológicos no quiere decir que debamos caer en el relativismo absoluto y pensemos que todas las ideologías valen igual; por el contrario, es completamente sano y deseable defender las convicciones ideológicas propias. También es cierto que unas ideologías han probado ser más eficientes que otras (el liberalismo probó ser más eficiente que el comunismo, por poner un ejemplo); unas perviven y otras son vencidas fácilmente, unas se adaptan bien a ciertas circunstancias y otras no.

    Del mismo modo, hay algunas ideologías más flexibles que otras, unas que restringen más la libertad del individuo que otras. Pero todas son, al final del día, ideologías.

    Y por eso estamos ideologizados e incluso adoctrinados. Incluso quienes somos liberales y nos regodeamos en la flexibilidad de nuestra doctrina, fuimos educados de tal forma y recibimos información tal que somos liberales. Evidentemente el adoctrinamiento no tiene por qué ser coercitivo, uno puede «adoctrinarse» producto de la voluntad propia, de la deliberación en nuestro fuero interno y de la adquisición de conocimiento, aunque nuestros valores previos, la cultura en la que estamos insertos, nuestra experiencia de vida y nuestro temperamento en cierta medida nos llegan a predisponer, lo cual se comprueba al darnos cuenta que en un país occidental existen muchas más personas liberales que en uno de Oriente Medio.

    Los autores posmodernos decretaron el fin de los metarrelatos (Lyotard, en específico) para ser reemplazados por un relato propio o microrrelato. En algo tienen razón al hablar de la sociedad posmoderna, pero dicho relato propio es, al final, una combinación de distintas doctrinas e ideologías: un ejemplo es una mujer que va a la Iglesia, en la tarde va al Yoga y estudia economía monetaria. El individuo apela a distintas doctrinas para distintos ámbitos de la vida, pero la ideologización pervive.

    El eclecticismo más profundo no libera a una persona del hecho de que está ideologizada.

    Es imposible desentenderse de ello. Sin ideologías no puede haber civilización y no puede existir orden alguno, sin ellas el individuo entraría en una profunda crisis existencial. Debe, a pesar de todo, existir algo parecido a un consenso.

    Ese consenso es lo hegemónico. La hegemonía actual en Occidente es la democracia liberal en lo político, capitalista en lo económico y progresismo en lo cultural, lo cual es sostenido y promovido (comprendiendo a Gramsci) por ciertos conglomerados como la educación, el intelectualismo y los medios de comunicación. No todos están de acuerdo y pueden disentir o profesar «ideologías distintas», pero al final terminan viviendo, de una u otra forma, el discurso hegemónico del cual la sociedad es parte: un socialista que se pone a vender camisas para pagar la renta puede ser un claro ejemplo, o también un aspirante a dictador sabe que la mejor forma de llegar al poder es mediante elecciones.

    Entonces, decir que alguien está ideologizado o adoctrinado (en sentido peyorativo) es impreciso porque de cierta forma todos lo estamos. Se dice en el argot popular que una persona lo está cuando se adhiere a otra ideología que no comulga con la nuestra, o cuando su postura ideológica es demasiado inflexible y sigue dicho credo a rajatabla y de forma profundamente dogmática. Pero que nosotros guardemos una mayor flexibilidad o sigamos la ideología dominante no implica no sigamos ideología o doctrina alguna, es absurdo.

    Los conservadores pueden argumentar si es mejor que los cambios sociales (y por tanto ideológicos) deben ser lentos y es válido, pero ello no implica que no sigan una ideología. La siguen.

    También es válido argumentar si una ideología puede ser peligrosa, pero ello no nos exime del hecho de que sigamos una o algunas.

    Pero siempre, en cualquier sociedad se cumplirán dos cosas: 1) Siempre existirá un discurso hegemónico dominante y 2) Todo aquel individuo que es parte de sociedad alguna profesará una o más ideologías bajo las cuales regirá su vida y tratará de entender el mundo.

    Estamos condenados a seguir ideologías, y ciertamente ser muy inflexible no es buena idea, pero tampoco lo es tratar de despojarnos por completo de ellas ya que nos conducirá irremediablemente al nihilismo. Lo responsable, a mi parecer, es siempre mantener un mínimo de flexibilidad a la hora de defender la doctrina que seguimos. Las ideologías son muy útiles, pero el mundo es lo suficientemente complejo como para enmarcarlo en una sola ideología, por lo cual habrá un momento en que cualquier ideología tenga deficiencias a la hora de mostrarnos la realidad de forma fidedigna.

  • ¿Por qué el paro nacional sí es una buena idea?

    ¿Por qué el paro nacional sí es una buena idea?

    ¿Por qué el paro nacional sí es una buena idea?

    Como ya muchos saben, diversos grupos feministas convocaron un paro nacional en el cual se convoca a que las mujeres no realicen sus actividades (que no trabajen, que no vayan a estudiar o no vayan al súper) y los hombres ayuden a que puedan llevarlo a cabo sin ningún problema, no solo para protestar contra la violencia de género (que es el motivo principal) sino para visibilizar al género femenino como tal en aras de lograr una real equidad de género.

    Ante esta idea, hay quienes se muestran escépticos, desde aquellos que sin ningún afán destructivo dicen que no creen en las marchas, que no va a resolver la problemática o que corre el riesgo de ser una marcha de clase media alta que no visibiliza a las mujeres de las clases más bajas (donde la cultura machista es mucho más intenso), hasta quienes incluso con agresiones y descalificativos buscan desestimar este movimiento (gente que se siente amenazada, etc).

    Pero, ¿por qué considero que el paro nacional sí es una buena idea?

    Antes que nada, hay que recalcar que esta iniciativa ha escalado mucho más allá de los activismos de los colectivos feministas ya que gran parte de la sociedad se ha sumado (incluso algunos políticos de derecha se tan tratado de subir al tren). Hay quienes no se explican por qué, pero la respuesta es muy sencilla: y es que la sociedad se siente muy indignada por lo que ha ocurrido en estos últimos días (los brutales asesinatos de Ingrid y Fátima).

    Ello en sí explica en parte por qué sí es una buena idea.

    Es cierto que una protesta por sí misma no va a acabar con la violencia, pero la protesta no tiene la función de crear políticas públicas (eso es lo que viene después) sino de socializar y visibilizar una problemática o una serie de problemáticas: la protesta es lo que antecede a la propuesta. No se puede proponer nada sobre algo que no se conoce o no se sabe cuál es su real dimensión.

    La protesta podría ser vista, en cierta medida, como una continuación de aquello que pretendió hacer el #MeToo, y que era visibilizar la violencia que sufre la mujer. El #MeToo fue polémico y evidentemente por su configuración no estaba libre de arbitrariedades (que hubiera quienes aprovecharan el momentum para difamar gente), pero logró mostrar a la luz el problema: fue muy chocante, sobre todo para aquellos que se desengañaron y aquellos que se vieron amenazados. Pero esta protesta lo que hace ya no es solo visibilizar en sí el problema, sino reconocerlo. El #MeToo y todas las protestas que le siguieron decían: a las mujeres nos acosan, nos violan y nos matan. El paro nacional va más allá ya que busca internalizar ese mensaje en gran parte de la sociedad.

    La protesta opera a nivel de la narrativa, busca trastocar un relato hegemónico en el cual la violencia contra la mujer era algo que estaba mayormente oculto por otro donde éste se reconozca. El hecho de que gran parte de la sociedad (mujeres y hombres que apoyan) se haya unido implica una asimilación de ese mensaje: reconocemos que hay mucha violencia contra la mujer, reconocemos la importancia que tiene la mujer dentro de la sociedad, reconocemos que la equidad de género es un mandato. Y ello es una condición sine qua non para que posteriormente se busquen soluciones al problema.

    La convocatoria misma es ya parte de esta aspiración de cambiar el relato hegemónico: el hecho de que muchas mujeres y hombres más allá de los círculos que cotidianamente abordan estos temas se estén solidarizando ya genera un impacto mediático; el hecho de que la gente en las redes sociales comparta las imágenes y use ciertos avatares crea la percepción de que se está generando cierto consenso hacia dicho tema.

    Ese reconocimiento y esa asimilación ya implica algún grado de cambio cultural, el mismo «previo» de la protesta ya genera una suerte de efecto; pero, evidentemente, la marcha, que romperá con la cotidianeidad, también generará un efecto sobre parte de la población.

    Hay otros críticos que apuntan a que la marcha se puede quedar en algo de «clases medias y altas», y en cierto sentido no se equivocan. También es cierto que salir de ahí es una empresa más complicada por la configuración y estratificación social dentro de nuestro país, pero bien valdría hacer el esfuerzo (por ejemplo, que aquellos jefes y jefas que socialicen el tema dentro de sus empresas) sobre todo porque la cultura machista está más arraigada en aquellos sectores.

    Pero aún cuando su impacto termine limitado a la clase media y alta ya es un avance y es mucho mejor a que no ocurra absolutamente nada. Amén de que el mensaje llegará a quienes tienen una mayor capacidad de incidir sobre la sociedad en su conjunto.

    También dicen que el fin de esta protesta es la catarsis. Pero ni siquiera ello es algo malo. El mero hecho de expresar como sociedad el repudio a ciertas conductas es sano para la psique, una que se ha visto amenazada por el sentimiento de vulnerabilidad que sienten las mujeres.

    Sería ingenuo pensar que una protesta por sí misma va a resolver el problema. Sería ingenuo que será cuestión de poco tiempo para que el problema desaparezca y que se reconozca el lugar de la mujer donde debe de estar. Llevará mucho tiempo, y más porque al día de hoy no sabemos muy bien qué hacer siquiera para resolver esta problemática, pero sí que ayudará a ir construyendo los cimientos de una nueva cultura en la que toda la violencia contra la mujer sea visibilizada y condenada y donde se reconozca que la mujer y el hombre deben estar en condición de equidad.

    Esta protesta por sí misma no va a llevar a cabo una transformación revolucionaria, pero sí va a poner su granito de arena, por más pequeño que sea, para que ello suceda. La iniciativa opera en lo simbólico, en el discurso, en lo que los ciudadanos opinamos respecto del tema, porque es lo que tiene que modificarse primero. Y basta eso para que haya valido la pena.

    Habrá quienes se incomoden y hagan burlas hirientes, pero quedarán aislados y su discurso será relegado a la periferia. La buena noticia es que parece haber una suerte de consenso tal que no solo la gran mayoría de las y los líderes de opinión y personajes importantes se están sumando, incluso lo están haciendo alumnos de universidades tradicionalmente conservadoras y personas que hasta hace poco habían permanecido ajenos.

  • Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Violencia hacia la mujer, lo privado y lo público

    Hasta hace apenas unas décadas la violencia intrafamiliar hacia la mujer no era muy mal vista. Era correcto que «los varones corrigieran a sus esposas». El hombre era la cabeza de la casa y los asuntos familiares, en este sentido, eran privados. El mismo hombre era quien, a la vez, fungía como protector de la mujer ante la violencia externa.

    En términos generales, el hombre era lo público y la mujer lo privado. El hombre es quien trabaja y produce y la mujer se queda en casa a cuidar a los niños.

    Ello tiene un efecto en el diseño en el orden institucional. Si la cultura siempre dijo que los problemas domésticos y privados eran «asunto privado», entonces sería iluso esperar que el orden institucional atienda lo privado como debiera. Pero ese estado de cosas que buscaba proteger a la mujer en lo privado es el mismo que invisibiliza este tipo de violencia.

    Dado que la mujer ha querido liberarse de la condición anterior (patriarcal) muchos de estos mecanismos de contención (protección de los padres, vigilancia a la hora de seleccionar pareja, por ejemplo) se han vuelto más laxos ya que dichos mecanismos contemplaban a la mujer como un asunto privado. Pero esos mecanismos no han terminado de ser sustituidos por aquellos que contemplen a la mujer en la misma condición de equidad que el hombre.

    Puede sonar algo chocante pensar que el proceso de liberación femenina las ha dejado en un proceso de mayor vulnerabilidad, pero no porque la liberación femenina esté mal, sino porque no se han terminado de construir los mecanismos de contención que contemplan a la mujer dentro de lo público, como ser autónomo y que no necesita la «protección paternalista del hombre que está a cargo de ella».

    Una porción del «también la mujer tiene responsabilidad por juntarse con esa gente» parte del mismo esquema. Como los asuntos domésticos son privados, entonces es la mujer quien debe evitar de estar con una persona violenta y no es tanto la autoridad o la sociedad quien debe defender a la mujer en caso de ser abusada (problema que se traslada también a situaciones laborales y de noviazgo).

    Por eso los padres de familia han sido históricamente mucho más estrictos al evaluar a las parejas de las hijas que la de los hombres. Por ello las mismas mujeres deciden guardarse sus historias, porque como se asume que hay corresponsabilidad ya que en ese estado de cosas anterior es la presión social la que evitaba que se fuera a involucrar con un gañán, entonces se le estigmatiza, como ocurre con las mujeres que han sido violadas.

    Lo que estás viendo es, en resumen, una crisis producto de una transición de un sistema patriarcal a un sistema de plena equidad entre ambos géneros. Los avances obtenidos por la mujer son muy evidentes, pero igual es evidente también que esa transición no ha, de ninguna forma, terminado.

    Una transición implica una crisis porque no todas las variables evolucionan a la misma velocidad lo cual provoca disonancias. Implica un salir de la zona de confort en aras de llegar a otra estado de cosas estable superior. Algunos hombres a estas alturas todavía ven con recelo que las mujeres se emancipen. Otros, al ver que la mujer está más presente en lo público y al ver que los mecanismos de protección «patriarcales» son más laxos y que no han sido sustituidos aquellos otros, tienen más estímulos para abusar, acosar o violar a una mujer.

    Evidentemente habrá siempre resistencia, ello es inherente a todos los cambios sociales. Hay quienes quieren ver la violencia contra la mujer como cualquier violencia, como si debiéramos de categorizarla en la sección de «misceláneos». Y tiene sentido, porque es una negación de que aquello está ocurriendo porque antes no importaba, y como no se veía, no se tenía una dimensión real.

    Hay quienes insisten en que la mujer busca privilegios, pero en realidad quiere un estado de cosas que la considere como parte de lo público al igual que el hombre y que desde ahí vele por su seguridad y su integridad.

    Algunos se niegan a verlo por el shock que genera el conocer la dimensión real del problema, que la cultura del acoso y la violación es una plaga (con todo y que les parezca reprobable y nunca se hayan involucrado). Algunos otros se resisten por la pérdida de privilegios, porque el mero hecho de hacer público algo privado de lo cual se beneficiaban los hace sentir vulnerables.

    No solo se trata de crear instituciones fuertes que obedezcan a esta nueva realidad de equidad, se trata también de cambios culturales, de nuevas normas, valores y convenciones dentro de las propias familias, amistades y los distintos ámbitos que implique una relación entre hombres y mujeres.

    Y tienen todo el derecho a buscar cambiar esa condición.