Autor: Cerebro

  • ¿Qué calificación se merece el gobierno de AMLO por el combate al coronavirus?

    ¿Qué calificación se merece el gobierno de AMLO por el combate al coronavirus?

    ¿Qué calificación se merece el gobierno de AMLO por el combate al coronavirus?

    A éstas alturas me es imposible calificar de forma categórica el actuar del gobierno en torno al coronavirus más allá de las actitudes irresponsables que tomó AMLO. Si bien, no podemos soslayar esa actitud irresponsable de AMLO y los efectos que puedan tener, las decisiones institucionales tienen un peso mayor en el éxito o fracaso de la estrategia.

    Dicho esto, no sé decir a ciencia cierta si lo están haciendo bien o lo están haciendo mal o a qué grado.

    Primero: porque la eficiencia de lo que se hace hoy solo se puede medir hasta semanas después (recordemos que el COVID19 tarda hasta como dos semanas en mostrar síntomas). Por ejemplo, Italia tomó medidas casi draconianas para contener la epidemia desde hace más de dos semanas y hasta ahora apenas estamos viendo que la curva ha comenzado a perder fuerza.

    Segundo: porque los datos que tenemos no son exactos. En cualquier país hay muchos más infectados que los que en realidad se reportan porque a) hay muchos asintomáticos b) hay personas que no han mostrado síntomas c) hay personas que muestran síntomas leves que pasan por una gripa y no son reportados. En algunos países se han hecho más pruebas que en otros pero, por lo general, no se hacen pruebas a todos. Los distintos países tienen distintos criterios y distinta capacidad por lo cual es difícil comparar casos de algunos países con otros de forma precisa. El número de muertes reportadas podría ser un dato un tanto más fiable.

    Es cierto que en México los casos son subreportados. No sé si ello se deba a la ineficiencia, recursos, o que, para efectos de la estrategia a seguir, hayan decidido enfocarse en tales o cuales casos. También es cierto que la curva en México es más temprana que en Estados Unidos y ya no digamos Europa, lo cual también explica en parte que se hayan hecho menos reportes.

    No me cuadra por qué el gobierno ocultaría información, no porque no dude de su ética o porque crea que no son capaces de hacerlo, sino porque sería muy contraproducente y bastarían unos pocos días para que la realidad los rebase y no se comprenda por qué los hospitales están rebasados cuando «se reportan pocos casos». Además, la presión de los organismos internacionales, comprendiendo que es una emergencia global, hace menos costeable hacerlo. Ellos mismos saben que vamos a llegar a la fase 3 y ellos mismos lo han anunciado. Es cierto que ha habido algunos reportes de «neumonía atípica» que han despertado sospechas, pero ello también pasó en países como Italia.

    Tercero: he visto opiniones encontradas en la prensa con respecto al actuar de México, desde algunos que dicen que lo está haciendo relativamente bien y se anticiparon, hasta los que dicen que nos irá peor que Italia. Luego hay especialistas que critican el actuar de México, o la OMS diciendo que están haciendo las cosas bien. Dichas opiniones encontradas tan solo muestran qué tan difícil es hacer una evaluación al respecto porque ojo, estamos ante una pandemia de la que no conocemos todas sus variables, no sabemos bien a bien el impacto que va a causar.

    Es cierto que, bien que mal, México se anticipó como no lo hicieron los casos de España e Italia. España, cuando ya tenía un número similar de contagiados reportados como los que México tiene al día que escribo este artículo (700) no tomó ninguna medida y hasta promovió la marcha del día internacional de la mujer mientras que la oposición, como Vox, llevaba a cabo mítines multitudinarios en los cuales varios de sus integrantes resultaron infectados. A estas alturas, México ya tiene más de dos semanas tomando medidas (buenas o malas) al tiempo que muchos ciudadanos se quedaron voluntariamente en sus casos, y en esta fase dos el gobierno ya ha instado a que la población tome más medidas (hasta la actitud entonces irresponsable y hasta insensible de AMLO cambió).

    Cuarto: América Latina (ya no digamos África) es un caso especial porque dada la pobreza y sistemas de salud deficientes, medidas draconianas podrían tener efectos adversos. Tenemos las ventaja de conocer las experiencias europeas y asiáticas, pero no tenemos experiencias latinoamericanas del coronavirus para aprender ¿hasta donde pueden tomar medidas sin que la gente muera de hambre o sin que se cree un ambiente de encono y crispación que pueda tener efectos nefastos? Este dilema es muy importante. Los gobiernos se debaten entre prevenir el COVID19 y que la gente tenga qué comer.

    Aquí, por ejemplo, sí se podrían criticar las decisiones económicas erradas de AMLO anteriores y durante la crisis que deja al país con menos margen de maniobra, porque con algunos recursos sería posible ayudar económicamente a los que menos tienen de tal forma que puedan estar en cuarentena por algunos días o semanas. Veremos en unas semanas después cómo es que dichas decisiones afectaron en el actuar del gobierno frente a la emergencia sanitaria.

    Entonces, para hacer un juicio categórico, tendríamos que esperar unas semanas y comparar con otros casos latinoamericanos. Mientras, es posible que estemos discutiendo sin conocer todo el contexto y las variables en juego, y por ello los sesgos ideológicos (o en resumen, el amor u odio a AMLO) y la desconfianza son los que están determinando en gran medida el juicio sobre lo que México está haciendo.

  • El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    El Hoyo y el coronavirus. Obvio

    En estos tiempos pandémicos, y más con el encierro, es común que las personas consuman contenidos que les ayude de alguna u otra forma a explicar qué es lo que estamos viviendo. La Peste del existencialista Albert Camus ha sido la referencia más obvia para muchos, al grado que las búsquedas relativas al escritor francés se dispararon. Existen otros contenidos que no son tan obvios y que ni siquiera hacen referencia a una pandemia, pero que nos pueden ayudar a reflexionar sobre lo que estamos viviendo y en este sentido, la película «El Hoyo» del español Galder Gaztelu-Urrutia me ha hecho meditar mucho. Es una película cruda y que a más de una le podrá parecer chocante verla en estos tiempos, pero vale la pena.

    Esta cinta, que se encuentra en Netflix y que se ha vuelto muy popular estos días, trata sobre una suerte de prisión vertical ubicada en algún punto del futuro y que funge como una suerte de juego de supervivencia donde un banquete de comida que, en teoría, debería alcanzar para que todos se alimenten, se traslada a través del hoyo desde las celdas superiores a las inferiores; pero como los reos tratan de comer lo más posible en vez de racionar dicha comida, resulta que los de las celdas «no privilegiadas» reciben puros restos si no es que absolutamente nada.

    La analogía más común que se ha hecho con esta película es aquella que tiene que ver con el capitalismo y la desigualdad. Parecería también una suerte de crítica a eso que los economistas llaman trickle down economics (teoría del goteo), que asegura que en los países donde hay pocas regulaciones se habrá generado tal desarrollo dentro de las clases altas y medias de un país que éste «se derramaría» hasta los sectores más pobres de tal forma que éstos resultarían más beneficiados que en el caso de que el gobierno interviniera para ayudar a los que tienen menos. La teoría ha sido criticada por algunos sectores de la izquierda quienes dicen que dicha proposición no se cumple en la práctica y que los pobres apenas reciben migajas de los más ricos.

    Pero considero que la crítica puede ir más allá de meros modelos económicos porque igual podría tejerse alguna suerte de analogía con los países comunistas (nada más con «menos pisos»), donde las élites gubernamentales se quedan con casi todo el pastel y todos los demás se quedan con las migajas. Creo que «El Hoyo» tiene que ver un poco más con lo más oscuro de la condición humana en sí.

    Un ejemplo lo podemos ver con las compras de pánico que vimos hace algunos días, lo que me recuerda a las personas de los primeros niveles que tratan de comer toda la comida posible sin pensar en lo que van a comer los de los niveles de abajo. ¿Por qué las personas decidieron vaciar los estantes de los supermercados de productos que no necesitaban en cantidad o de productos que eran completamente inútiles como los rollos de papel? Los que llegaron primero acapararon todo sin importar que ellos iban a necesitar tantas cosas y que la escasez que provocaron podría poner en riesgo la vida de más de una persona.

    Esta dinámica también podría ayudarnos a entender la actitud del individuo ante la escasez y la necesidad. En la película, quienes estaban en los niveles inferiores y no recibían comida tenían que verse en la necesidad de comerse a sus compañeros de celda para sobrevivir, mientras que los de los niveles superiores podían disfrutar de su plato favorito de entre muchas opciones suculentas. Así, los que somos parte de las clases medias y altas, podemos pasar una «cuarentena VIP» trabajando desde casa, con televisión y redes sociales a la mano para comunicarse con sus seres queridos, mientras que quienes están en los sectores más populares no pueden darse el lujo de quedarse en casa porque tienen que salir si es que quieren comer.

    ¿Qué pasaría, por ejemplo, si a aquella persona necesitada de salir de su casa se le obliga a quedarse? ¿Qué va a pasar cuando se le acabe la comida? Es muy posible que se cree un ambiente muy tenso y derive en connatos de violencia y rapiña ya que tienen que hacer lo que sea para sobrevivir. Este es precisamente uno de los dilemas que tienen los países latinoamericanos, ya no digamos los africanos, ya que pueden verse en la necesidad de elegir entre contener el COVID_19 o mantener la economía relativamente estable.

    Afortunadamente, en la vida real sí podemos ver un poco de esa «solidaridad espontánea» aunque a todas luces sea insuficiente. Por un lado tenemos a actores más parecidos a los prisioneros de los pisos de arriba que con cuyas posturas procuraron su propio bienestar y la abundancia, como ocurrió con algunos empresarios, mientras que otros sí mostraron algo de solidaridad espontánea como el caso de Cinépolis o Banorte que hicieron algunos sacrificios en aras del bien común.

    También podemos ver esa diferenciación entre la actitud de la gente. Hay quienes ni siquiera se han molestado en tomar precauciones por no querer renunciar a su vida cotidiana, y otros que le dijeron a la señora del aseo que se quedara en su casa mientras le continuaban pagando como si estuviera trabajando. Así como hay algunas personas que creen que estamos en vacaciones, otras han hecho una suerte de activismo para tratar de ayudar a quienes se encuentran en los sectores más vulnerables. Por su parte, las invitaciones a «quedarse en casa» me recordaron también esa parte de la solidaridad espontánea a la que refería Imoguiri, cuando ella pedía a los reos del piso de abajo racionar la comida para que les llegara a todos.

    Al final de la película, Goreng y Baharat intentan descender al último piso racionando la comida de tal forma que lograran subir hasta al primer nivel con la panacota para mandar un mensaje a la administración. Habrá quien pueda ver ello como una suerte de imposición de un régimen socialista, pero a mí no me pareció algo así, sino más bien un acto de irrupción para modificar un sistema evidentemente vicioso y contraproducente. Goreng y Baharat con la panacota son para mí todos aquellos que están poniendo de su parte para acabar con la pandemia y que tratan de remar contracorriente, aquellos que incluso son capaces de exponer su integridad o su bienestar para ayudar a los demás: ya sean doctores, científicos, personas comunes que tratan de concientizar y toman sus precauciones etc.

    El coronavirus, como narraba Albert Camus en la peste, va a sacar lo mejor y lo peor de las personas. Algunos serán héroes, otros serán vistos como villanos aprovechados, otros, presas del pánico y por su falta de carácter, se aventarán por el hoyo.

    Lo cierto es que estamos en tiempos inéditos. Tal vez son los tiempos «más históricos» que estemos viviendo aquellos que nacimos en las últimas décadas del siglo XX o en las primeras del XXI. El coronavirus cambiará muchas cosas, cambiará estructuras, cambiará modos de vida, patrones, sistemas, formas de hacer política. La pregunta es ¿en qué va a derivar todo esto y a donde queremos llegar?

  • La ética y el #Covid19. Empresas responsables y empresas antisociales

    La ética y el #Covid19. Empresas responsables y empresas antisociales

    La ética y el #Covid19. Empresas responsables y empresas antisociales

    Milton Friedman decía que la única responsabilidad social de los empresarios es aumentar sus ganancias.

    Estaré de acuerdo con Friedman con varias de sus argumentaciones, pero no con esta. Y menos lo estoy en una etapa crítica como la que estamos viviendo. ¿Por qué?

    Porque las empresas están compuestas por personas, y cuando hablamos de ética, no tendríamos que esperar algo diferente de una empresa de lo que esperamos de una persona.

    Decir que la única responsabilidad de los empresarios es aumentar sus ganancias sería decir que la única responsabilidad de las personas es velar por sus intereses propios y no por la de los demás ni por su entorno.

    Lo cierto es que si en una tragedia o en una crisis yo decido no ayudar a nadie cuando he podido hacerlo, la gente me va a juzgar de egoísta e incluso de poco confiable y tendrá razón en hacerlo. Así como juzgamos a una persona a la que no le importa el absoluto el coronavirus y no se cuida ¿Por qué tendríamos que medir con una vara distinta a una empresa cuando al final es una entidad presidida por personas?

    Lo cierto es que los individuos no somos seres disconexos de nuestro entorno, formamos parte de él y de alguna forma nos debemos a él. ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos personas con quien relacionarnos? ¿Qué sería de nosotros si nadie nos comprara nuestros productos? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos bienes que son producidos por otras personas en otras latitudes del mundo? En tanto somos seres sociales, tenemos cierta responsabilidad ética con los demás.

    Estoy de acuerdo en que la coerción del Estado no tendría por qué regular dicha ética empresarial más allá de lo normativo que ya hace (que pague impuestos y se apegue al marco legal). Dentro de lo legal, las empresas deben cumplir con las normas y obligaciones vigentes, pero la responsabilidad de una empresa no se agota en lo legal, porque también está sujeta a las normas sociales.

    ¿Qué podemos decir de una empresa que, dentro de una crisis sanitaria, lo único que hace velar es por sus intereses y nada más? ¿La gente tiene el derecho a juzgarlas y criticarlas vehementemente? ¿La gente tiene el derecho de castigarlas? Por supuesto que sí.

    Y esto no es una postura «anticapitalista», de hecho forma parte de la misma dinámica del mercado donde los consumidores reprueban a una empresa la cual han juzgado de egoísta y poco sensible.

    Es cierto que así como una persona no tiene la obligación moral de ayudar a las demás personas de tal forma que salga muy afectada personalmente (aunque ciertamente hacerlo podría ser visto como algo heróico), una empresa no tendría por qué ayudar al grado de que ello implique la quiebra (además que sería evidentemente contraproducente), pero sí se esperaría que lo haga con relación a su capacidad económica.

    Y así como algunas empresas han hecho sacrificios, otras simplemente han terminado por velar sólo por sus intereses sin pensar en sus empleados casi pasándole toda la factura a ellos. La gente tendrá toda la razón del mundo para juzgarlas vehementemente, con todas las afectaciones que ello puede tener para la reputación de dichas empresas y el valor de su marca.

    Es cierto, hay empresas que no se pueden dar tantos lujos, que cerrar un mes pagando a toda la plantilla podría ser suicida, pero el simple hecho de «estirarle un poquito» de acuerdo a sus capacidades, de decir que va a pagar al menos una fracción para que a los empleados no les pegue tanto y buscar un equilibrio donde se les pueda ayudar en algo y la empresa no se vea financieramente comprometida, es algo que se agradece. Detalles tan simples como el de una cadena de supermercado que pidió a la gente donar dinero (cantidad que ellos duplicarían) para que la gente de la tercera edad pueda irse a sus casas es algo que se agradece.

    La realidad es que en una contingencia como ésta, el egoísmo es muy penalizado ya que va contra del bien de la sociedad en la cual esa empresa se encuentra inserta. Si bien el egoísmo, en una situación normal, puede traer beneficios para todos (como lo ilustra la mano invisible de Adam Smith), lo cierto es que en una contingencia puede ser fatal. Ayudar en la medida de lo posible a los empleados puede ayudar a que el virus se propague menos y puede salvar vidas.

    Incluso dentro del propio interés, las posturas egoístas pueden ser contraproducentes porque en tanto el egoísmo es muy penalizado en una crisis, la imagen de la empresa en cuestión puede verse afectada y ello le podría acarrear afectaciones económicas. Porque la marca es no sólo construida por la propaganda de la empresa, sino por el concepto que los consumidores se han hecho de ella. Recordar que una marca fue irresponsable en la crisis sanitaria puede ser suficiente razón para que un consumidor se vaya con la competencia.

    El #COVID19 va a exigir sacrificios a todos, a empresas, empleados, trabajadores, instituciones. Quien haya querido evadir su responsabilidad ética, o lo que se esperaría de él, será evidentemente penalizado. Dicha penalización es un mecanismo de supervivencia, donde el individuo preferirá establecer contacto y relación con aquel que en los momentos difíciles es capaz de dar algo de sí sobre quienes decidieron velar solo por sus intereses sin pensar en los demás.

  • López Obrador: la receta perfecta para el desastre

    López Obrador: la receta perfecta para el desastre

    López Obrador: la receta perfecta para el desastre

    Nos prometieron un cambio de régimen.

    Hasta se autodenominaron, en un acto de arrogancia, «la cuarta transformación» (las minúsculas son deliberadas), pero nos están entregando un desastre. Un desastre tanto desde los ojos de la izquierda como de la derecha.

    Dijeron que el país iba a sacudirse, pero hasta para sacudir el país se necesita pericia que es lo que este gobierno, hasta la fecha el peor que jamás haya vivido (y vaya que he visto malitos como el del sexenio pasado), ha mantenido completamente ausente.

    Si bien las encuestas de popularidad no necesariamente reflejan qué tan bien está gobernando un presidente, en este caso sí se puede percibir una progresiva decepción de cada vez más decepcionados quienes, asombrados, ven cómo el presidente es capaz de tomar las posturas más irracionales y egoístas.

    Al día de hoy, según consulta Mitofsky, López Obrador solo tiene el 51% de popularidad, un número todavía muy alto y condescendiente para la calidad de su desempeño como Presidente de la República, pero que visto desde otra perspectiva, habla de una continua caída y una progresiva decepción del electorado que lo apoyó.

    El gobierno de López Obrador ha sido un desastre en gran medida porque el propio AMLO imaginó un proyecto cuasiutópico, poco fundamentado (al grado en que creyó que acabaría con la corrupción en 6 años), basado en rancios principios morales y una visión distorsionada de la realidad y la condición humana, y del cual no se ha despegado en lo más mínimo. López Obrador cree que su proyecto puede embonar con la realidad cuando la realidad misma una y otra vez le dice que está loco, pero luego pareciera que AMLO, al sentirse ofendido por la realidad misma, trata de introducirle su proyecto casi como por venganza, lastimándola.

    Basta ver las reacciones de López Obrador ante los feminicidios y ante el coronavirus: ¡Son los mismos lugares comunes! Las estampitas, la moral el pueblo bueno y demás. Su conocimiento de las problemáticas que han marcado este inicio de año son nulos y no ha tenido la más mínima intención de conocer algo de ello, por eso recurre al mismo discurso tan estrecho de miras, hasta es capaz de decirle a una reportera que perdone a su agresor quien estaba también presente en la mañanera y les pide que se arreglen entre ellos.

    López Obrador está tan desconectado de la realidad que tiene la ocurrencia de cancelar una inversión (que ya tenía todos los permisos) mediante una consulta popular: no muchos tienen la ocurrencia de generar mayor incertidumbre cuando es certidumbre la que se requiere para hacer frente a una crisis global. López Obrador genera una profunda desconfianza al punto que Nicolás Maduro, con el cual lo compararon para asustar a la gente, ha adoptado una postura más responsable. La gente cree que el gobierno le está mintiendo y hasta es incapaz de reconocer las cosas que las instituciones sí hacen bien (mérito de los funcionarios encargados de la contingencia y no de López Obrador que ha sido un estorbo para estos esfuerzos). Gran parte de la gente asume, y con razón, que AMLO no es una persona de fiar para saber qué hacer en esta crisis.

    Lo peor para López Obrador todavía no llega. Su actitud irresponsable ante la contingencia del coronavirus ha decepcionado a varios, pero más se notará en las encuestas cuando la gente se empiece a preocupar más al ver que el número de fallecidos se cuentan por decenas o centenas y le cobren la factura a él y, sobre todo, cuando la crisis económica se haga sentir en la gente (ciertamente explicada en gran parte por factores globales y de la misma pandemia pero agravada por los errores de López Obrador), porque no es lo mismo decir que las cosas van mal o ver con números que las cosas van mal que sentir en la vida cotidiana que las cosas van mal. No sobra decir que la crisis también se la van a facturar a él.

    Con el tiempo, López Obrador se ha vuelto más rígido y predecible, y conforme más se desgaste, producto de esta naturaleza necia, cometerá más errores. Toda su cosmovisión gira en base a escasos y pobres conceptos bajo los cuales cree que puede explicarse el ejercicio del gobierno. Parece que se refugia en ellos como mecanismo de defensa ante el vendaval de realidad que le cae encima, y de paso, para no dejar quebrar su ego acusa a la realidad misma de ser «una creación de los conservadores».

    López Obrador ha perdido el control de la agenda. Las feministas se la arrebataron y ahora, en la contingencia, ha dejado un profundo vacío de liderazgo. Otros políticos como Enrique Alfaro, gobernador de Jalisco, han levantado la mano para hacer lo que AMLO no está dispuesto a hacer: fungir como una suerte de liderazgo en el cual la gente confíe para hacer frente al COVID19. Incluso el día de hoy, Ricardo Anaya, un hombre gris y que despierta pocas pasiones, es capaz de mandar un mensaje que genera mucha más credibilidad que el propio presidente. Esa oposición tan chata, visceral y hasta ahora irrelevante, al menos como que ya le ha estado encontrando el modo reforzando la idea de que López Obrador no está haciendo nada, aunque el oportunismo huela a miles de kilómetros.

    Esa displicencia, esa mediocridad y ese dejar pasar ha destruido la imagen que muchos tenían de AMLO como líder moral. Se le percibe como un hombre egoísta, irresponsable, que no cree en la ciencia, que tiene un ego tan grande que cree que basta decir cualquier cosa para que los demás lo sigan. Cada vez más cercanos, como Alfredo Jalife, aquel médico conspiranoico, se le han ido a la yugular. Al final, el deseo de supervivencia siempre tendrá mayor peso que cualquier relato y entre salvarse de la amenaza y el presidente que les dice que no pase nada y que compren su boleto para ganarse el avión. Hasta el menos sensato se irá por lo primero.

    Mientras tanto, los influencers orgánicos de López Obrador han tratado de defender (algunos de una forma un tanto forzada) esa «figura moral» que se les deshace en sus manos, ese proyecto en el que tanto creyeron y que se les hace humo frente a sus narices. John Ackerman tiene el atrevimiento de decir que AMLO es un científico, para sorpresa de aquellas mismas personas que guardaban cierta simpatía con el presidente como Sabina Berman o Julio Astillero. Hasta la misma defensa deja entrever cierto titubeo entre quienes habían fungido como «parte del cambio». Algunos como que titubean con la idea de que el cambio no va a ocurrir y, de continuar las cosas igual, no mucho falta para que algunos empiecen a abandonar el barco.

    López Obrador quiso hacer historia, hasta con el término de la «cuarta transformación» quiso hacer un juicio anticipado de su gestión. Hoy está al borde del precipicio, de convertirse en una de las más grandes decepciones de la historia moderna de México.

    Tal vez este sea el principio del fin, de una 4T que no fue.

  • El #Covid19. El mundo real clama independencia de nuestro mundo

    El #Covid19. El mundo real clama independencia de nuestro mundo

    Hace unos días leía un artículo que dice que el mundo estaba declarando su independencia de nosotros, como diciéndonos que el mundo no se limita a aquello que decimos que es. El mundo es para nosotros aquello que construimos como mundo dentro de nuestras mentes. El mundo era entonces aquello que los seres humanos decimos que es «el mundo».

    Decíamos que el mundo era viajar en automóvil, trabajar, salir a la calle, planear las vacaciones, leer, hablar de finanzas, como si el mundo fuera dado por nosotros cuando más bien nosotros somos, al final, un subproducto del mundo mismo.

    Con la crisis sanitaria provocada por el COVID-19, el mundo pareciera reclamar su independencia, el noúmeno reclama su independencia de la cárcel fenoménica que le hemos asignado y a partir de la cual lo hemos definido. Nosotros somos apenas una parte ínfima del mundo que en realidad nos es desconocido, no solo aquel que se encuentra lejos de nuestro entorno inmediato (las otras culturas, los otros planetas) sino aquel que tenemos frente a nuestras narices y creemos conocer bien.

    Pero el mundo declaró su independencia sin hacer absolutamente nada, porque no hizo un solo movimiento. El mundo sigue rigiéndose por sus leyes y no ha cambiado absolutamente nada. Declaró su independencia con su mera existencia como un estado de cosas independiente a la abstracción que los humanos hacemos de él. Todo nos cambió porque asumimos que en «nuestro mundo» no habíamos terminado de contemplar la posibilidad de que un virus pusiera en jaque a toda nuestra especie. Todo nos cambió más bien por una fricción en nuestra abstracción del mundo y el mundo real, porque el primero fue el que falló, no el segundo que nunca falla.

    Resulta que el mundo como abstracción humana nos fue cambiado de la noche a la mañana. Pero el mundo sigue siendo el mundo, porque el mundo no es lo que queramos que sea, sino lo que es. De pronto, muchas dinámicas sociales cambiaron; de pronto, aquello que era normal se convirtió en algo potencialmente mortal (como salir a la calle) o aquello que podía decirse propio de personas antisociales (personas que no salen de sus casas y tratan de no tener contacto físico con otras personas) se convirtió en lo deseable y lo correcto. Que el presidente de una nación se encerrara en su casa dos semanas habría generado indignación, hoy es algo visto como algo ejemplar o heróico. Solo tuvo que modificarse una de las tantas variables que configuran el mundo real (no el que decimos que es) y cuya modificación se explica no por una modificación del mundo mismo sino por su esencia misma que contempla dichas modificaciones como algo intrínseco a éste para que nuestra construcción de lo que decimos que el mundo es se viera comprometida. El mundo nos obligó a salir de nuestra zona de confort, a reconocerle el mundo su independencia de nosotros.

    Las distintas construcciones del mundo se vieron comprometidas. La construcción social y global del mundo quedó en entredicho, pero también las construcciones personales que los diferentes individuos hacemos del mundo, aunque en distintas intensidades. Algunos «mundos» se vieron más comprometidos que otros, pero todos quedaron trastocados, ninguno de todos los «mundos personales» quedó exactamente igual.

    Los humanos estamos limitados a hacer abstracciones del mundo real, no podemos conocerlo por completo y por ello nos parece más cómodo decir que el mundo es aquella abstracción que hemos hecho de él porque ella nos provee una zona de seguridad, pero en tanto nuestra concepción del mundo es una abstracción subjetiva (o intersubjetiva) fenoménica, siempre será imperfecta.

    Pero bien haríamos en reconocer su independencia, decir que aquello que creemos que es el mundo es tan solo una abstracción de éste y que de cuando en cuando el mundo real nos va a sacudir. Tal vez ello nos mantenga mejor preparados.

    El mundo como cosa independiente de nosotros va a continuar siendo el mismo dado que se rige por las mismas leyes. No está a discusión si el mundo como abstracción humana va a a cambiar, es un hecho que lo va a hacer y es inevitable. La abstracción humana del mundo no va a ser la misma nunca, muchos procesos tecnológicos y sociales se van a acelerar producto de la necesidad que tenemos de adaptarnos a un entorno adverso que exigirá más de nosotros, como todo lo que tiene que ver con las telecomunicaciones, el trabajo remoto, la educación en línea. Esto también va a afectar de alguna forma la política (local, nacional y mundial), va a sacudir muchos paradigmas, va a modificar hábitos y actitudes en muchas personas.

    Pero si no está a discusión la existencia de esa inevitable sacudida, lo que sí podrá discutirse es la forma en que ésta se va a llevar a cabo. Algunas cosas serán inevitables, pero otras no, sobre todo aquellas que le impliquen al ser humano tomar decisiones. ¿Qué medidas tomaremos en torno a la crisis y qué resultados arrojarán? ¿La crisis fortalecerá los valores democráticos y la integración global o, por el contrario, fortalecerá el discurso autoritario?

    Y reconocer al mundo como algo independiente de nosotros nos ayudará a responder de mejor forma dichas preguntas.

  • El morenavirus

    El morenavirus

    El morenavirus

    Nuestro país está comenzando a entrar a la etapa zona crítica del COVID-19 consistente en la etapa de infección comunitaria que se extenderá por algunas semanas. Es la etapa en la cual nos tenemos que quedar en nuestras casas y salir lo menos posible a la calle. Observando este comparativo, podemos ver que nuestro país tiene el mismo comportamiento que España hace algunos días.

    Es en esta etapa donde se le requiere a la sociedad un mayor sacrificio: cambiar el ritmo de vida, olvidarse de viajes, eventos; en algunos casos se requerirá sacrificios de índole económica (no sin olvidar la afectación que esta contingencia tendrá a la economía). Es la etapa más complicada porque no siempre es fácil persuadir a la gente de que haga sacrificios. Hay quienes están invadidos por el pánico y otros a los que no les importa en lo más mínimo el problema y quieren seguir con su vida diaria.

    En este sentido, las instituciones que comandan este país deben ser ejemplares. Éstas mismas deben de estar dispuestas a hacer sacrificios para que los ciudadanos entiendan por qué es importante que ellos los hagan. Si bien las instituciones no han manejado el asunto del todo mal y hace unos días la OMS reconoció su trabajo, es muy cierto que el Presidente de la República ha tenido una postura totalmente reprobable al respecto e incluso la misma OMS exigió un mayor compromiso de los políticos como dándose cuenta de la actitud que algunos sectores han tenido, incluyendo López Obrador.

    Hemos visto a Andrés Manuel ir de mitin a mitin, convocando a grandes aglomeraciones, abrazando gente y besando niños (a veces hasta en contra de su voluntad) en un momento en que él debería aprovechar su liderazgo para pedir a la ciudadanía que tome las medidas necesarias para sortear esta emergencia sanitaria. Peor aún, hemos visto conductas reprobables como el negarse a ponerse gel antibacterial en las manos.

    Aunque las instituciones traten de hacer su chamba, la conducta de López Obrador es un gran problema que estorbe en su afán. Si bien es cierto que su popularidad va en picada, sigue siendo lo suficientemente popular (ya no solo en lo cuantitativo sino en lo cualitativo) como para ejercer influencia sobre una considerable cantidad de gente que, al ver las reacciones de López Obrador, dirá que entonces no es necesario tomar precauciones. Ese símbolo, ese mensaje, puede convertirse en muertes que pudieron haberse evitado.

    ¿Quiénes se ven más afectados con estos mensajes? Las mismas personas que suelen ser siempre las más afectadas en las tragedias y las contingencias: los individuos que viven en situación de pobreza. Varios simpatizan con López Obrador y lo toman como una suerte de ejemplo, muchos de ellos no pueden darse el lujo que nosotros tenemos de hacer una «cuarentena VIP» con home office, redes sociales y Netflix. Ellos tienen que salir a ganarse el pan; muchos de ellos viven en la informalidad y no pueden darse «el lujo de trabajar desde casa y mucho menos de parar». Peor aún es cuando se envía el mensaje de que pueden acudir a aglomeraciones, que se relajen, que pueden abrazarse y que no pasa nada. Aquellos, que también son quienes tienen menos protección sanitaria porque no tienen ningún servicio privado y muchas veces la salud pública que tienen a la mano no es de la mejor calidad, son quienes están en mayor riesgo.

    Esta no solo me parece una postura irresponsable, sino egoísta. Un líder que siempre dijo representar al pueblo está casi hasta supeditando su integridad a sus caprichos y al poder. El egoísmo es tan marcado que el propio López Obrador supedita su propia integridad a sus intereses porque un hombre que tiene 66 años y que ha sufrido de un infarto es, en automático, una persona vulnerable. El mensaje es terrible.

    Y me preocupa que el Subsecretario de Salud Hugo López-Gatell, quien hasta hace pocos días era una figura que se percibía como un interlocutor confiable y quien podía contrastar con el arrebato populista del presidente, haya caído en esta dinámica alabando y mitificando a la figura de López Obrador (de tal forma que las analogías con la mitifación que se hace de los líderes en Corea del Norte no han faltado) para así justificar su conducta reprobable:

    La forma en que ha abordado López Obrador esta contingencia que afectará a muchas personas es completamente errónea e incluso insensible.

    Me preocupa también el ambiente de polarización que se está generando en torno a la contingencia. El Presidente no se ha cansado de politizarla y tampoco es como que los opositores estén poniendo mucho de su parte al entrar a su juego. En vez de tener un país donde haya cierta unión (como está ocurriendo con los países europeos) tenemos un país polarizado, lo cual solo va a derivar en una mayor desconfianza de los ciudadanos con sus autoridades y lo cual puede llegar a ser fatal.

    López Obrador tiene que cambiar su conducta inmediatamente porque se convierte en un gran problema a muchos niveles (aunque dudo que lo haga). Él no es ningún dios ni alguien que cargue con una «fuerza moral», es un simple mortal que no presume necesariamente de la mejor salud y que tiene el privilegio de estar al frente de un país y cuyo trabajo ha sido, cuando menos, cuestionable. Su poca apertura, su afán de centralizar todo y tener control sobre todo el quehacer político podría a traer resultados muy adversos en momentos críticos con el coronavirus donde no solo hablaremos de fallecidos, sino también de pérdidas económicas.

    Terrible y frustrante es ver este tipo de conductas en una persona de quien esperaríamos una suerte de liderazgo. No lo hay, vemos en López Obrador al mexicano irresponsable promedio, aquel que cree que la cuarentena son vacaciones y que cree que el coronavirus no le va a hacer nada.

  • Después del coronavirus, ya no trabajaremos igual

    Después del coronavirus, ya no trabajaremos igual

    Después del coronavirus, no trabajaremos igual.

    La forma en que la sociedad está organizada es moldeada en gran medida tanto por factores internos (guerras, crisis económicas, conflictos, interacción con otras sociedades y otras dinámicas) como por factores externos (catástrofes naturales, epidemias) que inciden en ella. La sociedad no es un monolito rígido, sino una entidad producto de diversos equilibrios y que se va modificando con el tiempo.

    Los cambios tecnológicos, por poner un ejemplo, moldean sobremanera la forma en que la sociedad se manifiesta. Siempre que una nueva gran tecnología irrumpe y se masifica, la cultura sufre modificaciones ya que aquellos patrones sociales y culturales que funcionaban en un contexto dado han dejado de hacerlo en aquel que la irrupción tecnológica ha creado. Los cambios en la forma de producción que cada vez dependen menos de la fuerza y más del conocimiento y las habilidades blandas explican en parte el deseo de las mujeres de terminar de emanciparse de un régimen patriarcal que las mantenía bajo la protección del varón y que empezó a deshacerse desde hace ya varias décadas.

    Los desastres naturales y las epidemias también son aceleradores de cambios sociales. Con ello no estoy diciendo que sean deseables porque la pérdida de vidas nunca va a ser deseable en lo más mínimo, lo que quiero decir es que estas tragedias suelen sacar al estado de cosas (el sistema, el status quo o como lo quieras llamar) de su zona de confort para que pueda sobrevivir. La crisis demanda mucho esfuerzo al estado de cosas, lo sobresatura y le exige modificar sus mecanismos para atender el problema al que se está enfrentando.

    Los sistemas, cuando se encuentran en reposo, tienden hacia la conservación y hacia el mantenimiento de la zona de confort; buscan no modificarse para no crear un estado de caos que implique hacer eso que un desastre o un cambio radical los puede obligar a hacer: cambiar patrones, conductas, porque los cambios generalmente son incómodos y demandan esfuerzo, sobre todo para aquellos que ya están muy empotrados y cómodos en el estado de cosas vigentes.

    Entonces el desastre sacude todo el sistema: el hecho de que la gente se tenga que quedar en sus casas y modificar su rutina diaria; el hecho de que la iniciativa privada tenga que buscar métodos alternativos para seguir produciendo; el hecho de que las instituciones tengan que actuar de tal o cual manera: todo ello termina creando cambios sociales porque todos los agentes que son parte del estado de cosas se dan cuenta que pueden operar de otra manera y de forma más eficiente.

    Esta crisis va a generar cambios de muchas formas: va a crear nuevos protocolos en el sistema de salud, seguramente hará algunas modificaciones en la rutina de las personas incluso pasada dicha crisis, pero en lo que me quiero enfocar es en lo que tiene que ver con el empleo y la cultura del trabajo, algo que en gran parte del mundo (y sobre todo en México) se resiste a evolucionar a pesar de la presión de los cambios tecnológicos.

    Es evidente que ha habido cambios en la cultura laboral en las últimas décadas, pero también es evidente que no han sido suficientes y que se está viendo muy rebasada por los avances tecnológicos y las innovaciones.

    Yo trabajo por cuenta propia desde hace diez años. Soy eso que llaman freelancer. Desde hace mucho tiempo no piso una oficina para trabajar y si lo hago es porque ahí tengo la junta con mi cliente. El cambio de «godín» a freelancer no fue muy fácil (y más cuando tuve la osadía de hacerlo en medio de la crisis mundial del 2008), tuve que cambiar algunos hábitos, aprender a autodisciplinarme y no tener ese colchón que muchos trabajos te dan (sueldo garantizado quincenal, seguro de gastos médicos que ahora tengo que pagar por cuenta propia). Trabajo ocho horas diarias y a veces un poco más, tengo mi rutina diaria, pero tengo algo muy preciado: flexibilidad, más tiempo para mí y mejor salud.

    No tengo que hacer traslados diarios y solo lo hago cuando tengo juntas con los clientes; no pierdo esa hora y media que perdía en el tráfico, y como no «padezco» el tráfico a diario, ello incide positivamente en mi salud. Como lo que importa no son las horas de trabajo sino satisfacer las necesidades de mis clientes, tengo mayor flexibilidad. Puedo darme el lujo de ir, de vez en cuando, a comer con un amigo, o puedo ir a una conferencia en la tarde y terminar el trabajo en la noche.

    En resumen, soy mucho más productivo porque me da mucho más tiempo para seguir capacitándome y trabajar en otros proyectos. Incluso tengo el tiempo para escribir aquí que difícilmente tendría con un trabajo de 9 a 7.

    Pensando en ello y en un podcast sobre el coronavirus que publicó Gerardo Garibay, una de esas tantas relaciones que uno hace en las redes sociales, fue que me puse a reflexionar sobre la necesidad de cambio dentro de la cultura laboral mexicana. El paradigma tayloriano o fordiano en el gran parte de la iniciativa privada sigue empotrada está completamente rebasado y los horarios rígidos tan solo reducen la productividad y les roba horas de su tiempo a los empleados que podrían hacer sus labores desde su casa o desde un WeWork cercano.

    ¿De qué sirve presumir que somos «de los países más chambeadores de la OCDE» (por trabajar más horas y no por ser más productivos) cuando mucho de ese tiempo es tiempo desperdiciado, tiempo que se debe estar en la oficina porque así está estipulado en el contrato? De nada.

    El coronavirus obligará a muchas instituciones privadas y educativas a trabajar en línea. Hará lo que por voluntad propia no querían hacer por miedo al cambio. Algunas instituciones se darán cuenta de que es completamente inútil tener a la gente en sus oficinas cuando pueden hacer las labores desde sus casas; algunas empresas verán cómo uno de sus más grandes miedos y prejuicios se desmorona producto de sus propias incongruencias: su resistencia al trabajo remoto. Se darán cuanta que su cultura laboral, que tal vez era útil en el siglo pasado, ya no lo es más. Se darán cuenta que los cambios tecnológicos hacen más viable otras formas de trabajo que las «horas nalga» de nueve a siete.

    En una sociedad donde se han entendido los beneficios del trabajo remoto, menos gente tendrá que trasladarse diariamente a su oficina, y quienes por las características del trabajo sí lo tengan que hacer, también se verán beneficiados, ya que, al haber menos automóviles circulando, llegarán más rápido a sus destinos. Ello generará, a su vez, menos contaminación, lo cual derivará en una mejor salud y lo cual, a su vez, también ayudará a incrementar la productividad.

    ¿Tendrán las empresas la apertura? ¿O preferirán seguir en sus modelos arcaicos aunque la realidad les presente en su cara lo equivocados que están?

    Ninguna crisis es deseable, ninguna catástrofe que cobre la vida de personas puede serlo en lo más mínimo, pero estando la crisis presente por su inevitabilidad y donde nuestro margen de maniobra consiste en la contención y la reducción de su impacto, también se hace necesario comprender la naturaleza de los cambios a la que esta crisis nos obliga para que a partir de ahí podamos repensar nuestra sociedad y cambiar patrones culturales de tal forma que la sociedad en su conjunto se vea beneficiada.

  • Cuarentena VIP

    Cuarentena VIP

    Cuarentena VIP

    Nos han pedido que nos quedemos en nuestras casas. Nos han dicho que con ello muertes serán evitadas.

    No nos han pedido que vayamos a la guerra para tal vez no volver a ver a nuestros seres queridos. Nos piden resguardarnos precisamente para que nuestros seres queridos y los de los otros sigan en este mundo. ¡Somos privilegiados!

    No nos han pedido aislarnos de los que más queremos, tan sólo que no tengamos contacto presencial por unas pocas semanas. Ahí están las redes sociales, el teléfono, los sistemas de mensajería y las video llamadas. En las cuarentenas de tiempos pasados se dejaba a ver a los seres queridos por completo por meses. Hoy podemos estar en contacto todos los días. ¡Somos privilegiados!

    Nadie nos ha pedido enfrentarnos a la cruda realidad. De hecho podemos escapar del mundo cuantas veces queramos viendo Netflix o leyendo un buen libro. ¡Somos privilegiados!

    Nadie nos pidió racionar al mínimo la comida, tan solo nos pidieron hacer home office. ¡Somos privilegiados!

    A los que no vivimos en situación de pobreza, el mundo de hoy nos pide poco para salvar a muchos. Nuestro mundo del cual siempre mentamos madres es muy benigno, tanto que cualquier incomodidad nos parece un martirio. No vamos a ir a la guerra, tan solo nos vamos a restringir un poquito por los demás, hacer un poquito para que incida un muchito en la vida de los demás. ¡Somos privilegiados!

    Y negarnos a dar un poco para ayudar a los demás sería no sólo egoísta, sino inhumano.

    Lo natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad y la pureza, si usted quiere, son un producto de la voluntad.

    Albert Camus – La Peste