¿Era el autoritarismo la normalidad en México y la democracia fue tan solo un fenómeno temporal?
Los regímenes populistas autoritarios van degradando la democracia de forma muy paulatina y progresiva. Algunos no lo logran, otro sí, pero lo que es cierto es que es difícil ponerse de acuerdo, en los distintos casos, la fecha exacta en que la democracia dejó de existir.
Si en México la democracia termina, es posible que una de las fechas más importantes establecidas para los estudiosos sea el fatídico viernes 23 de agosto.
¿Podría considerarse que la democracia terminó ese día? Sería muy atrevido afirmarlo, pero lo cierto es que en esa fecha ocurrieron dos cosas que comprometieron severamente el andamiaje que permitieron que la democracia, imperfecta como fuera, pudiera sostenerse: esas dos cosas fueron la eliminación de los organismos autónomos y la sobrerrepresentación, la cual seguramente será acompañada por la cooptación del Poder Judicial que se comenzará a gestar con la reforma propuesta en días posteriores.
En este nuevo entorno o nueva normalidad, será difícil esperar que elecciones libres sigan existiendo con tamaña concentración de poder en el régimen. Ya lo único que podría mantener a la democracia con vida es, a falta de cualquier contrapeso, la propia voluntad del régimen (que ellos decidan y acepten la existencia de elecciones justas y libres), y la verdad es que tienen muy pocos incentivos para hacerlo.
La historia muestra que las cosas irán por otro lado. Los regímenes populistas, como bien señala la politóloga Nadia Urbinati, conciben el proceso electoral no como una forma en que los ciudadanos eligen al gobierno que quieren, sino como una suerte de plebiscito donde el régimen se reafirma en el poder. A este ejercicio le suelen acompañar revocaciones de mandato y «consultas ciudadanas» que han ya sido calculadas para que beneficien al régimen ¿Suena?.
Eso es lo que ocurre en países como Rusia (Vladimir Putin), Venezuela (Nicolás Maduro), Hungría (Viktor Orban) o Turquía (Recep Tayyip Erdoğan). Estos regímenes suelen mantener una suerte de fachada democrática para simular o disfrazar al autoritarismo y engañar a los incautos ¿verdad, Diego Ruzzarín?
Estos procesos hacen todavía más sentido cuando son liderados por aquellos que desean crear una profunda transformación o pasar a los anales de la historia, en muchos casos con dejos de nostalgia por un pasado glorioso. El chavismo se contrasta con el pasado inmediato de Venezuela acudiendo a símbolos históricos, Putin busca recuperar la «grandeza» de Rusia y su papel en la geopolítica mundial, López Obrador propone una cuarta transformación que conceptualiza como una «ruptura con el neoliberalismo» pero que tiene una profunda nostalgia por el pasado del priísmo hegemónico.
La ruptura no puede ser un examen del estado de cosas actual. No puede ser una revisión minuciosa de cada elemento para mantener lo que sirve y reformar lo que no. Deber ser ruptura como tal: un rompimiento con todo lo que caracterizó al régimen anterior independientemente de si los elementos que lo componían eran buenos o malos.
Así ocurre con los organismos autónomos. No hay siquiera una crítica a su funcionamiento. No se nos dice en qué áreas el INAI era mejorable. La resolución es simple: son «neoliberales» (lo que se traduce como que pertenecen al estado de cosas anterior) y hay que desecharlos.
Pero esa eliminación no solo es simbólica, obedece a un deseo de concentrar el poder. Los organismos autónomos limitaban el ejercicio y, sobre todo, el abuso de poder del gobierno y diversos actores políticos y económicos: lo obligaban a un mínimo de transparencia (INAI), lo sometían a elecciones justas y libres (INE), evitaban, en la medida de lo posible (aunque no de forma perfecta), las prácticas monopólicas en los diversos agentes económicos (Comisión de Competencia). Esta eliminación amenaza no solo con la concentración de poder en el ejecutivo, sino también en los agentes económicos preponderantes, sobre todo aquellos cercanos al gobierno, fomentando la consolidación de una oligarquía de empresarios que se enriquecen al amparo del poder.
En el contexto actual, es muy plausible que la democracia liberal haya terminado en México. Muchas de las actitudes del gobierno (como su incapacidad de dialogar con la oposición e incluso su indisponibilidad de respetar su existencia) sugieren poca disposición para someterse a unas elecciones donde sean capaces de reconocer el triunfo del adversario. Claro, no es fácil predecir los cómos. No es imposible que, en cierto contexto, estén dispuestos a ceder (cuando sea insostenible aferrarse al poder o no convenga), pero la historia y la ciencia política no sugieren buenas noticias para quienes creemos en la democracia y sus valores.
Aclaro: en este texto no voy a hablar mucho de la polémica de la Última Cena, que en realidad no se refería a la Última Cena sino al Dios griego Dionisio, y la dejaré casi de lado. Creo que ahí habrá puntos de vista irreconciliables de acuerdo con las creencias y convicciones de la gente y creo que no hay mucho que agregar más allá del espíritu que se quiso mostrar en esta inauguración.
Haciendo de lado ese hecho, me llama la atención cómo algunas personas terminaron bien fascinadas catalogándola como la mejor de la historia mientras que otros estaban casi espantados diciendo que estuvo muy aburrido, muy gris y que perdieron toda la solemnidad de los JJOO casi nominándolos a los peores de la historia.
No sé cuántos sean de un lado y cuántos del otro, las redes son muy engañosas, pero sí se puede percibir cierta polarización en la forma en que la gente ha estado calificando esta inauguración. Eso, que recuerde, no había ocurrido (al menos a este grado) en alguna inauguración que me haya tocado presenciar.
Tal vez porque nunca había habido una inauguración tan «atrevida».
Me llama la atención no porque me sorprenda dicha reacción, la cual es normal y previsible en un contexto de ruptura. Más bien me llama la atención que esa ruptura haya acontecido y, derivado de ella, se vuelve interesante la reacción de la opinión pública.
Este fenómeno divisivo ocurre con casi cualquier innovación o ruptura. Aunque, con el tiempo, se forme un consenso positivo y se perciba como «una gran innovación», al principio generará opiniones muy divididas. Sucede cuando una banda de música lanza un disco que rompe con su estilo anterior (por ejemplo, Kid A de Radiohead o Achtung Baby de U2), cuando Apple lanzó el iPhone (al principio, muchos se burlaron del nuevo dispositivo) y muchas teorías o descubrimientos científicos generan el mismo efecto.
Dichos quiebres necesariamente confrontan al espectador que tiene ciertas expectativas cuando se sientan frente al televisor. Algunos disfrutan esa confrontación, otros la rechazan tajantemente y no entienden qué está pasando. ¿Dónde está la pista? ¿Dónde están los atletas marchando o caminando?
Muchos (a veces la mayoría) necesitan tiempo para asimilar la sacudida, algunos refunfuñan al principio. Luego, cuando comiencen a asimilar las cosas, algunos le empezarán a encontrar «el saborcito». Ello no quiere decir que el consenso sobre aquello termine siendo favorable: a veces lo es, a veces no. Ante un quiebre, la mayor parte de la gente necesita «adaptarse» al nuevo entorno para poder entenderlo mejor y darle una evaluación más razonada.
El juicio o consenso «final» (si lo llega a haber, porque hay casos en que esa división permanece) lo conoceremos en unos años. Veremos si en las ceremonias de los siguientes juegos venideros se toman algunos de estos elementos de ruptura o no. Si los toman, ello sugerirá una evaluación positiva, si no, tal vez denote que esa ruptura tal vez no fue tan aceptada y que es mejor regresar al estadío anterior. La gente hará comparaciones, contextualizará todo y ahí ya tendremos una visión más clara de lo que nuestros ojos vieron ayer.
Yo agradezco ese atrevimiento, agradezco la impredecibilidad. Hay cosas que me gustaron y otras que no tanto de la inauguración, pero, a través de esa ruptura, la Francia se mostró tal cual es: mostró su cultura disruptiva, de francos quiebres ante el statu quo anterior sin gradualismos ni medias tintas.
Francia rompió con la tradición pero, a la vez, estableció una suerte de dialéctica entre la tradición y la modernidad. Es decir, rompe con la tradición, pero no niega su existencia y la hace dialogar con la modernidad creando una suerte de interesante sincretismo. Un claro ejemplo fue el performance de la banda de Death Metal Gojira acompañados de la cantante de ópera Marina Viotti, haciendo alusión a la decapitación de María Antonieta, Los Miserables y la misma Revolución Francesa.
¿Qué se puede esperar de una Francia que abolió la monarquía sin titubeos; que fue pionera en la separación de la Iglesia y el Estado; que, bajo la dirección de Haussmann, prácticamente demolió parte de París para darle su fisonomía actual (supuestamente para reprimir obreros con mayor facilidad); que vivió el caos de mayo del 68; la París del Moulin Rouge y Juana de Arco; el país donde nació René Descartes, quien marcó una profunda ruptura en la filosofía y el pensamiento occidental, y qué decir de Rousseau o de los filósofos contemporáneos como Michel Foucault y Jacques Derrida, quienes siguen siendo polémicos hasta hoy? Se puede esperar, precisamente, que sea el primer país en inaugurar un estadio en su río, con su cultura, sus monumentos, en su corazón.
Francia se mostró tal cual es: una ruptura. La inauguración fue lo más francesa posible. Vimos a la Francia en todo su esplendor, con todas sus maravillas, vicios, luces y contradicciones.
Podrán morir las personas, pero jamás sus ideas (por más nefastas que sean).
Si una persona tiene influencia (ideológica, cultural, política) sobre un sector de la población y si se cree que esa persona es una amenaza para el interés común, la peor decisión que podría uno tomar es acabar con su vida.
El ingenuo cree que al haber acabado con él la amenaza ha sido neutralizada, pero las ideas seguirán más vivas que nunca.
Sus simpatizantes están ahí no tanto por la persona en sí, sino por lo que representa. Y aquello que representa termina fortaleciéndose porque, al morir, se convierte en un mito: el representante se vuelve el mártir de aquello que representó, porque ese aquello es más grande que la persona misma.
Y eso es tan poderoso al punto en que, por poner un ejemplo, el asesinato de Salvador Allende sigue teniendo efectos importantes en la política chilena (e incluso más allá) casi medio siglo después. Ciertamente, tras su supresión, Augusto Pinochet pudo establecer una dictadura que duró aproximadamente 2 décadas, pero culturalmente y en el ideario del chileno, Allende siguió vivo y se convirtió en uno de los símbolos de la izquierda latinoamericana.
¿Y qué decir de Abraham Lincoln, Álvaro Obregón, John F Kennedy, Luis Donaldo Colosio, Mahatma Gandhi, MLK, Ronald Reagan o Nelson Mandela cuyos asesinatos o intentos de asesinato terminaron generándoles mucha simpatía y hasta mitificó su legado?
Sería lamentable, especialmente para sus detractores, que lograran asesinar a Trump. En primer lugar, y más importante, porque el asesinato de una persona debe ser categóricamente condenado, independientemente de nuestras opiniones sobre ella. Además, su muerte podría haber mitificado al trumpismo y posiblemente consolidado su lugar en el ethos político de Estados Unidos.
A pesar del intento fallido de asesinato por parte de Thomas Matthew Crooks, Trump está en condiciones de capitalizar este incidente. Trump es experto en manejar la narrativa y los símbolos, una habilidad que dominan muy bien los líderes populistas de ambos extremos del espectro político, como López Obrador, Javier Milei y Hugo Chávez, entre otros..
Si algo me llamó sobremanera la atención, y vaya que Trump me parece una figura despreciable, es su habilidad, el coraje y la stamina para aprovechar ese incidente: en el mismo momento, arriesgándose, para postrarse como una suerte de héroe (al menos entre sus simpatizantes).
A Trump nunca se le vio débil ni asustado. Por el contrario, gritó «fight, fight», tal cual arquetipo de héroe invencible al cual nada lo tumba. Y justo en esos segundos, alguien le tomó una fotografía que circuló por todo el mundo, tanto en medios tradicionales, digitales y así como redes sociales, mostró a Trump en una postura casi épica, con la cara ensangrentada, en posición de lucha y acompañado de la bandera de Estados Unidos.
¿Ya se definió la elección?
A raíz de este incidente, hay quien dice que la elección ya está definida. Otros afirman que no se puede cantar victoria y que históricamente un atentado previo a la elección no garantiza el triunfo electoral.
Ciertamente hay muchos matices aquí: Trump, a pesar de liderar las preferencias, no es una figura particularmente popular en Estados Unidos y, de alguna forma, depende de la baja aprobación presidencial de Biden.
En un entorno polarizado, el papel de Trump en el atentado va a entusiasmar mucho a sus seguidores pero no lo hará en lo absoluto con sus detractores. También es cierto que faltan cuatro meses para las elecciones y este momentum puede quedar muy atenuado. Además, si Trump (o sus fanáticos más radicales) maneja torpemente el acontecimiento, puede incluso jugarle en contra.
Pero es cierto también que este acontecimiento y, sobre todo, la forma en que el propio Trump lo abordó, contrasta groseramente con la imagen débil y hasta senil de Joe Biden, al cual cada vez más personas le piden que se baje de la contienda. Es cierto que si algo sabe hacer Trump, a pesar de la hasta ahora campaña mediocre que tanto él como Biden han llevado a cabo, es el manejo de los símbolos y de la narrativa.
Pero, sobre todo, hay que notar que este acontecimiento es fácilmente encuadrable con su narrativa de un outsider perseguido por el establishment con lo cual puede atenuar el hecho de que es el primer candidato delincuente convicto: «A Trump lo persiguieron, lo acusaron de fascista, usaron la ley en su contra, lo trataron de encarcelar, y ahora lo tratan de matar«.
En un país muy polarizado, este evento probablemente no cambiará mucho las preferencias electorales. Sin embargo, en el contexto actual, ese pequeño cambio podría ser determinante para que Trump logre regresar a la presidencia. Aunque sería precipitado asegurar categóricamente que ‘ya ganó la elección’, ya que muchas cosas pueden suceder en cuatro meses, ciertamente aumenta sus probabilidades, que ya eran altas, y hace que un escenario donde los demócratas ganen se vuelva aún más difícil.
Teorías de la conspiración
Es casi una obviedad afirmar que, ante un incidente de este tipo, la sospecha y la suspicacia no pueden dejar de estar presentes, sobre todo en tiempos de fake news y desinformación y en el que los medios se han precipitado en sacar la nota sin esforzarse en verificar sus fuentes.
En redes sociales, han circulado dos corrientes en este sentido. Una que apunta a que fue la «izquierda internacional» e incluso el gobierno de Joe Biden quien «mandó a matar a Trump» y otra que fue un autoatentado o una «falsa bandera».
Ambas teorías me parecen bastante absurdas. La primera porque, como comenté, un hipotético atentado que hubiera «desvivido» a Trump habría mitificado al trumpismo y a la derecha iliberal a nivel internacional y no necesariamente se habría convertido en un triunfo electoral de los demócratas. Algunas figuras de la derecha (incluso políticos) han coqueteado con estos argumentos para buscar capitalizarlo en su favor.
La segunda propuesta es igual de absurda, o incluso más, debido al alto riesgo que implicaría. Pedirle a Trump que se deje ‘cercenar’ una oreja por una bala para aumentar su popularidad es extremadamente irracional. Incluso con el tirador más hábil del mundo, un solo movimiento en falso podría costarle la vida a Donald Trump, lo que hace que esta idea sea completamente descabellada.
Es posible que en este caso, siguiendo la famosa Navaja de Ockham, la respuesta más simple sea la verdadera: un sujeto que por su propia cuenta quiso asesinar al presidente y cuyas razones aún no conocemos. Un joven universitario que aparentemente estuvo afiliado al partido republicano y que, según algunos testigos, podría haber simpatizado con ideas conservadoras, para luego donar a los demócratas (perfil que no ayuda mucho para la narrativa trumpiana).
En un país donde se pueden comprar armas de alto calibre en un Wal Mart y donde los problemas mentales van en crecimiento hacen que esta tesis sea más concebible de lo que muchos piensan.
Breve conclusión
Este acontecimiento quedará como un momento vergonzoso en la historia de Estados Unidos, sobre todo porque es sintomático de la polarización y la división que vive el país. Lo que no sabemos realmente son las consecuencias que va tener, ya no solo en el terreno electoral, sino en el mismo ambiente social. Algunos temen que este acto de violencia política pueda tener consecuencias nefastas en el futuro próximo o, sea simplemente un síntoma de un estado de cosas peor que pudiera venir: una escalada de violencia política, conflictos internos y civiles (con uso de la violencia).
Dicen por ahí que cuando uno crece se vuelve más conservador. Es un mantra que muchos repiten aunque la investigación tiende a ser más bien compleja y mixta.
De hecho, ese no ha sido mi caso. Aunque desde que me interesé en la política he mantenido posturas relativamente moderadas, creo que, más que cambiarlas, las he madurado. En todo caso, con el tiempo me he vuelto un poco más liberal en lo económico y un poco más progresista en lo social (sin llegar, claro, a esos extremos o corrientes iliberales y dogmáticas que de pronto pululan por ahí). Si bien, suelo ser reacio a clasificarme como una cosa, tiendo a estar cómodo con la idea del socioliberalismo.
Yo sospecho que, conforme uno crece, se va volviendo más bien realista y prudente. A través de la experiencia y el conocimiento, uno empieza a comprender los límites del ser humano, que las utopías son, casi por definición, distopías cuando se pretende llevarlas a la práctica. Quienes tenemos posturas más progresistas que conservadoras mantenemos esa actitud de cambio y progreso, pero nos preguntamos ¿Cuáles son los límites de nuestra condición humana y, habiendo conocido dichos límites, qué cosas podemos cambiar y cómo deberíamos hacerlo?
Y es esa dosis de realidad, ese reconocimiento de los límites, los que pueden establecer las rutas que podemos seguir para incidir de forma positiva.
Porque lo que es cierto es que, a lo largo de la historia, nuestra especie ha cambiado muchas cosas para bien: libertades fundamentales que hoy damos por sentado y no existían, abolición de la esclavitud, mayor riqueza, derechos de la mujer, mayor reconocimiento de las minorías (raza, orientación sexual y un largo etc).
Si se negara la posibilidad de cambio, nuestra especie francamente no habría evolucionado, ni en lo económico, ni en lo social ni en lo cultural y ese es un argumento suficiente para afirmar que siempre habrá un espacio para el cambio. Pero también es cierto es que, el afán de cambio, cuando lleva ese componente utópico e ideológico-dogmático, cerrado a la crítica y al escrutinio, tiende a causar grandes desastres como ocurrió con el nazismo y el comunismo soviético. En este sentido, reconozco el papel de los conservadores como una forma de catalizador de los cambios que las personas de pensamiento más progresista queremos impulsar. Por eso el conflicto es necesario y, por ello, la democracia y sus valores liberales son necesarios.
Las elecciones en México han sido para mí una especie de sacudida intelectual y, quizás, una forma de reconocer límites que antes no veía del todo. Al principio, experimenté una sensación de decepción, pero después de reflexionar repetidamente, esto me ha ayudado a expandir mi mente.
¿Por qué figuras políticas que parecían a muchos un revulsivo en la vida política y que generaron muchas expectativas como Javier Corral, Pedro Kumamoto, el Padre Solalinde y otras figuras terminaron integrándose a un régimen que, en muchos sentidos, representa el regreso de la cultura del partido hegemónico del PRI, con muchas de sus prácticas e idiosincrasia? Es decir, de quienes se asumió podrían representar un progreso en la vida política, se sumaron a un movimiento que a ojos de muchos representa una suerte de regresión.
¿Por qué toda esta ola de participación ciudadana que me tocó vivir en mi ciudad, Guadalajara, y de la que fui parte, casi desapareció y terminó, en su mayor parte, absorbida por el poder político? ¿Por qué, a pesar de que muchos de los indicadores de este régimen son malos, la gente votó por la continuidad? ¿Por qué este régimen democrático por el que tanto se luchó terminó sucumbiendo y no logró dar «el gatazo»? Son preguntas que causan frustración de solo pensarlas, pero cuando uno hace el esfuerzo por responderlas se aprende algo, uno comienza a percatarse de cosas que antes no había considerado.
La respuesta fácil y corta habría sido buscar culpables, mentar madres de aquellas figuras que «se fueron a MORENA», culpar a los electores por «votar mal». Pero uno tiene que reconocer que la realidad es muy compleja, que uno es ignorante de muchísimas cosas, que muchas veces idealizamos a figuras políticas que representan, o parecen representar, aquellos valores con los que comulgamos y olvidamos que son seres humanos que, como todos, buscan satisfacer sus necesidades. Uno luego tiene que reconocer que en el país existen muchas realidades con las que estamos desconectados y nunca nos hemos molestado en conocer.
Es como si México fuera un organismo vivo y yo residiera en uno de sus órganos. Soy muy consciente del órgano del cual formo parte: sé cuándo está fuerte, cuándo enferma y qué necesita. Sin embargo, cuando otro órgano, del cual apenas tengo conocimiento, se enferma, ni siquiera me doy cuenta. Solo lo noto de forma indirecta cuando el órgano al que pertenezco se ve afectado por el desequilibrio causado por la enfermedad del otro órgano.
Al tratar de profundizar y sumergirse en la complejidad de las cosas, uno comienza a entender un poco más la condición humana y, por tanto, sus límites. Queríamos que los políticos que la gente idealizó se mantuvieran siempre en ese tenor cuando la realidad tiende a mostrarnos lo opuesto. Queríamos que personas con ingresos mucho menores, que están preocupados en satisfacer necesidades más básicas y que viven problemáticas que un clasemediero no tiene, estuvieran versados en cuestiones abstractas como la microeconomía, los contrapesos o la separación de poderes, y como no lo estaban, mejor los calificamos de irresponsables y mejor decidimos no darle propina al mesero porque votó por Claudia Sheinbaum.
Pero es el reconocimiento de toda esa estructura como un todo la que nos libera, porque por mejor reconozcamos el todo y entendamos sus límites, podemos tomar mejores decisiones para incidir positivamente en ella. Ciertamente, es técnicamente imposible conocer el todo de forma perfecta porque tendríamos que tener el conocimiento absoluto de todas las cosas, pero abrir nuestra mente y ser crítico con nosotros y con nuestro entorno nos puede ayudar a reconocer que allá afuera hay mucho más de lo que nos es inmediato a nuestra cotidianeidad y de lo cual asumimos un todo que no existe o está excesivamente sesgado.
Y ese abrirse, ese entender que un sistema tiene muchísimas ramificaciones y cuestiones a considerar, conforma una suerte de sabiduría adquirida. Y sí, es posible que sean los momentos de crisis, en los cuales nuestros paradigmas se ven cuestionados y sacudidos, los que nos incentiven a reflexionar sobre nuestra realidad, sobre el funcionamiento de nuestro entorno, sobre el comportamiento de los individuos, sobre las distintas realidades con las cuales la nuestra coexiste.
Lo peor que uno podría hacer es, ante los momentos de crisis e incertidumbre, preferir encerrarse y vivir en una eterna negación que solo traerá resentimiento y desconexión con la realidad.
A una semana de anunciado el resultado electoral, muchos en la oposición no han asimilado lo que ocurrió. Están apenas en la etapa de negación del proceso de duelo, uno que tal vez les va a ser largo.
Las señales de la inminente derrota ahí estaban.
Con tal de no perder la esperanza, el wishful thinking se manifestó de forma grosera en la mente de muchas personas, analistas y hasta especialistas. ¡Xóchitl puede ganar!
Se aferraron a encuestas cuya metodología era muy dudosa y que eran conocidas por ajustar artificialmente sus resultados para decir que acertaron. Crearon teorías un tanto extrañas sobre cómo podría configurarse todo, las explicaron en pizarrones o en videos sofisticados de redes sociales.
Ante esa insistencia, algunas personas, que quisimos tomar una postura más mesurada y realista, nos salpicamos un poco. No pensáramos que fuera a ganar Xóchitl pero sí llegamos a pensar que la diferencia podría ser menor a lo que decían las encuestas ¿qué tal 10 o 15 puntitos? Las propias encuestadoras hasta dudaron de sus resultados al cierre, algunas pusieron disclaimers y otras hasta recortaron la diferencia a 10 puntos.
Pero no, Taddei anunció el resultado preliminar. Había sido una goliza. La más grande desde que hay elecciones democráticas. Nos anunciaba la voluntad del pueblo en las urnas: queremos el segundo piso de la transformación, así tajantemente.
La reacción en la oposición fue diversa y variopinta. Algunos fueron mesurados y autocríticos, otros comenzaron a hablar de un gran fraude, y algunos otros, ya de plano, prefirieron insultar a los electores y hacer comentarios clasistas, comentarios que fueron aprovechados por el oficialismo para generalizar las lamentables opiniones de algunos cuantos a toda la oposición.
Pedro Ferriz y Alazraki afirmaban que si te encontrabas a un «naco» en la sección business del avión, era de MORENA, Aguilar Camín llamó a los votantes de la 4T como de baja intensidad (afortunadamente su colega Javier Tello reviró y criticó mordazmente su argumento). Alguno presumió en redes que no le dio propina al mesero por haber votado por MORENA. Que si los electores eran bien flojos e ignorantes.
Después de los fatídicos sexenios de Echeverría y López Portillo que generaron terribles crisis económicas, México optó por una progresiva apertura económica que se consolidó con las reformas en el salinato y la firma del TLCAN. A este proceso le acompañó otro, que fue lucha tanto de izquierdas como de derechas: el de la democratización del país.
Apertura económica, por un lado, democracia y Estado de derecho por el otro. Era la promesa del nuevo régimen que se inauguraba en los años 90 y que se consolidaba tras la alternancia en el poder en el año 2000. Esta apertura iba a traer empleos, riqueza, movilidad social, libertades para todos. Y, ciertamente trajo algunos beneficios, pero basta ver cómo durante todos estos años el crecimiento económico fue magro, casi al nivel del crecimiento poblacional. ¿Por qué?
La apertura existió, pero esta percepción de que muchos ricos cercanos al gobierno, más oligarcas que emprendedores, se volvieran hipermillonarios, creó una sensación de algo muy injusto: unos se enriquecen de lo lindo mientras que yo no puedo superar mi condición. En realidad no hubo ese Estado mínimo que promueven los liberales, sino más bien eso que muchos llaman crony capitalism o capitalismo de cuates. AMLO supo lucrar con esta indignación (con algunas verdades, otras a medias y otras falsedades), aunque al llegar al poder terminó igualmente beneficiando a Carlos Slim o Germán Larrea.
A pesar de que se lograron algunos avances institucionales necesarios para ir creando un Estado de derecho, la corrupción fue la norma del día, sobre todo en el sexenio de Enrique Peña Nieto.
Se logró crear una democracia meramente formal, con separación de poderes, una suerte de contrapesos: ¡Ya quisiera Dinamarca tener un organismo como el INE! (aunque la verdad no es que los daneses necesiten un organismo tan sofisticado como nosotros sí necesitamos). Faltó, sin embargo, la democracia ciudadana. No se terminó de instaurar una cultura democrática en nuestro país.
En una sociedad donde un sector de la población vive en la pobreza, donde la desigualdad es acuciante y donde la movilidad social es casi inexistente es muy difícil mantener un régimen democrático. Las democracias consolidadas tienden a existir en países desarrollados, donde la desigualdad es menor y, si esta es más grande, es compensada con un discurso de movilidad social como ocurre en Estados Unidos. Así, era tiempo para que la democracia liberal colapsara o quedara desfigurada en nuestro país si no venía acompañada de crecimiento y cierta mejora de calidad de vida para los que menos tienen. Es el ejemplo de los países latinoamericanos donde históricamente democracias endebles han alternado con dictaduras o con regímenes populistas de izquierda y, en los últimos años, de derecha.
El propio López Obrador dio el primer aviso en el 2006 y nadie hizo caso del mensaje que mostraba inconformidad en un sector de la población. Muchos cuestionábamos que Calderón viera la estabilidad democrática casi como condición suficiente, como si ello y una economía «medio» de mercado fueran a hacer su magia por sí solas. Nunca se preparó a la población para poderse beneficiar de esa apertura. La educación pública (y, en cierto grado, la privada) se mantuvo en niveles poco menos que lamentables. No existió una estrategia del país para entrar de forma competitiva a una economía de mercado. Uno de los errores fue ese. Si se hubiera creado capital humano, mucha gente de abajo habría tenido menos dificultades para dejar su condición y habría tenido menos incentivos para votar por MORENA.
Llegó Peña con un paquete ambicioso de reformas que ciertamente sí aspiraban a ir un paso más allá. Una de las reformas, como la de Telecomunicaciones, sí comenzaron a generar beneficios palpables, sobre todo en el abaratamiento de los servicios de la telefonía celular.
Revistas presentaron al oriundo de Atlacomulco como “el salvador de México”. Sin embargo, los terribles escándalos de corrupción de su gobierno dilapidaron cualquier esfuerzo: poderes fácticos «afectados» por las reformas usaron su poder para acentuar «eninfinitum» el descrédito del mexiquense. La inconformidad se hizo tan fuerte que las clases medias le dieron el beneficio de la duda a López Obrador.
Ante un régimen que no terminó de dar lo que prometió, que mantuvo la inmovilidad social y donde la gente de las bases no vieron alguna diferencia significativa en sus ingresos, la consecuencia natural era regresar a lo “bueno por conocido”, a la nostalgia de tiempos pasados.
Nadie va a votar para que a su país vaya mal. Va y vota por lo que cree que es mejor para sus intereses, los de su comunidad y los de su nación. ¿Puede votar de forma contraria a nuestros intereses o del país? Es un riesgo en el que todos podemos caer, porque nadie, absolutamente nadie, tiene la información completa y todos ignoramos algo, pero nadie espera equivocarse. Cada quién elige lo que cree que es lo mejor con base en la información que tiene, su situación actual. Valga, votamos como “Dios nos da a entender”.
A una persona que no sabe cómo salir de su condición económica de pronto le anuncian que, por las reformas laborales, el salario mínimo que ganaba en la fábrica va a aumentar en términos reales. Que la variación va a ser del 110%. O sea, su ingreso básicamente se va a duplicar (claro, restándole un poco por los efectos de la inflación y demás). Duplicar el sueldo a alguien que gana el salario mínimo implica un aumento significativo en la calidad de vida, le va a llevar más comida a su familia, tal vez puedan salir de vacaciones o ello haga que el hijo no tenga que trabajar y vaya a la escuela. Es oro puro para alguien que todos estos años sintió que su ingreso estaba estancado. Es muy comprensible que vote por MORENA.
A otra persona, de la tercera edad, que ya tiene 70 años y no puede trabajar, le cae una ayuda de 3,000 pesos mensuales. Para alguien de clase media-alta (que también recibe el apoyo y que, aunque no simpatice con la 4T, va a cobrar con gusto) tal vez no sea una diferencia tan sustancial, pero para los abuelitos que viven en Iztapalapa, Ecatepec o, más aún, en un pueblo de Chiapas, ello marca una gran diferencia. Ese dinerito hasta les puede hacer sentir más dignos porque puede marcar la diferencia entre depender o no de su familia: ¡Ya no somos una carga y ya no tenemos que estar chingando tanto a los hijos!, les puede ayudar a comprar las medicinas que necesitan.
A esas personas poco le importan conceptos abstractos como los contrapesos o la separación de poderes, porque antes que ello primero van las necesidades básicas. ¿Qué prefieres, una Suprema Corte independiente o poder darle una mejor calidad de vida a tu familia? La respuesta es hasta lógica. Podemos no estar de acuerdo pero la decisión se torna, si bien no acertada a nuestros ojos, si comprensible.
Muchos cuestionamos la sostenibilidad de todos esos programas en el largo plazo. Si bien, puede ser un acierto haber subido el salario mínimo, tampoco lo puedes subir ya más porque genera inflación y escasez de empleos. Los programas sociales requieren que haya dinero en las arcas del gobierno y, para que haya más dinero, es necesaria mayor competitividad y generación de riqueza y difícilmente la va a generar la degradación de la educación que la Nueva Escuela Mexicana va a generar en la población o si crean políticas que ahuyenten la inversión.
Son cosas que les puede ser de “sentido común” a los economistas, a los especialistas en temas educativos o a nosotros los politólogos, pero tal vez no lo sea tanto para las personas cuya principal preocupación es tener que llevar comida a su casa, y menos si no hemos sido capaces de transmitir y promover esos valores y esos conocimientos.
No se van a desprender de lo concreto, lo que se palpa y se siente, en favor de aquellos valores abstractos que, valga decirlo, su presencia no necesariamente se había transformado en una mejor calidad de vida para ellos.
A esto se le agrega un asunto identitario. López Obrador es o, al menos, se presenta como esa mayoría que ha sido ignorada. Los políticos durante la transición pensaron que podían solucionar todo viviendo en una burbuja, creando modelos econométricos en una oficina de Santa Fe, como si los ciudadanos de a pie fueron meros indicadores (que, por cierto, ni siquiera lograron aumentar considerablemente). Los siempre ninguneados, despreciados, a los que muchos políticos solo le dieron el valor de un voto, ya tenían a alguien que los entendía.
López Obrador tuvo el gran acierto de recorrer no una, sino dos veces todos los municipios de la República. Eso no viene en ningún manual de campañas políticas, es tal vez producto de una intuición aparentemente más básica, pero muy inteligente. A través de estos recorridos, AMLO conoció a cabalidad la idiosincrasia del mexicano. Tan exitosa fue esta decisión, que después de su derrota del 2018 Ricardo Anaya trató de emularlo en aras de contender en la siguiente elección (recibió muchas burlas por ello, pero yo sostengo que no era mala decisión en absoluto) hasta que tuvo que huir a Estados Unidos.
¿Resultados? López Obrador logró construir una narrativa muy sólida que la oposición nunca supo cómo atacar. La oposición pensó que bastaba con invitar a focus groups a gente que vive en la Narvarte bastaba. La oposición se volvió parasitaria y reactiva de una narrativa que nunca siquiera entendió.
Muchos lo dijimos desde 2018. La oposición necesita entrar en un proceso de profunda autorreflexión, sino el tiempo se los va a llevar a la chingada. No lo hicieron, prefirieron simplemente ser reactivos a todo lo que hiciera o dijera López Obrador. No ofrecían nada, solo no ser López Obrador. Llegó el 2021 que se convirtió en un espejismo porque no les había “ido tan mal”, pero era un engaño que resultó fatídico. La gente, sobre todo en la Ciudad de México tras la reciente caída de la línea 12 y los efectos económicos de la pandemia, votó por ellos solo como una suerte de receptáculo para castigar a MORENA. No fue su triunfo ni una expresión de respaldo hacia ellos, fueron las circunstancias.
Pero hoy la línea 12 quedó atrás y la gente siente que su economía está mejor. La economía se recuperó (no de la mejor forma, pero lo hizo), ganan más, la gente mayor recibe apoyos, los jóvenes becas. ¿Cuál fue la respuesta de la oposición? Decir que López Obrador era malo. ¡Genios!
Y bajo esa tesitura, esa visión de burbuja, es que contendieron en la campaña. Tenían algunos buenos perfiles políticos, pero no candidatos competitivos. Luego sintieron que les cayó de sorpresa Xóchitl Gálvez: esta morra es combativa, se pelea con López Obrador, y como nosotros no sabemos hacer nada más que llevarle la contra a AMLO, nos cae como anillo al dedo. ¡Genios!
Aún así, con el repunte que ella tuvo en esos primeros meses después de su aparición en la escena pública, pensamos que podría llegar a ser una candidata relativamente competitiva, aunque yo y muchos otros sosteníamos que seguía estando en posición de desventaja y todavía faltaban muchas cosas para que realmente pudiera competir. La gente hablaba más de ella que de Claudia y las corcholatas (al menos, en redes). Me pregunté si iban a lograr sostener ese hype y la verdad es que no, con el tiempo se fue estancando y así, estancada, es que llegó a la campaña.
La única (y vaga) esperanza que yo tenía, es que le construyeran una excelsa campaña, pero ya había señales de que no iba a ser así. Después del hype inicial, hubo mucha improvisación, se cometieron errores, hubo muchos cambios, sacudidas, nada sustancial.
La campaña fue asquerosamente mala. Incluso peor que la de Josefina Vázquez Mota, porque Gálvez, como sea, tenía algo de carisma y podía construirse una campaña un tanto más atractiva en torno a ella.
Xóchitl Gálvez cometió errores, ciertamente, pero creo que, con todo, ella fue la menos responsable. La hidalguense tenía una historia de vida que podría haberle ayudado a atraer a gente de ambos lados del espectro político y no supieron siquiera tejer una narrativa en torno a ello. La campaña fue aburrida, solo logró destacar en el segundo debate (y tal vez solo porque dijo lo que quienes somos opositores queríamos escuchar) y no aprovecharon los momentos coyunturales, solo había propuestas desperdigadas que no formaban un arco narrativo y la oferta era: nosotros no somos AMLO o “no te vamos a quitar los programas sociales”, todas ellas reflejaban parasitismo de la narrativa oficial. Pobre y lamentable.
Peor tantito, el Frente enfocó sus pilas en Álvarez Máynez. Que si era un esquirol, tal vez, pero todo apunta a que captó más votos que eran para Claudia que para Xóchitl. Es decir, sin él en la contienda tal vez la diferencia hubiese sido más grosera. La oposición le prestó demasiada atención a una candidatura irrelevante e incluso en sus spots se atrevió a parasitar de la narrativa de Máynez, que era, valga decirlo, bastante más sólida que la de Xóchitl.
Los que creíamos que la ventaja de Sheinbaum iba a ser menor a la de las encuestas, no creíamos que la campaña de Xóchitl fuera buena en absoluto. Más bien pensábamos que Claudia iba a recibir una suerte de voto de castigo de un sector de la población por la corrupción, la inseguridad y la relación del gobierno con el narcotráfico. Ello no ocurrió y lo poco que perdió sospecho que se fue a la candidatura de Álvarez Máynez, y meditándolo, ello puede tener una explicación, y tiene que ver con los propios partidos que tampoco estaban en posición de ofrecer algo mejor debido a su historial reciente:
Inseguridad: En el sexenio de Calderón, producto de la guerra contra el narco, la violencia se disparó. Al final comenzó a bajar, pero luego llegó Peña y la disparó a niveles históricos. Incluso al fin de su mandato estaba un poquito peor que ahora.
Narco: hay percepción (y tal vez sustentada) de que los gobiernos anteriores tenían alguna alianza con el narco. AMLO supo magnificar y explotar esto con la figura de García Luna.
Corrupción: El gobierno de Peña fue muy corrupto, y es el antecedente más próximo que había. La polarización que creó AMLO, estigmatizando a quienes lo criticaban e investigaban, hizo que esa percepción de que es un gobierno corrupto se atenuara y de que muchas de las acusaciones eran falsas porque eran «inventos de los conservadores».
Entonces, según este razonamiento, si las variables «inseguridad», «narco» y «corrupción» me parecen que se mantienen constantes, la oposición no puede ofrecerme nada realmente diferente, y si con este gobierno me va mejor económicamente y me entiende más, voto por este.
La presencia de los partidos del Frente en la campaña de Xóchitl provocó que fuera más difícil atacar a Claudia por estos flancos, por ello la campaña de Claudia acertó en señalar que Xóchitl estaba arropada por estos partidos. Tampoco es que hayan ofrecido propuestas serias y contundentes para acabar con estas problemáticas.
A esto hay que agregar el hecho de que, a nivel global, existe un creciente descrédito de los partidos tradicionales en favor de aquellos candidatos que son o aparentan ser outsiders. Una de mis hipótesis es que Internet y la sacudida que ha generado en los vasos comunicantes está cambiando las reglas del juego de forma drástica y lo seguirá haciendo (más con la irrupción de la Inteligencia Artificial). Ahondar en este argumento requeriría un artículo aparte.
A pesar de todo esto, muchos tenían la ilusión de que ganara Xóchitl. Las burbujas reafirmaron los sesgos de confirmación. Que si la marea rosa llenó el Zócalo, que si todas en el chat de las comadres de WhatsApp iban a votar por Xóchitl, que si había mucha gente en mi casilla y todo era una fiesta, que todos mis followers en Twitter van a votar por ella. A esos, a los que se hicieron muchas ilusiones, fue a los que golpeó más duro la realidad, y son los que, al día de hoy, menos han sabido manejarla y los que más hablan de supuestos fraudes.
Hoy no pocas personas claman fraude electoral y creen que hay una gran conjura, igual como falsamente lo pensó López Obrador en el 2006. Muchos de sus razonamientos son fácilmente desmontables.
En redes sociales presentaron como prueba del fraude inconsistencias entre las sábanas y el PREP. Esas inconsistencias siempre han existido y, en su gran mayoría, son descuidos o errores de dedo. Las personas que están capturando esa información generalmente están trabajando en friega y muchas veces están cansadas, como lo atestiguan personas que han participado en esos procesos.
El PREP, a su vez, es un mecanismo meramente informativo. Sirve para que, a través de dicho mecanismo, puedas ver los resultados preliminares y cotejarlos para luego poder ser revisados en los cómputos distritales, pero el PREP no sirve para calificar la elección. Hablan de “fraudes hechos con Inteligencia Artificial orquestados por cubanos”, pero no tendría sentido fraudear un mecanismo que no va a calificar la elección y que va a ser confrontado por los cómputos distritales donde personas de todos los partidos cuentan los votos y los resultados de las casillas.
Argumentan que el INE ya está cooptado porque Guadalupe Taddei, presidenta del instituto, es cercana a MORENA, pero lo cierto es que el régimen no tiene mayoría en el consejo y eso evita cualquier intento de cooptación. El mecanismo de conteo de votos hace virtualmente imposible un fraude a gran escala ¡y menos uno de 30 puntos de diferencia por Dios!
Sin embargo, a pesar de que ya se conoce el resultado de los cómputos distritales, hay gente que sigue necia con estas teorías que, paradójicamente, benefician a un régimen cuya ambición ha sido cooptar al INE. Le están dando más herramientas argumentativas para hacerlo.
Y más útil es para el régimen cuando el foco opositor debiera estar en el riesgo de sobrerrepresentación sobre la que alerta Ciro Murayama y que supone un serio riesgo para la democracia.
¿Qué va a pasar con la democracia? En resumen, estamos atestiguando un cambio de régimen que dará fin a la democracia liberal de contrapesos.
Lo que nuestros ojos están viendo es lo que Nadia Urbinati llama una democracia desfigurada, donde ante el descontento de la población con las élites políticas y el desgaste del sistema, un régimen populista se instaura y “parasita” de la propia democracia para crear un discurso donde el líder (o el movimiento) se erige como representante de la voluntad de las mayorías.
Los movimientos populistas detestan los contrapesos, la rendición de cuentas y el pluralismo político porque son diques que no permiten “hacer valer la voluntad de la mayoría” la cual es en realidad la voluntad propia del líder o movimiento. A los líderes populistas, dice Urbinati, les gusta jugar con mecanismos de democracia directa para hacer sentir a los ciudadanos que son partícipes de la política, aunque dichos mecanismos son utilizados arbitrariamente en beneficio del poder.
Aquí lo hemos visto de forma recurrente en el régimen: la revocación de mandato, la consulta del aeropuerto, el castigo a expresidentes y ahora la “elección popular” de los jueces.
Básicamente estamos viendo el libreto del manual del populista que han usado desde Chávez en Venezuela y Evo en Bolivia, hasta Orbán en Hungría, Erdogan en Turquía, Putin en Rusia o Trump en Estados Unidos,
Las elecciones no van a desaparecer como piensan algunos, pero se corre el riesgo de tener un “autoritarismo competitivo” donde las elecciones no son concebidas como un instrumento para elegir a los representantes, sino como una forma de reafirmación del poder del régimen actual.
A diferencia de las dictaduras comunes, los populismos, de acuerdo con Urbinati, se encuentran en un punto medio entre la democracia y el fascismo (aunque caer en una dictadura plena siempre es una posibilidad). A diferencia de una dictadura, el populismo necesita el respaldo de una porción significativa de la ciudadanía y mantener el poder implica mantener dicho respaldo que los legitime.
El populista necesita que exista una suerte de oposición que pueda controlar y que le sirva para, a través del contraste con ésta (nosotros, el pueblo bueno contra las élites corruptas) mantener la legitimidad ante la gente. A MORENA así le convendrá que el PAN o el PRI sigan existiendo y se “sigan presentando a elecciones” para tener un enemigo que los reafirme.
Esta dinámica es la que hace urgente un proceso de autorreflexión dentro de la oposición tanto política como ciudadana. El mejor escenario para la 4T es que la oposición siga “haciendo lo que hace siempre”, que sea predecible, que sea meramente reactiva a lo que haga la 4T en el poder y que siga viendo la realidad del país desde una burbuja.
Esta descripción que hace Urbinati del populismo, junto con la idiosincrasia del PRI de partido único podría darnos un viso de lo que vamos a ver en los siguientes años o tal vez décadas del país. No es en lo absoluto, un panorama esperanzador. y si no se toman decisiones económicas acertadas, tal vez no lo sea siquiera para los que hoy han visto mejorar su calidad de vida.
Tal vez tomará un tiempo para comprender a cabalidad por qué ganó Claudia Sheinbaum de la forma en que lo hizo. En este artículo sugerí algunas razones, pero también habrá muchas otras que se me escapan. Por ejemplo, no pocas personas de clase media e incluso media-alta votaron por Claudia Sheinbaum.
Muchas cosas están en riesgo con el resultado de esta elección, ciertamente. Pero para quienes fungen como oposición (partidista o ciudadana) lo que toca es hacer un profundo ejercicio de autorreflexión en vez de señalar a los votantes o estigmatizarlos o pensar que todo se trató de un gran fraude.
El régimen de la transición hoy ha concluido, eso es prácticamente un hecho. Lo primero que debemos hacer es aceptarlo y prepararnos para lo que viene.
No gusta, pero fue la voluntad del pueblo, y quien es demócrata debe acatar esa voluntad aunque no se esté de acuerdo con ella.
Hace una semana quisieron funar a Jesús Silva-Herzog por afirmar que Claudia Sheinbaum representaba una suerte de autoritarismo competente.
Hubo quienes lo vieron como una suerte de quedar bien o no incomodar con quien podría ser nuestra próxima presidenta. Tal vez lo interpretaron así porque en su columna decía que los opositores no debían renunciar a la crítica: está diciendo que nosotros debemos ser críticos y que Claudia es competente. ¡Ya se vendió!
Pero muchos otros no lo leímos así. Vimos en su afirmación no un piropo, sino una llamada de atención: un autoritarismo competente podría ser uno más peligroso que uno desordenado y desaseado como el de López Obrador. Esta lectura que hicimos se reafirmó con la columna que Silva-Herzog publicó una semana después. Ahí, explicó aquello que muchos entendimos bien: el autoritarismo y la eficiencia pueden ser un coctel muy peligroso.
Y yo estoy de acuerdo con que Claudia es una persona mucho más competente que López Obrador. Acierta Silva-Herzog que aquello que muchos adjudican a Claudia como una manifestación de incompetencia fue más bien producto de una profunda falta de ética: el hecho de que se le haya caído el metro o que haya experimentado con la salud de los chilangos.
La competencia y meticulosidad de Claudia Sheinbaum, aunada a su profunda insensibilidad y su falta de escrúpulos, podrían aceitar y fortalecer el régimen autoritario que ya se está construyendo. López Obrador tiene mucho tacto político, pero no técnico. Claudia tiene lo segundo de sobra, y ahí, en su rancho, López Obrador seguramente seguirá coordinando lo primero y tratará de legitimar a la figura de su candidata.
En Estados Unidos algunos veían un alivio que Donald Trump fuera una persona, como López Obrador, más bien desaseada e improvisada. Adjudicaban a ese hecho que el magnate no lograra lacerar la democracia e institucionalidad estadounidense mucho más allá de su berrinche de un inexistente fraude, pero que, de mantenerse las causas que lo hicieron surgir, podría aparecer un autócrata mucho más competente que resultara un peligro mucho más real que destruyera los contrapesos que tanto han caracterizado a la política estadounidense.
Claudia Sheinbaum podría ser la versión mexicana de esa autocracia más competente. Una más meticulosa y calculadora en las formas, que tenga mayor habilidad de instrumentar el cacareado Plan C y todo aquello que busque concentrar el poder en su movimiento y su figura.
Ello es un peligro real para la democracia mexicana. Y si Claudia logra consolidar esa «transformación», el riesgo de que se pierdan los avances que tanto costó construir, que no tengamos elecciones libres por mucho tiempo y que regrese la permanencia en el poder, será muy latente.
Uno de los aciertos de los federalistas que, a través de diversos artículos, buscaban ratificar la Constitución que ahora es la piedra angular de la política estadounidense, fue que comprendieron mucho mejor que otros la condición humana con respecto del ejercicio del poder.
Ellos pugnaban por un gobierno fuerte y eficiente pero que, a la vez, se establecieran pesos y contrapesos para prevenir el abuso de poder porque su concentración en un individuo o en un grupo de individuos que representaran lo mismo desembocaría necesariamente en la tiranía. La idea de la democracia liberal contemporánea es, en parte, producto de este razonamiento (aunque ellos lo conceptualizaran más como una república que como una democracia, la cual relacionaban más con aquella democracia directa de la Grecia Antigua).
La «democracia» obradorista poco tiene que ver con esta idea. Para López Obrador la democracia consiste en la voluntad del pueblo encarnada en una persona que dice representarla, o sea, él. Su visión es más parecida a la de Carl Schmitt, quien asumía que la democracia requería una identidad cultural homogénea y que hace distinción entre el amigo (nosotros, el pueblo) y el enemigo (para nuestro caso, los conservadores, el neoliberalismo o el prian). La visión obradorista es incompatible con la democracia liberal porque los contrapesos son un estorbo para que el ejecutivo concentre la mayor cantidad de poder para hacer valer la voluntad del pueblo.
Pero, en este ejercicio, pareciera que Madison, Hamilton y Jay acertaron más al afirmar que la concentración de poder iba a derivar en el abuso de poder. López Obrador decía que no, que si el presidente era honesto, todos iban a hacer honestos. Para él era cuestión de voluntarismo, para los federalistas era cuestión de diseño.
El voluntarismo quedó autorrefutado: no solo porque AMLO se representa más a sí mismo que al pueblo que dice encarnar, sino porque ha sido evidente que su voluntad no permeó en las estructuras políticas y, peor aún, porque el propio López Obrador se ha exhibido como un político corrupto.
Es cierto que una parte de la población mexicana se siente representada idiosincráticamente por él, algunos otros están contentos con los apoyos que llegan, pero es cuestionable que muchas de las decisiones que el ejecutivo ha tomado realmente sean las más benéficas para el pueblo que dice encarnar: véase la estrategia contra el Covid, el estado de la seguridad social o el desabasto de medicamentos por poner unos pocos de los vastos ejemplos que existen.
La lógica de la democracia liberal es que el ejecutivo debe someterse a los pesos y contrapesos para que el exceso de poder no termine perjudicando al pueblo mismo. La lógica para AMLO es la contraria, hay que extirparlos para que el pueblo, a través de su persona, gobierne.
¿Pero qué es el pueblo? O la pregunta indicada sería: ¿qué es el pueblo para AMLO? Las fronteras entre aquello que es y aquello que no es las ha establecido el propio presidente. Quienes están con él y su causa es pueblo, quienes no son una suerte de extranjeros invasores en su propia tierra a quienes se les despoja de la bandera cuando van al Zócalo a manifestarse.
Ahí está la trampa, la definición de pueblo está acotada a las ambiciones e intereses políticos del presidente. Basta que, en cantidad, quienes componen el pueblo sigan siendo los suficientes como para que legitimen su ejercicio del poder y basta que sea la cantidad indicada.
Así, Obrador puede disfrazar una intentona autócrata de democracia y representación popular. Es por medio de esa vía, progresiva y camuflada, y no a través de golpes de estado, por medio de la cual los gobernantes con pulsiones autoritarias como él, Maduro, Orban o Nayib Bukele aspiran a acumular poder en detrimento de la pluralidad y las libertades políticas.
Es posible que, con el tiempo, el pueblo, o parte de este, termine por volverse consciente de los abusos por parte del régimen, como fue ocurriendo progresivamente con el régimen del partido único del PRI. Es posible que esos abusos y corruptelas que permiten al gobierno les cobre factura en el largo plazo. También por ello, ante la amenaza del «karma político», desean controlar los organismos electorales y autónomos: menos transparencia para que sus corruptelas sean menos visibles y, a su vez, que a la oposición les sea más difícil sacarlos del poder.
Circula un video donde Nirvana Hank, hija de Jorge Hank Rhon, presume sin empacho todas sus pertenencias: jirafas en cautiverio, changuitos, equipos de futbol, mansiones y un largo etcétera.
En el video se ve a Nirvana desempeñando de forma muy natural y convincente un comportamiento que a la mayoría de los mortales nos parecería muy estrafalario y pretencioso. No parece siquiera que Nirvana pretendiera escupirle su posición de status a la gente: es simplemente ella, muy acostumbrada al entorno en el que ella fue criado, producto de éste y que ella percibe como normal.
Pero Nirvana Hank, quien parece narrar en su Instagram una vida más bien tormentosa donde le hizo falta atención en medio de un mar de hermanos que tuvo y que admite ser alcohólica, no es cualquier junior o persona que tuvo el privilegio de crecer en buena cuna. Es más bien hija de una familia que «comenzó desde abajo» y creció gracias a la corrupción y al poder político dentro del Grupo Atlacomulco.
Hank Rhon, el papá de Nirvana, tiene 3 carpetas de investigación por trata de personas. Es el presunto autor intelectual del asesinato de un periodista. Socio del infame Kamel Nacif. Detenido en el aeropuerto por traficar animales exóticos en peligro de extinción. Lo han acusado de lavar dinero del narco a través de sus casinos. Carlos Hank González, padre de Hank Rhon y abuelo de Minerva es recordado no solo por su corrupción en la política del Estado de México, sino por su icónica frase: «Un político pobre es un pobre político», frase que naturalmente está completamente impresa en el modus vivendi palaciego de su hijo Hank Rhon.
Es decir, esa calidad de vida que tiene Nirvana Hank está cimentada en muchos actos de corrupción, ilegalidades inmorales y muy posiblemente hasta sangre de otras personas.
Nirvana, sin embargo, no parece una persona malévola: más bien parece una persona común y ordinaria que goza y sufre como cualquier otra persona, que llora, que se siente solas, sufre depresiones o alcoholismo.
📍Soy nirvana Hank y te cuento como mi mi familia esta llena de feminicidas, asesinos y narcotraficantes 👇👇 pic.twitter.com/myOLzqqDKJ
En su libro Eichmann en Jerusalen, Hannah Arendt explicaba cómo Adolf Eichmann, uno de los principales artífices del holocausto nazi, no era una persona particularmente malévola, sino más bien un burócrata mediocre que simplemente seguía órdenes, lo cual le permitió llevar a cabo las distintas atrocidades que cometió sin sentir remordimiento por ello. Así, Arendt argumentaba que el mal podía manifestarse a través de meras acciones ordinarias producto del contexto en el que se encuentran insertas y el cual normaliza ese tipo de actos (como lo fue el propio régimen nazi).
Como Eichmann, Minerva parece ser una mujer ordinaria. Aunque ella, a diferencia de Eichmann, no parece haber cometido actos inmorales o inhumanos de la talla de su padre o su abuelo como para juzgarla, ciertamente se ha beneficiado de ellos y los ha normalizado porque su entorno (la familia Hank) ha normalizado ese tipo de conductas.
Minerva, igual que Eichmann, no parece ser consciente o terminar de dimensionar las bases sobre las que está cimentada su calidad de vida privilegiada que pertenece al 0.1% más rico de este país. Minerva vive una vida normal y cotidiana sin que sienta remordimiento por cómo es que sus familiares han obtenido esos recursos que ella disfruta: esas jirafas, changuitos y ese gran comedor no necesariamente salieron de las «actividades de la libre empresa».
A ella le preocupa más la falta de atención familiar, le preocupan las depresiones que ha vivido y su problema con el alcoholismo, le preocupa tener seguidores en TikTok como cualquier influencer. Sus problemas son demasiado cotidianos, como los de mucha gente, y parece ser una persona muy normal.
Si Hannah Arendt hubiera conocido de la existencia de Minerva Hank y cómo es que ella vive una vida muy cotidiana como creadora de contenido, seguro le habría llamado mucho la atención. Y tal vez le llame la atención que su preocupación por compartir su historia de vida con el alcoholismo para ayudar a más gente pueda ser hasta genuina.
Tal vez sea injusto satanizar en exceso a Minerva Hank por ello dado que ella no ha cometido ningún crimen y es muy posible que en su actuar diario no sea siquiera una mala persona, pero, al igual que el caso de Eichmann (quien sí los cometió), Minerva nos muestra cómo los seres humanos podemos ser capaces de adoptarnos a un entorno inhumano y normalizarlo de tal forma que podamos vivir vidas normales beneficiándonos de éste sin algún remordimiento de conciencia.