Autor: Cerebro

  • Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Giovanni: De Minneapolis a Ixtlahuacán

    Los sucesos llegan, por sí mismos, a decirnos algo sobre la sociedad en la que se encuentran insertos. Los sucesos nunca están aislados de su contexto; de hecho, son producto de varios procesos a su vez determinados por la forma en que una sociedad dada se manifiesta.

    Justo en el post pasado decía que el asesinato de George Floyd, así como la posterior reacción, se explicaban por distintos procesos que acontecían en la sociedad en la que ocurrió este cobarde hecho. Podíamos hablar de brutalidad policiaca, de racismo y un sinfín de cuestiones que se explicaban por ciertos procesos culturales y sociales.

    Coincidentemente, pocos días después, justo cuando la discusión en las redes sociales tiene que ver con la brutalidad policiaca y el racismo, ocurre un hecho lamentable, indignante y cobarde en nuestros propios terrenos: entonces nos enteramos del asesinato de Giovanni, un albañil de 30 años, quien había sido detenido en Ixtlahuacán de forma arbitraria (cerca de Guadalajara) por no portar cubrebocas.

    El cuerpo de Giovanni fue entregado ya sin vida el día siguiente de su detención, a quien habían llevado al Hospital Civil porque «se le había pasado la mano a los oficiales» (grosero eufemismo). Los familiares se pudieron percatar de que el cuerpo de Giovanni presentaba varios signos de tortura y hasta un balazo en la pierna.

    La noticia, a diferencia del caso de George Floyd, no ha generado tanto ruido en nuestra propia ciudad (siendo que fue algo que aconteció en las afueras), por increíble que parezca. Mucho se habló de George Floyd y la discriminación de los negros en Estados Unidos, de las protestas y demás. Menos se ha hablado del asesinato de Giovanni, caso menos mediático. Curioso es que hasta revistas de la «alta sociedad», de esas donde solo aparece gente de tez blanca, se «solidarizaron» con los negros en Estados Unidos.

    Y así como podemos hablar de brutalidad policiaca o racismo (sea donde se encuentre ubicado), aquí podríamos hablar de indiferencia (sobre todo cuando la víctima no pertenece a las zonas acomodadas de la ciudad) ya que la violencia en México se ha vuelto tan cotidiana que la damos por sentado, de brutalidad policiaca (aunque expresada en otra forma y posiblemente por otras razones) así como una predilección de los mismos cuerpos policiacos de abusar de los que no tienen, de aquellos de quienes pueden abusar sin tener consecuencia alguna.

    Y es que los que viven en pobreza o en zonas populares no tienen los contactos o los mecanismos que sí tienen en las clases más acomodadas para presionar cuando son víctimas de una injusticia y porque aquello que afecta a este último sector suele generar mayor impacto mediático que lo que ocurre en las zonas populares o los barrios pobres.

    En nuestro caso tal vez no podría hablarse de racismo (en tanto varios de los policías no suelen ser de otra ‘etnia’ ni pertenecen a una clase social muy distinta a la de las víctimas) pero sí de un contexto donde el sistema de justicia no funciona igual para todos, de un sistema que hace distinciones de clase. Un policía sabe que si abusa de una persona que tiene dinero, el riesgo de sufrir consecuencias por ello será bastante mayor a que si abusa de una persona que se encuentra en la pobreza. No es un secreto que para «cumplir cuotas» los policías llegan a detener arbitrariamente a personas que se encuentran en barrios más populares por cualquier razón, cosa que difícilmente se atreverían a hacer si se encontraran a un joven perteneciente a la clase media o alta en un barrio de significativa capacidad económica (y aún así el riesgo no es inexistente).

    Cuando el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, decidió que iba a tomar medidas hacia aquellas personas que no se quedaran en sus casas, no pocas personas temieron que esto se tradujera en abusos de autoridad. A pesar de que esa medida se contemplaba como necesaria (dado que era necesario quedarse en casa para contener la pandemia y a muchas personas no les importaba) en sentido estricto ello era ilegal (solo el Gobierno Federal puede restringir derechos en caso de una emergencia de acuerdo al artículo 29 de la Constitución). No sabemos cuántos abusos han provocado estas medidas porque no parece haber un conteo al respecto y porque muchos quedan impunes, pero basta con recordar el trágico caso de Giovanni para recordar por qué la gente no confía en la policía.

    Así como Giovanni, todos los días muchas personas son vulneradas, agredidas y hasta asesinadas por aquellos que se supone los deberían de proteger. Hoy Giovanni perdió la vida a manos de quienes deberían protegerla y esto debería generar una profunda indignación.

  • Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Motines y saqueos. El ser y el deber ser

    Vimos que en Estados Unidos, a raíz del cobarde e indignante asesinato de George Floyd, se llevaron a cabo manifestaciones que terminaron en actos violentos, saqueos y demás.

    Evidentemente algunas personas insistieron en el cobarde asesinato y entendieron los motines como una mera consecuencia de lo acontecido, mientras que otros insistieron en que los actos violentos son condenables (los liberales-progresistas enfocados en lo primero, derechistas y conservadores en lo segundo).

    De alguna u otra forma, ambos tienen razón. Es evidente que las posturas ideológicas condicionan el enfoque y la forma en que abordan el conflicto. Pero para entender el fenómeno debemos hacer una distinción entre el ser y el deber ser. Si bien, los sesgos ideológicos o políticos son prácticamente inevitables, sí se les puede acotar para tener una mejor comprensión de lo ocurrido.

    El ser

    Es casi una consecuencia que, a raíz de lo ocurrido, esto haya derivado en motines y violencia. La violencia es una clara expresión de la indignación acumulada dentro de aquellos sectores de afroamericanos que viven en condiciones más difíciles producto de procesos históricos donde el racismo está involucrado y perciben cómo quienes deberían protegerlos los violentan.

    Ese sentimiento de impotencia y rabia se convierte en un detonante para que salgan a hacer desmanes. Voy a decir algo que espero se entienda bien y quede claro para evitar prejuicios: los negros tienden a ser, por lo general, más violentos: suelen cometer más crímenes y poblar más las cárceles. Pero no lo son porque sean más malos ni porque haya algo en su genética que los incline a comportarse así. Ello es producto de procesos históricos y culturales donde, por lo general, las personas afroamericanas conviven más con la violencia que los blancos y ya no digamos los asiáticos (que son bastante menos violentos que los blancos). Entonces es más probable que la respuesta ante un acto indignante (y con razón), la forma de reaccionar sea esa.

    Es un error, como suele ocurrir con aquellos que se enfocan solo en el «deber ser», no prestar atención a lo que hay detrás de un fenómeno social y cultural. Lo acontecido no es un hecho aislado, es consecuencia de diversos procesos y eventos que interactuaron de tal forma que bastó algo que prendiera la mecha para que todo explotara: el cobarde asesinato de George Floyd.

    En este punto es necesaria la empatía para comprender el origen del fenómeno. ¿Por qué son más los negros los violentados por la policía? ¿Qué es lo que ha hecho que ellos convivan más con la violencia, la ejerzan y sean víctimas de ella?

    ¿Hay un acto de racismo en el hecho de que negros inocentes sean tres veces más agredidos o asesinados por la policía? ¿Los policías blancos los agreden por ser negros? Es una buena pregunta. Un argumento que se suele esgrimir en contra de esa tesis es que los negros, a su vez, se involucran en actos más violentos y cometen más crímenes. Pero aún si ese argumento explicara todo (estadísticamente), tendríamos que profundizar más con el fin de no caer en un prejuicio producto de la superficialidad con la que abordamos el asunto y que, evidentemente, sería racista.

    En algún punto de la cadena de sucesos y procesos históricos hay, evidentemente, algún problema de racismo, y más innegable es cuando los negros han sido discriminados (hasta por la ley) a lo largo de casi toda la historia de los Estados Unidos. Los cambios sociales siempre son progresivos, y pensar que en unas décadas el problema del racismo (aunque sea evidentemente menor que hace algunas décadas) haya desaparecido. Pensar eso sería un acto de terrible ingenuidad.

    ¿Por qué los negros viven en condiciones más complicadas que los blancos o los asiáticos? ¿Por un fenómeno de aleatoreidad? Imposible ¿porque los negros son, por naturaleza, más violentos? Categóricamente falso. Si hay un sesgo que no se explica por la aleatoreidad o por una «condición natural», entonces podemos deducir que el racismo es parte de la fórmula.

    Es evidente que, en las condiciones actuales, los motines y los actos vandálicos siempre van a ser una posibilidad. Si las condiciones actuales no cambian, las consecuencias difícilmente lo harán. La indignación, el cólera y el repudio hacia este asesinato, son totalmente comprensibles y justificables, y uno puede deducir sin ningún problema que si ataca la problemática desde su base, los incentivos para manifestarse de forma violenta van a disminuir drásticamente.

    El deber ser

    Si, habiendo dicho lo anterior, no nos enfocamos en el «deber ser», correremos el riesgo de romantizar dicha violencia que, a fin de cuentas, afecta a terceras personas inocentes (ataques a la propiedad privada o a personas) y que, por lo tanto, no es justificable.

    Hasta ahora entendemos por qué ocurre y comprendemos que es casi una consecuencia de diversos factores que la desencadenaron. Cuando la derecha pugna por la ley y el orden como el remedio (como bien dijo Trump) sin comprender por qué ocurrió solo está atendiendo los efectos y no las causas. Si las causas no se atienden, solamente crearán una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento e incluso el resentimiento puede crecer.

    Que el hecho de que una persona ataque la propiedad privada de una persona inocente esté explicada por sucesos cercanos a la injusticia que lo incitaron a actuar así, no valida ni justifica éticamente dicho actuar por el simple hecho de que hay un tercer afectado que es inocente. De lo contrario, alguien podría justificar que el policía blanco que lo mató se puede justificar en el hecho de que es una persona que creció con muchos traumas producto de violencia familiar que recibió.

    En este sentido hablo de lo que «debe ser». Lo que es es el hecho de que estos actos son producto de una profunda y justificada indignación. Lo que debe ser es que una persona, sin importar si está enojada, no tiene derecho a violentar a otra persona inocente (o su propiedad). Es decir, la víctima no tiene el derecho a convertirse en victimario de alguien más.

    En este espacio he expresado que en el pasado no me indignó lo ocurrido en manifestaciones feministas ya que la propiedad vandalizada no es privada (tampoco es que me parezca que sea el escenario más deseable), y comprendí (el ser) lo ocurrido producto de la terrible violencia hacia la mujer y el machismo sistémico que todavía existe, por ello no lo descalifiqué. Sin embargo, hice un paréntesis y condené algunos actos (aislados, y de muy pocas) donde una camioneta de otras feministas fue vandalizada y otra donde un reportero fue agredido.

    De la misma forma entiendo que los manifestantes de Minneapolis se hayan ido contra el cuartel de los policías ya que son los agresores, pero es más difícil de justificar que algunos hayan violentado la propiedad privada, aún y cuando entiendo la rabia y la furia que cargan sobre su ser.

    Conclusión

    No podemos encasillarnos en una de las dos dimensiones. La derecha se equivoca rotundamente cuando, en aras de buscar el orden, desatiende flagrantemente las causas. Ello me parece insensible con las víctimas. He visto que algunas personas han decidido relativizar el hecho para condenar fervientemente la violencia. Dicen que «a los blancos también los matan» o All Lives Matter para relativizar lo ocurrido y esperar que las cosas sigan igual. La empatía sí es necesaria para comprender al que sufre y ver qué se puede hacer para acabar con aquél problema.

    Tampoco se puede, como ocurre, satanizar el conjunto y no a los que participan en esos actos. Muchas personas (la mayoría) se manifestaron pacífica y libremente.

    Tampoco podemos, como ocurre en el otro lado, celebrar que ataquen propiedad privada. No solo porque no hay justificación ética en ello, sino porque ello crea inmediatamente otra víctima la cual ni siquiera se está tomando en consideración: aquella persona inocente que vio su negocio arder y perdió todo su esfuerzo por un motín. Sensibilizarse no implica justificar. Podemos, perfectamente, empatizar con ese resentimiento o agravio que hizo al individuo actuar así y, a la vez reprobar el acto, no es excluyente una cosa de la otra.

    Es comprensible que los sesgos ideológicos nos inviten a tomar una de esas posturas, pero podemos al menos acotarlos para tratar de entender el problema con una mejor dimensión y así hacer un mejor juicio de ello.

    «No es suficiente pararme ante ti y condenar los actos vandálicos. Para mí sería moralmente irresponsable condenar el vandalismo si, al mismo tiempo, no condené también las intolerables condiciones que existen en la sociedad. Estas condiciones son las que causan a la gente sentir que no tienen otra alternativa que involucrarse en rebeliones violentas para llamar la atención. El vandalismo es el lenguaje de los que no han sido escuchados. ¿y qué es lo que Estados Unidos ha fallado en escuchar? Ha fallado escuchar que las promesas de libertad y justicia no se han alcanzado.»

    Martin Luther King
  • La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    La sociedad mexicana es una muy estratificada. La marcha y las reacciones a ella lo dejaron bien en claro.

    Se piensa que México está polarizado entre “fifís” y “chairos”. Esa es polarización que ha promovido AMLO y en la que sus opositores han caído cayendo inconscientemente. Pero es falso pensar que la sociedad está dividida de tal forma y que esa oposición meramente binaria explique todas las diferencias culturales, ideológicas o de clase.

    La sociedad en realidad está estratificada y dividida en diversas formas, y dicha estratificación es más notoria en la oposición que en los afines a López Obrador donde las diferencias no parecen ser un problema para alinearse con la 4T.

    No me podría explicar de otra forma que la marcha que ocurrió este sábado (donde manifestantes salieran a pedir la renuncia de López Obrador en sus coches) generara tanta resistencia, crítica y burlas incluso de un sector de la oposición. Esto, con todo y que fue una marcha donde la gente está genuinamente preocupada.

    A algunos les molestó (aquí incluyo a personajes como Enrique Krauze, Luis Carlos Ugalde o hasta el propio Felipe Calderón) que la gente pidiera su renuncia porque va contra la democracia y la institucionalidad. En el “intelectualismo” opositor no les pareció adecuada una manifestación que no se centrara en críticas específicas, reprochan que en vez de criticar tantas cosas que están ocurriendo con este gobierno se centran en que “nos van a llevar al comunismo y nos van a convertir en Cuba”. No es un secreto que Gilberto Lozano, una de las cabezas de estas marchas, ha promovido una retórica muy visceral y populista, con la cual pretende agitar las emociones.

    Varios de ellos temen que estas manifestaciones terminen alimentando la polarización promovida por el gobierno y se alimente un discurso de lucha de clases. En lo particular, creo que si no se tienen puentes (lo que explicaré más adelante) ese riesgo sí existe, y sería peligroso llegar a esas instancias.

    Aquí queda patente una estratificación entre los “académicos y los intelectuales de la política” y la “gente común”. Los primeros hablan de cosas más concretas como democracia, deterioro institucional, economía mientras que los segundos apelan más a conceptos retóricos como “nos van a llevar al comunismo” o el “Foro de Sao Paulo”. Es evidente que los primeros tienen una mayor compresión de los fenómenos políticos y sociales (es su área de expertise), pero habrá entonces qué tender puentes con los segundos para evitar que puedan ser objeto de discursos incendiarios con intereses dudosos (Gilberto Lozano viene otra vez a colación).

    La estratificación socioeconómica es aún más evidente. La mayoría de las personas que salieron a manifestarse (no absolutamente todas, aclaro) viene de posiciones relativamente acomodadas. Aunque se optó por usar automóviles por efectos de la pandemia y la sana distancia, el ver varios automóviles lujosos o del año generó la percepción de que se trataba de una “marcha de privilegiados” que se complementa con lo visto en otras marchas de los mismos colectivos donde personas marchaban con viseras y lentes para el sol. Existe la percepción de que la gente de la clase acomodada vive en su microcosmos y que entiende la política desde éste: “coincidimos en criticar a AMLO, pero ellos solo están pensando en cómo le afectan a ellos” suelen pensar algunos.

    Esto último podría explicarse por el recelo que existe entre los distintos estratos. No es falso que, tiempo atrás, algunos de los ahora manifestantes estaban en contra de las manifestaciones, pedían que se regularan porque causaban tráfico y hasta llegaran a decir que “mejor ponte a trabajar, el cambio está en uno mismo”. El hecho de que los otrora manifestantes vean que ahora son ellos tomen las calles, con las muestras de inexperiencia que implica ser “manifestantes primerizos”, les genera resistencia.

    La marcha y por qué la oposición está tan dividida

    Después vienen las estratificaciones culturales, ideológicas y generacionales. La oposición lopezobradorista no tiene una afinidad ideológica afín. Algunos son conservadores, otros son liberales o progresistas. Los “grandes” suelen ser más conservadores que la gente joven. El discurso suele ser distinto. La gente grande, seguramente producto de haber vivido en tiempos de la Guerra Fría, habla sobre cómo es que “AMLO nos va a llevar al comunismo”; la gente joven no suele adoptar tanto dicho relato y le parece un tanto extraño, o como «de señor», como a veces dicen ellos.

    El hecho de que los grandes tiendan a ser más conservadores y los jóvenes más liberales hace que estos últimos muestren resistencia para incluirse en estas marchas. Si bien, al parecer fueron más jóvenes a esta marcha que a otras, lo cierto es que, en su mayoría, son gente grande la que las organiza y la lleva a cabo. Muchos se la piensan dos veces antes de juntarse con aquellos que también van a la marcha del Frente Nacional por la Familia y que suele pensar que la “agenda progre” es la misma “agenda que nos va a llevar al comunismo”, aunque es más que evidente que los líderes populistas de América Latina (que, con excepción de Cuba, no son en sí comunistas) tienen poco de progresistas y en no pocos casos suelen ser conservadores en temas sociales.

    Todo esto es un problema para que la oposición logre conformar un frente amplio que funja como contrapeso ciudadano a López Obrador. Las estratificaciones generan resistencia y en eso el oficialismo lleva ventaja ya que las estratificaciones que puedan existir dentro de los simpatizantes lopezobradoristas no son un problema.

    Aunque López Obrador ha perdido mucha popularidad, ésta sigue siendo considerable y homogénea. La oposición, en términos cuantitativos, es, al día de hoy, menor en tamaño; y lo peor es que está muy estratificada de tal forma que no ha logrado formar un solo frente. Líderes de ultraderecha como Gilberto Lozano, si bien tienen una capacidad de convocatoria y organización, se vuelven un serio problema a la hora de querer hacer que dicha oposición trascienda. Tienen presencia en muchas ciudades, pero dentro de ellas no logran crear grandes aglomeraciones que incomoden al gobierno en turno.

    Si se quiere formar una entidad opositora lo suficientemente grande como para que el gobierno sienta presión, deberán tenderse puentes entre los distintos estratos. Deberán, como entidad, dejar de lado temas donde no puedan existir puntos en común (los temas de género son un caso) y centrarse simplemente en los puntos de acuerdo. Tender puentes es una tarea muy difícil, implica “incluir al otro”; implica que una feminista y una señora en favor de la familia natural tendrán que tolerarse lo suficiente como para ir juntos en la causa opositora y dejar de lado, para estos efectos, sus posturas ideológicas en torno a estos temas.

    Tender puentes es importante, porque al mostrar que la oposición es heterogénea pero, a su vez, está unida, podrán en entredicho la narrativa binaria de «nosotros» contra «ustedes». El que muchas personas que piensan distinto puedan unirse rebatirá esa parte de la narrativa lopezobradorista que dice que toda la oposición es conservadora o que quiere que «todo se mantenga igual». Es justo esa heterogeneidad la que puede ser un gran arma, no solo para crear un frente que se vuelva un problema para el gobierno, sino para combatir las intentonas de polarización de su gobierno.

    Importante también es dejar de estigmatizar o reprochar a los que votaron por AMLO. Aunque muchos consideremos que fue una decisión errónea (como si nosotros no pudiéramos cometer errores), lo hicieron en plena libertad como parte del ejercicio democrático y el mandato debe ser respetado. Muchos de ellos están arrepentidos y habría que sumarlos.

    La gente tiene derecho a manifestarse como sea, y celebro que los que antes no salían a las calles ahora lo hagan, eso es un avances desde cualquier perspectiva. Pero el mensaje es importante, reconocer estas estratificaciones lo es, porque si no se hace, será complicado generar una oposición que realmente incomode al gobierno.

    Y recordemos el día de hoy este gobierno no tiene una oposición, tanto que es el gobierno el que tiene que inventarse enemigos.

  • Breve reflexión sobre el pensamiento binario

    Breve reflexión sobre el pensamiento binario

    Breve tratado sobre el pensamiento binario

    El pensamiento binario es la diferenciación más simple.

    Es la más simple porque si queremos diferenciar una cosa de otra, entonces dicha diferencia implica una relación de esa cosa con la otra. No podemos diferenciar, por ejemplo, un reloj de sí mismo que se nos presenta de la misma forma: tan solo podemos diferenciarlo con otros relojes o con el mismo reloj en otras condiciones (porque entonces son las condiciones, una distinta de otra, las que estamos diferenciando).

    Como el pensamiento binario es el más simple, es el que requiere la menor abstracción.

    Es común porque, dada la simplicidad de la abstracción, requiere un menor esfuerzo mental, lo cual lo hace eficiente. Lo más sencillo tiende a repetirse más veces y lo más complejo menos.

    Que requiera un esfuerzo mental mínimo no es algo per se malo. Hacer abstracciones más complejas con la mente lleva más tiempo y esfuerzo.

    Por ejemplo, es más práctico hablar de hombre y mujer que hacer una categorización por medio de otros rasgos que nos dé diez géneros en vez de dos. Sería más fácil determinar si tal persona es hombre o mujer que si tal persona es uno de todos esos géneros propuestos. Implicaría mucho más esfuerzo identificar todos esos géneros y hacer que el entramado institucional se adapte a todos ellos.

    De igual forma podemos hablar de bueno y malo, de arriba y abajo, de claridad y oscuridad, adentro y afuera, listo y tonto, derecha e izquierda (tanto en las direcciones como en la simetría política) y un largo etcétera.

    Pero los binarismos son una abstracción de una cosa que en realidad es mucho más compleja, que tiene muchos matices y asegunes. Podemos encontrarnos con gradaciones, con esas «tonalidades de grises»:

    Sabemos que entre los hombres y mujeres podemos encontrar hombres que son más femeninos que otros o mujeres que son más masculinas que otras. También podemos encontrarnos a aquellas personas cuyo género no empata con su sexo biológico (transgénero). Sabemos también que hay gente muy buena, otra no tan buena, otra que a veces es malvada pero de vez en cuando puede compadecerse y otra que es completamente malvada.

    Pero la complejidad no solo se explica por medio de gradaciones. La diferenciación de una categoría con respecto de otra también se explica por la relación que tiene con otros factores. Por ejemplo, tenemos dos personas que son igualmente malvadas pero cuya maldad, aunque sea igual en grado, no se explica de la misma forma ya que cada una se explica por su relación con un factor distinto: que una persona sea mala porque es psicópata y la otra porque sufrió de violencia familiar de chico. Aunque ambas maldades sean igual en grado, no pueden atenderse de la misma forma.

    Aún así, seguimos hablando de personas buenas y malas. El binarismo es útil cuando quieren crearse conceptos a través de los cuales posteriormente se harán gradaciones y relaciones (ej: menos bueno, más bueno, algo malo). También es útil cuando se debe tomar una decisión rápida en la cual el individuo no puede darse el lujo de profundizar sobre una cuestión dada, o cuando es irrelevante hablar de grados y de relaciones: «Oye mamá, ¿dónde está mi papá? Está arriba (es decir, en la planta alta de la casa). ¿Pero qué tan arriba está?. Está exactamente 3.2 metros arriba porque está sentado en el sillón Es claro que en este caso no tiene sentido ir más allá de la relación binaria (arriba – abajo).

    Pero dado que el binarismo implica la abstracción lo más simple de algo que es necesariamente más complejo, la posibilidad de equivocarse siempre será más alta que cuando se profundice en los matices.

    El binarismo es más práctico pero menos preciso, la complejidad es menos práctica pero más precisa.

    Por ello, cuando una persona quiere profundizar, analizar algo o quiere hacer crítica sobre algo, debe ir más allá de las relaciones binarias y comprender los matices y las relaciones de aquello que está estudiando. Una feminista puede decirme que hay machismo (en contraposición a la equidad de género) y le daré la razón, pero también repararé que el machismo puede manifestarse en diferentes grados y deberse a distintas causas y entender que no es lo mismo una persona que maltrata y abusa de una mujer a otra que puede tener algunos patrones aprendidos de los cuales es inconsciente. Es claro que no puedo tratarlos de la misma forma aunque se diga que ambos son machistas: uno es condenable, el otro es persuadible.

    Un ejemplo nefasto que pueden tener los binarismos es cuando se utilizan con fines políticos para que el individuo no repare de la heterogeneidad de la realidad y puedan construir discursos donde se apela al conflicto entre buenos y malos:

    Hace unos días, una persona en Twitter que simpatiza con el presidente López Obrador me dijo que yo era calderonista porque estaba criticando una campaña de linchamiento contra un periodista que entrevistó a Felipe Calderón. Como Calderón es el «antagonista» de López Obrador, entonces si soy crítico con López Obrador, tengo que ser calderonista.

    En este caso hay un binarismo que ya es de por sí arbitrario (Calderón – Obrador) en el cual si no estás con uno tienes que estar con el otro. López Obrador ha sabido explotar muy bien esto a su favor. Al crear esta distinción entre «pueblo bueno» y «conservadores fifís» busca anular lo heterogéneo, como las voces que están en contra de la corrupción y los privilegios, pero que también están en contra de AMLO (y que no son pocos).

    Ello no significa que del otro lado este fenómeno no ocurra. Por ejemplo, se dice que el feminismo y las «causas progres» son de izquierda y el populismo latinoamericano también. En pensamiento binario, podría decir que el feminismo y el populismo latinoamericano son de una misma cosa o una misma agenda (e incluso algunos sectores sostienen ese argumento), pero luego uno se da cuenta que en la mayoría de los países «populistas» la agenda progresista no luce mucho, y que incluso varios de los líderes populistas han mostrado desden con los sectores que el progresismo dice representar, desde un AMLO que denosta a las feministas hasta un Evo Morales que dice que la homosexualidad es producto de los transgénicos.

    Pensar que la izquierda o la derecha sin reparar en las distintas manifestaciones y corrientes son una misma cosa homogénea es producto de la reducción de la realidad al binarismo. Decir que todo derechista es fascista o que todo progre o hasta socialdemócrata es comunista es simplemente producto de un pensamiento binario que parte, como dije, de una dualidad que ya de origen es arbitraria.

    La incapacidad de trascender el binarismo, por su parte, también es producto de la pereza mental. Así, la persona con un menor espíritu de autocrítica tenderá a ser más manipulable. Y con espíritu de autocrítica no me refiero a simplemente «llevar la contra», sino a ser crítico incluso con uno mismo y, sobre todo, a la capacidad y disposición para detectar gradientes y relaciones más allá del binarismo.

    No se puede dejar de utilizar los binarismos y no es siquiera deseable porque en ciertos contextos son muy útiles. Pero el individuo, de vez en cuando, debe de profundizar y trascenderlos por medio de la razón y el buen juicio si no quiere convertirse en un individuo prejuicioso y manipulable.

  • El futbol mexicano como crudo y cruel espejo

    El futbol mexicano como crudo y cruel espejo

    El futbol mexicano como crudo y cruel espejo

    No, no vayan a malinterpretarme y creer que soy unos de esos pseudointelectuales que repiten a cada rato que «no entiendo como les gusta ver a once monitos perseguir un balón».

    No me desagrada el futbol, de hecho me gusta. No soy ferviente seguidor del deporte pero sí de pronto me gusta ver y disfrutar a alguno que otro partido, pero la verdad es que desde hace varios años prácticamente no sigo el futbol mexicano porque me parece un espectáculo mediocre.

    Si bien el futbol es una forma de entretenimiento, también es una suerte de manifestación cultural. Si queremos hablar de Guadalajara, su cultura y su historia no se pueden dejar de mencionar a las Chivas o al Atlas. Si queremos hablar de Barcelona (la ciudad), el Barça es una de las primeras cosas que se nos viene a la mente.

    La gente le va a un equipo no solo porque juegue bonito (sobre todo en un futbol como el nuestro donde el desempeño de los equipos es tan cambiante) sino por un sentido de pertenencia, porque tal o cual equipo significa algo para los aficionados, sienten que son parte de algo que los representa. En Inglaterra los equipos suelen tienen un gran arraigo con los barrios a los que pertenecen (algunos tienen el nombre del barrio como el Chelsea), en México porque el Guadalajara representa la «mexicanidad», el América porque es el equipo ganador al que todos odian; los equipos pueden representar a x o y sector social, a tal o cual comunidad.

    Y en un deporte como el futbol, lo menos que el aficionado espera de los equipos es que mantengan su arraigo, que no perviertan los valores que representan, que las normas y reglas bajo las que compiten los distintos equipos sean justas ya que, de otra forma, los logros o fracasos pierden legitimidad.

    Y es este último párrafo el que explica por qué el futbol mexicano está sumido en la mediocridad. Hoy escuché que el Morelia, un equipo de mucho arraigo en su ciudad (del mismo nombre) de buenas a primeras se iba a ir a Mazatlán por meros intereses comerciales. En plena cuarentena muchos aficionados salieron a manifestarse en las calles porque no querían que les arrebataran a su equipo que ha competido en la primera división por décadas.

    Pero no solo es eso: hace unas semanas escuchaba que de forma arbitraria quitarían el ascenso por unos años, que harían todo un desorden con la liga de ascenso (que ni terminé de comprender bien), todo lo cual está movido por intereses que poco tienen que ver con el deporte. No es que no haya intereses comerciales detrás porque evidentemente el futbol es un negocio, pero vaya, hasta los nuevos jeques árabes que compran equipos en Inglaterra tienen la precaución de respetar la identidad y el arraigo de sus equipos, y tampoco es como que las ligas más competitivas cambien las reglas de buenas a primeras y sin explicación alguna.

    ¿Resultado? El futbol mexicano nunca se ha jactado de un gran nivel (tampoco es que sea pésimo), a pesar que hablamos de uno de los países donde más personas practican el futbol y donde más arraigo tiene. La selección con trabajos está dentro de las 20 mejores del mundo, la liga anda por las mismas: su nivel anda generalmente un poco por debajo de las ligas argentinas y brasileñas y mucho más abajo que las principales ligas europeas. México en teoría debería tener mucha materia prima para tener una liga más competitiva y una selección que de vez en cuando estuviera llegando a cuartos de final o semifinales de un mundial.

    A pesar de su mediocridad la gente la sigue, no porque sea necesariamente conformista sino por esa «identificación» con los equipos. La gente la sigue porque no hay «otra liga», porque ser chiva o ser águila significa algo, tiene que ver con la cultura, las costumbres y el sentimiento de pertenencia. Pero la corrupción es tal que ni eso le respetan a los aficionados: «tu equipo podrá significar algo o será parte de la cultura de tu ciudad pero, en una de esas, puedo moverte la franquicia a otro lado. Es más, si tu equipo asciende con tanto sudor y sangre, se me puede ocurrir llevarlo a otra ciudad».

    Y cuando pasa esto el futbol pierde seriedad, se convierte en una burla a los mismos aficionados que ya se habían identificado con su equipo. Se convierte en una burla porque luego el aficionado se da cuenta de que las reglas que sostienen a la competición son arbitrarias y no son necesariamente justas, pero a la vez se rehusa a dejarlo porque no hay espectáculo que supla aquellas necesidades que satisface con la afición a algún equipo de futbol.

    Irónicamente, todo esto también es, a la vez, un reflejo de la cultura mexicana, lo cual se ve también reflejado en las mismas autoridades, el gobierno y la sociedad misma. Sí, por un lado está ese mexicano luchón que no se raja (como bien diría Octavio Paz), como decimos que México no se raja en los mundiales; pero también está aquel improvisado, al que le cuesta trabajo construir instituciones sólidas y confiables, aquel que es poco respetuoso de su propio entorno y del prójimo, todo un individualista en el mal sentido de la palabra.

  • Pensaban que Aristegui se cuadraría con AMLO. Se equivocaron

    Pensaban que Aristegui se cuadraría con AMLO. Se equivocaron

    Pensaban que Aristegui se cuadraría con AMLO. Se equivocaron

    En algún momento, alguien pensó que Carmen Aristegui se cuadraría con López Obrador. Incluso es lo que algunos esperaban y deseaban.

    Es cierto que Carmen Aristegui es de izquierda, y es cierto que México tiene una rica tradición de periodistas poniéndose a los pies del gobierno en turno. Tal vez por eso algunos de los simpatizantes obradoristas pensaron que iba a ser «su periodista».

    Pero eso simplemente no ocurrió.

    Lo que más me sorprende es que algunos se sorprendan. Quienes se sorprendieron hicieron una mera inferencia reducida a lo binario: si Carmen Aristegui es crítica del status quo y AMLO es crítico del status quo, entonces Carmen Aristegui debería alinearse con López Obrador.

    Pensaron que su postura ante el conflicto electoral del 2006 y su postura crítica hacia los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto implicaba que Aristegui era lopezobradorista. Incluso así lo creían algunos de sus críticos.

    Ya había algunos visos de que eso no tendría por qué ocurrir. En realidad a López Obrador nunca le ha terminado de caer tan bien como los simpatizantes de AMLO piensan e incluso recordemos los encontronazos que tuvieron en la campaña presidencial.

    Carmen Aristegui decidió hacer lo que le gusta hacer, ir por su cuenta. En algún momento sospeché del silencio ante algunos temas polémicos de este gobierno (aunque creo que tiene más que ver con el hecho de que la periodista no ha tenido tanta exposición, posiblemente porque el pejismo, que tanto la difundía, ya no lo hace), pero con lo acontecido el día de ayer ha quedado muy claro que Aristegui no se va a cuadrar con el gobierno y se irá por su camino de forma independiente.

    Y eso no le iba a gustar a muchos, sobre todo a quienes pensaron que Carmen Aristegui y López Obrador eran casi la misma cosa, aquellos que hace pocos años querían postular a Carmen en la presidencia y hoy son parte de campañas de desprestigio en contra de la periodista. Se sienten engañados (quién sabe por qué) y evidentemente están molestos.

    Lo de ayer es una muestra de las facetas más preocupantes de este gobierno, ya que Carmen Aristegui y su hijo fueron víctimas de un fuerte ataque en redes sociales por parte de las huestes lopezobradoristas por exhibir el uso de granjas de bots desde Notimex para atacar periodistas críticos con el gobierno. Mientras otros indagaban con las casas de Bartlett, Aristegui y los suyos se enfocaron a lo que tiene que ver con la prensa y la libertad de expresión. Ya desde el año pasado, con la ayuda de Carlos Páez de Mesura y la maestra Rossana Reguillo del ITESO, mostraron que había un comportamiento atípico en las redes sociales que insinuaba una estrategia de ataque a periodistas y lo cual ha quedado confirmado.

    Incluso ya desde antes, los influencers orgánicos del pejismo habían «denunciado» a Aristegui por tomar posturas adversas a los intereses del gobierno como, por ejemplo, apoyar al Reforma ante la avalancha de ataques no solo del Presidente, sino de estas granjas de bots que utilizaban hashtags como #NarcoReforma.

    La labor que ha hecho Aristegui no ha sido tan visible o «mainstream», pero sí es una de las periodistas que más ha exhibido estos ataques a medios y periodistas que intentan comunicar u opinar utilizando su derecho a la libertad de expresión.

    Y debo decirlo, pero que Aristegui reciba estos ataques habla bien de su profesionalismo periodístico. Habría sido cómodo tomar línea para conservar a esa porción de su audiencia que ahora la aborrece. Pero ella prefirió ir por sus convicciones, y es evidente que su compromiso con la libertad de expresión y su simpatía por causas progresistas como el feminismo no podían tener cabida dentro de la 4T.

    Tal vez eso le moleste a muchos, pero los periodistas están para incomodar al poder, no para chiflar y aplaudir.

  • El cambio de la 4T deconstruido

    El cambio de la 4T deconstruido

    Deconstruyamos el cambio de la 4T

    He leído en las redes sociales una y otra vez el argumento de que López Obrador está haciendo un buen gobierno porque está llevando a cabo un cambio de régimen, porque está poniendo al país de cabeza, lo está sacudiendo, sacudida que, dicen, es necesaria para acabar con las injusticias que afectan a nuestro país.

    El problema es que para que un cambio sea bueno no solo tiene que existir sino que su carácter beneficioso debe justificarse a través de sus cualidades. Pero no todos los cambios brillan por sus cualidades, y los que no lo hacen corren el riesgo de colocarnos en un situación más comprometedora que la que ya teníamos.

    El discurso de cambio vende, y vende cuando la gente se siente molesta, enfadada, enojada con la situación actual. Vende más cuando este discurso viene acompañado de una narrativa potente. Pero las narrativas, si bien son necesarias, por sí solas no crean cambios. La narrativa parte de un diagnóstico y de una promesa de cambio, genera cohesión en el movimiento, otorga legitimidad al que la pronuncia.

    Pero luego viene la parte más difícil, y es la parte que los líderes populistas ya no se atreven a atravesar: se trata de ese tránsito del «deber ser» al «ser». La narrativa necesita adecuarse a la realidad y pasar a la praxis: ya no se trata de contar una historia bonita y esperanzadora, se trata de confrontarla con la realidad, con la condición humana tal cual es, y es que en el caso de los líderes populistas las narrativas, que suelen tener un carácter idílico, terminan chocando con las fronteras de la realidad y se niegan a ceder, ¡hay que meterla con calzador cueste lo que cueste!

    Algunos líderes terminan dándose cuenta de esa disonancia que no les permite ver su narrativa realizada (como fue el caso de Vicente Fox) y terminan cediendo. Aquellos, los más sensatos dentro de lo que cabe (porque prometer en exceso no es necesariamente una expresión de sensatez), terminan entregando una versión muy matizada y reducida de aquella historia que contaron. Pero otros se empecinan en realizarla cuando el mismo sentido común les recuerda una y otra vez su imposibilidad.

    Parte de la fe que todavía algunas personas tienen en él tiene como base la promesa de cambio y la percepción de que las cosas se están agitando. Mientras que el caos asusta a algunos, a estos otros los emociona. El caos es el reflejo de la tierra cimbrándose, asumen que los cambios verdaderos generan resistencia (lo cual es de alguna manera cierto, pero que no implica que la existencia de la resistencia sea reflejo de un cambio verdadero o bueno), por eso no se inmutan. Que si las medidas ahuyentan la inversión, que si hace enojar a muchos: los perros están ladrando Sancho, prueba de que vamos avanzando, se repiten en sus cabezas.

    La fe en el cambio esperanzador entonces está depositada en el caos que prueba su existencia (o al menos eso piensan) y que toma como base una narrativa que es repetida hasta el cansancio. Pero ese arrojarse a la fe, a la esperanza, se vuelve peligroso; porque si bien el caos puede explicar un proceso de cambio (y no necesariamente lo hace, puede haber un caos que resulte en más o menos lo mismo), no nos dice nada sobre la calidad de dicho cambio que se está llevando a cabo. El caos implica un riesgo, del caos pueden surgir cosas muy buenas que marquen un parteaguas en una sociedad dada, pero de ahí también puede salir lo peor.

    Esto quiere decir que el mismo caos tiene que ser criticado y sometido a juicio. Es cierto que es una tarea difícil ya que los juicios pueden partir del paradigma que quiere modificarse (digamos, un conservador medieval criticando el progreso científico, salvando las grandes distancias) pero también es cierto que hay conocimiento histórico, político, económico y técnico para evaluar aquello que se está haciendo.

    Con la narrativa, AMLO ha tratado de influir en dicho juicio al pintar al México «pre-caos» (básicamente lo que llama el México neoliberal) como lo peor, como aquella etapa que fue algo así como una desgracia para México donde dice, creció la pobreza y la desigualdad aunque sea él mismo el que termine desmintiéndose. No es que esa etapa «neoliberal» haya sido gloriosa, estuvo lejos de ello en muchos aspectos, pero AMLO se ha negado a matizar siquiera, a reconocer los aciertos que sí hubo, para alimentar su narrativa y blindar al caos de cualquier juicio.

    La polarización también sirve como mecanismo para proteger al caos de cualquier juicio. Al dividir a México en dos polos: el pueblo bueno, los que están agitando las cosas y los privilegiados, los fifís, los que quieren que todo se mantenga «igual», termina anulando la validez de la crítica. Si alguien hace un señalamiento a ese caos que se está creando es que quiere que las cosas se mantengan exactamente igual, que los «políticos sigan robando»: hay un señalamiento ad hominem «apriorizado»; es decir, en automático se considera que quien emite una crítica, cualquiera que sea, es una persona que quiera que las cosas se mantengan igual, que los «pobres se jodan», entonces su crítica no vale, y como no escucho cualquier crítica al cambio, al caos, entonces pienso que es bueno, que es lo mejor que nos pudo haber pasado.

    Pero ese binarismo está lejos de la realidad. Prueba es la gran cantidad de gente que votó por AMLO y después se arrepintió. Prueba de ello eran los números de desaprobación de Enrique Peña Nieto y el desencanto generalizado con la clase política. En realidad era mucha más gente que aquella simpatizante de AMLO la que estaba poco conforme con el Estado de las cosas. Pero mucha de esa gente de la misma forma decidió ser crítica con el cambio (caos) de la misma forma que lo fue con el status quo anterior. Sin embargo esas personas para ellos son, de igual forma, conservadoras.

    Y ello también prueba que las críticas al cambio no están tan viciadas de los paradigmas anteriores ya que justo la mayoría de los mexicanos no estaba contenta con dichos paradigmas. La mayoría de los mexicanos querían un cambio, y los cambios traen resistencias, pero las resistencias creadas por este gobierno son las equivocadas: oponen resistencia no necesariamente los empresarios corruptos o la «mafia del poder» sino muchos ciudadanos que ven con mucha preocupación un ambiente de ineptitud e improvisación excesiva en este gobierno (porque vale decirlo, orquestar un caos, cimbrar la tierra, también requiere pericia).

    Que las inversiones huyan no es necesariamente un síntoma de que la sacudida vaya a llevarnos a un buen puerto, ni la precariedad económica lo es. AMLO tiene muchos inconformes, pero no es necesariamente porque las resistencias generadas expliquen el «gran cambio». Muchos de los privilegiados, los beneficiados del México anterior, son los que comen con AMLO en Palacio Nacional, son los que ganan licitaciones directas. Dicho esto, el cambio propuesto mantiene intacto muchos de los vicios, incluso aquellos que explican el origen de eso que AMLO llama «el neoliberalismo» que, en su peculiar definición, significa la viciosa relación del Estado con el capital que explica la excesiva concentración de la riqueza de nuestros tiempos.

    El cambio debe ser puesto a prueba. Es la praxis, los métodos, las estrategias, los resultados y no la mera narrativa lo que tiene que fungir como juez del cambio. La narrativa convoca, atrae, entusiasma, pero no forja por sí misma los cambios. Sin una narrativa decente nadie puede aspirar al poder, pero sin una praxis decente nadie puede hacer un buen gobierno, y, hasta el día de hoy, el nuestro no lo está haciendo.

    Que la 4T esté orquestando un cambio por sí mismo no dice nada si no somos capaces de evaluarlo, si no nos muestran con hechos a qué puerto nos está llevando.

  • El día en que AMLO refutó su propia narrativa, y ni te diste cuenta

    El día en que AMLO refutó su propia narrativa, y ni te diste cuenta

    El día en que AMLO refutó su propia narrativa, y ni te diste cuenta

    Errores inocentes pueden llegar a destruir años de trabajo. Basta con que dicho error, por pequeño y simple que parezca, aunque sea producto de cualquier descuido, aparezca en el contexto y lugar indicado:

    Una persona puede subir a sus redes por descuido una foto comprometedora que acabe con su matrimonio. A un empleado se le puede olvidar enviar un cheque muy importante, de entre muchos otros que no los son, con lo cual es despedido y pierde su trabajo.

    ¿Qué fue entonces lo que ocurrió con López Obrador? Resulta que a él se le ocurrió publicar un ensayo sobre la política económica en tiempos del coronavirus. El ensayo consta, en gran medida, de la misma retórica que repite una y otra vez. Ese ensayo que es medio promesas de campaña, informe, y demás.

    Por alguna razón decidí continuar «hojeando» ese texto y me encontré con esta gráfica. Es una simple imagen, pero basta con ella para refutar no solo gran parte de su texto sino de su ideario y, de paso, mostrar señales de incompetencia:

    ¿Cuál es el problema con esta gráfica? El problema no es la gráfica en sí, sino lo que representa.

    En su texto, como en su discurso que repite hasta el cansancio, López Obrador nos insiste en que el «neoliberalismo» ha causado desigualdad y pobreza. Pone como ejemplo paradigmático a Carlos Salinas de Gortari.

    Pero la gráfica dice lo contrario, me explico: el coeficiente de Gini mide la desigualdad de una nación o una región donde 1 implica desigualdad absoluta y 0 igualdad absoluta. Entonces, como podrán ver, la gráfica muestra que desde Salinas a la fecha la desigualdad no ha hecho otra cosa que reducirse.

    Incluso la gráfica muestra que en el salinato la desigualdad se mantuvo relativamente estable. Es decir, ni siquiera en ese periodo de privatizaciones y capitalismo de cuates que tanto denuncia (pero que ahora fomenta) la desigualdad se incrementó. Técnicamente echa por tierra uno de los argumentos torales de su discurso, que se pueden leer en sus libros y escuchar en sus constantes declaraciones: ese que dice que el neoliberalismo trajo desigualdad.

    Pero ese no es lo más preocupante, ello solo nos dice que AMLO ha sido un embustero (como lo son muchos políticos en el país), lo que más preocupa es que todo esto muestra que el propio López Obrador no sabe cómo interpretar esa gráfica, porque además, muestran la gráfica con base en una escala relativa (sólo en el rango en que se ha movido la tendencia) y no con la escala absoluta, lo que da visualmente la apariencia de que la desigualdad se ha desplomado (en realidad se ha reducido moderadamente).

    Lo peor del caso es que omitieron el periodo de Miguel de la Madrid donde los niveles de desigualdad sí se dispararon ¿por qué lo omitieron? Creo que la respuesta es sencilla, no saben interpretar los datos (muy básicos) y posiblemente creyeron que la caída en el coeficiente de GINI refleja lo contrario: que la desigualdad aumentó.

    Coeficiente de Gini

    ¿De verdad los asesores no le advirtieron que estaba mal? Porque dudo que el propio López Obrador haya elaborado esa gráfica que cualquier economista o politólogo podría interpretar sin problemas.

    Sin embargo, hay que aclarar que López Obrador tiene suerte. Muchos no se percataron de él, apenas alguno que otro especialista se molestó en leer el texto (la gráfica está en la segunda parte) y publicó la desfachatez del gobierno. No es como que esa información no estuviera disponible pero fue el propio López Obrador quien tuvo la ocurrencia de colocarla ahí.

    Tampoco es como que mucha gente se vaya a dar cuenta o le vaya a tomar importancia. Los datos no son tan atractivos a la gente como los discursos o las narrativas. Pero la evidencia ahí está, el propio López Obrador ha refutado su propia narrativa, y eso no es cualquier cosa.

    Consulta el ensayo completo