Autor: Cerebro

  • En Warrior y en Rivermouth saben de Mediocristán

    En Warrior y en Rivermouth saben de Mediocristán

    En Warrior y en Rivermouth saben de Mediocristán

    Bromas jocosas y memes llovieron en las redes sociales después de que algunos usuarios se percataran de que la versión en inglés de la página visitmexico.com estaba «traducido» con el traductor automático de Google, el cual es lo suficientemente inteligente y sofisticado para sacarte de muchos apuros, pero no para traducir sitios web. Si algo le suele ser complicado a la inteligencia artificial es contextualizar aquello sobre lo que está trabajando.

    Así, el Estado de Guerrero pasó a ser Warrior y Nuevo León New Lion.

    La Secretaría de Turismo (que ya hace poco había tenido la osadía de no pagar el servidor dejando la página suspendida) pudo haber contratado a algún traductor. Incluso habrían podido haberse ahorrado dinero traduciendo primero el texto con el traductor de Google y luego corrigiendo las imprecisiones de esta tecnología, pero ni de eso fueron capaces.

    Eso que parece ser jocoso y trivial nos debería preocupar porque no se trata de un caso aislado, sino de una constante de este gobierno: la falta de profesionalismo, pericia, la desorganización y el poco respeto por la técnica y el método.

    Por decirlo de una forma, la forma de gobernar en este sexenio se parece a aquel alumno mediocre de secundaria que deja el ensayo para el último día, lo hace mal, con errores ortográficos y de estilo, con párrafos copiados de Internet (porque no leyó nada) y que solo está pensado para «pasar la materia».

    Esta forma de concebir la administración pública la podemos observar en decisiones como la cancelación del NAIM en favor del aeropuerto de Santa Lucía, la Refinería Dos Bocas, la estrategia para combatir la pandemia (tanto sanitaria como económica), la presentación del Plan Nacional de Desarrollo, las consultas mal hechas, los recortes presupuestales hechos «con machete y no bisturí», la desaparición del Seguro Popular en favor del INSABI, la estrategia para «rescatar a Pemex», su desprecio por la ecología y un gran etcétera. Sin olvidar, claro, la terrible presentación del plan de gobierno en tiempos electorales e incluso la falta de pulcritud y seriedad con la que demandaron la compra de votos del PRI en 2012.

    El problema es lo que le puede deparar al país con esta visión donde la mediocridad, el parche y la ocurrencia son el pilar de la forma de gobernar.

    Es cierto que la función pública no está ni debe estar ajena de consideraciones ideológicas, pero lo ideológico siempre debe de ser aterrizado al mundo real a través de la técnica: mientras que la ideología nos habla del mundo que queremos construir o al que queremos aspirar, por medio de la técnica y el método uno verifica si es posible y bajo qué criterios puede aterrizarse lo ideológico. Si dentro del ideario de López Obrador se encuentra el combate a la desigualdad, por poner un ejemplo, por medio de la técnica se determina de qué forma se puede hacer y qué consideraciones se deben tomar para que ello pueda llevarse a cabo evitando, en la medida de lo posible, «efectos secundarios» o incluso efectos adversos.

    Nada de eso hay en este gobierno que parece detestar la técnica porque está relacionada con aquella «innombrable tecnocracia» y que a su vez relacionan con ese significante tan peculiar y redefinido llamado neoliberalismo. Es la propia ideología (si es que se le puede llamar así al peculiar pensamiento de AMLO) la que rechaza a la técnica restringiendo así su necesaria participación para trasladar el ideario desde lo ideológico hasta lo práctico.

    Como el gobierno está «amputado del brazo técnico», entonces no hay filtros para las consideraciones ideológicas. Si López Obrador quiere apostar por el petróleo lo hace y ya, sin importar lo que los técnicos digan al respecto. Si AMLO quiere cancelar el NAIM porque es «símbolo de la corrupción», entonces se hace y ya, no importa lo que digan los especialistas o los economistas al respecto. Esta amputación de la técnica es muy peligrosa, sobre todo cuando se manifiesta en temas tan cruciales y sensibles como la economía, la seguridad o la salud.

    Cuando ese filtro técnico no existe, entonces todo se vuelve ocurrencia, desorden e improvisación. Cuando no hay un orden ni metodología a seguir, entonces la operación se vuelve más descuidada, improvisada y sujeta a caprichos, lo cual queda en evidencia tanto en las cosas que pueden no parecer muy significantes (las páginas web suspendidas o mal traducidas) como en las cruciales (el crecimiento económico y la atención sanitaria).

    Lo que separa al mediocre de quien no lo es, es el rigor, la humildad (al reconocer que su ideario puede no ser perfecto y que debe ser sometido al método). la seriedad, el esfuerzo y el profesionalismo.

    Quien hoy gobierna tal vez sea como aquel alumno popular del salón que tiene muchos seguidores, pero que no ha hecho la tarea y apenas se acordará de ella el domingo en la noche, cuando ya sea tarde elaborar algo decente. Y tal vez sea la tarea mal hecha sobre la cual esté cimentado parte del futuro próximo de nuestro país.

  • La Combi

    La Combi

    ¿Por qué un video del asalto frustrado en una Combi refleja tantas cosas de nuestra sociedad y organismos de justicia? ¿Qué conclusiones podemos sacar de lo que ocurrió ahí?

    Vivimos en una sociedad rota, en un orden social e institucional que es injusto.

    Pero no solo es injusto con los pobres, quienes no tienen acceso a herramientas para superar su condición, sino que lo es con la población en general porque no son pocas veces las cuales quienes han sido violentados o agredidos por el crimen ven que los organismos de justicia funcionen a su favor. La impunidad en el país es terriblemente alta: la mayoría de los crímenes no son castigados.

    Que un conjunto de pasajeros haya decidido agredir a su victimario (el asaltante) es prueba de ello, de la ausencia de las instituciones para hacer justicia.

    Esa reacción, por más «escabrosa» les pueda sonar a algunos, es normal: si un ser humano es atacado, agredido o su integridad es puesta en riesgo, y si se encuentra en una posición que pueda defenderse, no solo buscará neutralizar al enemigo, sino que, producto del coraje y la impotencia, reaccionará de forma virulenta.

    Evidentemente, este tipo de reacciones conllevan un riesgo y por eso la justicia institucional es necesaria. El castigo puede no ser proporcional al crimen. Quienes están pateando a los delincuentes, debido a que están envueltos en coraje, pueden llegar a provocar daños al delincuente (o incluso privarlo de su vida, sin que esa sea la intención explícita de los agredidos) que no padecería en caso de que los organismos de justicia aplicaran un castigo proporcional al crimen. También es posible que, producto de la misma virulencia y enojo, un conjunto de personas terminen agrediendo a una persona que es inocente.

    Pero los culpables no son ellos, los responsables de que esto suceda son las instituciones que no han logrado proteger a los ciudadanos. Al no haber un sistema de justicia que me proteja, tengo solo dos alternativas: o dejarme asaltar o navajear por el delincuente, o irme contra él y agredirlo. Evidentemente, no se me puede pedir que opte por la primera, y es cierto que en el caso de la segunda no es como que vaya a pensar en aplicar un castigo muy justo y medido, sino que me lanzaré contra mi agresor envuelto en un fuerte sentimiento de coraje y encono.

    Mucha gente vio con gusto este video. No sé si ello nos debiera preocupar o no, pero también es, en cierta medida, una reacción consecuente: muchas personas en México han sido asaltadas o temen que las asalten, que los delincuentes les hagan algo a ellos o a sus seres queridos. No son pocas las historias de secuestros, de personas que perdieron a sus padres o sus hijos producto de los delincuentes mismos.

    Por otro lado, es un terrible error romantizar la delincuencia. Hay voces que nos señalan que el ladrón lo es producto de un orden social injusto, poco equitativo o de una sociedad quebrada. Es cierto que condiciones así fomentan la delincuencia, y es cierto que ello hay que saberlo para diseñar mejores políticas para combatirla, pero ni el contexto ni la circunstancia puede eximir los actos en contra de una persona inocente. El delincuente tiene libre albedrío y no es un mero autómata como para pensar que su condición le obliga como por simple reflejo a actuar así.

    Es cierto también que muchos de los delincuentes no lo hacen por mera necesidad. La gran mayoría de ellos, aunque vienen de sociedades fracturadas, no roban para «llevar pan a su casa» (menos con un arma que cuyo costo tiene tres ceros cuando mínimo), sino para tener más recursos y comodidades a costa de los demás. Para la mayoría de los delincuentes, su actividad es una profesión y no un «instinto de supervivencia».

    El acto de delinquir debe ser igualmente reprobado sin importar si se trata de un empresario que desvió recursos o un chavo banda que asaltó a un grupo de personas con una navaja. Todos esos actos tienen un perjuicio para personas inocentes. ¿Por qué gente inocente tendría que pagar por el hecho de que el delincuente viva en «una situación difícil», si fuera el caso? ¿Por qué tendría que acceder a que me roben mi celular y me den de navajazos nada más porque el ladrón es «víctima de la desigualdad»?

    La respuesta ante todo esto es la necesidad de un Estado de derecho e instituciones fuertes y justas, que trabajen para todos y no solo para unos cuantos. Es imperativo también un orden social más meritocrático, donde quienes se encuentran en la base de la pirámide social tengan las herramientas para que mediante su esfuerzo y talento puedan aspirar a una mayor movilidad social. El problema del crimen debe ser atacado desde ambos flancos: 1) el preventivo, que debe sí, tener un enfoque social que busque fortalecer el tejido social al crear un orden más justo y 2) el correctivo, donde quien delinque reciba un castigo categórico, pero justo y proporcional a su crimen para evitar que vuelva a delinquir y sea realmente reincorporado a la sociedad después de haber cumplido su pena.

    Mientras eso no exista, la gente seguirá haciendo justicia por cuenta propia. Y es natural que suceda cuando no hay nadie que la proteja.

  • ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    ¿Es cierto que si emulo la trayectoria del éxito de tal o cual millonario o artista, me convertiré en uno? ¿Está todo en mí? Si lo deseo y trabajo duro ¿se me va a hacer?

    ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    Afuera hay muchas historias de éxito en libros, conferencias y demás. Pero las historias de fracaso no las conocemos porque realmente nadie va a escribir sobre cómo fracasó en su vida, y si lo hace, pocos lo van a escuchar.

    ¿Cuál es el problema con esto?

    Qué hay un evidente sesgo. Pensamos en que si emulamos las historias de éxito vamos a triunfar: hay toda una industria detrás de ello. Pero ahí en el fondo se esconden historias de aquellas personas que pusieron el mismo empeño que los exitosos y no lo lograron.

    La realidad, y que la «industria del éxito» nunca te va a decir es que éstas otras historias existen, que no hay receta segura, que el esfuerzo y talento son necesarios para salir adelante pero que el factor suerte juega un papel importante. No te lo va a decir la industria porque vende más decirle a la gente que tiene todo el control de su destino, y la verdad que no es así.

    Y esto es importante saberlo, no para desanimarse, por el contrario. El problema es que cuando se crea esa ilusión de «todo está en ti» entonces el fracaso se vuelve insoportable porque seguramente fue porque «no la hiciste», «no tuviste las tablas». Y la vida no funciona así: el contexto, la circunstancia (de la cual no tienes todo el control) e incluso la mera aleatoriedad son relevantes para que una cosa suceda o no.

    Basta con que el evaluador no se haya despertado de buen humor para que ello determine si te dan la beca o el trabajo o no. ¿Tuviste la culpa de ello?

    La vida es así, caprichosa, no es lineal ni binaria, es muy compleja y más impredecible de lo que creemos.

    Las historias de éxito repetidas son escasas, pero sí conocemos a muchos quienes supieron ser flexibles, que admitieron que no todo necesariamente se tiene que dar como uno exactamente quiere y que han logrado la dicha aunque hayan tenido que modificar un poco sus planes.

    Aquí, el estoicismo se convierte en una buena filosofía a la que podemos recurrir. Habrá que preocuparse por lo que está en nuestras manos. ¿Le pusiste todo el empeño? ¿Diste lo que pudiste dar? Si la respuesta es afirmativa, entonces no deberías culparte por tus fracasos, menos compararte con los demás.

    Claro, se puede aprender, se puede mejorar la estrategia, pero somos humanos imperfectos, la vida es muy compleja, muchas variables están en juego y tú no controlas todas. No te recrimines por lo que no puedes controlar.

  • ¿Son racionales los científicos y tecnócratas?

    ¿Son racionales los científicos y tecnócratas?

    ¿Son racionales los científicos y tecnócratas?

    Hay quienes argumentan que quienes están enfocados en la ciencia y la técnica son seres eminentemente racionales y que no están influidos por consideraciones ideológicas, o al menos así parecen considerarlos o considerarse algunas personas.

    Pero ello es rotundamente falso.

    Pensar que son seres con una racionalidad y objetividad privilegiada que no posee el resto implicaría que son esencialmente distintos de los otros seres humanos, lo cual simplemente no ocurre.

    El científico y el técnico, como todas las personas, llevan a cabo sus actividades movidos por emociones e incentivos producto de consideraciones ideológicas directas o indirectas (intereses personales y profesionales influidos, a su vez, de forma consciente e inconsciente, por un esquema ideológico). También varias actividades científicas pueden ser parte de una agenda ideológica o geopolítica (la carrera espacial es un gran ejemplo de ello).

    La ciencia simplemente no puede hacerse en un vacío ideológico, ya que la ideología le sirve al científico de guía para imaginar cómo el mundo debe ser, qué valores o principios defender. Sin ella, el ser humano sería un mero autómata que haría ciencia estéril sin objetivo alguno.

    ¿Por qué entonces la ciencia es más precisa que la mera opinión? No es porque quienes hagan ciencia sean más «racionales» y las emociones estén excluidas, sino porque sus actividades están sometidas al método científico, que si bien siempre es perfectible (como lo reconocen Bunge y Popper) ayuda a acotar las consideraciones ideológicas y reducir el efecto de los sesgos. El científico no solo debe apegarse a un metodología, sino que sus papers deben ser revisados por pares (gente que no necesariamente piensa igual que él) y sus teorías pueden ser refutadas por otros científicos a lo largo del tiempo.

    A lo más que puede aspirar el científico es a ser lo más riguroso posible apegándose de forma ética al método científico y a reconocer que tiene sesgos ideológicos, que ello es inevitable, ya que vive dentro de una sociedad estructurada por los paradigmas ideológicos vigentes y que, como todas las personas, defiende ciertos principios y posturas ideológicas. Aún así, es posible que los sesgos no se eliminen por completo.

    Dicho esto, la frase «ciencia, no ideología» se vuelve ociosa y, paradójicamente, es comúnmente utilizada como recurso retórico ideologizante. La pregunta correcta debería ser si el científico se ha apegado al método científico y no lo ha trasgredido para satisfacer sus fines ideológicos. Que un conservador, una feminista o un capitalista haga ciencia movido por su ideología no es algo malo en lo absoluto, en tanto haga ciencia de forma ética apegándose a sus estándares.

    Lo deseable es que personas con diferentes formas de pensamiento hagan ciencia. De hecho, muchos de descubrimientos científicos de los que ahora nos vemos beneficiados son producto de actividades científicas orientadas a fines ideológicos (fines militares o nacionalistas), incluso muchas de las tecnologías que ahora se utilizan en tu smartphone tuvieron inicialmente dicho propósito.

    Así como en la economía, podemos decir que en la ciencia, además de las acotaciones producto del método, hay una suerte de mano invisible donde varios científicos, afectados directa o indirectamente por consideraciones ideológicas o económicos, hacen ciencia, se contradicen, se refutan y se retroalimentan para llegar con el tiempo a consensos más sólidos.

    Es por esto que, a pesar de todas estas consideraciones, a pesar de que una teoría científica no implica necesariamente que sea la «verdad absoluta», la investigación científica debe tener más peso que la mera opinión y la ocurrencia, ya que ha pasado por más filtros (por más imperfectos que sean) y, por tanto, el procedimiento es más riguroso. Por eso importa más un medicamento que esté avalado por científicos a una solución casera que «le funcionó a mi tía».

    Y por todo esto es también absurdo pensar e incluso sugerir que deba ser prohibitivo tener motivaciones ideológicas (siempre y cuando se utilice el método científico de la forma correcta). También es cierto que la ciencia no puede responder a cabalidad todas las preguntas, como aquellas que tienen que ver con la ética, la moral y demás que corresponden a la filosofía.

    Para concluir, no es imposible que un «hecho científico» pueda estar muy afectado por consideraciones ideológicas y que los filtros no hayan sido suficientes para eliminar los sesgos ideológicos. Afortunadamente para la ciencia, ese hecho puede ser refutado de tal forma que se pueda llegar a un consenso más cercano a la realidad objetiva y última a la que a nuestra especie le es siempre complicado llegar.

  • Era tan grande que la tenía doble: Reflexión sobre la doble moral en tiempos de Internet

    Era tan grande que la tenía doble: Reflexión sobre la doble moral en tiempos de Internet

    Era tan grande que la tenía doble: Reflexión sobre la doble moral en tiempos de Internet

    Generalmente, se suele asociar la doble moral con el conservadurismo religioso, aunque últimamente también ocurre con los progresistas (como algún «aliado del feminismo» a quien se le descubrió un acto sumamente misógino o el simpatizante mexicano de Black Lives Matter que se refiere a la señora del aseo de forma despectiva).

    La doble moral no tiene ideología y se puede manifestar en cualquier corriente de pensamiento, aunque se vuelve más notable en aquellas corrientes que le demandan al individuo un fuerte compromiso con los ideales que las conforman (independientemente de las razones por las que se ha comprometido, si son legítimas o no). Ejemplos son los esquemas que tienen cierta carga de idealismo como varias causas progres así como los dogmas religiosos.

    Ya que dichos ideales tienen una mayor carga sobre el individuo, entonces se necesita más tesón y sacrificio para cumplirlos. Si las expectativas que recaen sobre la forma en que se deben manifestar dichos ideales (el deber ser) son muy altas, entonces más dificultades habrá para cumplirlas hasta un punto en el cual será prácticamente imposible hacerlo, más aún si dichos ideales implicaran confrontar los límites de la condición humana.

    Este conflicto, donde los ideales defendidos son más difíciles de cumplir de lo que parece, se acrecienta si el individuo vive en una sociedad donde dichos esquemas tal y como cree que deben de ser no están normalizados y donde el incentivo para romperlos es mayor, como cumplir cabalmente con el dogma religioso cuando la mayoría no lo hace o promoverse como un gran «aliado del feminismo» en una sociedad donde el machismo es común.

    Empeora la situación el hecho de que el individuo presuma esos ideales con ahínco e incluso se los exija a los demás (eso que ahora llaman virtue signaling, que aunque suena novedoso por su manifestación en las redes sociales, es algo que siempre ha existido). De hecho, es lo común ya que quien suele defender ciertos ideales se siente privilegiado (por ser conocedor de dichos ideales así como sus fines) y siente que tiene un deber moral en promoverlos. Pero no es lo mismo promoverlos que sostenerlos en la cotidianidad.

    Esta fricción y falta de correspondencia entre la promoción de los ideales que representan el deber ser (que, como tales, siempre tienen una carga moral) y la forma en que los adoptamos para nosotros en nuestra vida cotidiana y que representa el ser, es lo que conocemos como doble moral.

    No tiene nada de malo defender ideales, terrible sería recomendar a mis lectores el nihilismo para evitar cualquier posibilidad de conflicto. Para evitar la doble moral se necesita autoconocimiento y una reflexión profunda de sí mismo: el individuo debe reconocerse como un ser imperfecto que puede fallar y que, antes de recriminar el comportamiento de los demás, debería asegurarse ser congruente entre lo que dice y hace.

    Llevar los ideales a la práctica es tal vez lo más complicado, porque requiere más esfuerzo y autocrítica que el acto de presumir tener ciertos ideales y señalar a los demás a partir de ellos.

    En el corto plazo hay más incentivos sociales para presumir defender tales ideales que para llevarlos a cabo y que explican en parte la manifestación de la doble moral. Si bien, todos podemos a llegar a caer en ella, quien cae una y otra vez en cuestiones de doble moral termina, en un momento u otro, exhibido como un estafador y con su honor en serio entredicho.

  • El día de hoy, no vivimos en una dictadura

    El día de hoy, no vivimos en una dictadura

    El día de hoy, no vivimos en una dictadura

    He escuchado a quienes dicen que vivimos en una dictadura, pero no es así. Al día de hoy, México es una democracia. Imperfecta, pero lo es. Con todo y que este gobierno no nos guste a mucho, con todo y que veamos riesgos de regresiones autoritarias.

    Y hay que notarlo para saber dónde estamos parados. No es lo mismo tener una democracia la cual sospechamos está en riesgo a vivir en una dictadura. Las acciones que la oposición debe tomar en ambos casos son distintas.

    Uno de los argumentos que se esgrimen para decir que México es una dictadura es que el gobierno tiene mayoría en las cámaras y margen de maniobra para hacer cuanta cosa absurda quiera, pero tiene mayoría porque la gente así lo votó. Es la voluntad popular…

    Tampoco hay, al día de hoy, censura abierta. Sí hay algún periodista que salió de forma muy «sospechosa» igual como ocurrió en el gobierno anterior. Sí, AMLO arremete contra la prensa y los bots le tiran a los periodistas opositores. Pero basta escuchar a esos periodistas, columnistas y ciudadanos que critican a este gobierno libremente. Las voces incómodas ahí están, y creanme que hacen mucho ruido.

    Tampoco hay dictadura porque el árbitro electoral sigue siendo autónomo (gracias, en parte a quienes sí están comprometidos y a la presión ciudadana que lo defendió la semana pasada). Los ciudadanos pueden hacer valer su voto.

    No hay dictadura porque hay derecho a la libre manifestación. Ninguna de las caravanas que se ha manifestado ha sido reprimida. Hoy, la gente puede salir a manifestarse contra AMLO libremente.

    Y no la hay porque hay sistema de partidos (desacreditados, en gran medida, por responsabilidad propia) y un poder judicial que ha mostrado independencia de los caprichos del gobierno.

    Cierto es que el sistema de separación de poderes no es perfecto. Es bastante más frágil que en Estados Unidos que ha contenido muy bien los desplantes autoritarios de Trump y puede romperse más fácilmente.

    Se puede sospechar, sí, que el estado de cosas nos pueda llevar a un régimen autoritario. Para eso tenemos que defender a las instituciones que garantizan la democracia y los contrapesos y ejercer presión contra el gobierno. Para ello tenemos que reconocer que el día de hoy somos una democracia.

    Y por eso es importante notar que el día de hoy no vivimos en una dictadura, para así reconocer que tenemos muchos mecanismos democráticos para contrarrestar cualquier intentona que pudiera existir con el fin de llevarnos a un régimen autoritario o a una suerte de «neoPRI hegemónico». Si sabemos que hoy no vivimos en una dictadura entonces sabremos qué es lo que tenemos que defender para contener cualquier impulso autoritario.

  • Lozóygame no. El escándalo y el 2021

    Lozóygame no. El escándalo y el 2021

    Lozóygame no. El escándalo y el 2021

    Lozoya cantó. Y el Reforma nos mostró la letra de la canción.

    El golpe mediático es indudable. Las declaraciones de Lozoya embarran a casi toda la hoy oposición partidista: la muestra como corrupta y ello le viene muy bien a la narrativa de López Obrador.

    Si algo nos preguntábamos en el sexenio pasado, molestos e indignados, era por qué a diferencia de varios países de América Latina en México no caía nadie a causa del escándalo internacional de Odebrecht.

    Con esto, López Obrador se va a contrastar con el «PRIAN» y la mafia del poder. Aunque evidentemente la detención de Emilio Lozoya obedece a intereses políticos y hasta electorales (como siempre suele ocurrir), lo cierto es que esto le va a venir bien a su imagen y tal vez gane algún que otro puntito en las encuestas, aunque más que nada servirá para reforzar a ese 50% de los mexicanos que sigue creyendo en él. Pero esto no es lo más importante, sino cómo es que este escándalo puede ayudar a inhibir el voto opositor desprestigiando a las alternativas opositoras.

    A diferencia de los otros «quinazos» donde era un líder el detenido, éste va más allá. Es una suerte de ataque al «régimen que se fue» y al que hoy el oficialismo encasilla como «la oposición».

    Más allá de lo que vaya a pasar con este caso (tendremos que ver si alguien pisa la cárcel) el mensaje que quieren comunicar es claro: «estamos combatiendo la corrupción de forma estructural» porque los estamos «exhibiendo a todos» (claro está, con la evidente excepción de su propio partido y afines a los que se les mide con una diferente vara).

    Somos nosotros, o son ellos, los corruptos. Nos insistirán una y otra vez reforzando así su retórica polarizadora.

    Incluso esto le puede servir al oficialismo para desacreditar al árbitro electoral de quien, con mucho trabajo y presión ciudadana, se logró conservar su autonomía esta semana, ya que se revelaría que Odebrecht financió la campaña electoral de Enrique Peña Nieto. Evidentemente ello no implica algún fraude en tanto no tiene nada que ver con el proceso de votación pero es posible que la 4T lo venda como tal: ahí está la prueba del «fraude del 2012»: el PRIAN siempre nos hace fraudes, ergo, el INE no sirve.

    Nadie puede estar en contra de que esto haya sucedido (que se exhiba a los corruptos), pero hay que entender el contexto y por qué se hace. El golpe viene en un momento difícil para el gobierno de López Obrador severamente criticado por las decisiones económicas y sanitarias frente a la pandemia y quien en poco menos de un año tendrá que enfrentar el reto que supone las elecciones del 2021 y que son clave para la continuidad de su proyecto.

    La verdad es que este caso puede ser un duro golpe para la oposición. Si panistas, priístas, perredistas y gente de todos los colores están embarrados ¿con qué cara van a persuadir al electorado para votar por ellos en 2021? Está claro que si los partidos mantienen esta mala reputación, algunos votantes van a preferir no salir de sus casas.

    Es cierto que la seguridad y la economía son más importantes que la corrupción para la gente ya que tiene efectos inmediatos y más visibles en su cotidianidad. Es cierto que los índices de inseguridad siguen muy altos y la economía está muy comprometida no solo por la pandemia misma sino por las erráticas decisiones de este gobierno. Pero que la seguridad y la economía sean más importantes no implica que un tema como la corrupción no importe.

    Es cierto también que no pocos saldrán a votar por quien sea para quitarle las cámaras a López Obrador. Según el Financiero en una encuesta de hace un mes, ellos representan poco menos de un tercio de la población:

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    Si los que dicen que no votarán ni a favor ni en contra no salen a votar y si las preferencias se mantienen como hoy, quitarle la mayoría absoluta a la 4T no estaría garantizado y, en el peor de los casos para AMLO, conservaría la mayoría relativa.

    Es ese 23% el que tendría menos razones para salir a votar al ver que la alternativa a la 4T ha sido partícipe de escándalos de corrupción.

    Lo más llamativo es que, a pesar de los severos problemas económicos y sanitarios, la popularidad de AMLO en el contexto de la pandemia ha caído más bien poco. Podríamos pensar que la popularidad de AMLO se iba a desplomar, pero eso no está ocurriendo. Nótese cómo la popularidad de AMLO es prácticamente igual que en marzo, el mes en que el país entró a la pandemia.

    Esto ocurre, con todo y que muchos empleos se han perdido, con todo y que cada día mueren cientos de personas a causa del Covid-19.

    Sería interesante saber por qué la popularidad se ha mantenido constante, pero este supuesto combate a la corrupción puede ser un activo en favor de las narrativas que conciernen a la economía, ejemplo: hoy estamos mal, pero el gobierno está combatiendo a la corrupción, y si no hay corrupción, vamos a estar mejor. Justo uno de los pilares de la narrativa lopezobradorista.

    Que el gobierno de AMLO genere adversidad en la mitad de la población no implica que por sí solo eso le vaya a hacer perder elecciones: 50% de aprobación sigue siendo considerable. Es importante que los indignados salgan a votar: los que están muy indignados votarán por lo que sea con tal de votar contra MORENA, pero los que tal vez no lo están tanto, los que no se han sentido muy afectados en su vida cotidiana (porque las crisis no impactan a todos de igual manera), tal vez no lo hagan si no existe un medio que consideren una alternativa real: un partido o líder político del cual perciban que todavía tiene algo de prestigio o decencia como para que «esa alternativa valga la pena».

    Si no existe esa alternativa, muchos se van a quedar en sus casas y vamos a ver una participación relativamente baja y al oficialismo no le va a ir tan mal (a menos que la crisis se agudice severamente o que explote un escándalo).

    Si los partidos quieren ser una alternativa real, tendrán que trabajar para serlo: ello implica de inicio remover de sus filas e investigar a aquellos que se han visto implicado en este escándalo (y difícilmente podría ser suficiente), así como hacer una renovación concienzuda a partir de una profunda autorreflexión que al día de hoy no han tenido; de lo contrario, el 2021 no tendrá buenas noticias para ellos.

  • ¿Por qué el político demagogo es más atractivo que el especialista?

    ¿Por qué el político demagogo es más atractivo que el especialista?

    ¿Por qué el político demagogo es más atractivo que el especialista?

    Es cierto que la presión ciudadana fue clave para que el oficialismo no lograra cooptar al INE. Sin embargo, yo me esperaba que fuera más gente la que se sumara. Apenas apareció uno que otro trending topic en Twitter e incluso temas más frívolos e irrelevantes tenían más exposición.

    ¿Por qué algo tan trascendental como la autonomía del árbitro electoral parece no generar tanto ruido, ni siquiera en esas personas que nos juran que este gobierno nos va a convertir en una nueva Cuba? Me puse a reflexionar sobre ello.

    Muchas decisiones de gran relevancia para la vida pública suenan por sí mismas aburridas y tediosas: «Fortalecer el mercado interno», «defender la autonomía del INE, claro está», «incentivos para evitar recesión económica» y un largo etcétera. Todo esto termina afectando la vida cotidiana de las personas, pero suena tan ajeno.

    A la gente común que no tiene un gran interés en la política, que no es «académica», esos términos no le dicen mucho, le parecen cosas abstractas y, aunque tenga alguna idea de lo que puede significar, no los ve más allá de meros tecnicismos abstractos y rebuscados.

    Es cierto que la cultura política en México es pobre, pero es lo que hay, es para lo que da nuestra sociedad, cultura y sistema educativo el día de hoy. Es cierto también que la mayoría de la gente no está especializada en política o en economía, para eso están los politólogos y los economistas que deberían saber «bajar» su conocimiento a la gente, quitarle todos esos tecnicismos y rebuscamientos para que la gente entienda qué está en juego.

    Por eso los discursos de «nos van a llevar al comunismo y te van a quitar tu casa» o la verborrea de AMLO movilizan a más gente, convocan a más mítines o caravanas, porque tienen un componente fuertemente emocional que los primeros conceptos no tienen, con todo y que estos son conceptos vacíos y, en el mejor de los casos, muy imprecisos. Por eso es que muchos especialistas se sorprenden de que muchas personas opten por discursos demagógicos sin sustento en vez de lo que ellos llaman «la sensatez» o «lo racional».

    Pero en parte es culpa de ellos, porque parecen asumir que hay que comunicarse con la gente con términos académicos y rebuscados que solo ellos entienden. Algunos, ante su desesperación, arremeten contra la «soberanía popular» y hasta se andan imaginando gobiernos platónicos donde solo participen en lo público los sabios porque «el pueblo es ignorante». Pero no entienden de qué va.

    Por poner un ejemplo: defender la autonomía del INE es muy importante, pero creen que la gente automáticamente va a captar su importancia como lo hacen ellos. El especialista, muy familiarizado con ello, intuye: «Sin INE autónomo no hay elecciones libres, sin elecciones libres no hay democracia, y sin democracia no hay representatividad ni libertad sino dictadura» pero no se molesta en comunicarlo porque asume que la gente lo sabe. A una persona común, el mero término «autonomía» le parecerá ajeno o técnico.

    Decirle a esa persona que «vamos a defender la autonomía del INE» causa bastante menos impacto que decirle «defendamos al INE porque si no, los corruptos se van a robar las elecciones y ya no habrá democracia» o «ya no vamos a poder sacar a X partido del poder». No es lo mismo decir, «Se prevé que la decisión del gobierno reduzca 4.0 puntos del PIB» a decir que «La decisión del gobierno va a causar más desempleo y pobreza». Se apela a las emociones pero no es demagogia porque no se está diciendo nada que sea falso. La información que se está entregando es correcta. A lo largo de la historia hemos podido ver muchos discursos que apelan a lo más profundo de la emoción pero son sinceros y no demagógicos. Un claro ejemplo que se me viene la mente es el famoso discurso «I have a dream» de Martin Luther King.

    Por eso es necesario que los especialistas y los académicos sepan conectar con la gente, que sepan comunicar lo que saben de tal forma que la gente entienda qué implicaciones tienen esos fenómenos (que tanto gustan de interpretar con números o con fundamentos teóricos de alto calado) para sus vidas diarias, ¿cómo es que a un padre o madre de familia le puede afectar tal decisión?

    Los especialistas tienen que ayudar a politizar a la gente de tal forma que lo haga de forma autónoma (y no dependa del líder, como ocurre con liderazgos demagógicos), despertarle la curiosidad, que investigue un poco más y que tenga el conocimiento a la mano para tomar mejores decisiones.