Aunque pueda parecer trivial al tratarse de periodismo deportivo, el escándalo entre José Ramón Fernández y David Faitelson revela algo fundamental y trascendente sobre las relaciones humanas.
Es importante desmenuzar lo ocurrido para entender qué sucede cuando alguien humilla a otra persona y pisotea su dignidad, así como el impacto profundo que esto puede tener, no solo entre dos individuos, sino en todas las relaciones que estos mantienen.
Durante su carrera, José Ramón llevó consigo a Faitelson como una especie de «patiño», humillándolo y burlándose constantemente de él aprovechando su posición de poder y reputación como periodista. Esto inició cuando Faitelson era aún muy joven, algo relevante porque se encontraba en una etapa especialmente vulnerable en la que internalizó esas conductas negativas.
Es cierto, como algunos afirman, que Faitelson «es alguien» gracias a José Ramón, pero esto jamás puede justificar las burlas y humillaciones sufridas. Algunos, de manera equivocada, aseguran que el maltrato fortalece el carácter; nada más lejos de la verdad, y Faitelson es prueba de ello. Existe una línea muy clara entre exigencia y humillación.
La carrera profesional de Faitelson creció bajo esa dinámica de abuso, al punto de que él mismo comenzó a replicar esas conductas hacia otros periodistas. Al público, ávido de espectáculo, le encantaba el circo y toleraba ese ambiente, lo cual lejos de penalizarse, elevaba los ratings. Pero estas situaciones nunca deberían provocar gracia alguna.
Naturalmente, Faitelson acumuló un profundo resentimiento, intensificado aún más cuando Joserra lo trató con displicencia al dejar el programa para irse a Televisa. Desde entonces, fue mostrando poco a poco cuán afectado estaba por aquello, hasta que finalmente explotó cuando Joserra lo calificó de «sicario» de la información.
Lo que hizo Faitelson al revelar que Joserra había sido despedido de TV Azteca debido a problemas con la cocaína es inadmisible desde cualquier perspectiva y representa un golpe bajo. Sin embargo, fue también una consecuencia directa de las humillaciones y maltratos recibidos; una bomba que acumuló presión hasta explotar (y pudo haber sido peor).
Es muy probable que hoy día haya periodistas que guardan rencor hacia Faitelson por su trato, y quizás ellos mismos estén descargando ese resentimiento con otras personas, colegas o incluso familiares. De igual manera, es posible que Joserra haya vivido situaciones difíciles en su vida que lo llevaron a comportarse así.
Este círculo vicioso es similar al del bullying escolar, donde muchos niños maltratan a otros porque están frustrados por problemas en sus hogares, trasladando ese dolor hacia sus víctimas, que a su vez podrían perpetuarlo.
Así sucede cuando humillas o maltratas a alguien: el daño no se queda ahí, en lo privado, sino que se extiende a otros de múltiples maneras. Ante esto, existe la opción madura y responsable de poner un alto, reconocer el dolor propio y, en lugar de proyectarlo en otros, buscar ayuda profesional, ir a terapia o canalizarlo en actividades creativas como el arte o la escritura. Incluso, una opción valiosa es combatir activamente estos patrones dañinos.
Algunos analistas y observadores afirman que Donald Trump es un político realista y extremadamente pragmático. Señalan que no se tienta el corazón ni permite que sentimentalismos o consideraciones ideológicas influyan en sus decisiones, concentrándose únicamente en obtener resultados prácticos. Pragmatismo y consecuencialismo puro.
Sin embargo, el problema surge cuando se asume que esta postura es inherentemente positiva o cuando se cree que quien adopta una estrategia pragmática o realista necesariamente lo hace con astucia y precisión. La dureza y la frialdad no implican automáticamente inteligencia política, y la historia está llena de ejemplos de estrategias «realistas» ejecutadas con torpeza y descuido.
Existen casos exitosos de realpolitik, como la alianza estratégica de Churchill y Roosevelt con Stalin para enfrentar a Hitler, o el acercamiento de Nixon y Henry Kissinger con China, cuyo objetivo era aislar aún más a la Unión Soviética.
Algunos interpretan la estrategia de Trump como sofisticada debido a su aparente imprevisibilidad o porque rompe con el statu quo y las normas diplomáticas tradicionales. Creen que esta imprevisibilidad implica inteligencia táctica. Sin embargo, cuando esta imprevisibilidad se repite una y otra vez, se vuelve predecible y revela un patrón contrario a la sofisticación pretendida, como sucede con su recurrente manejo errático de aranceles que son promovidos y replegados una y otra vez.
Otros consideran que la agresividad en las negociaciones y la actitud impulsiva de «macho-alfa» de Trump constituyen atributos valiosos en sí mismos. De ahí que ciertos opinadores, especialmente aquellos que proliferan en plataformas como YouTube, infieran que detrás de sus acciones hay una estrategia meticulosamente calculada. Algunos incluso aventuran hipótesis pensando cómo ellos actuarían si estuviesen en su lugar, diseñando estrategias geopolíticas basadas en información limitada, como si se tratase de un ejercicio dejado en la escuela, sin pruebas reales de que eso corresponda con la estrategia real del gobierno estadounidense.
Estos analistas suelen partir de una premisa que parece sensata, e incluso confirmada por el propio Trump: su intención es evitar que China crezca más como potencia hegemónica y amenace los intereses estadounidenses. Desde esta perspectiva, interpretan su acercamiento a Putin y el abandono de Ucrania como una especie de «Nixon en China» en sentido inverso. Pero precisamente aquí es donde la estrategia se complica y algunas acciones empiezan a perder coherencia.
Las relaciones internacionales son intrínsecamente complejas, llenas de matices y variables difíciles de prever. Cada vacío que se deja en las relaciones internacionales será inevitablemente llenado por otro actor. Ignorar un pequeño detalle puede marcar la diferencia entre éxito y fracaso. Y quizás, precisamente, la estrategia de Trump esté resultando poco cuidadosa, influenciada en gran medida por impulsos populistas que, lejos de fortalecerla, terminan contaminándola.
Un punto importante es el trato que Estados Unidos le está dando a sus aliados estratégicos. Mientras hace concesiones a Rusia, trata mal a sus principales aliados lo cual envía un terrible mensaje. Ya hemos visto su comportamiento agresivo y prepotente con Canadá y México en torno a los aranceles. Ya hemos visto el trato confrontativo que ha mantenido con la Unión Europea. En la teoría, Estados Unidos tendría que mantener a la UE de su lado para debilitar la hegemonía China, pero con esa postura corre el riesgo de que sea la propia China quien comience a acercarse a Europa hoy despreciada por el gobierno de Trump a quien se le considera cada vez más un socio poco confiable. Aunque Trump diera marcha atrás con los aranceles o su alianza con Rusia, la confianza que le tengan sus principales aliados ya está, de alguna forma, trastocada, y eso puede llegar a convertirse en un problema enorme en alguna situación crítica.
Otro punto es uno que puede parecer una nimiedad pero que es ejemplar al sugerir torpeza en el planteamiento. China está recurriendo cada vez más al poder blando (soft power) para alimentar su hegemonía a partir de la influencia sobre otros países sobre todo de África. Trump decidió cerrar el USAID de tajo en vez de mejorarlo o depurarlo. Esta institución era, básicamente, un arma de soft power con el cual buscaba influir sobre otros países. Ese hueco que deja Estados Unidos básicamente es un regalo para China y Rusia.
Si bien, la pretensión de Trump es de «realismo político», tal vez la sofisticación no sea tanta y la realidad sea más sencilla y hasta un tanto desordenada. Trump siempre ha dejado claro su pensamiento: quiere un Estados Unidos aislacionista y multipolar porque él (y muchos de sus fanáticos) aseguran que muchos países se están aprovechando de Estados Unidos y por lo tanto deberían enfocarse exclusivamente en sus propios intereses. Esto implica romper con la tradición que inició con Woodrow Wilson, quien convirtió al país en un actor clave en la geopolítica mundial al decidir involucrarse en la Primera Guerra Mundial.
El problema es que este cambio nos llevaría de vuelta a un mundo multipolar y menos globalizado, lo que podría dar origen a más conflictos bélicos. Si bien hay mucho que reprocharle a Estados Unidos como potencia dominante—como a todas las que han ocupado ese rol—, su hegemonía, para bien o para mal, logró cierto grado de estabilidad y orden.
De todas las grandes potencias de la historia, quizás haya sido la menos mala. En este contexto, resulta aún menos deseable que un país con una tradición autoritaria, como China, intente asumir ese papel.
Y tal vez la estrategia de Trump corra el riesgo de lograr lo opuesto, que China se termine empoderando más y le termine por arrebatar el rol hegemónico a Estados Unidos.
Si dejamos que la IA la controlen unos pocos habremos perdido el rumbo – Daron Acemoglu
Mientras la opinión pública se ha volcado sobre el supuesto saludo nazi de Elon Musk, un tema jocoso pero que debiera ser irrelevante, dado que basta ver el contexto y el video para comprender que no fue su intención, se han dejado de lado temas mucho más trascendentales relativos a la llegada de Donald Trump a la presidencia.
Hay muchos temas al respecto. Varios preocupantes, otros no tanto, y tal vez algunas decisiones (las menos, a mi parecer) que podrían ser acertadas.
Pero a mí me preocupa algo que posiblemente entusiasme a muchos: a los fans de Elon Musk, o a los entusiastas de los avances tecnológicos (y vaya que yo soy entusiasta de alguna forma) pero que creo que debería ser un tema de discusión, sobre todo con relación al futuro de la humanidad.
Este tiene que ver con las decisiones con respecto de la inteligencia Artificial. No es que apostar a esta tecnología sea malo, de hecho es un tema al que es necesario subirse. El problema tiene que ver con los cómos y las formas.
Ray Kurzweil, Daron Acemoglu, Nick Bostrom y Noah Harari, con sus matices y particularidades (unos más optimistas y otros más pesimistas), han hablado sobre la necesidad de reflexionar y tomar sabias decisiones en torno a la inteligencia artificial. Todo se resume en la necesidad de tomar las mejores decisiones con respecto de esta tecnología para que maximizar los beneficios a la población y reducir los perjuicios que ésta pueda generar.
El Premio Nobel de Economía Daron Acemoglu comenta en su libro Power and Progress que el progreso tecnológico y el bienestar social no es algo lineal o algo que se desate automáticamente. Depende, dice, mucho de las decisiones que se tomen con relación a dichos avances tecnológicos. Para ello pone como ejemplo la Revolución Industrial que, de hecho, en el corto plazo, redujo el bienestar de la humanidad (con excepción de los propietarios) con horas interminables de trabajo en entornos muy contaminados. Fue en este entorno que surgieron los pensadores socialistas como Karl Marx como una reacción al malestar provocado por este estado de cosas.
Fue después, gracias a las decisiones que la sociedad tomó en torno a estas tecnologías en conjunto con el progreso tecnológico per sé que éstas terminaron, de forma paulatina, beneficiando a un número cada vez mayor de personas. Decisiones no solo de gobiernos ni grupos de presión o activistas, sino de propios empresarios como Henry Ford quienes vieron la necesidad de mejorar la calidad de vida de las personas para que fueran más eficientes en su trabajo.
Así mismo, no deberíamos esperar que la Inteligencia Artificial, por sí sola, beneficie a todas las personas. Ello dependerá de las decisiones que se tomen tanto en lo público como en lo privado. Para ello es muy importante el debate, el diálogo y los consensos.
El problema es que el mundo actual, cada vez más polarizado y dividido, no es el entorno más adecuado para ello. A esto habría que agregar que si bien la mayoría de las personas tiene al menos una noción de lo que es la inteligencia artificial (al menos en los países desarrollados), posiblemente pocos la entiendan así como sus implicaciones como para que la sociedad pueda ejercer presión sobre los grupos de poder político y privado que tienen control de ella.
Otro problema, además, es la propia naturaleza de la tecnología. La forma en que la estemos diseñando hoy va a tener muchas implicaciones sobre la forma en que tenga en el futuro porque, a diferencia de las tecnologías que nuestra especie ha creado, una vez que esté lo suficientemente automatizada y sea lo suficientemente inteligente, los humanos iremos perdiendo cierto grado de control sobre ella y en esos estadíos tal vez poco se podrá hacer.
China, Trump y las oligarquías
Los poderosos, al tener el poder político y las vastas cantidades de dinero e infraestructura que la IA necesita, parecen tener la batuta y no parecen tener muchos incentivos para llevar a cabo las reflexiones necesarias para optimizar los beneficios de la inteligencia artificial.
La competencia entre Estados Unidos y China hará que la apuesta por la IA sea como una escalada armamentística donde las naciones buscarán, por intereses geopolíticos y estratégicos, acelerar el desarrollo de la IA sin preocuparse por el trayecto. De China ya sabemos que se trata de un país autoritario y conocemos los riesgos que la IA puede tener al ser utilizada por los gobernantes para controlar a la sociedad y anticiparse a ella.
La apuesta de Estados Unidos, con Donald Trump, ha sido participar activamente promoviendo una suerte de acuerdo oligárquico con los diferentes actores. Primero se sumó Elon Musk, luego Mark Zuckerberg quien, a pesar de ser denostado por Trump, buscó cabildear para que éste lo defendiera ante las amenazas frente a Meta (tanto dentro de Estados Unidos, las regulaciones en la Unión Europea y otros asuntos). Luego Trump invitó a Sam Altman de Open AI para invertir en el proyecto de Stargate junto con Oracle y otros actores.
En teoría, esto busca potenciar a Estados Unidos para hacerle frente a China, pero conlleva muchos riesgos. El primero es el que ya mencioné, la competencia entre EEUU y China seguramente dejará los debates necesarios en segundo plano porque los incentivos están mucho más orientados con la feroz competencia con China. Las desregulaciones y contratos sugieren que habrá vía libre para el desarrollo de la tecnología sin importar consideraciones.
El segundo es la propia cercanía entre el Estado y un grupo de multimillonarios, que muy posiblemente sean favorecidos por el propio gobierno actual que no se caracteriza precisamente por ser institucional ni apegarse mucho a las reglas. Esta connivencia no solo genera muchas distorsiones en las economías de mercado, sino que los más favorecidos por el Estado (por contratos y legislación) pueden ser los mismos que tendrán el control del desarrollo de esta tecnología creando un entorno más desigual y una asimetría de poder más considerable y, en el peor y fatalista (pero no improbable) de los casos, una suerte de tecnofeudalismo, donde los empresarios o los políticos acumulan una cantidad de poder similar a la de los señores feudales.
¿Qué forma va a tomar el futuro? No lo sé. Es posible que la IA nos traiga muchos beneficios, pero existen riesgos latentes. Que quede esta necesaria discusión en un segundo plano frente a las pugnas e intereses de las personas con poder y dinero no es, desde luego, la mejor de las noticias.
En el tercer capítulo de la temporada 2 de El Juego del Calamar, después de que en el primer juego los participantes que perdieron fueran asesinados, se les da a los participantes restantes la opción de retirarse con 24 millones de wones (poco más de 300,000 pesos mexicanos).
Para ello, la mayoría debe votar por salirse del juego, o bien, seguir jugando con el riesgo de ser aniquilados. Si se retiran, saldrán con una cantidad de dinero que tal vez no sea suficiente para arreglar las miserables vidas que tienen allá afuera. O pueden quedarse a arriesgar sus vidas con la promesa de que irán acumulando más dinero conforme se vayan eliminando.
Aunque a la mayoría se les da la «libertad» de votar, el orden de incentivos preestablecido garantizaría que el juego llegue a su final ya que los incentivos para quedarse para una mayoría son mayores a los que tienen para irse. Los organizadores no tienen ningún incentivo para que los jugadores salgan antes ya que por más personas cuenten lo vivido en el mundo real irán levantando más sospechas en las autoridades y la población. (Como no he terminado la serie, supondré que este resultado se cumple)
El arreglo de incentivos que han establecido los organizadores es una trampa. La decisión de quedarse para los participantes es irracional dado que están haciendo un cálculo basado en el corto plazo ignorando lo que puede ocurrir en el largo.
Los jugadores, a diferencia de los organizadores, no tienen la capacidad de prever qué ocurrirá en ocasiones posteriores porque no tienen la experiencia al respecto que los organizadores (y el jugador 456 quien, al parecer, no tiene mucha capacidad de convocatoria) tienen. Es decir, existe una asimetría de información al respecto que los organizadores aprovechan en perjuicio de los participantes a quienes afirman una y otra vez que tienen capacidad de decidir.
Muchos de ellos asumen que la mayoría en una siguiente ocasión decidirá retirarse, pero el orden de incentivos se mantiene dado que el monto prometido a ganar es cada vez mayor. En cada juego, la probabilidad de sobrevivir es mayor a la probabilidad de morir, no así al sumar los resultados de todos los juegos en conjunto.
La pregunta en cuestión aquí es: ¿Podemos afirmar que una persona está votando en libertad en tanto que los organizadores ya han establecido cierto arreglo de incentivos que les garantiza que ocurra el resultado que les interesa?
¿Qué tan libres somos cuando vamos a votar? Por lo general, los políticos establecen un sistema de incentivos para orientar nuestro voto de tal o cual forma. ¿Cómo medimos esa libertad?
Supondría que, por más impredecible sea el resultado para el poder político, el ciudadano votaría más libremente ¿no? Es decir, en ciudadano vota de forma libre en tanto el poder político no puede asegurar que el resultado que desea vaya a ocurrir.
Sin embargo, también es cierto que el resultado una elección puede ser muy predecible para el poder político dado que la gente está genuinamente contenta con su forma de gobernar sin necesidad de que el gobierno en turno haga un gran esfuerzo propagandístico.
O tal vez podríamos medir esa libertad en la capacidad de maniobra que tiene el poder político para orientar el voto de alguna u otra manera y que habría ocurrido de forma distinta si no existiese asimetría de información y los votantes no fueran sugestionados deliberadamente por el poder político. En el caso del Juego del Calamar, esa capacidad de maniobra es absoluta, saben que la receta funciona y si la repiten una y otra vez el resultado será el mismo.
En el caso de las democracias funcionales, la capacidad de maniobra no es nunca absoluta pero existe de tal forma que el resultado podría ser diferente si los políticos pueden echar mano de la propaganda y los recursos que tienen a la mano. En las democracias disfuncionales, donde los gobiernos utilizan más recursos públicos y programas sociales, la capacidad de maniobra, sin ser absoluta, es mayor de tal grado que decimos que la elección fue, cuando menos, inequitativa. Conforme el gobierno es más autoritario, como ocurre con la Rusia de Putin, la capacidad de maniobra es casi absoluta y, aunque la gente va a votar sin que alguien le ponga una pistola en la cabeza, el poder ya sabe cuál va a ser el resultado sin que, en muchas ocasiones, haya necesidad de orquestar un fraude en las urnas.
Dado que los políticos siempre tienen incentivos para orientar el voto a su favor, y dado que de ello resulta que harán todo lo posible por lograrlo, ¿qué tanta libertad real dejarán a los votantes con el uso de nuevas tecnologías predictivas como la Inteligencia Artificial y demás tecnologías?
Esa es una gran cuestión, porque una democracia debería presuponer elecciones libres. En la práctica, esa libertad nunca es completamente absoluta dado que siempre habrá gente que hubiese votado de otra forma si hubiera tenido información completa para decidir o no hubiese sido sugestionada, pero sí podemos decir que en las democracias más funcionales existe una relativa libertad. Sin embargo, en tanto el poder político logra aprender a maniobrar y orientar de mejor forma la intención de voto, sin que eso signifique necesariamente el uso de coerción, podremos decir que el votante estaría perdiendo cierta libertad de elegir, aunque sienta o crea que es libre.
Esta es ya mi novena entrega de los 10 libros que leí. Esta selección fue particularmente difícil porque este año leí mucho: 50 libros. Eso me obligó a dejar fuera varias obras notables (que mencionaré en las menciones honoríficas). Cabe aclarar que el orden de los libros no representa una jerarquía. Dicho esto, ¡comencemos!
1.- The Creative Act: A Way of Being – Rick Rubin
Comienzo con un libro inusual para mis recomendaciones habituales, pero esta obra del afamado y peculiar productor Rick Rubin es imprescindible para reflexionar sobre la creatividad. Rubin sostiene que todos los seres humanos nacemos creativos y que la creatividad está más vinculada a nuestra intuición y capacidad de asombro que a nuestra formación académica. Explora temas como la relación entre creatividad y aceptación del fracaso, inspiración y contemplación. Sin duda, vale mucho la pena.
2.- Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity – Daron Acemoğlu y Simon Johnson
Un libro esencial para quienes están interesados en la Inteligencia Artificial. Los economistas Daron Acemoğlu y Simon Johnson (recientes ganadores del Premio Nobel de Economía) argumentan que el progreso tecnológico no beneficia automáticamente a la sociedad; las decisiones políticas y económicas son determinantes. A través de un recorrido histórico, analizan cómo avances como la Revolución Industrial inicialmente perjudicaron a las sociedades hasta que instituciones y decisiones acertadas lograron mejorar la calidad de vida.
El libro también alerta sobre la IA y la importancia de tomar decisiones que garanticen beneficios para toda la sociedad, en lugar de favorecer a una élite.
3.- Introducción a la filosofía de la religión – Michael J. Murray, Michael Rea
Un libro ideal para quienes disfrutan de la filosofía y desean explorar temas relacionados con la religión. Aborda cuestiones como los argumentos teístas y ateos, la relación entre fe y razón, ciencia y religión, los atributos de Dios y la inmortalidad. Los autores centran su análisis en las tres principales religiones teístas: judaísmo, cristianismo e islam.
4-. Me the People: How Populism Transforms Democracy – Nadia Urbinati
En el contexto actual, esta obra es imprescindible. Con elegancia y coherencia, Urbinati explica cómo los populismos se infiltran en las democracias, parasitándolas y redefiniendo el concepto de «pueblo». Aunque el concepto de populismo ha sido difícil de delimitar en la academia, Urbinati ofrece una definición clara y precisa. Ciertamente, el libro es algo caro, pero si te interesan estos temas, este libro es una inversión que vale la pena.
Elon Musk es una figura polémica y compleja. En esta biografía, Walter Isaacson ofrece un relato equilibrado que explora tanto las luces como las sombras del magnate. El autor lo acompañó durante dos años, accediendo a reuniones y entrevistas que aportan profundidad al relato. Si quieres conocer a fondo a una de las figuras más influyentes (y controversiales) de nuestro tiempo, este libro es una excelente opción.
Esta autobiografía en formato de cómic es una lectura obligatoria para comprender la Revolución Iraní, la opresión que viven las mujeres en ese contexto y el impacto del extremismo religioso. Marjane también aborda el choque cultural que experimentó al adaptarse a la Europa occidental. La narrativa es poderosa y emotiva; es muy probable que te arranque más de una lágrima.
7.- Deep Utopia: Life and Meaning in a Solved World – Nick Bostrom
Si de «futurólogos» hablamos, Nick Bostrom es el filósofo por excelencia. En esta obra, él habla sobre los desafíos existenciales, filosóficos y espirituales en un mundo futuro donde todo esté resuelto, donde la IA se encargue de todo el trabajo, donde no haya enfermedades y todas las necesidades básicas estén satisfechas. ¿Cuál sería el propósito del ser humano en ese estado de cosas? ¿Qué significado puede tener la vida cuando ya todo está resuelto o dicho? ¿Qué implicaciones tendría vivir en una utopía tecnológica?
Si ya no tenemos que trabajar ni luchar por nada, ¿qué haremos con nuestra vida? Todo esto lo plantea Nick Bostrom en este muy interesante libro
Este es un gran libro porque aborda el autoritarismo desde una perspectiva distinta a la acostumbrada en la academia y en la literatura. En esta obra, ella argumenta que las autocracias no son regímenes que existen por sí solos sino que suelen estar interrelacionadas entre ellas como una red apoyándose mutuamente y ayudándose inclusive de empresas e instituciones financieras establecidas en países democráticos a las cuales han corrompido.
9.- The Heat Will Kill You First: Life and Death on a Scorched Planet – Jeff Goodell
En estos tiempos donde el cambio climático es uno de los asuntos que más nos deberían preocupar, Jeff Goodell escribió un gran libro sobre el efecto que tiene el calor extremo en nuestra salud, en el ecosistema y habla sobre el círculo vicioso que crea el uso del aire acondicionado el cual, argumenta, termina exacerbando el problema que busca combatir afectando a quienes tienen menos. Este libro puede darnos una idea de cómo podría ser la vida en unas décadas si no hacemos lo suficiente con respecto del calentamiento global.
10.- País sin techo: Ciudades, historias y luchas sobre la vivienda – Carla Escoffie
Tenía que hablar de algún libro escrito en mi país y me quedo con éste. Esta obra de la activista y abogada Carla Escoffie sale en un momento en el que se habla en México (y en el mundo) sobre el encarecimiento de la vivienda y la mayor dificultad para acceder a ella. En este libro, Carla nos cuenta distintas historias sobre burbujas inmobiliarias, desalojos forzosos y discriminación en el acceso a la vivienda. Si bien no es un libro que proponga hojas de ruta para solucionar el problema, les da visibilidad y los expone en la mesa, lo cual es un primer paso.
No es un resultado sorpresivo en lo absoluto. Lo sorpresivo es la contundencia del resultado.
Así ocurrió hace unos meses con el triunfo de Claudia Sheinbaum. Todos sabíamos que ganaría pero no con esa contundencia. En este caso yo veía a Donald Trump con mayores posibilidades pero pensé que sería una carrera de photo finish. No lo fue así, Trump ganó con cierta contundencia y se llevó carro completo (ganó ambas cámaras).
Sería un craso error hacer juicios de valor sobre aquellos quienes votaron por Trump, hacerlo solo nos llevaría a las conclusiones equivocadas.
Por mi parte, yo creo que su triunfo obedece a algo muy importante que tal vez no nos hemos detenido en reparar: la incertidumbre.
Me explico.
El mundo es cada vez más complejo. Las instituciones, las formas de organización, los canales de comunicación, las dinámicas sociales. La complejidad es más difícil de abstraer para la mente que lo simple, y ello, por consecuencia, genera incertidumbre.
A su vez, el mundo es cada vez más volátil e impredecible, desde la forma en que el sistema financiero funciona hasta los cambios sociales como los derechos de la mujer o la integración de personas con distintas preferencias o identidades sexuales (muchos beneficiosos, pero que, al crear un cambio en el estado de cosas, generan incertidumbre en un sector de la población) que, últimamente, ciertamente han venido acompañados de posturas ciertamente radicales e iliberales (eso que llaman woke) que pueden llegar a afirmar que las matemáticas son racistas que no han hecho más que agravar la incertidumbre.
Mucha gente se pregunta ¿cómo funciona el mundo? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? Ante los progresos de las mujeres en la sociedad (loables y aplaudibles) algunos hombres se sienten abandonados a su suerte con sus propias problemáticas (tal vez ello explique, en cierta medida, por qué entre los jóvenes los hombres son mucho más conservadores que las mujeres). La gente de la clase trabajadora se siente abandonada ante la pérdida de trabajos para los obreros.
En ese mar de incertidumbre, la narrativa, el relato simple y sencillo (aunque sea falaz) puede dar una sensación de certidumbre y tranquilidad porque ello les ayuda a entender mejor el mundo que se ha vuelto demasiado complejo e impredecible.
En un entorno así, tratar de englobar un fenómeno demasiado complejo como las dinámicas de los medios de comunicación y etiquetarlos como los medios adversarios termina funcionando. Muchos de los dichos de Trump son mentiras, pero se entienden fácilmente y generan tranquilidad: ya sabemos cuál es el problema, ya sabemos quiénes son los causante de dicho problema cuando en realidad los fenómenos son causados por un sinfín de factores donde cada uno tiene distintos pesos y donde los problemas que el candidato les dibuja a veces no lo son pero empatan porque hacen sentido con la disconformidad de la gente.
El problema es que todo apunta a que el mundo, en el futuro próximo, será todavía más incierto. Las dinámicas de las redes sociales (acompañada de la polarización generadas por los algoritmos que promueven el engagement a costa de lo que sea) ya han generado incertidumbre. Los líderes de opinión que nos ayudaban a entender al mundo ya no lo son y su voz tiene cada vez menos validez, a veces menos que la de cualquier persona que propaga teorías de la conspiración.
Y si la vorágine de las redes sociales causa tanta incertidumbre porque aún no hemos logrado aprender a adaptarnos a estas nuevas dinámicas, estas palidecen ante la sacudida que va a traer la inteligencia artificial. ¿Cómo defender y preservar los valores democráticos en un entorno así? La respuesta no es nada fácil, porque ante la incertidumbre, que sacude la parte más baja de la pirámide de Maslow y activa los miedos más instintivos de los individuos, apelar por un «macho man» o un individuo autoritario, se puede volver muy atractivo frente a la democracia que, por su naturaleza, suele ser incierta.
Yo creo que el sistema de pesos y contrapesos de Estados Unidos va a aguantar a Donald Trump. Más allá de mis diferencias ideológicas con el individuo naranja, no me parece lo que Jesús Silva-Herzog llamaba un «autoritario competitivo», pero sí es un claro aviso de que los propios cambios tecnológicos, sociales y culturales están creando una severa sacudida en la forma en que entendemos la organización humana y política. Trump es solo un síntoma de algo mucho más grande que no hemos terminado de comprender.
¿Qué va a pasar con los valores democráticos? Lo único de lo que podemos estar ciertos es que estamos en una suerte de transición. El problema es que no sabemos cuál será el destino final, y tal vez no soy positivo al respecto. En tiempos en que la sociedad se polariza más y en el que es necesario tener la capacidad de tener consensos para tomar decisiones en torno a los avances de la inteligencia artificial (que son necesarios para que esta trabaje en beneficio de la humanidad y porque una vez que adquiera cierta inteligencia, ya no habrá marcha atrás), la pérdida de la democracia y el sometimiento a una suerte de autoritarismo que tal vez hoy no podemos entender puede ser un escenario posible.
En México conocemos a España como la Madre Patria. De esa región (aunque no existía España como Estado-nación en esos tiempos) llegó Hernán Cortés a conquistar y, de alguna forma, colonizar nuestro país.
La Nueva España existió hasta que se consumó su independencia en 1821 y a partir de ahí un nuevo país independiente comenzó a trazar su historia. Hoy, España es un país relativamente desarrollado dentro de la Unión Europea con una buena calidad de vida y una sociedad igualitaria mientras que México es un país en «vías de desarrollo» donde los grandes rascacielos de corporativos (de los cuales, en general, México tiene más y más altos) y los centros comerciales conviven con la pobreza más extremas, la violencia y los caminos sin terminar.
Pero para entender a un país hay que conocer al otro, hay que ponerlo en contraste, y qué mejor que hacerlo con su Madre Patria, de donde heredó gran parte de su cultura. Por eso es que he decidido escribir este artículo estando en España, después de 5 días de pasearme en Madrid y Barcelona, recorrer sus calles y platicar con amigos que están residiendo en este país.
Aclaro que, para este caso, el contraste aplica más para las principales ciudades de ambos países que son con las que he tenido contacto y que es mi experiencia después de pasar varios días en este país, y que como no resido ahí seguramente habrá muchísimos detalles y características de la sociedad española de los que no he reparado.
Estar aquí ha sido para mí me ha generado alguna suerte de conflicto porque la realidad española (que no es perfecta ni mucho menos) me parece que acentúa problemáticas y carencias de nuestro país a las que, por la cotidianidad, ya estaba acostumbrado y tal vez hasta normalizado. Muchas de ellas se pueden explicar, al menos parcialmente, por el rezago económico, pero otras son de carácter cultural y son productos de muchos procesos históricos propios de la colonia y el sistema de castas que se creó en nuestra región.
No cabe duda, para empezar, lo evidentes que son los lazos culturales que México tiene con España, sobre todo si de Madrid hablamos, ciudad que tuvo un mayor influjo en el terreno estructural (político, religioso), aunque ciertamente Barcelona sí llegó a tener cierta influencia sobre México pero ya más bien después de la Independencia y gracias a los intercambios culturales, arquitectónicos y artísticos. Basta por pasear por estas dos ciudades para comprender de donde viene gran parte de la arquitectura levantada en nuestros centros históricos.
Pero aún así, si bien existen muchas similitudes entre ambos países, existen muchas diferencias. Es evidente que la arquitectura colonial mama de la española y pasearte por el centro de Madrid, por el Barrio de las Letras o por el Paseo Gótico de Barcelona hace que te acuerdes más de una vez de México, de sus centros históricos o ciudades como Guanajuato y Zacatecas. Las diferencias, sin embargo, se comienzan a ver ahí mismo porque en España los edificios están mejor cuidados y mantenidos. Los centros históricos en México fueron progresivamente deshabitados mientras que en España vivir ahí puede llegar a ser prohibitivo por la alta demanda. En México al centro histórico se le relaciona con los sectores populares o el comercio informal. En España es irrelevante porque su sociedad casi no está estratificada y las clases sociales son poco notorias.
Y hablando de clases sociales ahí se nos presenta algo que a veces queda inadvertido en la cotidianidad pero que se vuelve grosero y grotesco al hacer el contraste. México es un país muy clasista. Por lo general, la identidad del mexicano está ligado a su clase social. Importa mucho donde vive, qué estudió, en qué trabaja, cuánto gana y qué carro tiene. Esos elementos son una señal muy presente en las relaciones interpersonales y dichos elementos ayudan a clasificar a los individuos en distintos sectores. En España eso es mucho menos notable. Acá es más difícil saber a qué clase social pertenece cada persona y la gente está menos al tanto de eso. A veces para ellos pueden llegar a ser algo insultantes esas distinciones. Los barrios acá son más parecidos, tienden a contrastar menos unos de los otros.
Para el mexicano el dinero como símbolo de status es muy importante, sobre todo en las clases medias y altas. Para el español no lo es tanto. No es que el dinero no le importe, claro que le importa, pero lo ve como más como un medio para el buen vivir que como una señal de status. Pasa algo igual con el vestido, no es que la vestimenta como señal de status social no exista en España, pero ocurre de forma más discreta y menos relevante. En México el vestir, el usar tal o cual marca busca simbolizar el status social de un individuo mientras que en España uno a veces puede vestir bien más por gusto que por ostentación. En nuestro país las mujeres utilizan más maquillaje que en la Madre Patria, donde o no lo usan o lo usan de forma discreta. Naturalmente, todos estos patrones de comportamiento son producto de una sociedad estratificada producto de un entramado de procesos históricos distintos a los de España.
La sociedad en España es más igualitaria no solo por el sistema económico, que sigue siendo un sistema capitalista (claro, con un sistema de seguridad social más robusto) sino por diversos patrones culturales que la configuran como tal. Vivir bien en España puede ser más importante que tener la urgencia de subir o mantener la posición social (lo cual genera presión en la psique del mexicano). Esa presión no necesariamente se traduce en una sociedad económicamente más productiva y es posible que ésta inhiba a los individuos de tomar decisiones acertadas a largo plazo. No es gratuito que los gurús del emprendimiento y diversos coaches tengan mucho más jale en nuestro país. No se trata necesariamente de ascender o ganar más, sino de la urgencia de hacerlo: aparentar, endeudarse para comprar el nuevo carro para apantallar a las personas del sexo opuesto o hasta corromperse para ese fin. México ciertamente mama de la cultura competitiva de Estados Unidos, pero nuestro vecino del norte, a pesar de tener una sociedad más desigual que la de sus pares desarrollados, es una sociedad mucho menos estratificada que la nuestra.
España presume de un gran sistema de transporte público. En sus principales ciudades, el peatón es importante. Las ciudades están muy bien conectadas, tanto por dentro como por fuera. Barcelona, que tiene poco más de la mitad de tamaño que Guadalajara, tiene 12 líneas de metro mientras que Guadalajara tiene 3 y apenas está construyendo su cuarta. La ciudad de Madrid (como ciudad) tiene poco más de 3 millones de habitantes mientras que la CDMX tiene 9 millones. Madrid tiene una línea más de metro que la CDMX. Regresando al tema del clasismo, es notable la diferencia de clase social entre quienes usan automóvil y el transporte público. En España, esto es mucho menos notorio si es que se llega a notar.
Ciudades como Madrid y Barcelona son perfectamente caminables de cabo a rabo, lo cual no ocurre en CDMX o Guadalajara y mucho menos Monterrey donde las zonas «caminables» se concentran en zonas específicas de la ciudad, ciertas colonias o barrios, sobre todo aquellos que tienen vida. Las banquetas en España son amigables y no son muy estrechas. Suelen estar bien cuidadas y siempre están adaptadas para personas con discapacidad. Los automovilistas tienden a respetar el paso al peatón y nunca «avientan el automóvil». Los peatones, de la misma forma, nunca se «atraviesan a la brava», a veces pueden cruzar la calle en semáforo rojo pero solo lo hacen cuando se han cerciorado de que no viene ningún automóvil cerca (porque para eso todos los cruces tienen semáforos peatonales)
La diferencia del respeto hacia la mujer también es drástico. No es que la situación no sea perfecta y no existan problemas que se puedan catalogar como violencia de género, pero me llamó la atención que a las 6 de la mañana mujeres de buen ver pudieran caminar en las calles sin preocupación alguna. En los 6 días que estuve en la ciudad nunca escuché ningún piropo indeseado o una mirada lasciva, lo cual es muy común en México (e incluso pueden llegar a verse en ciudades de Estados Unidos).
Y hablando de género, los roles entre el hombre y la mujer son más tenues que en México, e incluso se ve en el trato que se dan en la calle. En España es común ver a hombres paseando a su bebé en la carriola y, de la misma forma, más de una vez me tocó ver a un hombre cambiar el pañal del bebé en el baño porque sí, el baño de hombres suele también estar habilitado para esas tareas.
De la misma forma, es de notar que España es una sociedad muy liberal. Se nota que la gente con distintas orientaciones o preferencias sexuales se mezclan con la gente sin ningún problema o sin ser juzgados, a diferencia de México donde, si bien se han integrado más con el tiempo, todavía llaman la atención en algunas personas. Así mismo, no es poco común escuchar a los españoles hablando de temas que no serían tan bien vistos en México, como una pareja hablando en la calle de su relación sexual (cosa que escuché más de una vez) e incluso es normal que en la publicidad exterior pueda aparecer un busto de mujer al descubierto (lo cual generaría indignación en el país). La relación de la gente española con el sexo es muy peculiar.
Otra cuestión, a la cual no se le puede juzgar como más buena o más mala, pero que yo prefiero en el caso de España, es que acá la gente es más directa y franca. La gente dice lo que piensa y no se la piensa tanto si aquello que va a decir va a «herir susceptibilidades» y ya sabes qué esperarte de las personas con las que estás conviviendo.
A muchos mexicanos que vienen no les agrada del todo el servicio al cliente en los restaurantes porque a veces puede ser más frío o seco por el hecho de que, al no haber una cultura de propinas, no tienen incentivos para ser «muy» amables con el comenzal. A mi parecer, esto no me parece un problema, y de hecho no pocos meseros fueron amables conmigo, y eso se agradece porque dicha amabilidad la percibí más franca, meseros que platicaban contigo sin ningún interés detrás. Cabe decir que no me gusta la cultura de las propinas (sobre todo en México) porque pienso que, de alguna forma, degrada el trabajo de los propios meseros y eso da excusas para que sus empleados les paguen mal y poco. Yo preferiría que la comida fuera un poco más cara y que esa diferencia de precio sea compensada por la ausencia de propinas.
Todo esto no implica que los españoles no tengan problemas, algunos propios y otros que comparten con nosotros. No todo es miel sobre hojuelas. Acá también existe polarización política, problemas con la migración (migrantes que llegan al país y se encuentran con un escenario muy complicado para sobrevivir), índices de desempleo mayores a los de México, problemas con la vivienda, envejecimiento (que genera presión en el sistema de seguridad social) y un sinfín de problemas como casi cualquier sociedad.
Tampoco esto debería invitar a hacer juicios de valor a nosotros los mexicanos que, a pesar de tener muchos problemas (subrayo la violencia y el clasismo), también es una cultura que tiene varias virtudes y de la cual me siento orgulloso de pertenecer. Hay que recordar que más que la «voluntad» de los individuos, estas diferencias son producto de diversos procesos históricos y dichas diferencias (sobre todo en el aspecto negativo) no van a cambiar de la noche a la mañana pero creo que estos ejercicios sí pueden ayudar a concientizarlos para, a partir de ahí, irlos mejorando para seguir madurando y progresando como sociedad.
Los contrastes sirven, te confrontan, te hacen ver que aquello que dabas por sentado en realidad no lo era tanto, que la cultura tiene una gran importancia dentro de una sociedad, que la moldea y la da forma, que los siglos de historia pesan en la conformación de dicha cultura, que nuestra realidad no es universal, sino que hay muchas, pero a pesar de ello siempre se pueden encontrar algunos patrones que parecen ser constantes en las distintas culturas.
Porque, al final, todos somos seres humanos buscando satisfacer nuestras necesidades. Lo que cambian son los arreglos (culturas) para llegar a ese fin.
Salen de la cancha Montesquieu y Alexis de Tocqueville, y entran Carl Schmitt y Vladimir Lenin
Vivimos tiempos de gran incertidumbre política, donde la idea de la democracia liberal enfrenta una fricción considerable. Líderes populistas y autoritarios, tanto de izquierda como de derecha, están ganando fuerza y consolidando su poder.
En política, la generación espontánea no existe; todo tiene una causa y una explicación. Si la democracia está siendo erosionada, no es por razones banales y falaces como «el pueblo es ignorante» o «el pueblo no sabe decidir». Las decisiones que las personas toman en las urnas suelen ser más razonadas e incluso sofisticadas de lo que solemos asumir. A veces, el verdadero problema radica en nuestra incapacidad para comprender el contexto y las circunstancias de quienes votan.
El orden político se sostiene en tanto las partes que lo componen permanecen en relativo equilibrio. El conflicto es inherente a la sociedad debido a la pluralidad de intereses y realidades que chocan en la arena política. La democracia permite a los ciudadanos expresarse, organizarse y elegir a sus representantes, reconociendo el conflicto y canalizándolo de manera que todas las partes puedan aspirar a tener influencia política.
La democracia es, por naturaleza, imperfecta. El filósofo Jacques Derrida afirmaba que la democracia es siempre algo «por venir», algo que nunca se alcanza por completo. No es un concepto cerrado ni definitivo, como creía Francis Fukuyama, ni puede reducirse a una mera serie de leyes y normas (la llamada «democracia procedimental»). Derrida la entendía como un sistema en constante deconstrucción. En este sentido, algunas democracias son más imperfectas que otras, y las más vulnerables a colapsar son aquellas que se alejan más de lo que idealizamos como democracia.
Uno de los errores de nuestros tiempos fue creer que la democracia liberal era un destino inevitable al que todas las naciones llegarían eventualmente. Otro error fue asumir que las dinámicas de mercado crearían una ola democratizadora en todo el mundo. Sin embargo, como bien señala Anne Applebaum, Rusia y China demostraron lo contrario, utilizando esas mismas dinámicas para consolidar sus regímenes autoritarios.
La democracia es, en realidad, un delicado juego de equilibrios que tiende a la entropía. Necesita ser recalibrada y retroalimentada constantemente para evitar su colapso. No es un sistema que pueda darse por sentado en ninguna parte del mundo. Este equilibrio se tambalea cuando el sistema es incapaz de resolver problemas que afectan a los individuos como la economía, la corrupción o la inseguridad como señala Adam Przeworski, o cuando un sector de la población deja de sentirse representado. Como afirman Pippa Norris y Ronald Inglehart, este malestar crea el caldo de cultivo para el ascenso de figuras populistas y autoritarias, que se presentan como la «voluntad del pueblo». Tal como advierte Nadia Urbinati, estos líderes empiezan a parasitar la democracia desde dentro, debilitándola progresivamente y, en el peor de los casos, anulándola para establecer un sistema autoritario, como ha ocurrido en países como Venezuela.
Las democracias enfrentan múltiples factores que pueden comprometerlas: crisis económicas, erosión de la confianza política, cambios tecnológicos (como el impacto de las redes sociales), dinámicas sociales en transformación, cambios generacionales (los jóvenes que no vivieron las crisis que precedieron a la democracia tienden a valorarla menos), y la debilidad institucional, especialmente en países con rezagos económicos. Estos factores, que son y serán una constante, exigen que la democracia se recalibre y adapte a un mundo en constante cambio.
El mayor desafío para la democracia es que, una vez perdida, es difícil recuperarla. Cuando un régimen cae en la autocracia, se pierden los mecanismos y, en muchos casos, los derechos individuales necesarios para su restauración.
Applebaum también señala que las autocracias no actúan como entidades aisladas, sino que forman un sistema interconectado. Este sistema une a varias autocracias que colaboran en ámbitos como lo militar, la propaganda, la desinformación y el intercambio de conocimiento. Además, incluye actores corruptos y complacientes que pueden encontrarse incluso en democracias, como empresarios o élites que se benefician de su relación con regímenes autoritarios. Esto complica aún más la posibilidad de que los países atrapados en una autocracia puedan salir de ella.
El problema, a mi parecer, radica en que aún no se ha logrado comprender plenamente la complejidad de este fenómeno, ya que intervienen múltiples variables. No hay explicaciones sencillas, sino una serie de fenómenos distintos que interactúan entre sí, como los mencionados anteriormente, entre otros.
Además, en muchas ocasiones, quienes buscan preservar el statu quo democrático no logran captar el malestar social (y a veces ni siquiera lo perciben), como lo ha demostrado la oposición partidista y, quizá, hasta ciudadana en México al desatender a un gran sector de la población, o el Partido Demócrata en Estados Unidos al ignorar a la clase trabajadora que solían representar. Esto provoca que estos actores sean fácilmente encuadrados como parte de una élite desconectada de la sociedad, poniendo en entredicho la legitimidad del sistema democrático. Los contrapesos y los sistemas de transparencia, fundamentales para su funcionamiento, son presentados por los líderes populistas como obstáculos «controlados por las élites», erigiéndose ellos mismos como la «voluntad del pueblo» para concentrar el máximo poder posible.
¿Qué hacer al respecto? Es difícil tener una respuesta clara. Mucho de lo que se ha hecho en defensa de los valores e instituciones democráticas ha sido de carácter defensivo y reactivo. Sin embargo, quizás ha faltado la autocrítica necesaria para que, desde el interior de la democracia, se puedan resolver estas problemáticas y adaptarla a las nuevas realidades, que por su propia naturaleza son cambiantes y fluidas.