Autor: Cerebro

  • Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    Por quién doblaron los vagones. La tragedia del Metro en la CDMX

    La tragedia del #MetroCDMX sí debe politizarse, en especial cuando los responsables son los mismos políticos. Los ciudadanos tenemos derecho a saber quienes son los responsables y a exigir justicia.

    Viajan en los vagones del metro cansados después de una dura jornada de trabajo. Apenas es lunes y parece ser un día ordinario. Algunos de ellos exponiéndose a algunos riesgos de más por el Covid debido a las aglomeraciones que se dan en las estaciones del Metro. Todo parecía tan cotidiano. Desde allá arriba, desde el paso elevado construido por ICA y Grupo Carso, se ven las luces de la gran ciudad. De pronto, en un instante, todo se cae. Todo pasa tan rápido que a algunos apenas les dio tiempo de sentir subir la adrenalina antes de fallecer. Otros, lesionados o ilesos, tuvieron suerte como para poder contar esa terrible experiencia que marcará sus vidas. A nadie se le ocurre que el tramo elevado en el que uno se desplaza vaya a colapsar. De entre millones que usan el metro a diario, solo a ellos, a esas decenas, les tocó la trágica suerte: una tragedia que nunca debió ocurrir.

    Tragedias ocurren en la vida, pero las que indignan y encabronan son aquellas que son producto de fallas éticas humanas: de aquellos que sabían del desperfecto que tenía ese tramo, de aquellos que «le metieron materiales más baratos» para quedarse con el sobrante, de aquellos que no fueron profesionales en su trabajo, de los que simplemente fueron omisos. Por eso encabrona, porque la tragedia se habría podido evitar.

    Las autoridades lo sabían, los vecinos lo advirtieron, las mismas estructuras «gritaron» desde hace años que estaban en riesgo de colapsar.

    Hoy las huestes obradoristas insisten en que no politicemos lo ocurrido, que no nos «aprovechemos» para criticar al régimen. Pero está muy bien que se politice: lo ocurrido es un asunto de interés público y, por tanto, político. Poco ético sería que los opositores pronunciaran calumnias o difamaran. No lo hacen, en principio porque ni siquiera tienen necesidad: es evidente que hay responsables y quiénes son ellos. Criticar el derecho a politizar una tragedia es faltar el respeto a las personas que murieron, ellas merecen justicia y merecen que los responsables paguen de forma categórica (cosa que anticipamos no va a suceder). Las huestes nos reclaman cuando ellas mismas, cuando opositoras, fueron campeonas no solo de la politización (en algunas ocasiones tenían razón en sus críticas), sino de la difamación virulenta. Es más, estando en el poder siguen difamando a aquellas personas que osan disentir con el régimen. Ello es tan solo una expresión de intolerancia y autoritarismo.

    Una de las ventajas de la democracia y los partidos es ello: la politización de lo público. Los partidos pueden acusarse de todo por interés propio, pero esa dinámica (en tanto no implique mentira o difamación) da a la ciudadanía más información sobre sus representantes. Antes no conocíamos cuán corruptos eran muchos de ellos, hoy lo sabemos más y tenemos más información para tomar decisiones al respecto. Así supimos que Peña Nieto es un corrupto, y así sabemos que Marcelo Ebrard, Mario Delgado y todos los involucrados en la construcción y mantenimiento de la línea 12 son responsables (funcionarios, empresas privadas como Grupo Carso) y deben pagar por ello.

    Después de la tragedia, uno habría esperado que la mañanera se tratara sobre ella, sobre las labores de rescate. En vez de eso, López Obrador se encargó de linchar a la prensa además de presentar estampas. No hubo solidaridad con las muertes más que algunas condolencias verbales y decretar luto nacional (vaya, nada que le requiera un gran esfuerzo de su parte), porque pareciera que importan más las víctimas que convienen a la narrativa del régimen: los indígenas ultimados por los españoles, las víctimas de Porfirio Díaz, pero no importan tanto las de ayer, con todo y que seguramente varios de ellos votaron por López Obrador. Es cierto, López Obrador no es directamente responsable de la tragedia como sí lo son sus colegas Marcelo Ebrard, Mario Delgado, Miguel Mancera así como las empresas privadas involucradas en la construcción de la línea 12 (varias de ellas, de los empresarios favoritos del régimen), pero al evadir responsabilidad y tratar de diluir el golpe político que implica lo ocurrido, entonces se vuelve cómplice. Él no fue, pero tapa a los responsables.

    ¿Dónde está esa izquierda que decía velar por los de abajo? Son los de abajo los que más han pagado por las irresponsabilidades de este gobierno con respecto de la pandemia, son los de abajo los que fallecieron en los vagones del Metro. En los hechos, ellos siguen siendo ignorados o, en todo caso, utilizados políticamente, incluso más que en los «gobiernos neoliberales». Los muertos merecieron poca empatía por parte del gobierno que insiste en el pueblo bueno, fueron plato de segunda mesa en la mañanera porque el banquete principal era el linchamiento a la prensa. Hasta los mandatarios extranjeros se mostraron más solidarios. De López Obrador no merecieron un tuit.

    El régimen actual se precia de ser como un ave que vuela sobre un pantano y no se mancha, pero los responsables de la tragedia (con excepción de Miguel Mancera) hoy forman parte de esa denominación oligofrénica llamada Cuarta Transformación y son sus pilares principales. No hay razones para tener esperanza en el régimen, ayer a decenas les quitaron la vida y no recibieron siquiera la compasión del Presidente. Un Presidente que se precia de representar al pueblo se hubiera involucrado de lleno, hubiera ido al lugar, hubiera instruido órdenes, hubiera hablado con las familias, pero López Obrador no lo hizo, para él lo ocurrido quedó en el anecdotario porque le importa más el impacto político de un evento que las vidas humanas.

    Los muertos y sus familias merecen justicia.

  • La democracia no está de moda

    La democracia no está de moda

    Quienes ya tenemos treinta y tantos años cuando menos, nos acordamos de ese México autoritario (y eso que a finales de los años 80 e inicios de los 90 ya existían indicios de apertura democrática). Sabíamos que el PRI era «el partido», el que siempre «ganaba» y que las elecciones eran, pues un fraude o una simulación. De chicos conocimos a los medios alineados al gobierno, conocimos la escasez de voces disidentes e incluso había algo de atractivo en ver a aquellas personas que se atrevían a cuestionar al gobierno: era como una suerte de rebeldía.

    La democracia entró a México justo cuando la idea de la democracia liberal en el mundo tuvo su mayor auge (en los años 90) y se le veía como un camino al que todos debían llegar. Hasta a Francis Fukuyama se le ocurrió decir que la democracia liberal era el fin de la historia.

    En nuestro país la democracia nunca se terminó de asentar por completo, durante gran parte de la primera década del año 2000 hablamos de la transición democrática. En efecto, muchos de sus engranajes elementales ahí estaban: división de poderes, libertad de expresión y manifestación, libertad de prensa. Lo que tal vez nunca se terminó de asentar del todo fue la cultura democrática y por ello algunos vicios del régimen autoritario perduraron.

    Los gobiernos que fueron parte de esa transición (de 1994 a 2018) no fueron precisamente gobiernos excepcionales: fueron muy imperfectos, a veces mediocres y, en algunos casos, hubo corrupción rampante (sobre todo en el gobierno de Peña). Aún así, durante esta época se sentaron unas bases que hacían al estado de cosas algo diferente de lo que había en el pasado, un estado de cosas que nos dotaron a los ciudadanos de más derechos: derecho a expresarnos, derecho a elegir a nuestros gobernantes y demás.

    Pero ese tiempo de algarabía ya terminó, desapareció justo cuando presenciamos retrocesos democráticos en varios países del mundo. La democracia ya no está de moda: su defensa pareciera ser casi un capricho de académicos y opinadores que la defienden en Twitter. Los lopezobradoristas simplemente creen que el concepto de democracia se agota en el régimen actual y, siendo más precisos, en la figura de López Obrador. Otros sectores, como FRENA, tampoco es que crean mucho en ella ni en los contrapesos (de los cuales Gilberto Lozano se ha mofado en varias ocasiones), sino que simplemente están preocupados por esta idea de que «AMLO nos va a llevar al comunismo».

    Es posible que parte de este fenómeno tenga que ver con el hecho de que ya damos por sentado algunos de sus beneficios y pensamos que nunca se van a ir, podría uno suponer que alguna gente va a valorar la democracia cuando ya no esté ahí, cuando ya no se pueda expresar tan libremente, pero lo que es innegable es que parte del desencanto viene por la profunda decepción que ha generado la clase política y que crea la percepción de una democracia estéril.

    Y es comprensible: los partidos se han vaciado de cualquier contenido ideológico y se han llenado de un pragmatismo grosero con el mero afán de ganar votos y que hace que los ciudadanos ya no se sientan identificados con ellos. El sistema partidista existe, pero es disfuncional. En teoría, tener muchos partidos debería aumentar la representatividad (como ocurre con varios sistemas de representación proporcional o mixtos como el nuestro): tendría que haber varias opciones de distintas ideologías de tal forma que todos encuentren su partido que los representen, pero la mayoría de los partidos son entidades-negocio que fungen como satélites de los partidos grandes.

    Los políticos ya hasta evitan reconocerse como tales: se definen a sí mismos como ciudadanos, ignorando el inevitable hecho de que el individuo que entra a «hacer política» de manera formal es un político, y que un político es igualmente ciudadano que quien no es político. Muchos partidos, ante el fortísimo escepticismo de la gente hacia sus promesas y propuestas, buscan hacer cualquier cosa para llamar la atención de sus electores.

    El problema es que, con todo y estos inconvenientes, la democracia nos permite castigar a los malos gobernantes (aunque tengamos que conformarnos con votar por el menos peor) y da mayores posibilidades a los ciudadanos de entrar a la política. La democracia, imperfecta como es en México, nos dota de pesos y contrapesos que, de menos, diluye los abusos de poder de los gobernantes. Difícilmente (y así lo demuestra la historia de nuestro país) un régimen autoritario podrá traernos mayores beneficios (los «éxitos» de países como China o Singapur se explican en gran medida por una cultura que difícilmente podremos emular). Hoy, de menos los gobernantes pueden ser evidenciados y castigados en las elecciones. En un régimen autoritario que concentre todo el poder, los gobernantes podrán hacer lo que les plazca y abusar a sus anchas porque no existe contrapeso alguno. Ahí, la gente no puede sacarlos con su voto. Ahí, la prensa estará más restringida o limitada para evidenciar todo el cochinero. Ahí, la gente será menos libre.

    Y tal vez la gente solo valorará la democracia cuando ya no la tenga.

  • Ser idealista, ser pragmático

    Ser idealista, ser pragmático

    Ser idealista, ser pragmático

    El idealista busca adaptar al mundo a esquemas ideológicos de carácter normativo pensando en que si dicho esquema logra alcanzarse vamos a alcanzar una suerte de estado superior u óptimo de las cosas: ese fin de la historia en el que ingenuamente soñó Hegel y al que Fukuyama pensó, habíamos llegado. De alguna forma, piensa, ese mundo ideal tiene que embonar.

    El pragmático es, en muchos sentidos, un escéptico de los mundos mejores. Suele abandonar las convicciones normativas para hacer que las cosas se hagan (de acuerdo con el paradigma establecido existente). Apuesta, dice, a la técnica y al conocimiento: claro está, dentro de sus esquemas.

    Pero ambas posturas, sobre todo llevadas al extremo, terminan echándolo todo a perder. El idealista puro suele ser necio y cree que su mundo idílico debe hacerse realidad a como dé lugar. Cree que el mundo no tiene límites y que las leyes que lo rigen no establecen ninguna suerte de condiciones. Así, el idealista suele pasar por alto los procedimientos, los métodos y la técnica porque todo ello le establece un límite y le estorba.

    El pragmático puro, por su parte, busca que las cosas se hagan dentro de un paradigma establecido (el cual también tiene bases ideológicas, pero, al conformar el status quo prevaleciente, asume que ese paradigma es más bien «el mundo como es»: por ello, de forma peyorativa, denomina como ideológico cualquier cosa que salga de su caja). El problema para el pragmático es que se ve imposibilitado de salir de los esquemas mentales bajo lo que opera.

    Y si no se pueden construir mundos idílicos, también es cierto que el mundo da más margen de maniobra que la conformidad con los paradigmas prevalecientes. Los terribles experimentos como los comunismos del siglo pasado exhiben a los primeros, pero el mismo progreso del mundo (mucho del cual se explica por medio de irrupciones y ruptura de paradigmas) pareciera exhibir al segundo.

    Tal vez lo sensato sea adoptar un punto dentro de la gradualidad. Tal vez se valga soñar con un mundo mejor, al tiempo que seamos escépticos y rigurosos sobre los pasos que demos así como que podamos ser conscientes de los límites que se nos revelan para poder guiarnos de mejor forma cuando queremos caminar en lo desconocido.

    El mundo nos impone límites, pero es cierto que los límites no nos terminan de ser claros y ello nos deja margen de maniobra para crear mundos que, si bien seguirán siendo imperfectos, podrán ser algo mejores que lo que tenemos hoy.

  • Campaña sobre campaña

    Campaña sobre campaña

    Campaña sobre campaña

    Las campañas han comenzado ya. Cientos de candidatos políticos están haciendo todo para llamar nuestra atención y pedirnos nuestro voto para llegar al poder.

    Las campañas comenzaron en un clima un tanto extraño. No parece existir mucho entusiasmo entre la población sobre el tema. Es cierto que en las elecciones intermedias la gente suele participar menos, pero esta vez no parece haber nada relevante que despierte el interés (ya ni siquiera desde una perspectiva crítica). En 2009 el tema fue el voto nulo para expresar el descontento hacia la clase política: apenas en 2000 se había terminado de dar la transición democrática y apenas 9 años después ya estábamos decepcionados. En 2015 fueron las candidaturas independientes como una forma de protesta hacia el sistema: Kumamoto por aquí, el Bronco por allá.

    Pero en 2018 no hay nada, no existe esa pequeña chispa de esperanza, ni siquiera por lo que tiene que ver con la intentona de frenar o contener a López Obrador. La oposición no entusiasma en lo absoluto, no parece que nadie se sienta representado o arropado por esa cosa llamada «Va por México» que básicamente consiste en la misma clase política contra la que la gente se manifestó en 2009 con el voto nulo y en 2015 con la esperanza puesta en las candidaturas independientes.

    Me parece que existe entre la gente una sensación de que las alternativas se acabaron, que todo lo que podía dar la democracia ya lo dio y no hay más. Ciertamente, un sector lo suficientemente grande de la sociedad mexicana sigue manteniendo esperanzas en López Obrador (y posiblemente porque fuera de ello no hay más, porque si no es él no es nadie), pero algunos otros que le dieron el beneficio de la duda se decepcionaron. Y no es que los más férreos antilopezobradoristas sientan esperanzas de que pueden contrarrestar a López Obrador, más bien es un sentimiento de miedo: y tiene sentido que sea así, porque «Va por México» no se ha presentado como una alternativa que inspire (y tal vez no lo pueda hacer por lo dicho anteriormente), solo puede aspirar a ser la refractaria del voto antilopezobradorista: es más como «tenemos que votar por esta cosa rara para que López Obrador no siga destruyendo las instituciones».

    El problema es que, a pesar de este agudo desencanto con la clase política, los «políticos de siempre» (incluidos los de MORENA) siguen haciendo lo mismo. En la literatura de ciencia política existe una distinción entre las campañas informativas y las campañas persuasivas: las primeras anuncian las políticas propuestas por un candidato o partido mientras que las segundas buscan persuadir a los votantes más allá de la campaña política con valores, características personales de los candidatos o componentes emocionales. En nuestro caso, las campañas informativas casi brillan por su ausencia básicamente porque la gente siente que los candidatos ofrecen lo mismo y ya nadie les cree. Además, las plataformas en México (a diferencia de Estados Unidos) casi no son ideológicas sino meramente pragmáticas: por eso uno puede ver a MORENA tomando posturas conservadoras al tiempo que el PAN (la supuesta derecha) se sube a la agenda de género y busca parecerse más a los demócratas de Estados Unidos. Existen cada vez menos factores diferenciadores entre los partidos políticos, al punto en que la gente se pregunta incluso cuál es la necesidad de su existencia.

    Las campañas persuasivas, por su parte, son de un nivel bastante bajo y parecen tomar como punto de partida hacer lo que sea para llamar la atención de la gente: si no hacen caso y son apáticos, entonces hay que hacer más ruido. Eso ocurre especialmente con los partidos políticos «chicos» que necesitan votos para mantener el registro (y, por tanto, el negocio): por ello es que candidatean a artistas y celebridades, por eso es que son capaces de hacer lo que sea, aunque tengan que humillarse, para llamar tu atención y que sepas que existen.

    Las «estrategias de campaña exitosas» se explican mucho por la coyuntura, y si la gente termina decepcionada de esos políticos que les generaron esperanza en campaña, entonces esa misma estrategia de campaña otrora exitosa dejará de funcionar. En este contexto, es muy complicado para los estrategas políticos diseñar una campaña que funcione, porque por más llamativa sea, la gente termina guardando un profundo escepticismo. Por eso es que los partidos pequeños apuestan a las celebridades, porque una campaña informativa será completamente irrelevante para un partido al que nadie le importa porque es visto como un mero negocio o mera entidad satelital al servicio de alguien más y no como un movimiento que busque representar a un sector de la población. Seguramente la mayoría de la gente aborrecerá ese tipo de candidaturas, pero basta con los suficientes incautos o curiosos para mantener el registro: basta que de diez personas que aborrezcan ver a Paquita la del Barrio en la boleta, otras dos voten por ella incluso por morbo, con eso les basta.

    Y claro que es triste: es triste que después de años de lucha por trascender la hegemonía priísta en favor de un régimen democrático nos hayamos decepcionado y rendido tan pronto. Más que haber construido una pluralidad partidista efectiva, observamos entidades estériles de representatividad y vaciadas ideológicamente que solo tratan de ganar votos como sea. Y esta campaña electoral, más que cualquier otra, lo ha puesto en evidencia. La falta de cultura política, la grosera asimetría de información (producto, en parte, de cuestiones estructurales) así como un terrible abuso y mal uso de la mercadotecnia política perdiendo de vista lo esencial que es la representatividad nos tienen aquí.

  • 8 razones por qué a AMLO el contexto actual le viene como anillo al dedo

    8 razones por qué a AMLO el contexto actual le viene como anillo al dedo

    8 razones por qué a AMLO el contexto actual le viene como anillo al dedo
    Imagen: Warner Bros

    1) Después de una recesión, en parte provocada por la pandemia, en parte autoinflingida, la economía se medio recupera y se crean algunos empleos (no por mérito del gobierno sino porque después de la crisis siempre viene una recuperación). No es cuestión de números sino de cómo la gente lo percibe en su cotidianidad. Algunas personas que habían perdido su empleo ya encontraron uno, las ventas comienzan poco a poco a subir.

    2) Mucha gente ahora sí se siente representada y comprendida después de ver pasar a tanto tecnócrata queriendo entender al país desde un penthouse en Santa Fe. Además, ellos reciben su apoyo de Sembrando Vida o su pensión. Para ellos 1,000 pesitos al mes hace una gran diferencia en su vida y los saca de muchos apuros económicos.

    3) Sí, este gobierno ha manejado la pandemia «con las patas», pero la mayoría de la gente no se va a poner a ver números ni a hacer comparaciones con gráficas como acá le hacemos en las redes sociales. Parece que en los sectores populares (por falta de información, responsabilidad sí, del gobierno) no les parece preocupar tanto e incluso varias personas, sobre todo en los pueblos, no quieren vacunarse. Y de los otros tantos que sí se están vacunando, se sienten agradecidos con los «cuervos de la nación» y el gobierno.

    4) La oposición es un chiste, no han logrado construir un mensaje medianamente inspirador para sacar a los apáticos e indecisos a votar. Los spots son una porquería, no entienden que no entienden Todo se trata de AMLO, AMLO y AMLO, y eso sólo fortalece la imagen de AMLO.

    5) ¿El INE? ¿La democracia? aquí coincidimos en que es muy importante. Pero a la mayoría de la gente no le importa, en gran medida porque no les hemos sabido comunicar su importancia. Peor aún, para muchos la democracia trata de elegir entre puros políticos corruptos. Para las bases de AMLO, democracia es estar representados por un líder que sí los entiende como AMLO y no por gente ajena a ellos.

    6) De acuerdo a los datos demoscópicos, parece que la alianza «Va por México» no ha sido bien recibida. Varios panistas nunca votarían por un priísta y viceversa. Su único mensaje es «odiamos a AMLO» y «es una desgracia». Básicamente, lo único que hacen es repetir todo lo que ya se dice en la sobremesa, solo que con trabajadores del pueblo «blancos».

    7) Porque no hay un líder opositor, uno solo. Es más, hasta la vieja guardia: véase Diego Fernández de Cevallos, es la que ha tratado de rescatar al PAN. No hay cuadros nuevos.

    8) Nuestra percepción de la realidad no es la misma que la percepción de la realidad de los menos privilegiados. Nunca nos molestamos en entenderla, los políticos de oposición peor aún. Muchos dicen estar impresionados por lo «irracionales o lo ignorantes en materia económica» de la gente de a pie, pero no tener la capacidad siquiera de entender las otras realidades es un acto de profunda ignorancia.

    Y si no hay una profunda reflexión, un ejercicio de empatía con esa «otredad», (empatía de verdad, no las jaladas de Ricardo Anaya) no sólo van a mantener la mayoría calificada, sino que en 2024 seguirán en el poder con todos los lujos.

  • La oposición burbuja

    La oposición burbuja

    La oposición burbuja

    Si el día de hoy fueran las elecciones, el oficialismo mantendría no solo la mayoría absoluta sino también la calificada. Los datos que presenta el agregador de encuestas de Oráculus (y que acertó en 2018) no nos dejarán mentir.

    Seguramente la oposición se pregunta por qué esto está ocurriendo si López Obrador ha gobernado tan mal, si el PIB ha caído y si han manejado de forma tan terrible la pandemia. Están anonadados, sus indicadores, esos que solo ellos entienden y no saben comunicar a la gente, les pintan un retrato fatal, pero gran parte de la población está feliz, feliz con este gobierno.

    Estoy segurísimo que en sus cabezas (y en sus conversaciones) argumentarán que el votante es irracional, que están bien tontos, que no saben de economía, que no tienen estudios. Debe haber una explicación.

    Pero me suena más a que es esta actitud, la suya, la que explica por qué López Obrador es muy popular. La verdad es que gran parte de los opositores no parecen conocer otras realidades que las que viven ellos en su cotidianeidad. Pareciera que ven al mexicano «de abajo» como algo exótico, como si sus pocos vasos comunicantes con esos sectores fueran la señora del aseo o el jardinero.

    Basta ver uno de los spots que la alianza «Va por México» lanzó. Muy «whitexican» como me decía un amigo mío:

    Es que observen el fenotipo de las personas que aparecen ahí. Pareciera que estoy viendo una novela de Televisa donde todos los personajes son blancos y los «de abajo» son tan solo un poquito más morenos.

    No es la primera vez que eso ocurre. Hace no mucho a esta alianza se le ocurrió utilizar una imagen de un campesino blanco de país desarrollado. Creyeron que bastaba comprar una imagen de un banco digital para poder representar a «las mayorías», como si con ello se fueran a sentir identificadas, cuando lo único que reflejan es una suerte de combinación de ignorancia y desprecio: en nuestro mundo, ustedes no son como ustedes.

    La campaña de Ricardo Anaya va por el mismo talante. Creyó que era bueno acercarse (o invadir la privacidad) de los que menos tienen. Pero el candidato panista adolece del mismo problema: no los entiende, e incluso los critica como cuando el jefe del hogar quiere aleccionar a la señora del aseo. Los memes al respecto no se hicieron esperar. Su campaña ha sido muy comentada y opinada pero por las razones equivocadas.

    Lo peor del caso es que hasta para las clases medias y altas de las cuales ellos vienen el performance se ve falso y acartonado. Si votan por ellos es solo porque desean votar contra MORENA.

    Si de algo se puede preciar López Obrador es de conocer esas realidades y muy bien. Las utiliza electoralmente e incluso a veces llega a hacer comentarios lamentables sobre los pobres, pero conoce muy bien su idiosincrasia y sabe cómo abordarlos.

    Es más, todas esas simpatías que AMLO perdió en el progresismo urbano y en los sectores académicos e intelectuales (que le habían dado su voto) los ganó con el México bronco. AMLO hasta se dio el lujo de prescindir de los primeros con el desprecio a las problemáticas a las mujeres y los ataques a la ciencia, a los cuales la oposición quiere ahora representar y se siente tan urgida de hacerlo que se le percibe falsa e interesada; y tanto en el amor como en la política, los urgidos no son nada atractivos.

    El problema para la oposición es que el votante mediano, a ese que los modelos formales sugieren apelar, se parece más a aquella mayoría que desconoce y bastante menos a ellos mismos. Ellos son una minoría privilegiada, y el problema es que asumen que México es esa minoría: lo demás, los pobres, los del México bronco, son algo exótico o folclórico. Pero en democracia una persona es un voto.

    Y justo por eso AMLO es popular: porque esos sectores se sienten representados por él, porque lo sienten como uno de los suyos mientras que los otros, los ahora opositores, son una entidad exógena que solo se aparece de vez en cuando en tiempos de elecciones y que viven una realidad muy distinta a la de ellos. Y sorprende que el PRI, el partido que históricamente ha tenido más contacto con los menos favorecidos, y que supieron establecer arreglos clientelares como los que ahora busca establecer el presidente López Obrador, también se encuentre atrapado en esa burbuja.

    La realidad es que si no salen de esa burbuja en la que están atorados (y puede que ya sea tarde), el oficialismo va a mantener su mayoría calificada y terminarán condenados a seguir siendo meros espectadores del ejercicio político.

  • Michel Foucault. Michel F’ck All

    Michel Foucault. Michel F’ck All

    Michel Foucault. Michel F'ck All

    Que Michel Foucault hubiese pagado para tener sexo con niños en Túnez, como asegura Guy Sorman, es algo muy paradójico y hasta revelador.

    Lamentablemente Foucault no está en vida para defenderse, pero es probable que lo que dice Guy Sorman sí haya ocurrido.

    Es paradójico que ese condenable acto fuera cometido (en caso de que haya sucedido) por alguien que hizo del poder y la dominación sus pilares centrales de la obra.

    Porque la pederastía implica una forma de dominación, incluso si esta fuera consensuada por los infantes. Existe una asimetría de información y, sobre todo, de maduración entre el adulto y el infante de la cual el primero aprovecha.

    Es curioso, porque ese acto podría sin problemas catalogarse por los teóricos posmodernos de las humanidades inspirados la obra del propio Foucault como una forma de dominación colonial. Los hechos habrían ocurrido apenas unos años después de que Túnez dejara de ser una colonia francesa. Foucault habría hecho en Túnez lo que no hubiera podido hacer en su país natal.

    Y bien no se equivocan quienes dicen que esta revelación no demerita la obra: que se debe separarse de la vida privada. Y está bien, porque en caso contrario tendríamos que «demeritar» o hasta cancelar gran parte de la filosofía: Aristóteles afirmaba que la mujer era un ser inferior, Heidegger apoyó al régimen nazi, Hume era racista (como casi todos los de su época), Schopenhauer era un misógino y un largo etcétera. Foucault ni siquiera, a diferencia de otros pensadores que dejaron sus prejuicios en hoja impresa como el propio Schopenhauer, promovió la pederastía en su obra (aunque sí llegó a promover que en Francia se redujera la edad mínima en que un adulto podía tener relaciones con menores de 15 años).

    Incluso alguien podría argumentar que este hecho consolida su obra al mostrar cómo el propio autor no es ajeno a las dinámicas de poder que describe, porque el hombre que se esforzó por explicar el ejercicio del poder y el dominio tan enquistado en lo más profundo de las relaciones humanas hizo uso de éste para darse placer sexual.

    La revelación revela la imperfección del ser humano. Foucault es una de las referencias de la teoría crítica y todas las corrientes posmodernas que dicen buscar crear un mundo más justo, sin discriminación ni dominación. Hasta las personas más comprometidas con la «ruptura de las cadenas de la opresión» pueden, como seres humanos falibles, terminar usándolas para someter a alguien más.

    Tal vez quede en evidencia que la dominación nunca va a desaparecer de nuestra especie y que la idea de que todos seamos completamente libres sin que nadie ejerza poder contra nosotros parece ser solo una ilusión.

    Tal vez a lo más que podamos aspirar es a crear formas de dominación más sutiles de tal forma que quien es dominado casi no se percate de ello. Tal vez nuestra condición humana no da para construir mundos idílicos.

  • No solo es el esfuerzo y el talento…

    No solo es el esfuerzo y el talento…

    ¿El éxito es directamente proporcional a la suma de la chinga y el talento, como dice Elías Ayub? O es simple cuestión de suerte y privilegio. La respuesta es muy compleja y tiene muchas aristas.

    ¿El éxito es directamente proporcional a la suma de la chinga y el talento, como dice Elías Ayub?

    Primero, ya nos encontramos con un problema con el mismo concepto de éxito. ¿Qué es éxito? Toda la cultura del coach del éxito y la mentalidad del tiburón se ha esmerado por definir y objetivizar al éxito por nosotros para vender cursos y seminarios.

    Pero tener éxito es simplemente el hecho de buscar algo y obtenerlo, cualquier cosa que sea, ya sea hacer crecer un negocio, comerse 3 hamburguesas en 10 minutos o sembrar una plantita y que crezca. Todo lo demás es subjetivo, el éxito depende de nuestras aspiraciones personales. Si la cultura del coaching quiere definir el éxito como una cosa, entonces va implícito el hecho de que buscan imponernos qué aspiraciones debemos de tener.

    Segundo, habiendo definido al éxito como «el hecho de aspirar a algo (cualquier cosa que sea) y obtenerlo», podemos encontrar que el esfuerzo y «la chinga» son condiciones necesarias para ello pero no suficientes: los factores exógenos, el contexto, el timing y hasta la aleatoriedad juegan un papel importantísimo.

    Elías Ayub dice lo que dice sin pena porque (y posiblemente así lo crea sinceramente) tiene la percepción que llegó a ser lo que es solo con base en la chinga y el esfuerzo. Seguramente se ha esforzado mucho en su vida y le chingó, pero también es cierto que muchos factores exógenos, como su posición socioeconómica o ser yerno de Slim, jugaron a su favor. Si no se hubiera encontrado en ese contexto, su realidad habría sido completamente diferente: tal vez habría sido gerente de sucursal de Telcel en vez de ser el director.

    Luego ocurre que la gente «exitosa» como Elías Ayub habla y escribe sobre cómo con la chinga y el esfuerzo lograron ser lo que son, pero esto crea un sesgo. Quienes tienen «éxito» tienen mayor exposición, escriben libros, son famosos, pero los que le chingaron y no lo lograron no los tienen. Entonces la gente solo escucha a «una parte» de la historia pensando que es «toda» y cree que basta con chingarle, pero no escuchó a la otra que permaneció en la oscuridad.

    La realidad es que vivimos en un mundo tan complejo donde los seres humanos no tenemos el control absoluto de todo. Muchas cosas se nos escapan y están fuera de nuestras manos. Si yo aplico a una beca, el hecho de que quien se encargue de evaluar las aplicaciones haya amanecido de buen o mal humor puede terminar no dándome la beca, por ejemplo. Y evidentemente, en un país como México donde la movilidad social es escasa (si hablamos de «éxito económico»), esos factores exógenos no se le alinean a muchos.

    La meritocracia perfecta en ese sentido es una utopía, porque el orden social en países como el nuestro no está determinado por el mérito, el cual apenas tiene una influencia difusa y parcial. Es más, incluso, aunque tuviéramos una sociedad completamente equitativa en este sentido, la suerte seguiría jugando un papel muy importante. Quienes logren estar en el lugar y el momento indicado (incluso sin saberlo) tendrán ese empujón que tal vez otros no habrían tenido.

    Sí, queda clarísimo que si queremos lograr algo de forma virtuosa, la chinga, el trabajo duro y el talento son necesarios, pero también importa el contexto y muchas circunstancias que no podemos controlar. Y esto es importante comprenderlo porque mucha gente suele autoflagelarse cuando se esfuerza y no logra algo.

    Todo esto muestra tres cosas: 1) que sí, la escasa movilidad social en México es un problema, que no toda la gente que fracasa lo hizo porque no le echó ganas o no tuviera el talento, 2) que sí, que al final, la chinga y el talento no dejan de ser importantes, lo cual me lleva al tercer punto: 3) que entonces la perseverancia se vuelve un factor muy importante. Perseverar es algo así como lo que en probabilidad significa arrojar varias veces el dado para que salga el número deseado: después de varios intentos puede tener el contexto un poco más alineado. Aunque ni siquiera el que persevera puede tener garantizado el éxito, sí que tiene más posibilidades que quienes se rinden después de fracasar.

    Al final quienes dicen que el esfuerzo es importante para salir adelante tienen algo de razón, pero también hay algo de razón en aquellos que hablan de problemas estructurales que explican por qué mucha gente no puede salir adelante.