Autor: Cerebro

  • El Estado soy yo merengues

    El Estado soy yo merengues

    El Estado soy yo merengues

    Hay algo perverso en el hecho de que un político busque colocarse en los anales de la historia antes de haberla hecho. Algo muy perverso era que un político (ahora Presidente de la República) denominara a su gobierno como la cuarta transformación (minúsculas a propósito).

    Muchos no repararon en ese «pequeño detalle», lo pasaron por alto y algunos incluso se dejaron llevar por él. Los juicios históricos deberían hacerse ex post (después de) y no ex ante (antes de) por los mismos agentes que terminarán «haciendo la historia». Cualquier sociedad debería preocuparse por el hecho, porque si un político pretende estar destinado a convertirse en un personaje histórico, será alguien que buscará acaparar y acumular el poder posible con ese fin.

    La sutil distinción entre desear pasar a la historia y pretender estar destinado a ello y actuar en consecuencia marca una gran diferencia. No pocos políticos desean ser recordados positivamente por su comunidad (aunque ciertamente muy pocos lo logran) pero saben que no serán ellos mismos los que hagan el juicio sumario de la historia. Quienes se sienten destinados, en un despliegue profundamente narcisista y megalomaníaco, a convertirse en personajes históricos, creen que ellos mismos tienen derecho a hacer el juicio sobre ellos mismos: creen que pueden ser juez y parte.

    Si un agente político se considera destinado a pasar a la historia de la forma en que él lo desea, entonces tendrá muchos incentivos para acallar aquello que pueda ir en contra de la narrativa. El político se preocupará tanto por pasar a la historia que olvidará su función como servidor público y que es procurar el bienestar de sus gobernados. Algunas personas, en su ingenuidad, creerán que una cosa implica la otra: que si procuro el bienestar entonces pasaré a la historia o que para pasar a la historia debo procurar el bienestar, pero nada más falso.

    Quien cree estar destinado a pasar a la historia no busca maximizar el bienestar de sus gobernados como fin último, lo que pretende es que se le recuerde como líder histórico y para ello echará mano de las narrativas y los símbolos. La construcción de los líderes históricos es subjetiva (o bien, intersubjetiva) y no tiene como base métricas de desempeño que reflejen cuánto logró aumentar el bienestar de sus gobernados sino la construcción de relatos míticos: tal figura hizo esto, tal figura combatió a aquellos o resistió ello y aquello.

    Como el político narcisista quiere escribir la historia por sí mismo y como quiere ser el personaje principal (si no es que el único), entonces no puede permitirse que otros la escriban: así, el político no se contempla como parte del Estado, sino como el Estado mismo. Todo aquello que es autónomo o diverso es indeseable porque ello implicaría, cuando menos, compartir créditos con otros agentes que no necesariamente querrán escribir la historia de acuerdo con los designios del político narcisista.

    Así, cuando se le habla de pluralidad de ideas, autonomía universitaria, participación ciudadana, el político narcisista hace un gesto de desaprobación. Todo aquél que se interponga en su ambición se convierte en enemigo de las andanzas históricas, en el otro, en el villano. Porque si algo necesita el político narcisista para ungirse como líder histórico es crearse villanos. Haciendo referencia a Umberto Eco, el líder histórico necesita de un enemigo para reforzarse a sí mismo.

    Para que ese ímpetu mítico e histórico cobre legitimidad hay que hacer sentir al «pueblo» partícipe, pero de una forma que no tenga voz ni créditos en la historia: algo así como el escenario sobre el cual el actor principal actúa. El escenario ahí está, aparece en el relato y es mencionado en las páginas del libro, pero no hace nada, solo da contexto a nuestro personaje. Así, nuestro narcisista-actor es auto-ungido como la voz y representante del pueblo (homogéneo) como aquel ser mítico que defiende algún bosque del enemigo (pero ni el bosque ni el lago hacen nada nunca): al bosque hay que defenderlo y cuidarlo del enemigo externo, pero también hay que servirse de él, hay que prender una fogata o construir el armamento con los recursos que el bosque le da.

    Pero la gente no repara en ello (en especial aquella que niega su propia autonomía): cree que esa andanza es noble, que aquel que quiere pasar a la historia es un gran transformador, un héroe mítico que rescatará al pueblo pasivo e inválido. Pero el héroe mítico no quiere rescatar a nadie, solo quiere ser un héroe mítico y que los demás se la crean.

    Lo demás es, o accesorio de esta pulsión narcisista o ya de plano irrelevante.

  • El que se mueve, no sale en la foto del cumpleaños de López Obrador

    El que se mueve, no sale en la foto del cumpleaños de López Obrador

    El que se mueve, no sale en la foto del cumpleaños de López Obrador

    El 13 de noviembre fue el cumpleaños de López Obrador.

    ¿Y cómo no saberlo? Todos hablaron de ello, hasta parecía día festivo. ¡El cumpleaños del gran líder!

    En mi ya no tan corta vida, yo no recuerdo a un presidente al que le hayan cantado las mañanitas en la Cámara de Diputados. Seguidas por un chiquitibum y un «es un honor estar con López Obrador» para concluir, la pleitesía al líder se hizo patente entre muchos de quienes dicen ser nuestros representantes.

    En política nada es fortuito, nada es casualidad. Este mesianismo hacia la figura de López Obrador explica por qué nuestro presidente tiene casi el 64% de popularidad según Mitofsky a pesar de las malas cuentas que ha entregado. El dominio de la narrativa y los símbolos son lo que sostienen al régimen y por eso es que apela a ellos. AMLO sabe cómo llegarle a la gente, no fue en vano su recorrido por todos los municipios del país: ello le permitió conocer la idiosincrasia del mexicano, algo que la mayoría de los políticos de la maltrecha oposición, recluidos en sus oficinas, desconocen por completo: que AMLO desprecie a cualquier tipo de élite: la científica, académica, económica o de lo que sea le trae muchos réditos. Los que ponemos el grito en el cielo somos pocos, unos cuantos privilegiados de clases medias para arriba que en su conjunto somos minoría. La mayoría se siente identificada con el discurso porque sienten que por fin alguien los representa.

    El festejo a López Obrador es también un despliegue de poder: se trata de mostrar que el presidente es querido, respetado y adulado. Se trata de hacerle recordar a los opositores que ellos no tienen ni remotamente una figura a la cual le aplaudan, le admiren y le celebren el cumpleaños; se trata de recordarles su insignificancia.

    Ello no quiere decir que todos los aduladores realmente sientan esa admiración y amor genuino por el señor presidente. Se trata más bien de que AMLO ha logrado configurar los incentivos de tal forma que los políticos, influencers orgánicos y empresarios (como Paty Armendariz o Ricardo Salinas Pliego), en su ambición propia, consideren que adular al presidente les va a traer réditos políticos o beneficios económicos. Si en el PRI, un partido altamente institucionalizado, todo se trataba de apoyar fervientemente al partido y al régimen en el poder, en el caso del régimen de MORENA, partido poco institucionalizado, todo se trata de adular al líder. Que se sea de MORENA no es tan relevante: todo es cuestión de «estar con López Obrador», de resaltar su imagen, de presumirlo, de adorarlo, de recordar que es un transformador, un personaje histórico.

    López Obrador lo sabe, sabe la conveniencia que hay detrás, pero ello no importa. Lo único importante es que los incentivos de los aduladores estén alineados con los intereses del régimen y los del propio Presidente. Los aduladores, en su ambición propia, terminan ayudando a consolidar esa imagen mítica del Presidente que tanta popularidad le trae y que tanto poder le da.

    Es como el viejo PRI, es como la originaria pleitesía al señor presidente. Nada más que aquí lo único que importa es el propio presidente. Todo gira en su órbita.

  • Donald Trump está vivo, y puede regresar al poder

    Donald Trump está vivo, y puede regresar al poder

    Donald Trump está vivo

    Pareciera que algunas personas están tranquilas con el estado de cosas actual. Donald Trump ya se fue del poder, ya no se escucha mucho sobre él (básicamente sus cuentas en redes sociales están suspendidas o canceladas) y se percibe una cierta tranquilidad incómoda.

    ¡Ya nos deshicimos del tirano! ¡Por fin los Estados Unidos regresaron a la normalidad! Algunos piensan, pero temo decir que se equivocan, y se equivocan rotundamente.

    Esa tranquilidad podría estar justificada si el demagogo surgiera de la nada, si fuera producto de la generación espontánea, pero Donald Trump no surgió de la nada, no es producto del vacío. Aquello que explica a Trump sigue existiendo ahí en la cultura estadounidense, de forma muy latente.

    Antes de profundizar en ello, es importante comprender el contexto actual. El inicio de la presidencia de Joe Biden ha sido gris, cuando menos. La terrible salida de Afganistán, la crisis migratoria en Texas que le ha valido críticas desde ambos lados del espectro político, un problema de inflación que se acumula, la derrota en Virginia así como dos paquetes ambiciosos que los demócratas han tenido problemas para sacar adelante.

    Los demagogos como Donald Trump o Andrés Manuel López Obrador son capaces de mantener una popularidad relativamente constante producto del tipo de relación emocional que establecen con sus seguidores en quienes el razonamiento motivado sobresale más de lo normal: prueba de ello es la misma afirmación que Trump hizo hace algunos años donde afirmó que si salía a disparar a la gente en la Quinta Avenida no perdería popularidad.

    Pero Joe Biden no cuenta con ese beneficio. La relación simbiótica que la derecha estadounidense tiene con Trump no se expresa de la misma forma con los liberales (y ni qué decir de los independientes) quienes estarán algo más dispuestos a juzgar a Joe Biden por sus acciones que por su figura. La popularidad de Biden ha caído más de diez puntos:

    Fuente: fivethirtyeight.com

    Ciertamente, es muy temprano como para pensar que el gobierno de Joe Biden va a terminar mal. Este patrón es relativamente normal: lo mismo con Barack Obama, Bill Clinton, Ronald Reagan, Jimmy Carter o Gerald Ford, pero lo cierto es que el estado de cosas actual juega a favor de Donald Trump, y ello no es poca cosa pensando en que las elecciones intermedias ocurrirán en un año. Aunque en algunos ámbitos Donald Trump sí fue el peligro que se vaticinaba, en especial su ataque a las instituciones democráticas (que incluyó no reconocer el triunfo de su oponente) junto con su terrible manejo de la pandemia, también es cierto que la economía no anduvo mal (tema para otra ocasión será ver qué tanto mérito tuvo en ello) y la política exterior (con aciertos y errores) no fue el desastre que se pensó que iba a ser, ello puede hacer que en, en caso de que los indicadores del gobierno de Joe Biden no terminen bien, algunos votantes independientes decidan optar por Donald Trump.

    Quienes nos informamos en redes sociales escuchamos poco de Trump: principalmente porque él ya no está y ya no controla la narrativa en estos ámbitos, pero si algo tiene es la capacidad de movilizar a los suyos, a tal punto que muchos republicanos ven con buenos ojos que él vuelva a ser el candidato en 2024. Donald Trump tiene una base electoral muy atractiva y nada desdeñable. Que no lo veamos no significa que no esté haciendo nada.

    Lo que muchos analistas ignoran es que el estado de cosas que «creó» a Trump pervive, y mientras ese estado de cosas exista y los republicanos estén dispuestos a apoyarlo, la posibilidad de que regrese a la presidencia en 2024 no es nada despreciable. Pero ¿qué estado de cosas?

    La politóloga Pippa Norris y el politólogo Ronald Inglehart hacen un análisis interesante sobre esta cuestión. Ellos afirman que lo que ha hecho surgir a Donald Trump (y que, con sus asegunes, también explica el populismo de ultraderecha en Europa) son los cambios culturales que han alienado a la clase blanca trabajadora de clase media-baja que tiene valores morales tradicionales y que vive lejos del progresismo urbano, así como los cambios económicos que afectan a la misma clase trabajadora que se ha convertido en la «gran perdedora de la globalización».

    Inglehart es conocido por los conceptos de materialismo y posmaterialismo. Mientras que el primero hace énfasis en la seguridad económica y física, el segundo hace énfasis en valores que no son de índole económica tales como la expresión personal. Cuestiones como el matrimonio igualitario, derechos de la mujer, combate al racismo, ecología y demás son valores posmaterialistas. ¿Y qué con esto? La transición de una sociedad materialista a una posmaterialista, o eso que denominan «revolución silenciosa» (la cual está ocurriendo en prácticamente todos los países desarrollados producto del desarrollo económico y social) es la que explica, en parte, el surgimiento de una batalla cultural que está alienando a aquellas personas que viven lejos de las grandes urbes y que defienden valores tradicionales materialistas.

    Esta transición es, a mi juicio, inevitable por dos razones. La primera tiene que ver con la composición generacional. Las nuevas generaciones: los millennials (y generaciones que le siguen) son los que más abrazan este tipo de valores. Los que abrazan valores tradicionales son cada vez menos (aunque siguen teniendo un tamaño considerable y salen a votar más) por la evidente razón de que están envejeciendo y de que cada vez menos personas de las nuevas generaciones están adoptando sus valores. Mi segundo argumento tiene que ver con la pirámide de Maslow, y es que una vez que las necesidades básicas han sido satisfechas, el individuo comenzará a priorizar aquellas que tienen que ver con el reconocimiento y la autorrealización: mi necesidad de trascender como persona, mi necesidad de expresarme, de ser libre y de encontrar algún sentido a la vida.

    A más positivo el número de la izquierda, más conservadurismo. Fuente: Norris, Pippa y Ronald Inglehart (2019), Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism, Cambridge University Press.

    Pero que sea inevitable no implica que no traiga problemas. Las transiciones (culturales o económicas) suelen ser dolorosas para un sector de la población. Norris y Inglehart afirman que la transición cultural ha alcanzado un punto de inflexión (tipping point) en que los que mantienen valores tradicionales sienten que son una minoría en su propio territorio: se sienten alienados y, sobre todo, asustados. Ello explica esa pregunta que muchos se hacen cuando ven que los conservadores están dispuestos a votar por una figura nihilista como Donald Trump y ello explica por qué dentro de la religión evangélica, los pastores más polarizadores y politizados les están arrebatando seguidores a quienes no desean involucrarse en política. Ello explica también por qué los discursos xenófobos y racistas resuenan en esos sectores cuya población es homogénea y están social y culturalmente aislados de las zonas urbanas, ellos sienten que la migración es una amenaza no sólo económica sino cultural.

    Cuando un discurso o un estado de cosas pierde su hegemonía frente a otra, la configuración social hace que aquello que era normal y aceptable ya no lo sea y viceversa. La espiral del silencio propuesta por la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann ejemplifica muy bien este fenómeno. Cuando una opinión es minoritaria, muchas de las personas que la sostienen suelen estar indispuestos para expresarla por miedo al señalamiento o el escarnio social, pero cuando deja de serlo y dicho discurso se vuelve hegemónico entonces expresarlo se vuelve deseable y aceptable. Lo que se denomina como corrección política (que antes era de hechura conservadora y ahora es más bien progresista) se explica en parte por esto. Si hace algunas décadas una persona se la pensaba dos veces antes de defender a los homosexuales para evitar ser señalado o criticado, ahora una persona se la piensa dos veces antes de hacer una afirmación que pueda ser vista como homofóbica. Mientras que las minorías antes excluidas se están empoderando, los que defendían el estado anterior de cosas se están sintiendo excluidos y alienados.

    Que la transición posmaterialista sea inevitable (y de alguna manera deseable) no implica que haya cuestiones o actitudes que no puedan señalarse ya que pueden llegar a agravar esta problemática ni implica que las propuestas insertas dentro del posmaterialismo no deban estar exentas de escrutinio. La actitud de varios sectores progresistas frente a estos sectores tradicionales ha sido, por lo general, de desprecio y burla. Recordemos cuando los propios demócratas se refirieron a ellos con un burlas y un tono despectivo. Otros excesos, como, por ejemplo, reprimir a un trabajador blanco que vive en condiciones poco privilegiadas por su «privilegio blanco» tan solo aliena más a estos sectores y más dispuestos estarán a aceptar a un líder autoritario o demagogo que sacie sus sentimientos de incertidumbre y desesperación.

    Si algo ha sabido hacer Donald Trump es darle voz a aquellos que se sienten silenciados y hasta insultados. Por ello es que guardan cierto escepticismo de las élites (sociales, políticas e intelectuales) que son capaces de abrazar teorías que nos pueden parecer ridículas y hasta peligrosas como la de Qanon o sostienen teorías de la conspiración frente a la pandemia. Es cierto que su aislamiento de la globalización, las urbes y el menor acceso a la educación explican una parte de este fenómeno, pero también es cierto que el desprecio del que han sido sujetos explica en gran medida otra parte. A esto hay que agregar que estos sectores han perdido sus empleos, que sus comunidades están en crisis, que los demócratas se han preocupado poco por su situación, que la mano de obra está siendo automatizada o se está yendo a otros países: todo ello genera un caldo de cultivo para el populismo.

    Ciertamente, esta transición parece ser más dolorosa para Estados Unidos que para los países europeos (donde la ultraderecha se explica más que nada por la inmigración), a tal punto que ultraderechistas como el neerlandés Geert Wilders defienden valores posmaterialistas como la inclusión de la comunidad LGBT. Esto podría explicarse tanto por la mayor desigualdad económica como por una mayor cultura religiosa, entre otras razones.

    Es cierto que sería un despropósito dar «marcha atrás» al posmaterialismo, además de que es casi imposible, pero ciertamente se podría ser más empático con estos sectores sociales. La pretendida apertura de mente progresista también tendría que incluir una mayor apertura a escuchar a los que son marginalizados como arcaicos o conservadores. Lo cierto es que la actitud hacia estos sectores poco ha cambiado y poco se ha hecho para tender puentes. Por el contrario, los estadounidenses son una sociedad cada vez más polarizada, y mientras ello ocurra, siempre habrá espacio para figuras como Donald Trump o mucho peores.

    Y por ello sería un sinsentido pensar que el trumpismo «ya se acabó» y que «los gringos se libraron del problema». El reto es más difícil que solo «quitarle la cuenta al tirano». Si no se entiende, sorpresas desagradables podrían llegar más adelante.

  • No es falso, pero no es verdadero

    No es falso, pero no es verdadero

    No es falso, pero no es verdadero

    La jóven que se encarga de relatar las «fake-news» en la mañanera (esa puesta en escena donde, con el velo de un supuesto fact-checking, se lincha a los opositores) hizo una afirmación muy curiosa pero que habla mucho sobre la esencia de este régimen. Cuando hizo referencia a un estudio donde se colocaba a México como uno de los países más corruptos del mundo afirmó que «no es falso, pero no es verdadero».

    Esa frase describe muy bien el profundo nihilismo (decir relativismo ya sería hasta piropo) en el que éste régimen ha caído. Todos sabemos que los políticos mienten y engañan, tienen incentivos de sobra para hacerlo, pero cierto es que este régimen ha caído ya en un profundo cinismo.

    Pero cuando hablo de nihilismo no hablo de una amoralidad sino de inmoralidad: la ética y la moral se niegan no por el no reconocimiento de su existencia, sino por su reconocimiento y posterior atropello. El régimen pretende ser moral (más que los regímenes anteriores) y pretende una superioridad a partir de ellas. No solo eso, sino que la pregona como nadie más. Este régimen y, en especial, el propio López Obrador, nos dice a los mexicanos cómo es que debemos de pensar y qué postura deberíamos tener ante ciertos hechos. Pero la moral que pregona AMLO no tiene fundamentos: se dice progresista, pregona valores conservadores y actúa contraviniendo aquello que presume y pregona de tal forma que no queda nada. Esta paradoja es propia no solo de AMLO, sino de populismos tanto de izquierda como de derecha como el de Donald Trump o Nicolás Maduro en la cual no hay siquiera una base moral desde la que se parte (aunque se pretenda lo contrario) ya que el único punto de apoyo que existe es el poder.

    López, tal como Moisés y sus tablas con los mandamientos, nos dice que no debemos mentir, robar, ni traicionar, pero tanto él como su gobierno han mentido, robado y traicionado una y otra vez. Así, los principios que promueven no solo son meramente contextuales o relativos, sino que son un mero artilugio político. Se presume que se promueve algo, pero el gobierno mismo está completamente exento de su cumplimiento.

    Algunas personas insisten en que AMLO gobierna desde la «ideología», pero están equivocadas ya que no parecen existir siquiera principios políticos o ideológicos que guíen al gobierno. Prueba de ello es que es complicado ubicar al régimen dentro del continuo derecha-izquierda. Lo que existe es una visión del mundo personalísima y muy subjetiva del Presidente. Ella no se revela explícitamente: hay que adivinarla estudiando los actos pasados y presentes del personaje y develarla removiendo el velo que representan todos los artilugios retóricos bajo los cuales el régimen construye una narrativa legitimadora. Algunas partes son muy obvias (su visión anacrónica sobre muchos asuntos públicos y políticos) aunque otras no tanto.

    Alguna vez Peña Nieto decía que no tenía ideología sino que buscaba resultados. Aunque ciertamente la figura de Peña Nieto también tenía una visión cuasi-nihilista de la política y de principios éticos (vaya, no se puede decir mucho más del líder de un gobierno tan corrupto como el suyo), lo cierto es que su programa de gobierno (sus políticas públicas) tenía una suerte de base política-ideológica algo visible bajo la cual partía (aunque lo negara el mismo Peña Nieto). Es paradójico, porque Peña negaba la ideología en tanto que AMLO la presume, pero sus definiciones son tan vagas, ambiguas y retóricas que no queda nada: significantes como «neoliberalismo» y «conservadores» que sirven para polarizar a la población entre gobierno y oposición pero que en realidad no significan nada. A diferencia del gobierno de Peña, el actual es ideológicamente impredecible: AMLO se dice progresista pero desdeña la ciencia y acusa al feminismo de ser una herramienta para que los «neoliberales» sigan saqueando. Dice que los «otros» son conservadores, pero él mismo insiste en transmitir principios cristianos que contravienen el Estado laico y tiene una visión tan anacrónica del mundo y la política que lo mantiene demasiado alejado del liberalismo.

    Entonces lo falso puede ser verdadero y lo verdadero falso, porque los hechos se definen solamente en torno a los intereses del régimen: fuera de ello no hay nada, tan solo vacío.

  • Contrarréplica al artículo de Viridiana Ríos: «El error de defender a las instituciones»

    Contrarréplica al artículo de Viridiana Ríos: «El error de defender a las instituciones»

    Contrarréplica al artículo de Viridiana Ríos: "El error de defender a las instituciones"

    La académica Viridiana Ríos publicó en Expansión un artículo que me llamó mucho la atención (atención que me atrajo con el título y que corroboré al terminar de leer el texto) porque me parece que tiene muchos errores, omisiones e imprecisiones desde la ciencia política. Me pareció relevante hacer esta contrarréplica tanto por lo anteriormente mencionado como por el hecho de que es un tema relevante, de interés y muy vigente.

    Viridiana Ríos comienza su texto haciendo la siguiente afirmación:

    «Pensar que los organismos de gobierno no pueden desaparecer o cambiar, no es ser demócrata, es ser autoritario».

    La frase es muy ambigua y, aunque suena polémica, prácticamente no dice nada.

    Primero, que yo piense o incluso exprese que las instituciones no pueden desaparecer no me hace una persona autoritaria, tan solo estoy expresando una visión política. Segundo, esa sugerencia como tal tampoco es autoritaria: un régimen demócrata bien puede mantener sus mismas instituciones sin cambios sustanciales y no por ello deja de ser demócrata. Muchas de las instituciones (en especial de democracias consolidadas) llevan muchas décadas en pie sin cambios sustanciales y no pasa nada.

    Además, dudo que alguien esté haciendo esa sugerencia. De la afirmación «hay que defender las instituciones» no se implica que estas no puedan sufrir algún cambio alguna de estas pueda desaparecer como sugiere Viridiana. Cuando se hace esta afirmación se hace hincapié en evitar el abuso de poder o la improvisación de forma arbitraria.

    Las instituciones son organismos que desempeñan funciones de gobierno que les han sido conferidas por la constitución u otras leyes… Las instituciones, así definidas, surgen como resultado de procesos políticos, visiones y acomodos de fuerzas… Por ejemplo, la CRE, como hoy la conocemos, fue creada durante el sexenio de Peña Nieto como parte de la reforma energética.

    Primero, vale la pena mencionar las acotaciones que hace el profesor del CIDE Mauricio Dussange al respecto en un hilo de Twitter (que recomiendo leer en su totalidad): Viridiana comete dos errores en esta afirmación: 1) las instituciones son organismos que desempeñan funciones de Estado, no de gobierno y 2) la CRE fue creada en 1993, no en el régimen de Peña Nieto.

    Tiene razón Viridiana cuando dice que las instituciones surgen como resultado de procesos políticos, visiones y acomodos de fuerzas. ¿De ahí se infiere que puedan cambiarse indiscriminadamente? No, en lo absoluto, ni tampoco implica necesariamente que sirvan a los intereses del régimen. Muchas instituciones creadas en el régimen del PRI hegemónico siguen en pie y funcionando a pesar de los cambios de gobierno. Muchas instituciones trascienden a los regímenes que los crearon porque su tarea resulta beneficiosa para la sociedad: el IMSS es un claro ejemplo, también el INE, Banxico, el INAI y muchas otras instituciones.

    Este párrafo me llamó particularmente la atención:

    La democracia es por naturaleza cambiante. El autoritarismo no. Con el autoritarismo la decisión tomada es terminante.

    Esta frase es muy curiosa y engañosa. Bajo su supuesto las democracias más consolidadas son las que cambian de instituciones como de calcetines y eso no ocurre. Los cambios bruscos no son deseables en una democracia, cierta templanza es sana: que haya que cumplir una serie de condiciones para llevar a cabo una reforma constitucional (como mayoría calificada y aprobación en congresos estatales) busca evitar ello. Básicamente son candados para permitir cierta estabilidad y procurar que los cambios institucionales no sean agresivos de tal forma que no comprometa el orden institucional. Este espíritu se encuentra, por ejemplo, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en su artículo 28: «Un pueblo tiene siempre el derecho de revisar, reformar y cambiar su Constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras«. De la misma forma, dado que la Constitución requiere estabilidad, Alexander Hamilton, en The Federalist Papers afirma que estos procedimientos «protegen por igual contra esa facilidad extrema que haría a la Constitución demasiado variable y contra esa exagerada dificultad que perpetuaría sus defectos manifiestos. Además, capacita al gobierno general y al de los Estados para iniciar la enmienda de los errores, a medida que los descubra la experiencia de uno y otro sector».

    La democracia no contrasta con el autoritarismo por su naturaleza cambiante, los regímenes autoritarios también pueden llegar serlo e incluso necesitan serlo cuando un país transita de una democracia a un sistema autoritario: algo que omite Viridiana Ríos es que las transiciones de la democracia al autoritarismo suelen caracterizarse precisamente por esa naturaleza cambiante que ella desea. Basta recordar que el régimen de Hugo Chávez llevó o intentó llevar a cabo varias reformas constitucionales que le garantizaran una mayor permanencia en el poder y que ha seguido haciendo su sucesor Nicolás Maduro.

    Eliminar instituciones no solo es deseable en una democracia, es necesario para dar pie a mejores innovaciones y arreglos. De hecho, los arreglos democráticos que en la actualidad más reflejan el interés colectivo surgieron precisamente al erradicar instituciones previas.

    Esta afirmación solo puede ser contextual y nunca categórica. ¿Qué instituciones pretenden eliminarse? ¿Por qué razón? Eliminar alguna institución es deseable cuando la existencia de dicha institución no tenga un impacto positivo en la nación, no tenga utilidad alguna, su tarea pueda ser fácilmente reemplazable por otra u otra configuración sea más eficiente. Más allá de visiones y arreglos políticos, la eliminación de alguna institución debería estar justificada en este sentido. El cambio institucional puede ser positivo, pero también negativo.

    Vale la pena insistir que cuando se habla de «defender las instituciones» no se está sugiriendo la imposibilidad de que alguna pueda ser cambiada o sustituida (incluso en algún caso su defensa podría sugerir su mejora), de lo que se habla es de defender aquellas instituciones que sí tienen utilidad alguna para el país de su mal uso, modificación arbitraria o intento de eliminación para supeditar dicha utilidad al interés político del régimen en turno.

    Hay quien no quiere democracia y prefiere un gobierno de élites, una aristocracia.

    Cuando hablamos de la democracia como el gobierno del colectivo debemos tener cuidado, porque este concepto suele ser mal usado por los regímenes populistas que se ungen como «la voz del pueblo». La visión moderna de democracia se sostiene en tres pilares: un gobierno representativo, la separación de poderes y el sufragio universal. Ésta, como bien comenta Bernard Manin en su libro «Los Principios del Gobierno Representativo», tiene un componente aristocrático y otro democrático en el sentido clásico. En un gobierno representativo la sociedad elige a sus representantes (componente democrático) de una élite política (componente aristocrático), aunque ciertamente cualquier ciudadano está facultado para participar en política.

    Vale la pena señalar ello porque en la democracia moderna el ciudadano elige a alguien para que lo represente y tome decisiones a su nombre. Evidentemente las cosas no terminan ahí ya que, según Robert Dahl, deben existir ciertas condiciones para que el sistema político democrático funcione (eso que llama poliarquía): 1) Libertad de organización y asociación, 2) Libertad de expresión y pensamiento, 3) El derecho al sufragio, 4) El derecho a competir por el apoyo electoral, 5) Fuentes de información accesibles, 6) Elecciones periódicas libres y justas que produzcan un mandato limitado y 7) Instituciones que controlen y hagan depender las políticas gubernamentales del voto y otras expresiones de preferencias. Estas condiciones permiten al ciudadano una participación más activa, pero ello no implica que el colectivo gobierne directamente como sugiere Viridiana, sino más bien que exista una representatividad más efectiva y una mayor participación ciudadana que funja como contrapeso al poder político.

    Esto significa que la ciudadanía siempre va a ser gobernada por una élite política, así como el día de hoy está gobernada por una (que no se asuma como élite sino como voz del pueblo es otra cosa) y ello no implica que tengamos un régimen aristocrático y no uno democrático.

    La democracia no es el gobierno de los expertos, ni de los que saben más. La democracia es el gobierno del colectivo. Y el colectivo tiene el derecho y la prerrogativa de cometer aciertos y errores.

    Cuando Viridiana Ríos habla del gobierno de los expertos, hay que hacer una observación importante. La politóloga Nadia Urbinati denomina unpolitical democracy a aquella configuración que deslegitima la opinión política en favor del «expertismo» ya que, comenta ella, neutraliza todo aquello que caracteriza a la política democrática y que está asociado con la disputa, el desacuerdo y la deliberación. No es deseable que los «expertos» trabajen y deliberen sin tomar en cuenta las necesidades y requerimientos de los gobernados: esta es una de las razones que explican la creciente desafección democrática que viven muchos países. De igual forma Hanna Pitkin se pregunta hasta qué punto los especialistas y expertos representan a sus clientes ya que ciertamente los expertos saben mucho más que aquello que saben los ciudadanos.

    Sin embargo, no considero que este sea un problema que se explique por la mera presencia de los expertos, sino por su distanciamiento con la ciudadanía. Si los ciudadanos votaron por un partido o por un conjunto de ideales políticos, los expertos, que reciben el mandato de la sociedad, tendrían que buscar llevarlos a cabo de la mejor manera y con el mejor diseño de política pública. Es claro que hay una tensión aquí ya que el ciudadano, por lo general, no tiene la preparación para saber qué es lo que se requiere en muchos de los ámbitos políticos o económicos y, de hecho, por esa misma razón, los políticos que tienen un cargo público delegan ciertas funciones a los especialistas. Los expertos deberían tener la capacidad de comunicar sus visiones o decisiones a la ciudadanía y explicar de forma comprensible cómo es que sus decisiones empatan con sus necesidades y con las razones que llevaron a votarlos.

    Tal vez Viridiana no se equivoque completamente en este punto (por el distanciamiento de las élites políticas y no por la mera presencia de los expertos) pero ello no le da la razón en su argumento principal. El problema no es que las instituciones sean prescindibles, el problema es que la élite política (hoy opositora) no ha sido capaz de explicar a los gobernados por qué dichas instituciones son importantes, aunque ciertamente la población reconoce la utilidad de algunas de ellas, como es el caso del INE que mantiene una calificación aprobatoria por parte de los ciudadanos a pesar de los ataques del régimen. Que el distanciamiento exista no implica que lo deseable sea el gobierno de personas incompetentes ni que el gobierno ejecute todo lo que el pueblo pida sin importar si el pueblo tiene o no dominio sobre aquél tema de interés (recalcando que el mandato como entidad homogénea suele confundirse con el mandato del líder que dice ser su voz). Por ello mismo Nadia Urbinati pone el dedo en la llaga de aquello que llama populist power, en el cual se les da a las masas, como una entidad homogénea, la virtud de la sabiduría y a la que se agrega la virtud de la mobilización.

    Cuando Viridiana habla del interés del colectivo, pareciera que habla en este sentido: en el de la voluntad general de Jean Jacques Rousseau a la que gustan apelar los líderes populistas. La realidad es que los ciudadanos no tienen los mismos intereses y por ello se organizan distintos partidos políticos. En cualquier configuración hay ganadores y perdedores y es prácticamente imposible llegar a una configuración que sea Pareto superior ya que necesariamente alguien se va a ver perjudicado (claramente lo deseable es una configuración donde, en su totalidad, se maximice el beneficio, donde haya más ganadores y donde los perdedores pierdan lo menos) y por ello es que en una democracia es necesaria la disputa y la deliberación que si bien es cierto que lo que Urbinati denomina unpolitical democracy neutraliza, es ya de plano casi eliminada en un arreglo populista donde se considera que el pueblo o el colectivo tiene las mismas necesidades.

    Claro que hay quien piensa que esto no debe ser así. Argumentan que los votantes tienen malas ideas y por ello, empoderan a políticos ignorantes. Asumiendo (sin conceder) que sea así, ese es un riesgo natural de la democracia. Si se quiere evitar ese riesgo, se debe luchar en el terreno de lo político para convencer a los votantes de que piensen diferente y así lograr el empoderamiento de mejores políticos.

    Para concluir, me parece que esta afirmación busca crear un hombre de paja para descalificar a aquellos que piden defender las instituciones. Sin embargo, esta afirmación no tiene sentido.

    Suponiendo (cosa muy probable) que con esta afirmación Viridiana se quiso referir a los que «critican a quienes votaron por AMLO», lo que es un hecho es que las instituciones respetaron a cabalidad la voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Podrán pensar misa y podrán albergar prejuicios, pero a nadie le están restringiendo su derecho a votar (independientemente de que se equivoque o no) y eso es lo que importa.

    Además, así como López Obrador guarda legitimidad como Presidente de la República, la oposición tiene todo el derecho de fungir como oposición y pedir que se respeten las instituciones. Si la mayoría votó por López Obrador y López Obrador busca atentar contra las instituciones, ello no significa de ninguna manera que sea algo deseable ni que la oposición no tenga derecho a oponerse a ello.

    Conclusión

    Solo quiero agregar que, aunque no se haya dado cuenta de ello al escribir el texto, pareciera que Viridiana está legitimando la tiranía de las mayorías como la definió John Stuart Mill (o, en todo caso, la tiranía del poder político mismo que dice representarlas). Al hablar de una voluntad del colectivo como cosa única y al asegurar que el cambio institucional siempre es deseable, se corre el riesgo de que una mayoría imponga su voluntad sobre los demás. Son precisamente esas restricciones al cambio lo que permiten que los cambios institucionales no deriven en un uso abusivo y arbitrario por parte del poder que dice representar a dichas mayorías. Son precisamente esas instituciones que no pueden cambiarse por un capricho las que lograron contener los desplantes autoritarios de Donald Trump y son esas mismas las que permitieron a López Obrador ganar la presidencia en 2018.

  • ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    En el no mucho tiempo libre que la maestría me deja me puse a reflexionar: ¿Por qué la gran mayoría de los influencers de izquierda son de clase media-alta o alta? ¿Por qué la gran mayoría son blancos en un país donde la mayoría de la población, sobre todo aquellas que la izquierda dice acostumbrar representar, es morena: mestiza o indígena?

    Pensemos en Antonio Attolini, en Simón Levy, en Diego Ruzzarín, Estefanía Veloz, Alberto Lujambio, Hernán Gómez Bruera. Todos ellos vienen de un sector privilegiado (todos ellos tienen estudios, tienen recursos económicos y contactos) y su posición ha sido indispensable para que estén donde estén.

    Las únicas excepciones que me vienen a la mente son Gibrán Ramírez y Tenoch Huerta, pero luego puedo mencionar más «influencers» (que ahora son parte de gobierno) como Pepe Merino o Andrés Lajous que también vienen de buena cuna.

    Es más, basta comparar la distribución socioeconómica y fenotípica con los influencers de «ultraderecha» que recibieron a Santiago Abascal de Vox, de quienes asumiríamos que son defensores de los privilegios o el orden social prevaleciente. La distribución es parecidísima: la mayoría es blanca y los morenos son la pequeña excepción.

    La nueva derecha dura mexicana, Vox y el PAN

    ¿Por qué sucede esto?

    En este texto no pretendo caer en lugares comunes. No creo que ser de buena posición socioeconómica o ser de fenotipo más caucásico sea incongruente con el hecho de ser de izquierda. Es más, no sería siquiera incongruente que una persona de izquierda cargue con un iPhone en tanto anhele un mundo más igualitario en el cual todas las personas puedan aspirar a comprar uno. Mi texto no pretende recriminar a estos influencers su postura ideológica (más allá de mis discrepancias con algunos de ellos). Lo que pretendo hacer es tratar de explicar por qué esto ocurre y qué problemas hay con eso. ¿Por qué es la gente que pertenece a una élite económica, social o hasta académica y no la que es «parte del pueblo» la que tiene un micrófono y exposición para hablar de justicia social? ¿Por qué no es un líder sindical o un profesor que trabaja con gente que vive en la pobreza?

    Lo más fácil de explicar tal vez sea el hecho de que la gente que vive en la base social no acceda con facilidad a esos espacios. Una persona que tiene que pensar en qué comer y cómo satisfacer sus necesidades básicas difícilmente tendrá las condiciones para convertirse en un líder de opinión: para ello se necesita educación superior (tal vez con algunas excepciones) y tener la capacidad para crear un liderazgo de opinión: ello explica por qué todas las revoluciones (la mexicana, la rusa, la francesa o la cubana) no fueron empujadas por el pueblo oprimido sino por las clases medias que hablaban a su nombre (y que luego tomaron el poder a su nombre y no en pocos casos se perpetuaron «a su nombre»). Pero también hablamos de influencers que requieren una computadora o un teléfono móvil con acceso a Internet.

    Otra cuestión que pueda darnos alguna pista es la educación. En Occidente, la izquierda (cada vez más alejada del marxismo y cada vez más cerca de la posmodernidad) se ha vuelto más elitista con el tiempo. Ciertamente, no pocos líderes de izquierda en la historia tenían cierta educación, pero como comenta el filósofo Michael Sandel en su libro La Tiranía del Mérito, la izquierda, con el tiempo, se ha encasillado en la intelectualidad o la academia de tal forma que se ha alejado de las clases bajas a las cuales acostumbra ver cada vez más por «encima del hombro»: ello explica, dice el autor, que estas clases, alienadas, voten más a Donald Trump o a Marine Le Pen que al partido socialdemócrata.

    La izquierda actual se preocupa más por la equidad de género o los derechos de la comunidad LGBT (lo cual en sí no es algo malo) que por los obreros o los campesinos (lo cual sí es un problema). Es decir, la izquierda contemporánea se ha abocado más a preocuparse por las minorías visibles en su propia clase que por aquellas personas de clases socialmente deprimidas. Si bien, es cierto que López Obrador está muy lejos de formar parte de esa «izquierda cultural» que le es tan ajena, sí que muchos influencers de izquierda en México (tanto aquellos que son seguidores de AMLO como aquellos que no) forman parte de esta nueva corriente, o bien, la amalgaman con la izquierda más clásica (aunque sin esa convicción o esa disposición a «ensuciarse los zapatos» de los izquierdistas de antaño). Se preocupan por los de abajo, pero desde muy arriba.

    Su participación consta de una discusión dentro de una élite en la que la mayoría no participa.

    Pero aún haciendo este descarte todavía nos queda un gran trecho de la población. Si uno se pasea por la UNAM verá que muchas de las personas que estudian ahí no son caucásicas. Muchas de esas personas (sobre todo en ciencias sociales) tienen ideales políticos, gustan hablar del tema e incluso participan en manifestaciones. Si esas personas tuvieran la mismas oportunidades para acceder a los espacios de opinión para volverse influencers u opinadores relevantes entonces tendríamos que ver otro tipo de distribución fenotípica y de clase: una donde ciertamente existan algunos de fenotipo más caucásico pero también algunos morenos e incluso alguno que otro indígena. Sin embargo, eso no ocurre. Algo pasa que muchos de ellos se quedan «atorados» en el camino y solo pocos logran avanzar.

    Aquí se vuelve más difícil de discernir qué es lo que está pasando. ¿Será que las personas de clase media-alta o alta tienen el suficiente tiempo libre o los contactos que el clasemediero no tiene? ¿Es que, siguiendo a Sandel, la sociedad en su conjunto está discriminando más a los líderes de opinión por su nivel educativo? ¿Será que hay una actitud diferenciada ante la gente por su apariencia fenotípica? ¿Será que la gente más «clasemediera» al ver que las barreras de entrada son algo más altas, desista de ser líder de opinión? Son preguntas que dejo al aire porque me son imposibles de contestar sin evidencia en mano: posiblemente podrá ser un muy buen tema de investigación para quienes estudian un doctorado. Lo único que sí puedo decir es que la distribución fenotípica y de clase no es producto de la aleatoriedad.

    ¿Y cuál es el problema?

    La izquierda dice ser cercana al pueblo y conocer las necesidades de la gente más de lo que lo hace la derecha. Ciertamente, como afirma el psicólogo social Jonathan Haidt en su libro The Righteous Mind, la gente de izquierda (o progresista) tiene una mayor facilidad para preocuparse por «el otro» que sus contrapartes de derecha. Sin embargo, no es lo mismo leer a Marx o a Piketty que vivir la realidad que vive la gente que dicen representar. No es que sea inútil leer a autores o estudiar, todo lo contrario, pero ciertamente la experiencia te da una sabiduría que no necesariamente te da la educación formal. Muchos líderes históricos de izquierda, aunque fueran de buena posición económica, se ensuciaban los zapatos, daban discursos. Los de hoy opinan en redes sociales y, en algunos casos, los invitan a programas de opinión. Habría que preguntarle a la gente que vive en colonias populares o con cierto grado de pobreza si saben quien es Diego Ruzzarín o Simón Levy. Seguramente la gran mayoría contestará con una negativa.

    Al final, su participación consta de una discusión dentro de una élite sobre cómo debería ser el mundo y qué es lo mejor para toda la población, pero en la que la gente que no forma parte de esa élite prácticamente no participa.

    Lo que habría que preguntarse es si estos influencers de izquierda conocen la realidad de aquellos que dicen defender y de quienes hablan a su nombre. Estos influencers hablan de desigualdad, de la canasta básica, de la escasa movilidad social y de otros temas que seguramente tienen cierta relevancia, pero difícilmente conocen el día a día que viven estas personas más allá de los artículos o las notas sensacionalistas de los noticieros. Al de abajo lo observan desde arriba, desde una posición privilegiada.

    El problema con ello es que entonces ellos asumirán que saben lo que los otros quieren cuando realmente no lo saben, con lo cual se corre el riesgo de convertirse en una suerte de imposición: «tú no sabes lo que quieres, mientras que yo, que tengo educación y preparación y que, sobre todo, soy de izquierda, sé qué es lo que quieres y necesitas, y lo diré en canales que seguramente tú no ves: en Twitter, en un programa de TV de paga». Una actitud así no podrá hacer otra cosa que generar resentimiento entre aquellos con los que dicen empatizar como ha ocurrido con el Partido Demócrata en Estados Unidos.

    Y de igual forma ocurre cuando el gobierno pretende reivindicar a los indígenas cuando casi nadie de los integrantes es indígena ni mucho menos representa a una de esas comunidades. Ello se vuelve una imposición porque entonces el «no indígena» le dice al indígena cómo es que tiene que se reivindicado (lo cual es completamente paradójico).

    La mejor forma de que el pueblo se escuche es que más personas que vienen de abajo tengan mayor acceso al micrófono. Evidentemente, si existiera una mayor movilidad social, esto sería más posible. Seguramente la perspectiva de la gente que viene «de abajo», que sabe lo que es estar abajo, será muy enriquecedora y le dará más voz al pueblo.

    Todo esto no quiere decir que los «influencers» actuales no tengan la capacidad de aportar algo valioso a la discusión ni mucho menos que se les deba descartar solo por el hecho de tener una buena posición socioeconómica (más allá de que muchos de ellos no sean de mi simpatía), lo que es cierto es que sus opiniones estarán casi condenadas a emitirse desde una postura elitista (es decir, desde su condición de miembros de una élite económica, social o académica) por lo que siempre quedará algo «incompleto» y lo que es cierto es que correrán el riesgo de asumir qué es lo que la gente más desfavorecida quiere cuando pocas veces realmente han convivido con ella y poco conocen de sus necesidades.

  • Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Lo he dicho antes: contra lo que piensa mucha gente, creo que López Obrador es una persona inteligente y hábil políticamente. Será pésimo para las políticas públicas (policy) pero es lo completamente opuesto cuando se trata de hacer política (politics). También he comentado que políticamente (para los intereses del régimen) las mañaneras son una genialidad.

    Por ello deberían preocuparnos los amagos autoritarios de este gobierno. Por ello debería preocuparnos que Alejandro Madrazo Lajous haya sido removido de la dirección del CIDE Centro con el ridículo argumento de «pérdida de confianza», por ello debería preocuparnos la exhibición que se hace de muchos ciudadanos en las mañaneras por atreverse a criticar al presidente.

    En su genialidad política, López Obrador ha logrado construir una narrativa en la cual se presenta como un hombre democrático que accede (a diferencia de otros presidentes) a escuchar aquél que disiente con él. El oficialismo dirá que no ha habido otra presidencia que permita que Jorge Ramos o Denise Dresser puedan acudir a reclamarle. Si Peña Nieto se escondía en el baño de la Ibero o si Calderón iba acompañado de sus guaruras a todos lados, López Obrador ahí está en el templete escuchando lo que el opositor tiene que decir.

    Pero dicha dinámica es un engaño, porque el juego está armado de tal forma que él gane. Él sabe que Denise Dresser o Jorge Ramos, después de tener ese atrevimiento, van a ser linchados en redes sociales por el oficialismo: van a hacer memes para humillarlos, para mostrarlos como corruptos, conservadores o prianistas. Así, alguno se la pensará dos veces antes de plantarse en Palacio y reclamarle cualquier cosa a AMLO. Deben saber que les va a llover: sus nombres serán recordados en la lista de antagonistas de la transformación que posiblemente tendrá más peso que la solidaridad del círculo rojo.

    Así, el régimen presume que no censura: a nadie se calla, puedes venir a hablar. El gobierno no te va a encarcelar, los que te van a linchar en las redes sociales son simples tuiteros que «están usando su libertad de expresión así como tú utilizaste la tuya».

    Pero, conforme pasa el tiempo, la censura, aunque todavía sutil, se vuelve cada vez más explícita. El caso de Madrazo Lajous y el CIDE muestra la poca tolerancia que el régimen tiene a quienes no se alinean a la concepción personalísima del mundo que tiene López Obrador (a lo que ni siquiera se le puede llamar ideología). Así ocurrió con los académicos a los cuales el régimen amagó con encarcelar. Dudo mucho que la intención del régimen fuera esa, más bien quisieron hacer creer que la gente que conforma la comunidad académica (sobre todo la que no está alineada al régimen) es corrupta para así descalificar al mensajero. ¿Que con un análisis de datos corroboraron el pésimo manejo de la economía por parte del régimen? Ah, recuerda que ellos son corruptos y no están del lado del pueblo.

    El régimen construye su narrativa de tal forma que pueda blindarse (al menos ante sus simpatizantes, que son millones) de la idea de que se trata de un régimen autoritario, y le funciona. La indignación por los atropellos al CIDE o a los académicos es completamente válida, pero se queda en el círculo rojo. Las mayorías ven estos asuntos como algo lejano a ellos y que no les atañe, tienen muchas otras preocupaciones antes que pensar en la ciencia o la academia, que ciertamente se conforman como élites (no pueden no serlo en ningún momento en ningún lugar), pero son precisamente élites a las que, por su carácter público, muchos más mexicanos pueden tener acceso y formar parte de (muchos de sus miembros no vienen precisamente de una cuna privilegiada y accedieron ahí gracias a una beca o un fideicomiso). Atentar contra la comunidad académica, que precisamente es la que produce conocimiento para resolver muchas problemáticas sociales, va a tener consecuencias nocivas para el país.

    No se trata de una censura abierta y explícita, pero es censura: se trata de estrategias muy puntuales contra grupos muy puntuales que el régimen considera como peligrosos ya no necesariamente porque sean críticos, sino porque no se ajustan al pensamiento único que el régimen de López Obrador busca promover: se trata de apretar los botones exactos para hacer los movimientos de tal forma que el impacto al régimen sea el mínimo posible al tiempo que maximiza los beneficios. Se trata también de desincentivar al opositor de enfrentarse al «aparato». Dudo mucho que el asunto con Madrazo Lajous o los académicos vaya a bajar siquiera medio punto porcentual de la popularidad de AMLO en las encuestas y dudo mucho que ello vaya a tener impacto alguno en las elecciones venideras, a menos que López Obrador haga un movimiento en falso que haga que todas estos agravios acumulados se le puedan salir de control.

    Por más sigilosa sea la forma de actuar de este régimen, por más que no haya «encarcelados o asesinados», su actitud ante lo diferente o la otredad rememora más bien a los regímenes autoritarios y dictatoriales que se enfrascaban en llevar a cabo purgas para eliminar al disidente y a los círculos intelectuales para así eliminar la pluralidad en pos de una estructura de pensamiento único y monotemático que beneficie y legitime al régimen en turno. Ella es la forma de actuar del populista que esconde su autoritarismo bajo un manto democrático. Desde Donald Trump a Nicolás Maduro u Orbán, el otro, el que no piensa igual, es indeseable: habrá que desacreditarlo, minimizarlo, que su voz sea irrelevante.

    Y cuando las sutilezas dejen de funcionar, la censura explícita y agresiva ahí estará siempre como recurso.

  • El Juego del Calamar – Análisis sociopolítico

    El Juego del Calamar – Análisis sociopolítico

    El Juego del Calamar - Análisis sociopolítico

    Muchos textos y videos se han publicado sobre El Juego de Calamar, la exitosa serie sudcoreana de Netflix que tantos comentarios y memes ha generado. Confieso que le tuve algo de escepticismo por su escandaloso éxito, pero al verla no me decepcionó en lo absoluto.

    En esta publicación yo pretendo, más que hacer un análisis de la película como tal, tratar de interpretar a esta exitosa serie desde lo social y lo político. ¿Qué nos dice esta serie sobre el conflicto social, las ideologías políticas y la condición humana?

    Antes de seguir, quiero advertir que inician spoilers.

    Muchas series que hacen crítica social o política de estos últimos tiempos (en especial las que provienen de este país) no caen en la tentación de analizar un conflicto social desde una postura ideológica y hacen el esfuerzo de hacerla, en la medida de lo posible, desde una postura lo más cercana a la neutralidad de tal forma que sea el espectador quien le de su propia interpretación en vez de dársela en peladita en la boca. Así sucedió con el Joker, con Parasite o El Hoyo y así ha ocurrido con esta serie (otras como la mexicana Nuevo Orden fracasaron rotundamente en esa intención).

    El Juego del Calamar sabe jugar muy bien con las polaridades: para comenzar, esta dialéctica entre lo infantil e inocente (representado con los juegos y lo estético: los escenarios y las vestimentas que evocan a los uniformes deportivos escolares) y el lado más oscuro y sádico del ser humano. Aunque aparentemente incompatibles, una polaridad está integrada con la otra, dialogan entre sí y conforman un todo.

    Las ideologías políticas

    A grandes rasgos, la serie puede ser vista como una crítica a dos sistemas económicos antagonistas: el capitalista liberal y los regímenes socialistas autoritarios o totalitarios. De nuevo, esta es otra polaridad que dialoga y una no se puede explicar sin la otra. Los participantes del concurso son los perdedores del capitalismo liberal: las personas endeudadas, fracasadas, personas sin oportunidades y que han sido esclavizadas por el mismo modelo económico de tal forma que no tienen escapatoria. Los juegos son aquel socialismo autoritario que se presenta como respuesta a la problemática de los participantes (pareciera una mezcla de 1984 de George Orwell y el famoso experimento de la cárcel de Stanford): al entrar en ellos, los participantes pierden su individualidad, son un simple número para el sistema, al punto que durante mucho tiempo ni siquiera saben cuáles son sus nombres: todos visten con las mismas ropas y están sujetas a las mismas reglas, duermen en las mismas camas y comen la misma comida: «igualdad al fin y a cabo». Se les permite votar de tal forma que dicha elección sea la «voluntad del pueblo» y no una decisión individual. Ello les permite salir de ahí en un principio, pero ello no les preocupa a los organizadores, porque han creado los incentivos para que la gran mayoría de ellos regrese.

    Aún con ese falso velo democrático e igualitario, todo el sistema está diseñado para beneficiar a los que están «arriba», al líder y a los «Vip» que serían algo así como los miembros más prominentes del politburó soviético o del régimen cubano. La única persona que ganaría algo es quien gana el premio que lo colocaría en una posición ventajosa en el mundo capitalista liberal al que ha regresado, pero en realidad regresa alienado, destrozado espiritualmente, de tal forma que se pregunta si su vida es realmente mejor que antes.

    Ahí, en ese sistema, todos son prescindibles. Los líderes no tienen la mínima preocupación por los concursantes que son meros instrumentos para saciar sus intereses y necesidades, ya no solo por la dinámica sádica y despiadada del juego del que no se les dio previo aviso a los concursantes, sino porque no es siquiera un problema para los líderes que se maten entre ellos como ocurrió en el motín. Ahí se devela, tal cual régimen totalitario, que los ideales igualitarios eran más bien falsos y que siempre fueron un mero mecanismo de control. Así, lo igualitario se termina transformando progresivamente en un darwinismo social en el cual solo importa la supervivencia del más fuerte: ahí ya no son iguales, unos valen más (los fuertes, hombres jóvenes) y otros menos (los débiles, mujeres y ancianos).

    Pero justo es este último detalle lo que hace que lo que se puede ver como una crítica al socialismo también pueda ser vista como una crítica al capitalismo. El hecho de que los participantes sean capaces de hacer cualquier cosa para ganar una cantidad de dinero tal que resuelva todos sus problemas es una alegoría de lo que el ser humano puede llegar a hacer por el dinero y cómo puede ser capaz de afectar a su entorno y las demás personas con ese fin. Si en la perspectiva socialista los individuos eran prescindibles para el sistema, para la perspectiva capitalista los individuos también son prescindibles para las ambiciones de quienes buscan codiciar el dinero a toda costa.

    La condición humana

    La visión de la serie sobre la condición humana no es tan pesimista como podría parecerlo. La serie bien expone la transformación que los individuos pueden llegar a experimentar al estar expuestos a situaciones de supervivencia límite donde el otro puede ser prescindible, donde el comportamiento humano no podría verse más allá de un simple juego de elección racional donde cooperar o no cooperar se explica solamente por meros cálculos motivados por intereses individuales. Así podría pensarse al principio, cuando los jugadores hacen equipos y colaboran para avanzar sabiendo que en una etapa posterior tendrán que enfrentarse en algún juego donde uno de ellos morirá. También ello puede verse a la hora de elegir a los integrantes de un equipo cuando se discrimina a la gente débil que represente una desventaja colectiva: las mujeres y los ancianos, aunque ello incluso implique romper pactos anteriores que existían: si el contexto cambia, la alianza que había formado en el pasado se vuelve un problema para mis intereses y, por lo tanto, decido traicionarla.

    Es que la serie reconoce que el altruismo o el acto desinteresado pueden existir, y de hecho coexiste con el cálculo pragmático despiadado: he ahí otra polaridad que convive y que causa conflictos. Esto se puede notar cuando el personaje principal, Seong Gi-hun, es constantemente invadido por su incapacidad de prescindir del otro (exceptuando el juego de las canicas) incluyendo el juego final donde no es capaz de ultimar a su rival (y amigo) Cho Sang-woo. Él gana el juego porque su amigo, en otro acto de altruismo (aunque también algunos podrían suponer como acto de cobardía dado su nulo deseo de regresar a su vida normal en la que simplemente era un fraude), decide suicidarse. Desde una perspectiva meramente racional y pragmática esa postura podría no haber sido la más conveniente para Seong. En realidad, la suerte jugó a su favor. También vemos algo parecido en el mismo juego de las canicas cuando la amiga y contendiente de Kang Sae-byeok tira su canica al suelo para que Kang gane. Y por supuesto, el juego final, donde Oh Il-nam (el anciano) apuesta a Seong Gi-hun que nadie va a ayudar al vagabundo que ven desde la ventana. Al final, alguien llega a ayudarlo.

    El papel de Cho Sang-woo es muy interesante porque plantea varios dilemas éticos: él representa a ese pragmatismo racional, frio y calculado que no está sujeto a ningún orden de valores más allá de la mera supervivencia (con excepción de su suicidio). En el juego de los vidrios, empuja al concursante que perdía el tiempo al no poner determinar sobre cuál vidrio podría saltar, lo que hace que muera. Este acto podría justificarse sólo desde una postura utilitarista, y es que es una exposición del clásico trolley problem donde mata a una persona para que más personas se salven.

    Analysing the Trolley Problem - ALGERIAN BLACK PEARL

    Pero está también el caso del juego de las canicas. Cho Sang-woo engaña a su amigo para sobrevivir. Es cierto que se encuentra en una situación límite y que no ha roto ninguna regla del juego, pero ¿es justificable prescindir de alguien más de manera ventajosa en una situación así? ¿Que su acto sea legal de acuerdo a las reglas de ese contexto totalitario lo convierte en algo ético?

    El mismo caso de las canicas es muy interesante, ya que en un principio el sistema les pide hacer parejas de dos haciéndoles creer que entre ellas van a colaborar con un propósito en común. Así, los jugadores seleccionan a la pareja que más estiman o a la que más confianza le tienen. De esta forma, el sistema coloca a los jugadores en un profundo dilema, ya que es más fácil prescindir de aquella persona que se detesta o se es indiferente que aquella persona que se estima. Algunos de los participantes son capaces de prescindir del otro para sobrevivir, incluso con engaños como en el caso de Cho Sang-woo, pero otros prefieren sacrificarse para que su pareja sobreviva.

    Conclusión

    El Juego del Calamar es una serie despiadada que no se la piensa dos veces antes de presentar la peor y más perversa faceta del ser humano, pero tampoco es que sea pretencioso con ella, al contrario. No es una mera serie con mucha sangre que quiera vender a través de ella, sino que justifica su presencia con un muy buen guión cuya solidez es evidente desde el primer capítulo. Al igual que ocurrió con Parasite o con Dark, que la obra no provenga de los cánones occidentales-estadounidenses sobre cómo hacer cine ni se ajuste a ellos le da un mayor valor: es una serie muy popular, pero no es una llena de clichés o de recursos para atraer a las audiencias. Es, me parece, una crítica social sincera y ello se nota en el trabajo.