Autor: Cerebro

  • Joe Rogan y el antivacunismo ¿cancelar o no cancelar?

    Joe Rogan y el antivacunismo ¿cancelar o no cancelar?

    Joe Rogan y el antivacunismo ¿cancelar o no cancelar?

    Recuerdo, hace más de diez años, que nos congratulábamos por la forma en que Internet expandía nuestra libertad de expresión.

    No es que antes no existiera, más bien es que no teníamos los medios para expresarla. Los medios de comunicación tradicionales, por su mera arquitectura, no tenían el tiempo ni la capacidad para darle voz a todos, y por ello establecían filtros para decidir a quién darle voz: ello podía deberse a razones comerciales, ideológicas y, en el caso de los países menos democráticos, para alinearse con el gobierno. Esos filtros, se dice, ayudaban a reducir el impacto de los discursos extremistas. Rara vez ibas a ver a un comunista o a un ultraderechista con discursos de odio opinando ahí y mucho menos conduciendo algún programa (aunque ciertamente muchas veces llegaron a dar voz a personas con posturas pseudocientíficas como astrólogos y demás, sobre todo en la televisión).

    Pero después de «emanciparnos» de los medios tradicionales, a esa pluralidad aplaudida se empezaron a sumar los «outliers», esos que antes dábamos por descontados o que creímos que iban a quedar en la marginalidad. Discursos de odio, narrativas radicales, teorías de la conspiración, desinformación (tanto la no intencionada como la deliberada) comenzaron a poblar la opinión pública dentro de Internet. Con el tiempo, ello comenzó a ser un problema. De pronto, que cualquier persona pudiera opinar (como bien señalaba Umberto Eco con su argumento de la legión de idiotas) metió mucho ruido a la red. De pronto, una persona que decía tonterías en un bar podía convertirse en un líder de opinión (influencer) por medio de una cuenta de Twitter, un canal en YouTube o un podcast en Spotify. Es más, ese «líder de opinión» podía llegar a aspirar a ser un representante popular.

    Pronto nos dimos cuenta que para «informarnos en Internet» se necesitaban adquirir ciertas habilidades para discernir entre la información valiosa y el ruido. Y ello no es una tarea fácil porque para ello se necesita educación y, sobre todo, espíritu crítico. Pero la inmediatez que Internet representa lo hace todo aún peor, porque verificar información implica tiempo y esfuerzo que muchas personas no están dispuestas a llevar a cabo.

    La desinformación y los discursos de odio (más allá de lo que esto signifique) siguen flotando en Internet. La primera hace que la gente tome malas decisiones (como no vacunarse, por poner un ejemplo) y la segunda enturbia la convivencia en las redes sociales, de tal forma que ello refuerza lo que la misma arquitectura de las redes parece generar: cámaras de eco donde la gente se expone solamente a los pensamientos afines.

    Y el problema es ¿qué hacer con esos problemas? Ellos son reales y tienen un impacto negativo en la sociedad. Lo cierto es que la comunicación por Internet es algo nuevo y no hemos sabido establecer las reglas del juego, apenas estamos comprendiendo su dinámica y sus implicaciones.

    En ello hay varios grados y matices. Algunos apelan a la libertad absoluta: que no haya reglas y no puedas ser censurado por razón alguna, mientras que otros esperan que la censura o «la cancelación» sea ya no solo sobre aquello en lo que todos pueden estar de acuerdo que es reprobable, sino con aquello que no se ajuste a sus preceptos ideológicos.

    El caso de Joe Rogan es paradigmático por lo complejo que es. Artistas como Neil Young amenazaron con retirar su música de Spotify si ésta plataforma no retiraba los contenidos del podcaster por promover desinformación sobre las vacunas al sugerir que los jóvenes no deberían vacunarse y que utilicen un medicamento parasitario para combatir el virus (clara desinformación que contraviene a la evidencia científica).

    La respuesta más simple podría ser que Spotify debería censurarlo porque está propagando desinformación (lo cual es cierto) que puede llevar a la gente a tomar malas decisiones. Una persona razonable debería estar de acuerdo con que es necesario vacunarse: la evidencia a favor de la vacunación es abrumadora y ciertamente cualquier postura antivacunas es, casi por definición, irracional.

    Pero hablar de censura nos mete en un terreno fangoso, la cuestión no es tan simple. La ausencia total de censura es problemática: es correcto censurar a aquellas personas que busquen atentar contra la integridad de alguien más (digamos que promuevo atentar o agredir a una minoría). La libertad de expresión termina ahí donde comienza la integridad del otro, ahí donde tu derecho está atentando en contra del mío y donde mi integridad es más valiosa que tu derecho a decir algo.

    El caso de Joe Rogan es más complicado. Todos estamos de acuerdo en que aquello que comunicó es desinformación y que ello puede hacer que la gente (que tome su palabra) tome malas decisiones que puedan comprometer su salud. Es cierto también que Joe Rogan no tiene la intencionalidad de poner en riesgo la integridad de los demás sino que opina desde la ignorancia y no comprende las consecuencias de lo que dice.

    Si la respuesta para combatir la desinformación siempre es la censura, ello puede volverse muy problemático y riesgoso. Por ejemplo, ¿cómo determinamos qué es desinformación? En el caso de Joe Rogan parece claro porque la comunidad científica lo puede aclarar al mostrar la evidencia disponible, pero habrá casos en que determinar que algo sea desinformación pueda un tanto más complicado, y en esas situaciones existe el potencial de que se utilice la censura para callar voces contrarias a ciertos intereses: digamos que cometí un acto ilícito, que quien me acusa en las redes sociales fue testigo pero no tiene pruebas (digamos, me vio cometerlo pero no tenía un celular y no me grabó) y apelo a la censura como amenaza para que «se quede quieto». Esos puntos «intermedios» pueden ser aprovechados por el poder político o el poder económico para ejercer censura sobre aquellos actores que les parezcan incómodos.

    Cuando entramos en estos matices, cuando no es evidente qué es desinformación, aquello que se pueda considerar desinformación se confunde con lo que contraviene lo que es socialmente aceptado o forma parte del statu quo y lo cual no es necesariamente algo malo.

    También es cierto que yo puedo decir algo falso por desconocimiento: nadie sabe todo, todos ignoramos muchas cosas. Si se me censura lo tomaré cómo un ataque a mi libertad de expresión y, peor aún, tendré miedo de decir algo por miedo a equivocarme y me autocensuraré. ¿No sería mejor que alguien más me refute y me corrija?

    Otro problema con la censura es el backlash que ésta puede generar. No es algo tan sencillo como decir que lo silenciamos y su opinión ya no va a ser propagada. Es posible que ese individuo busque otros canales o que algún movimiento de ultraderecha lo convierta en un mártir de la corrección política para fortalecer su discurso de que son «víctimas de una dictadura globalista» e incluso es posible que al final, ello termine haciendo que se propague más la desinformación.

    Pero de ahí no se sigue que la censura sea indeseable en todos los casos. Es cierto que, en algunas ocasiones límite, la censura puede ser más eficiente que su ausencia. ¿Qué pasa si una persona quiere decir al aire un argumento que puede hacer que la sociedad tome decisiones apresuradas de tal forma que ello se traduzca en la pérdida de miles o millones de vidas? ¿Se le debería permitir decir lo que quiere decir a pesar de que está poniendo en riesgo millones de vidas?

    ¿El caso de Joe Rogan entraría dentro de esta circunstancia similar o tiene atenuantes como para sugerir que la censura no es prudente? ¿Cómo lo determinamos? ¿Por el número de vidas potenciales que pueda costar su opinión (lo cual es casi imposible de medir)? ¿Porque no tiene la intención de agredir a alguien? ¿O porque esté dispuesto a la réplica y que alguien más cuestione sus puntos de vista?

    Si se va a ejercer dicha censura, ¿quién lo hará? ¿Spotify? ¿El Estado? ¿Qué riesgos existen si Spotify o el Estado la ejercen? Si se usa ¿cómo podemos estar seguros de que no se cometerán abusos? ¿qué mecanismos podrían utilizarse para garantizar transparencia al respecto?

    Por otro lado, ¿podrían pensarse en alternativas que no impliquen la censura tal como la réplica anteriormente mencionada o el uso de fact checking (los cuales tienen un alcance limitado)? ¿Puede esperarse que sea la misma comunidad en Internet la que desacredite sus dichos?

    Más allá de posiciones ideológicas, queda claro que habría que buscar un punto óptimo (el cual creo difícil de encontrar) y a partir de ahí establecer las reglas del juego, de tal forma que una persona no pueda poner en riesgo a muchas otras con lo que dice pero donde se maximice, en medida de lo posible, la libertad que tengo para opinar lo que quiero opinar. Es claro que las posiciones extremas son ineficientes en estos casos, pero es cierto que encontrar el sweet point es una tarea muy difícil.

    Encontrar cómo solucionar este tipo de problemas es uno de los retos de la humanidad contemporánea. La tarea es difícil, pero tendremos que encontrar mecanismos a partir de los cuales se reduzca la desinformación y los discursos de odio sin que ello implique una fuerte restricción a la libertad de expresión.

  • Hay la opulencia y «la opulencia»

    Hay la opulencia y «la opulencia»

    Hay la opulencia y "la opulencia"

    Si una persona se enriquece, si su dinero es bien habido no habría razón alguna para recriminarle el hecho de vivir de forma opulenta. Es decir, si no ha cometido algún acto ilícito, de corrupción o ha atentado en contra de su entorno o la integridad de alguien más, tiene derecho a vivir de forma opulenta de acuerdo con los ingresos que legítimamente ha obtenido.

    Si José Ramón López Beltrán vive de forma opulenta gracias a los recursos que Carolyn Adams (su esposa) ha ganado legítimamente, él tendría derecho a hacerlo. Ello, con independencia de que sea hijo del Presidente.

    Hasta aquí todo parece ir bien, pero si escarbamos un poco más, las cosas empiezan a complicarse:

    Primero, porque detrás de esa opulencia existe un potencial conflicto de interés, ya que ambos habitaron una residencia propiedad de Keith Schilling, ejecutivo de una empresa contratista de Pemex y que tiene contratos con el gobierno del papá de José Ramón (o sea, AMLO) por más de 151 millones de dólares para obras en Pemex. De alguna manera, José Ramón se benefició del gobierno de su padre para poder habitar esa residencia. Qué cuestiones existan detrás de ello no lo sabemos, pero ese estado de cosas ya se percibe muy problemático. Aunque no sea un caso completamente análogo, sí que tiene tintes parecidos a la casa blanca de Enrique Peña Nieto.

    Segundo, porque su «vivir de forma opulenta» contraviene el discurso de austeridad que su papá pregona desde el poder. Ello no solo muestra cierta hipocresía por parte del Presidente, al pregonar valores que espera que todos los mexicanos sigan pero que su familia no hace, sino que deja entrever actos cuestionables potenciales: ello dice algo sobre lo que el Presidente dice rechazar pero está dispuesto a tolerar para él y para los suyos. Si dice que «va a combatir la corrupción», entonces ¿cómo vamos a creer que los que están en la cima de la élite del gobierno no van a ser corruptos?

    Varios «influencers orgánicos» del régimen salieron en defensa del régimen, se pueden leer argumentos como los siguientes:

    Este es un clásico ejemplo de lo que se denomina whataboutism, un recurso retórico a partir del cual se acusa a la oposición de hacer lo mismo: «ustedes (oposición) sí pueden ser opulentos y nosotros no», pero lo cuestionable no es la opulencia per sé, sino el potencial conflicto de interés y la incongruencia con respecto del discurso de «austeridad» que ellos mismos pregonan.

    Aparte de la descontextualización (porque refiere a opulencias pero no de qué forma), el que algunos personajes que hoy son de oposición hayan cometido actos cuestionables de la misma forma, no relativiza que los beneficiarios del régimen los cometa. Los actos son reprobables por sí mismos, no con relación a alguien más. Peor aún, su denuncia de esos actos cuando eran oposición hacen que la incongruencia se vuelva aún más grosera.

    Violeta también asume, de forma tácita, que «toda la oposición» es igual, que es una misma cosa (idea promovida desde el poder). La realidad es que no es así: gran parte de la oposición de igual forma denunció los conflictos de interés de Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera. Es más, Mexicanos en Contra de la Corrupción, la organización que reveló este escándalo, también fungió como opositor del gobierno de Peña Nieto e incluso el escándalo de la Estafa Maestra fue una investigación que ellos hicieron en conjunto con Animal Político. Pero ello es convenientemente olvidado por los afines al régimen actual.

    Es cierto que los hijos del Presidente pueden vivir de la forma que se les antoje si ese dinero es bienhabido, pero Hernán nada dice del potencial conflicto de interés y nada dice de esa narrativa que su padre ha sostenido y que incluso él mismo ha defendido.

    En mi particular opinión, no es incongruente per sé que una persona que tenga recursos se preocupe por la desigualdad. Yo puedo tener un iPhone y desear que más gente tuviera acceso a uno. Puedo argumentar que la desigualdad es causada por los empresarios rentistas y que mi dinero es bienhabido o que abrí una fundación para dar oportunidades de educación a personas que viven en condición de pobreza. Sin embargo, sí es muy cuestionable que a una persona quien, estando en la oposición, hacía énfasis en la desigualdad, no le parezca cuestionable que una persona presuma opulencia (siendo que la austeridad era una virtud en aras de combatir dicha desigualdad) y que, en ese acto, tenga relaciones con contratistas del gobierno.

    Es claro e innegable el doble estándar. Es evidente que si un escándalo de la misma tesitura hubiera recaído sobre un opositor o sobre un régimen del cual ellos eran oposición el trato había sido muy diferente: seguramente estarían indignados y estarían llenando las redes sociales de reclamos.

  • El #AsaltoAlCIDE y el juicio sumario de la historia a sus perpetradores

    El #AsaltoAlCIDE y el juicio sumario de la historia a sus perpetradores

    El #AsaltoAlCIDE y el juicio sumario de la historia a sus perpetradores

    El día de ayer, el régimen consumó un golpe contra el CIDE mediante una reforma de sus estatutos con la cual podrán tener una mayor injerencia sobre la institución y podrán legalizar (de forma ilegal) lo que siempre fue ilegal: el nombramiento del director Romero Tellaeche.

    Queda claro que es incómoda la autonomía de la comunidad del CIDE frente al régimen. Parece que nuestra institución es, a ojos de ellos, de Álvarez-Bullya (la directora del Conacyt) y el propio Andrés Manuel, una suerte de enemigo a derrocar, una piedra en el camino que hay que quitar. Colonizar la institución y someterla al paradigma ideológico del régimen se vuelve urgente.

    Queda claro que en el régimen no entienden qué es el CIDE, y queda clarísimo que su juicio sobre nuestra institución está lleno de prejuicios. Dicen que el CIDE contribuyó al «saqueo» pero no saben explicar de qué forma y mucho menos son capaces de mostrar la evidencia más mínima. Si algo han hecho es esforzarse por estigmatizar a la institución, tanto al profesorado como al estudiantado. No es de a gratis que el propio Romero Tellaeche nos dijera a los estudiantes que somos esponjas manipuladas por nuestros profesores.

    Lo que está ocurriendo es algo análogo a lo que ha venido haciendo Viktor Orban en Hungría, y ello debe encender las alarmas en toda la comunidad académica porque el CIDE (por su pequeño tamaño) es solo una prueba piloto de lo que podría venir, porque este embate autoritario no solo va a golpear a la academia, sino a la vida democrática misma.

    La propia Álvarez-Bullya, inspirada de forma arbitraria en Thomas Kuhn, ha dicho que viene a cambiar el «paradigma científico» en México porque, de acuerdo con ella, la ciencia en nuestro país es «neoliberal». Si la ciencia y la educación superior en nuestro país son neoliberales (cualquier cosa que ello signifique) entonces habrá que convertirlo en algo diferente, y ese algo diferente evidentemente tiene como pilar la visión personalista de la realidad desde la perspectiva de Andrés Manuel López Obrador. Ello no significa otra cosa que un intento de ideologizar y homogeneizar la ciencia y la educación de nuestro país.

    Pero una cosa son las ambiciones de poder y otra es el juicio sumario de la historia. Ciertamente, López Obrador ha logrado construir una narrativa que sirve como una suerte de impermeabilizante ya que gracias a ésta, los magros resultados de su administración no tienen un efecto significativo en su popularidad. Sin embargo, en el ámbito académico e intelectual la historia es muy diferente. La reputación de aquellas personas que están atacando al CIDE y a la academia en general es producto de la comunidad académica y científica misma (tanto a nivel nacional como internacional): el reconocimiento de sus pares por su trabajo y sus contribuciones a la ciencia y el conocimiento es algo importante para quienes forman parte del mundo académico y no tanto el respaldo de la población en general que no suele estar muy interesada sobre asuntos académicos o científicos y de la cual no se suele explicar su reputación más bien reservada para las élites académicas (y que aún así, de acuerdo con encuestas, están a favor de la libertad y autonomía académica).

    El problema es que el régimen no tiene siquiera una comunidad académica e intelectual que lo respalde (con excepción de unos pocos personajes como Lorenzo Meyer o Paco Ignacio Taibo, aliados del régimen) sino que más bien se la ha echado encima. El régimen está muy lejos de conformar una élite o siquiera una «contra-élite» académica como para que los perpetradores puedan refugiarse ahí y piensen que su reputación solo se ha perdido en un «insignificante sector elitista y neoliberal». No solo son los «neoliberales» los indignados, es que muchos personajes identificados con la izquierda política han repudiado sus acciones.

    La postura de la comunidad académica nacional e internacional (incluyendo el pronunciamiento de algunos premios Nobel) ha sido en favor de la comunidad del CIDE y en contra de las ambiciones de Álvarez-Bullya y sus secuaces. Ciertamente, el poder es muy atractivo, pero éste es más bien temporal: ya no solo porque el régimen puede perder el poder mediante elecciones, sino porque siempre existe el riesgo de ser removido por el propio régimen producto de cálculos políticos (y vaya que la cabeza del régimen, López Obrador, ha demostrado ser poco leal con sus subordinados).

    ¿Se han puesto a pensar los perpetradores de este asalto al CIDE qué es lo que se va a decir de ellos en la comunidad académica cuando salgan del poder? La respuesta solo podría ser positiva en tanto la alternativa que promueven no es peor que el estado de cosas actual, pero el problema es que ni siquiera hay una alternativa y tan solo hay una hoja de ruta basada en el encono ideológico. Ni siquiera hay una élite académica que comulgue con su visión.

    ¿Se ha puesto a pensar el director sobre el repudio de toda la comunidad a la que pretende dirigir e incluso sobre la que ya dirigió (el Colmex)? ¿Se han puesto a pensar que el poder sin legitimidad alguna es poco más que un cascarón vacío?

    El juicio de la historia lo va a escribir la academia y la comunidad científica, a la cual es mucho más difícil de convencer mediante narrativas y simbolismo. Dicho sea de paso, habría que señalar que en materia de narrativa han sido derrotados una y otra vez por la comunidad del CIDE: la opinión pública se ha puesto de lado de estos últimos y ha mostrado como villanos a los primeros. Dicha derrota narrativa no puede ser revertida mediante meras consultorías que los perpetradores desean contratar.

    Ese juicio puede ser lapidario y, en vez de ser congratulados por haber llevado a cabo una «revolución Kuhniana», podrán ser recordados por ser artífices o cómplices del ataque a las instituciones educativas.

  • Vigilar y Cancelar a Quadri

    Vigilar y Cancelar a Quadri

    Para que una causa sea buena es condición necesaria que sea noble, mas no suficiente.

    No estoy de acuerdo con la postura de Gabriel Quadri. Sin embargo, de igual forma tampoco puedo estar a favor de la actitud del conductor de CNN al correrlo, ya no solo por mis principios liberales, sino porque en ese ámbito de la búsqueda de la inclusión ese tipo de actitudes terminan siendo muy contraproducentes.

    En ese programa todo salió mal. El propio Gabriel Quadri llegó predispuesto al programa y no mostró la más mínima empatía por la diputada transexual a raíz del sufrimiento y el abuso del que ha sido sujeta por su identidad de género (quien tampoco es que haya mostrado una muy buena actitud). El conductor, quien debería haber sido una suerte de moderador, terminó corriendo a Gabriel Quadri del programa.

    Nada salió bien, nadie se detuvo a hacer un alto y pensar. Las tres personas, en un desplante mecanicista, se pusieron en automático y todo inevitablemente colapsó.

    Prejuicios al Quadrado

    Pensemos. ¿Qué habrá pensado Gabriel Quadri después de que el conductor lo corriera (o como decimos ahora, que lo cancelara)? Si de algo estamos seguros es que ello no lo llevó a una reflexión alguna. Por el contrario, seguramente se sintió alienado y reforzó la postura que ya tenía.

    La gente tiene prejuicios por distintas razones. Evidentemente existe gente que siente odio y repudio por los transexuales: ellos son los que están más predispuestos a agredirlos o a excluirlos porque lo hacen de manera completamente voluntaria y consciente, pero no toda la gente que alberga prejuicios (todos los tenemos de una u otra forma, o solo miren al mismo conductor al hacer alusiones a Tepito) tiene esas intenciones. Hay gente que los tiene porque no tiene la información o el conocimiento necesario sobre algún fenómeno, o bien, creció y se familiarizó con una realidad para la cual ese fenómeno le era ajeno y desconocido, por lo cual lo que le es poco familiar le asusta y le genera incertidumbre. Algunas personas dejan que esa incertidumbre se convierta en odio hacia aquellas personas que albergan lo «diferente» o lo que rompe la normalidad, pero muchas otras personas, a pesar de la incertidumbre, comprenden que el hecho de que sea algo poco familiar no le despoja de dignidad: «no comprendo la transexualidad y ello me hace sentir incómodo y tal vez hasta amenazado porque siento que confronta mi idea de lo que la realidad o el orden social debería ser, pero comprendo que, dado que son humanos, son personas dignas por el mero hecho de ser personas y merecen ser respetadas».

    De ahí se sigue que varias de las personas que albergan prejuicios podrían ser persuadidas para que, en mayor o menor medida, los abandonen, y ello ocurrirá cuando tengan información tal que les haga ver que las ideas que tienen de tales o cuales personas eran erróneas. Claro, ello no es una tarea fácil porque implica que la persona se confronte consigo misma, pero podemos estar seguros de que la censura tendrá menos beneficios y será muy contraproducente.

    El problema es que parece asumirse que quien tiene un prejuicio lo hace necesariamente por razones de odio, como si aquella persona tuviera la intención deliberada de querer «atentar contra aquellas minorías» de las cuales alberga prejuicios. De ahí se asume (erróneamente) que cualquier persona que tenga un prejuicio debería ser cancelado, y ello me parece un error.

    Pareciera asumirse que cancelando discursos estos van a desaparecer, porque entonces la gente va a temer expresar sus opiniones por miedo a ser relegado o señalado, fenómeno que se le conoce «la espiral del silencio» acuñado por Elisabeth Noelle-Neumann. El problema es que, dado que dicha gente sigue albergando sus propios prejuicios (nada más no los dice por miedo a sufrir represalias), bastará con que alguien les dé un espacio para que puedan expresarse: movimientos ultraconservadores o de ultraderecha que no solo critican los «cómos» en lo relativo a la inclusión, sino que en muchos casos se opondrán a la inclusión misma.

    Por el contrario, hacer la distinción hará que algunas personas ya no propaguen prejuicios simplemente porque ya no creen en ellos. Las personas que realmente odian a los que perciben como diferentes ya no tendrán en los individuos que se sienten alienados a unos aliados potenciales a través de los cuales fortalecer sus movimientos.

    El infierno que está pavimentado de buenas intenciones

    Otro problema con la censura es el siguiente: las causas nobles no necesariamente derivan en buenos resultados (muchos ejemplos de esto existen a lo largo de la historia). Es importante la forma en que está instrumentalizada la causa y para ello es importante que la causa misma reciba retroalimentación y pueda ser objeto de crítica: si ello no ocurre, se volverá más dogmática, rígida y, por tanto, más ineficiente.

    Criticar las formas no implica oponerse al fondo. Yo bien puedo oponerme a que haya animales al circo pero, a la vez, sé que simplemente aplicar la prohibición sin que haya una política pública bien diseñada podría traer resultados lamentables como, por cierto, ocurrió en la Ciudad de México.

    A veces es difícil distinguir entre aquella persona que alberga prejuicios y aquella persona que simplemente muestra escepticismo hacia las formas: se tiende mucho a asumir que aquella persona que guarda escepticismo es prejuiciosa, lo cual muchas veces no es el caso. Que el ejercicio sea complicado no significa que ese esfuerzo deba abandonarse. Por ejemplo, preguntarse si es buena idea que los transexuales participen en competiciones deportivas de personas del sexo con el que se identifican no es per sé discriminatorio: reflexionar sobre el hecho de que los transexuales tengan franca ventaja física pueda crear un orden de cosas injusto puede ser algo razonable (lo cual, por cierto, fue lo único sobre lo que el conductor pareció reflexionar).

    Si se comprende esto, si se asume que la realidad es muy compleja y que los fenómenos sociales no son tan simples como creemos, entonces podrá abordarse el problema con mucha más inteligencia y asertividad. Muchos podemos considerar la inclusión como algo imperativo, pero ello no significa necesariamente que la ruta propuesta para alcanzarla siempre sea la idónea: ahí es donde la retroalimentación puede llevarnos a construir mejores esquemas y hojas de ruta para que las minorías sean incluidas en la sociedad, para que estén en el centro y no en la periferia.

    Detenerse a pensar no implica tomar una postura tibia o pusilánime, sino más bien una inteligente, madura y pragmática. Se deberá ser duro y determinante con aquellas personas con las que se tenga que ser duro y determinante, pero también se deberá ser empático y persuasivo con aquellas personas con las que se tenga que ser empático y persuasivo.

    Paréntesis: ni todo es cultura de la cancelación ni cancelar no siempre es malo

    Quiero concluir haciendo una acotación. Que reproche el acto de censura y cancelación no implica que en todas las circunstancias ello sea malo. Por ejemplo, es acertado cancelar a aquella persona cuyos dichos tienen la intención de agredir a otra persona o a poner en riesgo su integridad (por ej, que Quadri diga que hay que rechazar o excluir a los trans porque son obra del demonio). Reprochar que se contrate a una persona con antecedentes de abuso sexual o comportamientos denigrantes es acertado ya que dicha persona puede ser una amenaza potencial en muchas formas (claro, a menos que dicha persona haya mostrado un sincero arrepentimiento).

    Tampoco todo lo que se dice que es cultura de la cancelación lo es ni es algo nuevo, pareciera que para algunos sectores cualquier crítica que no les agrada implica una «cultura de la cancelación», para explicar esto les comparto este texto que escribí hace un año.

  • El 18 Brumario de López Obrador

    El 18 Brumario de López Obrador

    El 18 Brumario de López Obrador

    En su libro, El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte, Karl Marx afirmaba que la Revolución de Francia del siglo XIX parece haber transcurrido en sentido contrario a la Revolución Francesa que todos conocemos (la cual se fue radicalizando con el tiempo hasta derivar en El Terror de la era de Robespierre), como si esa segunda Revolución volviera a la dominación más antigua (del sable y la sotana).

    Algo parecido pasa con la llamada cuarta transformación de López Obrador. Las primeras tres transformaciones a las que López Obrador hace alusión, con sus virtudes y sus defectos, trajeron consigo alguna suerte de progreso: la Independencia se explica por sí misma, la Guerra de Reforma trajo la separación entre la Iglesia y el Estado mientras que la Revolución Mexicana, con todas sus cuestiones criticables, como el hecho de ser el génesis del PRI autoritario, de menos trajo consigo una mayor cobertura educativa y una mayor cobertura de derechos sociales que se hicieron realidad años más tarde.

    Esta autodenominada cuarta transformación también parece ir a la inversa. Si la tercera trajo una mayor cobertura educativa y una mayor cobertura de derechos sociales, la cuarta trae una cruzada en contra de la educación y la ciencia estigmatizando a la comunidad científica, desmantelando y colonizando el propio Conacyt, atacando al CIDE y al ENAH que siguen siendo hostigados y deteriorando los propios programas sociales, sobre todo aquellos que tienen que ver con la salud que han dejado a los que menos tienen en una peor posición. No sin olvidar la terrible e irresponsable gestión que este gobierno ha hecho en medio de la pandemia.

    Con relación a la segunda transformación, los constantes ataques al estado laico y la «sacralización» del poder ha constituido casi un ataque frontal a la Guerra de Reforma, y con relación a la primera, hemos visto el constante ataque a los migrantes que tiene como fin quedar bien con el vecino del norte haciéndole el «trabajo sucio» para que éste no sea un problema en la ambición restauradora del régimen actual. Todo parece ir para atrás, todo es un retroceso, la reversa también es cambio.

    Marx no se equivocaba al explicar la dominación burguesa como algo que no necesariamente era una suerte de opresión explícita o deliberadamente intencionada. Decía más bien que quienes detentaban el poder (en sus diversas denominaciones) lo ejercían de tal forma que, de acuerdo a su cosmovisión, creían que era lo más adecuado para la sociedad. Tal vez ello nos ayude a explicar la debilidad opositora que, estando en el poder, gobernó pensando que la mejor forma de gobernar a la sociedad era aquella que empataba con su cosmovisión, la cual, si algo carecía, es de capacidad para tender puentes y establecer diálogo con los que menos tienen, vacío que aprovechó López Obrador.

    Pero López Obrador ha hecho el esfuerzo de empaquetar a todo aquello que no cuadre con su régimen dentro de una sola cosmovisión, una «superestructura» que tiene que ser sustituida en el discurso por la voluntad del pueblo y en los hechos por la suya propia. Pero este afán es muy superficial.

    Aunque AMLO insiste en que el CIDE ha «formado parte del saqueo», la realidad es que desde esta institución, que, a pesar de la imposibilidad de no tener orientación alguna pero que ciertamente ha mantenido cierta autonomía idiosincrática gracias a su comunidad, creó e hizo mucha crítica hacia los regímenes de Felipe Calderón y, sobre todo, el de Peña Nieto. Es todavía más difícil equiparar al ENAH con esa «superestructura neoliberal» que López Obrador pretende desmantelar. Y aunque el INE fue creado en tiempos de Salinas, éste fue creado gracias a la presión opositora (de la cual formaba parte su entonces partido el PRD) producto de la ilegitimidad de las elecciones de 1988.

    Pero López Obrador sí que pretende crear una superestructura rígida que más que revolucionaria es restauradora, donde lo autónomo (asumido como remanente de la antigua superestructura) debe desaparecer, o bien, ser transformado y sometido al poder. Una superestructura que, en el discurso, se desprende completamente de la otra pero que en la práctica no lo hace del todo. Las condiciones materiales y económicas son las mismas (aunque más deterioradas) y las mayores fortunas, hechas al amparo de distintos gobiernos, parecen llevarse bien con el régimen actual.

    Para concluir, vale la pena rescatar a Luis Villoro quien insiste en que los discursos y formas de pensamiento que en un inicio son libertadores o aparentan serlo, corren el riesgo de convertirse en ideologías que, a su vez, fungen como instrumentos de dominación. Así, el otrora discurso liberador de López Obrador (liberarse de la corrupción y el neoliberalismo) se ha convertido en la nueva ideología hegemónica, una todavía menos flexible que la del pasado reciente. La otra «superestructura» le dio la oportunidad de contender en unas elecciones y ganarlas. No es completamente seguro que quien quiera contender contra el régimen actual vaya a tener las mismas facilidades.

  • El problema con el mérito

    El problema con el mérito

    El problema con el mérito

    El día de ayer, a raíz del debate de las becas y otras discusiones en Twitter, así como lecturas que he hecho de la meritocracia en el pasado, me puse a pensar lo siguiente.

    1) Normativamente, quienes tienen más méritos (valga la redundancia) merecerían tener mayor acceso a oportunidades. Es cierto que ello es «desigualador», pero en ese contexto, dicha desigualdad no es mala. Habría que hacer esa distinción en las desigualdades que no no son inequitativas de las que sí lo son.

    Pero el diablo está en los detalles.

    2) ¿Qué entendemos por mérito? ¿cómo lo conceptualizamos y lo instrumentalizamos? ¿Tiene más mérito quien se esfuerza más? ¿Cómo determinamos quién se esfuerza más? ¿quien emplea más horas de estudio efectivas, o quien gasta una mayor energía a la hora de estudiar y termina más cansado? ¿Cómo se mide eso?

    3) Para medir el mérito con base en un instrumento como las calificaciones o la evaluación personal del profesor, donde el mérito es la variable independiente y el instrumento la dependiente, tenemos que asegurarnos que no hay otros factores que inciden en el instrumento. El problema es que, por lo general, los hay: hay diferencias socioculturales, psíquicas, intelectuales, familiares y de otra índole que inciden en la medición. ¿Cómo los separas de la medición para que éste mida el mérito sin que esté contaminado por otras cuestiones? No es una tarea fácil.

    Es la misma razón por la cual esa idea de pensar que quienes están en la cúspide de la pirámide social fueron quienes se esforzaron más es problemática. El esfuerzo juega un papel, pero ni siquiera es el más relevante de la ecuación, ni siquiera en los países más justos, ahí donde todos se apegan al Estado de derecho.

    4) Si estas cuestiones afectan el instrumento a partir del cual medimos el mérito y decidimos asignar más oportunidades, entonces el argumento de que «las calificaciones perpetúan la desigualdad» se vuelve cierto, porque quienes se encuentran en desventaja tienen menores posibilidades de alcanzar mejores calificaciones.

    5) Ahora, de aquí no se infiere que no deba dar más oportunidades a quienes se esfuercen más. Anular esto también conlleva muchos problemas. Si pudiera medirse el esfuerzo, los estudiantes tendrían más incentivos para echarle ganas ya que tendría una mayor retribución.

    6) La cuestión es ¿cómo saber quién se esfuerza más? Parece tarea sencilla, pero no lo es: un profesor puede decir que Juan merece más oportunidades que Pedro porque pone más atención en clase y levanta más la mano (además de que tiene mejores calificaciones), pero es posible que Pedro esté viviendo serios problemas familiares o su capacidad intelectual o de concentración sea menor de tal forma que emplea mucho más esfuerzo que Juan para obtener una evaluación que es más baja.

    7) Primero habrá que reconocer que el fenómeno es complejo, y solo reconociendo su complejidad, solo teniendo más empatía y acercamiento con los estudiantes de tal forma que se conozca su situación individual más a fondo, será más fácil poder medir el esfuerzo de una forma, si bien no perfecta, sí más aproximada.

    8) Pueden darse oportunidades a talentos destacados, sí, pero esto puede hacerse pensando en que esos talentos tienen mayor potencial de aportar algo a su comunidad dadas sus capacidades, y no pensando en que tienen un mayor mérito. Aunque pueda parecer desigualador, el hecho de que la gente más talentosa tenga más oportunidades creará sociedades más prósperas de las cuales los menos desaventajados puedan beneficiarse indirectamente. Esto sigue esta idea rawlsiana de que la desigualdad no es mala cuando incluso los de abajo se beneficien de ella.

    9) Puede exigirse una calificación mínima, sí (ya se hace al establecer como requisito pasar la materias con 6 o más), siempre y cuando se hayan considerado los otros factores y se apoye a quienes hayan tenido calificaciones más bajas ajenas al esfuerzo, y no pensando en que es cuestión de mérito, sino como forma de incentivar a que los estudiantes efectúen un esfuerzo mínimo. El esfuerzo es importante ya que éste aumenta, de una u otra forma, la preparación de los estudiantes.

    10) Esto no implica que deban eliminarse instrumentos como evaluaciones en pos de una supuesta igualdad, se trata más bien de crear las condiciones para que los menos desfavorecidos puedan ya no solo ir a la escuela, sino tener un mejor desempeño: por ejemplo, atención en sus problemáticas familiares (psicológica y de otra índole), escuelas de tiempo completo, desayunos para que estén mejor nutridos (lo cual influye fuertemente en el desempeño académico).

    Estas consideraciones no justifican ni validan, a mi parecer, la propuesta de becas de Claudia Scheinbaum. Su crítica al mérito puede tener alguna validez, pero es claro que la forma en que esta política pública está diseñada con propósitos clientelares como bien lo explica este tuit.

  • No mires arriba, porque mi crítica a esta película no va a ser cómoda

    No mires arriba, porque mi crítica a esta película no va a ser cómoda

    Imagen: Netflix

    Me enteré de este filme por Twitter. Vi que varias personas estaban comentando que se trataba de una gran obra, que esta sátira desnudaba de cuerpo entero a la sociedad estadounidense. Naturalmente abrí el Netflix y me dispuse a verla, y aunque no puedo decir que es un bodrio o que no vale la pena (tiene sus momentos buenos, las actuaciones en general me parecieron buenas y me parece que el final logra rescatar algo de la película), esta obra pierde muchos méritos, a mi juicio, por la forma en que hace crítica social.

    Cuando veo un filme, incluso si es una sátira (el género en el que el filme de Adam McKay busca criticar a la sociedad norteamericana), yo suelo esperar algo más que la confirmación de mis posturas ideológicas. En algún sentido podría decir que estoy de acuerdo con lo que denuncia: el negacionismo hacia la ciencia, la corrupción política, la frivolidad de los medios de comunicación y el show business o la preponderancia a creer en teorías de la conspiración.

    El problema del filme tampoco es que esta crítica pueda tener cierto sesgo progresista. Que las críticas se hagan desde cierto paradigma o doctrina ideológica no solo no es malo, sino que es hasta cierto punto inevitable. John Oliver y Stephen Colbert pueden tener cierto «sesgo» liberal (en el sentido norteamericano) y son comediantes que me gustan mucho ver, pero dentro de su comedia hay algo de sustancia, no se queda solo en el «lo que dice Colbert confirma mis posturas», hay algo de profundidad y explicación de los fenómenos ahí. Que sea comedia no significa que no pueda haber algo de profundidad.

    Y eso es lo que no tiene No Mires Arriba, la forma de abordar la crítica a la sociedad estadounidense me parece frívola y superficial, no me dice nada que no sepa ni trata siquiera de explicar lo que critica. Si yo concuerdo con la postura ideológica desde la cual se hace la crítica, entonces el mensaje es, como un amigo me decía: «Yo, que veo el filme, soy bien inteligente y todos los demás (exhibidos en el filme) son unos pendejos».

    Pero eso es conformarse con poquito intelectualmente, y por eso me llama la atención la reacción en las redes sociales y la forma en que se ha encumbrado a esta película. Si yo creo que los republicanos conspiranoicos son unos idiotas, el filme me lo confirma, pero no me explica nada de ello, solo reafirma mi postura caricaturizando al otro viéndolo como más despreciable.

    Otro ejemplo es la forma en que se retratan a las Big Tech. Es claro que hay un profundo y necesario debate sobre el efecto que las empresas en línea y, sobre todo, las redes sociales tienen sobre la sociedad, sobre los riesgos de la inteligencia artificial que utilizan y sobre si estas empresas deberían ser reguladas dadas sus características muy particulares, pero casi nada de este debate (tan importante) se refleja en esta película que se limita a retratar con un tono anticapitalista al empresario malvado que quiere controlar al gobierno y a la sociedad con sus poderosos algoritmos. No es que no existan empresarios inmorales en este medio, es que reducirlo a ello ignora por completo los debates que son necesarios para que estos cambios tecnológicos generen menos efectos negativos (o más efectos positivos) en la sociedad.

    Sería iluso esperar que una sátira sea un análisis académico, al final es una comedia, pero tampoco deberíamos conformarnos con una trivialización exagerada y una excesiva simplificación de distintos fenómenos sociales que terminan siendo drásticamente simplificados hasta para una sátira. Algo me vino a la cabeza de Anne Applebaum quien, criticando el resurgimiento de la ultraderecha (pone como ejemplos a Polonia, la Hungría de Orbán o la España de Vox entre otras) señala esta aversión por ciertas personas hacia la complejidad lo cual los hace muy receptivos hacia el discurso de la derecha autoritaria. Este filme hace eso, ofrecer un discurso demasiado simple sobre algo que es más bien complejo, uno que hace énfasis en nuestras preocupaciones y las empaqueta en narrativas muy simples que sustituyan a la complejidad. Una sátira no te va a complejizar un fenómeno por sí misma, pero sí te puede invitar a ello, y este filme no lo hace.

    Si bien se entiende que es una sátira y que, por tanto, en este género se exageran los fenómenos de los cuales se hace burla, por momentos sí llega a transmitir una percepción demasiado exagerada de la realidad. Pareciera crear la sensación de que los medios de comunicación están completamente trivializados y han dejado de cumplir con su propósito de informar, lo cual tampoco es así (más allá de la cultura de consumo estadounidense y la progresiva polarización en medios) y pareciera crear la percepción de que la sociedad norteamericana es simplemente una basura, con lo que tampoco estoy de acuerdo (más allá de sus evidentes imperfecciones y más allá de que la sociedad norteamericana no me parezca la más ejemplar).

    Dicho lo anterior, por momentos el filme parece ser una autoparodia, por momento llega a entrar en esta trivialización y en este afán de empaquetar todo en una «cajita feliz» que el mismo filme busca denunciar. Eso, en lo particular, me pareció muy incómodo.

    ¿Por qué este filme causó tanto hype? Posiblemente porque satiriza aquello de lo que se habla comúnmente, de aquello que preocupa (y tal vez con mucha razón) a la gente, sobre todo desde las perspectivas liberales o progresistas, porque empata con lo que ya veníamos pensando, pero solo lo dice y se burla de él, como si fuera una suerte de fan service (recurso tan clásico del cine de estos años que apelan a la nostalgia): que los consumidores se sientan identificados. Ciertamente tampoco es un pésimo filme, tiene sus buenos momentos, pero tampoco puedo compartir esta idea de que se trata de una gran obra.

  • ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    ¿Por qué sí se deben tomar medidas para que la gente se vacune?

    Nuestra especie vive en una situación extraordinaria (aunque pueda parecerlo menos porque, después de dos años, parece que nos hemos comenzado a acostumbrar al bicho), y si vive en una situación extraordinaria, la respuesta de los distintos actores, que van desde el Estado hasta la sociedad civil, pasando por las propias empresas, deben de ser extraordinarias.

    En un contexto liberal, no deberíamos esperar que el gobierno tome medidas draconianas como ocurre en países como China, pero sí las medidas mínimas necesarias para proteger la vida de las personas y aminorar el impacto que este virus tiene al tiempo que estas tengan el impacto menor en la vida cotidiana. Ello quiere decir que no se deben tomar medidas más allá de lo estrictamente necesario para proteger la vida e integridad de los individuos.

    Y una de esas medidas «estrictamente necesarias» es que las personas se vacunen.

    Todos estamos de acuerdo en que ya no podemos quedarnos encerrados en nuestras casas muertos de miedo, que ello tendría un impacto en la economía y en la psique tal que también afectaría la integridad de las personas, pero sabemos que debemos tomar ciertas medidas para que el impacto sea el menor posible como lavarnos las manos, usar cubrebocas en lugares muy concurridos o tomar ciertas medidas de sana distancia (las cuales bien pueden relajarse un poco cuando los contagios se reducen pero no en un pico de pandemia como ocurrirá en las siguientes semanas con la nueva variante).

    Dicho esto, para poder continuar nuestras vidas con cierta normalidad, es importante que la gente esté vacunada. Las vacunas no acaban con el riesgo de la transmisión pero sí la reducen. Tampoco tienen, como hemos visto, la capacidad de alcanzar la inmunidad de rebaño, pero la gente vacunada provoca menos muertes que la gente que no lo está. Ciertamente, si una persona decide poner en riesgo su propia integridad el Estado no debería entrometerse, pero si la persona pone en riesgo la integridad de los demás, sí que lo debería de hacer.

    He visto, con algo de asombro, que algunas personas se oponen a las medidas del Estado y de las empresas para hacer que la gente se vacune. Incluso, en un acto de deshonestidad intelectual, han equiparado estas medidas con el régimen nazi. Vaya, comparar la toma de medidas sanitarias para proteger a la gente con medidas para discriminar a una persona con su religión es algo completamente absurdo. Comparar a los judíos con la gente que, por ignorancia o irresponsabilidad, ha decidido no vacunarse, puede verse incluso como una forma de relativizar groseramente el genocidio del cual fueron víctimas los propios judíos.

    Algunas personas dicen que estas medidas son iliberales y dictatoriales, pero no es así. Primero, son medidas mucho más moderadas que las que se toman en países autoritarios. Segundo, ni siquiera entran en conflicto con los valores del liberalismo. Por ejemplo, en su libro On Liberty, John Stuart Mill dice que el Estado no debería entrometerse con las vidas de las personas y solo pueden restringir la libertad de aquellos actos que puedan dañar a otros. Claro está, no vacunarse afecta la integridad de los demás ya que podemos propagar el virus con mucha mayor facilidad.

    Por esta misma razón, uno tiene que sacar una licencia de conducir para poder manejar y uno no puede conducir bajo los efectos del alcohol. De la misma forma, un empresario tiene derecho a hacerse millonario legalmente pero no tiene derecho a destruir el ecosistema o a atentar contra la integridad de otras personas.

    Ser liberal no implica hacer lo que nos plazca sin consecuencias. El liberalismo busca, por el contrario, maximizar nuestra libertad dentro de un entorno en el que estamos sujetos a ciertas reglas para que nuestras libertades no afecten a las de los demás. Es decir, los seres humanos estamos sujetos a un contrato social el cual nos restringe ciertas libertades en aras de proteger la integridad y la libertad de los demás: no tenemos derecho a matar a otra persona, no tenemos derecho a robar y no tenemos derecho a conducir alcoholizados porque en ese estado corremos el riesgo de atentar contra la integridad de terceras personas.

    Incluso, en estas restricciones no se elimina la agencia que el individuo tiene. El individuo bien puede decidir no vacunarse, pero debe asumir que no podrá realizar tal o cual actividad. Si quiere realizar tales actividades, entonces tiene la opción de vacunarse.

    Habiendo dicho esto, me parece muy complicado de justificar, tanto desde una forma normativa como una práctica, la oposición hacia las medidas que el Estado y las empresas puedan tomar para hacer que la gente se vacune. Sin embargo, vale mencionar algunos requisitos que me parecen importantes para que el Estado o las empresas implementen este tipo de medidas.

    1. La ciudadanía debe tener acceso a la vacunación. Es decir, el Estado o las empresas solo deberían implementar estas medidas en tanto que las personas puedan acceder a vacunarse.
    2. La decisión debe estar sustentada en evidencia empírica. Por ejemplo, si una nueva variante hace que las vacunas no reduzcan el riesgo de transmisión o no funcionen y ésta se vuelve dominante, entonces estar o no vacunado no marcaría diferencia alguna para estos efectos y las medidas terminarían volviéndose innecesarias.
    3. No debería aplicarse para las personas que, por una condición médicamente justificada, no puedan o deban vacunarse.
    4. El Estado o las empresas que tomen estas decisiones deben comunicar sus decisiones de la forma más eficiente posible para que la gente las comprenda y tenga mayor información al respecto.

    A medida que pasa el tiempo (más de año y medio), nos hemos percatado de que las vacunas funcionan y que sus efectos secundarios son reducidos (y los cuales, cuando han existido, han sido comunicados al público y estos conllevan un riesgo bastante menor al riesgo que implica no estar vacunado). No hay justificación con base en evidencia para oponerse a ser vacunado. Quienes deciden no vacunarse lo hacen por ignorancia (no tienen la información suficiente o correcta a la mano) o por irresponsabilidad (no quieren o no les importa vacunarse), o una combinación de las dos.

    No hay justificación para oponerse a estas medidas, ni siquiera desde una postura liberal.