Autor: Cerebro

  • Elon Musk vs Robert Kiyosaki. Las dos caras del capitalismo

    Elon Musk vs Robert Kiyosaki. Las dos caras del capitalismo

    Del capitalismo siempre se ha hablado y escrito. Algunos lo señalan como el culpable del ascenso de Trump al poder -afirmación que considero parcial y algo tramposa-. Cuando hablamos de capitalismo, deberíamos de hablar de «capitalismos». Es decir, se sobreentiende que el capitalista tiene dinero, pero otra cosa es lo que hace con él. Y dependiendo de lo que haga con él, es que el capitalista contribuye o no a la sociedad.

    Hoy voy a hablar de esas dos formas de capitalismo, y para eso me permití traer a colación a dos «gurús», figuras que son admiradas por distintos tipos de personas con perfiles diferentes, pero que buscan, muy a su manera, el éxito.

    Elon Musk vs Robert Kiyosaki. Las dos caras del capitalismo

    El primer perfil es el del capitalista acaparador. El fin primero y último de este capitalista es acaparar dinero. El dinero es un fin, el dinero le proporciona status, autoestima y autorrealización. Este capitalismo acapaparador es el que representa Robert Kiyosaki, cuyo libro, «Padre Rico, Padre Pobre» invita a la gente a cambiar su relación con el dinero para ponerlo literalmente al centro de su vida.

    El segundo perfil es el del capitalista emprendedor. El fin último de este capitalista no es acaparar dinero. Lo acapara porque lo necesita como medio para un fin posterior. El dinero no lo autorrealiza, sino un proyecto de un espíritu más elevado. El capitalista emprendedor es un soñador, desea hacer algo importante en este mundo y pone su capital en ello.

    El capitalista emprendedor sueña con crear su empresa, sueña con ejecutar su proyecto o inventar algo. Elon Musk es el claro ejemplo. Después de haber cofundado Paypal, lanzó su marca de automóviles eléctricos -y ahora autónomos- Tesla, y también su empresa espacial SpaceX, cuyo propósito ulterior es llevar al hombre a marte y colonizar ese planeta.

    El capitalista acaparador como Robert Kiyosaki ningunea a quienes no toman el camino trazado por el dinero. Dice Kiyosaki que la escuela no es importante, que solamente forma empleados como su «Padre Pobre». Elon Musk, por su parte, busca a esos estudiantes para enrolarlos a alguno de sus proyectos, él busca a los mejores y los involucra de tiempo completo. Posiblemente esos empleados no se vuelvan millonarios, pero seguramente trabajar en uno de esos cohetes o automóviles Tesla rompedores le da sentido a sus vidas. Eso no importa para el capitalista acaparador.

    La desigualdad mundial se explica más por los capitalistas acaparadores que por los capitalistas emprendedores. La necesidad de los últimos para emprender los obliga a generar empleos que se pagarán con los dividendos de la riqueza que generan. Los acaparadores no están tan interesados en generarlos, a ellos les gusta especular y acaparar la riqueza que generaron otros.

    Una de las tantas razones por las cuales un demagogo fascista como Donald Trump se convirtió en Presidente de Estados Unidos es por el estancamiento de la clase media, fenómeno provocado no solo por la tercerización de empleos o la tecnología, sino por el acaparamiento de capital en manos de unos pocos. Curiosamente, Robert Kiyosaki, el gurú del acaparamiento, no sólo es amigo de Donald Trump, magnate acaparador y especulador por excelencia, sino que se dio el lujo de escribir un libro con él.

    https://www.youtube.com/watch?v=FcdOXZoAVmM

    Pero los seguidores de Robert Kiyosaki no son especuladores que se volvieron ricos por medio de sus consejos. Su filosofía ha sido más bien adaptada por empresas multinivel y piramidales para «motivar» a los empleados -que eso son al final, por más lo nieguen y los llamen emprendedores- y centrar su energía en la mera generación de dinero para que la empresa logre obtener más ingresos.

    Los gurús del acaparamiento como Robert Kiyosaki sólo hablan de eso, de dinero. Su vida está completamente centrada en el dinero y en los placeres que éstos les da.  Su contribución a la sociedad se limita a teatros filantrópicos que son fáciles de mantener porque pueden ser deducibles de impuestos. A los capitalistas acaparadores les gusta presumir su riqueza, quieren que los reconozcan por ser ricos.

    Los emprendedores, por su parte, no solamente suelen ser de un espíritu más alto -el suficiente como para que Elon Musk ambicione llevar a nuestra especie a Marte-, sino que suelen ser más cultos y dominan temas que van más allá de sus actividades profesionales. Ahí está Bill Gates quien se puede dar el lujo de sugerir una lista de libros cada cierto tiempo (varios de ellos, muy buenos).

    Suelen involucrarse (muchas veces de corazón) en otras actividades, y generalmente su filantropía va más allá del arte de deducir impuestos. Ellos no presumen su riqueza sino lo que hacen, no utilizan sus posesiones como una extensión de su ser. Mientras el acaparador presume su Ferrari en revistas de sociales, el emprendedor simplemente lo compra porque es aficionado a los Ferraris.

    Silicon Valley, la meca de los capitalistas emprendedores, ha visto nacer una industria que ha cambiado la forma en que los seres humanos consumimos y nos comunicamos. Su filosofía es capaz de crear hubs en otras latitudes que se benefician del talento humano y generan riqueza. La filosofía del acaparador no crea riqueza ni emprendedores, sino seguidores.

    Y mientras varios de los fans de Kiyosaki encuentran en las empresas multinivel el sueño imposible de ser millonarios, los de Musk se encierran en el sótano para crear un nuevo proyecto, o crean comunidades de emprendimiento. Los primeros tendrán menos suerte en acaparar que la que tendrán los segundos en emprender.

    Entonces el Padre Rico creó muchos Padres Pobres porque no se decidió a ser un Padre Emprendedor.

    Y no, ni Musk ni Jobs ni Bill Gates hablan de Kiyosaki.

    Y si viste alguna imagen o una frase de Jobs admirando a Kiyosaki, es una apócrifa utilizada por las empresas piramidales para engañar a sus reclutados.

  • La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    Razones por las que Donald Trump es el Presidente Electo de los Estados Unidos son muchas. He visto a muchos «opinadores» y usuarios de Twitter, convertidos en politólogos de la noche a la mañana, arrinconar la discusión a un tema meramente ideológico. Los de derecha le echan culpa a las políticas progre, y los de izquierda al neoliberalismo. Tal vez ambas corrientes tengan algo de responsabilidad (no toda, ni en su conjunto). El problema, más bien, es uno muy complejo, y tiene muchas variables que van desde el nativismo hasta la creación de una narrativa tramposa de un país que dice Trump, está en el borde del desastre.

    Pero hoy quiero hablar de una variable que me preocupa mucho y que nos debería ocupar. Es el tema de la desigualdad y el estancamiento de las clases medias.

    Algunos economistas ortodoxos dicen que no nos debemos de preocupar por la desigualdad, que sólo importa el crecimiento. La realidad es que cuando esa desigualdad empequeñece a la clase media, la democracia corre el riesgo de deteriorarse.

    Desde una perspectiva política, una nación muy desigual, incapaz de crear una clase media, se verá imposibilitada de coexistir en un régimen democrático. De hecho, la historia ha demostrado cómo los países como Estados Unidos y Alemania se democratizaron en tanto sus clases medias empezaron a crecer.

    Entonces sabemos que la clase media es condición necesaria para la existencia de un régimen democrático. Las clases medias son las que suelen hacer los cambios en la sociedad, las élites no lo harán porque naturalmente desean mantener el status quo y sus privilegios, mientras que los pobres tienen que pensar como sobrevivir, además que por su escasa educación son fácilmente manipulables.

    Si ocurre lo contrario, cuando las clases medias se vuelven estrechas, el resultado es el opuesto. Las clases medias, amenazadas y sin un futuro promisorio, tienen más posibilidades de buscar refugio en un líder carismático que se enfrenta a un sistema que ya no funciona, o no les funciona; y entonces, la democracia se deteriora. Ésto es lo que pasó en Alemania del siglo pasado quien sufrió severamente los estragos de la crisis del 29 y que derivó en el ascenso de Hitler, y ésto es lo que pasó con Donald Trump -aclaro que no estoy sugiriendo que los rasgos fascistas de Trump tengan los alcances de Hitler-.

    Varios países desarrollados, entre ellos Estados Unidos, han visto sus clases medias estancadas, sin posibilidades de crecimiento, al tiempo que la distribución de la riqueza se acentúa. Las clases medias, frustradas, al ver que los partidos políticos cercanos al centro ya no funcionan, corren el riesgo de radicalizarse.

    Esto es lo que está pasando con las clases medias en Estados Unidos:

    Pew Research Center
    Pew Research Center

    El ingreso de las clases medias en Estados Unidos está disminuyendo, esta tendencia, como muestran las gráficas del estudio que llevó a cabo Pew Research Center, afecta tanto a la clase media alta como la media baja.

    ¿Y por quién votaron aquellos que afirman que antes les iba mejor? Sí, por Donald Trump.

    Votantes de Donald Trump
    The New York Times

    Según las encuestas de salida que The New York Times cabo el día de la elección, el 78% de las personas cuya situación financiera está peor que antes. En Estados Unidos los más pobres (y que siempre han sido pobres) suelen votar por los demócratas porque son quienes más promueven políticas asistencialistas. Pero aquellos, de clase media, que vieron como sus ingresos se reducían, votaron por Donald Trump.

    Y ésta no es una historia nueva. Una Alemania empobrecida por la crisis de 1929 llevó al poder a Adolfo Hitler.

    Éste es un tema que debe de ocupar a los líderes mundiales y todos los que están involucrados en el tema. Es una discusión que debe ir más allá de ideologías económicas y de pensamientos políticos.

    Y lo es porque el futuro amenaza con estrechar cada vez más a las clases medias.

    Como avances tecnológicos que sustituyen empleos, la concentración de la riqueza en las élites, e incluso la insostenibilidad de las pensiones.

    Muchos estadounidenses que han visto reducir sus ingresos – varios de los cuales viven en la zona denominada Rust Belt–  son empleados poco cualificados. Las empresas que les daban empleo se fueron a México o a otros países, y dada su poca cualificación no pudieron acomodarse en otro empleo, o al menos, no pudieron obtener el mismo ingreso. Pero esa es sólo una historia parcial, y es en la que ha hecho énfasis Donald Trump.

    La otra parte tiene que ver con la evolución natural del ser humano de la era industrial a la del conocimiento. Muchos empleos que requieren poca cualificación están siendo reemplazados por robots o por inteligencia artificial -muchos de estos votantes de Donald Trump no perdieron su trabajo por la culpa de un mexicano, sino de un microchip-. De hecho, en un futuro no tan lejano, la inteligencia artificial hará el trabajo que hasta ahora hace la mayoría de los seres humanos. Ante este oscuro panorama, Elon Musk sugiere que el gobierno pague a todos los individuos un ingreso porque habrán pocos empleos para los seres humanos, y considera que las alternativas son pocas.

    Culpar al neoliberalismo u optar por recetas económicas ortodoxas no servirá de mucho ante un panorama tan complejo al cual nos estamos enfrentando. Tampoco podemos dar por sentada nuestra estabilidad política. Ya hemos aprendido que ésta sí se puede romper, y este rompimiento puede ocurrir si no logramos ser autocríticos e ignoramos la señales que el deterioramiento de los sistemas que nosotros creamos emiten.

    Apenas ha empezado el siglo XXI. Se vienen transformaciones importantes. La pregunta es ¿estaremos a la altura de nosotros mismos?

  • El triunfo de Donald Trump, primeros pensamientos

    El triunfo de Donald Trump, primeros pensamientos

    Podría encabronarme, decir que los gringos son unos pendejos. Podría culparlos directamente de nuestras desgracias. Pero la ignorancia que es regla y no excepción en gran parte del electorado estadounidense no es algo nuevo. Por lo tanto atribuir la virtual victoria de Donald Trump a la ignorancia de los estadounidenses es una visión pero muy parcial.

    El triunfo de Donald Trump, primeras pensamientos

    Es como decir que Hitler llegó al poder gracias a la ignorancia de los alemanes ignorando todo lo demás.

    Es cierto que también jugaron varios de los peores rasgos de la cultura estadounidense: las actitudes misóginas y nativistas de Trump tuvieron mucho que ver, pero aún así no narra toda la historia de lo sucedido.

    Quienes decimos creer en la democracia no aprendimos el error, no quisimos ver como el sistema empezaba a hacer aguas. Nos detuvimos demasiado en lo políticamente correcto, volvimos a asumir que la gente era racional, volvimos a sobreanalizar las escuestas dando refresh una y otra vez al sitio web 358 de Nate Silver quien hasta el día de hoy parecía convertirse en una suerte de rockstar.

    Cuando los votantes están indignados y enardecidos, las encuestas se convierten en una herramienta inoperante.

    La dura lección es para nosotros, para los demócratas liberales.

    Hace falta un Churchill contemporáneo. A la democracia liberal le hacen líderes y de paso sea, también le hace falta autocrítica.

    Como Francis Fukuyama dice, las democracias se forman gracias a sus clases medias, y cuando éstas se estancan, abren paso a la entrada de demagogos y líderes carismáticos. Y lo cierto, es que el estancamiento de las clases medias es evidente. Quisimos, en cambio, seguir con el discurso políticamente correcto, pensando que con puras ecuaciones econométricas para «acabar con la pobreza» y corrección del pensamiento para «acabar con la desigualdad» íbamos a mantener el barco a flote.

    Y hago hincapié en los líderes, porque dentro de las democracias los ciudadanos ya no se sienten identificados con sus mandatarios, ya no hay lazos que los unan.

    Los mandatarios, cínicos y vacíos, se han convertido en figurines a quienes nadie representa, servidores públicos que a ver si hacen algo por su pueblo, haciendo como que todo va bien.

    El Brexit fue una clara advertencia.

    Muchos dijeron incluso que la desigualdad no importaba, ahí están los más desfavorecidos haciendo valer su voz, los menos educados, Las corrientes ideológicas, desde la socialista a la capitalista, ambas llenas de corrección política, nunca entendieron el trasfondo. No es gratis que los ni los partidos de centro derecha ni de centro izquierda sean capaces de despertar pasiones.

    La democracia se ha vuelto una caricatura de sí misma. De forma paradójica, las tecnologías de la información y la libertad de prensa aceleraron esta percepción de que los políticos, ávidos de pronunciar discursos políticamente correctos y bien cuidados, no trabajaban para sus pueblos, y estos últimos se sintieron desamparados.

    Con su displicencia y apatía, las clases educadas pasaron la estafeta a quienes no lo estaban , quienes, frustrados ante su condición, fueron engañados por un líder demagogo que ya es presidente. No sólo es la ignorancia, el nativismo o el racismo. También es mucho, lo que dejamos de hacer quienes creemos en la democracia.

    El turno ha llegado para los extremistas, para Trump, para Le Pen, para Podemos, para AMLO, y sólo una sincera autocrítica podrá detener este vendaval. Posiblemente a los demócratas nos cueste sudor y hasta sangre volver a recuperar esa posición que dimos por sentada volviéndonos comodinos y displicentes.

    Volvimos al mundo de los muros – también un 9 de noviembre, cayó el Muro de Berlín-, al mundo de las diferencias, del nacionalismo irracional, al mundo de la discriminación. Y eso ocurrió porque los demócratas, los que en algún momento enarbolaron esas luchas, se volvieron cínicos, se volvieron una caricatura de sus antepasados.

     

  • Elecciones USA 2016

    Elecciones USA 2016



  • Los políticos, y el arte de aguantar vara

    Los políticos, y el arte de aguantar vara

    Los políticos, y el arte de aguantar vara
    Fuente: http://abovethelaw.com/

    Muchas personas te critican a tus espaldas, y sucede con más frecuencia de lo que crees. No lo hacen necesariamente con una mala intención, pero entre algunos rasgos o conductas nuestras que pueden no agradar mucho a personas a las que, paradójicamente, les agradamos, y nuestra tendencia a meter el ojo en paja ajena -lo hacemos más de lo que decimos hacerlo-, nuestro nombre es mencionado de forma bastante frecuente y por varias personas en muchos lugares. Por más importantes seamos, y por más amigos tengamos, la frecuencia de esas críticas aumentará.

    Si tuviéramos alguna forma de ver todo lo que los demás dicen nosotros, desde los amigos, parientes o colegas, nos sentiríamos agraviados, traicionados, posiblemente perderíamos algunos amigos y los señalaríamos de hipócritas. Verías cómo es que a las demás personas les causa gracia tu nuevo peinado, cómo dudan de tus proyectos, les molesta mucho que hables demasiado -cuando tú pensabas lo contrario de tu pose de supuesto macho alfa-, alguno dice que te huelen los pies -y ni te habías dado cuenta-, que no eres bueno para combinar los colores de tu ropa, que algunas actitudes tuyas parecen infantiles, y un largo etcétera.

    Que suceda eso, mientras las críticas no lleven una intención de destruirte o llamar la atención a costa tuya, es algo normal y es bueno para nuestra salud emocional, porque el ser humano necesita lidiar psicológicamente con aquello «que no nos gusta de las personas que nos gustan». No somos perfectos y nuestras imperfecciones no serán necesariamente del agrado de todos, aunque ciertamente no siempre estamos obligados a cambiarlas para tratar de caer bien a los demás, porque vaya, así nos aceptan; y porque es muy probable que tú también critiques a tus amigos: dirás que tu amigo Juan a veces es necio y te saca de tus casillas, o que Paulina a veces es bien materialista.

    Como dicen por ahí, no es personal.

    Como nosotros no somos sujetos al «escrutinio público» y no nos damos cuenta de todo lo que se dice detrás, entonces no entrenamos a la mente para lidiar con algo de lo que en realidad nunca se entera, y así, podemos vivir nuestras vidas como si nada. Pero están aquellas personas quienes son «personajes del dominio público» para quienes lo privado se hace público y quienes deben sí aprender a lidiar con el problema: artistas, actores, futbolistas, pero sobre todo los políticos.

    Y hago énfasis en los políticos porque son quienes más sufren el aluvión de críticas. Los políticos (con muy honrosas excepciones) no son admirados por sus hazañas, sino más bien son señalados por lo que han dejado de hacer, o lo que han hecho mal. Sus aciertos se dan por sentado y sus críticas destacan e indignan mucho.

    Un político promedio conocido por la sociedad sabe que si abre su Twitter y lee su feed, se encontrará una marejada de burlas, memes, cartones, insultos o descripciones grotescas. Algo así como si nosotros viéramos un documento que contiene todas las críticas que han hecho todos sobre nuestra persona. Pero en el caso del político es peor, porque las críticas de los amigos y seres queridos contienen aquello que les molesta o les causa gracia de una persona a quien estiman y cuyas virtudes resaltan muy por encima de los defectos -si no, tal vez ni tus amigos serían-, mientras que la gente no siente amor o afecto por sus políticos, y ve en ellos a alguien en que descargar sus frustraciones al considerarlos responsables de la comunidad que gobiernan.

    Pero el político no sólo se enfrenta a la «indignación de las personas» reflejada en un meme. Como la política es poder, y el poder es algo así como una sustancia que causa mucha adicción, éste se dará cuenta que siempre habrá quienes lo quieran destruir. Ya sean los opositores en una campaña, los propios opositores dentro de su gobierno, hasta los que considera cercanos y por debajo confabulan para obtener un beneficio -es decir, una tajada de poder- a su costa.

    Un político debe tener entonces, el suficiente temple para aguantar esa dura marejada de críticas e insultos, muy característicos gajes de su oficio. Si no puede lidiar con ellos, es prácticamente hombre muerto.

    Javier Duarte

    Por ejemplo, para Donald Trump, como relata el filósofo Aaron James en su libro «Trump, ensayo sobre la imbecilidad» es indispensable que sea percibido como alguien superior a los demás. Más que ser libre gracias sus grandes posesiones materiales y capacidad de trasgredir las reglas sin recibir pena alguna, es prisionero de su propio narcisismo. Trump es alguien que sabe, como buen empresario, hacer rentables esas duras críticas contra su persona, refuerzan su papel de «payaso bobo imbécil» con el cual, según afirma Aaron James, Trump se ha vendido al electorado. La megalomanía de Trump sirve también para contener psicológicamente esa marejada de críticas: – Me critican porque soy superior a los demás-.

    Hay quienes, no siendo capaces, al menos al parecer, de contener psicológicamente esas burlas e insultos, prefieren taparse los ojos y darles la espalda. Algo así parece suceder con Peña Nieto quien vive en un mundo muy controlado y que recibe la información después de haber pasado por varios filtros. Muy posiblemente se entere a grandes rasgos que la gente está molesta por su casa blanca o conoce la popularidad en las encuestas, pero a mi parecer, con base en sus declaraciones, parece que Peña no se entera mucho de la forma en que la gente expresa sus críticas. Es decir, no le comunican los memes, ni los «chinga tu madre Peña Nieto» para que esto no le afecte psicológicamente.

    El sentirse superiores es un buen mecanismo de defensa. El poder no pervierte a las personas, sino que más bien perversas desde un inicio -perversidad latente pero que no podía ser expresada debido a que sin poder tenían que estar sujetos a varias reglas – sacan el cobre. Sienten que merecen más que aquellos que no lo poseen. De esta forma, este halo de superioridad les ayuda a contener las críticas. Las críticas que más nos duelen son las de nuestros pares, con quien tenemos más cosas en común y pertenecen a nuestras clases sociales. El político criticado entonces, se sube a ese monte del que el poder le dota para desligarse de esa masa que lo critica e integrarse a una clase superior, y entonces así ver a sus gobernados de arriba a abajo.

    – Me critican, pero el pópulo es inferior a mi. – Dice el político. – Yo tengo poder, yo tengo dinero, yo me los puedo chingar si quiero.

    Pero no es que no les importen las críticas o las ignoren del todo, no es gratuito que los políticos traten de defender su nombre cuando terminaron su gestión. Dan innumerables entrevistas justificando sus decisiones o escriben libros. A un mandatario le importa de alguna manera cómo será recordado por sus gobernados. Pero esa gran dosis de poder con la que contaron, que los hizo lo suficientemente inmunes a esas críticas y agravios al su persona para al menos no quebrarse, también les permitió abusar de su poder para beneficiarse. Luego entonces, se preguntan por qué a pesar de haber desfalcado al pueblo éste los repudia.

    Por último está el déspota, que a diferencia del político normal, consigue amasar una cantidad de poder tal que puede ya considerar que las críticas no son gajes del oficio, sino que por el contrario, es un problema que puede ser resuelto. El déspota no utiliza mecanismos de defensa psicológicos porque por medio del ejercicio del poder puede callar las críticas. El déspota censura periódicos o incluso manda a matar periodistas. El déspota crea un clima de miedo tal, que quienes tienen una pluma o micrófono a la mano, titubean a la hora de emitir una crítica con el político.

    Por eso no cualquier persona puede ser político, no todos tienen el hígado de aguantar las críticas y las injurias en su contra. Es el precio a pagar para eso que ellos quieren acumular tanto: el poder.

  • ¿Por qué votamos por pendejos?

    ¿Por qué votamos por pendejos?

    ¿Por qué votamos por pendejos?
    Fuente: rollingstone.com

    Donald Trump no sólo es un político nefasto, sino una mala persona. Trump es un empresario racista, que explota a la clase trabajadora, ignorante, misógino, mentiroso, repugnante.

    Aún así, sin ser todavía favorito, puede llegar a la Casa Blanca, y conforme se acerca el día de la elección, las posibilidades de que gane son mayores.

    Mi pregunta es, ¿por qué una figura así tiene posibilidades de ganar?

    Supondría yo, que si quiero depositar mi voto en un político, éste debería ser todo un profesional de la política. Es decir, una persona que esté capacitada para gobernar, que naturalmente sepa hacer política, que posea conocimientos al menos elementales en las diversas áreas que delegará (como economía, justicia, etcétera); no lo depositaría en un demagogo improvisado sin idea alguna. Los políticos, por más los odiemos y les mentemos madres, tienen una función dentro de la sociedad, y por lo tanto, esperaríamos que estuvieran preparados para ello.

    Ojo, al hablar de profesionales de la política, no hablo de políticos de cuño viciados y propios de las viejas formas, sino aquellos que se han entrenado para desempeñar bien sus puestos.

    Entonces, así como llamo a un arquitecto para que construya mi casa o a un doctor para que me cure de algún mal, esperaré que el político esté preparado, sí, para hacer política y para gobernar.

    Si bien, muchos políticos de carrera han decepcionado a la sociedad, ¿por qué esperar que quienes ni siquiera tienen noción de la política y de la habilidad para gobernar van a arreglar el problema que los profesionales no pudieron o quisieron arreglar?

    O en caso de que algún arquitecto inepto nos deje la casa con hendiduras y cuarteaduras producto de su pésimo trabajo, ¿llamaríamos a cualquier improvisado, que lo que más sabe de arquitectura es jugar al Minecraft a nivel básico, para que la arregle?

    Bienvenidos a la era de la trivialización del político.

    Esta se trata, no de tener las habilidades para gobernar, sino de decirle a las masas lo que quieren oír. Esto no trata de trayectorias, de efectividad, es más, ya ni de principios o doctrinas, sino de emociones profundamente viscerales e instintivas.

    A gran parte de la gente no le importa que quien lo vaya representar esté preparado para desempeñar un cargo.

    Lo peor es que esa gran masa no puede ver eso que nosotros asumimos queda en absoluta evidencia con un mínimo de sentido común; o si lo ve, lo reinterpreta a su modo. No hay otra forma de explicar el fenómeno Donald Trump. Muchos de sus seguidores son blancos poco calificados que han perdido sus empleos y no tienen la preparación para encontrar otro. Pero Donald Trump se ha caracterizado más bien por explotar a sus trabajadores. Él es parte de esa creciente desigualdad y se ha aprovechado de ella. Donald Trump es parte de ese problema que ha estancado a las clases medias y no al revés.

    Pero sus seguidores, muchos de ellos desesperados por su situación y por la mediocridad del establishment, caen, y convierten esos defectos en virtudes:

    ¡Por fin alguien con huevos!. reza uno de los carteles en un rally de Trump. ¡Por fin alguien políticamente incorrecto! ¡Por fin alguien que diga todas las verdades! -Aunque en realidad acostumbre a mentir sin piedad-. ¡Necesitamos a un empresario que maneje a Estados Unidos como un negocio! -Ignorando que no paga impuestos, y que sus recursos son más producto de la herencia que del talento-.

    Así, se entiende un poco más por qué Trump puede cometer muchos errores inverosímiles en su campaña y seguir vivo, errores que a Hillary, uno solo, le hubiera costado la candidatura.

    Lo mismo sucede con aquellos políticos que no tienen preparación alguna, o bien, son reconocidos por su falta de ética. Ideologías aparte, a ojos de nosotros lo evidente es tan evidente que cega de tan brillante, no se necesita mucho esfuerzo para poder percibir aquello que es evidente. Asumimos que todos pueden verlo, pero erramos al pensar que todo el mundo tiende a ser más bien parecido a los círculos en que nos movemos. Pero es esa mayoría, con quien probablemente no hemos tenido mucho contacto, la que no percibe (o no quiere percibir) esa tan intensa luz que nos advierte de los peligros de tal figura que quiere aspirar a un cargo político.

    El problema de Estados Unidos es que su población está dividida entre una pequeña masa, intelectuales, estudiantes de universidades en su mayoría de la Ivy League, escritores, filósofos, algunos empresarios o cineastas, o simplemente gente a la que le gusta estar informada; y esa inmensa mayoría educada en escuelas públicas con una calidad, de acuerdo a la OCDE, demasiado pobre comparado con países similares que consumen contenidos chatarra, y que perciben a Trump como un ídolo del show business. Es la primera la que sostiene intelectualmente al país norteamericano y no la masa en su conjunto. Esa minoría es la que gusta de involucrarse en temas políticos, que leen The New York Times o The Washington Post.

    Esa composición en México (la minoría pensante más minoría todavía) es más deplorable.

    La ignorancia de Trump es muy evidente a nuestros ojos porque nos parece demasiado fácil contrastar sus argumentos. Su misoginia lo es porque hay pruebas tangibles que no requieren un gramo de habilidad intelectual o académica para interpretarse y que incluso pueden venderse como un show barato.

    Pero Trump es sólo de tantas expresiones de esa trivialización; de esa conversión de la política a un programa vulgar de entretenimiento; de esos debates de argumentación y contrastes convertidos en una arena de lucha libre. Trump es el ejemplo de esa nueva camada de políticos, futbolistas, payasos, jóvenes físicamente atractivos (si, ya sé chicas, excepto Justin Trudeau), que aprovechando la ignorancia de la gente, han irrumpido en el escenario. Donde la pose y el brillo mata a las ideas, como un efecto colateral de una democracia que asumió que todos los votos eran racionales.

    De seguir así, tal vez las carreras de ciencias políticas, derecho, sociología, filosofía o economía; tendrán que dar paso a aspirantes a ser empresarios del estrellato que sean capaces de crear figuras plásticas para ponerlas a gobernar.

    Deje de lado sus libros de Hobbes o Montesquieu y por favor, abra un canal de Youtube y conviértase en un «influencer» del tema más banal que encuentre. Podría ser Presidente de su país en un futuro.

  • La dictadura de lo políticamente correcto

    La dictadura de lo políticamente correcto

    La dictadura de lo políticamente correcto
    The Federalist

    Vamos a poner esto en contexto. Las estructuras sociales son dinámicas, no son estáticas. Es decir, éstas van mutando con el tiempo: las instituciones, las familias, los roles que tienen las personas dentro de una sociedad van cambiando progresivamente. Por ejemplo, el papel de la mujer del siglo XXI no es el mismo que el del siglo XIX, y tampoco es el mismo el papel que desempeña en Occidente comparado con el que desempeña en Medio Oriente. Las familias, de la misma forma, han sufrido cambios y su estructura no es exactamente igual en todos los rincones del mundo.

    Una de las características más importantes de los últimos siglos, sobre todo de los dos últimos, es el papel cada vez más relevante de la mujer y algunos grupos minoritarios dentro de la sociedad. Muchos de estos cambios se deben en parte en su insistencia pero también en coyunturas como la Segunda Guerra Mundial y la participación de la mujer en la vida laboral. A la fecha, si bien la mujer tiene un papel más relevante en la sociedad, todavía no se ha logrado llegar a un estado donde ambos géneros se encuentren en igualdad de condiciones. Todavía podemos percibir algunas diferencias donde el hombre tiene ciertas ventajas y privilegios inherentes a su género.

    Entonces pienso, qué bueno que las mujeres están ganando más espacios dentro de la sociedad, qué bueno que los homosexuales de la misma forma estén cada vez más integrados a la sociedad y tengan el derecho de contraer matrimonio como las parejas heterosexuales, qué bueno que rompamos tabúes y dejemos de pensar que las estructuras sociales son monolíticas e inamovibles.

    Pero…

    Yo como persona que cree en la democracia y en la libertad de expresión, no estoy de acuerdo con esta «onda» de establecer que es lo políticamente correcto y qué no, sobre todo por las formas en que eso se hace.

    Con el afán de buscar esa igualdad y acabar con la discriminación hacia las minorías sexuales, se quiere implementar un dogma. Como si ese dogma fuera una verdad absoluta. Es el dogma de lo «políticamente correcto».

    Sin caer en la exageración de algunos grupos conservadores que afirman que «quieren imponer una dictadura totalitaria», esta nueva cultura de lo «políticamente correcto» más que ser demócrata o liberal, es dogmática y puede poner en entredicho la libertad de expresión.

    Y es paradójico, porque quienes nos definimos más bien como liberales, se supone, aspiramos a conducirnos por medio de la razón y no por medio del dogma.

    La teoría de género tiene, a mi parecer, algunos puntos válidos y otros que no lo son tanto y son muy discutibles. Entiendo que esta teoría tiene varias vertientes, y como teoría, es válida impulsarla o confrontarla.. Pero no es algo muy democrático querer imponer una visión como la verdad absoluta de las cosas, como algunos pretenden hacer.

    Los teóricos del género han ya catalogado algunas conductas que son discriminatorias en contra de las mujeres y las minorías sexuales. El problema es que para ello corren el riesgo de crear tabúes y normas morales muy rígidas, y en eso se parecen mucho a ese conservadurismo rancio que tanto denuncian.

    Hay un caso que me llamó mucho la atención, el de Nicolás Alvarado, quien tuvo que dejar la dirección de TV UNAM por hacer las siguientes declaraciones en un artículo suyo donde explicaba por qué a él no le gustaba Juan Gabriel:

    Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas.

    La «policía de lo políticamente correcto» determinó que Nicolás Alvarado había discriminado a los gays. Yo por más que quise, no encontré ninguna discriminación en ese artículo ni en esa frase.

    Hacer mofa de la condición de una persona no implica necesariamente un acto de discriminación. Si yo tengo sobrepeso y mis amigos me dicen «Quiubo panzón», ¿me están discriminando? No, en lo absoluto. Si yo voy constantemente al gimnasio, y mis compas me dicen -Miren quien llegó, el mameluco-, tampoco me están discriminando. De la misma forma, Nicolás Alvarado se mofó de su condición de la forma en que los propios gays llegan a hacerlo. Conozco gente homosexual que se hecha carrilla entre sí, usando frases como #NoEraPuñal -mofándose del célebre penal que nos dejó fuera del mundial- o algunos de ellos incluso gritaban el «puto» en el estadio -porque consideran que esa palabra no tiene necesariamente una connotación discriminatoria en contra de los gays-.

    ¿Pero qué pasa?

    Que la policía de lo políticamente correcto quiere prohibir y censurar ese tipo de expresiones, porque dicen, que redefiniendo el lenguaje vamos a acabar con la discriminación hacia las mujeres y las minorías. Dicen que hay expertos que han llegado a esa conclusión.

    Que no, no es informando o concientizando a la gente la forma para promover la equidad de género o los derechos de las minorías, sino prohibiendo y censurando.

    Teoría de género
    Foto: @redretro

    En realidad lo único que estamos haciendo es crear una nueva camada de tabúes morales. Es decir, queremos llegar a «la igualdad» aboliendo cualquier expresión que según algunos criterios que muchas veces no están sujetos a debate, promueven la desigualdad. ¿Te suena marxista? No, no es coincidencia, se trata en efecto de un marxismo cultural. Basta escarbar para encontrar las raíces de estas propuestas. Basta ver a los sociólogos expertos en teoría del conflicto -corriente netamente marxista- y a las corrientes feministas radicales cuya ideología reside en el marxismo.

    Y así como el marxismo en lo económico fracasó estrepitosamente la imponer un estado completamente igualitario que se resquebrajó por su contradicción con la naturaleza humana, no podemos esperar algo muy diferente al tratar de «imponer la igualdad». Porque aunque el gobierno junto con su «policía de lo políticamente correcto» prohíba usar algunos términos, eso no hará que la gente cambie de parecer. Y a esa disonancia entre lo que se piensa y lo que se dice se le llama hipocresía.

    Tan sólo lograremos «formar» individuos hipócritas y doblemoralinos que en el discurso se muestren como respetuosos y tolerantes con las minorías, pero que en lo privado hablen pestes; así como sucede con los conservadores de doble moral que van a misa todos los domingos y muestran al público una familia recta y de valores cuando en lo privado tienen amantes, son corruptos y golpean a su esposa.

    Las minorías entonces se encontrarán con personas que hacen como que los tratan bien, para que estas últimas no corran el riesgo de recibir una sanción informal o formal.

    Sigo…

    Si a mí, por ejemplo, no me gusta el lenguaje incluyente porque considero que distorsiona y le quita elegancia y practicidad al idioma -qué todxs nosotrxs escribamos así hace que me sangren los ojos- entonces ya soy etiquetado por la policía de lo políticamente correcto como machista cuando no lo soy. Si considero que el lenguaje incluyente puede más bien reforzar la idea de que hay una discriminación implícita en la frase «todos nosotros» con mujeres presentes, entonces es que no he salido de las cavernas. Es decir, no sólo se trata de desear la equidad de género, sino de desearla a su manera, con sus formas y signos, los cuales, para algunos, no pueden estar sujetos a debate.

    Este video es icónico, un grupo llamado Social Justice Warriors que dice defender las causas más nobles como el multiculturalismo, el feminismo y la libertad de expresión, criticó y censuró a un profesor porque no estaba de acuerdo en usar pronombres transgénero. Este movimiento incluso se mostró agresivo con los medios y quienes no pensaban como ellos:

    También basta voltear a la historia reciente. Todos los avances que se han dado en cuestión de derechos no se dieron por la implementación de una «policía de lo políticamente correcto», los negros no ganaron derechos al solicitar la prohibición de términos y expresiones, sino por el contrario lograron ganarse el respeto de muchos, lo cual derivó en la abolición de leyes que restringían varios de sus derechos y los segregaban de los blancos. Las mujeres dieron un salto cuántico en materia de derechos cuando los hombres fueron a pelear en la Segunda Guerra Mundial y ocuparon temporalmente los puestos de trabajo de los hombres, puestos que se negaron a abandonar cuando los soldados regresaron a su país.

    Además, pensar en prohibir o en sancionar expresiones o señalar a aquellos que no se adhieren a lo que consideran la «teoría definitiva» es un contrasentido total y en realidad va incluso en contra de las libertades que aseguran buscar, pongo un ejemplo claro: Algunos grupos feministas radicales -Ojo, hago énfasis en lo radical porque no todo el feminismo es así, de hecho hay corrientes que considero benévolas y necesarias- consideran que las mujeres ya no deben mostrarse como tiernas sino que deben «masculinizarse» porque esa «pose tierna» es un constructo social patriarcal. En realidad, más que liberar a la mujer, están reafirmando esa discriminación que ellas mismas denuncian.

    Muchos queremos una sociedad libre basada en la razón y el sentido común. Muchos creemos en las libertades y en los derechos de aquellos grupos que por su raza, preferencia sexual o religión han sido segregados. Yo como demócrata, deseo un mundo donde tanto religiosos, gays, negros, blancos, altos y chaparros, tengan el derecho de expresarse y a crear su proyecto de vida sin que alguien los restrinja. Si una madre quiere inscribir a sus hijos en una escuela religiosa, que pueda hacerlo; si esa madre prefiere mejor inscribir a su hijo en una escuela de género neutro como Egalia, escuela pionera en Suecia, que de la misma forma tenga el derecho de hacerlo. Lo que no estoy de acuerdo es que con el afán de «promover la igualdad» algunos pretendan prohibir o restringir la libertad de expresión. La peor forma de acabar con tabúes y paradigmas rancios, es mediante la conversión por otros, que aunque propios de una ideología diferente, comparten muchas caractarísticas similares.

  • Joder a México

    Joder a México

    Joder a México

    Peña Nieto tiene razón.

    Yo tampoco creo que algún presidente se levante con la intención de joder a su país. Hasta el presidente más inepto se preocupa por el juicio de la historia.

    Si ex presidentes como Carlos Salinas escribieron libros sobre su presidencia y lo ineptos que fueron los que los sucedieron; así como Díaz Ordaz, Luis Echeverría o López Portillo concedieron entrevistas para «aclarar dudas» sobre su gestión, es porque les preocupa de alguna forma que la opinión pública sea favorable con ellos. Si quisieran «joder a México» deliberadamente, no tendrían la necesidad de hacer eso.

    Otra cosa es que en la práctica lo jodan.

    Los políticos corruptos no logran ver la dimensión de su corrupción como cualquier gente normal la ve porque están muy acostumbrados a ella. Una persona no se corrompe de la noche a la mañana, más bien empieza a corromperse cometiendo actos pequeños, de tal forma que el cerebro comienza a emitir menos estímulos de incomodidad, con lo cual entonces pueden comenzar a cometer actos de corrupción más grandes. Entonces pueden verse envueltos en escándalos de corrupción sin que eso les genere mayor remordimiento.

    Es decir, para ellos, los actos como los desfalcos o las casas blancas no son actos tan reprobables, incluso pueden llegar a sentir que tienen el derecho de.

    No es como que Peña o Javier Duarte se levanten y digan ¡Hoy voy a joder a México! Simplemente creen que los puestos que tienen y las relaciones de poder que los sostienen les dan derecho a hacer lo que quieran.

    Y de hecho muchas veces se preguntan dentro de sus corrompidas cabecitas por qué son tan detestados. Llegan a pensar que existe una conspiración en contra de ellos, que alguien está maquinando un plan malévolo para hacerlos caer.

    Si un político quisiera deliberadamente «joder a México» ni siquiera tendría que tratar de quedar bien con los demás, ni menos necesitaría de invertir una gran cantidad en publicidad para aparecer en todas las pantallas y decir de forma cínica que la popularidad no les importa. En mayor o menor medida, los políticos y sobre todo los presidentes se preocupan por el llamado «juicio de la historia». Su anhelo es servirse a ellos y a los suyos y al mismo tiempo ser recordados por el pueblo como aquel político dadivoso que hizo historia en su comunidad.

    Los políticos corruptos no sólo han aprendido el arte del engaño, sino el del autoengaño también. Ellos mismos suelen distorsionar la realidad bajo la que viven y la que gobiernan, de tal forma que ésta no las confronte o lo haga lo menos posible. Y así entonces, pueden despertarse en las mañanas sin sentir que van a joder a alguien (a menos que se trate de un personaje contrario a ellos al cual le quieran cobrar un favor).

    No, Peña no se equivocó, tiene razón. No quiere joder a México.

    Pero lo jode.

    https://www.youtube.com/watch?v=n8ApY-hYuIA