En este mundo posmoderno, tan horizontal y tan «colaborativo» se piensa que los liderazgos ya no tienen mucho sentido. Que basta con que un grupo de personas que tienen algo en común se reúna para luchar por ciertas causas donde todos sean igual de importantes y todas las voces tengan el mismo peso.
Este mecanismo, aplaudido por unos por ser «muy democrático» comparte también los defectos de una democracia «muy excesiva», como el hecho de que la capacidad de reacción ante alguna circunstancia pueda ser lenta y torpe porque ante cada eventualidad los miembros tienen que deliberar y ponerse de acuerdo. La falta de liderazgos también puede comprometer la cohesión del colectivo ante las diferencias que puedan existir entre los miembros, y por más numeroso sea ese colectivo, más dificultoso resulta poder mantenerlo unido sin algún liderazgo.
No estoy sugiriendo ningún liderazgo vertical al que los miembros se tengan que someter. Por el contrario, los miembros tienen que legitimar a su líder y condicionar, por medio de esa legitimidad, a dicho liderazgo. Éste tiene que representar de la forma más fiel o aproximada, los intereses del grupo o colectivo. El líder tiene que conducir, pero también tiene que escuchar y tiene que saber hacer equipo.
Los liderazgos, se supone, deberían emerger cuando ellos hacen falta y cuando una comunidad dada no se encuentra satisfecha con el estado de las cosas.
Dicho esto, alguien tiene que levantar la mano. En México hacen falta líderes y hay una gran insatisfacción.
Peor aún, cuando dentro de la política -de aquellos de quienes se dice están llamados a liderar a sus gobernados- el liderazgo es ausente, más apremia la necesidad del surgimiento de líderes que los pueda representar, si no por la vía formal, sí por la ciudadana.
Ante el gran vacío de liderazgo en el gobierno actual -un claro ejemplo es el gobierno de Peña Nieto quien no parece cargar al país en hombros en el conflicto con Donald Trump- algunos han levantado la mano.
Pero no todos son líderes genuinos, algunos de ellos pretenden aprovechar la coyuntura y la ausencia de liderazgo para asumirse como líderes mesiánicos. Esto no solo ocurre desde la política sino desde la propia ciudadanía. Se trata de liderazgos que intentan capitalizar el descontento de la gente a su favor. Pero difícilmente podríamos llamarlos liderazgos porque no terminan por representar un liderazgo genuino, ellos no representan la voz del pueblo, sino que tratan de hacer que el pueblo adapte la suya propia. Ellos quieren seguidores, no formar nuevos líderes.
Ante este contexto, el de la ausencia de liderazgos y de la abundancia de oportunistas, hacen falta aquellos que representen a aquellas personas que tienen la iniciativa pero que no han terminado de articularse. No son pocos los mexicanos que quieren un cambio, ni son pocos los que quieren hacer algo, pero en muchas ocasiones no cuentan con la plataforma para que éstos puedan actuar en conjunto y en este sentido un liderazgo, uno positivo, puede amalgamar a este conjunto de ciudadanos que quieren hacer algo por su comunidad o nación, que sí existen, que son más de los que pensamos, pero que son casi invisibles al estar poco articulados.
Las organizaciones civiles son la muestra del potencial que tienen los liderazgos. A pesar de que éstas no necesariamente tengan un líder personal visible, el ser una plataforma que lucha por ciertas causas hace que mucha personas decidan colaborar y sumarse. Pero los líderes personales, que inspiren por su integridad, por sus valores y sus causas, no deben de verse como competencia de estas organizaciones. Por el contrario, por más flancos y más plataformas tenga el ciudadano a la mano, será mejor.
Todas las revoluciones -positivas- y las más grandes causas históricas están representadas por sus líderes. Ahí estuvieron Martin Luther King o Nelson Mandela representando a los suyos, los de raza oscura, que habían sido discriminados y relegados. Fueron buenos líderes porque fueron legítimos y, sobre todo, porque dejaron un legado. Pero su liderazgo no se puede entender sin aquellos que los acompañaron, aquellos que fueron parte de su causa y lucharon, aquellos que no fueron meros seguidores, sino que inspirados en los propios líderes, ejercieron una suerte de liderazgo en los suyos.
¿Quién será el mexicano que levante la mano? ¿Quienes serán los nuevos líderes que representen las causas, esas que tanto abundan ante una realidad tan imperfecta y poco apremiante?
Lo peor que pudiéramos hacer es esperar a que eso suceda. Más bien deberíamos tener la iniciativa.
Uno de los factores por los cuales los nazis no ganaron la Segunda Guerra Mundial fue porque Churchill, Roosevelt y Stalin forjaron una alianza estratégica. Las diferencias entre los tres mandatarios eran muchas -más bien las que tenían Churchill y Roosevelt con Stalin-, sin embargo decidieron hacerlas a un lado porque había un interés supremo sobre aquellas diferencias evidentes. Si no trabajaban en conjunto, Hitler y la Alemania Nazi podrían ejercer una dictadura casi mundial sobre los demás países.
Con este argumento traté de justificar la necesidad de alinearnos con el Presidente de la República, cuyo papel en este conflicto entre México y Estados Unidos comenzó de una forma vergonzosa aunque al final terminó componiéndose un poco -no lo suficiente-. Algunos personajes de los medios estadounidenses más opositores a Donald Trump incluso hablaron de que Peña Nieto le había soltado un buen golpe a Trump. La realidad es que Trump ya casi lo había desinvitado -al condicionar la visita al pago del muro- y Peña simplemente dijo no. Por primera vez Peña -sin dejar del todo a un lado ese semblante artificial y alienado- se pronunciaba con enjundia: «México no va a pagar ese muro».
Pero si hay un bien supremo a las evidentes diferencias que tenemos el 88% de los mexicano con Peña Nieto ¿por qué decidí ya no apoyarlo?
Tan fácil y tan sencillo, si dos facciones se van a unir con un propósito en común todos van a poner de su parte. La Guerra Fría y el conflicto de la URSS con Occidente comenzó hasta ya terminada la misión. La URSS, Estados Unidos y el Reino Unido se respetaron mientras duró el pacto.
En nuestro caso, Peña Nieto no está poniendo de su parte, me explico…
Yo no puedo entender cómo en este momento tan crucial fue capaz de darle empleo a su amigo el infame Virgilio Andrade como director de Bansefi, quien lo exoneró de los conflictos de interés con la casa blanca. No puedo entender cómo es que uno de los gobernadores de su partido, Rodrigo Medina, quien pisó unas horas la cárcel en un teatro lamentable, termine en libertad, como seguramente permanecerá. No puedo entender tampoco que Peña pretenda regular los derechos de audiencias.
Hay que preguntarnos, ¿por qué México es un país suficientemente débil como para que nos hayamos convertido en el juguete de Donald Trump?
Fácil, somos un país sin instituciones sólidas, con una clase política, por tanto, corrupta. En gran medida la clase política -sin querer eximir a los ciudadanos de las tareas que nos toca hacer- es responsable del estado actual de las cosas. Si Peña quisiera a un pueblo unido en torno a él, entonces estaría obligado a comprometerse con éste, y eso implicaría dejar a un lado esas prácticas nocivas que tanto han lacerado al país.
¿Lo hizo? No, al contrario.
¡Basta ya de mensajes estériles que en vez de crear una unidad como mexicanos parecen hasta tener la intención de obtener un beneficio político!
Y no, no porque López Obrador o Carlos Slim inviten a la unidad -esa palabreja que les encanta a la clase política- lo tenemos que hacer. En un acto de unidad ambos tienen que estar comprometidos y Peña Nieto no lo está. Peña nunca defendió a México siquiera cuando Trump pretendía contender por las elecciones primarias y casi nadie daba un peso por él:
El gobierno de México ha dejado solos a los mexicanos en Estados Unidos frente a Donald Trump. Quedarse callados, con la intención de no subir su perfil, ya no es suficiente. Ese momento ya pasó. El momento de enfrentarlo es ahora, no un día después de la elección. Es un grave error no tomarlo en serio. Sus palabras son muy peligrosas. Otros ya están siguiendo su ejemplo con ataques verbales en contra de inmigrantes de todas las nacionalidades. – Jorge Ramos. Agosto 2015.
Dejemos atrás nacionalismos bananeros, dejemos detrás esas manifestaciones estériles que consiste portar banderitas en los perfiles que no causan efecto alguno y concentrémonos en unirnos de verdad los mexicanos para trabajar en este país, para que ya no sea la pobre víctima de los fuertes y poderosos. Una verdadera unidad tiene que ser legítima donde ambas partes pongan de su parte, donde tanto el gobierno como los ciudadanos trabajemos por México y no por intereses propios.
Si queremos a un México unido no tenemos que elaborar puestas de teatro llenas de parsimonia e hipocresía. Por el contrario, debemos primero tener la convicción de que nos la queremos «rajar por México» y sí, con esa convicción trabajar juntos y unirnos.
No puede haber unión con quien no parece siquiera tener el interés de trabajar por esa meta en común.
Y lo único que me queda es exigir a Peña Nieto, como patrón suyo que soy, a que vele por los intereses de México.
Siempre se ha dicho que las marchas no sirven de nada, que son inútiles. Lo ocurrido este fin de semana ha demostrado que ello no es cierto.
En algunos casos las marchas deben ir acompañadas, ya en una etapa posterior, de una propuesta. Esto sí es así en muchos casos, mas no siempre. En ocasiones la marcha per sé es la herramienta necesaria para poder aspirar a un cambio o para ejercer resistencia. Tal fue el caso de las manifestaciones en contra de Donald Trump.
Gracias a la presión que los estadounidenses ejercieron en los principales aeropuertos -incluidos políticos como el alcalde de Boston o la senadora Elizabeth Warren- y a los abogados que trabajaron como voluntarios, lograron que un juez bloqueara temporalmente la iniciativa de Donald Trump de prohibir el paso de personas de Medio Oriente -en países donde Donald Trump no tiene negocios o intereses económicos- a su país, en un acto que tiene un tufo light a esa Alemania de los años 30.
A diferencia de los casos de otros países que se han lastimado ante el ascenso de líderes autoritarios, Donald Trump -dictador en potencia, su egocentrismo y megalomanía lo demuestran- no sólo se ha topado con un sistema político estadounidense que blindará, al menos de forma parcial, sus caprichos, sino con una ciudadanía y medios de comunicación que se mantendrán en pie de guerra.
En la otrora Repúbica de Weimar, Hitler pudo convencer a una mayoría, gracias a la cual legitimó todos sus actos. Los alemanes estaban desesperanzados por los efectos de la crisis económica de 1929 que los maltrató. El contexto de Estados Unidos -a pesar de sufrir el embate de la crisis del 2008- es bastante diferente. Donald Trump tendrá bastantes dificultades para convencer a esa mayoría que se le opone, los argumentos para convertir a las clases medias urbanas e intelectuales en nacionalistas carecen de fuerza. Trump ganó fuerza gracias un sector, el de la clase media trabajadora que vive aislada de las clases urbanas cosmopolitas.
Esas clases urbanas, a diferencia de las historias de otros países, no se han mostrado displicentes y timoratas. Por el contrario, quieren mostrar su músculo, quieren que no le arrebaten lo que es suyo. Las clases urbanas quieren, como cualquier ciudadano de cualquier nación, a su país. Pero esas clases tienen un concepto de país muy diferente a los blancos de los apalaches o de las zonas más deprimidas de Michigan que difícil se dejarán seducir por un discurso anacrónico como el de Donald Trump. Ellos conciben a Estados Unidos como lo que siempre ha sido, un país construido por migrantes, por una gran diversidad de culturas.
En vez de agitar y emocionar a las masas, el efectismo y la radicalización de Trump ha ahuyentado a algunos simpatizantes -posiblemente a los más moderados, y que pensarían que Trump se moderaría al llegar a la Casa Blanca-. Trump tal vez aspiraba con sus actos de esta semana a mostrarse como un líder efectivo, como el que va a restaurar «América». La realidad es que sus índices de aprobación bajaron casi 5 puntos:
Fuente: Gallup
Peor aún, Donald Trump basó su discurso pesimista sobre Estados Unidos en mentiras. Aunque sus medidas fueran efectivas, éstas no tendrán el impacto esperado porque Trump creó una percepción falsa de la realidad. Por ejemplo, reducir la tasa de desempleo del 4% actual -el menor hace casi una década- a un porcentaje menor no es algo que vaya a ser muy notorio. Por el contrario, al obligar o convencer a las empresas de emplear estadounidenses solo obtendrá un alza en el costo de los productos -que afectará el poder de consumo de los propios estadounidenses-.
Trump no tiene, como Hitler de la mano de Goebbels, toda una gran estructura propagandística -aunque no se puede negar que supo jugar con los medios en la campaña-. Por el contrario, tiene a casi todos los medios de comunicación -excepto Fox News y algún otro panfleto derechista- en su contra. Hitler y Mussolini contaban con el apoyo de muchas empresas, como el caso de la Volkswagen quien fabricó el famoso coche para el pueblo -el vocho- para complacer al dictador nazi. En los tiempos actuales, la gran mayoría de las empresas, sobre todo las que tienen que ver con la tecnología, ven con muchos recelos a Trump: ahí están las declaraciones de los CEO’s de Apple, Facebook, Google, Amazon, PlanetX -aunque Elon Musk forma del consejo que asesora a Donald Trump, ya se ha pronunciado muy en contra de las políticas del magnate demagogo-, y el propio Twitter con el que Trump gobierna y amenaza.
Sería muy ingenuo no alertar el creciente nacionalismo en el mundo y no preocuparse por éste. Pero de la misma forma también es ingenuo pensar que la democracia liberal va a morir de nada. Por el contrario, todos aquellos que defienden -defendemos- un mundo cosmopolita, de libertades y abierto el mundo, opondrán, como ya lo están haciendo, una gran resistencia. Los de derecha -incluso de izquierda- nacionalista, tendrán como respuesta mucha gente en las calles, empresarios y a todas las élites -académicas y científicas- en su contra.
El riesgo existe y es muy latente. Las primeras muestras de resistencia han sido muy alentadoras porque son una muestra de que esta ola nacionalista xenófoba tendrá serios obstáculos que no habían contemplado. Si la democracia liberal vence y logra hacer de esta ola nacionalista un bache o un fenómeno pasajero, éste habrá servido como lección para que los demócratas nos replanteemos y entendamos que esta manifestación no sólo fue producto de los discursos mentirosos de los demagogos, sino de nuestra mediocridad, al dar el sistema democrático por sentado; y tal vez sí, al exceso de corrección política que en vez de fomentar la inclusión provocó que muchos otros se sintieran excluidos. De igual forma, será una lección que nos obligará a enmendar los defectos de la globalización, a ser más críticos con nuestros sistemas políticos y económicos y reconocer nuestras contradicciones.
Si eso no ocurre, si la xenofobia y el nacionalismo irracional vence, tendremos que, desde la oposición, dar la lucha en un contexto que todavía no conocemos, un anacronismo político conviviendo con una sociedad tecnológicamente evolucionada e interconectada.
Y no, las manifestaciones no son en vano, por el contrario, son un gran arma para combatir la intolerancia y la cerrazón. Las marchas sí sirven.
Entiendo la frustración que sentimos los mexicanos ante un vecino hostil -o un presidente hostil- ante el cual no podemos hacer mucho porque básicamente somos un país muy débil si nos comparamos con éste. De hecho, Trump ha decidido bullearnos a nosotros -y no a China- porque no somos un país fuerte que pueda responderle con duras represalias.
Tan débiles somos, que México -contrario a lo que dijo Carlos Slim- está dividido. No son muchos los que han decidido apoyar moralmente al gobierno para enfrentar al problema -comprendo perfectamente esa dificultad-. El magnate tomó a México -en una de sus peores versiones- como un pretexto para legitimarse ante sus bases, a quienes les inventó el discurso de que nosotros somos culpables de todos sus males.
Entendida la frustración, entiendo entonces que los mexicanos decidan por su cuenta tomar medidas para manifestarse. Incluso debo decir que me parece extraño que no nos hayamos volcado a las calles para repudiar el muro; de hecho, en algunos casos parece que algunos han normalizado el conflicto. Muchas personas no ven las amenazas de Trump como un problema mayor, les parece algo anecdótico.
Hay quienes dicen que cualquier tipo de manifestación es mejor a no hacer nada, que deberíamos sentirnos contentos porque los ciudadanos están participando y tomando cartas en el asunto ,y que por ende tenemos que respetar las formas en que la gente se manifiesta.
Si bien concuerdo en que «participar es mejor a no hacerlo» eso no significa que no debamos poner en tela de juicio ni ser críticos con esas manifestaciones. No porque sea noble el acto significa que debamos conformarnos con manifestaciones que no sólo no tienen pies ni cabeza, sino que incluso pueden llegar a ser contraproducentes. Por el contrario, debemos decir a los manifestantes que su propuesta esta mal articulada, porque no sólo se trata de buenas intenciones sino de efectividad. Si nos manifestamos es porque queremos que nuestro acto tenga un efecto, y que tal efecto sea positivo.
Cuando hablo de manifestaciones sin sentido, me refiero, claro, al llamado a boicotear productos americanos.
Me llama la atención porque todos hablamos del absurdo proteccionismo de Donald Trump el cual no se sostiene desde la teoría económica y terminamos respondiendo de forma similar. Si Trump va a castigar a México lastimando no sólo a nuestro país sino al suyo propio ¡entonces vamos a hacer lo mismo!
¡Vamos a joder a Trump aunque también nos jodamos a nosotros mismos y a los empleos que esas empresas generan en México! ¡Bravo!
Supongo que la mayoría concordamos en que el problema no es Estados Unidos, mucho menos su gente -mucha de la cual se ha solidarizado con nosotros-, sino el gobierno de Donald Trump. Basta ver a los artistas de Hollywood, los presentadores como Conan O’Brien -quien grabará un programa en México- y muchos ciudadanos que han cerrado filas con nosotros. El Estados Unidos que nos odia, el de la clase trabajadora mexicana que fue engañada por Donald Trump, no es el que ha fundado y levantado a las empresas a las que queremos «castigar», de hecho ese sector tiene menos relevancia en la economía y en lo intelectual que el sector que repudia a Trump. Recordemos que Trump tiene algo así como un 40% de aceptación y un porcentaje similar está a favor de la construcción del muro, menos de la mitad de los estadounidenses.
Entendido esto, deja tener sentido boicotear a las empresas -sólo lo podría entender si se trata de aquellas empresas que tienen un interés directo con Trump como Chevron-.
Una de las consignas fue no comprar cafés en Starbucks ¡así nos vamos a chingar a Trump!
Pero los manifestantes no repararon en lo siguiente: Starbucks es una empresa progresista -por ende, contraria a la filosofía de Donald Trump-. Los manifestantes tampoco pensaron siquiera en que Starbucks por más «gringa que sea», es operada en México por Alsea -empresa mexicana- la cual da empleo a muchos mexicanos. Es decir, parte del dinero que llega a Starbucks se queda aquí y Alsea tan sólo le paga un porcentaje a la cadena estadounidense, quien le permite operar la franquicia.
Si a esas vamos ¿por qué los manifestantes no cierran su Facebook para «chingarse a Donald Trump»? Es más, ¿Por qué no dejan de pedir Uber? Su CEO integra el consejo de asesores tecnológicos de Donald Trump -lo cual le trajo muchas críticas en Estados Unidos aunque cabe aclarar que formar parte de ese consejo no necesariamente tiene que estar acompañada por una simpatía al magnate-.
Respuesta: porque dejar consumir en Starbucks requiere un sacrificio menor a pedir un Uber o cerrar el Facebook. Regresamos al tema de las manifestaciones comodinas que no requieren algún esfuerzo o sacrificio.
No estoy en contra de que la gente quiera apoyar al mercado nacional, por el contrario, me parece bien que se haga eso para fortalecer el mercado interno. Pero se vuelve un sinsentido cuando el propósito es «joderse a las empresas gringas para joderse a Trump» cuando en muchos casos esas empresas ni siquiera simpatizan con el presidente.
Es como si neutralizar a una amenaza que tenemos enfrente disparando balazos por doquier a ver si una de esas balas se impacta con el enemigo cuando la posibilidad de que nos disparemos al pie es similar.
Ni Starbucks, ni Apple, ni siquiera Uber ni Facebook tienen responsabilidad alguna en el ascenso de Trump ni en sus políticas proteccionistas ni en su hostilidad hacia nuestro país. Por el contrario, pueden verse afectadas.
Y no, no porque sea una noble causa significa que no tengamos el derecho de señalar sus contradicciones.
Para que un Estado sea fuerte, es condición indispensable que éste tenga un amor profundo por la filosofía y la ciencia:
La filosofía como aquella disciplina que le puede dar una identidad y un orden de valores y principios al Estado, y que por consecuencia pueda reforzar el tejido social. Que cualquier cosa que se haga esté fundamentada en el pensamiento filosófico y no sea producto de la improvisación y la arbitrariedad.
La ciencia como aquella disciplina indispensable para el progreso -ahí entran técnicos, economistas, médicos, científicos y demás-. Es decir, un Estado que respete las leyes de la naturaleza, el método empírico y el sentido común, que base en ella todas las actividades que realice y que a ella apueste como motor del progreso.
Estas dos disciplinas no son excluyentes, por el contrario, son complementarias y se retroalimentan, condición necesaria. La filosofía le da cuerpo a la ciencia y evita que se desvié de su misión que es servir al humano como ser íntegro. Pero por otro lado, la filosofía debe respetar las leyes de la naturaleza y no tratar de sustituir a la ciencia ni jugar su papel.
Estados Unidos fue un país muy fuerte no sólo por su carácter hegemónico sino porque siempre contó con una filosofía -que proviene desde sus padres fundadores y que a la vez son depositarios de los principios de la Ilustración así como de las religiones protestantes importadas de Europa- y una ciencia -a través de las universidades y el emprendurismo-. Cuando más presentes están estos principios, más fuerte es el país.
El problema para Estados Unidos es que Donald Trump no tiene amor ni por la filosofía ni por la ciencia. Peor aún, ni siquiera lo tiene su equipo. Muchos de quienes sí tienen ese amor se han pronunciado como opositores a su gobierno. Donald Trump se encuentra en una condición más lamentable que Enrique Peña Nieto, quien ciertamente es un hombre profundamente ignorante, pero en su equipo al menos hay cierto respeto por la ciencia -no así por la filosofía-.
De hecho, Donald Trump -hábil para hacer negocios, ignorante en todo lo demás- no sólo es indiferente a la ciencia y la filosofía, sino que se ha pronunciado -de forma explícita o tácita- contra ambas disciplinas. Ya ha despreciado a las élites intelectuales -quienes suelen ser las principales depositarias de la filosofía y la ciencia en una nación- así como a los principios que rigen a la nación. Donald Trump es un hombre sin principios, de hecho los considera un estorbo para poder hacer lo que mejor sabe, hacer negocios. Faltar a la verdad, como es su costumbre, también es un atentado a la filosofía.
Ninguna corriente filosófica puede dar cabida a los «alternative facts«.
De igual forma, Donald Trump se ha opuesto contra las políticas ambientales, las cuales la ciencia considera muy necesarias no sólo para crear condiciones ambientales óptimas para el ser humano, sino para el futuro de nuestra especie. También ha despreciado el sentido común que la ciencia provee, como es el caso de la economía.
Cualquier mandatario debe tener, si bien no un conocimiento absoluto, si un gran respeto por estas dos disciplinas que son los pilares en que se levantan los Estados. Ignorarlas pueden derivar en el colapso y en la decadencia de ese Estado porque ya no habrá nada que le de una esencia.
Se dice, que quien se siente incapaz y débil suele protegerse bajo el manto del niño bueno. Así, cree justificarse moralmente para cuestionar por qué es que le va mal y reclama al mundo por qué está colocado en una situación de desgracia. -Pero yo soy bueno, yo no le hago daño a nadie ni me meto en problemas -. Intenta mantenerse irrelevante esperando que la justicia caiga por cuenta propia, cree que su pusilanimidad es parte de esa bondad, de ese sentimiento de superioridad moral por asumirse como bueno. No tiene muchos problemas porque no se mete en problemas, no le gusta tener conflictos con la gente porque asume que tener conflictos es malo.
El niño bueno muestra una faceta conciliadora al exterior, pero se agravia mucho internamente y vive en un eterno conflicto. El niño bueno suele lastimarse a sí mismo ante la frustración y la impotencia, se compara con sus semejantes y se frustra al ver que él no tiene lo que ellos sí. No sabe como forjarse a sí mismo ni adquirir una identidad propia porque todo está supeditado a lo que hacen los demás. Desvaloriza sus virtudes -sin importar su potencial- porque no empatan con las que sus semejantes presumen. El niño bueno no es atractivo, tiene dificultad para crear amigos y a veces deja dominarse por ellos para no perderlos creando una relación de codependencia. Al niño bueno tampoco le va muy bien con las personas del sexo opuesto:
México: Hey Canadá ¿Quieres andar conmigo… en el TLC?
Canadá: No, lo siento querido México, tú vales mil, ojalá hubieran más países como tú -tus tradiciones, tu cultura, tus minas que nosotros explotamos- pero podemos ser muy buenos amigos.
México: ¿Pero por qué te vas con él -Estados Unidos-? Es grosero y arrogante, es un patán.
Entonces Canadá decide irse con el macho alfa naranja. El macho beta nieto le parece algo tierno, pusilánime y aburrido. El macho alfa es fuerte y poderoso.
México representa al arquetipo del niño bueno, siempre ha pretendido jugar un papel similar. Su historia, como la del niño bueno, es la de quien funge constantemente como víctima: Me robaron el territorio, me invadieron los franceses, me explotaron, me robaron mis recursos.
Pero México, como el niño bueno, nunca se molestó en resolver sus conflictos internos, su «división interna». La historia de México es la de una víctima que trata de quedar bien con el victimario (el bully) para evitar cualquier conflicto, aún así si eso implica darle el lonche del recreo. No es gratuito que Peña Nieto apenas, y de forma timorata, se haya pronunciado y haya dicho que México no va a pagar el muro.
México suele tomar una postura lo más neutral ante conflictos internacionales para no «meterse en pedos». Si la toma -como sucedió en la Segunda Guerra Mundial donde se limitó a mandar un escuadrón- es bajo el manto protector de uno de sus pocos amigos, con el que tiene una relación codependiente y quien -supone- lo va a defender si alguien quiere «acomodarle unos buenos trancazos».
Lo más triste, es que algunos de estos niños buenos -entre ellos ese que se llama México- no son personas tontas ni discapacitadas. Por el contrario, tienen el potencial intelectual como para poder superar su condición y convertirse en personas relevantes, pero debido a su autodesprecio y su falta de confianza, no se han molestado siquiera en descubrir sus talentos y virtudes. Son diamantes en bruto que no tienen los arrestos para sacar su brillo.
¿México puede ser un país «chingón»? por supuesto que sí. ¿México puede convertirse en un país relevante, un país que tenga peso? Sí. No sólo por sus recursos naturales o su geografía, sino por sus recursos humanos. ¿Por qué no lo es? ¿Por qué México sigue siendo ese niño bueno? Porque no tiene confianza en sí mismo, porque mira al pasado, porque se cuenta una historia donde siempre ha sido víctima cuando nunca se ha respetado a sí mismo.
-¡Hey Peña! Te veo en el recreo, y más vale que me des tu dinero porque quiero hacer mi lonche great again-.
Donald Trump acaba de llegar a la Casa Blanca y tiene un serio problema. En medio de toda su parafernalia, el discurso beligerante y nacionalista y las secciones de cambio climático y de derechos LGBT que desaparecieron de la página oficial para dar paso a los muros y a los soldados que «hará grandes otra vez», parece no haberse dado cuenta.
Para que un líder autoritario, populista y demagogo -como el que Trump pretende ser- pueda mantenerse firme en el poder necesita tener una gran base de simpatizantes. Todos los populistas, desde Hitler hasta Hugo Chávez, son capaces de atiborrar las plazas centrales para escuchar a su líder. La toma de posesión desangelada y con grandes espacios vacíos en el National Mall reflejan lo contrario. No es que no los tenga, de alguna forma consiguió los votos para llegar a la presidencia, cuya mayoría está fuera de las grandes urbes. Simplemente que parece que no ha logrado crear una gran masa que se postre ante él, no la del tamaño que tiene la oposición. Trump es el Presidente que entra en funciones con la más baja popularidad de la historia (44% de aprobación).
Lo que importa aquí no es solamente el porcentaje de quienes lo desaprueban, sino la forma y la intensidad. No es lo mismo decir -lo desapruebo porque no me gusta mucho cómo es que está gobernando- a decir que -lo desapruebo porque lo detesto, no es mi presidente-. Quienes desaprueban a Trump tienden a pensar más bien lo segundo, el rechazo es categórico porque la postura de Trump también es categórica.
Si el 20 fue un día histórico por lo que representa el ascenso de Donald Trump al poder, también el 21 lo fue, porque bajo los principios y valores de Occidente millones de personas salieron a manifestarse no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Podríamos hablar de una de las manifestaciones más grandes de la historia de la humanidad, posiblemente la más grande si hablamos que todas éstas fueron producto de una sola convocatoria. #WomensMarch se llevó a cabo en todas las ciudades de Estados Unidos, de Europa, América Latina, incluso llegó a la Antártida, a Iraq y a algunos países africanos.
Chang W. Lee/The New York Times
Women’s March tuvo como centro a las mujeres, a quienes Donald Trump considera como un objeto e inferiores a él (basta ver el trato hacia su esposa Melanie así como sus escándalos). Con valentía y a pesar de los prejuicios que siguen vigentes como Estados Unidos, ellas salieron a hacer valer lo que es suyo. Pero era claro que el destinatario de ésta era Donald Trump y el repudio a los valores «o antivalores» que enarbola. A las causas de la mujer también se incluyeron aquellas relativas a la migración, el cambio climático y otras que están en riesgo por el ascenso del empresario populista. El discurso misógino y racista de Donald Trump parece haberle ayudado a ganar las elecciones, pero también abrió la caja de pandora.
Ante el ascenso de un misógino nacionalista y proteccionista, una manifestación de las mujeres global y multicultural.
La democracia liberal, que parecía moribunda y que parece pender del hilo llamado «La Alemania de Angela Merkel», mostró que todavía tiene fuerza y que sigue muy enraizada en Occidente, sobre todo en las grandes ciudades. La manifestación «dio en el clavo» y mandó un mensaje no sólo a Donald Trump, sino a sus pares de otros países, la resistencia que opondrán será mucha y muy grande.
Esta resistencia se inició y se desarrollo en las ciudades. Es en las grandes urbes donde los simpatizantes se pueden congregar y pueden lograr un mayor impacto mediático. Los simpatizantes de Donald Trump, que ciertamente tampoco es que sean muy pocos, se encuentran más bien dispersos en los suburbios y en las ciudades pequeñas.
La mayoría de los medios de comunicación se comportarán como oposición, como lo demostraron con su cobertura de la marcha. Medios como New York Times o Washington Post difundieron ampliamente la manifestación ayudando así a amplificar todavía la resistencia que surgirá de las grandes ciudades. Varias de las estrellas de Hollywood, comediantes y artistas se sumarán como ya lo están haciendo, al igual que las élites intelectuales. Gran parte de la «cultura estadounidense» está en su contra, y debido al discurso políticamente incorrecto (racista, discriminador y misógino) es muy difícil que cambien de parecer.
Otro problema para Trump es que mientras que la postura de oposición de los habitantes de las grandes ciudades -generalmente más liberales que aquellos rurales- suele ser muy firme porque consideran que él representa una agresión a sus ideales, la lealtad de los suyos está de alguna forma condicionada al cumplimiento de sus promesas -regresarle sus trabajos y hacer a «América» más grande-, sea lo que eso signifique.
Por otro lado, la gran mayoría de los opositores de Trump no tienen la percepción de que la economía vaya de picada, por lo cual será muy difícil que el populista de Nueva York conquiste sus corazones. Peor aún, los habitantes de las grandes ciudades no se verán beneficiados por los empleos que Trump tratará de regresar a su país, por el contrario, verán como gracias a la mano de obra más cara, el precio de los insumos producidos por estas empresas aumenta debido a los sueldos más altos.
Si Trump no cumple las expectativas de los suyos y tomando en cuenta que el repudio de los opositores -que son mayoría- se mantendrá constante, terminará arrinconado y sin margen de maniobra alguna. El problema para Trump es que después de todos los agravios y declaraciones que ha hecho, una intentona por moderar su discurso no le traerá los resultados esperados.
Ver que el gobierno de Donald Trump tendrá mucha resistencia es una muy buena noticia, porque ésta es un antídoto para que se consume como el demagogo autoritario que pervirtió a las instituciones y que destruyó siglos de legado histórico para hacer de la nación estadounidense un capricho.
La pesadilla apenas comienza, pero la resistencia también. Que sepan todos aquellos líderes que basan su discurso en el odio y la mentira, que vamos a resistir, que no vamos a dejar que se salgan con la suya.
Una de las peticiones que muchos hacen es quitar el presupuesto público a los partidos. Dicen, deben rascarse con sus propias uñas, que basta de alimentar a esos zánganos con nuestros impuestos. La petición suena tentadora, pero sólo hasta que empezamos a esbozar la otra alternativa, que es, precisamente, que los partidos busquen recursos privados tal y como sucede en Estados Unidos.
¿Qué podría ocurrir si los partidos se financian con recursos privados? Algo no muy agradable.
Estados Unidos se puede dar el lujo de utilizar ese esquema porque tiene -todavía- un mercado muy diversificado y dinámico. Muchas son las empresas o donantes que expiden los cheques, y al ser muchas, los compromisos que el candidato ganador tiene no son tan grandes como lo serían si fueran unas pocas empresas grandes quienes los financian. Aún con esto, es conocido por todos el intenso lobbying (cabildeo) que existe en Estados Unidos, en gran medida, por estos compromisos adquiridos.
En México el problema sería más grande. No tenemos un mercado dinámico y sí unas cuantas empresas grandes, pero que al final son pocas, y algunas de las cuales crecieron gracias a la estrecha relación con el gobierno. Los conflictos de interés entre gobierno y empresas crecerían exponencialmente. De la misma forma, el narcotráfico podría adquirir más poder al financiar por debajo del agua a alguno de los partidos políticos. Entonces el remedio podría ser más nocivo que el problema a combatir.
Imaginemos que estamos en el 2012. Televisa se encarga de financiar a Peña, Slim a López Obrador, y Bimbo a Josefina Vázquez Mota. Entonces, la ganadora o ganador tendrá que gobernar a favor de aquella empresa a la cual le debe su triunfo. Peña tendría que favorecer todavía más a Televisa, López Obrador tendría que convertir a todo México en Territorio Telcel, y Josefina tendría que garantizar que las engordadoras donitas Bimbo se vendan en todas las escuelas.
Entonces, entendiendo que por el momento el financiamiento público es el menos peor de los escenarios en nuestro caso, al menos hasta que tengamos un mercado más dinámico ¿qué se puede hacer para que este sea no sólo más efectivo, sino que sea más representativo? Se pueden hacer muchas cosas, pero hay una propuesta me ha llamado la atención y que se ha comentado mucho en redes.
Hablo de la propuesta del Diputado Federal Manuel J Clouthier y del Diputado Local Pedro Kumamoto llamada #SinVotoNoHayDinero. ¿En que consiste esto? Se propone que el dinero que los partidos reciban dependa del número de personas que convencen para votar.
Actualmente no sucede así, si bien el monto guarda cierta proporción con el porcentaje de votos que cada partido recibe, para determinar el presupuesto recibido (que se calcula tomando como base el padrón electoral), no se toma en cuenta el nivel de abstencionismo. Es decir, si PRI obtuvo 40%, PAN el 30% y PRD el 30%, el PRI recibirá el mismo monto ya sea que haya votado el 40% o el 80% de los empadronados. Lo mismo ocurrirá con PAN y PRD.
Dicho esto, el abstencionismo no les afecta en sus bolsillos.
Pedro Kumamoto, ese diputado tapatío que llamó la atención en 2015, ha dispuesto de toda su maquinaria de medios para promover esta ley y que tenga impacto a nivel nacional -si algo tiene este diputado, es un equipo de jóvenes expertos en comunicación digital-. Gracias a esta estrategia es que muchos líderes de opinión han replicado la propuesta en sus redes poniéndola sobre la mesa. Es decir, aunque la competencia de Pedro Kumamoto sea a nivel estatal, se logra que la propuesta se discuta en redes y por especialistas a nivel nacional.
Él habla de los beneficios de esta propuesta:
Que ahorrarán un 41% en financiamiento.
Que el voto nulo será una forma de protesta más efectiva (no está de más recordar que Pedro Kumamoto formó parte del voto nulo en 2009, que después dio origen al #YoSoy132 en 2012 y en el que también participó).
Que los partidos tendrán que esforzarse más para que la gente vote por ellos.
Considero válidos esos beneficios, pero cuando hablamos de una propuesta también deberíamos de señalar los defectos -o efectos colaterales-. Me viene a la mente uno:
Creo que esta medida podría beneficiar más a los que tienen voto duro sobre los que no lo tienen. Por ejemplo, cuando el PRI pierde una elección sabe que al menos contó con su voto duro o sus estructuras, lo que le garantizará cierto reparto del pastel. Esto no ocurre si el PAN tiene un mal desempeño donde puede llegar a obtener un porcentaje muy bajo. Si la necesidad que tienen los demás partidos para convencer a la ciudadanía con respecto a la del PRI ya era grande, esta propuesta podría aumentar un poco más esa brecha.
Aunque el PRI o quien ostente un mayor voto duro también necesite tratar de convencer a una porción de votantes útiles si quiere aspirar a tener más dinero, en términos prácticos -hablando de campañas electorales- no necesitará hacerlo. Si ningún partido decidiera «ser más convincente» el PRI perdería menos presupuesto que los otros partidos, presupuesto que se utilizará para las campañas y medios de comunicación, lo cual no sería ningún inconveniente porque la ventaja presupuestal con respecto a los otros partidos será más amplia -más horas en TV o publicidad-. Posiblemente no ocurra lo mismo con el presupuesto asignado al gasto corriente que hacen los partidos en periodos no electorales y para poder operar, y donde un menor presupuesto sí puede generar una afectación independientemente del presupuesto que puedan recibir los demás partidos.
Otro posible inconveniente es que esa «cercanía» con la gente a la que apuestan Clouthier y Kumamoto podría en algún dado caso incentivar actos demagógicos o populistas. Aunque a mi juicio no creo que eso llegue a ser un gran problema porque el presupuesto que los partidos adquieren están directamente ligados con candidatos a puestos de elección popular que de todos modos -junto con sus partidos- están moviendo cielo mar y tierra para ganar una campaña. Por el contrario, creo que los partidos que se muestren más congruentes hacia su doctrina y logren aglutinar simpatizantes hacia su corriente ideológica serán más beneficiados presupuestalmente sobre aquellos que no. Muchos de quienes votan por sus diputados y senadores no lo hacen estrictamente por la persona que los va a representar, sino por el partido a quienes representan.
Pero a la vez veo un beneficio que Pedro Kumamoto no enlista, y es que esta propuesta es un buen antídoto para los partidos pequeños e irrelevantes que fungen en muchos casos como negocios más que como plataformas políticas. Véase Partido Verde, Movimiento Ciudadano o similares. Una reducción del 40% puede afectar el interés de los «dueños» de los partidos-negocio. Si reciben una reducción de ese tamaño, dichos dueños tendrán que reajustar el presupuesto para seguir operando, lo cual significaría desentenderse de parte del presupuesto que utilizan de forma discrecional. Si no hicieran eso, el partido dejaría de ser operativo lo cual puede derivar en una pérdida de registro. Los dueños de partidos pequeños tendrían que ir más allá de conseguir el registro si quieren aspirar a recibir el dinero que ostentaban antes, lo cual los lleva a una especie de paradoja porque para hacerlo tienen que mostrarse más convincentes y cercanos.
Si un partido, del tamaño que sea, quiere obtener mayor presupuesto, entonces deberá preocuparse por ser más relevante y representar a la ciudadanía de una mejor forma. Ya no sólo importará obtener un porcentaje de la votación -para no perder el registro o ganar una elección- sino que también deberán mantener sus negativos lo más bajo posible. Actualmente, la decadencia de la clase política no se castiga presupuestalmente porque como comentábamos, el abstencionismo ni el volumen de participación ejercen influencia sobre el presupuesto. Por el contrario, con esta propuesta, todos los partidos se verían afectados en una elección con un abstencionismo alto.
Al final, tal vez esta propuesta no impacte tanto al PRI, cuyo voto duro, y es necesario decirlo, va empequeñeciéndose debido al cambio generacional. Pero sí incentivaría a la oposición, a las «alternativas» a ser mejores partidos y armar un discurso más convincente.
Con todo y sus asegunes, creo que la propuesta del hijo del Maquío y de Pedro Kumamoto tiene más puntos a favor que en contra, y considero que es una propuesta que debería considerarse e impulsarse. Porque aunque creo que se podrían hacer más cosas en términos electorales y se debería concebir esta propuesta junto con otras que incentiven a los partidos a representar mejor a sus ciudadanos, sí da un paso adelante en la reducción del gasto público de los partidos y en la representatividad de los partidos políticos.
Decir que «vamos a devolverle los partidos a las personas» como asegura Kumamoto me parece una afirmación exagerada (algunos partidos nunca han representado de forma honesta a sus gobernados), pero la propuesta al menos si ofrece un incentivo para que los partidos tengan que acercarse más a los ciudadanos.
Al final del día tenemos que reformar un sistema que no está funcionando y que tiene al país en una condición de «desgobierno», y para hacerlo tenemos que cambiar las estructuras en que éste se desenvuelve con apego a la institucionalidad. Dicho esto, esta propuesta está bien encaminada con respecto a ese propósito.