Autor: Cerebro

  • Nosotros, los justicieros inquisidores de las redes

    Nosotros, los justicieros inquisidores de las redes

    Yo me equivoqué.

    Nos equivocamos muchos, varios amigos míos, muchos de esos que «siempre verifican las fuentes», porque varios de los medios de comunicación que nos sirven como fuentes también se equivocaron.

    ¿En qué nos equivocamos? En suponer y hacer juicios a priori sobre el contenido de un video.

    Vimos un video, que en mi caso me generó cólera, y en el seguramente en el de muchos,. Vaya, que escuchar a un maestro narrar, supuestamente, sin empacho alguno, que golpea a su mujer, que abra las piernas, que es una malagradecida porque él lleva la comida, no es algo que vaya dejar indiferente alguno -tal vez sólo a quienes golpean a sus esposas y las engañan-.

    Entonces, lo compartimos y lo rolamos por las redes. ¡Qué todo el mundo se entere!

    Observa el video. ¿Qué es lo primero que se te viene a la mente?

    https://www.youtube.com/watch?v=UHZd9GoWvbY

    Nunca nos preguntamos por qué ningún alumno se indignó con las palabras del profesor, ¿por qué ninguna mujer le dijo algo? No creo que absolutamente todos los alumnos vayan a estar cómodos con la idea de un profesor que presuma golpear a su mujer, la trate como objeto y la viole -porque lo que describe, técnicamente, es una violación-.

    Nos fuimos por la calentura del momento.

    Y como algunos medios de comunicación -algunos de los que decimos que son serios- llegaron a replicar la nota, entonces dimos por sentada la noticia. Luego vimos que algún artista o actor como José María Yazpik mostró indignación pública ¡entonces debe ser verdad! 

    Mientras eso ocurría, un profesor inocente, muy mal hablado, tal vez sí, pero inocente, era linchado en las redes sociales. 

    Ramón Urrea Bernal veía cómo su nombre era acompañado por insultos en las redes sociales. Seguramente se sorprendió, se estresó y se sintió muy agobiado. ¿Cómo convencer a la turba, de esa que fuimos parte, de que es un hombre inocente? 

    Porque lo que realmente sucedió es que Ramón, o el #LordPrepa10, como todos ya lo conocen, intentaba hacer lo contrario. Trataba de concientizar a sus pupilos sobre las expresiones de machismo, y lo que estaba haciendo era interpretar un caso. No era el suyo, como supusimos. 

    No fue casualidad que ese video apareciera un día antes del Día Internacional de la Mujer. Seguramente, aprovechando el acontecimiento, el maestro trató de hablar de los abusos de los cuales las mujeres son víctimas. 

    Ramón Urrea Bernal estaba, de hecho, defendiendo a la mujer. No me imagino su angustia al ver que lo estaban linchando vivo por un video que no muestra el contexto en el que se da la plática. 

    Y nosotros ni siquiera cuestionamos el hecho. Y sin faltar a la verdad, sí habían algunos detalles que pudimos tomar en cuenta para darle el beneficio de la duda. El lenguaje corporal no es siquiera de alguien que está desahogando su frustración porque «su esposa no quiere abrir las patas», el comportamiento de los alumnos no obedece a un acto que pudiera generar mucha polémica. Los alumnos simplemente ponen atención a un maestro que da clases, y tal vez esbozan una que otra risa, por el tipo de lenguaje que el maestro usa. 

    Lo voy a poner en este contexto. Imagina que tú quieres hacer algo bueno, quieres defender a algo o a alguien, y para eso, simulas, enfrente de un grupo de gente, el acto que quieres reprobar. Luego llegas a tu casa y ves que en Facebook, en Twitter, todos están humillando a (pon tu nombre aquí), abres el portal de política que tanto te gusta y ahí está tu nombre junto con el video sacado de contexto. Te conviertes, por un momento, en una escoria. Te has convertido en la representación de eso contra lo que estás luchando. Ya no eres el que combate la corrupción a diario, eres el corrupto. Eres lo que detestas. 

    ¿Cómo reaccionarías? ¿Sería justo?

    Los ciudadanos hemos encontrado en Internet un espacio de denuncia. Hasta cierto punto nos ayuda a «automoldear» nuestro comportamiento como sociedad -Como ocurre con el caso de los lords, las ladies, y demás. Pero en ese afán de hacerla de «policías cibernéticos» olvidamos que hay una responsabilidad. 

    Es básico, si en el código de ética de los medios está corroborar la noticia con hechos -que no siempre lo hagan, como en este caso, es otra cosa- es porque eso obedece a alguna razón. Y esa es que una noticia falsa puede afectar la reputación de alguna persona o puede malinformar a la gente.

    Entonces, si nosotros queremos ser los justicieros inquisidores de las redes, tendríamos que tener más rigor también.

    Porque si vamos a linchar a alguien, debemos tener pruebas fehacientes para hacerlo. No hacerlo puede llegar a destruir la vida de una persona inocente. 

    Todos le debemos una disculpa a Ramón Urrea Bernal.

  • Internet. El conocimiento y la sabiduría es sólo para los disciplinados

    Internet. El conocimiento y la sabiduría es sólo para los disciplinados

    Imagen: coursetalk.com

    En este mundo contemporáneo y hedonista, nos hemos acostumbrado a sobreprotegernos con el argumento de que el humano no merece sufrir. El placer es bueno y el dolor es malo, se dice. Desde un utilitarismo mal entendido, hemos diseñado políticas públicas que buscan reducir el dolor del ser humano al mínimo. Así, el individuo se ha vuelto muy cómodo y más frágil, dada la sobreprotección que recibe. Al niño o a la niña que sufren de bullying ya no se les enseña a defenderse, el joven que está estresado con los exámenes está «sufriendo», y como el sufrimiento y el dolor se deben evadir, entonces algo mal están haciendo las instituciones, dirán, y reclamarán que su método de estudios debe ser arcaico o los maestros deben ser insensibles.

    Por otro lado, -no, no estoy cambiando abruptamente de tema-, me sorprendo al ver en Internet la gran cantidad de información y conocimiento disponible. Ya no sólo es ese gran volumen de información dispersa que el usuario debía molestarse en estructurar por su cuenta. Ahora el usuario puede encontrar información lo suficientemente estructurada como para hacerse experto en un tema o para continuar con su desarrollo profesional.

    Sitios como Coursera o Edx, donde los usuarios pueden aprender de cursos (MOOCS) impartidos por las mejores universidades del mundo, pueden ayudar a desarrollar profesionalmente incluso a quienes no tienen oportunidad de pagar una universidad. Estos cursos son gratis y el usuario sólo debe pagar si quiere que le expidan un certificado. Una persona puede, a través de Internet, convertirse en un programador de primer nivel, o volverse un experto en Big Data de forma gratuita o a un módico costo. Cursos organizados de forma pedagógica, que posiblemente en unos años en décadas, vuelvan a la educación superior tradicional obsoleta. 

    De igual forma, si el individuo quiere aprender filosofía, psicología, o quiere tener un nivel de cultura mucho más amplio, no sólo hay canales de Youtube que le dotarán al usuario de un nivel de conocimiento en el tema más que aceptable, sino que también puede encontrar diversos sitios web como The Book of Life que ayudan a mejorar la autoestima y la integridad de personas a través de la cultura y la filosofía, y así formarse como persona. Y si no tiene conocimiento del idioma inglés para consumir estos contenidos que en mayor parte están en este idioma, también puede adquirir un buen nivel de inglés en Internet, a un costo más bajo que en una escuela.

    Dirás que todo esto es maravilloso, que las posibilidades son infinitas, y técnicamente es cierto, pero entonces regreso al primer argumento:

    ¿Cómo puede aprovechar esta información el individuo sobreprotegido al cual educaron para no sufrir porque el dolor es malo? Estamos, y créanme porque lo he visto una y otra vez en mi trayectoria profesional, ante nuevas generaciones más comodinas que se sienten especiales por el simple hecho de tener la etiqueta de millennials, que se dicen ser críticas, irruptivas, pero muchos de ellos no están dispuestos a hacer un gran esfuerzo. Incluso algunos ni siquiera saben buscar información en Internet. 

    Fuente: forbes.es

    Algunos de ellos sueñan con ser el nuevo Steve Jobs, pero se despiertan tarde; y así, con su pijama puesta y su Mac, mientras se reclinan en la cama, dicen estar creando el proyecto que va a cambiar para siempre los hábitos de consumo. Hablo de jóvenes que conocen el arte del Facebook, que son expertos en las mascarillas de realidad aumentada del Snapchat, pero a quienes si les pides buscar algún concepto filosófico, no sabrán ir más allá de Wikipedia.

    Cierto, no son todos, no puedo generalizar. Allá afuera hay jóvenes muy talentosos que tienen las virtudes que les achacan a los llamados millennials -su horizontalidad a la hora de organizarse, la intención de irrumpir y crear cosas nuevas y cuestionarse todo-, a la vez que son disciplinados y trabajadores. Esos son quienes logran cambios positivos, los que innovan. Esos son los que han hecho que en México haya una mayor participación ciudadana, y son quienes están aprovechando la ola de la innovación digital.

    Pero al comparar a ésta con las pasadas, parece que a estas nuevas generaciones les están, en cierta medida, atrofiando la fuerza de voluntad.

    Entonces, mientras que toda esa información, todo ese conocimiento está ahí, a la mano de todos, lo que no abunda es la gente que tiene la voluntad para poder absorberla.

    Porque para eso se necesita de autodisciplina; pero a los jóvenes de hoy, poco resilientes, y quienes llevaron a sus madres a su escuela porque es un «insensible maltrato psicológico» que le pongan 5 de calificación al chamaco, no les enseñaron el hábito. Porque hacerse de dicho hábito implica dolor y sacrificio. Implica dejar los placeres inmediatos a un lado.

    Y es paradójico, porque los jóvenes millennials ya no quieren ser «godínez», quieren crear sus propios proyectos o quieren «freelancear», no quieren horarios fijos. Y para eso se necesita un chingo de autodisciplina, más que la que se necesita para conservar un puesto de trabajo de nueve a seis.

    Supongamos que quiero tomar un curso en Coursera, alguno de Big Data impartido por MIT, o uno de filosofía impartido por Harvard (cursos que no son cualquier cosa). El «aspirante a estudiante digital» tendrá que hacerse el hábito de dedicar una hora diaria al estudio de ese curso. Esa hora implica prescindir de una que dedicaba al ocio. Y como el curso no tiene un horario fijo ni una estructura como sí lo tiene la escuela o la academia de inglés a la que va porque y pagó (pagaron sus papás), tendrá que obligarse él mismo a estudiar ese curso a tal hora y en determinada cantidad de tiempo todos los días.

    Pero antes de eso, tuvo que haber una disposición para buscar información e informarse de los cursos disponibles y que le podrían ser útiles, hasta para eso se necesita disciplina y fuerza de voluntad.

    Me llama la atención, porque en esta sociedad globalizada cualquier persona con acceso a Internet puede acceder a conocimiento que está disponible en todo el mundo y que es desarrollado por las mejores instituciones y los más talentosos en su campo. Y en vez de eso, vemos muchos jóvenes que se pierden, que no saben trabajar, que no se involucran en temas sociales o no les importa la política porque «todos son iguales». Jóvenes que quieren el placer inmediato, que piensan en las fiestas, en el placer, en la peda, en el iPhone, y no en la inversión en ellos mismos. 

    En lugar de sobreproteger jóvenes y hacerlos más débiles de carácter con el argumento de que el dolor per sé «vulnera sus derechos humanos», deberíamos fomentar jóvenes más resilientes.  Si esas cualidades atribuidas a los millennials como su capacidad para innovar y pensar fuera de la caja se compaginara con las cualidades de la disciplina y la fuerza de voluntad, sumado a todo el conocimiento que está disponible en Internet, tendríamos a una generación que marcaría un hito en la historia de la humanidad. 

    Pero los que aprovechan este mundo de oportunidades, son los menos. 

  • El cumple del PRI, y sus 88 años de vida

    El cumple del PRI, y sus 88 años de vida

    ¡Feliz 88 aniversario PRI!
    Foto: PRI Tamaulipas

    El PRI cumplió 88 años y los priístas lo festejaron con bombo y platillo. Es que no cualquier partido político puede darse el lujo de cumplir 88 años de vida. 

    A juzgar por lo visto en lo que Peña Nieto y demás redes sociales del PRI publicaron, fue como una fiesta en familia, porque vaya, el PRI, más que ningún otro partido en México, ha creado un sólido sentimiento de pertenencia entre los que lo conforman. Para los priístas, serlo es un privilegio, son parte de algo.

    Ahí, en las celebraciones, hay júbilo, hay un sentimiento de triunfo y confianza que a veces cae en la arrogancia. Se recuerdan como el partido que básicamente construyó a México, a sus instituciones, que insertó al país en la globalización. Se consideran un partido de avanzada, el más progresista. Peña Nieto, con un porcentaje de aprobación que oscila entre el 6% y el 12%, se atreve a lanzarse en contra de la oposición y despreciarla casi como inferiores, recuerda que el PAN está rancio y que AMLO representa un retroceso. 

    Mientras Javier Duarte sigue desaparecido, mientras Humberto Moreira está protegido, mientras la BBC escribe un reportaje de una cantidad millonaria que «extravió el gobierno mexicano», mientras que 9 de cada 10 mexicanos no sienten simpatía por su presidente, mientras «los grandes» recuerdan las devaluaciones producto de los gobiernos de Salinas y López Portillo, mientras pasa todo eso, en el PRI hablan de la gran contribución que ha hecho su partido a México:

    El ambiente que se vive dentro de los festejos del PRI es uno muy diferente al que se vive allá afuera. La familia del PRI es una cosa, México es otra diametralmente opuesta.

    Pero ¿tienen razón en sus argumentos? ¿El PRI sí es un partido del cual estar tan orgulloso?

    Entre esa etapa de la historia de nuestro país que inició con Lázaro Cárdenas y terminó con López Mateos, podríamos hablar de mantadarios que de alguna u otra forma llegaron a hacer bien su trabajo y quienes construyeron esas instituciones de las que tanto se congratulan (como el IMSS o el ISSSTE), aquellos que formaron parte de ese milagro mexicano. Naturalmente se trataba de regímenes patrimonalistas y corporativistas, una condición que muchos países transitan como punto intermedio de la dictadura o la monarquía a la democracia, pero que como etapas intermedias o de transición funcionaban. Ese milagro económico, con su consecuente desarrollo social, debió traer a una clase media que formara la suficiente masa crítica para que impulsaran esos cambios que se necesitaban para democratizar al país. 

    Cuando ese modelo que tan bien había funcionado se empezó a agotar. esa clase media sí llegó, los jóvenes universitarios se concentraron para exigir cambios, pero ese movimiento terminó en una represión estudiantil. La transición no se dio, los gobiernos del PRI absorbieron y contuvieron a intelectuales y activistas, y así, la evitaron. Las estructuras corporativas del PRI se mantuvieron dentro de un contexto que ya exigía otras formas de organización, y entonces llegó la desgracia. Porque ya ni siquiera servían a un modelo que anteriormente habían funcionado, sino que terminaron funcionando para ellos mismos y a sus propios intereses. Ahí están los líderes charros que se enriquecieron gracias a sindicatos y organizaciones corporativistas como la CTM, la CROC, y la CNOP.

    El PRI de ahora, el que se jacta de ser el nuevo PRI, es ese que ya no funciona, el de los desastres de Echeverría y López Portillo, el de las devaluaciones, el de Peña Nieto, uno de los peores presidentes de la historia moderna, ese PRI heredero de la transición que nunca se dio en los años 60 y los años 70. Los que se congratulan de las aportaciones de su partido, como Enrique Ochoa Reza, no son ya ni siquiera parte del PRI de hace medio siglo que llegó, con sus muchos defectos, a construir cierto orden institucional que permitió a México un desarrollo continuo durante poco más de dos décadas. 

    Se congratulan de la firma del TLC bajo el gobierno de Salinas, el cual en mayor o menor medida -porque la implementación no fue la más óptima- se puede considerar un acierto. Pero ignoran el daño que el mismo mandatario y sus cercanos hicieron al país. Perfilan a Peña Nieto como «el gran reformador», atribución que hacen solamente los priístas, pero olvidan que esas mismas reformas fueron bloqueadas por el propio PRI cuando el PAN las propuso, y que varias de éstas no sólo no están implementadas de la mejor forma, sino que en algunos casos no están exentas de corrupción.

    En sus 80 años, el PRI nos invita a ver un México alternativo, uno que para muchos de nosotros no existe y no empata con la realidad. 

    El júbilo que se vive en el CEN del PRI por sus 88 años contrasta mucho con lo que vive una persona que va a trabajar 6 días a la semana para llevar comida a su casa. Contrasta mucho con lo que ve el joven preocupado por su futuro. Contrasta mucho con quienes se enteran en los medios diariamente de nuevos casos de corrupción o impunidad. Contrasta mucho con aquel hombre que está agobiado porque como no tiene palancas -o no quiere tenerlas-, la burocracia para él es muy lenta y no puede resolver sus problemas.

    Pero tampoco empata con la realidad propia del PRI, porque a pesar del ambiente excesivamente positivo, están en riesgo de perder el Estado de México, estado gracias al cual mantienen una sólida base de votantes duros y acceso a un gran presupuesto útil para las elecciones. Porque a pesar de que presumen sus bases y estructuras, el voto duro está diluyéndose poco a poco debido al cambio generacional, y -no sobra decirlo- a los pésimos gobiernos que no han logrado mantener contentas a todas sus bases. 

    El PRI cumplió 88 años. Todos ellos están muy felices. Yo no estaría feliz, ni aunque fuera priísta. La realidad, incluso para ellos mismos, no es muy prometedora. 

  • Alt-Right y la supremacía blanca hipster

    Alt-Right y la supremacía blanca hipster

    Foto: Atlanta Black Star

    La inteligencia y la cultura están muy íntimamente relacionadas, tanto que algunas confunden una cosa con la otra. La realidad es que ambas son dos cosas completamente distintas y se les suele confundir porque a mayor inteligencia, el individuo tendrá más posibilidades ser más culto. Una persona inteligente puede darse el lujo de no ser culta en tanto aquella persona con un nivel intelectual abajo del promedio difícilmente podrá serlo.

    Y se entiende porque una mente inteligente tendrá mayor capacidad de absorber y procesar el conocimiento que recibe.  

    Pero ¿En qué difieren ambos conceptos?

    Primero, la inteligencia tiene que ver con la capacidad cognitiva de nuestro cerebro -primero atribuida a la racional, y después a varios otros tipos de inteligencia como los propuestos por Howard Gardner-. 

    Segundo, la cultura tiene que ver con la cantidad del conocimiento que un individuo posee, y también se dice que tiene que ver con la capacidad y la disposición de procesar dicho conocimiento. Naturalmente la inteligencia es una herramienta casi indispensable para hacer ese ejercicio.

    Pero ni la inteligencia ni la cantidad de conocimiento que el individuo posee son una garantía ni un cheque al portador. Ciertamente una persona que devora libros está más inclinada a tener una perspectiva más amplia de las cosas. Pero como afirma Jonathan Haidt, una persona puede utilizar su inteligencia e incluso puede echar mano del conocimiento para reafirmar su dogma y su necedad.

    Considero que faltan dos variables en la ecuación de aquel hombre culto que a través del conocimiento obtiene una perspectiva muy amplia de la vida: la curiosidad y la capacidad de autocrítica. 

    Muchas de las personas que defienden posturas dogmáticas y hasta enfermizas (que incluyen racismo o discriminación) son inteligentes y no les sobra conocimiento. Han leído a Aristóteles, han estudiado a la escuela de Frankfurt, algunos admiran a Nietzsche y pueden explicar muy bien qué es el imperativo categórico de Immanuel Kant. Posiblemente sepan algo de metafísica, entiendan qué es potencia y acto, o utilicen el dualismo de Descartes para construir un argumento.

    ¿Entonces qué es lo que pasa?

    Muchos de ellos no echan mano del conocimiento para abrir sus mentes ni para ser más empáticos, sino para reforzar su dogma. No es como que el conocimiento los haya llevado allá, sino que estuvieron ahí desde un principio y echaron mano de dicho conocimiento, extrajeron de éste los argumentos que más les convenía.

    Ellos ya están predispuestos, ya saben de antemano qué es lo que van a tomar y van a rechazar. 

    Si bien, muchas personas de cualquier postura ideológica llegan a recurrir alguna vez a este tipo de «trampas» para formular sus argumentos, quienes se encuentran en los extremos ideológicos hacen de este juego la regla. 

    Un caso ejemplar es el de los integrantes del movimiento ultraderechista Alt-Right, que tienen muchas afinidades con Donald Trump, y sobre todo, con Steve Bannon, el cerebro del gobierno de Estados Unidos. 

    En su página oficial publicaron un artículo llamado Democracy Isn’t Working -La democracia no está funcionando-. Cuando se lee el artículo por encimita -eso que los anglosajones llaman skimming- uno encontrará algunos lugares comunes y argumentos que podrían sonar familiares como: -la democracia no ha venido funcionando bien, o que el votante es irracional, echan mano de filósofos como Aristóteles e incluso se atreven a citar al propio Jonathan Haidt -opositor a Trump y quien busca lo opuesto con sus obras: fomentar la tolerancia entre liberales y conservadores- para formular sus argumentos. 

    Un ingenuo podrá quedarse seducido por ese aroma intelectual y que a simple vista podría pasar como moderado. Ese es el arte de Alt-Right y algunos movimientos supremacistas de Estados Unidos. En lugar de ser fuertemente confrontativos y políticamente incorrectos como uno podría entender a un movimiento fascista, esconden argumentos e ideas nocivas dentro de este aire intelectualoide.

    https://www.youtube.com/watch?v=CYT5DfE73UY

    Pero basta analizar bien el texto para entender las trampas a las que recurren. Citan a Aristóteles, quien decía que las democracias podían derivar en una tiranía -cosa que no sólo es falsa como lo hemos visto con el caso de Donald Trump, sino que gracias a este fenómeno, Alt-Right ha encontrado más foros para alzar su voz-. Hacen énfasis en los defectos que mencionan -que no son del todo falsos- para crear un argumento falaz: «la democracia es el peor de todos los sistemas».

    Lo que hace a la democracia el sistema más peligroso es que no hay meritocracia en ella. La gente tiene poder de decisión con solamente haber cumplido 18 años y no haber muerto al cumplir esa edad. 

    Ciertamente, en muchos casos los votantes son irracionales y toman decisiones equivocadas. La contradicción viene cuando estos individuos proponen que el soberano resida en una monarquía -el gobierno de un rey- o en una aristocracia -el gobierno de unos pocos-.

    Al menos, si un rey se corrompe, puedes matar a su niño -el heredero-, los aristócratas al menos pueden poner a otros en jaque, pero la democracia es el cáncer de la corrupción política. 

    La democracia por sí sola no es meritocrática. Pero tampoco lo son la monarquía ni la aristocracia. En la monarquía quien gobierna lo hace por herencia y no por méritos. La aristocracia no necesariamente se conforma con base en el concepto que de ella tiene Platón, donde ésta se conformaría como una meritocracia, menos cuando seguramente,  de acuerdo al ideario de Alt-Right, serían hombres de raza blanca y no aquellos quienes son más talentosos. 

    La democracia no se entiende sólo, como la concibe Alt-Right, como un sistema donde la gente vota, sino que ésta incluye o al menos trata de incluir las condiciones para que la gente logre agruparse e incidir en los asuntos públicos. Gracias a la democracia, a través de organizaciones civiles o think tanks, el pueblo puede crear unidades de conocimiento para tener incidencia dentro del gobierno -gobernanza-. La democracia también incluye derechos humanos y libertad de expresión. En una monarquía, el pueblo debería tener la suerte de que su rey sea lo suficiente benévolo para que garantice ciertas libertades -lo cual no ocurre en la mayoría de los casos-.

    En la crítica que Alt-Right hace, delinea de forma muy sutil su supremacía racial:

    El promedio de cociente intelectual (IQ) entre los blancos y europeos es de 100. Sin embargo, tenemos una mayor representación entre los talentosos e inteligentes que los asiáticos, cuyo IQ es un poco mayor. Suena bien, pero ¿cuál es el problema? El sector de la sociedad que tiene un IQ más alto de 120 y que puede juntar e inferir su propia información.

    Luego hablan de trampas o sesgos cognitivos para apelar a la irracionalidad del votante -que provoca la corrupción en la democracia- como si ellos fueran incapaces de caer en esas trampas. Hablan de aquel sesgo cognitivo –el efecto de Dunning-Kruger– donde un individuo tiene la percepción de ser más inteligente de lo que en realidad es. Y citan a Haidt -quien decíamos es opositor de Trump y de estos movimientos supremacistas- y su analogía del elefante y el jinete; en la cual explica que las intuiciones -elefante- viene primero, y la racionalización -jinete- viene después y está condicionada por el propio elefante:

    Y si habíamos hablado de que quienes forman parte de estos movimientos supremacistas ya lo eran antes de adquirir conocimiento, entonces podemos entender que caen en el mismo juego del que acusan a los demócratas, a los liberales y a los conservadores «tibios». La supremacía racial «irracional» entonces está representada por el elefante, mientras que su búsqueda del conocimiento «el jinete» tiene una gran dependencia con dicho elefante quien le dice cómo interpretar el conocimiento que el sujeto recibe. 

    Analizando el artículo, uno se puede dar cuenta que a pesar de las referencias filosóficas, psicológicas o antropológicas, terminan formando una nada. Porque los autores forzan dichas referencias para que encajen a fuerzas en el argumento. 

    Pero como forma de propaganda tiene sentido. El incauto verá en el artículo un texto intelectual y no un desplante fascista. Se dejará llevar por la «pomposidad» y la grandilocuencia del texto que parece no tener muchas agresiones ni confrontaciones. Pero los argumentos, la supremacía racial, la tentación por el autoritarismo, ahí están impresas, con palabras más bonitas y rebuscadas. 

    Basta «hojear» algunos artículos contenidos en su plataforma para ver que ese recurso es una constante.

    Todos sabemos que hemos entrado a un punto de quiebre, que la democracia necesita replantearse, que la representatividad está en crisis, y que ésto ha creado un caldo de cultivo para el surgimiento de movimientos ultraderechistas y radicales de izquierda. Pero esta crisis debe solucionarse desde dentro de la democracia y no fuera de ella. La deliberación, la autocrítica y el debate de las ideas son los que deben de sanar y reconstruir la plataforma que ha quedado desgastada, no el dogma y la intolerancia de quienes, paradójicamente, gracias a la democracia, tienen una voz para esparcir ideas nocivas. 

  • La mentira de la voluntad del pueblo

    La mentira de la voluntad del pueblo

    La mentira de la voluntad del pueblo

    El concepto de «voluntad del pueblo» o «voluntad general» fue acuñado por el filósofo francés Jean Jacques Rousseau para dar fundamento a la idea de la democracia. Es decir, en vez de que el rey fuera el soberano y se gobernara bajo su voluntad, debería ser el pueblo en el que residiera dicha soberanía. Para esto, decía, que la suma de las voluntades individuales que firmaban un contrato social derivaba en la «voluntad general». 

    Cuando me quiero referir a la «voluntad del pueblo» no me refiero a este concepto en específico, sino al concepto de «voluntad del pueblo» tan usado y reciclado por los demagogos de izquierda y derecha. Ese pueblo al cual apelan Marine Le Pen, Nicolás Maduro, Donald Trump o López Obrador. 

    A diferencia del concepto de Rousseau que concibe a la «voluntad general» como una suma suma de voluntades, -es decir, Rousseau entiende que los individuos quienes acuerdan adherirse al contrato social no son necesariamente iguales-, los demagogos entienden el concepto de la «voluntad del pueblo» como si éste se tratara de una sola cosa.

    El pueblo no es un ser ni una sola sustancia, es más bien la suma de muchos seres que no son iguales entre sí pero que se agrupan, comparten culturas y afinidades en común. Firman contratos sociales y convienen leyes para que en un ambiente de respeto entre ellos mismos puedan llevar a cabo sus proyectos de vida individuales. El sentimiento de pertenencia a una comunidad, una nación o una región va en este sentido y no porque exista una «consciencia colectiva».

    Como mecanismo de supervivencia tanto individual como colectiva -porque recordemos que somos animales sociales y políticos- los individuos nos agrupamos con aquellos con los que tenemos afinidad. No somos parte de una sola agrupación, sino que integramos varias a la vez y las cuales tienen diferentes dimensiones. Por ejemplo, yo soy mexicano porque aparte de haber nacido en México comparto ciertos valores y soy parte de una cultura, pero también soy atlista por el sentimiento de pertenencia que otorga irle al Atlas (aunque nunca gane nada) porque mi familia extensa tiene profundas raíces. A la vez soy parte de una organización civil donde los miembros compartimos la idea de combatir la corrupción. 

    Pero a la vez, a pesar de las afinidades, yo no soy igual a todos los aficionados del Atlas. Tenemos algo en común pero todo lo demás puede ser diferente. Tampoco soy un copia de los compañeros de mi organización civil, de hecho somos una organización muy heterogénea.

    De la misma forma, si bien, los seres humanos tenemos la capacidad de solidarizarnos con aquellos que viven en el otro lado del planeta -ante una catástrofe por ejemplo-, nuestra corteza cerebral, según Robin Dunbar, no nos permite tejer relaciones fraternales con más de 150 personas -Sí, eso quiere decir que si tienes 1,000 amigos en Facebook, no te importan realmente más que 150 de ellos-.  Por eso se explica que el comunismo pueda funcionar bien en pequeñas comunidades pero sea un fracaso rotundo dentro de los Estados. 

    Entonces no se puede pensar en una fraternidad que abarque todo el pueblo, como lo sugieren los demagogos. De hecho, entre las 150 personas con las que tenemos una relación fraternal e íntima, siguen existiendo muchas diferencias. 

    Lo que existe a veces es un interés colectivo. Por ejemplo, toda una comunidad está de acuerdo en que todos los integrantes deben recibir una buena educación porque la suma de las voluntades individuales llega a esa conclusión, no porque el pueblo per sé sea un entidad autónoma. 

    Trump holds a rally with supporters in Albuquerque
    Foto: Jonathan Ernst – RTSFS8C

    Los demagogos que apelan a «la voluntad del pueblo» lo conciben como si éste fuera completamente homogéneo, como si no hubiera diferencias entre los que suman el pueblo. Y vaya que eso les conviene, porque así, al homogeneizar y concebir a los miembros como iguales -quienes entonces deben de creer en lo mismo y tener los mismos valores- pueden imponer el suyo. Es decir, la voluntad del pueblo -del cual ignoran su pluralidad y los asumen como seguidores- son ellos. Esta voluntad no cuadra con aquella de Rousseau, porque se parece más a la «voluntad del rey» que quería combatir el filósofo francés al proponer un Estado democrático.

    Los líderes carismáticos apelan a los rasgos que los individuos tienen en común para iniciar, hasta donde les sea posible, el proceso de homogeneización y construir el falso argumento de la «voluntad del pueblo». Las personas que se sienten vulnerables debido a ciertas presiones o se encuentran en un estado de estrés son más fáciles de manipular e inculcar el pensamiento de dicho líder carismático -ese que dice él, que es la voluntad del pueblo-. No es coincidencia que Donald Trump haya conformado su base de entre quienes han sido los más perdedores de los procesos económicos de Estados Unidos y quienes más sienten que su país va por mal camino.

    Los circuitos que se activan en el cerebro de aquellas personas que se exponen a líderes carismáticos a los que admiran inhiben aquellos relacionados con el pensamiento analítico, es decir, se suprimen de tal forma que el seguidor que fue seducido por un demagogo o un líder carismático tiende a no pensar y analizar lo que el líder está diciendo. De hecho, muchos científicos han encontrado que bajo las circunstancias idóneas, los seguidores de dichos líderes pueden caer en cierto estado de hipnosis.

    Los demagogos insisten en concebir al pueblo como un ente y una voluntad suprema a la de los individuos cuando dicen por ejemplo, que «el pueblo es bueno y es víctima de las élites». No se puede concebir a un pueblo bueno, no sólo porque no tiene voluntad propia, sino porque los individuos que conforman el pueblo pueden ser buenos o pueden no serlo. 

    Así también, los demagogos pueden polarizar a la sociedad -entre quienes se dejaron seducir o quienes no-, imponer regímenes dictatoriales o hasta totalitarios. Al construir una narrativa del «pueblo», se deshacen de la heterogeneidad y de la pluralidad de éste. Obligan a quienes lo conforman a compartir, no por voluntad propia, ciertos valores y posturas. Al hablar de una sola voluntad del pueblo niegan las disidencias y las diferencias. 

    Entonces quien disiente ya no es parte del pueblo y debe de ser -de acuerdo al tipo de régimen- criticado, condenado al ostracismo, expulsado o hasta aniquilado.

    No, el discurso de la «voluntad del pueblo» no se trata de la voluntad general de Rousseau, y sí más bien a un «El Estado soy yo» de Luis XIV escondido dentro de una narrativa tramposa donde el líder busca imponer su voluntad sobre el pueblo en un arrebato megalomaniaco de poder. 

     

  • Los videobloggers que quieren ser politólogos

    Los videobloggers que quieren ser politólogos

    Los videobloggers que quieren ser politólogos

    Desde poco más de media década los videobloggers comenzaron a irrumpir en la escena. Personajes como werevertumorro lograron explotar el aumento de la penetración de banda ancha acompañada de la monetización de videos de Youtube. Ahí había un buen negocio para quienes no tuvieran grandes recursos económicos con los cuales pudieran montar un show. Bastaba su talento y delinear bien su nicho de mercado para lograr cautivar a su audiencia.

    Qué no nos guste -yo detesto a werevertumorro– no significa que no tengan talento alguno, algo tuvieron que hacer para lograr que sus videos tuvieran cientos de miles, si no es que millones, de seguidores. 

    Al principio, los videobloggers trataron temas más casuales, mundanos y cotidianos con los cuales la gente se sentía identificada. Ellos lograron cautivar nichos de un mercado que ya comienza a saturarse, y después incursionaron en temas políticos y sociales: Primero Chumel Torres y luego Callodehacha. 

    El problema, es que a diferencia de los temas mundanos, es importante estar muy informado y preparado si vas a hablar sobre política o temas sociales. Cuando veo las cápsulas de Stephen Colbert, una de las máximas inspiraciones de Chumel Torres,  veo a una persona preparada e informada. Así logra darle sustancia a su contenido, por más banal, burdo o cómico que éste sea.

    El Pulso de la República me agradaba porque a pesar de que Chumel Torres no parece ser una persona muy preparada en temas políticos o sociales, tenía a un Durden que evidentemente sí tiene más preparación y se encargaba de darle forma a los contenidos.

    Así tenías a una persona carismática, agradable y graciosa con Durden y un equipo encargado de la investigación. Chumel no brilla intelectualmente por sí mismo y se nota cuando entrevista a líderes sociales y políticos -y reciemente en Twitter-, a la vez que Durden no es una persona carismática. Pero la fórmula funcionó por un buen tiempo, aunque el Pulso ha venido de capa caída y ya no es de ninguna forma lo que era antes -posiblemente por la incursión de Chumel en HBO donde se ha desempeñado mejor-. 

    Con Callodehacha la situación es diferente porque, a diferencia de Chumel -quien al menos propone un programa cómico, burdo e informal- pretende ser lo contrario: un líder de opinión. ¿El problema? No está preparado para serlo:

    Analiza el siguiente video, posiblemente compartas la postura de Callodehacha o posiblemente no lo compartas. Pero eso no es lo que importa, sino el contenido. ¿Callodehacha te dice algo diferente a lo que te diría cualquier persona en la mesa cuando está discutiendo sobre feminismo? La realidad es que no. Yo al menos no aprendí casi nada de feminismo, nada más que la opinión de algún amigo o conocido que no tiene mucho conocimiento en el tema-. Su argumento está lleno de argumentos comunes y opiniones meramente personales. 

    https://www.youtube.com/watch?v=rwjLd3nzDR4

    Para poner en evidencia lo que digo: Callodehacha comienza mal porque hace una generalización donde concibe al feminismo como una sola cosa e ignoró las ramificaciones y diversas corrientes que tiene. No es lo mismo ese feminismo radical «indignado» con los estudiantes de Ayotzinapa por ser hombres o que considera al hombre como enemigo y represor por el hecho de ser hombre, que las manifestaciones feministas más moderadas, que no caen en ese discurso confrontativo y que buscan una verdadera equidad de género.

    Para sustentar su argumento sólo trajo a colación alguna que otra estadística que encontró en la primera búsqueda en Google. Pero ¿tiene Callodehacha conocimiento sobre el feminismo? ¿Sabe qué es la Escuela de Frankfurt, de donde derivan muchas de estas corrientes progresistas? ¿Conoce la influencia marxista en algunas manifestaciones sobre feminismo -sobre todo las más radicales-? Seguramente no. 

    ¿Me estoy contradiciendo al decir que Callodehacha no tiene ningún talento? No, porque lo que señalo es en específico que no tiene la preparación necesaria para hablar de esos temas. Podría decir que su talento radica en su capacidad de generar polémica y ser políticamente incorrecto -por medio de contenidos dirigidos a una audiencia que no es muy exigente-. 

    El problema es que el formato que maneja le requiere, para informar bien a la gente y darle contenidos de calidad, una preparación que no tiene. No digo que necesariamente tenga que meterse a estudiar una maestría en ciencias políticas o sociología, pero sí podría empezar a adquirir contenidos, leer y empaparse de los temas que está tocando.

    Ahora que observaste el video, te voy a mostrar otro de un videoblogger que se llama Pablo Montaño que tiene un perfil más parecido al de Chumel:

    ¿Qué notaste? No sé si llegaste a mi misma conclusión. Esta persona está preparada sobre el tema que está hablando y dicho tema le apasiona. A pesar de que su canal tiene tintes más cómicos que aquel de Callodehacha, tiene bastante más sustancia.

    Seas un cómico, seas una persona seria, es necesario tener la preparación para hablar de los diversos temas, o al menos, como en el caso de Chumel, tener un buen respaldo que ayude a dar sustancia a tus contenidos. 

    ¿Por qué insisto en esto? ¿Por qué insisto en que muchos de los videobloggers que quieren hablar sobre política y cuestiones sociales no tienen la preparación adecuada?

    Porque muchas personas los han comenzado a adoptar como líderes de opinión cuando no tienen la preparación para serlo. Al menos Chumel no pretende serlo -aunque aún así algunos lo conciben como tal- como sí lo hace Callodehacha, y vende al Pulso de la República como un programa cómico que no pretende sustituir a los medios «serios».

    Algo está mal cuando alguien que pretende ser líder de opinión afirma esto:

    En vez de leer las columnas de opinión de los diarios, muchos millennials prefieren ver a estos videobloggers como sustituto y no como complemento, porque el formato del video es más amable y los contenidos son más amenos. Algunos se hicieron una opinión sobre un tema porque Callodehacha dio su opinión muy personal sobre cierto tema en vez de leer siquiera a una persona preparada para tocar el tema.

    En un México donde son más los intelectuales que parten de este mundo que las nuevas generaciones que emergen, deberíamos aspirar a que con la ayuda de Internet y las nuevas plataformas, estas últimas puedan convertirse en líderes de opinión. No necesariamente deben tener un lenguaje pomposo y rebuscado que no todos puedan entender. Por el contrario, que con un lenguaje muy concreto y fácil de entender, puedan opinar por medio de argumentos, que aunque sencillos, van acompañados de una gran carga de conocimiento y así generar una opinión más informada y elevada sobre los temas de interés. 

    Es fácil y obvio. Así como los médicos que te intervendrán quirúrgicamente deben tener conocimientos sobre medicina, y así como los arquitectos deben tener el conocimiento adecuado para construir una casa, quienes pretendan ser líderes de opinión deben tener el conocimiento necesario para serlo y darle a su público contenidos de calidad que les sirvan.

  • Todos ven a López Obrador en Los Pinos

    Todos ven a López Obrador en Los Pinos

    El poder tiene efectos gravitatorios, tiende a atraer lo que encuentre a su paso: personas, empresas, y a veces hasta ideologías. 

    Si muchos actores se están alineando a un candidato, -es decir, están siendo atraídos hacia él-, es símbolo de que dicho candidato, como si se tratara de un astro que acumula masa, está acumulando poder. Y la razón por la que sucede esto es por las amplias posibilidades que tiene de ganar la presidencia en el 2018.

    Yo no he escuchado, por ejemplo, de actores que se sumen a la campaña de Margarita Zavala y la respalden públicamente, tal vez algún futbolista por acá, algún opinador, pero no algún personaje o institución que tenga peso político o capacidad de influencia. Eso tampoco sucede con Osorio Chong, ni Miguel Mancera o Pedro Ferriz.

    En cambio con López Obrador ya se han sumado el polémico empresario Alfonso Romo y el presidente de Fundación Azteca Esteban Moctezuma. Dicho sea de paso, es muy probable que TV Azteca termine decantándose -como lo hizo en 2006- por López Obrador. Si a estos actores sumamos a Carlos Slim, quien siempre ha apoyado a AMLO, veremos no solamente la paradoja de que grandes empresarios apoyan al izquierdista sino a personajes a quienes se les podría relacionar con la «mafia del poder».

    El día de antier, Carmen Aristegui, a quien algunos -sobre todo las plumas que escriben a favor del gobierno actual como Alemán o Hiriart- acusan de ser la vocera de López Obrador y de trabajar por sus intereses, criticó duro al tabasqueño por las nuevas alianzas y lo llamó el «candidato del establishment«. Carmen, quien en su faceta de opositora al establishment -en eso coincidía con AMLO y era la razón por la que ella le daba voz a un López Obrador que tuvo por un momento que enfrentar la hostilidad de los medios mainstream- ahora considera que AMLO está adquiriendo compromisos con un sector de la «mafia del poder».

    Algunos pueden ver en este cambio de postura una «moderación» del candidato. Algunos posiblemente se convenzan de que López no será ningún radical y no manejará la economía de forma irresponsable. Otros -tal vez los menos, dado que López Obrador al ser el único líder político que representa una oposición y preferirán engañarse y justificarlo- se sentirán traicionados por aliarse con quienes antes podrían considerarse enemigos. Otros simplemente nos quedamos en la incertidumbre al ver un acto de ambigüedad donde no sabemos a ciencia cierta como gobernará el tabasqueño si es que llega al poder.

    Ambigua también es su postura donde por un lado habla de moderación y pide apoyar al presidente Peña Nieto, pero por el otro descalifica y es intolerante quien lo critica como lo hizo con Martín Moreno -aunque coincido con él en que Martín Moreno es un pésimo escritor-.

    Ahora todo mundo habla de López Obrador, lo invitan a todos los foros -hasta en Televisa-, dan amplia cobertura a su visita a Estados Unidos donde dice, defenderá a los migrantes y hará lo que el gobierno de Peña Nieto no se atreve a hacer -como demandar a Trump ante la ONU-, y algunos ya hacen campaña en su contra. El trato que hacen los medios, los actores políticos y empresariales al tabasqueño es el que corresponde a un candidato que es visto como el natural sucesor de Peña Nieto en Los Pinos. 

    Todos saben que el contexto -nacional e internacional- está beneficiando enormemente a López Obrador que tuvo la fortuna de ser candidato en tiempos de una clase política desacreditada y de la presencia de un presidente nacionalista en el país del norte, así como de la ola de voto antisistema crece en Occidente. 

    De este modo, los actores se sienten orillados a tomar cualquiera de las siguientes dos decisiones: Alinearse a López Obrador entendiendo que es el sucesor natural y que es quien tendrá la mayor cantidad de poder político en el sexenio, o postrarse como fuerte opositor esperando que López Obrador se frustre solo -como ya ha sucedido- la candidatura.

    Así están las cosas. Así se mueve el poder, López Obrador es un astro que crece de tamaño y empieza a atraer todo lo que ve a su paso. Si no surge desde la candidatura independiente un liderazgo que despierte pasiones y aproveche bien el descontento de la clase política y si López Obrador no termina cometiendo errores graves, será un hecho que el tabasqueño llegará a Los Pinos. 

  • Merezco la abundancia – El síndrome de Karime

    Merezco la abundancia – El síndrome de Karime

    Merezco la abundancia - El síndrome de Karime

    Muchos se preguntan cómo es que aquellos políticos y «figuras» pueden robar lo que los otros trabajan. ¿Cómo no les da remordimiento?

    Lo que sabemos es que su perfil dista de aquel tipo malévolo que agita sus manos ante cualquier maldad. 

    Porque, de acuerdo a los escritos de la esposa de Javier Duarte, con todo y todo, ella parece aspirar a un equilibrio espiritual, va al yoga -seguramente es asidua del bikram–  y toma cursos de superación personal.

    Muchos de ellos tienen guías espirituales, algunos son religiosos, otros acuden con gurús o se van a algún lugar recóndito del planeta a «encontrarse con ellos mismos», y aún con este «equilibrio espiritual» siguen robando y tomando dinero de las arcas.

    Esto nos puede parecer un acto de cinismo, y de cierta forma lo es. 

    Pero si escarbamos un poco más, podremos llegar a la conclusión de que ya han dado por descontados a quienes perjudican con sus actos. No es que sean necesariamente personas que disfruten de hacer el mal, más bien parecen ser personas que dentro del proceso psicológico mediante el cual realizan sus actos ya no tienen la capacidad de evaluar el daño que hacen a terceras personas, ya no sienten remordimiento por lo que hacen.

    Como ese mecanismo ya no existe, entonces ya no les incomoda, ni les genera remordimientos. Entonces pueden aspirar a «reencontrarse con ellos mismos» o a «encontrarse espiritualmente» sin que las razones de su enriquecimiento ilícito constituyan un estorbo.

    ¿Y por qué sucede esto? Existen muchas razones, pero creo que tiene mucho que ver el hecho de que este tipo de personajes se hayan desarrollado en un entorno donde les han enseñado a estar por encima de los demás. De que no solamente gozan de los privilegios del poder, sino que los merecen. Por eso actúan siempre por encima de la ley, porque además saben que hacerlo no tendrá consecuencias.

    Podríamos decir que se trata de gente muy desequilibrada o que tiene severos conflictos psicológicos. En realidad, ellos pueden estar «en paz consigo mismos» e incluso en algunos casos sentir que no están haciendo nada malo. Muchos de ellos han crecido y se han desarrollado dentro de familias que pertenecen a élites políticas que siempre han acostumbrado a sentirse superiores, como si fueran parte de una aristocracia. Así se desarrollaron o se educaron, y si no, conforme fueron entrando al clan, fueron asimilándose hasta el punto de pensar que lo que no debería ser normal es normal.

    Si partimos de que los seres humanos intentamos adaptarnos a nuestros grupos de referencia y de alguna forma a emularlos como una forma para adaptarnos y sentirnos parte de, como la suya es una clase económica y de poder ensimismada, terminarán actuando igual. Si dentro de mi grupo de referencia todos roban, entonces es normal robar, y como es lo común, entonces es lo aceptable y hasta lo bien visto. 

    El síndrome de Karime es uno que padece gran parte de la clase política, quienes han dejado de ser servidores de los ciudadanos para convertirse en una élite que trabaja para sí misma, que sólo «atienden» las peticiones de los ciudadanos como parte de la dinámica en la cual todos pelean por una tajada de poder.

    Y mientras, con el dinero de nuestros impuestos pagan cursos de superación personal caros para encontrarse con ellos mismos, tarea difícil dentro de una vida opulenta pero hueca, promotora de grandes vacíos existenciales que sólo pueden ser saciados con el poder.