
Fui a Auschwitz:
Mi experiencia en Auschwitz fue extraña, porque a ratos me costaba asimilar lo que había pasado ahí: uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad.
Vine a Cracovia, desde donde escribo este texto, casi con el único propósito de visitar Auschwitz. Cracovia es una ciudad muy linda y bonita que merece visitarse. Superó ampliamente mis expectativas. Pero aquí estoy, listo para visitar el lugar que tenía que visitar una vez en mi vida.
Puse mi alarma a las 5:45, porque aunque el tour que reservé empezaba a las 9:45 había que estar media hora antes ahí. Tenía que caminar a la estación (30 minutos), el traslado a Auschwitz dura hora y media. Ya ven, cuestiones logísticas.
Y como madrugué, fui a un Carrefour Express a desayunar un licuado de proteína y un chocolate para no llegar con las energías bajas. Esos Carrefour son mucho más parecidos a los Oxxo que los Carrefour que existieron en México alguna vez, es un estilo de supermercado muy europeo que a mí me gusta mucho.
Preparé todo. Sabía que era un día especial y nada podía fallar (afortunadamente nada falló). Llevé unos tenis ASICS con suela apta para el empedrado, un jersey del Atlas de manga larga y un suéter encima. Claude (la IA) me asesoró en todo y todo lo hizo bien excepto su idea de llevar más capas de ropa, lo que afortunadamente ignoré por eso de que me gusta el frío y en Cracovia no estaba haciendo mucho. Traté de dormir bien y me "preparé psicológicamente" para visitar un lugar que pisaron personas sin libertad, destruidas moralmente, desnutridas, con trabajos extenuantes y zapatos incómodos, sin saber lo que les esperaba. Ya el contraste entre un clasemediero privilegiado como yo que se toma lujos y cuidados y cualquier interno era demasiado abrumador.
Primero caminé 30 minutos de mi Airbnb a la estación. En ese recorrido admiré una Cracovia hermosa, muy arbolada, con arquitectura increíble, aunque las huellas de la guerra siguen presentes en sus calles. A mí me gusta caminar mucho, y lo preferí al tranvía. Amo caminar las ciudades.

En Cracovia logras entender por qué Polonia es un país resiliente, por qué este país que fue casi borrado del mapa por los nazis y luego capturado por los soviéticos hoy es una de las naciones europeas con mejores expectativas. Se ve la inversión, se ve que el dinero fluye.
Ya en el autobús rumbo a Auschwitz se pasa por pequeñas ciudades bonitas, arboladas y bien cuidadas, muchas casas muy estéticas combinadas con edificios de departamentos de la era soviética, antiguos pero en general bien cuidados (en comparación de lo que se puede ver en Rusia). Muchos de sus habitantes judíos fueron desterrados de esas ciudades y enviados a campos de concentración, y parecía que esas ciudades quisieran ocultarlo.
Conforme te acercas, sientes algo tenso, algo raro en el ambiente. Muy cerca del campo hay casas con juguetes de niños en el patio, gimnasios, McDonald's, algún centro comercial y demás escenas de cotidianidad que parecen esforzarse en esconder lo que ahí ocurrió. Inmediatamente me acordé de la película la Zona de Interés, tanto por la arquitectura de las casas, por la vegetación, el paisaje, por el hecho de que ahí viven muchas familias que hacen su vida cotidiana como si no hubiese pasado algo ahí. En los alrededores de Auschwitz hay casas que parecen denotar cierta capacidad económica. Para nada parece una zona deprimida ni siquiera "popular".
Llegué en un día soleado, con florecitas adornando el pasto y un clima relativamente agradable. Los edificios hasta parecen pintorescos, hasta que ves las rejas y los puestos de vigilancia. Al inicio pasas por un túnel donde los altavoces van diciendo los nombres de las víctimas y, tras un breve documental, llegas a la puerta con la frase inscrita que en español significa: "El trabajo os hará libres". Es difícil imaginarse lo que, en efecto, ocurrió en ese lugar.

Algunas personas dicen que ese lugar tiene "cierta vibra maldita", como si los fantasmas de las víctimas siguieran ahí. Mi sentimiento fue distinto: es algo muy distinto a una "casa maldita". Pareciera más bien una zona militar de categoría: muy bien cuidada, arbolada, el pasto bien cortado, un lugar que, de no ser por su historia, sería agradable de caminar.
Cuando piensas en crímenes contra la humanidad, imaginas lugares lúgubres y devastados: la Gaza arrasada por el régimen de Netanyahu, la tragedia humanitaria en Sudán, las fosas clandestinas del narcotráfico en México o los estudiantes de Ayotzinapa incinerados. Aquí no. Auschwitz se ve ordenado, a veces hasta estético e instagrameable, con una infraestructura mucho mejor que la del 90% de las escuelas públicas de México. Si no fuera por su historia, el lugar quizá se habría gentrificado y llenado de comercios alternativos. Todo aquí parece metódicamente ordenado, como si todo estuviese bien pensado, como si no hubiese lugar para la improvisación y el caos.
Tal vez mi mente se bloqueó, pero me costaba entender cómo es que aquí trajeron a millones de judíos, polacos y gitanos (entre otros) y los trataron como ganado, como seres no humanos y completamente prescindibles. Eso hacen las ideologías totalitarias: despojan de dignidad a quienes no caben en su torcida narrativa.
No se siente lo mismo estar ahí que verlo en las películas. En las películas hay música de fondo, filtros para dramatizar o enfatizar aquello que se cuenta. Estando ahí las cosas se ven como son, más familiares y cotidianas, mas parecidas a tu realidad al punto que hay algo de ahí que puede hacer que recuerdes algo de tu ciudad, de tu escuela o incluso de tu casa.

Auschwitz se compone de dos complejos: Auschwitz I y Birkenau, los cuales no están juntos sino más bien separados por unos 3 kilómetros y por ello hay autobuses que te conducen de un campo a otro.
El primero es un museo bien cuidado que procura, dentro de lo posible, no ser tan crudo y a veces un tanto "políticamente correcto". Aun así, ver los cabellos de las víctimas y sus zapatos me ayudó a ir dimensionando lo ocurrido. El ser humano tratado como desecho, como cucaracha, como material que se puede encimar uno sobre otro.
Entré a la cámara de gas de Auschwitz I, la única que sigue completamente en pie y que, en general, se utilizó para exterminar prisioneros soviéticos, y no podía asimilar que ahí entraron desnudas muchísimas personas convencidas de que iban a bañarse, cuando en realidad serían gaseadas (el conducto del gas sigue en el techo). Junto a ella están los crematorios donde calcinaban los cuerpos, con las puertas abiertas y todo el material necesario para hacer el trabajo sucio. Un lugar asfixiante.
Luego está el segundo complejo, el "estruendoso" silencio de Birkenau, mucho más grande y al aire libre. Este tiene "más forma" de campo de concentración y es menos estético que el otro, pero tampoco es que parezca un lugar aterrador ni mucho menos. Ahí las víctimas hacían trabajos forzados con la energía de unas cuantas calorías diarias de alimentos insípidos, con el tejido muscular casi perdido y los huesos marcados bajo la piel. La vía recorre todo el complejo pasando por la parte central desde afuera y cruzando la muy fotografiada puerta. Las secciones del complejo están separadas por rejas construidas de tal manera que es muy difícil escapar de ahí.

Como dato curioso, ahí supe que los prisioneros llamaban México a una de las secciones que estaba a medio construir. La guía turística nos dijo que era por lo "colorido" de las vestimentas de las mujeres y parecían sarapes o ponchos, aunque otra razón probable (pero no probada) era que los prisioneros veían esa zona como caótica y poco desarrollada (vaya cumplido).
En este campo no quedó cámara de gas en pie y solo se pueden ver los restos. Cuando los nazis supieron que el ejército soviético se acercaba a la zona, decidieron destruirlo para que no quedara evidencia (poniendo a los prisioneros a hacer dicha labor). Lamentablemente para ellos, los planos del funcionamiento de estas cámaras de gas sobrevivieron.
En Auschwitz, el suelo es irregular, lleno de polvo y piedras, como siempre estuvo. El crujir de las piedras bajo las pisadas de nuestro grupo era el mismo que producían millones de inocentes obligados a marchar y trabajar, cuyo único "pecado" era ser judíos o descendientes de judíos, polacos, gitanos u homosexuales. Los vigilaban militares y personal que no eran particularmente sádicos, sino personas normales que normalizaron la maldad impuesta por el régimen nazi: la banalidad del mal que después describiría tan bien Hannah Arendt. Ahí donde pasamos los turistas caminaban militares con la esvástica nazi esclavizando a judíos y gitanos quienes trabajaban con sus camisas de rayas azules verticales.
Yo dormí en mi Airbnb. Ellos, en barracas lúgubres, en camas de madera o cemento de tres niveles. Era evidente que la de abajo era la peor: a ras de suelo, expuesta a ratas y bichos. Las camas se veían incómodas, esa madera dura y relativamente deforme que podría servir para hacer "arquitectura hostil" en el centro de las ciudades.

Las barracas me parecieron asfixiantes, un lugar tenso e incómodo de ver, con olor a madera y polvo, aunque hoy sin hacinamiento ni olores fétidos. No quiero imaginar el olor y la humedad que debía haber cuando en cada cama dormían varios prisioneros. El orden aparente finge armonía, porque hasta lo asqueroso y lo indigno tenía método.
Quisiera pensar que la humanidad aprendió y que es inmune a cometer atrocidades así, pero nada garantiza que no vuelva a pasar. De hecho, en cierto sentido sigue pasando, aunque no a escala industrial. Lo mejor que podemos hacer es recordar la historia. En uno de los edificios de Auschwitz está inscrita la frase de Jorge Santayana: quien no conoce su pasado está condenado a repetirlo.
Y no sé si estemos viendo estos horrores como algo cada vez más lejano. No falta mucho para su 100 aniversario. No sé si estemos condenados a repetir la historia.
Fotografías de autoría propia.






