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¿Por qué a los progres les vino bien Trump?

¿Por qué a los progres les vino bien Trump?
¿Por qué a los progres les vino bien Trump?

Si a alguien le cayó como anillo al dedo la llegada de Donald Trump a la Casa blanca, son a los progresistas (o los progres, como se les llama).

Más de uno ha de estar pensando que estoy diciendo barbaridades pero, si nos ponemos a pensar profundamente, no es así.

Así como en el artículo pasado les conté la necesidad que tienen los movimientos, los gobiernos y las sociedades de construirse enemigos que reafirmen su identidad, el progresismo encontró en Donald Trump a su enemigo perfecto.

Lo es porque Trump no es siquiera un conservador que presuma tener principios y valores el cual pueda acusar al progresismo de relativista. Porque si hay algo peor que ser relativista es ser nihilista y Trump lo es: el presidente de los Estados Unidos es un «hombre blanco», primitivo, impulsivo y hasta misógino. Es casi como la caricatura de lo que al progresismo no le gusta, es el hombre ideal al cual pegarle y sobre el cual arrojar culpas.

A pesar de que no están en el gobierno, la agenda progresista ha avanzado de forma contundente estos últimos años y ello ocurre en parte porque la presencia de Donald Trump los motivó a echar mano de los medios que tienen para impulsar su agenda: el cine, la cultura, la academia e incluso hasta los deportes. Tal vez el filósofo esloveno Slavoj Zizek no se equivocaba tanto en 2016 cuando decía que si fuera estadounidense habría votado por Donald Trump, no porque le mereciera la más mínima simpatía, sino porque haría a los partidos políticos y a su oposición replantearse. Y no es como que los demócratas se hayan replanteado mucho, pero los movimientos progresistas sí que lo hicieron.

Si hubiera ganado Hillary Clinton, es posible que el progresismo estadounidense continuara manteniendo una postura autocomplaciente pensando que ya viven en un país idílico liberal-progresista donde un negro y una mujer ya fueron presidentes.

No sé qué reacción habría ocurrido con el asesinato de George Floyd, seguramente también habríamos visto manifestaciones e indignación, pero la presencia de Trump, quien nombró a ANTIFA (un movimiento de izquierda radical) como organización terrorista, terminó más bien ayudando a las «causas progres» reafirmándolo como su enemigo. Hoy el movimiento Black Lives Matter, que ya tiene una calle céntrica en Washington con su nombre, es mucho más popular y aprobado en Estados Unidos que antes, con todo y la presencia de vandalismo y motines en las calles que, a pesar de que fue reprobado por la mayoría de los norteamericanos, dicha reprobación no se trasladó al movimiento o la causa como tal.

El movimiento a favor de los negros no solo ha resonado en Estados Unidos, sino en muchas otras latitudes. Algo parecido podemos decir del tan polémico #MeToo que se ha replicado en varias ciudades del orbe.

Lo cierto es que lo único que pueden lamentar los sectores progresistas es que no son gobierno. Pero esa lamentación en realidad poco debería importar para ellos porque su agenda y sus movimientos (desde aquellos moderados hasta los radicalizados) siguen avanzando y porque, en muchos sentidos, han ganado el control de la narrativa.

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