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ALERTA: Un gobernante muy popular puede ser peligroso.

Un gobernante al frente de un cargo importante que ostenta un muy alto nivel de popularidad puede llegar a ser ser peligroso.

El precio que debe pagar la oposición (política e incluso civil o por parte de algún medio de comunicación) por oponerse es más alto, ya que, valga la redundancia, oponerse a un político popular puede ser muy impopular. Entonces los contrapesos que tiene ese gobernante son ínfimos: no muchos se atreven a cuestionarlo porque se llevarán las rechiflas y porque es hasta políticamente incorrecto criticar a un gobernante que, según las mayorías, está velando por el país o por el pueblo. No importa si ese gobernante es de izquierda o derecha, si viene de arriba o de abajo.

Cuando nadie se opone a un gobernante, por consecuencia termina concentrando mucho poder en sus manos. El político popular, al tener poder político en exceso para gastar, podrá darse el lujo de tomar medidas que no son democráticas o que incluso puedan afectar los derechos humanos, ya que, aunque pudiera llegar a perder algo de popularidad por estas medidas, seguirá siendo popular. Es tan popular que es impopular cuestionar esas medidas que podríamos considerar como peligrosas. En el mejor de los casos, pocos se dispondrán a escuchar a quien hace la denuncia.

Una de las formas idóneas para que un gobernante adquiera mucha popularidad es a través de una crisis que le dé legitimidad. Por ejemplo, un mandatario que adquiera mucha popularidad consecuencia de la corrupción rampante de sus antecesores, una amenaza externa que genere pánico en la población como un ataque terrorista o cualquier crisis en la que el gobierno (al menos en las apariencias) no tenga responsabilidad alguna. En ese entendido, la gente estará más dispuesta a aceptar medidas que en otras circunstancias no habría aceptado: es por el bien del pueblo, es para defendernos del «eje del mal». Los líderes autoritarios entienden muy bien estas dinámicas e incluso ellos pueden llegar a inventar crisis para que la gente cierre filas ante su gobierno y puedan así implementar medidas antidemocráticas bajo las cuales aumente su poder.

Lo sano es que un presidente tenga una aceptación relativamente positiva pero no en exceso; en el otro caso, cuando un presidente es sumamente impopular, pierde margen de maniobra para gobernar y tomar decisiones difíciles pero necesarias. Así, el presidente no debe tener un nivel de aprobación tan alto que le permita concentrar el poder, pero tampoco uno tan bajo que le imposibilite tomar decisiones que, al menos en el corto plazo, podrían no ser bien aceptadas por la población, pero que son indispensables para el futuro de una nación.

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