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¿Para qué sirve un informe?

¿Para qué sirve un informe?
¿Para qué sirve un informe?

Tengo un problema con los informes presidenciales.

El problema es que estos no parecen servir para lo que se supone deberían estar destinados a servir.

Y no, no es algo característico de este sexenio, sino de muchos atrás.

Yo esperaría que un informe fuera un ejercicio de rendición de cuentas, donde el presidente se sienta obligado a explicar los triunfos y los fracasos de su gobierno.

Pero eso simplemente no sucede, aunque lo parezca. No nos engañemos.

Un informe debería ser, por sí mismo, un contrapeso al poder político (representado, claro está, por el Presidente). Ahí, el Presidente debe rendir cuentas sobre sus actos (buenos o malos), debe explicar no sólo lo que se ha hecho bien, sino para qué, pero, sobre todo, debería explicarnos por qué aquellas otras cosas se han hecho mal y qué va a hacerse para remediarlo.

Pero en realidad el informe no es un contrapeso sino todo lo contrario. Los informes son más bien una suerte de propaganda presidencial.

Lo son porque ahí, el Presidente, en su monólogo, tratará de contar su versión de los hechos de forma que nos haga creer que vivimos en un mundo idílico. El informe sirve para tratar de modificar la narrativa sobre su ejercicio del poder de una forma que le parezca lo más favorable (más allá de si se logre o no). Por eso a López Obrador le encanta preparar su informe y hasta presenta informes extraordinarios cada rato (pero también le gustaban a Peña Nieto y a Calderón, y por eso hacían sus informes pomposos y hasta usaban la propaganda oficial para reforzar lo que se dirá en el informe).

En el informe no hay nadie que cuestione, no hay políticos de oposición (menos todavía desde que dejaron de hacerse en la Cámara de Diputados), mucho menos personas de la sociedad civil, solo hay invitados que escuchan atentamente lo que el Presidente de la República dice.

Imagínense un informe donde los opositores o representantes de la sociedad civil cuestionen al mandatario y le pregunten por qué ha tomado tales y cuales medidas o por qué las cifras sobre tal cuestión son desfavorables. No se trata de crear del informe un campo de batalla donde se intercambien improperios (puede tener sus propios protocolos y mecanismos para que el intercambio se haga con toda civilidad), pero sí uno donde haya contraste, donde el mandatario se vea orillado a justificar o explicar tal o cual medida y tenga que salir de su zona de confort (ejercicios de este tipo se han llevado a cabo a nivel estatal).

Pero eso no sucede. El informe, que debería ser un ejercicio de rendición de cuentas, se transforma en un show mediático sigilosamente preparado para crear la impresión de que está rindiendo cuentas, pero no es así. Basta tergiversar las cifras, basta minimizar y hasta omitir los errores, basta con que el mandatario tenga el control de todo el evento para convertir este supuesto ejercicio de rendición de cuentas donde el Presidente hace como que da explicaciones y se somete a la opinión pública, pero no lo hace.

Del informe sólo se habla en programas de opinión (muchos de ellos transmitidos ya a altas horas de la noche), se escriben algunas columnas. Pero esto ya después de que el Presidente haya dicho todo lo que tenía que decir. Todas esas inquietudes y cuestionamientos quedarán sin réplica por parte del mandatario.

Tal vez por eso a mucha gente ni les interesan los informes, porque es más un acto de propaganda que otra cosa. Es algo más parecido a un spot presidencial que un ejercicio de contraste.

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