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De terapias de conversión gay a los libros quemados

De terapias de conversión gay a los libros quemados

Yo estoy absolutamente a favor de que se prohíban las terapias de conversión gay.

Primero, es un absurdo, a estas alturas de la vida, plantearse por qué a alguien debería «quitársele lo gay». La homosexualidad es algo que ha estado ahí en toda la historia de la vida humana y no es algo que se vaya a ir ni hay sentido en esperar ello. Entonces vamos de una vez a promover terapias para forzar a los pelirrojos a que cambien su color a negro porque ser pelirrojo no es común.

No solo eso, es anticientífico. No hay bases científicas medianamente serias que sustenten este tipo de terapias, aunque quieran decir lo contrario.

Los sectores ultraconservadores argumentan que el Estado les está quitando el derecho a educar a sus hijos.

(Y digo ultraconservadores porque cada vez son más los conservadores ya no tienen problemas o conflictos con que alguien tenga otra orientación sexual. Entonces hay que hacer otra diferenciación para no meter a todos en el mismo saco)

Pero al mismo tiempo estas terapias se escudan en el hecho de que las personas «tratadas» tienen que ir voluntariamente y no forzadas o persuadidas por alguien más (lo cual, en la práctica, es falso, y hay muchos testimonios de ello).

Entonces hay una severa contradicción entre ambos argumentos. Porque el último implica que el «paciente» es quien toma la decisión, no sus padres. El argumento del «derecho de los padres a educar a sus hijos» invalida el argumento de que la gente va ahí voluntariamente.

Regresemos al argumento de la «intervención estatal». Estoy de acuerdo en que el Estado no debe quitar el derecho a los padres a educar a sus hijos, pero las terapias tienen como el fin explícito evitar la libertad de su desarrollo personal. Es decir, hay una libertad anterior que se está restringiendo.

Porque lo cierto es que en la práctica muchas personas van forzadas a esas terapias y no son extraños los casos de aquellas personas que se llegan a suicidar o a desarrollar severos trastornos psicológicos.

Porque bajo ese mismo argumento, yo entonces tendría derecho a agredir a mis hijos y a golpearlos violentamente porque considero que esa es la forma de educarlos.

Bajo ese mismo argumento en tiempos pasados el esposo tenía derecho a golpear a su esposa. Al cabo es mi asunto ¿no? Y si bien el Estado no debe meterse en la educación que doy a mis hijos, hay un límite en el cual si la integridad de un ser humano se está viendo amenazada, el Estado tiene que intervenir.

Y por lo mismo no estoy de acuerdo con el hecho de que algunas mujeres hayan quemado libros sobre conversión afuera de la FIL ¿Por qué?

Primero, por el mero simbolismo que tiene la quema de libros y que creo queda bien plasmada en la novela Fahrenheit 451. Segundo, porque quemar un libro no implica destrozar un argumento, sino negarte a la posibilidad de hacerlo.

Y lo que se necesita es exhibir los argumentos bajo los cuales estos «terapeutas de la conversión gay» siguen haciendo un gran negocio. Se necesita socializar el hecho de que dichas terapias son inhumanas y restringen la libertad del individuo. Se necesita que más gente lo sepa y lo entienda.

Me hubiera encantado que leyeran el libro y destruyeran los argumentos. Seguramente no habría sido un trabajo muy difícil.

¿Por qué mejor no hubieran hecho una puesta en escena donde se hubieran mofado de los contenidos de ese libro?

Pero la quema de libros cancela esa posibilidad, la posibilidad de confrontar argumentos, de socializar una causa (que es no solo completamente legítima, sino humana). Por el contrario, lo único que van a lograr es darles argumentos a los ultraconservadores precisamente en el preciso instante en el que se debate prohibir este tipo de terapias.

Y por más que esté a favor de la equidad de género, de combatir la violación hacia las mujeres y de prohibir estas terapias, no puedo secundar que se quemen libros, simplemente no puedo aprobarlo.

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