
Recuerdo que, ya hace varios años, en el aeropuerto de Nueva York, a la hora de abordar el avión que me traería de regreso a México, vi a un hombre en una silla de ruedas que tenía algún extraño padecimiento y un dispositivo. Las sobrecargo de Continental Airlines lo trataban con especial atención, parecía alguien importante. De inmediato se me vino a la mente: ¡es Hakwing, es él! ¡Lo voy a saludar! Me acerqué, y sentí que me cayó un balde de agua fría cuando me di cuenta que se trataba de otra persona. Por segundos creí que había tenido el gran privilegio de ver al científico, al grado que hasta la fecha recuerdo muy bien esa anécdota:
Es algo relativamente raro que una mente privilegiada se convierta en un rockstar, y en la mayoría de estos casos, se trata de «rockstars de nicho». Los grandes filósofos lo son para quienes gustan de la filosofía, los escritores lo son para los que gustan de la literatura. Hay unos pocos, muy pocos que dejan de ser admirados solo en su nicho para pasar a ser del dominio público.
Albert Einstein fue una de las pocas mentes prominentes que logró dar ese brinco. Generaba expectativas a donde iba, cuando viajaba de Europa a Estados Unidos se generaban tumultos y la prensa, ansiosa, se aglutinaba para hacerle cualquier tipo de preguntas. A pesar de no ser una persona extrovertida, sí era una figura carismática que contrastaba con el común denominador, ya no sólo por proponer una teoría (la de la relatividad) tan revolucionaria que no hubo una del mismo tamaño desde tiempos de Issac Newton, sino porque su persona y su imagen contrastaba con el arquetipo del científico serio y conservador. Niels Bohr, otra mente privilegiada por sus aportaciones en materia atómica y de la física cuántica, nunca tuvo ese hype, básicamente porque su personalidad no difería mucho de lo que se esperaba de un académico.
Einstein cambió para siempre el arquetipo del científico. En la actualidad, para referirnos a un genio, siempre nos imaginamos a un científico distraído, canoso y demasiado despeinado. O básicamente, para no complicarnos tanto, usamos una imagen de Einstein. El científico judío fue tan notable que llegó a aprovechar su fama para hacer activismo político: básicamente era un pacifista (tanto que en varias ocasiones personas de poder en Estados Unidos lo acusaban de ingenuo y le sugerían que «se enfocara a lo suyo» ya que, según ellos, no brillaba en la política tanto como en la física).
Stephen Hawking se convirtió en el científico-rockstar de nuestra generación, en nuestro Einstein. Las razones son un tanto diferentes: coincide con Einstein en su genialidad intelectual y en sus aportaciones al conocimiento humano, sobre todo en materia de cosmología y más en específico por el trabajo que hizo sobre los agujeros negros y porque logró unificar la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica (las dos teorías más importantes de la física del siglo XX). Pero Hawking también fue lo que fue gracias a su historia de vida, porque ni la esclerosis lateral amiotrófica que lo fue consumiendo lo detuvo para seguir aportando a la humanidad todo lo que su mente era capaz de generar. Si Einstein era aquel canoso desaliñado que parecía estar desconcentrado, Hawking era aquel hombre inmóvil sentado en su silla frente a una computadora que interpretaba lo que quería decir. La gente se impresionaba que un hombre en esas condiciones pudiera seguir aportando tanto.
Stephen Hawking nació en Oxford dentro de una familia que valoraba mucho el conocimiento (su padre era biólogo) lo cual naturalmente le ayudó mucho en el camino profesional que tomaría, fue un buen estudiante aunque no era de los más brillantes. A pesar de la esclerosis, se decía un afortunado y decía que era importante no convertirse en una persona enojada, llena de rabia y resentimiento. Él trató de transmitir el mensaje de no enfocarse en todo lo que la vida le privaba, sino sacar el máximo partido de lo que sí se tiene.
Siempre que tenía algo que decir, la comunidad callaba y prestaba atención: ya fuera su preocupación por la inteligencia artificial o su conclusión de que no existe un dios supremo. Su inteligencia le dotaba de una gran autoridad moral: si lo decía Hawking, había que, al menos, tomarlo en cuenta y analizarlo. Pero nunca dejó que la fama alimentara su ego y se preocupó, en muchas ocasiones, en poner su inteligencia al servicio de la humanidad. Hawking, que tuvo una vida más difícil que la mayoría de los mortales (a pesar de su fama y reconocimiento), aprovechaba los reflectores para hablarle a la gente sobre la depresión, uno de los padecimientos más comunes de nuestros tiempos:
No importa cuán difícil la vida pueda parecer porque pierdes toda esperanza si no puedes reírte de ti y de la vida en general – Stephen Hawking sobre la depresión.
Esa voz robótica (que fue escuchándose cada vez menos robótica conforme los avances de la tecnología) se convirtió en una de las más importantes dentro de nuestro planeta. Sus libros siempre fueron lectura obligada para todo aquel que quisiera saber más sobre los misterios del espacio y sobre la materia de la que estamos hechos. la película que se hizo sobre su vida, La Teoría del Todo, nominada al Óscar como mejor película, también se vuelve un referente importante para conocer más sobre su vida.
Decían que moriría joven a causa de su padecimiento pero la vida le dio (nos dio) varias décadas más y estuvo con nosotros hasta los 76 años. Pasó sus últimos minutos en Cambridge, lugar donde se encuentra la prestigiosa universidad que lo vio crecer intelectualmente y que le dotó de las herramientas necesarias.
Su mente se ha ido con él, pero sus aportaciones y su legado se queda aquí con nosotros. Gracias a él no volteamos a ver el cielo de la misma manera.
Él fue el genio de nuestros tiempos, un grande, un histórico.
Que en paz descanse.
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