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El sismo y el oportunismo político

El sismo y el oportunismo político
El sismo y el oportunismo político
¡Agarre una pala y póngase a trabajar! Le gritaron a Peña Nieto.

La tragedia no ayudó a crear lazos entre los políticos y los ciudadanos. Por el contrario, parece haberlos distanciado más. A pesar de que la reacción de las autoridades fue bastante mejor que la que se tuvo en 1985, sin llegar a ser la óptima claro está (el ejército y la marina hicieron un papel más que aceptable), los propios ciudadanos han hecho a un lado a los políticos dentro de esta tarea de rescate y reconstrucción. No existe la más mínima confianza.

Esto lo vimos cuando se abucheó a Osorio Chong en sendas ocasiones, cuando corrieron a patadas y a gritos a delegados y a gobernadores. Los políticos no tienen siquiera la capacidad de establecer contacto con la ciudadanía, acuden a los lugares siniestrados a «hacer mosca» y ni siquiera se ensucian la camiseta; y cuando lo tratan de hacer, los ciudadanos descubren inmediatamente que se trata de una simulación.

A pesar de que los protocolos han mejorado y que el gobierno tiene una mejor capacidad de respuesta ante estas duras eventualidades, los políticos parecen no haber mejorado en su forma de comunicarse con los ciudadanos y sentir su dolor. Siguen predominando las puestas en escena propias de la parsimonia de los años 70 y 80 donde el señor gobernador, como el salvador dadivoso que es, se paraba ante las multitudes. Ya nadie les hace caso. 

Un claro ejemplo son las propuestas para reducir o eliminar el financiamiento de tal forma que el dinero se vaya para ayudar a los damnificados y al a reconstrucción. No me parece nada mal que dichos recursos se utilicen con ese objetivo, de hecho sería un gran logro para que los partidos dejen de tener tantos recursos que van a parar a su bolsillos. Pero los políticos siguen, dentro de su cosmovisión arcaica, pensando en que están «donando dinero». Nada más falso, porque no es dinero suyo, es nuestro dinero, al cual nosotros les confiamos que utilicen de mejor forma.

El debate se ha centrado en «quien da mas», como si se tratara de una competencia. Pero dentro de dicha competencia se percibe lo evidente, que tiene un fin oportunista. Los partidos escuchan la petición de los ciudadanos y evalúan el mejor escenario para ellos que se traduzca en rentabilidad política. Primero es López Obrador, luego responde el PRI y después el frente conformado por el PAN, PRD y MC. 

Incluso llegan a proponer propuestas populistas como ocurrió con el líder del PRI Enrique Ochoa Reza, quien propuso suplir el esquema de financiamiento público a los partidos por uno privado (algo así como lo que sucede en Estados Unidos). La petición se oye muy atractiva, porque la gente no quiere que su dinero se use en las «mugres campañas». Pero la solución puede terminar siendo más grave que el problema porque en México no existe un mercado lo suficiente diverso como para que el financiamiento privado no cree conflictos de interés y por el riesgo que implica la presencia del narcotráfico. Es cierto que el presupuesto puede reducirse, pero no puede eliminarse, sería contraproducente. 

Tal vez no se equivoquen quienes digan, al ver la gran participación ciudadana que respondió a la tragedia, que el pueblo ya no tiene el gobierno que merece. En efecto, si bien el gobierno emana del pueblo, la clase política es capaz de mantenerse aún cuando la sociedad a la que gobierna ya evolucionó de tal manera que ha dejado de ser representada. La respuesta ciudadana al terremoto podrá tener incidencia sobre las estructuras políticas, las hará cimbrar (aunque suene irónico), porque la lejanía entre ciudadanía y gobierno es cada vez más insostenible. 

Acierta León Krauze cuando dice que las elecciones venideras no serán las mismas, y que la posibilidad de que surja algún líder renovado y fresco aumentarán (aunque ciertamente tendrá encima el tiempo). México no será el mismo después de la tragedia. La clase política intentará mantener el status quo, pero tiene enfrente a una ciudadanía más empoderada. En su afán de mantenerlo y ante su incapacidad de corresponder a la realidad actual, tendrá que ceder algo de poder para poder sobrevivir. El terremoto de 1985 cambió muchas cosas, fue uno de los principales factores para el fin de la hegemonía del PRI. Posiblemente suceda algo muy parecido con el que acaba de ocurrir. La ciudadanía está muy empoderada, ya se la creyó. La clave consiste en que la propia ciudadanía intente canalizar ese empoderamiento para generar cambios.  

Estamos ante una oportunidad histórica, aunque tristemente, para llegar a ella, varios de los nuestros hayan tenido que perder sus vidas, sus familias o su patrimonio. 

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