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El mejor Presidente no es el más popular

El mejor Presidente no es el más popular

Periódicamente, diversas casas encuestadoras publican una tabla de quienes son los Presidentes más populares de una región (Latinoamérica, Europa, América del Norte, o todo Occidente en su conjunto). En estos ejercicios se les pide a los encuestados que le den una calificación al gobierno del Presidente en turno, o bien, que lo aprueben o reprueben. Pero este tipo de ejercicios, a pesar de que metodológicamente sean correctos, en muchos casos pueden ser engañosos, sobre todo cuando se pretende pensar que ese resultado también habla de lo bien que pudieran estar haciendo su trabajo.

El mejor Presidente no es el más popular

Se dice que el mejor candidato es el peor Presidente y viceversa. Los políticos usan el arte de la demagogia, tienen detrás un equipo con una estrategia grandilocuente de publicidad, prometen lo que no saben si van a cumplir, o incluso hacen promesas que firman ante notario, pero que bien analizadas no llevan a ningún lado. Este tipo de candidatos son los que terminan triunfando. Un candidato honesto, que confiese a sus electores la realidad en que gobernará, y acepte sus limitaciones, es un candidato, que en un país como México, no tiene muchas posibilidades de ganar. Por eso es que las frases alusivas al cambio, desde el «Hoy» de Fox, hasta el «País de la Esperanza» de López Obrador o el «Mover a México» de Peña Nieto venden. Más en un electorado que ante un país que no se mueve mucho, finca sus esperanzas en alguien y lo idealiza.

En realidad Fox no fue el «cambio» que se nos prometió, y tal vez pudiera parecer que Peña Nieto esta «moviendo a México», pero a escenarios preocupantes. Pero el problema de ese respaldo en lo popular, llamado «populismo», no termina ahí. El Presidente muchas veces puede tomar decisiones cortoplacistas para mantener satisfecha a la población con un afán más bien electoral, y esos se reflejan en esos estudios. Pero muchas veces un buen Presidente, alguien que realmente quiere hacerlo, en algunos escenarios debe tomar medidas impopulares que no lo ubiquen en la parte más alta de las encuestas incluso al terminar su gestión, un Presidente que deje del lado el afán electoral, el afán de la permanencia en el poder, para sembrar cambios que florecerán en años posteriores.

Ello no implica automáticamente que un Presidente impopular sea buen mandatario. En muchos casos los ciudadanos lo reprueban con razón. O puede ser, como en el caso de Peña Nieto, que busque popularidad en cierto sector (en los sectores más vulnerables del país donde tiene mayor base de votos) en detrimento de otros sectores para obtener triunfos electorales posteriores. Incluso otros, como López Obrador, pueden basar su popularidad en cierto sector (clases medias y populares) en el desprecio de otros (privilegiados), y ello no implica que la impopularidad que puedan ganar sea proporcional a lo buenos que pueden ser como políticos.

Un mandatario que quiere a su país, se debería preocupar más por lograr los cambios que se requieren para transformarlo, y menos por su posición en las encuestas. Es cierto que una alta impopularidad puede quitar margen de maniobra a un mandatario. Pero quien obra honestamente en el poder, de alguna manera encontrará el suficiente respaldo como para no tener un nivel de popularidad tan bajo que no le permita hacer casi nada.

 

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