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Quién lo dirÍA. Los poderosos al mando de la IA

Quién lo dirÍA. Los poderosos al mando de la IA

Si dejamos que la IA la controlen unos pocos habremos perdido el rumbo – Daron Acemoglu

Mientras la opinión pública se ha volcado sobre el supuesto saludo nazi de Elon Musk, un tema jocoso pero que debiera ser irrelevante, dado que basta ver el contexto y el video para comprender que no fue su intención, se han dejado de lado temas mucho más trascendentales relativos a la llegada de Donald Trump a la presidencia.

Hay muchos temas al respecto. Varios preocupantes, otros no tanto, y tal vez algunas decisiones (las menos, a mi parecer) que podrían ser acertadas.

Pero a mí me preocupa algo que posiblemente entusiasme a muchos: a los fans de Elon Musk, o a los entusiastas de los avances tecnológicos (y vaya que yo soy entusiasta de alguna forma) pero que creo que debería ser un tema de discusión, sobre todo con relación al futuro de la humanidad.

Este tiene que ver con las decisiones con respecto de la inteligencia Artificial. No es que apostar a esta tecnología sea malo, de hecho es un tema al que es necesario subirse. El problema tiene que ver con los cómos y las formas.

Ray Kurzweil, Daron Acemoglu, Nick Bostrom y Noah Harari, con sus matices y particularidades (unos más optimistas y otros más pesimistas), han hablado sobre la necesidad de reflexionar y tomar sabias decisiones en torno a la inteligencia artificial. Todo se resume en la necesidad de tomar las mejores decisiones con respecto de esta tecnología para que maximizar los beneficios a la población y reducir los perjuicios que ésta pueda generar.

El Premio Nobel de Economía Daron Acemoglu comenta en su libro Power and Progress que el progreso tecnológico y el bienestar social no es algo lineal o algo que se desate automáticamente. Depende, dice, mucho de las decisiones que se tomen con relación a dichos avances tecnológicos. Para ello pone como ejemplo la Revolución Industrial que, de hecho, en el corto plazo, redujo el bienestar de la humanidad (con excepción de los propietarios) con horas interminables de trabajo en entornos muy contaminados. Fue en este entorno que surgieron los pensadores socialistas como Karl Marx como una reacción al malestar provocado por este estado de cosas.

Fue después, gracias a las decisiones que la sociedad tomó en torno a estas tecnologías en conjunto con el progreso tecnológico per sé que éstas terminaron, de forma paulatina, beneficiando a un número cada vez mayor de personas. Decisiones no solo de gobiernos ni grupos de presión o activistas, sino de propios empresarios como Henry Ford quienes vieron la necesidad de mejorar la calidad de vida de las personas para que fueran más eficientes en su trabajo.

Así mismo, no deberíamos esperar que la Inteligencia Artificial, por sí sola, beneficie a todas las personas. Ello dependerá de las decisiones que se tomen tanto en lo público como en lo privado. Para ello es muy importante el debate, el diálogo y los consensos.

El problema es que el mundo actual, cada vez más polarizado y dividido, no es el entorno más adecuado para ello. A esto habría que agregar que si bien la mayoría de las personas tiene al menos una noción de lo que es la inteligencia artificial (al menos en los países desarrollados), posiblemente pocos la entiendan así como sus implicaciones como para que la sociedad pueda ejercer presión sobre los grupos de poder político y privado que tienen control de ella.

Otro problema, además, es la propia naturaleza de la tecnología. La forma en que la estemos diseñando hoy va a tener muchas implicaciones sobre la forma en que tenga en el futuro porque, a diferencia de las tecnologías que nuestra especie ha creado, una vez que esté lo suficientemente automatizada y sea lo suficientemente inteligente, los humanos iremos perdiendo cierto grado de control sobre ella y en esos estadíos tal vez poco se podrá hacer.

China, Trump y las oligarquías

Los poderosos, al tener el poder político y las vastas cantidades de dinero e infraestructura que la IA necesita, parecen tener la batuta y no parecen tener muchos incentivos para llevar a cabo las reflexiones necesarias para optimizar los beneficios de la inteligencia artificial.

La competencia entre Estados Unidos y China hará que la apuesta por la IA sea como una escalada armamentística donde las naciones buscarán, por intereses geopolíticos y estratégicos, acelerar el desarrollo de la IA sin preocuparse por el trayecto. De China ya sabemos que se trata de un país autoritario y conocemos los riesgos que la IA puede tener al ser utilizada por los gobernantes para controlar a la sociedad y anticiparse a ella.

La apuesta de Estados Unidos, con Donald Trump, ha sido participar activamente promoviendo una suerte de acuerdo oligárquico con los diferentes actores. Primero se sumó Elon Musk, luego Mark Zuckerberg quien, a pesar de ser denostado por Trump, buscó cabildear para que éste lo defendiera ante las amenazas frente a Meta (tanto dentro de Estados Unidos, las regulaciones en la Unión Europea y otros asuntos). Luego Trump invitó a Sam Altman de Open AI para invertir en el proyecto de Stargate junto con Oracle y otros actores.

En teoría, esto busca potenciar a Estados Unidos para hacerle frente a China, pero conlleva muchos riesgos. El primero es el que ya mencioné, la competencia entre EEUU y China seguramente dejará los debates necesarios en segundo plano porque los incentivos están mucho más orientados con la feroz competencia con China. Las desregulaciones y contratos sugieren que habrá vía libre para el desarrollo de la tecnología sin importar consideraciones.

El segundo es la propia cercanía entre el Estado y un grupo de multimillonarios, que muy posiblemente sean favorecidos por el propio gobierno actual que no se caracteriza precisamente por ser institucional ni apegarse mucho a las reglas. Esta connivencia no solo genera muchas distorsiones en las economías de mercado, sino que los más favorecidos por el Estado (por contratos y legislación) pueden ser los mismos que tendrán el control del desarrollo de esta tecnología creando un entorno más desigual y una asimetría de poder más considerable y, en el peor y fatalista (pero no improbable) de los casos, una suerte de tecnofeudalismo, donde los empresarios o los políticos acumulan una cantidad de poder similar a la de los señores feudales.

¿Qué forma va a tomar el futuro? No lo sé. Es posible que la IA nos traiga muchos beneficios, pero existen riesgos latentes. Que quede esta necesaria discusión en un segundo plano frente a las pugnas e intereses de las personas con poder y dinero no es, desde luego, la mejor de las noticias.

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