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¿A qué normalidad vamos a regresar?

¿A qué normalidad vamos a regresar?
¿A qué normalidad vamos a regresar?

Las autoridades nos hablan de «regresar a la normalidad».

Aunque es posible que haya una segunda ola de contagios, lo cierto es que en muchos países ya se ha logrado contener la curva. Incluso, en el caso de México, la curva, que ciertamente no se ha aplanado, pero que no parece crecer de forma tan virulenta y que tiene una economía algo precarizada que no aguantaría más días de cuarentena, ya hay planes de reapertura. Todo esto nos ha llevado a comenzar a hablar de «regresar a la normalidad», de ir reduciendo por etapas las medidas de confinamiento (que, no sobra decirlo, no han sido muy bien llevadas a cabo por la población).

Pero hablar de «regresar a la normalidad» es engañoso.

Primero, ¿qué es lo normal? Esta palabra tiene muchas connotaciones y, en muchos casos, se utiliza para justificar ideas o doctrinas. Se cree que lo normal es lo natural o lo deseable (en realidad algo normal puede ser indeseable y normal no es de ninguna forma sinónimo de natural), pero en sentido estricto su significado tiene que ver con la norma: el evento que se repite un mayor número de veces y/o de forma periódica es lo normal.

Lo normal es lo previsible, lo que puedo prever que va a pasar y, en efecto, comúnmente pasa. Lo anormal es lo que ocurre rara vez, lo que es imprevisible y lo que no contemplo al punto que me llega de sorpresa y no sé cómo tratarlo. Por ello es que lo normal nos es cotidiano y familiar mientras que a lo anormal lo percibimos con suspicacias y algo de temor porque representa lo diferente y lo extraño.

Antes de la pandemia, casi todos los días teníamos una rutina en la cual podíamos salir a la calle sin ninguna preocupación relacionada con la salud. Ello era la normalidad, incluso aquello que interrumpía la cotidianeidad lo considerábamos como normal: si me enfermo de gripa tengo que quedarme en mi casa, pero es normal que me enferme de gripa de vez en cuando, o es normal que algún que otro día del año llueva a cántaros y sea mejor quedarme en mi casa.

Pero una cuarentena no es normal ni previsible. Si bien no es la primera cuarentena producto de una pandemia que ha vivido nuestra especie, lo cierto es que las pandemias de este tipo (en el entendido de que el SIDA no requirió de una cuarentena) ocurren de forma tan esporádica y en un contexto temporal tan diferente que no pensamos siquiera que van a llegar a irrumpir en nuestro día a dia.

Entramos así en una etapa de anormalidad, donde hemos tenido que modificar temporalmente nuestros hábitos para podernos adaptar a esta contingencia sanitaria. Nuestras vidas hoy son, en cierta medida, anormales (más para unos que para otros, pero nadie escapa de lo anormal), y como se trata de una anormalidad que no es previsible y porque sería mucho más anormal pensar en que dicha anormalidad se va a normalizar debido a que las cuarentenas terminan en algún momento (no es que vayamos a durar varios años encerrados en nuestras casas), entonces nos aferramos a la idea de que la anormalidad se va a ir y «regresaremos a la normalidad».

Pero ese regresar es equivocado, tendríamos que hablar de una nueva normalidad que no será idéntica a la otra. Esa normalidad a la que algunos quieren regresar simplemente ya se fue.

Como el virus no se va a ir de la noche a la mañana, no vamos a regresar a las calles como si nada; de hecho, temo que vamos a regresar a una anormalidad más matizada, una donde algunas características de la anormalidad actual van a convivir con otros de la normalidad anterior en conjunto con algunas otras nuevas y exclusivas de esta etapa que está próxima.

Vamos a tener que volver a salir a las calles con hábitos lo suficientemente distintos para poder coexistir con el Covid-19. Vamos a salir con cubrebocas, vamos a tener que evitar abrazarnos o saludarnos de mano y usaremos gel antibacterial a la hora de entrar a cualquier recinto. Vamos a salir en medio de una crisis económica, en un entorno donde muchos procesos tecnológicos y políticos se han acelerado producto de la pandemia misma.

Incluso, cuando la pandemia termine, no habremos de regresar a una normalidad, sino que viviremos una nueva que no va a ser exactamente igual a la anterior. Algunos hábitos cambiarán para siempre, la vida no será la misma incluso con el virus controlado o eliminado. Si varios de nuestros hábitos de higiene surgieron a causa de otras pandemias o crisis sanitarias y perviven con nosotros, es posible que lo mismo ocurra en el futuro.

Y esto sin contar algo de lo que se habla cada vez más, una hipotética segunda ola de contagios que nos obligará a readaptarnos y posiblemente creé una nueva anormalidad que ni siquiera será igual a la anormalidad actual, ya que nos parecerá más «anormal» debido a que nos hemos acostumbrado un poco a la anormalidad que hoy estamos viviendo.

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