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Todos somos iguales, pero los empresarios aliados al gobierno son más iguales que otros

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López Obrador no va a expropiar empresas, no va a instaurar el comunismo y difícilmente va a convertir a México en Venezuela.

Lo que sí va hacer es reforzar y perpetuar aquel estado de cosas que crearon una clase empresarial rentista (eso que llaman crony capitalism), eso que López Obrador llama «el neoliberalismo».

En su tesis, López Obrador ha puesto como punto de partida el año de 1982, ignorando rampantemente que fue en los años anteriores donde se crearon las condiciones para el surgimiento de una clase empresarial rentista y que ciertamente vio sus beneficios crecer ante la liberalización de la economía (una liberalización maltrecha).

Lo que está haciendo López Obrador es replicar esa etapa que ignora en su tesis. No solo vemos una separación del poder político y el económico como tanto lo prometió, sino lo opuesto.

López Obrador, de alguna forma, está sometiendo al empresariado como lo hacían los gobiernos del PRI. No es un sometimiento que busque exprimirlos o destruirlos, sino uno que de alguna manera les pide lealtad para que no se vuelvan un problema para él. La relación entre la 4T y el empresariado es cupular, como en los viejos tiempos.

Mucho dice algo tan simple como ese empeño de solicitar a los empresarios que «compren su cachito». En ese atrevimiento hay un doble discurso inherente, porque si la rifa busca apelar al pueblo y a sus bases, el hecho de que solicite comprar al empresario cachitos por millones de pesos hace que sea mucho más probable que un empresario se «gane el avión» que una gente de a pie. La retórica apela al pueblo, la realidad exhibe los privilegios del empresario.

En esa sugerencia hay una suerte de sometimiento al empresario, pero no solo se le somete con «palo» sino con «pan». Si el empresario se somete puede adquirir privilegios, como contratos sin licitación, y los empresarios le siguen el juego porque bien les conviene. En lugar de innovar o pensar en como ser más competitivos, los empresarios van a Palacio Nacional, porque un jugoso contrato o un trato preferencial les puede traer muchos más beneficios que invertir en I+D.

Ahí están los rentistas más ricos de México, los grandes potentados comprando sus cachitos: los Slim, los Azcárraga. los Salinas Pliego, el Consejo Coordinador Empresarial que se pone de tapete frente al gobierno en turno para ver qué saca. Hablar de «cachitos de millones de pesos» le podrá sonar al individuo común a una cantidad enorme de dinero, pero para el empresario rentista es un monto casi simbólico, casi como si una persona de a pie donara veinte pesos.

Como bien decía George Orwell, «todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros». Esa clase empresarial sometida-beneficiada es parte de los «más iguales», mientras que aquellos empresarios que se mantienen ajenos al gobierno y no tienen privilegios terminan volviéndose parte de los otros.

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