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Los nuevos neoliberofóbicos

Los nuevos neoliberofóbicos
Los nuevos neoliberofóbicos

Allá a finales del siglo pasado y el inicio de éste, el discurso en contra del neoliberalismo se convirtió en una constante: libros, análisis, columnas, mítines políticos y demás medios por los cuales ese término «neoliberalismo» era repetido una y otra vez para referirse de una forma peyorativa al sistema económico en turno (o más bien lo que decían que era).

El término se convirtió en una suerte de hombre de paja ideológico utilizado por algunas izquierdas (y muy de vez en cuando por alguna derecha nacionalista o reaccionaria). No definía algo concreto sino que más bien dentro de esa definición cabían muchas cosas. Parecía que hablaban del Consenso de Washington, o de Reagan o de Thatcher, pero no se quedaron ahí. Más que una definición, el neoliberalismo era un elemento retórico.

Pero pocos de ellos eran capaces de proponer un modelo alternativo que funcionara. O bien, recurrían a lo que ya se había probado y no había funcionado (Argentina, Venezuela), o bien se quedaba en un recurso meramente retórico que comparte con la posmodernidad esa avidez para criticar y desgajar hasta el fondo como un arte sin sugerir siquiera alguna alternativa.

Mientras, el status quo comenzaba a hacer algunas reflexiones, tal vez algo tímidas, sobre el sistema económico imperante (incluídos el FMI y el Banco Mundial tan odiados por los neoliberofóbicos). Arremeter contra el neoliberalismo daba la imagen de obsolescencia.

Otros se limitaron a proponer sistemas de seguridad social más robustos (como sucede actualmente en Estados Unidos, quienes a pesar de llamar socialista a su proyecto, siguen defendiendo una economía de mercado con un welfare europeo) y a sugerir alternativas más pragmáticas aunque seguramente insuficientes para aquellos que acostumbraban irse contra el llamado neoliberalismo. Se comenzaron a hacer críticas más puntuales en vez de criticar a todo un sistema: llegaron los Piketty, la izquierda demócrata y demás movimientos que, dentro de sus críticas, ya daban por sentada a la economía de mercado como motor de desarrollo. Las preguntas eran más bien ¿qué papel debe tener el Estado en una economía de mercado? ¿Cuánto hay que redistribuir de los ingresos generados dentro de dicha economía de mercado? ¿Cómo lograr reducir la desigualdad dentro de una economía de mercado?

Ante estas posturas cada vez más pragmáticas, y ante el fracaso de las viejas alternativas, parecía que el término comenzaba a caer en desuso. Ya no se hablaba tanto de arremeter contra el sistema, sino de ajustarlo, de hacerlo más justo, de «arreglar sus vicios». El término parecía relegado a la sociología posmoderna que hablaba del neoliberalismo y las relaciones de poder o los privilegios de clase pero que ni siquiera pretendía derribarlo. Solo les interesaba la faceta cultural y ya no tanto la meramente económica.

Pero después llegó Andrés Manuel López Obrador a hacer un revival del término. No solo lo rescató, sino que lo redefinió a su gusto. E hizo que todos hablaran de «neoliberalismo» de nuevo.

Pero ese neoliberalismo nuevo, el de López Obrador, no es tan parecido al viejo. El significante es el mismo, el significado ya no tanto. Es más, muchas de sus medidas de su gobierno son «neoliberales» en la definición: responsabilidad macroeconómica, recortes presupuestales, festeja la defensa del T-MEC con Estados Unidos e incluso no hay siquiera una retórica concreta en contra del mercado.

La definición que hace López Obrador es todavía más ambigua que la original. Con ella se refiere al enriquecimiento de entidades privadas gracias a la connivencia con el sector público y solo coincide con la definición clásica en la fecha de inicio (en el momento en que se empezó a liberalizar la economía). Pero lo que señala AMLO no es la liberalización, son precisamente las fallas cometidas a la hora de llevarla a cabo, es precisamente eso que no tiene nada de liberal y eso que es producto del ethos anterior al que AMLO anhela regresar.

El propio López Obrador utiliza ese término para señalar a quien disiente. Le dijo a Carlos Urzúa que era un neoliberal por no estar de acuerdo con él siendo que la postura que ha tenido AMLO en sus primeros meses de gobierno ha sido más «neoliberal» que la del propio Urzúa (quien le recomendó hacer una reforma fiscal).

En las calles, en las discusiones, el término ha revivido. Pero hoy no significa lo mismo que significaba antes. Ahora es simplemente un elemento retórico para atacar a quien disiente con la 4T. Es algo más parecido a la «mafia del poder» que a las teorías económicas de Milton Friedman o la escuela austriaca.

Retórica vacía, al fin y al cabo.

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