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A AMLO, ni con El Bronco

A AMLO, ni con El Bronco

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«Pues no llegué» respondió AMLO después de que la entrevistadora le preguntó qué haría en el caso hipotético de que tuviera que viajar en una aerolínea comercial a la sede de la ONU en Nueva York a raíz de su propuesta de viajar en aviones comerciales. Sacó una buena carcajada al auditorio como si se tratara de un sitcom. Se ganó el «cariño» de la entrevistadora quien lo abordó con una cierta ternura. Esa «puntada», y no las intervenciones de Meade, Anaya o Margarita, fue la que dio la nota de la presentación de los candidatos en la American Chamber of Commerce. 

Pareciera que López Obrador es el único que se ha dado cuenta que está en campaña, una campaña donde las emociones y las vísceras serán las que muy probablemente definan la elección. Ni Ricardo Anaya ni José Antonio Meade han entendido esto y están aspirando, de forma muy excesiva, a la racionalidad del elector: creen que contrastando sus propuestas, que en ocasiones explican con tecnicismos, con las simples y poco fundamentadas que puedan parecer las de López Obrador, le van a quitar votos. Tal vez hayan sonado convincentes ante las pocas centenas de personas que estaban en el auditorio, pero su mensaje no salió de ahí. No veo a nadie, ni en los círculos académicos o de opinión, hablando sobre lo que Meade y Anaya dijeron ahí. Anaya tal vez pudo despertar un poco la atención de alguno por su elocuencia. Meade ni eso, parecía un académico gris que sólo habla a los suyos y que, como dijo un amigo, escribe disertaciones que a nadie le importan y que solo acumulan polvo.

Es evidente que Meade y Anaya tienen mayor preparación técnica y académica que López Obrador, pero en una campaña caracterizada por la indignación y el coraje esa preparación sale sobrando a menos que se logre traducir en emociones, lo que los candidatos están muy lejos de hacer. Dicen que en una campaña el que explica pierde, y si algo han hecho los candidatos, cada vez más rezagados en las encuestas, es eso, explicar hasta el hastío. 

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López Obrador no sólo va en el primer lugar, lleva la batuta de la campaña en todos los sentidos al punto en que parece que esta campaña trata sobre él mientras que los otros candidatos son un accesorio. Los coordinadores de campaña de sus opositores aplauden ingenuamente al ver la ocurrencia de López Obrador: «la cagó otra vez, ahora sí se van a dar cuenta los electores que las propuestas de mi candidato son mejores que las de él». Esperan ansiosamente el siguiente estudio demoscópico para después ver, con una cara de angustiosa sorpresa, que López Obrador sigue subiendo en las encuestas.

La realidad es que el efecto que genere esa ocurrencia seguramente será la opuesta, la de un candidato gracioso que hace reír a todo mundo y que contrasta mucho con el López Obrador autoritario e intolerante del 2006. Y bien dicen que el lenguaje corporal y las expresiones importan más que lo que se dice: pues este podría ser un caso ejemplar de ello.   

La gente quiere cambio y muchos, sobre todos los millennials donde López Obrador concentra parte de su voto, están dispuestos a pagar el precio e incluso «tomar un riesgo» porque sienten que no tienen nada que perder. Por eso es que los discursos académicos o tecnológicos no funcionan, no prenden. 

La inclusión del Bronco en la boleta (en dado caso que haya tenido el fin de restar puntos a López Obrador) también podría tratarse de una mala lectura y de «no terminar de entender» cómo va esto. López Obrador va a ganar la elección a menos de que alguien más logre construir una candidatura competente, que entienda el contexto y apele a las emociones de un electorado enojado, que se siente ultrajado por sus gobernantes. El Bronco difícilmente podrá rebatarle muchos votos a López Obrador porque, de acuerdo a los estudios que se han presentado, la gran mayoría de quienes van a votar por AMLO ya definieron su voto por el tabasqueño (es decir, el voto de AMLO es poco volátil) y porque si bien la función del Bronco podría ser la de atacar a López Obrador, podría crearse la percepción de que «todo el sistema» está contra él y generar el efecto contrario del esperado, más cuando el Bronco no es una figura que cuente con una buena reputación y menos por la forma en que llegó a la boleta (por medio de varias firmas fraudulentas).

Los electores que van a votar por López Obrador ya tienen una suerte de «vacuna» contra la guerra sucia que tan sólo repetirá lo que se ha dicho una y otra vez y que tendrá un efecto marginal porque sólo reforzará la imagen negativa que los opositores de López Obrador tienen de él. Es decir, los que de todos modos nunca votarían por el tabasqueño. 

Ese tufo de desesperación que se palpa en las estrategias de campaña a quien más beneficia es a López Obrador. No saben como tumbarlo, porque ni siquiera entienden de qué trata esto. 

No entienden que no entienden.

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