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El triunfo de Donald Trump, primeros pensamientos

El triunfo de Donald Trump, primeras pensamientos

Podría encabronarme, decir que los gringos son unos pendejos. Podría culparlos directamente de nuestras desgracias. Pero la ignorancia que es regla y no excepción en gran parte del electorado estadounidense no es algo nuevo. Por lo tanto atribuir la virtual victoria de Donald Trump a la ignorancia de los estadounidenses es una visión pero muy parcial.

El triunfo de Donald Trump, primeras pensamientos

Es como decir que Hitler llegó al poder gracias a la ignorancia de los alemanes ignorando todo lo demás.

Es cierto que también jugaron varios de los peores rasgos de la cultura estadounidense: las actitudes misóginas y nativistas de Trump tuvieron mucho que ver, pero aún así no narra toda la historia de lo sucedido.

Quienes decimos creer en la democracia no aprendimos el error, no quisimos ver como el sistema empezaba a hacer aguas. Nos detuvimos demasiado en lo políticamente correcto, volvimos a asumir que la gente era racional, volvimos a sobreanalizar las escuestas dando refresh una y otra vez al sitio web 358 de Nate Silver quien hasta el día de hoy parecía convertirse en una suerte de rockstar.

Cuando los votantes están indignados y enardecidos, las encuestas se convierten en una herramienta inoperante.

La dura lección es para nosotros, para los demócratas liberales.

Hace falta un Churchill contemporáneo. A la democracia liberal le hacen líderes y de paso sea, también le hace falta autocrítica.

Como Francis Fukuyama dice, las democracias se forman gracias a sus clases medias, y cuando éstas se estancan, abren paso a la entrada de demagogos y líderes carismáticos. Y lo cierto, es que el estancamiento de las clases medias es evidente. Quisimos, en cambio, seguir con el discurso políticamente correcto, pensando que con puras ecuaciones econométricas para «acabar con la pobreza» y corrección del pensamiento para «acabar con la desigualdad» íbamos a mantener el barco a flote.

Y hago hincapié en los líderes, porque dentro de las democracias los ciudadanos ya no se sienten identificados con sus mandatarios, ya no hay lazos que los unan.

Los mandatarios, cínicos y vacíos, se han convertido en figurines a quienes nadie representa, servidores públicos que a ver si hacen algo por su pueblo, haciendo como que todo va bien.

El Brexit fue una clara advertencia.

Muchos dijeron incluso que la desigualdad no importaba, ahí están los más desfavorecidos haciendo valer su voz, los menos educados, Las corrientes ideológicas, desde la socialista a la capitalista, ambas llenas de corrección política, nunca entendieron el trasfondo. No es gratis que los ni los partidos de centro derecha ni de centro izquierda sean capaces de despertar pasiones.

La democracia se ha vuelto una caricatura de sí misma. De forma paradójica, las tecnologías de la información y la libertad de prensa aceleraron esta percepción de que los políticos, ávidos de pronunciar discursos políticamente correctos y bien cuidados, no trabajaban para sus pueblos, y estos últimos se sintieron desamparados.

Con su displicencia y apatía, las clases educadas pasaron la estafeta a quienes no lo estaban , quienes, frustrados ante su condición, fueron engañados por un líder demagogo que ya es presidente. No sólo es la ignorancia, el nativismo o el racismo. También es mucho, lo que dejamos de hacer quienes creemos en la democracia.

El turno ha llegado para los extremistas, para Trump, para Le Pen, para Podemos, para AMLO, y sólo una sincera autocrítica podrá detener este vendaval. Posiblemente a los demócratas nos cueste sudor y hasta sangre volver a recuperar esa posición que dimos por sentada volviéndonos comodinos y displicentes.

Volvimos al mundo de los muros – también un 9 de noviembre, cayó el Muro de Berlín-, al mundo de las diferencias, del nacionalismo irracional, al mundo de la discriminación. Y eso ocurrió porque los demócratas, los que en algún momento enarbolaron esas luchas, se volvieron cínicos, se volvieron una caricatura de sus antepasados.

 

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