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2018 ¿para qué sirve un año?

— Gracias 2018 por todo.

— Mira mamá, un loquito le está hablando a una cifra numérica y hasta gracias le está dando.

Siempre que se termina un año me pregunto por qué le damos gracias, como si dicho año fuera una entidad que goza de conciencia, cuando en realidad es una construcción temporal con base en la traslación de la tierra con relación al Sol.

Pero tiene algo de sentido si tomamos en cuenta que sirve como una medida para subdividir el tiempo de tal forma que le podamos dar una dimensión a los distintos lapsos y compararlos. Los 365 días del año son suficientes pero no demasiados como para poder tomar un año en cuestión y darle un significado no solo personal, sino también social y político. Lo simbólico es importante y nos gusta dotar a los años de simbolismos.

Suena raro decir «gracias 2018». Decimos que en el 2018 nos fue bien, que al país le fue bien o mal, que este año se caracterizó por x o y cuestiones, que en este año nos casamos o nos despidieron del trabajo, que en este año murieron muchas celebridades, que fue cuando el equipo de fútbol ganó el campeonato o cuando se desató la crisis económica.

Suena raro decir «gracias 2018» porque el 2018 no es nadie, sino un lapso en el cual ocurren diversos acontecimientos. Ocurre que cuando el balance el positivo decimos que tuvimos un buen año, pero ese año no existe de forma independiente de nuestra mente, sino que es una construcción intersubjetiva (que existe gracias a que varias personas lo piensan), construida tomando como referencia un hecho objetivo (la traslación de la tierra) que nos ayuda a organizarnos de mejor forma. Aunque un año no tenga sustancia y no sea una entidad, organizamos toda nuestra vida en torno a éste. En diciembre es común que la carga de trabajo se relaje en varios sectores y en enero es común que se comience a planificar el siguiente año. Nuestra vida y nuestra percepción del mundo gira mucho en torno a los años que nos ayudan darle cierta dimensión.

Suena raro decir «gracias 2018, me enseñaste mucho», ya que un año, al no ser un entidad, sino una construcción temporal intersubjetiva, no tiene la capacidad de enseñar nada. Pero hace sentido porque los eventos (positivos o negativos) que ocurrieron en dicho lapso sí nos enseñaron y nos hicieron madurar y crecer. Gracias a la división del tiempo en años, podemos tener referencia sobre cuándo fue que aprendimos qué cosa, de tal forma que así podemos organizar de mejor forma nuestra vida, como si se tratara de un librero o un diario al que podemos recurrir a la hora de referirnos a ciertos eventos. Podemos, por ejemplo, recordar que el año pasado nos fue bien, el antepasado mal, y sacar conclusiones producto de dichas relaciones para tomar mejores decisiones en el futuro.

Suena raro decir «gracias 2018», racionalmente puede no tener sentido, pero en lo simbólico sí que lo tiene.

Y a nuestra especie le encanta los simbolismos. Le ha dado sentido a su vida a través de ellos: ha creado religiones, ha construido imperios a partir de lo simbólico.

Ahora llega un 2019 al cual vemos como una tabula rasa; pero que en realidad no lo es, ya que, a pesar de ser un año nuevo, lo que va a ocurrir ahí está necesariamente condicionado por todo lo que ha ocurrido en años anteriores. No es, como se dice, un borrón y cuenta nueva, ya que habrá que asumir los efectos de las causas acontecidas en el 2018 (el pagar una membresía en el gimnasio por todo lo que comiste en Navidad es un gran ejemplo de ello). Pero sin duda la capacidad para hacer del 2019 un año diferente al 2018 existe.

Y no me queda más que decir ¡feliz año nuevo!

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