De 1994 a 2018. Cambiar mucho para cambiar más bien poco

7 febrero 2018

Hay muchas similitudes asombrosas pero también diferencias entre las elecciones de 1994 y las del 2018. El entorno ha cambiado, pero la clase política no parece haberlo hecho tanto.

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De 1994 a 2018. Cambiar mucho para cambiar más bien poco

Foto: Cuartoscuro

En el debate, Ernesto Zedillo afirmaba que no había que voltear al pasado sino hacia el futuro. El candidato del PRI, de esta forma, intentaba evadir los errores del gobierno de Carlos Salinas. Intentaba hacer malabares discursivos entre la continuidad y el cambio después de un régimen que había generado muchas expectativas pero que ya comenzaba a mostrar fracturas con el asesinato de Luis Donaldo Colosio y el levantamiento de los zapatistas en Chiapas.

Pero tal vez sí sea muy útil voltear al pasado para entender de mejor forma nuestro presente. 24 años ya es una distancia considerable, los contextos son muy diferentes, pero el ejercicio vale la pena, para entender qué es lo que ha cambiado y qué es lo que se mantiene igual. Esta comparación no sólo nos podría ayudar a entender el entorno sino los cambios culturales que se han llevado a cabo en este periodo.

Es prudente iniciar con las frivolidades, porque incluso ellas revelan lo que hay de fondo: El escenario es muy sobrio, bastante más que los de los debates de los siguientes periodos. En el escenario tan solo aparecen el atril, el candidato que habla y un fondo gris, no había más. Mayté Noriega había sido la moderadora, quien lucía un corte de peinado propio de finales de los 80 o principios de los 90. La voz en off del CIRT, inexpresiva, que rememora un poco al régimen hegemónico, presenta la transmisión en tanto aparecen los logotipos de los partidos de los candidatos en cuestión moviéndose de un lado a otro. 

El formato del debate es inmensamente parecido al que tenemos 24 años después. La dinámica es bastante similar, aunque no hay edecanes ni traductores de lenguaje de señas, el formato sigue siendo considerablemente acartonado y no permite una confrontación directa. El candidato en cuestión debe esperar su turno para responder ante alguna acusación. 

Lo más llamativo es que la oferta de los candidatos en ese entonces era asombrosamente similar al de ahora: Ernesto Zedillo englobaba al continuismo (al igual que Meade) y si bien, a diferencia de Meade él sí era priísta, no se trataba de un priísta tradicional, sino de un tecnócrata. Zedillo también apostaba a darle continuidad al régimen de Salinas, que al igual que el de Peña Nieto, presumía su carácter reformador al tiempo que era criticado por la corrupción (aunque a diferentes niveles). Vemos que a Zedillo le cuesta trabajo encontrar un punto de equilibrio entre el continuismo y el cambio (al igual que ocurre con Meade) y, por eso, invita a ver al futuro, al igual que Meade.

Cuauhtémoc Cárdenas juega el papel del hombre que promete el cambio más profundo, pero a quien, a su vez, se le acusa de aspirar al regreso de un régimen económico arcaico. Al igual que López Obrador, Cuauhtémoc habla de los fraudes electorales y también sospecha que el gobierno puede volver a orquestar un fraude en las elecciones que participa. Al igual que ocurre con López Obrador, se le recuerda una y otra vez su militancia en el PRI, como si el priísmo siguiera vivo en sus genes. 

“¡Usted, ingeniero Cárdenas, como gobernador de Michoacán promovió el estudio del marxismo-leninismo en las preparatorias!” – Jefe Diego.

Diego Fernández de Cevallos juega un papel relativamente similar al de Ricardo Anaya. Él promete un cambio manteniendo el mismo sistema económico, aunque dice que la redistribución de la riqueza y la desigualdad importan, mientras que Anaya propone la Renta Básica Universal. El “Jefe” Diego comparte con Anaya una personalidad antipática pero con una gran elocuencia, aunque ciertamente Diego tiene un temperamento más fuerte y colérico en tanto que Anaya se esconde bajo la imagen de un “millennial”. Los dos personajes coinciden en que son vistos como políticos de una inteligencia aguda que son capaces de hacer cualquier cosa para lograr sus propósitos. 

Pero el contexto era muy diferente, por lo cual sería muy difícil apelar a la elección de 1994 para predecir el resultado de 2018. En el debate de 1994 se insistió mucho en la democracia (incluso Zedillo lo hizo), porque se tenía la idea de un futuro promisorio que superaría al pasado. El régimen hegemónico iba de salida y de hecho le explotó a Zedillo en las manos cuando fue presidente. Repetir palabras como democracia o pluralidad mostraban que el político estaba a la vanguardia y entendía hacia donde soplaba el viento: Nelson Mandela había ganado las elecciones días antes y su triunfo se tomaba como referencia para apelar a un cambio de régimen.

El régimen económico (a ese que en la izquierda llaman neoliberalismo) era una novedad. Al parecer, la crítica a este régimen todavía era exclusivo de académicos y activistas de izquierda quienes no tenían muchos canales de difusión. La gente todavía estaba a la expectativa de los cambios que se habían llevado a cabo, de la firma del TLCAN, de las políticas liberales. El régimen salinista ya era cuestionado, pero todavía no lo suficiente como para que su figura se convirtiera en un lastre para Ernesto Zedillo, ello terminó de ocurrir con el “Error de Diciembre” cuando Zedillo ya estaba en funciones. 

“Usted es producto dos tragedias, la muerte de Colosio y la designación presidencial: la primera lo rebasa, no tiene usted ninguna culpa, pero la segunda lo descalifica, por lo menos si hablamos de democracia.” – Diego Fernández de Cevallos a Ernesto Zedillo.

Esa expectativa tumbó, a mi parecer, a Cuauhtémoc al tercer lugar. Evidentemente él perdió el debate porque aspiraba a un modelo económico que ya se había dejado atrás, pero que la gente todavía tenía muy presente. No habían pasado más de 12 años de las lágrimas de López Portillo. A Cuauhtémoc lo vimos sin energía, sin enjundia, no supo articular un proyecto creíble, divagó una y otra vez. El “Jefe” Diego le comió el mandado.

Diego ganó el debate no sólo por su gran elocuencia, sino porque su oferta era la más atractiva. Prometía un cambio hacia el futuro, prometió la democracia y la justicia con base en una nación con un Estado de derecho sólido (cosa que nunca llegó en los gobiernos del PAN) y el esfuerzo. Apeló a un régimen liberal con sentido humano, algo así como un capitalismo pero que a la vez tuviera algunos mecanismos de distribución de la riqueza. 

Zedillo fue a nadar de muertito, a divagar entre la continuidad y el cambio, él estaba en la posición más difícil porque era heredero de un régimen que en ese entonces ya empezaba a desgastarse. Pero ello le bastaba ya que en ese entonces la maquinaria del PRI era mucho más grande que ahora. A pesar de no ser una figura muy elocuente se esforzó; y aunque era un tecnócrata, el discurso del viejo PRI revolucionario estuvo presente en su discurso y sus ademanes: “Compatriotas” repetía una y otra vez. Llama la atención que en ese entonces el PRI era incluso menos tolerante a las críticas ya que Zedillo consideraba una “agresión verbal” cualquier crítica que en estos tiempos damos por sentado. 

La circunstancia ahora es muy diferente ya que la corrupción se ha convertido en el tópico principal de las elecciones. Si Cuauhtémoc Cárdenas caía por presentar un mensaje arcaico, ahora López Obrador logra amalgamar toda la indignación que la corrupción genera. Al igual que Cuauhtémoc, López Obrador es un nostálgico de las políticas económicas del viejo PRI, pero ya están lo suficientemente lejos como para que ignore al mundo actual y sus dinámicas o como para que mucha gente, sobre todo los jóvenes, las recuerde. El cambio profundo le funciona más ahora a AMLO que lo que le funcionó a Cuauhtémoc.

Meade parece un Zedillo, pero su circunstancia no le permite ir a los debates a “nadar de muertito”ya que el partido que lo enarbola está completamente desgastado y carga con él. Apelar al continuismo es casi un insulto para el voto útil y apelar al cambio es casi una traición al PRI. Mala noticia también que Zedillo, a pesar de su figura gris, era más elocuente de lo que es Meade. 

Anaya, al igual que Diego, puede vender una visión hacia el futuro. Pero la candidatura de Diego era más novedosa porque no conocíamos al PAN en el poder y se tenían muchas expectativas. La candidatura de Anaya no lo es tanto, las expectativas son más bien pocas, tan sólo algo así como un regreso al punto anterior del retorno del PRI.

El contexto y la cultura es diferente, pero la clase política de ese entonces es casi la misma que la actual. Muchos de los hombres de poder de ese entonces siguen siéndolo ahora. En ese entonces López Obrador ya era una figura relevante dentro de la política, El “Jefe” Diego sigue teniendo peso, Cuauhtémoc, aunque retirado de la política, sigue siendo una “voz importante”. Manlio Fabio y Gamboa ya eran piezas importantes en la columna vertical del PRI.  

Las cosas han cambiado mucho, pero también, a la vez, han cambiado poco. 

 

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