Amlodipino, el remedio contra la guerra sucia

18 enero 2018

El PRI piensa desplegar una estrategia de guerra sucia frontal contra López Obrador. El problema es que dicha guerra podría terminar fortaleciendo al tabasqueño.

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Amlodipino, el remedio contra la guerra sucia

Apuesto que dentro del equipo de campaña de José Antonio Meade se encuentran nerviosos y bastante preocupados. No sólo no saben cómo hacer que “Pepe” levante, sino que tampoco entienden por qué López Obrador no ha caído ni un punto porcentual después de tanto ataque. Ellos apostaban  a que con una buena dosis de guerra sucia López Obrador fuera perdiendo terreno: por eso hicieron un circo mediático con el caso de Eva Cadena, por eso compararon una y otra vez a López Obrador con Maduro cuando los venezolanos eran reprimidos en las calles y había un terrible desabasto de productos básicos. Así, una y otra vez, y no pasó nada. 

Creo yo que no están entendiendo. 

2006 era una época muy diferente: López Obrador, quien todavía no era tan conocido fuera de la Ciudad de México, tenía que preocuparse por construir una narrativa para posicionarse ante el electorado. Su arrogancia y la ansiedad de ver que su margen de superioridad se reducía lo hizo cometer varios errores. La campaña del PAN aprovechó la coyuntura (los propios errores de AMLO) para construir una propia narrativa del tabasqueño que le quitaron votos, así acuñaron la frase “un peligro para México” que doce años después sigue resonando. López Obrador perdió por varias razones (independientemente de la discusión de si dichas elecciones se apegaron a la legalidad) y una de ellas fue la guerra sucia.

Pero 2018 no es 2006. López Obrador no tiene que construir una narrativa porque ya todo mundo lo conoce, con sus virtudes y sus defectos. López Obrador tiene a sus incondicionales y también tienen a aquellos que le tienen miedo. La suma de estos dos grupos representa la mayoría de la población, pero sobra una minoría, la que se la está pensando en darle una oportunidad a López Obrador. dicha minoría podrá ser pequeña, tal vez de una sola cifra, pero es la que podría decidir si AMLO gana o no.  

Pero no se trata de una minoría que no lo conozca; por el contrario, ya tiene un concepto hecho del tabasqueño, y su indecisión es producto de dicho concepto sumado al panorama político y electoral (por ejemplo, su postura frente al partido en el gobierno, entre muchas otras cosas). Si el PRI quisiera ganar la presidencia (además de que tendrá que levantar la candidatura de Meade, algo que cada día que pasa se antoja más difícil) tendría que evitar que dicha minoría vote por López Obrador. Aquí viene el principal problema: es muy probable que esa minoría tenga un pésimo concepto del propio PRI, y esto es muy importante decirlo.

Parece que el PRI va a apostar por una “guerra frontal” en contra del tabasqueño. Creo yo que algo así sería un error, más si se hace en la misma tesitura que hemos visto durante los últimos meses. Lo sabemos por las declaraciones de su asesor de campaña J.J. Rendón, quien en una revista afirmó que hará “todo lo que esté a su alcance dentro de la ley para evitar que López Obrador gane”. Esa es casi una declaración abierta de guerra, y posiblemente sea una estupidez porque esto implica que su campaña está enseñando sus cartas. 

¿Qué reacción ya están provocando en sus adversarios? Una postura defensiva, no sólo de los seguidores de AMLO (quienes se prepararán para recibir los embates) sino incluso de varios de sus críticos. Si ya declararon la guerra, entonces cualquier cosa que parezca guerra sucia será guerra sucia. El gran ejemplo fueron las pintas en Venezuela, los tuiteros les ganaron la batalla con sus bromas; lo mismo ocurre al tratar de tejer nexos de la campaña de López Obrador con Rusia: si bien, es cierto que el régimen de Putin podría llegar a influir a favor de la campaña de AMLO, la forma en que los priístas intentan amplificar y tergiversar el mensaje es lo suficientemente irrisorio como para que la gente siquiera lo considere. 

La forma tan torpe y predecible en que intentan aprovechar los errores de López Obrador o en que sacan de contexto información publicada por medios nacionales e internacionales se vuelve muy irrisoria y hasta cómica. En vez de amplificar un hecho que puede afectar a López Obrador terminan, sin querer, por atenuarlo. Basta escuchar los discursos de Ochoa Reza, no sólo suena poco creíble y acartonado, sino que también despliega una gran dosis de cinismo.

El PRI no tiene legitimidad ante un gran sector de la población (incluyendo esa importante masa de indecisos) y cualquier mensaje que tenga la etiqueta del PRI será descartado por ellos. Esto es un problema porque la guerra sucia, que aspira a ser muy predecible (insistir en los nexos con Venezuela y en el peligro que representa para la economía), podría generar el efecto adverso: si un partido tan “nefasto” como el PRI se le lanza a la yugular a López Obrador entonces algo bueno ha de haber, seguramente pensará más de uno. 

Otro problema con la guerra sucia frontal es que refleja desesperación, y la deseperación no vende. Por el contrario, refleja que la oferta que tiene quien lanza dicha guerra sucia es más bien pobre. Es un síntoma de debilidad, y si una lección podemos aprender de diversas campañas es que los electores suelen verse más motivados a darle su voto a quien se ve fuerte. 

Eso no es todo, en la campaña de López Obrador saben que en el PRI están desesperados y han empezado a jugar con ello. La estrategia del tabasqueño es muy buena, no sólo porque busca reducir esa mala impresión que genera dentro de esos sectores a los que todavía puede convencer, sino porque demuestra que es él quien marca la pauta, quien es el rival más fuerte y quien se encuentra seguro “allá arriba” mostrando a los otros como quienes se encuentran desesperados revueltos en un severo conflicto. 

La campaña de López Obrador utiliza eso que siempre está muy presente en el ethos mexicano: la comedia. AMLO se ríe hasta de sí mismo y, después de encontrar un medicamento llamado Amlodipino (que coincide no sólo con las siglas del tabasqueño sino con Los Pinos, al lugar donde aspira llegar), le responde a Peña Nieto de una forma burlona y cómica sin llegar a faltarle al respeto. Así, AMLO muestra que es quien tiene el control de las cosas, puede reírse, puede tomarse todo a la ligera; los otros son los que están desesperados, los que están ansiosos. 

¿Cómo podría el PRI evitar que López Obrador gane? Tendría que llevar a cabo una estrategia quirúrgica y muy focalizada (eso fue lo que le dio la victoria a Donald Trump, una estrategia muy bien dirigida en redes sociales) y buscar que López Obrador caiga en desesperación para que cometa errores. Pero los priístas cometieron un primer error al poner en evidencia que diseñarán una campaña de guerra sucia para evitar que López Obrador llegue al poder. Peor aún, siguen sin entender que los “voceros” de estas campañas, llámese Ochoa Reza y similares” tienen muy poca credibilidad como para que el mensaje genere impacto alguno.

Si los errores de AMLO le dieron el triunfo al PRI en 2012, los priístas podrían regresarle el favor con sus propios errores. 

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