Pepe tiene un problema, José Antonio también

29 diciembre 2017

Se ha querido crear la percepción de que la candidatura de José Antonio Meade arrasará y sorprenderá a todos. La realidad es mucho más complicada para Meade y para el PRI.

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Pepe tiene un problema, José Antonio también

Foto: Saúl López /cuartoscuro.com

Cuando el PRI destapó a Meade, la reacción de parte de la opinión pública y de la sociedad fue que el PRI se había salido con la suya: “va a ganar, nos la aplicaron de nuevo”. El PRI se encargó de revestir a su nuevo candidato con bombo y platillo y puso a la maquinaria a trabajar para lograr un impacto mediático contundente. Trataron de que desde la opinión pública se dijera que el PRI había tomado una decisión muy bien calculada y sensata como para crear la sensación de que los tricolores habían dado un fuerte golpe en la mesa para decir: aquí estamos, más vivos que nunca.

Se comenzó a decir, Meade va a arrasar en los debates: pobres Anaya y López Obrador, que se agarren de donde puedan porque este tecnócrata con maestrías y doctorados en el extranjero va a acabar con ellos. 

Pero conforme pasaron los días, ese optimismo desbordado se ha comenzado a diluir. Básicamente porque esa grandilocuencia ha empezado a chocar con la cruda realidad. El PRI no se había salido con la suya, más bien hizo algo que cualquiera hubiera hecho y que ya se sugería por muchos analistas: si todos los candidatos de tu partido están quemados, coloca a uno que tenga un perfil más independiente. Incluso José Narro hubiera sido la opción más indicada ya que, a diferencia de Meade, no formó parte del gobierno de Peña Nieto ni del de Felipe Calderón. El “golpe de autoridad” donde pusieron toda la maquinaria mediática a trabajar tampoco era algo tan novedoso. Mucho de todo eso fue una ilusión.

El PRI más bien hizo lo que está muy acostumbrado a hacer. Tanto que, al menos en estos primeros días, parecen estar comprometiendo la campaña de José Antonio Meade. Llamaron a su coalición “Meade ciudadano por México” pero en la práctica han hecho todo lo contrario: Meade ha sido absorbido por el ethos del PRI, ha formado parte de todos los rituales, ha “reconocido” públicamente a figuras de cuestionada reputación como Arturo Zamora, ha hablado de la importancia de los órganos políticos del PRI tales como la CTM y la CNOP. Lo que hemos visto en estos últimos días no es a José Antonio Meade, sino al “candidato del PRI”. 

El discurso de “Pepe Meade” con la militancia del PRI termina sonando al discurso de cualquier priísta, que alaba públicamente a gobernadores o a candidatos mientras todos le gritan “presidente” una y otra vez. El discurso suena soso y acartonado. Meade sonríe como un adolescente nervioso que se para por primera vez en un estrado ante el público.

Los priístas, desde sus cuentas de redes sociales, han dirigido mensajes de alabanza a su candidato: mensajes compuestos por palabras que parecen salir no de su boca, sino de un guión preestablecido del cual no se pueden salir: que se vea la fuerza del PRI. Todo el PRI unido en torno a su candidato, quien dicen, es ciudadano, pero es nuestro candidato del PRI, el que va a continuar con los “buenos gobiernos del PRI”. PRI aquí, PRI allá. 

Podrían decirme que peco de ingenuo ya que se está dirigiendo a su militancia, que esa no es la imagen que va a proyectar al resto del país. Pero precisamente uno de los spots que circulan en televisión muestra al mismo Meade rodeado por priístas y por coros del PRI. 

Con Meade se apuesta al continuismo contra el riesgo de López Obrador, se busca resaltar sus capacidades intelectuales y académicas para mostrar certidumbre a quienes temen un salto al vacío: “con López Obrador tu economía está en riesgo, conmigo puedes estar tranquilo”. Intentan agregarle un componente extra y es el de “convertir a México en una potencia mundial” para vender un mensaje de “tranquilidad y futuro promisorio”. Así, la candidatura de Meade buscará apelar al voto útil conservador esperando que con este y con el voto duro les alcance para rebasar al tabasqueño y hacerse del triunfo. 

Es una fórmula riesgosa (aunque ciertamente el PRI no tenía muchas alternativas) porque asume que la narrativa de las elecciones del 2018 es “López Obrador es el candidato a vencer” cuando en realidad esta coexiste con la otra que dice “estamos muy encabronados con el PRI”. Esta le quita mucho margen de maniobra a Meade, porque para quitarse la carga que representa la imagen pública de su partido necesitaría distanciarse a tal grado que provocaría diversas molestias dentro de su partido. Después de verlo decir que México le debe mucho al PRI mientras se deja arropar por su militancia, nos percatemos de la estrechez de su margen de maniobra.

En una elección que apuesta a ser muy visceral, presentarse como un candidato de centro-derecha con un perfil académico no suele ser la opción más rentable. En Francia, Emmanuel Macron tuvo que ser mucho más que eso para poder vencer a Marine Le Pen, quien al igual que López Obrador, causaba temor en un sector de la sociedad, al tiempo que los negativos del presidente anterior, François Hollande, estaban cerrando en un nivel preocupante. Macron logró crearse una imagen de independiente (cosa que le está costando demasiado trabajo a José Antonio Meade) y logró venderse como una suerte de “irrupción moderada” ante la “irrupción riesgosa” de Le Pen. Ofreció algo nuevo, vendió un discurso, y no contendió por el partido socialista. Meade, en cambio, apuesta tan sólo al continuismo y es arropado con el partido más detestado del país. Macron se distanció de Hollande, Meade no hace lo propio con Peña Nieto. Por el contrario, nos pide a los mexicanos que seamos agradecidos con el PRI.

Pruebas de esta dificultad para distanciarse del gobierno son las entrevistas que tuvo con El País y con Enrique Toussaint. En el primer caso, cuando se le insiste en que la marca del PRI está dañada, Meade se sale por la tangente y afirma que lo que está dañado (a nivel global) es la relación entre el partido y el ciudadano y que el PRI ya está dando el primer paso. Es decir, desconoce la indignación que existe hacia su partido, le echa la bolita a un fenómeno exterior a este y afirma que el PRI es pionero en resolver ese problema: un acto de cinismo priísta puro.

La entrevista con Enrique Toussaint es igualmente reveladora, a pesar de que Meade sólo le pudo dar pocos minutos y no tuvo la oportunidad de contraatacarlo. Toussaint fue al grano e hizo las preguntas incómodas que muchos hubieran querido hacerle. De nuevo, Meade intentó salirse por la tangente e incluso lo hizo de manera muy torpe cuando se le preguntó sobre el reportaje de The New York Times donde el gobierno de Peña Nieto buscaba censurar a la prensa: calificó al reportaje como “malón” y cayó en una falacia argumentativa al sugerir que al hacer este tipo de aseveraciones se dudaba de la integridad del periodismo en México y de los avances de la prensa libre. Meade no puede ser un Macron básicamente porque no puede ni quiere desligarse del partido que lo postuló. 

De Meade se argumentará que es honesto o es ciudadano y que no se ha beneficiado de actos de corrupción. Pero esta cercanía con el PRI crea más bien la apariencia de que es uno más. Si es un tecnócrata preparado y estudiado puede terminar siendo asociado con el modelo de tecnocracia salinista más que con un político eficaz y preparado. Para no pocos, el mero hecho de pertenecer al PRI pone en tela de juicio la honorabilidad de un individuo. 

Pero Meade tiene otro problema y se llama Ricardo Anaya, ese candidato del frente que incluye al PAN, PRD y MC al cual el PRI (junto con los rebeldes del PAN, Calderón y Margarita) intentó matar (cabezales de El Universal incluidos). Pero está ahí vivo, el frente también, y su mera presencia ya es una derrota para el PRI. Anaya sabe que antes de contender con López Obrador tiene que contender con Meade y en este sentido creo que su campaña está teniendo varios aciertos:

Anaya sabe que tiene que rebasar a Meade primero para que la batalla quede entre él y López Obrador, y para esto está intentando neutralizar las ventajas competitivas del priísta: ¿Cómo? Presentándose como un político que también tiene maestrías y doctorados y que habla muy bien el inglés y el francés, idiomas con los cuales ha defendido a México allá afuera. Si Meade es un académico preparado, yo también lo soy, pero yo, a diferencia de Meade, no estoy abanderado por el PRI, de hecho soy opositor y voy a “desmantelar el régimen del PRI”. Si bien, su distanciamiento con Calderón podría llegarle a afectar de alguna forma (que algunos de los simpatizantes del ex presidente optaran por Meade) también aumenta su margen de maniobra. Anaya se puede dar el lujo de criticar a los gobiernos del PAN y acusarlos de no haber desmantelado el régimen priísta. Esto le podría traer varios votos independientes.

Por eso a Meade le está costando mucho trabajo construir una narrativa sólida, porque no tiene para donde hacerse. Tendría que encontrar una forma de enarbolar lo bueno del continuismo y evitar al mismo tiempo ligarse al régimen de Peña Nieto, algo que realmente se antoja muy difícil y para lo cual tendría que hacer muchos malabares acrobáticos. Apuesta al continuismo ante el riesgo de López Obrador, pero no estoy tan seguro de que lo primero sea mucho más atractivo que lo segundo. Debido a sus pronunciamientos y actividades que ya ha realizado será muy difícil desligarse de la marca del PRI, a quien hemos visto estas semanas es a Meade el priísta. Su etiqueta de ciudadano es poco creíble, su oratoria no es muy buena y, a pesar de ser una persona inteligente y preparada, no parecer ser muy elocuente (cosa que Anaya sí puede presumir) y no sé si seis meses sean suficientes para lograr un cambio importante con respecto a ello.

No es imposible que Meade llegue a ganar la presidencia, puede ocurrir. Pero no es tan probable como lo han querido sugerir los priístas y varios medios de comunicación estas últimas semanas y mucho menos es el favorito. También quienes dicen que harán compra masiva de votos para arrebatar el triunfo sobrevaloran esta estrategia, que apenas le alcanzó a Alfredo del Mazo para ganar un estado que el PRI ganaba por goleada. La compra del voto sólo será determinante si Meade termina la elección con una diferencia bastante cerrada contra su principal opositor, y eso sin olvidar que el voto duro del PRI tiene cada vez un tamaño más reducido.

Tienen mucho trabajo que hacer en el cuarto de guerra de Meade. No, no la tienen fácil.

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