El que opina

7 diciembre 2017

La tarea del que opina no es quedar bien con su público ni esperar con ello ganar followers. Su tarea es sacudir las mentes de su público, confrontar al lector consigo mismo.

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El que opina

Allá afuera hay muchas parias con una pluma.

No sólo son aquellos a los que todos conocen y a los que todos señalan, aquellos que escriben en favor de una facción política y que están al servicio de un mecenas. También están aquellos que escriben para quedar bien con una facción o escriben para quedar bien con todos.

Hablo de aquellos que se preocupan más por conservar su “nicho de mercado” que por decir lo que piensan y lo que ellos creen que es la verdad.

Se la piensan dos veces, porque si critican de forma severa a un político, temen que algunos de sus fans dejen de serlo. Peor aún, se llegan a preocupar por quienes están acostumbrados a linchar a todo mundo. Creen que deben de ser cuidadosos y políticamente correctos. 

Se preocupan por el qué dirán. ¿Qué dirá la opinión pública después de escribir tal o cual columna? 

Pero en el arte de opinar, nunca se puede quedar bien con todo mundo. Solo se puede quedar bien con la propia conciencia. 

Porque si te pones de un lado, te avientan los tomates del otro y cuando te pones en el medio, en ese lugar que en apariencia es el más cómodo, te los avientan de los dos lados. Así que lo mejor será comprar un casco.

Y que el casco sea resistente porque el papel de quien escribe es generar opinión, darle al lector una mejor perspectiva sobre lo que se opina, y eso implica que lo que se opine pueda confrontar las ideas preconcebidas del lector. Aquellos que sólo buscan mantener contento a su nicho de mercado que tan sólo los lee para escuchar lo que quieren escuchar y así reforzar su postura, generalmente dogmática e intransigente, son deshonestos. 

Cierto es, que quien escribe siempre tendrá una línea ideológica y tenderá a opinar desde dicha perspectiva. Pero se espera que lo haga por convicción propia. Y si el escritor, producto de su crecimiento como persona y su experiencia, se desencanta de su postura ideológica, lo debería imprimir con su pluma propia y asumir el riesgo, el riesgo por ser congruente entre lo que piensa y lo que escribe. 

Me ha tocado ver a quienes lo asumen, y en efecto, el vendaval de críticas, en especial por los más dogmáticos y de criterio más estrecho, cae de forma implacable. Palabras como traidor o vendido les caen en forma de tuits. Los asocian con cotos de poder con los que no tienen ninguna relación y con los que en muchos casos son adversos. Y como aquella gente cerrada y dogmática no entiende o no quiere entender por qué el escritor ha comenzado a disentir, le es más cómodo etiquetar y suponer en vez de molestarse en leer y comprender.

Pero con el tiempo, a pesar de la crisis temporal, el escritor gana. Se le percibe como congruente por los lectores más pensantes (que son los más valiosos porque tienen una perspectiva más amplia) y lo respetan aunque no siempre piense como él. Pierde lectores chafas que solo son una horda de dogmáticos que piensan igual entre ellos mismos como si fueran clones y gana lectores muchos valiosos. Porque esos lectores están ahí para escuchar, para retroalimentar y no tan sólo para escuchar lo que quieren escuchar y para alimentar su dogma y el ego que les crece a la hora de sentirse superiores a los demás.

Pero no todos asumen ese riesgo. Se preocupan más por el número de followers que puedan perder en Twitter que por mantener una postura congruente.

Porque la tarea de quien opina no es mantener contentos a los demás. Por el contrario, su tarea es sacudirles las mentes, hacerlos pensar.

Y tal vez tener a algunos pseudolectores enojados mentando madres y lanzando injuria sea señal de que algo se está haciendo bien.

Porque no a todos les gusta que les digan sapere aude en su cara. 

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